Juanjo, orgulloso de su sonoro apellido italiano, Marcovecchio, su metro noventa y su cara de niño, entró a trabajar en la redacción de Clarín cerca de los finales del 74. Estudiaba lenguas, aunque su pasión era el periodismo deportivo, por lo que su felicidad era completa; iba a ganar un sueldo para ayudarse en sus estudios, y además iba a estar cerca de los que escribían esa parte del diario que él devoraba todos los días.
Era muy simpático y muy entrador, y enganchó muy bien con todos los que por aquellas épocas formaban la redacción del “diario de mayor circulación en el mundo hispano”, como decían entonces los poco llamativos anuncios que se hacían. Tenía cara de nene, aunque ya andaba por los 22, y una novia espectacular, pelirroja ella, que lo adoraba y venía a buscarlo al diario casi todas las noches.
Ya habíamos perdido algunos compañeros en aquellos años de desapariciones y de muertes. El último había sido el flaco alto que trabajaba en la sección Política, el que enloquecía a su jefe con su costumbre de llegar al diario con vaqueros, zapatillas de basquet y un poncho con todas las de la ley, y que él usaba como manda el reglamento; pasando la cabeza por el agujero del medio. Era un personaje. Odiaba el tango y odiaba los gritos y los ruidos. Todo lo decía a media voz, en un tono muy suave, y también así le gustaba que le hablaran.
Una tarde, que estaba desgrabando una entrevista que acababa de hacer, lo llamaron desde portería para avisarle que lo buscaban. Puso pausa en el grabador, y salió para la planta baja quejándose de los que no tenían nada que hacer y venían a joder a la gente que trabajaba. Apenas salió alguno de sus compañeros maniobró en el grabador y después todos siguieron en lo suyo, que a esa hora era bastante poco. El Flaco del poncho volvió a las puteadas, porque en planta baja le habían asegurado que ellos no habían llamado. “¡Gente grande! -dijo antes de sentarse, mirando a su alrededor, y enseguida repitió, con la voz un poco más alta, para que lo escucharan-. ¡Gente grande y boluda!”. Miró lo último que había escrito y volvió a encender el grabador. El escándalo fue inmediato. El compañero no solo había puesto el volumen al máximo. Había sacado el casette de la entrevista y había puesto uno de tangos.
El Flaco lo escuchó a D´Arienzo y tiró todo; papeles, grabador, diarios, la canasta de los originales. Menos la máquina de escribir, todo fue al suelo. Después se fue. Se puso el poncho y se fue.
Un día nos enteramos que se lo habían levantado en plena calle Lavalle, en la parte peatonal, la de los cines. Venía con un amigo, discutiendo apasionadamente, como todo lo que hacía, cuando en una de las esquinas - ¿Suipacha?, ¿Maipú? -, lo avanzaron entre varios. Nadie dijo nada, como era habitual, y el Flaco terminó dentro de un Falcon , azul o verde, y nunca más se supo de él. El amigo quedó allí, mirando hacia todos lados sin saber qué hacer.
Así eran los tiempos en el país, y en la ciudad de Buenos Aires cuando Juanjo entró a trabajar a la redacción de Clarín. No era época de computadoras ni de armado en frío. Reinaban las Léxicon 80 y en el taller de armado el patrón seguía siendo el plomo. Entonces, cuando cualquier redactor terminaba de escribir una nota, pegaba el clásico grito de ¡Material!, y allí iban los cadetes, retiraban las hojas recién escritas y las llevaban a Corrección. De allí pasaban a las linotipos y se convertían en líneas de plomo, y un par de horas después en diario.
Juanjo era un tipo feliz. En cuanto podía, en cada minuto en que quedaba libre, se lo podía ver charlando con cualquiera de los pibes nuevos de la sección Deportes.
Una tarde llegó al diario sin su ancha sonrisa. Me pareció raro y le pregunté que le ocurría. Tuve que insistirle bastante, pero al final me contó.
