Salíamos del colegio un día como otro cualquiera. Las flores de los árboles delataban la primavera, y ese algodón blanco por el suelo, que a mucha gente le hacía llorar, reflejaba que dentro de poco iba a ser verano, y por lo tanto, mi esperado cumpleaños. Pasábamos todos mis compañeros por ese puente que cruzaba la m-30, o la m-40, no sé, algo así decía mi padre, y al bajar la cuesta, como siempre, corríamos a ver quién llegaba primero al camino de arena. Por supuesto, yo siempre era de las primeras, pues era una de las pocas cualidades que tenía, la rapidez. No tardamos en dispersarnos por todos lados. Las chicas íbamos en busca de margaritas para ver si nuestro amor platónico nos quería. Al final acabé por no creer en ellas, unas veces me decía que sí y otras veces que no, una broma de mal gusto, pues, como siempre decían en las pelis, con el amor no se juega. Los chicos, cogían piedras y las tiraban a la carretera, mientras los coches, furiosos, emitían un ruido muy desagradable para un oído poco acostumbrado.
Ya íbamos solos, éramos muy mayores, ¡once años ya! Y parecía que era ayer cuando me disfraza y hacía cosas de niños. Ahora era tan mayor que iba sola hasta mi casa, que según decía mi madre, estaba unos trescientos metros, todo un mundo por recorrer yo solita. Lo que yo no sabía, era que mi vida iba a cambiar en unos pocos minutos. Subíamos la cuesta hablando de lo que íbamos a hacer esa tarde. Siempre envidiaba a las demás: hacían inglés, gimnasia rítmica, baile… Yo nunca hice nada de eso, sino todo lo contrario, jugar a cosas de chicos como los coches y al fútbol. No me sentía avergonzada, pero la gente me decía “marimacho”. Sin entender muy bien el término, acabé por resignarme a la cruda realidad y acepté que no podía ser una chica tal y como se definía esa palabra.
Me enfrasqué en una conversación fascinante sobre la magia con mi mejor amiga, Alba, y una chica que no conocía muy bien pero parecía simpática, Cristina. Después de leer los libros de Harry Potter unas mil veces, siempre había soñado que cuando cumpliese los doce años me enviasen la carta de Hogwarts. Por eso deseaba el día de mi cumpleaños: un castillo enorme, sin padres, con amigos como los de Harry, divertidos, inteligentes…era mi sueño, y aunque eso no ocurriese, yo siempre iba a tener en mi cabeza un mundo así. Cogimos unos palos y nos batimos en duelo, diciendo palabras sin sentido, y haciendo que nos caíamos al suelo por los efectos de esa fuerza invisible. Cuando nos cansamos, nos levantamos riendo, felices, sin ninguna preocupación de mayor pero siendo mayores. De nuevo se incorporaron los chicos, con palos muy grandes. Entre ellos estaba Alex, un chico que era muy gracioso, Víctor, el sobrino de Luís Aragonés que se creía muy importante por ello, y Juan Luís, el típico rebelde de clase.
No se como pasó, y prefiero no acordarme, pero el palo que llevaba Víctor, de un tamaño considerable, me dio de lleno en la boca. Las lágrimas corrían por mi cara, pero en ese momento por mi sangre solo corría la furia. Miré a mi alrededor, y ante mi asombro a nadie parecía importarle, de hecho, les divertía mucho. Esa niña que yo consideraba mi mejor amiga, se estaba partiendo de risa, ese chaval gracioso, lloraba de tanto reír, y Víctor y Juan Luís no iban a ser menos. Esas palabras que a mí se me hubiesen ocurrido si hubiera visto a alguien llorar como “¿Estás bien? ¿Quieres que llame a alguien?” no salieron de la boca de ninguno. Solo risas y más risas, yo no lo podía soportar. Gritando de rabia corrí hacia Víctor, o monstruo, como ahora pensaba que se llamaba, pero aunque la velocidad era una de mis cualidades, no lo conseguí alcanzar. Me fui llorando de impotencia, aunque en esos años no sabía ni lo que significaba esa palabra. Pero lo peor de todo, es que me fui sola. Sola…
-¿Qué te ha pasado hija? ¿Por qué lloras?-preguntó mi madre preocupada.
