Logré aparcar mi pequeño Bugatti fotoeléctrico en una esquina frente al edificio del Poble Nou en cuya última planta tenía Alfonset Arcos sus aposentos privados, sus huertos y jardines colgantes, sus plantas medicinales, sus cultivos hidropónicos y sus amplias vistas al mar. Una vez más, no pude dejar de admirar la audacia del edificio y su elegante equilibrio entre la etérea estructura y lo telúrico de sus componentes. Desde los basaltos labrados de los muros hasta la filigrana de su estructura y sus cerramientos articulados de placas solares traslúcidas de las fachadas, aquella extraña construcción transmitía potencia y ligereza. El proyecto, debido al propio Set, había sido desarrollado por un equipo de arquitectos nigerianos con el que Set mantenía relaciones profesionales y de amistad.
Los cuatro niveles inferiores, ocupados por sus talleres, bibliotecas, laboratorios, almacenes, con los diferentes showrooms en planta baja, aparecían oscuros y herméticos en contraste con la animación que se adivinaba a través de los grandes ventanales de la última planta, brillantemente iluminada. Los bits de la versión sinfopsicotrónica del Himno de Riego debida al propio Set se filtraban al exterior. Aún en plena noche, el calor era abrumador bajo la verdosa capa de nubes bajas, típica de las noches de verano de BCN.
Sorteando unos malolientes biocontainers que digerían basura atrasada y sudando como un galeote, crucé la avenida preguntándome por enésima vez qué demonios tramaba Set al organizar aquel sarao. Ninguno de nuestros amigos comunes sabía más de lo que anunciaba la invitación:
Set te invita a la celebración de su Apoteosis que tendrá lugar en su casa el próximo sábado 6 de Junio del 2020 a partir de las 20 h.
Eran las 20:20 cuando pulsé mi código alfanumérico personal, observé las cámaras de seguridad que me observaban mientras se abría una pequeña puerta, subí al enorme ascensor-montacargas con aire acondicionado y desemboqué en lo más alto de la espaciosa nave de la 5º planta, el sanctasanctórum de Set Arcos.
Desde el descansillo de la amplia escalera mecánica que descendía hasta el loft podía observarse la ordenación de los vastos aposentos de Set y sus numerosos itinerarios, formados con tabiques, correderas y suaves depresiones y elevaciones, por los que deambulaban pequeños grupos de invitados.
Siempre me había impresionado el sentido escenográfico de Set, que combinaba lujo refinado y austeridad monacal mediante el diseño de los espacios y volúmenes, del sólido mobiliario y de una sutil y fantasmagórica iluminación. El resultado era un ambiente irreal subrayado por las sofisticadas melodías que Set creaba para relajarse y que componían sus celebrados “clímax acústicos”. Al salir del ascensor reconocí uno de sus “Divertimento para trompa tibetana, ocarina, laúd, percusión y voces” en el tema musical que sonaba por la estereofonía. Antes de iniciar el majestuoso descenso a bordo de la escalera mecánica eché unaojeada a la variopinta asamblea desde la plataforma del ascensor. Levanté la mano en respuesta a varios saludos que me llegaban de abajo.
El poder de convocatoria de Set era grande: entre la cincuentena larga de asistentes distinguí a algunos de los poetas, filósofos, músicos, pintores, críticos de arte y galeristas más conspícuos del llamado “Posvanguardismo de retaguardia” o movimiento posretro, del cual Set, en su calidad de artista trasgresor y poliédrico, era el propulsor y máximo exponente a escala mundial. Reconocí también una pequeña pero selecta representación de políticos y periodistas neonewcon, un detalle que me sorprendió dado las agrias polémicas que, habitualmente, Set Arcos cruzaba con la mayoría de ellos.
Lo cierto es que las “instalaciones sexóticas”, las “performances orínicas” y los “poemarios abruptos” que integraban la última muestra global de Set, su “Exposición semiótica y politemática” recientemente celebrada en un tramo visitable de la red de alcantarillado de la ciudad, cosechó feroces críticas y fervorosas adhesiones. Sin embargo, la opinión popular más extendida afirmaba que Set era un ser perverso y sus seguidores, unos mutantes descerebradas.
