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Moros Peña, Mario (M. Malavida)

La vida iluminada



Cada día era igual. Me escapaba del trabajo a las once, cruzaba a la Cafetería Babel con la intención de almorzar algo, observaba con perplejidad e indecisión el atlas de la gula que eran las tapitas de su mostrador y ante la imposibilidad de decantarme por alguno de los manjares en particular, que suponía la renuncia a todos los demás, terminaba invariablemente por adoptar la salomónica decisión de pedir un coñac al que seguía otro que era el anterior del que precedía al cuarto, que era justamente en el que yo ya perdía la cuenta. Habría que calificar como de algo más que generoso el decir que mi rendimiento laboral, después de la hora larga que le dedicaba al almuerzo era insuficiente, incluso para un funcionario. Hablaba del atleti con desconocidos, farfullaba insultos contra la jerarquía eclesiástica y el Gobierno con independencia del partido político que lo sustentara, discutía airadamente sobre los temas más diversos con clientes que por alguna razón me trataban condescendientemente y volvía al trabajo, si no había más remedio, a eso de las doce.            Con apenas cuarenta años tenía la mirada veinte años mayor que los ojos y el DNI y el carnet de conducir caducados hacía un lustro. Vivía, o más bien envejecía , solo en una casa demasiado grande para mí en la calle Mauricio Azar. Si la felicidad es simplemente una suma de desgracias evitadas podría decirse que era feliz. Le  repetía esto una y otra vez a todo el que me preguntaba sobre mi estado vital parapetándome en  la máxima de que la sinceridad es repetir siempre las mismas mentiras. Tenía dos hermanos mayores a uno de los cuales nunca veía y una hermana más joven pero con una vida sin duda más ordenada que la mía. Mis padres habían muerto. Había tenido una novia hacía ya muchos años, que había terminado por dejarme y sin duda por olvidarme. Desde que ella me había abandonado yo dormía como un bebé: ya saben, un rato sí, un rato no, me despertaba de madrugada pidiendo su pecho... Había finalizado organizando mi propia vida en torno a una llamada telefónica que nunca terminaba por producirse o a una carta que jamás acababa de llegar. Y hasta tal punto era así que algunos días llegaba a desconectar el móvil sólo para no tener la certeza de que nadie me había llamado.            Por las noches frecuentaba tugurios en los que había tan escasa luz que la oscuridad se tenía que abrir paso a tientas. A días cambiaba de bares sólo con la esperanza de comprobar que divertirse consiste muchas veces sólo en cambiar de aburrimiento. El resultado de todo aquello era que de mis análisis de sangre se podía haber deducido con precisión cartesiana la receta del Bloody Mary.            Algunas tardes, tras tomar varias copas, subía a lo alto del viaducto y observaba el lánguido anochecer de la ciudad mientras sentía la llamada de lo oscuro y pensaba que la vida es simplemente un mal hábito que algunos se intentan quitar. Entonces un nudo de congoja y soledad se me ataba en alguna parte del pecho. Un nudo que yo apenas identificaba con alguna suerte de nostalgia turbia que parecía tirar de mí hacia abajo y que hasta el estudiante menos adelantado de primer curso de medicina habría sabido reconocer como los síntomas iniciales de una angina de pecho. Luego completaba un recorrido etílico por mil bares de los que al día siguiente no recordaba ni el nombre sumergiéndome como un barco ebrio en mares de gente sin rostro, de palabras vacías, esperando hasta el último segundo y hasta el último sorbo de la última copa del último bar  que ocurriera lo que nunca terminaba por ocurrir: un encuentro que me iluminara la vida.            Aquel viernes inolvidable, tras la liturgia alcohólica matinal acostumbrada, lamentar la derrota copera del atleti frente a un tercera y dirigir el chorroborro de  insultos rutinarios al clero y al Ejecutivo, regresaba inexorablemente al trabajo con las excusas agotadas por el transcurso de la semana (había muerto por quinta vez en un año, demostrando una tozudez encomiable, mi tío el del pueblo; yo había padecido una terrible enfermedad tropical contagiada tal vez, aseguré, en la zona polinésica de Port Aventura -esas cosas pasan-,añadí...) cuando una auténtica desconocida con la cara desencajada pidió dos aguas para romperlas al segundo siguiente. Me refiero a las aguas, no a las botellas. Porque en ese momento, mientras ella intentaba aguantarse la enorme barriga con las manos advertí lo que, en un estado más despejado, debía haber advertido con anterioridad: la mujer estaba estruendosamente embarazada. Un estruendoso embarazo que estaba a punto de llegar a término en el poco aséptico suelo de la Cafetería Babel. Tal vez que crean que exagero, pero con las aguas que aquella  mujer rompió se podían haber solucionado todos los problemas de sequía del este del Moncayo. Una turba confusa y expectante se arremolinó en torno a ella, que se había tumbado en el suelo. Un cliente gritó al camarero que hirviera agua y al momento apareció éste con una infusión de poleo menta. Y cuando alguien pidió periódicos nadie sospechó que era para consultar la cartelera. Una morena cuyos rasgos faciales más memorable eran sus pechos, (dos desmentidos al pobre Newton), preguntó a voces si había algún médico en el local. Y entonces me acerqué yo, que soy contable pero tengo un hermano pediatra.            Me arrodillé, le cogí la cabeza como en las películas y pedí un coñac. Y cuando todos creían que se lo iba a dar a la parturienta para calmar sus nervios me lo tomé de un trago ante la indignación de los asistentes que, hasta que se percataron de mi lamentable estado, esperaban algo más de mí.  Entonces, desde la barra, un taxista sugirió, con pasmosa serenidad y sin quitarse el palillo de la boca en un inesperado y celebrado ejercicio de ventriloquía, que sería conveniente que alguien la acercase al hospital. “La llevaré en mi coche”, aseguré yo tratando de que mi voz sonase lo más sobria posible que, la verdad, no debió de ser mucho. Todos callaron, tal vez horrorizados por mi osadía, tal vez apesadumbrados por la tragedia que se cernía sobre la madre y el nasciturus.            La monté en mi auto no sin pocas dificultades -era una mujer muy alta y con flequillo si bien esto último no constituía en absoluto impedimento para que cupiese en el vehículo-, le puse un pañuelo que en algún tiempo había sido blanco en la mano que le obligué a sacar por la ventanilla (siempre había querido hacer algo así) y conduje a toda velocidad hacia el Hospital Infantil donde mi hermano ejercía de pediatra. El tráfico se abría ante mí, como el Mar Rojo ante Moisés, ante el sonido de mi sirena. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi coche no tenía sirena y que lo que yo había confundido con tal no eran sino los gritos de la incipiente madre. Portentosos pulmones: “18 ó 19 decibelios” pensé aunque, claro, quién iba a contradecirme. Al paso por la Plaza Aragón una pareja de guardias civiles que se percató de nuestra situación quiso sumarse a la delirante fiesta: se colocó con sus  motos delante de nosotros y comenzó a abrirnos paso. Entonces pensé en mí mismo (borracho, con el carné caducado y escoltado por la benemérita) y me imaginé hospedado en uno de esos hoteles con rejas que el Estado dispone para los bribones sin dinero. Sobrepuesto a la primera reacción, que fue de lógica alarma, y comprobada mi total impunidad, me crecí e incluso intenté tocar el himno del Atleti (el nuevo, el de Sabina) con el claxon con, eso sí, un resultado cuando menos mediocre.            Llegamos al hospital por la rampa de urgencias. La saqué como pude del coche (seguía siendo una mujer muy alta y conservaba el flequillo) y un celador no demasiado más ancho que las puertas de la Basílica de el Pilar me la arrebató con la autoridad de un padre ultrajado. Me quedé en la sala de espera (a la que más bien habría que llamar “de desesperación”) esperando, la verdad, no sé muy bien qué.            Pasó una hora. Me invadió un nerviosismo impropio. Me palpé con ansiedad los bolsillos buscando un paquete de cigarrillos hasta que recordé que yo no fumaba. Entonces bajé a la cafetería, compré tres cajetillas de Lucky Strike y, cuando conseguí tapizar por completo el suelo del descansillo con las colillas de mi recién estrenado vicio, regresé a la sala de espera. Estaba solo. Salió una enfermera y preguntó: “¿Quién es el padre?”. Y yo miré a todos los lados sólo para comprobar que en la sala no había nadie más que yo. “¿Es usted?”, me inquirió. Y nunca atravesó mi cabeza otra respuesta que no fuera la afirmativa, que maticé con un intento de broma nerviosa: “Eso espero”, dije. Y la enfermera sonrió con una mirada para mayores de 18 años y volvió hacia dentro. En la misma sala de espera había una cabina de teléfono. Eché un euro, llamé a mi secretaria y le advertí: “Merche, hoy no vuelvo a la oficina: mi mujer se ha puesto de parto”. Merche no pareció creérselo, tal vez ya inmunizada por la vacuna de las más peregrinas mentiras que acompañaban mis habituales ausencias de la jornada laboral o tal vez porque yo nunca había estado casado.