“Yo tenía dos grandes amigos -me dijo-, dos amigos del alma. Desde chicos. Eramos inseparables. A uno de ellos lo mataron la semana pasada en La Plata. El padre es milico, marino, pero lo mataron igual. Alguien hizo correr la bola de que estaba en Montoneros. ¿Vió como es? -me preguntó-. Apareció muerto, lleno de balazos, él y otros dos, cerca de La Plata, en Los Hornos. Mi otro amigo, el que seguía vivo, se había venido a vivir a Buenos Aires. Se casó el año pasado y se vino con la piba a vivir acá. Yo estuve un par de veces en el departamento. Chiquito, un ambiente nada más, en un séptimo piso. En una de las paredes tenía una foto, enmarcada, donde estábamos nosotros tres, los tres amigos, y la piba, el día del casamiento -allí se quedó callado, mirando hacia el piso, y podría decir que me pareció que lloraba. No sé. Me pareció. Después siguió-. Bueno, me enteré hace un par de horas de lo que le pasó. De lo que les pasó, a él y a la piba. Me llamó la madre de mi amigo y me lo contó”.
Juanjo ahí aflojó. Ya tenía los ojos con lágrimas, pero ahí se largó a llorar. Yo no dije nada. Esperé, en silencio. “Anoche los mataron. A los dos. A él y a la piba. Me dijo la madre que lo único que pudo saber fue lo que le dijeron los vecinos, que a las dos de la mañana le voltearon la puerta de un patadón y entraron. Me dijo la madre que nadie le pudo decir si eran de la policía, o del ejército. Parece que gritaban como locos, ametrallaron las paredes, les robaron las cuatro pelotudeces que habían podido comprar y se fueron. ¡Pero antes de irse a mi amigo y a la piba los tiraron por la ventana! ¡Los tiraron! Un séptimo piso. Eso y lo del Pato, el pibe de La Plata, me tiene destrozado, pero hay otra cosa. ¡Y tengo miedo! La madre me dijo que no pudo encontrar por ningún lado la foto donde estábamos nosotros tres y la piba. ¿Mé querés decir para que mierda quieren estos tipos esa foto si no es para marcarme, para buscarme?
Eso pasó a las cuatro de la tarde. Apenas una hora después Juanjo volvió a entrar a mi oficina. Estaba blanco. No se decidía entre largarse a llorar o seguir temblando. Le di a tomar un traguito de whisky y esperé a que se serenara. Me miraba pero no hablaba. De golpe se largó: “¡Me vinieron a buscar! ¡Me vinieron a buscar!”. Tuve que esperar un buen rato hasta que se serenó y me explicó todo. Juanjo vivía con la madre, en una casa con un jardín adelante, creo que por Villa Urquiza. La madre lo acababa de llamar al diario para avisarle que lo habían venido a buscar, hacía apenas un rato. Según la madre el que tocó timbre era un tipo de unos treinta años, con unos bigotazos grandes. Otro lo esperaba en el auto, un Ford Falcon verde.
(Años de mierda aquellos. Las palabras bigotazos y Falcon eran sinónimos de muerte).
La madre le había contestado al tipo que lo esperaba de regreso a la noche, pero no le había dicho que trabajaba en Clarín.
La solución que propuso el jefe de redacción, cuando le conté el episodio, fue que Juanjo se quedara en el diario hasta que él tratara de averiguar algo. Por su cargo debía entrevistarse a menudo con jefes del Ejército, y también de la Marina. El pibe seguía en mi oficina, esperando, y antes de volver supe que quedarse allí no era ninguna solución para él. Un diario, o una redacción, pueden ser muy agradables en pleno bullicio, pero a la madrugada, en total soledad, y sabiendo que están detrás tuyo, puede ser una tortura.
En mi departamento tenía un pequeño cuartito que no se usaba y allí acomodamos, mi mujer y yo, a Juanjo. El departamento era grande, pero acabábamos de tener a nuestro primer hijo, hacía menos de un mes; Verdura, mi perro cokker, estaba celoso, mi suegra se había instalado con nosotros, y la novia de Juanjo, la pelirroja, prácticamente también se mudó a casa.
Unos meses antes ya habíamos tenido algunos asilados en el departamento. Fue cuando el diario despidió, con un terrible telegrama donde casi los calificaba de terroristas, a todos los integrantes de las comisiones gremiales. Un querido amigo mío, el Chino Martínez Zemborain, que era el secretario general de la comisión interna de Clarín, por supuesto que cayó en la volteada. Cuando le decíamos que corría peligro no nos hacía caso. Recién comprendió la gravedad de las cosas cuando una tarde el secretario de la comisión interna de El cronista Comercial (también en ese diario habían despedido a todos los gremialistas), fue “levantado” en una camioneta a las cuatro de la tarde, en la vereda del diario. Ese muchacho, y otros treinta, fueron dinamitados al día siguiente en un campo cerca de Pilar. Mi amigo entonces aceptó mudarse a casa. Teníamos bastante lugar, todavía Victoriano no había nacido, pero mi amigo y su mujer acababan de tener a Manuel. Además trajeron a su perro, Teorema, y nosotros teníamos a Verdura. Algún día se fueron del país. De que Inés, Manuel y Teorema, llegaran a Brasil primero, y a México después, se encargó el Turco Asís. Al Chino y a dos compañeros suyos, creo que Spina y González, pudimos sacarlos por Mendoza, hasta Chile, y allí se hizo cargo de ellos el subdirector de un diario de Santiago. Primero fueron a Perú, y de allí a México.
Juanjo estuvo en casa poco menos de un mes. El jefe de redacción del diario había hecho algunas averiguaciones y una tarde me dijo que le “habían asegurado” que el muchacho podía irse del país, que no tendría problemas. (¿Cómo habrán sido aquellos contactos? Aquellos encuentros en los que un marino o un militar, seguramente joven y con todo el sadismo propio del poder absoluto, le aseguraba a alguno de los “importantes” del diario que tal persona podía irse del país, que su vida no corría peligro. ¿Cómo habrán sido?)
A Juanjo lo llevamos a Ezeiza con dos o tres compañeros del diario. La pelirroja, a la que ya le decíamos la Colorada, viajó con él a Madrid.
Me escribió dos cartas. Estaban bien. Ella había conseguido un buen trabajo y él estaba por entrar a un diario, a la sección Deportes. Se cumplía uno de los sueños de su vida pero no lo podía disfrutar. Extrañaba demasiado. A su madre y a sus hermanos, y a sus amigos. A los vivos y a los muertos. Un párrafo de la segunda carta me puso muy triste. “Algunas noches, no muchas por suerte, sueño que un hombre de grandes bigotes me sigue por las calles de Madrid en un Ford Falcon, verde”.
Habían pasado apenas cuatro meses desde que se habían ido cuando un domingo, al mediodía, tocaron timbre en mi departamento. Pregunté por el portero eléctrico quién era y una voz me respondió que traía un paquete, que debía bajar a buscarlo. Bajé y no era ningún paquete: ¡Eran Juanjo y la Colorada! Estaban cargados de regalos que habían traído de Madrid, y cargados de fiambres y de botellas de vino que acababan de comprar para celebrar el reencuentro. ¡Hasta medio lechón asado traían!
Lo primero que hicieron fue contarme lo que había ocurrido: “Cuando ya hacía tres meses que estábamos en España -dijo Juanjo- mamá me llamó por teléfono. Había vuelto a casa, a preguntar por mí, aquel tipo de los bigotazos. Lo acompañaba el mismo tipo de la primera vez, que igual que antes se quedó en el Falcon, esperando. Mamá le dijo al tipo que yo no estaba, que no estaba en el país y que vivía en Madrid. Entonces el tipo le explicó: era un amigo mío que hacía unos años que se había ido a vivir a Río Cuarto, a la provincia de Córdoba. ¨No lo veo desde la secundaria -le dijo-. Y las dos veces que he venido a Buenos Aires he tratado de verlo¨. ¿¡Te das cuenta!? -me preguntó Juanjo, feliz-. ¡No me buscaba nadie! ¡El de los bigotes no era cana! ¡Ni era milico! ¡El de los bigotes, el del Ford Falcon, era un amigo mío, la puta que lo pareó! ¡Era un amigo mío! ”.
Y así fue como Juanjo regresó de su breve exilio, que había encarado tras la trágica muerte de sus amigos, empujado por unos bigotes y un Falcon verde que no eran de la muerte. Regresó al país apenas supo que nadie lo buscaba y que no corría peligro su vida. No volvió al diario. Creo que consiguió otro trabajo que le convenía más.
Sólo habían pasado dos meses cuando una mañana sonó el teléfono en casa. Eran las cinco de la mañana. Atendí y me encontré con una voz que nunca había escuchado. Sonaba rara, como contenida. Se notaba que él que hablaba hacía un esfuerzo grande por no largarse a llorar. “¡Lo mataron a Juanjo!”. Eso fue lo que me dijo. “¡Lo mataron a Juanjo!”.
El que hablaba me explicó que era un hermano de Juanjo, y no me dio ningún detalle. Anoté el lugar del velatorio y cortamos. “¡Lo mataron a Juanjo!”, seguía escuchando. .
Llegué al velorio a las nueve de la mañana. Era en la calle O´Higgins, en Nuñez, en la parte en que esa calle corre pegada a la vía, y tiene altos y frondosos árboles. ¿Porqué será que cuando uno va a un velorio se detiene más que lo habitual en mirar una linda calle, un empedrado parejo, como el de mi pueblo, y hasta el amarillo de las hojas caídas en la calle? Entré buscando con temor el pelo rojo de la Colorada. Me abrazó, volvió a llorar y enseguida me llevó, sin soltarme la mano, hasta el cajón. Juanjo tenía más cara de pibe que nunca. Hasta se podía decir que le había quedado dibujada, apenas, una sonrisa. Me acordé en un segundo de los bigotazos aquellos, y del Ford Falcon. Alguien llegó y la Colorada me dejó. Salí a la calle, a seguir mirando las hojas amarillas y a fumar un cigarrillo.
Allí, en la vereda, me lo encontré a Marcos Zuker, el gran actor. Bajaba de un taxi y se quedó un instante mirándome, tratando de recordar de dónde me conocía. Después me abrazó, me preguntó por qué estaba allí, le conté, y él me contó.
Zuker había aparecido por el diario una tarde, unos meses antes, por la época en que Juanjo estaba en España. Había desaparecido un hijo suyo y recurrió a Clarín para ver si al menos publicábamos el famoso y tan inútil texto del Habeas Corpus. Publicar aquella información, que nunca tuvo más de una columna por cinco centímetros de alto era difícil. Los diarios tenían absolutamente prohibido publicar nada que tuviera que ver con desaparecidos.
En un principio el gobierno militar había dispuesto que todos los días, todo lo que se iba a publicar en el diario, tenía que pasar por un equipo de censura que funcionaba cerca de la casa de Gobierno. Creo que en el edificio del Estado Mayor. Todos los diarios iban enviando con motociclistas, desde las cuatro de la tarde, las pruebas de galera de cada una de las notas. Ellos revisaban hasta los avisos fúnebres y los avisos clasificados. Siendo el general Lanusse el mandamás de la Argentina, precisamente en nuestro diario, en el suplemento de clasificados, había aparecido un breve aviso que había enloquecido a los militares. “Compro huevos”, decía el aviso, y agregaba una dirección; “Balcarce 50”. Esta era la dirección de la Casa Rosada, la Casa de Gobierno, y aquel aviso los sacó de quicio.
Pero aquel berretín de control les duró poco. Era demasiado trabajo y decidieron que la censura la hicieran los mismos diarios. Así funcionaba la cosa, y cada vez que se publicaba algo que transgredía esas reglas tan especiales, los jefes de redacción, o los directores en muchos casos, tenían que soportar los retos del caso, y las amenazas correspondientes.
La gente acudía a los diarios cada vez que le desaparecía un familiar. Era muy duro tener que convencerlos de que no se podía publicar ni hacer nada. Alguien tenía que atenderlos y explicarles esa barbaridad, y ese trabajo me tocó a mí. Mi escritorio estaba ubicado en el medio de la redacción, que entonces era totalmente abierta, y pedí una oficina para recibir a esos familiares, para que por lo menos pudieran llorar sin que toda la redacción, en silencio, los contemplara.
A pesar de las prohibiciones, y de las amenazas, cada tanto publicábamos algunos de esos inútiles Habeas Hábeas. El primero fue el de una joven abogada. Una chica judía, de poco más de 20 años, de apellido Israel. Una tarde aparecieron en la redacción sus padres, bastante viejitos. El hombre estaba vencido, casi ni hablaba y sollozaba en silencio. La fuerza era de la mujer, que estaba dispuesta a todo para volver a ver a su hija. Al día siguiente publicamos el Habeas Hábeas, pero la doctora Israel no apareció nunca. Ni viva ni muerta.
Los militares se enfurecían cada vez que un diario, especialmente Clarín por su gran venta, publicaban uno de esos chivitos de no más de cinco centímetros de alto, a una columna, con el título de Habeas Corpus, y que salían en las últimas páginas de la edición. En realidad nunca sirvieron para nada, pero era lo único que se podía hacer. Jamás a los militares les importó un pito que se supiera que alguien había desaparecido.