-Me…han pegado con un palo. En… en la boca-susurraba apenas sin poder articular palabra de la lloriquera que traía encima.
-Si es que niña… ¡no sabes defenderte!-gritó mi abuelo.
Encima…pensaba yo. ¿Cómo se le puede decir eso una niña que ha sido maltratada? ¡No sabes defenderte! ¡No sabes defenderte! Me fui a mi habitación llorando todavía más y aplasté la cabeza contra mi almohada. Un día maravilloso se había vuelto un infierno, tal y como decía mi padre al ver las facturas. Escuchaba los comentarios de mis familiares: que si son cosas de la edad, no le teníamos que dar más importancia, seguro que fue sin querer… Y a mí qué si fue sin querer, pensaba, me ha hecho daño y lo mínimo que tiene que hacer es pedirme perdón. Me pregunté por qué nadie me animaba, me habían herido, y nadie venía a ver qué me pasaba. Rápidamente me sumergí de nuevo en el mundo de la magia, donde todo parecía perfecto. Sí… en menos de seis meses estaría aprendiendo a hacer pociones y memorizando hechizos para darle su merecido a Víctor.
Pero hasta que la esperada carta llegase tenía que seguir yendo al colegio. Al día siguiente me levanté sin acordarme de nada, pero en cuanto que entré a mi clase, me vinieron los recuerdos de golpe. Víctor y Alex estaban esperándome para reírse de mí en mi cara. Con ese dolor de garganta que surge cuando te aguantas las lágrimas, les ignoré y me fui a mi sitio sin saludar a Alba, por supuesto. Empezó así, y al final del día ya me habían puesto varios motes: llorica, pénez (de Pérez) y feto. ¡Qué derroche de imaginación! dirían algunos. Sí, fue un día horrible y ya casi lo he olvidado, pero no peor que los siguientes. Nunca más me volvieron a tocar, pero el daño psicológico era peor. Mi tutor, un hombre de pelo blanco y unos ojos azules muy bonitos, habló con ellos. ¿Resultado? Ninguno… Pasaban los días y conocí a una chica que tenía un gato muy bonito, negro y brillante. Irene, esa chica, me comprendía y me consolaba, algo que creo, todavía no se lo he agradecido. Terminó ese curso infernal, sí…aguanté como una campeona esos pocos meses restantes y por fin iba a llegar mi cumpleaños y me iría a Hogwarts. ¡Yo era bruja seguro! Solo que sin mi varita no podía hacer magia, por eso nunca lo había demostrado.
Obviamente, la carta no me llegó nunca y tenía que ir a eso que llamaban instituto. A pesar de librarme de todos esos vándalos excepto de Alex, tenía miedo. No por Alex, claro, sino por todas esas cosas que cuentan de las novatadas… ¿Y si me tocaba a mí? ¿Y si volvían a meterse conmigo sin ningún remedio? Eso serían cuatro años…no lo podría soportar.
Llegó el primer día de instituto. A mi no me iban a pillar. Había madurado, sí, se notaba en mi actitud, y ahora me iba a hacer la dura. A quien se metiera conmigo, le respondería sin ningún reparo. ¿Que me pegan?, yo pego. Sí, así no me podían hacer nada, ellos temen a los atrevidos… Funcionó. Bueno, nunca se metían conmigo aunque si alguna vez lo hicieron mi respuesta estaba asegurada. Me relacionaba con los más malos, pero en el fondo pensaba lo malas personas que eran. ¿Hipócrita? Puede, pero yo me salvaba.
