Pedro estaba raro, muy raro, definitivamente raro. Nadie en los últimos seis meses le había visto mas que algunos minutos seguidos, ni sus amigos, ni sus vecinos, ni siquiera Isabel la mulata del bar de la Gran Vía que solía servirle algo más que una copa los viernes por la noche. Entre sus compañeros de trabajo no causó gran impacto su semi desaparición ya que, trabajando en casa, apenas se comunicaba con sus compañeros de proyecto mas que por correo electrónico y rara vez se pasaba por las oficinas. Pero últimamente los correos se habían espaciado y el proyecto se empezaba a retrasar más de la cuenta. Su jefe estaba algo nervioso, Pedro era un buen arquitecto y cuando dos años atrás le había solicitado trabajar en su casa “por temas personales”, a pesar de las dudas que le habían asaltado, acabó cediendo con tal de no perder a un trabajador del que nunca había tenido queja y del que había continuado sin tenerla hasta unos meses antes.
En su bloque nunca habían sabido mucho de él. Se había mudado un par de primaveras atrás al bajo izquierda y, aunque era cordial y atento con todos, nunca había llegado a intimar con ninguno. Lo único que se sabía a ciencia cierta de él era que estaba divorciado y que vivía sólo con su perro. La portera del edificio fue la primera extrañada de apenas verle salir. Las escasas veces que se había cruzado con él últimamente iba siempre con prisas, agobiado.
Pedro era un hombre de mediana edad, moreno, moderadamente alto, ni gordo ni delgado, no era guapo pero tampoco feo, lo que se dice un hombre del montón. Siempre había pagado el alquiler puntualmente, pero su forma de vestir, de comportarse ante los demás y sus largos trayectos en metro, hacían sospechar a los más cercanos que a pesar de no faltarle el dinero de forma alarmante, tampoco debían de quedar más que un par de dígitos en su cuenta corriente al acabar el mes. No tenía demasiados amigos, dos ex compañeros de carrera con los que más o menos había mantenido el contacto y algún conocido de la biblioteca pública que de tanto sentarse a su lado habían acabado trabando una cierta amistad. Fueron precisamente estos amigos los más preocupados por el tema. Le llamaban y no contestaba al teléfono y las pocas veces que lo hacía les decía, casi por monosílabos, que andaba liado con temas familiares y que no podía atenderles, pero ellos sabían que no podía ser verdad, porque a parte de su ex mujer a la que apenas nombraba y un tío lejano que vivía en algún pueblo perdido de Teruel, Pedro no tenía familiares conocidos.
Fue precisamente Isabel, su amante ocasional, la que extrañada por una ausencia tan larga, se decidió a dar un paso más y se puso en contacto con Manuel, un detective también asiduo del bar de la Gran Vía. Isabel se había presentado una mañana en su despacho, se había sentado enfrente de él y le había dicho sin más:
- Necesito encontrar a una persona. Se llama Pedro. No soy su mujer, ni soy de su familia, tampoco estoy enamorada de él, ni quiero hacerle ningún mal, pero es la primera vez que un hombre me desaparece así sin más ni más y una también tiene su orgullo. Necesito saber que está pasando ¿Aceptas el caso?
Manuel asintió. Isabel le dejo una foto bastante borrosa en la que se veía a Pedro sonriendo apoyado en la barra del bar, trescientos euros y un papel con un número de móvil y volvió a hablar:
- Éste es Pedro, detrás de la foto te he apuntado su móvil, es lo único que sé de él pero no te canses llamando, no lo cogerá. Sé que vive cerca del bar, pero tampoco sé decirte donde. Ese número del papel es mi móvil y sabes que me puedes localizar también en el bar. El dinero es todo lo que puedo darte de momento, pero tranquilo, te pagaré más en cuanto lo consiga reunir. ¿Lo aceptas, entonces?
En ese momento Manuel se dijo que no podía ser muy complicado encontrar a un hombre solitario que huía de los brazos de su amante y volvió a asentir.
