PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Lechado García, José Manuel (Eva Monterde)

La torre de Babel



 

Cuando paseas por las calles de Babel lo primero que te llama la atención son los rostros de sus ciudadanos, un mar de naciones venidas hasta aquí desde todas partes. No hay país ni patria que no tenga su embajador en Babel.

En Babel los franceses disfrutan el momento; los italianos componen poesías guerreras; los griegos añoran su patria, y los españoles, su pasado. Todos los latinos vuelven los ojos hacia ese mar cerrado y tranquilo en el que una sola vez, en toda la historia, se encendió la luz de la civilización. Mientras tanto, los pueblos que vienen del norte, victoriosos de esa misma historia, pasean sus ojos turbios llenos de opulencia entre árabes que se niegan a abandonar su fe porque no desean parecer blasfemos a los ojos de Dios.

Todos los pueblos de la Tierra viven en Babel, pero no hay confusión de lenguas entre los extranjeros, y todos, por alguna sutil e inexplicable circunstancia, saben entenderse. Sólo los escasos nativos de la propia Babel, que gustan de entretenerse en rencillas localistas (están aburridos de una eternidad de paz y riqueza) escapan a ese extraño influjo, y así, ni se entienden entre ellos, ni nadie les entiende. Esto no genera mayores problemas, por otra parte.            En Babel encuentras sacerdotes de cualquier credo que hisopan a diestro y siniestro sus bendiciones laxantes, seguros como están de que Babel puede pagar diezmos a dioses de mil nombres. Y es que en el centro de Babel se levanta un soberbio templo dedicado al dios supremo de la ciudad, templo piramidal acorazado de oro en el que se acumulan para siempre las riquezas que vienen de todos los lugares. Babel es como un gran sumidero.

Desde el templo se extiende una complicada red de canales que entreteje la ciudad. Las casas de Babel se apoyan sobre recios pilones de granito cubiertos de ónice y mármoles sucios por el beso continuo de las aguas estancadas y negras. Pero Babel no es una ciudad que se levante sobre las aguas, sino que se acurruca debajo de ellas. Los primeros pobladores de la ciudad consideraron oportuno demostrar su poder y sabiduría desafiando a la naturaleza, y así levantaron un dique monstruoso que contuviera las aguas del océano. Detrás del dique, protector como una muralla inimaginable y majestuosa, dibujaron las calles y canales de Babel, sus habitantes renunciaron a las guerras y se dedicaron a enriquecerse.

En Babel hay fábricas de dinero. Los residentes intercambian tan preciada mercancía por bienes de variedad innumerable que se amontonan a diario en los mercados de la ciudad. No hay nada que el dinero no pueda comprar en Babel. El amor comparte tenderete con las veneras de peregrino, y los teléfonos portátiles con el antiguo libro que cuenta las hazañas de un olvidado héroe sumerio. En Babel puedes comprar la noche, la vida, las crines de un caballo, piedras de colores, una teja cubierta de musgo o la página del Corán que se manchó con la sangre de Almanzor durante su última correría. A los habitantes de Babel les encanta coleccionar minucias y pagan encantados su precio, a veces abusivo.

Sin embargo, las fábricas de Babel son el infierno ardiente que se esconde bajo el paraíso del mercado, y su calor hace hervir las aguas de ese océano que en todo momento amenaza con desbordar los diques y anegar la opulenta ciudad para siempre. Por eso las autoridades no regatean esfuerzos para hacer más altos los diques, más sólidas las compuertas y más anchos los canales de desagüe. El esfuerzo es inútil, porque el trabajo de ingeniería precisa que las fábricas se empleen a mayor ritmo, con lo que el calor aumenta y el ardor de la espuma hirviente sube y sube, lamiendo golosamente, como anticipando la catástrofe, el paseo o malecón que remata la obra y al que hasta ahora, que se sepa, ningún ciudadano de Babel se ha atrevido a subir.

Si en Babel todos se entendían tal vez fuera porque nadie tenía nada que decirse. Las actividades del comercio se resolvían en un alfabeto de gestos entre simiescos y huraños, y la administración de la ciudad no precisaba de mucha más elocuencia. Las distintas tribus que abarrotaban la urbe construida de espaldas al mar hablaban sólo para sí mismas, en círculos cerrados que repercutían el son de lenguas antiguas y orgullosas, repitiendo una y otra vez viejos poemas que, a fuerza de oídos, acabaron por perder su significado. Había un verso para la pasión y otro para pescar en los canales, una canción para reñir a un niño y un párrafo de prosa irrepetible para ganar una elección. Todo lo que se puede decir ya había sido dicho una sola vez, de manera perfecta. ¿Para qué empeorar la perfección arriesgando la finura literaria al albur de la inventiva o la comunicación espontánea?

