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López Alba, Miguel Angel (Alexander Supertramp)

El curso de los días



Hay días –evacuados en la corriente tersa del tiempo, esponjosos como la gasa húmeda con que se lava a un recién nacido– que fueron fabricados para soñar. Días de niños sonrientes que juegan con sus padres, de amigos verdaderos compartiendo un tiempo que se dilata, días en los que el futuro parece propicio a concedernos cualquier deseo que le pudiéramos pedir.

Tony condujo hasta el aparcamiento de tierra, con los tres niños peleándose en los asientos traseros. Era una situación curiosa, porque ni él ni yo hacíamos lo más mínimo para que nuestros hijos dejaran de pelearse, como si de pronto hubiéramos desaparecido y una anomia total cundiese entre los pequeños. De hecho, Tony ni siquiera se molestaba por los gritos que daban, por las patadas en su respaldo o por los insultos que se dirigían. Respiraba con tranquilidad, absorto en sus pensamientos, girando el volante y pisando los pedales de forma casi mecánica.

En cuanto el coche se detuvo, Ana y Bea salieron corriendo a reunirse con los hijos de nuestros amigos. Álex estaba llorando, con los brazos cruzados y una expresión de rabia y desamparo infinitos. Ey, Álex, ¿qué hay, muchacho? ¿Te enojaron las chicas? El niño levantó la vista y Tony le apresó la nariz entre sus dedos. ¿Querés quedarte sin nariz? Es lo que les pasa a los muchachitos cobardes. La triquiñuela no funcionó, más bien al contrario. Álex se zafó de la mano de su padre y saltó fuera del coche. Ser el más pequeño no resultaba sencillo.

Yo ni siquiera había liberado el cinturón de seguridad. Tony me observó con una mirada inexplicable, un conjunto de miradas fundidas en una sola, en el que predominaba la ternura, la tristeza y el desconcierto. ¿Vamos, rubia? Él acercó su boca a la mía, apretando con suavidad el cinturón, que se deslizó sobre mi pecho junto con su mano. Nos besamos tiernos, después con cierta vehemencia, quedando frente contra frente. Le sonreí. Tony, cuando todo esto termine nos tenemos que dar un respiro. Una segunda luna de miel, ¿eh? Él dijo que claro, que cómo no, que cuando todo aquello terminase íbamos a dar la vuelta al mundo en submarino, si hacía falta. Aquello me hizo reír. Tony había mezclado dos novelas de Verne en una sola, como solía hacer con todo.

Juan conocía bien la zona. A unos cientos de metros de las primeras mesas, se abría una senda entre los pinos y una roca inmensa cubierta de musgo. Un pasadizo de película, afirmó Julia, que estaba justo delante de mí. Desde que se casó con Marcos, ella y yo nos habíamos distanciado. Aunque seguíamos viviendo muy cerca –él se había trasladado al piso de ella–, pronto nació el pequeño Germán y apenas nos veíamos cuatro o cinco veces al año, siempre con los niños alrededor armando jaleo.

Caminamos dos o tres kilómetros por el bosque de pinos, internándonos cada vez más en las profundidades del valle. Casi todo el trayecto corría paralelo al curso del río, que chapoteaba su melodía de deshielo en cascadas diminutas. Las niñas empujaron a Carlos, el hijo de Juan y Vita, que estuvo a punto de caerse al agua. Por fortuna, tan sólo metió un pie en la corriente. Bea señaló la bota empapada y dijo que parecía la pata de un oso polar que sale del océano. Todos festejaron la ocurrencia, incluso Carlos, que imitó los andares pesados de un oso embutido en su anorak.

Llegamos a un claro entre los pinos, en el que se erigía una mesa de piedra con toscos bancos de madera. Junto a la mesa, había una barbacoa construida en sillarejo, con una parrilla de hierro calcinado bajo la que se apreciaban restos antiguos de ceniza. Es aquí, señaló Juan, exultante. Y como podés comprobar, estamos solos. Nada de domingueros con el radiocasette del auto a todo volumen. Nada de aglomeraciones ni chillidos ni estrés. El bosque y nosotros, nosotros y el bosque, en intimidad. Julia descargó su mochila sobre la piedra. ¿Quién habrá construido ésto? Juan se encogió de hombros. Ni idea, lo más seguro que los habitantes del pueblo, para no aguantar a los forasteros. ¿Te refieres a gente como nosotros?, ironizó Vita, y Juan no tuvo más remedio que sonreír.

En las excursiones campestres, los hombres suelen hacer justo lo contrario que de costumbre: ocuparse de la comida. Supongo que la conjunción fuego más carne les recuerda un vestigio primitivo de caza, vida nómada y peligros al acecho. O quizá sea que fuera del hogar los papeles se invierten. De modo que las mujeres y los niños salimos en busca de leña para alimentar la barbacoa, en tanto que ellos aderezaban la carne y limpiaban de cenizas la parrilla.

Julia me tomó del brazo, aprovechando que Vita se perdió detrás de los niños en un recodo del sendero. ¿Cómo estás? La observé con mis ojos desnudos de pestañas. Voy tirando. Al menos no me queda un pelo de tonta, traté de bromear. Luego sentí que el aire se volvía pesado, eléctrico. Me gustaría olvidarlo, ¿sabes? No pensar en ello. Resetear mi memoria y comenzar de cero. Julia me agarró más fuerte, mirando hacia las nubes que nos amenazaban desde el cielo. Parece que va a llover. Espero que sólo sean unas gotas. Solté un bufido de sarcasmo. Todos esperamos que sólo sean unas gotas, al principio. Luego te das cuenta de que el diluvio te ahogará sin remedio y lo único que puedes hacer es nadar contra el sentido de las aguas.

No sé por qué le dije aquello. O sí. En el fondo, la consideraba un poco responsable de lo que me estaba sucediendo. Siempre se mata al mensajero de las malas noticias, al que nos abre los ojos a la verdad que los demás querían ocultarnos. Se oyó un grito a unas decenas de metros. Germán y Álex pasaron raudos, escapando de la ira de las chicas. Cuando llegamos a la altura de ellas, Ana consolaba a Bea de su ataque de nervios. Los dos pequeños le habían colado una babosa negra en el jersey. Bea estaba histérica, pataleando sobre el cadáver aplastado del animal. Le di un abrazo, ejerciendo de madre tutelar, y acaricié su pelo lacio, del color castaño de la tierra que pisábamos. Cuando se tranquilizó, Julia volvió a acompañarme.

Vita se cruzó con nosotras, seguida de su hijo Carlos. Entre los dos cargaban con una buena porción de ramas. ¡Las hemos encontrado ahí detrás!, exclamó el niño, entusiasmado. Vita nos sonrió con franqueza, gesticulando para que continuáramos con la charla sin procuparnos por la leña. Me gustaba aquella mujer. Hablaba poco, pero en cada una de sus acciones se adivinaba una bondad esencial, una transparencia que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. Nunca entendí por qué se había casado con Juan. Desde mi punto de vista, él era un irresponsable, por más que fuera el mejor amigo de Tony. No era ningún secreto que Juan mantenía otra relación en Argentina. Una mujer en cada puerto.

No sé cómo se pudo casar con Juan. Es demasiado buena para él, afirmé. Julia suspiró. El amor no se elige, Elisa. Sucede y ya está. Asentí. Puede que tengas razón. Una gota cayó sobre mi gorro. Después otra, y otra más. Julia agachó la cabeza, aparentando no sentir la lluvia. Ni siquiera se colocó la capucha de su abrigo. Creo que ella había generado, a su vez, cierto complejo de culpa hacia mí. Creo que se había arrepentido, en el silencio de las noches, de sus revelaciones progresivas, de su empeño en confesarme la verdad.

Los análisis destaparon que mi cuerpo fraguaba una conspiración contra sí mismo. Durante los últimos meses, una fatiga constante me impedía mantener una vida medianamente normal. En Navidades viajamos a Buenos Aires para pasar el fin de año en compañía de la familia de Tony. El viaje de vuelta, que de usual ya me resultaba agotador, terminó conmigo en la camilla del servicio de urgencias del aeropuerto. A partir de ahí, los hechos se desencadenaron como una arquitectura de fichas de dominó.

Fui ingresada en el hospital en el que trabajaba Julia, a la espera de resultados. Pronto descubrieron un pequeño tumor que se agazapaba en mi seno izquierdo, difícil de localizar en una exploración meramente táctil. Era por eso que, a pesar de las revisiones, mi ginecólogo no había sido capaz de detectarlo. Tras la operación, el médico me recomendó utilizar una prótesis de pecho pero yo me negué. Por si fuera poco, se me sometió a complejos procesos de quimioterapia que arrasaron el pelo de todo mi cuerpo, devuelta a una infancia prematura, a una desnudez de recién nacida.

Bajo nuestros pies, la alfombra de pinaza amortiguaba cada paso, devolviéndonos la quietud que faltaba en las ciudades, el halo armónico que posee la naturaleza y que los seres humanos hemos perdido. Muchas veces me he preguntado si, de haber vivido en el campo, las cosas hubieran sido distintas. Si hubiese desarrollado la enfermedad. Ahora ya no importa, en cualquier caso. Todo se reviste de un encanto trágico.

No llovió más de unos minutos, lo suficiente para que el pelo de Julia se empapase en hebras cárdenas que se pegaban a su piel. Ella se mantenía aferrada a mí, cumpliendo con el calor de su cuerpo la promesa de no abandonarme. Volvimos al claro, en donde las ascuas chisporroteaban bajo la grasa que desprendía la carne. Juan organizaba todo el proceso con la ayuda de Tony. Marcos había desenfundado la guitarra. Las cuerdas gemían alcanzando el tono, rellenando el espacio sonoro que quedaba entre los gritos de los niños, que inventaban sus juegos –para ellos todo es motivo de diversión–  alrededor de los troncos de los árboles.

Tony salió a recibirnos sosteniendo un plato de chuletas. Olían realmente bien. Nos besamos en la boca, de nuevo, últimamente cualquier excusa era buena para hacerlo, incluso delante de los niños, cuando jamás nos habíamos prodigado arrumacos en público. La enfermedad nos había cambiado a todos, o debiera decir que MI enfermedad nos había causado una honda impresión. Hasta Juan parecía distinto, más cercano y familiar, presente por primera vez desde hacía años. Y aquella actitud nueva que observaba en mi marido, en mis amigos, constituía la prueba inapelable de que me querían. De que sus vidas se verían inmersas en el cataclismo. De que harían lo que estuviese en su mano para que me fuese con buen sabor de boca, si es que tenía que irme.

El pequeño Álex apareció jadeante y me tomó de la mano. ¿Qué quieres, Álex? Ven, mamá, ¡es una ardilla! De inmediato, los niños corrieron hacia donde Álex señalaba, un punto inconcreto en mitad del bosque. Hasta que no llegamos allí no la vimos, mordisqueando los frutos secos que Álex le había tirado. Nos observaba muy atenta, con sus ojillos negros, balanceando su cola. Cuando llegaron los hombres, la ardilla dio un brinco y se encaramó al árbol más cercano, trocando las líneas horizontales por las verticales con una facilidad asombrosa. Era como si la gravedad no existiese para ella.

Nos sentamos alrededor de la mesa de piedra, a devorar la carne asada. Los adultos bebíamos vino y los niños refresco de limón y agua mineral. El pequeño Germán derramó la botella de refresco sobre la cabeza de Ana, y Bea la vengó escupíendole un pedazo de chuleta que erró su trayectoria, impactando en Vita. Ante su expresión de reproche, los niños trataron de reprimir una carcajada que se nos contagió al resto, y terminamos desternillados, dirigiendo todas nuestras miradas a los restos de comida que impregnaban el rostro y la ropa de Vita, que intentaba limpiarse con un trapo.

En cuanto terminamos de comer, Marcos nos ofreció su repertorio de temas nostálgicos, rasgando las cuerdas con una púa de plástico azul. Los niños conocían algunas de las canciones, otras muchas las tarareaban, bailando al son de nuestras voces. Marcos tocó temas de Sabina, de Violeta Parra, de Victor Jara, de Cecilia, de Silvio Rodríguez, de Miguel Ríos, de Serrat, de Bob Dylan, De Simon y Garfunkel, y terminó con Un beso y una flor, de Nino Bravo. Mientras la cantábamos, Tony se echó a llorar y luego Julia, y pronto todos lloraban con las voces quebradas, alrededor de mí, que era la única que no lloraba y seguía cantando, tratando de consolarles, mientras los niños nos observaban en silencio, sorprendidos por lo inaudito de la situación.

No habría sabido nada de no ser porque Julia trabajaba de enfermera en aquel hospital. Ahora desconozco si hubiera sido mejor o peor, sólo sé que sucedió tal y como sucedió, y que una vez abierta la caja del conocimiento, no se podía recuperar la inocencia. Lo supe antes que Tony o que mis padres y hermanos. Lo supe en cuanto el especialista realizó el dictamen secreto, que fue a parar a los archivos de Oncología, a los cuales sólo tienen acceso los médicos y algunas enfermeras, las que trabajan en planta. Julia consiguió mis informes por su cuenta, sin consultarme. Y una vez en sus manos, me telefoneó con el tono más grave que le he escuchado nunca. Elisa, tengo tu expediente. Recuerdo que estaba viendo la tele con Tony y me levanté del sofá para hablar a solas. Julia, ¿de qué me hablas? Ella se sorbió la nariz. Tengo tu expediente, Elisa, y creo que deberías verlo.

Por supuesto, si a uno le dan a escoger entre conocer y no conocer, siempre escoge la primera opción. Es lógico. ¿Quién quiere vivir a ciegas, a no ser que ni siquiera lo sepa y nadie se encargue de sacarle de su error? Pero Julia era mi mejor amiga. Se preocupaba por mí como mis padres o mi marido. Me quería de verdad. Y la perspectiva de una amiga no es la de un marido o un padre. Es la de un igual, la de una persona que no soporta la mentira aunque sea piadosa.

Tony lo supo después, igual que mis padres o el resto de mis amigos. Fueron sabiéndolo despacio, como una mecha que se prende poco a poco, y aquel brillo acuoso iba surgiendo en sus ojos cuando me veían, la señal inequívoca de que sabían lo que yo misma sabía. Sólo que ellos pensaban que yo lo desconocía y trataban de disimular. Tony se encerraba en el baño, con la excusa de que no podía dormir, y se tiraba horas llorando en completo silencio. Me hubiera gustado confesarle que lo sabía, pero creo que ellos se sentían mejor protegiéndome. El que ama, protege. Y creo que yo misma quería protegerles también. Ahorrarles el sufrimiento de ver cómo me derrumbaba. Mantener la comedia de la salvación.

Me he devanado los sesos tratando de encontrarle un sentido y creo que lo he logrado. Quizás mi ausencia sirva a los demás para que valoren sus propias vidas y las de los que les rodean. Quizás, de alguna extraña manera, sea necesario que unos desaparezcan para que otros sepan que vivir es el don más preciado que tenemos y traten de aprovecharlo mientras aún están a tiempo.

Las nubes se fueron despejando del cielo, impelidas por un viento frío y sin embargo generoso, que trajo consigo algunos círculos de luz solar. Tras la última canción, el ambiente se había impregnado de un vacío, el mismo que queda cuando se realiza una pregunta que no tiene respuesta. La víspera, Tony y yo habíamos hecho el amor como casi todos los días de las últimas semanas, y nada más terminar permanecíamos en silencio mucho rato, para comenzar un diálogo en susurros, replegados sobre las sábanas, evocando momentos felices que habíamos pasado juntos.

En muchas ocasiones, me asalta, más que un pensamiento, una convicción. Apreciamos más el placer cuando queda poco tiempo para seguir disfrutando de él, cuando ya sólo es un sueño que se nos escapa sin remedio. La piel se eriza, notando una distancia aún imaginaria, en busca del contacto anhelado que pronto habrá de fugarse como el pasajero en tierra que contempla un autobús de línea hecho cuerpo con el horizonte. No existe medio de expresar la nostalgia de lo que se ha de perder con total seguridad.

Al fondo del valle, las nubes descorrieron su telón de vapor. El sol agonizante atravesó con sus rayos los troncos, bañándonos de su luz anaranjada, casi sanguínea, que nos envolvió de un calor tenue como un aliento a punto de desvanecerse. Todos lo observamos en silencio, incluso los niños se quedaron mudos por unos segundos, admirando el espectáculo. Tony agachó la cabeza, sofocando las lágrimas que cubrían su rostro. Las niñas lo miraron sin comprender lo que sucedía. Germán lanzó una piedra al río y Álex lo imitó. Carlos mordió la manzana que tenía entre las manos. Juan amarró los cordones de su mochila. Marcos se colocó la guitarra a la espalda. Julia me pasó una mano por los hombros y Vita comenzó a caminar por entre los pinos.

Había llegado la hora de partir.

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