El día que fue al diario, Marcos Zuker vio a la gente de la sección Espectáculos, a quienes conocía, y estos me lo presentaron. En los pocos metros que recorrimos hasta la oficina, el veterano actor, con su clásica sonrisa, inmensa, saludó a muchos periodistas que se le acercaban, le daban la mano, lo palmeaban. Hasta alguna broma hizo. Cuando cerré la puerta de la oficina su cara cambió en un instante. “Me chuparon al pibe -me dijo sin ningún preámbulo-. ¡Estos hijos de puta se me llevaron el pibe! ¿¡Qué podemos hacer?!”.
Como ocurría siempre fue muy difícil tener que decirle que no podíamos hacer nada, que no nos permitían hacer nada. El, como todos los padres en esa triste situación, no podía entender que la cosa fuera tan terminante. Le pedí que me esperara unos minutos. Logré convencerlo, una vez más, al jefe de redacción, y pude decirle a Marcos Zuker que íbamos a publicar uno de los famosos e inútiles Habeas Corpus. Nunca vi llorar a un hombre como esa tarde lloró Marcos Zuker. Al día siguiente lo vi llorar con más desesperación aún.
A la misma hora el actor volvió a entrar a la redacción pero esta vez no fue a ver a sus amigos de espectáculos. Vino directamente a mi escritorio y me preguntó si podíamos pasar a la oficina. Una vez allí, con todo el dolor en su expresiva cara, me agradeció la publicación y entonces, antes de largarse a llorar, sin dejar de mirarme con una pena inmensa en su mirada, habló: “Está muerto. Lo mataron. Lo supe esta mañana. Un amigo me dijo que en una dependencia del Ejército, la que está en la avenida Callao, un sacerdote daba datos de desaparecidos. Allí fui y me encontré con una larga y dramática cola de gente como yo, de gente que buscaba a sus hijos, a sus hermanos. Terrible. En el final de la cola, sentado frente a una pequeña mesita, un cura con cara de no importarle nada de nada nos atendía. Cuando me llegó el turno el cura me preguntó si el apellido buscado era Zuker. Le dije que no y le di mi apellido real. Zukerman, Entonces él, guiándose con una birome, revisó la lista. Llegó hasta donde estaba escrito mi apellido, y el nombre de mi hijo, y detuvo la birome. Al lado había una cruz, gruesa. Levantó la vista y me dijo que estaba muerto. Nada más. ¡Que estaba muerto! Con la misma cara que si me hubiera dicho que tal trámite estaba demorado, o que la misa de once se iba a hacer a las doce menos cuarto. Ni sé como salí de ese lugar, ni sé muy bien adonde he estado. En cuanto pude me vine para aquí. Quería agradecerles a ustedes, al diario, lo que hicieron, y decirles que ya no hay nada que hacer. Que el pibe está muerto”. Y entonces volvió a llorar, mucho rato. Me miraba y lloraba, con lágrimas grandes, gruesas y pesadas.
No lo volví a ver hasta la mañana aquella del velorio de Juanjo. Cuando bajó del taxi, después de los saludos, me contó lo que había ocurrido: “Siempre te estuve por llamar. ¿Te acordás cuando aquel hijo de puta disfrazado de cura, o cura al fin, ya que a lo mejor es lo mismo, me dijo que mi hijo estaba muerto, aquello de las cruces? Bueno, hace menos de un mes mi pibe apareció. ¿¡Me entendés!? ¡Apareció! Apareció por casa más vivo que nunca, y yo casi me muero de la emoción. Parece que lo habían agarrado por una boludez, o que no pudieron demostrar que está con los Montos, ¡Qué se yo! Le dijeron que si no quería que le pasara nada se fuera del país, y lo largaron. ¡Y yo ahora estoy desesperado porque no puedo convencerlo de que se vaya a la mierda! ¿Lo conocías al pibe Marcovecchio? ¡Que desgracia viejo, que desgracia! Era muy amigo de mi hijo, y ayer se encontraron en la calle, después de bastante tiempo de no verse. Parece que a la noche se descompuso, y se murió. ¡Que desgracia!”