El afán por el registro y la previsión anticipó la ruina de Babel. El inmenso caudal de riqueza que anegaba la ciudad aún más de lo que lo harían las aguas furiosas del mar necesitaba también, como aquéllas, de justa contención y canalizado. Y como un mar, a fin de cuentas, sólo puede ser contenido por otro, Babel se vio desde su nacimiento invadida por un océano burocrático que pretendía abarcarlo todo, resolverlo todo y preverlo todo.

Junto al templo piramidal se levantó un descomunal bloque cúbico revestido de burdos azulejos grises, púrpuras y blancos, y allí fueron amontonándose registros y datos. La confusión de lenguas de Babel no impidió un cuidadoso ordenamiento del material. La administración no precisaba de grandes alardes y, por otra parte, cualquier cosa que se pudiera administrar ya había sido escrita alguna vez. Los formularios se entregaban debidamente rellenados, pues las autoridades de Babel, en un gesto magnánimo, adelantaban los deseos de los ciudadanos. Sólo había que cumplimentar la casilla con el nombre para solicitar un empleo, pedir que se arreglara una farola o reclamar una gestión defectuosa, y al cabo del tiempo ni siquiera eso, pues en Babel acabaron por ser inútiles los nombres.

Todas las leyes imperaban en Babel. No había delito que no estuviera previsto, ni pecado que no tuviera castigo. Por último, en Babel todo era delito, pecado, transgresión y castigo. A cada norma la compensaba su contraria, y a ésta su refutación, a la que seguía la contrarrefutación que demostraba la validez de una ley anterior, previamente refutada por algún otro código. Cada ciudadano era, al mismo tiempo, culpable e inocente.

Babel erigió su espinazo de hormigón y cristal como un monstruo amistoso y violento a la vez. Un día todos los tratados se encontraron en su templo de la burocracia, y la ciudad se hizo aliada y enemiga de todos, ganadora y perdedora de todas las guerras del pasado y del futuro, incluso del presente.

Los mares asediaban la ciudad, pero ya no se oía en las calles el sonido de las olas. En su previsión, los fundadores de Babel habían construido ese dique digno de una raza de gigantes enloquecidos para frenar el impulso caníbal del océano. Sin embargo, sus sucesores no construyeron muros que pudieran contener el impetuoso océano de ignorancia que vino con el dinero de los comerciantes y el papel de los burócratas.

El calor de las fábricas desgajaba enormes nubes de vapor que sobrepasaban los diques y volvían a licuarse sobre las calles de Babel. Durante cuarenta años llovió incesantemente, pero no se cumplió la maldición divina, y el agua que cayó del cielo no inundó la ciudad (las aguas se escurrieron hacia el olvido). Un día salió el sol definitivamente, y acaso la única huella del diluvio fue cierta pátina deslustrada en los tristes palacios de la ciudad.

Cuando dejó de llover, en Babel ya nadie se entendía. Los gestos y mímicas que habían servido secularmente comenzaron a ser interpretados como burlas, y los altercados se volvieron tan corrientes en el mercado que el intercambio fue ya imposible. Las lenguas de la literatura clásica, de tanto respeto académico, se habían vuelto lenguaje sagrado, lengua muerta que nadie entendía y que, por lo tanto, valía para los dioses, enterrados y podridos en sus altares, pero no resultaba útil para hombres vivos. La lengua franca, aquel fluido misterioso que permitía la comprensión entre la multitud de extraños, terminó también, en su economía y simplificación, vuelta en un galimatías apenas comprensible o, lo que es peor, comprensible sólo a medias, lo que multiplicaba los equívocos.

Un día, un persa vestido de verde quiso besar a su amante portuguesa, y ésta temió que las palabras del hombre escondieran un sentido oculto y amenazador: le abandonó por otro que era mudo; un policía pidió la documentación a un adolescente, y el muchacho disparó sobre el oficial: le había tomado por un ladrón; la madre llamaba a cenar a sus hijos, y estos se afanaron en hacer correctamente los deberes escolares: nadie sabe qué amenaza creyeron comprender en las palabras de la mujer; dos amigos se pelearon porque sólo entendían insultos en su diálogo; el burgomaestre anunció una subida de impuestos y los ciudadanos le vitorearon como a un héroe; un renombrado científico expuso su teoría sobre lo que estaba pasando, y le concedieron un premio de pintura…

Finalmente pasó lo inevitable, claro. Un operario de mantenimiento de los diques recibió la orden de abandonar su puesto (su jornada de trabajo acababa de terminar), pero el hombre entendió otra cosa. En lugar de marcharse, abrió de par en par las compuertas de los diques, dos inmensas e impenetrables láminas de acero que rechinaron sordamente sobre unos goznes que jamás habían sido abiertos, pero que se mostraron solícitos, ligeros y bien engrasados. Se movieron sin esfuerzo.

Al otro lado del dique se extendía una infinita llanura arenosa repleta de barcos encallados que no guardaban ningún tesoro.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de