Pese a ello, el arte posretro no cesaba de ganar adeptos y había convertido a Set en el artista más rico e influyente del sXXI.
Empleando a fondo toda su artillería mediática, los neonewcon cargaron contra él y su exposición, calificándolo de depravado, incoherente, epicúreo, decadente, perturbado, liberal, psicópata, incluso afrancesado y corruptor de la juventud, acusaciones alimentadas por sus excesos de todo orden, su libertinaje y su inverecundia. La austeridad y la desmesura, el espíritu barroco y el zen, el delirio sicalíptico y el éxtasis místico, el orden y el caos se fundían en su obra y en su vida.
Impermeable a todas las críticas, Set era felizmente bisexual y se enorgullecía de ello. Siempre que venía a cuento reivindicaba esta ambivalencia, según él la mayor e inagotable fuente del éxtasis consustancial al ser humano. En la actualidad, tras su tormentoso divorcio de una belleza mulata y salsera que conoció en Santo Domingo (separación que fue publicitada a bombo y platillo por todos los medios nacionales e internacionales) Set vivía de nuevo con Critus, un griego gigantesco, atlético, hirsuto y hermético que ejercía de valet de chambre, chófer, cocinero, guardaespaldas, secretario, amante y confidente.
El solemne descenso de la escalera mecánica permitía observar y ser observado abiertamente, descaradamente, por toda la concurrencia. Ambigua como los tiempos que corrían, la vestimentaria era versátil y no hacía grandes distinciones entre sexos. Entre los varones, las togas amplias y ligeras eran la sensación del verano. Las mujeres lucían ajustadas mallas y túnicas multicolores con audaces transparencias siguiendo la estética hetaira sXIX que arrasaba en las últimas temporadas. Los tatuajes y escarificaciones faciales seguían estando de moda aunque la mayoría de los invitados de Set habíamos optado aquella noche por la máscara de maquillaje.
Fue Critus quien me recibió al pié de la escalera. Para la ocasión iba ataviado con un impecable smoking tornasolado, maillot negro muy ceñido y espardenyes de set betes multicolores. Exhibía un cráneo medio rapado decorado con oscuras filigranas de maquillaje y su aspecto era el de un titán taciturno y doméstico. Se hizo cargo de mi amplia capa de texstone color malva, mi chambergo a juego y mi gunstick, y me anunció a la concurrencia golpeando tres veces un tambor sioux con un enorme falo de caucho:
-Monsieur Félix Asareta-Tissa, marchand d´art.
Arracimada alrededor de las largas mesas cargadas con exquisiteces debidos a la mejor cocinera del país (y algunas con bandejas de plata conteniendo khat-cristal y pura roca colombiana) aquella patulea se ponía tibia comiendo, bebiendo y esnifando. Mientras saludaba, estrechaba manos, besaba o abrazaba a amigos, conocidos, enemigos y desconocidos entre la euforia generalizada, localicé a Set en un rincón del fondo, bajo una especie de baldaquín junto al tabique de cristal que cerraba su enorme salle de bains. La gran pileta circular tallada en un bloque de basalto, presidida por una reproducción a tamaño natural del Doríforo de Policleto, era visible desde cualquier lugar del enorme loft abovedado.
Set vestía un albornoz negro y lucía un descomunal turbante con un prendedor de plata y lapislázuli. Al acercarme, advertí que el turbante era una toalla a juego con el albornoz. Estaba sentado en un montón de cojines de seda carmesí, iba descalzo y fumaba un narguilé cargado con hash afgano. Sus cultivos hidropónicos de marihuana eran legendarios entre quienes seguían fumando THC, un consumo a la baja debido a la escasa potencia de los cigaporrillos de todas las marcas y denominaciones de origen que, desde su legalización, se expendían en los estancos.
Set era un tipo muy alto y muy delgado, fibroso, casi esquelético. Su ágil manera de moverse, con una suavidad que me recordaba a una serpiente pitón, hacía olvidar que se trataba de un hombre de más de 70 años. Sus ojos grises de dilatadas pupilas tenían cualidades hipnóticas y era difícil mantener su mirada poco más de unos segundos. El primer contacto visual con Set era siempre turbador, aunque la mirada con la que me taladró al verme estaba cargada de afecto. Hacía más de 30 años que nos conocíamos, siendo yo uno de sus primeros admiradores además del primer galerista y mecenas que había apostado por él.