Un rato después me despedí de Juanjo. Para siempre. Antes de irme la Colorada me contó todo lo que había pasado. “Fue un error volvernos. Aunque no lo buscaran a Juanjo, igual fue un error. Cada día que pasaba él estaba más asustado. Ayer a la tarde, en la calle, cerca de casa, se encontró en una esquina con el hijo de Marcos Zuker. ¿Viste que está por ahí? Eran amigos de la época del secundario, y siempre se vieron bastante, hasta hace unos meses. Bueno, ayer a la tarde se encontraron en la calle. Hacía dos minutos que estaban conversando cuando frenó al lado de ellos un Falcon, Juanjo me dijo que era verde. Se bajaron cuatro tipos, todos con grandes bigotes, me dijo, y uno de ellos lo tiró a Juanjo contra la pared y lo tuvo allí, mientras otro le pegaba varias cachetadas al hijo de Zuher. Los otros tenían pistolas en las manos y les apuntaban a los dos, sin dejar de sonreír, me contó Juanjo. Al hijo de Zuker, el que le pegaba le gritaba que qué estaba esperando y le decía que se fuera del país porque lo iban a hacer cagar. Lo tiraron al suelo, le pegaron algunas patadas y se fueron. Todo eso, sin que nadie pudiera ni meterse, a las cuatro de la tarde. Antes de subirse al auto el que lo tenía a Juanjo le volvió a pegar un par de cachetadas y después lo tiró al suelo. Los dos se quedaron allí. Juanjo después me contó que cuando se subían al auto los tipos se reían. Llegó a casa a las seis. Estaba muy asustado. Yo quise convencerlo de que tenía que olvidarse, le hablé de irnos de nuevo a España, pero no se tranquilizaba. Estaba muy asustado. Le dio el ataque de asma, el tiene asma ¿sabías?, a las once de la noche. Fue un ataque más fuerte que lo común, A las doce llamé una ambulancia y cuando íbamos para el hospital, casi sin poder respirar, Juanjo me apretó fuerte la mano, y se murió. Le dio un infarto. Se murió del susto. ¡Lo mataron Jorge! ¡Lo mataron!”.
Entonces volví a escuchar las palabras que apenas unas horas antes me había dicho el hermano por teléfono: “¡Lo mataron a Juanjo!”. Y así fue: los militares, además de tantos otros, también mataron a Juanjo Marcovecchio, el muchacho-hombre con cara de nene. El chico que en Madrid soñaba con grandes bigotes y con siniestros autos Falcon, verdes, que lo perseguían por el Paseo de la Castellana.
El hombre de los perros y el barco que nunca pudo navegar
A Adrián Guerín Bozzano,
navegante que navegó,
y que volverá a los mares.
En medio de la pampa bonaerense
quedó encallado un sueño de libertad que
nunca se pudo realizar. La misma libertad que
un hombre, aunque nunca lo haya sabido, sentía
cuando caminaba por las empedradas calles
del pueblo de Aguinaldo, siempre
seguido por todos sus perros.
Se llamaba Santiago Osorio, y aunque ya tenía la edad como para que le dijeran Don, en el pueblo siempre lo siguieron llamando Santiago, a secas. Algunos también le decían El hombre de los perros. Cuando lo encontraron muerto alguien dijo, como a la pasada, que parecía un navegante perdido.
Era algo bajo, pero lo parecía más aún por su forma de caminar. Siempre iba algo agachado, como si cada paso que daba fuera difícil. Tenía una cara marcada con arrugas largas y hondas, y una tristeza especial en sus ojos grises. Su barba era larga y desprolija. Cuando yo lo conocí ya parecía un linyera, un caminante de ley. Usaba alpargatas, deshilachadas, y bombachas marrones, con los botones sueltos. Invierno o verano siempre llevaba lo mismo; eso, una camisa y un viejo saco azul, cruzado, que usaba desprendido con las puntas cayendo muy sueltas a los costados. A veces se ponía un pañuelo grande al cuello, y una gorra visera, muy sucia, tal vez de color marrón.
Tenía muchos perros. Doce o trece. Cuando venía para el pueblo sus perros lo acompañaban. Siempre era igual; caminando junto a su pierna derecha, casi apoyado en ella, venía uno de los perros. Detrás, a unos dos metros, nunca más cerca, lo seguían los otros, todos de distinto color, tamaño y raza. El perro que tenía el honor de ir a su lado no era siempre el mismo. Cada vez que se lo veía, a su lado iba un perro diferente. Alguien hasta llegó a decir, alguna vez, que Santiago antes de salir decidía quien caminaría a su lado. Todos los animales lo miraban atentos, sentados sobre los cuartos, con la lengua afuera, hasta que Santiago hablaba: “Hoy te toca a vos”, decía señalando al elegido. Después salían.