En ese lugar llamado instituto me di cuenta de que lo mío no era un caso aislado. Constantemente veía por los pasillos otros chicos en la situación que yo me había encontrado hacía unos meses. Solitarios, mudos, con los ojos rojos y con muchas lágrimas por derramar. Pero la que más me impacto fue una chica de complexión fuerte que iba a la clase de al lado. La estaban tirando bolas de papel y ella no hacia nada…absolutamente nada… Pensé en ir a ayudarla pero ¿y si luego la tomaban conmigo? No… mejor pasar del tema, pensé, para que sufran dos mejor solo una. El problema es que ese tipo de chicos no se detienen en tirar bolas de papel. Si no les dices nada, pasan a cosas peores y en menos de un mes volví a ver a la pobre chica intentando evadirse de los insultos y mofas. Otra vez el pensamiento de intervenir se posó sobre mi cabeza, y otra vez mi cabeza lo denegó. Era miedo…miedo a unas personas. Eso era lo que ellas querían y ahora me doy cuenta de que es lo peor que puedes hacer, darles esa satisfacción de hacer lo que quieren sin que nadie les diga nada, porque claro, luego vienen diez a pegarte a ti sola, ¡qué valientes! Yo seguí mi vida durante ese primer curso, muy tranquila, aunque sabía que la de esa chica se estaba hundiendo hasta lo más profundo de la tierra. ¿Qué más daba? No era la mía. Yo ya no me tenía que preocupar por eso. Suena un tanto egoísta, pero esos eran mis pensamientos en aquella época. Vas creciendo y te vas dando cuenta de tantas cosas…
Ya estábamos en segundo, y las preocupaciones volvieron, estaban por todas partes. Como yo era estudiosa, a los profesores no se les ocurrió otra cosa que poner a todos los estudiosos o empollones como decían los malotes, con los más gamberros del curso y los que seguro que tanto daño habían hecho a la niña antes mencionada. Sé fuerte Laura, emplea el mismo método que en primero. Así hice, y no me fue mal. Pero a mi mejor amiga sí. Se llamaba Belén y era muy delgada, guapa, lista y estudiosa, el blanco perfecto. Había una chica, gorda, para que negarlo, que tenía muy malas pintas. Y se confirmó mi sospecha, pues tras varios días en el transcurso del curso la cosa iba en progresión de mal en peor. Al principio se empieza por señalar, carraspear a las espaldas, hacer bromitas y al final se acaba a empujones y a insultos directos. Todavía me acuerdo de algunas frases…”Eres una payasa” “Ya verás como te pille a la salida”. Al final, tuvo que venir la madre de mi amiga todos los días a recogerla porque tenía mucho miedo. ¡Y quién no con lo gorda que estaba! Seguro que si te daba con la panza y te enviaba a Alemania. A pesar de todo, no sé cómo y todavía veo imposible esa idea, la ya no tan gorda porque me caía mejor, dejo de meterse con mi amiga. Además, echaron a los gamberros del colegio y mi clase se volvió totalmente normal. Fue un buen año, todavía me acuerdo de las peleas con Belén a puro librazo, pero solo por desahogo claro, aunque en el fondo nos hacíamos daño. Era divertido. Pero de lo que más me acuerdo es de un gas que se me escapó al agacharme. ¡Qué risa! Yo estaba muerta de vergüenza pero ahora… ¡son cosas naturales hombre! Hay tantos buenos recuerdos…
Pasamos a tercero. ¡Y yo pensaba que era mayor con once años! Ese curso fue uno de los mejores de mi vida. Me volví una adolescente en toda regla y no hacía más que hablar, gastar bromas…sin dejar de lado los estudios, claro. Pero el tema de la violencia nunca se acaba. Unas veces son unos y otras veces otros. Algunas veces salía de clase y me encontraba una escena horrible en la que estaban envolviendo a un chico con celo, y el pobre chico, reía por no llorar. ¡Pero claro! Ahora estaba de moda grabar las agresiones con el móvil para ponerlo un viernes por la tarde y pavonearse con todos los amigos. Ese año fue el último que tuve miedo a intervenir, pero hasta que me atreví ese chico estaba empaquetado una vez por semana. Dentro de lo malo, eso era bueno, pues una vez vi ante un yo en estado de shock cómo hacían a un pobre chico esnifarse tiza. Y yo me creía una heroína porque me insultaban… Pobre. No he vuelto a saber de él pero espero que esté bien. Quitando esos pequeños apartados ese año fue muy bueno. Representamos Grease en el colegio, un triunfo total. Yo hacía de Rizzo, un papel muy divertido, aunque me burlaba de la gente y eso me hacía pensar que me estaba traicionando a mí misma, pero bueno, era solo teatro. Cumplí el sueño de mi vida, aprender a tocar la batería. Todavía sigo, esperando meterme en algún grupo para desahogarme los fines de semana y sentir la adrenalina correr por mi cuerpo. Pero lo más importante de todo fue que conocí a esa chica de aspecto corpulento. Raquel se llamaba. Me podía imaginar por lo que había pasado, pero cuando la escuché comprobé que no. Mientras que en primero yo dudaba de si ayudarla o no, ella tenía que soportar a tres acosadores todos los días mientras se iba a casa, que la insultaban, la tiraban piedras y la escupían. Todo ello conllevó a una enfermedad muy grave: la anorexia. ¿Alguien se imagina soportar el acoso escolar y además mirarse al espejo y darse asco? Es alucinante. Todavía me quedo impresionada, y cuando me lo contó, empapada de lágrimas a pesar del tiempo, me sentí fatal. ¿Yo lo hubiera podido evitar? ¿Tenía yo la culpa? Llegué a la deducción de que sí, pero no yo sola, sino todos los alumnos del colegio, todos los profesores, los padres, los hermanos, los tíos, los sobrinos, la sociedad, todo el mundo en general, es el culpable de lo que le pasó a Raquel. Constantes peleas en la tele, programas que parecen gallineros, padres que pasan de sus hijos, alumnos como yo que ignoran un problema tan grave… Nos esforzamos por que nuestra vida sea agradable y hacemos la de otros un infierno. ¿Es justo? No. Pero no tenemos tiempo de preocuparnos de todas las injusticias, y por eso pasan estas cosas.
Y como la vida sigue y continuamos creciendo, otro año pasó. Era cuarto ya. Y cómo no, volvió a aparecer el mismo tema de siempre. La cuestión es, como dije previamente, que ya había madurado lo suficiente, todos los hechos pasados me habían echo tal y como soy ahora, y no es que superponga mi felicidad a los de los demás, sino que ahora doy la cara y superpongo mi carácter sobre los demás en las situaciones requeridas. Era principio de curso y a mis dos amigas, Raquel y Bea, las habían puesto en una clase distinta. Cuando Raquel vino llorando, diciéndome que la historia se repetía, que no quería que fuera así, era demasiado, me cabree mucho. Gracias a Dios, las cambiaron a mi clase y no hubo más conflicto. ¿Pero por qué siempre había alguien en una situación parecida? ¡Es una historia interminable!
Conocí a otro chico, Iván, que solo me sonaba de hacerle visto un par de días por los pasillos, pero se leía en su frente que era el perfil de victima deseado por todo acosador. En efecto, no me equivoqué. Años anteriores había faltado más de medio curso a clase porque no aguantaba más y nadie le hacía ni caso. El pobre, tenía un problema con la alergia y se tenía que poner cortisona, lo que le hacía engordar: el motivo perfecto para reírse de él un rato. Además era un chico abierto, con mucha gracia, y algunos pensaban que tenía pluma. ¿Y qué? Eso solo es motivo de alegría. Ese año descubrió en quién podía confiar y en quién no, hizo nuevos amigos (entre los que me incluyo) que le apoyaron y le demostraron que nada es imposible. Ya no me cortaba ni un pelo, y si veía que alguien se metía con él le decía “¿Pero tú eres gilipollas o qué te pasa, chaval?” o le mandaba callar directamente. Al principio intentaban contestarme pero al final pasaron del tema y se dedicaron a hacer cosas más importantes. No sé si fue porque maduraron o por lo que les decía, pero desde luego Iván estaba mejor. Su sueño más preciado era salir en al tele, y no hay más que verle ahora, debatiendo en Espejo público. Me alegro de haberle ayudado y apoyado en todo lo que a él le gustaba, es un buen chico.
Terminé la ESO, con cierta pena por tener que dejar a dos de mis mejores amigas en el otro colegio, y cambiarme yo de instituto con Raquel. No me arrepentiré nunca del cambio, pero como no, el tema de la violencia esta presente en todos lados. No en mi clase, por supuesto, en los niños de cursos inferiores que son los más crueles que puede existir. En Bachillerato, la gente ha madurado en ese sentido y no hace semejantes tonterías. Pero es curioso, entre en un programa llamado Modelo de Parlamento Europeo, y me tocó debatir el tema de Violencia en las aulas. ¿Qué mejor que alguien con tanta experiencia como yo? Allí se buscaron soluciones con otros compañeros de otros colegios e hicimos una resolución sobre que se debía hacer para atajar el tema. Obviamente, no sirve para nada, solo para mejorar nuestras ideas y reflejar en una sala con veinte personas nuestros sentimientos sobre el tema, aunque a muchos de nosotros, victimas, nos gustaría que esas ideas flotasen libremente por la sociedad. No pasé a la siguiente fase, pero no me importó. Lo curioso era que es como si estuviese predestinada una vez más a recordar lo mismo pero con distintos matices. Ahora ya lo veía todo de otra forma. Ahora, simplemente les deseaba a todos esos chicos prepotentes con ganas de reírse un rato, una tortura dolorosa. Raquel discrepaba, les deseaban directamente la muerte. Aunque lo suyo parece peor, muriéndose no sufren. ¡Vaya castigo! Uno aprende a base de sufrir, y si no, que me lo digan a mí. Es triste, pero cierto.
Y después de todo, he conocido a otro chico, Sergio, que pasó también por malas manos. Me contó que él había estado un año sin salir de casa, solo, llorando en su cuarto. Estuvimos hablando de lo gratificante que es que ahora esos chavales estén perdidos, sin ningún futuro, mientras nosotros somos felices porque tenemos amigos en los que confiar, una familia que nos quieres, una carrera que estudiar, perspectivas para nuestro futuro. Parece duro que pensemos así y nos alegramos de las desgracias de esos chicos, pero ellos nunca pensaron en el daño que hacían a los demás, y a partir de ahora lo van a pagar caro, no merece la pena pagar todo una vida por cuatro años de risas estúpidas y bromas sin ninguna gracia. Y después de todo, me di cuenta de que yo no había pasado nada comparado con todas esas personas a las que había conocido que también habían sufrido acoso. Yo no tengo ni idea de lo que es eso, solo una ligera imagen de cómo puede ser. Hay niños que lo están pasando realmente mal en estos momentos, que están pensando en suicidarse, o que ya lo han hecho. Otros, directamente han sido asesinados por esos acosadores sin escrúpulos que mañana estarán en una escuela para menores aprendiendo a robar y a fumar porros, y cuando salgan a la calle otra vez a seguir delinquiendo.
Ayer vi a Víctor. Sí… Y sinceramente, sentí pena por ese ente, algo que nunca creía que iba a ocurrir. Iba solo, con una botella de Vodka en una mano y en otra un cigarro que precisamente no olía a tabaco. Sin apenas poder andar y los ojos rojos bajaba la cuesta del parque. Me quedé observándole unos segundos, pensando en lo cabrón que había sido conmigo. Sí, al principio me dio pena, pero luego sonreí. Sé que no debí, pero lo hice, y lo siento pero seguiré haciéndolo. Por que no es solo por mí, es por esos otros niños que mañana y pasado seguirán deseando tirarse desde un puente por culpa de gente como él. Es por esos niños que durante todos esos años que no he estado con él ha maltratado y herido. Es por él mismo, para que se dé cuenta de cómo ha tirado su vida, para que rectifique, se arrepienta, y empiece a ser persona.