-Bienvenido, mon très cher Flixy. Siéntate y fuma conmigo…
Aunque hablaba diez o doce idiomas, Set era francófilo y cultivaba un exquisito acento parisino en cualquiera de los que empleaba habitualmente.
Me tendió la larga boquilla de marfil sin dejar de mirarme a los ojos y tomé asiento a su lado, en un enorme puff tapizado en piel de pantera. Sabía que reservaba esta deferencia para sus más fieles amigos, de manera que, pese a que no fumaba desde hacía algún tiempo, arranqué una profunda bocanada a la pipa de agua. Después de toser un buen rato le pregunté:
-¿Se puede saber qué estás tramando, vieille crapule?
- Ya lo verás, viejo amigo, ya lo verás. Se trata de una soirée de despedida…
-¿Te largas?
-Ya va siendo hora, no crees?
Me dirigió una de sus miradas mayéuticas arqueando la ceja derecha. En espera de respuesta sonreía como un fauno. Respondí con otra pregunta.
-O sea que te vas, definitivamente…es decir, para siempre?
- Pues sí, y muy bien acompañado, por cierto.
No pude arrancarle ni una palabra más. Me mezclé con la gente que, comme d´habitude, andaba ya muy colocada. Todos estábamos al corriente del motivo de la convocatoria, pero nadie sabía en que iba a consistir la dichosa apoteosis. Los efluvios del hash empezaban a actuar en mis sentidos, ensanchando el espacio, el tiempo y mi percepción de la realidad. Sin saber como, me encontré departiendo con Attrak Tyvva, una bailarina, actriz y coreógrafa cocainómana que frecuentaba mi galería y, ocasionalmente, mi alcoba.
Súbitamente Critus hizo sonar un gong tibetano para pedir la atención de la peña.
-Damas y caballeros, Set desea que acepten un obsequio de despedida
Acto seguido, abrió una vitrina y procedió a ofrecer una exquisita copa de fino cristal tallado a cada uno de los asistentes, con el nombre de cada invitado grabado en la base de plata. Repartió las copas una a una mientras anunciaba que Set iba a proponernos un brindis.
Todas las miradas se volvieron hacia Set quien, incorporándose lentamente, como desenroscándose, dejó su pipa y nos miró en silencio envuelto en una nube de humo. Copa en mano, esperó impasible a que Critus terminara de escanciar un soberbio champagne para tomar la palabra:
-Queridos amigos y amigas, quiero brindar por todos vosotros… Y, muy especialmente, por mis enemigos, sin cuya colaboración nunca hubiera llegado donde he llegado. Slud.
Cuando se disiparon las risitas, los carraspeos, los murmullos, alzó su copa ceremoniosamente y bebió su contenido de un largo sorbo. Todos le imitamos, expectantes.
-Queridos y queridas: sin duda os preguntáis que es eso de la “apoteosis” de los cojones y donde coño pienso irme cuando ésta finalice ¿no es eso? Pues bien, os lo voy a decir. Pero antes, permitidme que tome un baño de ritual. Critus, s´il vous plaît…
Critus se colocó detrás de él y ante la estupefacción general le ayudó a quitarse el turbante y el albornoz. Totalmente desnudo, Set tomó gentilmente la mano de Critus y ambos entraron en la zona de baño, introduciéndose en la pileta llena de un líquido ambarino y humeante. Recostándose dulcemente en el pecho peludo de Critus, que también se había desnudado, prosiguió:
-Queridos y queridas, he de comunicaros tres cosas:
-Primera: me han diagnosticado un cáncer muy avanzado y me estoy muriendo.
-Segunda: las copas de mis amigos aquí presentes están impregnadas con una potente dosis de LSD.
-Tercera: las copas de mis enemigos también aquí presentes, están, como la de Critus y la mía, impregnadas con una mezcla de LSD y cicuta mayor, también llamada “cicuta socrática”. Feliz apoteosis, queridos y queridas…
Se apagaron las luces y todos nos pusimos a gritar.