Santiago Osorio no vivía muy lejos. Apenas a unas veinte cuadras de la plaza principal, pero en un pueblo eso es casi como vivir en el campo. Siempre hacía el mismo recorrido: aparecía del lado de las colonias rusas pasando las vías por el paso a nivel del sur, cruzaba la plaza en diagonal, caminaba tres cuadras por el viejo Boulevard de las Rosas y entraba al almacencito de don Pedro López, enfrente del Colegio de Artes y Oficios. Afuera quedaban los perros. El que ese día iba a su lado lo esperaba junto a la puerta del negocio, todos los otros se acomodaban a la sombra de los plátanos. Siempre era así. Cuando salía del almacén con “los vicios”, como le gustaba decir; algunos fideos, galleta de piso, yerba, vino, lentejas o polenta y papel y tabaco para armar, volvía a caminar algunas cuadras hasta el boliche La Mañana. Allí se repetía el movimiento de los perros, pero el que lo acompañaba a su lado ya no se quedaba sentado junto a la puerta, esperando. Se acomodaba con los otros y allí se quedaban. Algunos dormían. Santiago se sabía quedar varias horas en La Mañana, muchas veces hasta que se hacía de noche, tarde. Cuando salía, bien entonado, caminaba como si los pasos que iba dando fueran aún más difíciles. A su lado marchaba el perro de turno, y detrás lo seguían los otros. Como siempre.
Era de esos hombres a los que en los pueblos se les pierde el rastro para atrás. Casi nadie hablaba de él, pero cada vez que alguien preguntaba algo de su vida siempre se decían cosas diferentes. El que más sabía era el dueño del bar La Mañana. “Acá viene desde hace años -dijo alguna vez-. Creo que desde que llegó a Aguinaldo. No, él no era de acá. Vino del lado de Córdoba, de La Carlota. Siempre hablaba del río que pasa por La Carlota, el Río Cuarto, y del arroyo que pasa por aquí, el Sauce Seco. Cuando se ponía muy borracho hablaba de eso. De eso y del mar. Y, qué se yo. Yo le calculo que al pueblo llegó hace más de veinte años. Se compró esa casa, donde ha vivido siempre sólo, con muchos perros, y allá ha estado siempre. ¿Viste el galpón que está detrás de la casa? Bueno, a ese galpón no ha entrado nunca nadie. El solo, nada más. Hubo una época en la que compró muchos fierros. Fierros y maderas. Preguntále al Ruso Pogost. El le vendió siempre, y dice que siempre le pagó. Acá también. Acá pagó siempre. No gastaba mucho, pero nunca cantó la violeta. No era de hablar mucho. Hablaba de perros, de arroyos y del mar. Algún día me voy a ir don Marcelo -me decía-. Algún día me voy a ir”.
La policía fue a su casa una mañana, creo que en un mes de agosto. Primero don López, el del almacén, y después el dueño del bar La Mañana, fueron hasta la comisaría a decir que les preocupaba no verlo. “Hace más de dos semanas que no viene -dijo López-, y él siempre llevaba cosas como para una semana, nada más”.
Lo encontraron en el galpón. Se había colgado con una soga vieja de una de las cabreadas. No había dejado ninguna nota. Tenía puesta su ropa de siempre y algo que nunca, nadie, le había visto: una gorra visera, negra, bastante parecida a la de un capitán de barco.
Al fondo del galpón, sobre un andamiaje de madera bastante rústico, se encontró la estructura de fierro de un barco de unos quince metros de largo. A un costado, sobre una vieja mesa de madera, había muchos planos y dibujos de la embarcación. Estaba pintado de color azul, y una franja roja recorría la nave de punta a punta. Don Santiago Osorio había empezado a pintar el nombre de la embarcación, en el dibujo, pero lo había dejado sin terminar. Sólo había dibujado cuatro letras: ESTR.
Ni en la casa, ni en el galpón, ni en el patio del lugar se encontró a ninguno de los perros. “Se fueron la semana pasada -aclaró un vecino-. Todos se fueron juntos. Uno iba haciendo punta, y atrás, como a unos dos o tres metros, iba el resto. Como siempre. Fue raro verlos sin el viejo. Se fueron para allá”.