Apenas había comenzado a aporrear la cabina con el propio auricular tratando de convencer a Telefónica de que las donaciones a su cuenta de resultados no entraban en mis planes a corto plazo cuando volvió la enfermera: “Puede pasar a ver a la madre”. Y yo entré y me planté delante de aquella perfecta desconocida. Nunca había visto a una mujer más bella. Me acerqué a la cama, le acaricié el rostro y le dije en la apuesta más arriesgada que me he jugado en la vida: “Mi eva...”. Ella me miró embargada por la sorpresa y frunciendo los labios en una mueca deliciosa me dijo dulcemente: “Como te vuelvas a equivocar de nombre te rompo las piernas”. Me quedé allí sentado a su lado sin saber qué decir, hasta que alcancé a proponer: “Le llamaremos Candela”, a lo que ella apostilló escuetamente: “Es un niño”. Y aunque por un momento cruzó por mi mente la posibilidad de “Candelo” enseguida abandoné tal pretensión.            Pablito cumple hoy diez años y mi hermano, el pediatra, dice que tiene una salud de hierro, “como su padre” . Pablito cumple hoy diez años, exactamente los mismos que hace que yo no pruebo una gota de alcohol. Y cuando le miento a Merche, que sigue siendo mi secretaria, es sólo para espiarlo jugando al fútbol en el recreo de su colegio. Lleva una de esas botas de ortopedia con un tacón más alto que otro que tuvimos que ponerle hace dos años porque tiene una pierna algo más corta que la otra. Aún así apunta buenas maneras. Le he regalado un uniforme nuevo del atleti y una de esas cámaras fotográficas que lo hacen todo solas. Nos hemos retratado los tres juntos: Pablito, su madre y yo. Y les juro-les juro-, que se me quiebra el alma cada vez que me llama “papá”.

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