No le fue difícil dar con su dirección, al fin y al cabo, hasta hacía unos meses Pedro era un hombre de costumbre fijas, y preguntando pronto supo hasta los mínimos detalles de una vida más rutinaria de lo que se hubiera podido imaginar, pero todo el mundo coincidía en que seis meses atrás todo había cambiado.
Una mañana mientras desayunaba, Manuel se sentía despistado porque en realidad Pedro era un hombre adulto y libre que simplemente salía poco de su casa, no había más que rascar… aunque por otro lado, también era extraño que tres semanas después de empezar la investigación y de ir a diario a aquel bar y mirar fijamente ese portal que empezaba a aborrecer, no hubiera conseguido verle ni una sola vez. Miró el edificio con desgana. Era un de tantos de esos que abundan en las calles del centro de Madrid, probablemente construido en los cincuenta y restaurado gracias al último plan urbanístico. Tenía seis plantas y…. ¿era un ático eso que se veía en la parte de arriba? ¿O tal vez una azotea? Pensó que tal vez debiera visitar al oculista porque la vista empezaba a no ser la misma que unos años atrás y decidió que para perder allí toda la mañana, mejor entraba y veía el edificio por dentro a ver si le inspiraba algo. Entró con soltura ya que la portera de tanto verle por allí le había tomado una cierta simpatía y decidió subir despacio hasta la última planta, más por estirar las piernas que porque realmente pensara que le serviría de algo. Era una escalera más bien estrecha de mármol blanco, en la que cada tramo acababa en un rellano con cuatro puertas. Así un piso, el segundo, el tercero y sucesivos…. Al llegar al sexto, ya algo cansado, miró hacia arriba y observó que la escalera se estrechaba aún más. Era extraño, porque cualquiera diría que por aquel angosto tramo apenas cabía una persona de frente. No, definitivamente no era un ático lo que se veía desde la calle, por lo tanto si era una azotea las vistas debían ser espectaculares. Empezó a subir despacio los peldaños del tramo final. Al llegar al último escalón observó una gran puerta de madera, lo que le pareció raro de verdad, ya que en esas azoteas comunitarias lo normal son las puertas metálicas. Pero lo que le terminó de dejar totalmente intrigado, fue la tremenda desproporción entre los angostos peldaños que acababa de dejar atrás y la enorme puerta de acceso a lo que fuera que había allí detrás. Por un momento dudó. Su ética profesional y su sentido común le decían que lo mejor era darse media vuelta y bajar por donde había subido, pero su curiosidad innata y lo extraño de la situación le empujaron definitivamente a proseguir. Manuel no era demasiado hábil con las manos, sin embargo en esta ocasión le resulto asombrosamente fácil abrir la robusta puerta con la ayuda de una pequeña navaja.
La puerta cedió al ligero empujón final. Ante sus ojos una enorme sala diáfana a modo de loft se abría en una superficie que le resultó imposible calcular. Pestañeó, para acostumbrarse a la semipenumbra del lugar y avanzó con cuidado de hacer el menor ruido posible. Algo en el ambiente que se respiraba le inquietaba profundamente, tal vez un extraño olor que no conseguía localizar… Una vez hecho a la escasa luz, empezó a distinguir objetos. Una estantería, una pequeña mesa ovalada atestada de revistas y periódicos, un sofá… No se oía nada y, tal vez por el malestar que le producía ese silencio, carraspeo un par de veces hasta que distinguió algo a lo lejos. Al final de la inmensa sala se intuía una gran cama de matrimonio y aparentemente dos personas dormían despreocupadas. Se acercó y pudo comprobar como una de las personas era Pedro, respiraba acompasadamente tapado parcialmente por la sábana. Una mujer yacía a su lado bocabajo, el pelo desperdigado por la almohada, los brazos a lo largo del cuerpo… De repente se sintió mal observando esa escena tan íntima y cotidiana. Todos buscándole y ahí estaba aquel hombre durmiendo tranquilamente al lado de su amante. Sonrió. Se dispuso a salir con toda la cautela del mundo para no delatar su presencia y dar por concluida su investigación. Manuel decidió que después de haber llegado hasta allí, de haber entrado sin permiso, incluso de haber invadido el espacio del sueño de aquella pareja, ya poca importancia tendría que pasara por la cocina y bebiera un vaso de agua antes de bajar. Con cuidado de no hacer ruido y todavía sonriendo por lo absurdo de la situación, se acerco al fregadero, pero algo le llamó la atención.
- Pero… ¿pero que coño es esto?
Una gran tarro de cristal relleno con un líquido transparente y algo muy parecido a un corazón humano descansaba sobre la encimera. No podía creer lo que estaba viendo. No podía ser verdad. Olvidando todas las precauciones, buscó a tientas el interruptor de la luz. El fluorescente parpadeó al encenderse, en el momento que Manuel se agachaba, totalmente aterrorizado, para acercar la vista a aquello.
- Si, es un corazón, el suyo - murmuró Pedro a su espalda y señalando con la cabeza hacia la cama.
- Pero, pero… - Manuel no era capaz de articular palabra.
- Es mi ex mujer, la muy zorra…- Pedro hablaba sin mirarle, con los ojos clavados en el tarro.
Manuel quería levantarse y salir corriendo, no sabía porqué, no quería escuchar más, pero las piernas no le respondían.
- Hace dos años, se levanta una mañana y me dice que se va, que hay alguien más en su vida y que ya no me quiere. Supliqué, me humillé, juré que cambiaría, que tendría lo que ella quisiera de mí… ni me escuchó. Tenía hasta las maletas hechas antes de hablar conmigo…
Manuel, sentado en el suelo, escuchaba atónito a aquel hombre que sin conocerle de nada le estaba desgranando su vida.
- Me mudé y decidí olvidarla fuera como fuera... Me refugié en mi trabajo, pero cualquier mujer que veía me recordaba su existencia. Acabé por trabajar en casa para no tener que relacionarme con ninguna, más que con la pobre camarera de un bar que de vez en cuando calmaba mis soledades …. Hace unos meses me anunciaron la muerte de unos de mis tíos dejándome una herencia bastante considerable. Siempre había soñado con vivir en un piso alto y sabía que esta planta estaba en venta, la compré a escondidas de mis vecinos y la reformé poco a poco, pagando un autentico tesoro porque los obreros fueran discretos, dispuesto a que esto fuera mi refugio donde volver a empezar…
Pedro seguía con la vista fija en ese corazón que a Manuel, sin saber muy bien porqué, le parecía cada vez menos humano.
- No sé como se enteraría, quien y cómo le contaría lo de mi tío, pero el caso es que reapareció un día sin más. Se presentó en mi casa pidiendo perdón, una oportunidad, que no me había olvidado, decía, y la creí. Nos instalamos aquí y todo volvió a ser extrañamente normal, incluso fuimos al notario a echar para atrás los papeles del divorcio…
- Yo, esto… no hace falta que siga, en realidad me tengo que ir - balbuceó Manuel
Pedro no le miraba, había comenzado a andar por la habitación mirando fijamente hacia la cama.
- La semana pasada salí a comprarla un ramo de rosas para sorprenderla al despertar y cuando volví … la oí hablar por teléfono, reía, decía que sólo serían unos meses de sacrificio a mi lado hasta que yo me confiara del todo, hasta poder sacar algo de tanto tiempo soportándome … - Pedro se había sentado en la cama y acariciaba el pelo de la mujer con una ternura que sorprendía ante sus palabras - y decidí que esta vez no, que esta vez si alguien perdía el corazón no iba a ser yo. Simplemente la liberé, era una mujer bella esclavizada por un corazón sin escrúpulos y se lo saqué, ahora es la mujer que yo deseaba - Pedro rompió a llorar abrazado al cadáver.
Manuel se levantó sin decir nada, apagó la luz de la cocina y salió despacio del apartamento sin ni siquiera despedirse de Pedro. Mientras bajaba las escaleras, y a pesar de que por algún motivo le parecía que iba a traicionar a un amigo, llamó por teléfono: