Apuntes sobre la guerra de Gibraltar y Bini Manili
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APUNTES SOBRE LA GUERRA DE GIBRALTAR
Y BINI MANILI
Por Rambo Amadeus
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Si existía un prototipo ideal de chiringuito de salsa y marcha sandugera ese era el “Mueve tus
Extremidades”. No me resisto a contar sus antecedentes.
El propietario del bar, Nelson hacía llamarse, emigrante cubano por adopción, de acento
caribeño fingido, había querido desde pequeño regentar una disco de ambiente bailongo. El
común de los niños sueña, para cuando sean mayores, con llegar a convertirse en bomberos o
astronautas o bien en escritores de reconocido prestigio y ganar el Premio Nóbel o con
cambiarse de sexo y hacer de dama de honor en la gala Drag Queen del carnaval de Las
Palmas o en ambas cosas –Premio Nóbel y Drag Queen- a la vez. Pero esos son los niños
normales. Siempre hay algún rarito que idea, como propósito vital, cualquier otro objetivo
banal y estrafalario. Entre ellos, el aludido Nelson. Su ilusión, desde siempre, fue ser cubano,
dedicarse a la hostelería y regentar un local musical donde lucirse bailando salsa con
muchachas de baba caída en minifalda. El que todos sus antepasados, y él mismo, hubieran
nacido en Malaca, el hecho de que lo más cerca que nunca hubiera estado de Cuba fuera en
una boda donde repartieron puros habanos, resultaban obstáculos insignificantes al lado de su
empeño. Cuando, agobiado por las hipotecas y tras haber pasado por varias operaciones para
conseguir la pigmentación y el tamaño del miembro masculino que consideraba adecuados
para los oriundos del Caribe, cuando, repito, tras todas estas vicisitudes, Nelson inauguró su
local, el “Mueve tus Extremidades”, se sintió el hombre más afortunado. Había realizado su
sueño. Muy pocos pueden decir lo mismo.
Conocí a Nelson en la época en que salía con una novia –omito su nombre y me referiré a ella
sólo por su apellido; Sánchez-. Sánchez era aficionada a lectura de la revista femenina
“Castración y Menstruación”, publicación a la que le dio por recomendar a sus lectoras la
práctica de la salsa. Si bien yo la prefería desde el punto de vista gastronómico, sobre un buen
bistec, Sánchez me obligaba a sufrir la salsa desde la otra perspectiva, la sonora, llevándome
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consigo a bares como el de Nelson que, por aquel entonces, gozaba de su época de máximo
esplendor.
Ello no obstante, de la noche a la mañana, todo cambió. El estrepitoso fracaso en el intento de
reconquista de Gibraltar generó un auténtico ambiente de posguerra. La gente dejó de salir, la
delincuencia asoló la ciudad y, a bailar, cada cuál a su casa y Dios a la de ninguno. El
gobierno se propuso tal gesta, (cualquier otra le hubiese valido igual), para motivar al
personal, su espíritu patriótico, en particular, frente a la creciente amenaza de los
nacionalismos periféricos que demandaba una solución con urgencia. El problema, desde
luego, se solucionó. Se acabaron las exigencias soberanistas aunque no de la forma esperada.
Aprovechando la derrota militar, Cataluña pidió su ingreso en la Comomwelth y el Vasco
Country se convirtió en estado libre asociado pero no del Reino de España sino del Unido, si
bien con un poco menos de autonomía que el País de Gales. El caso es que, aunque se
solucionó el problema vasco y catalán, no sólo no se reconquistó ni un metro de la colonia
británica, sino que además se perdió la Línea de la Concepción y sus alrededores. Las fuerzas
inglesas, apoyadas por los ya míticos monos del Péñón, entrenados en bases secretas,
acabaron con inaudita eficacia con los efectivos españoles: regulares de Malaca, la legión de
Ronda y su cabra-mascota, fundamentalmente. Fue la guerra de los 0,16 días (o sea, cuatro
horas) que sustituyó en récord histórico de brevedad a aquella otra que duró diez veces más,
es decir, seis días. Miles de soldados quedaron mutilados y otros tantos cayeron en combate,
amén de la cabra de la legión. En solemne ceremonia fue a ésta a quien se le impuso la
medalla al valor, en representación de todos los héroes de la contienda.
En este ambiente postbélico, de derrota, de crisis social y económica, pocos bares resistieron
abiertos. El “Mueve tus Extremidades” fue uno de ellos. Nelson había superado impedimentos
peores, como por ejemplo, ser natural de la Habana sin haber nacido en Cuba. Que el
ambiente salsero mostraba franca decadencia. Nelson aguantaría el envite. Que el noventa y
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nueve por ciento de las bonitas muchachas en minifalda a las que antes gustaba salir por las
noches ya no eran bonitas ni salían por las noches y, dado el índice de violaciones, llevaban
bajo la minifalda cinturones de castidad de titanio reforzado. Nelson no se dejaría desfallecer.
Pero cuando el bar empezó a llenarse de veteranos de la Guerra de Gibraltar, Nelson supo que
el destino lo estaba sometiendo a la prueba definitiva.
El pub se denominaba “Mueve tus Extremidades”, pero extremidades, lo que se dice
extremidades, se veían pocas. Los veteranos de la Guerra de Gibraltar, héroes mutilados en
combate, habían quedado postrados en sillas de ruedas, perdidos sus brazos y piernas y casi el
seso en el campo de batalla. Se comprenderá que era una tarea realmente trabajosa la de
animar un local de baile en tales condiciones. Los veteranos de Gibraltar, lisiados, inmóviles,
alcoholizados en sus sillas de ruedas, se limitaban a invertir su paga en depósitos a plazo fijo
de gin tonic cirrótico a dos años vista, mientras en sus ojos enrojecidos dejaban entrever un
odio contenido contra todo ser de estructura celular superior a la de las amebas.
- El que no tengan piernas no es la única razón de que no bailen -. Se decía Nelson, que lo
tomaba como algo personal -. Pretenden minarme la moral. Pero no lo conseguirán. E
ignorando la poca aptitud para la danza de su nueva clientela, Nelson se lanzaba a pinchar,
noche tras noche, temas tan poco apropiados como: “Salta Conmigo”, “Mueve tu Cu-cu”, “Un
pasito pa´lante, un pasito pa´tras” o “El Meneito”.
- A la pista, muchachos. Ha llegado la hora de mover las piernas -. Animaba Nelson desde el
micrófono acompañado de una de las melodías más horteras del Reggeton: Baila morena,
baila morena, vámonos a fuegote.... No es amor, lo que yo siento se llama obsesión.
- Y mi obsesión es llenar la pista – interrumpía Nelson para a continuación añadir con voz
melosa- y ahora una balada, para que bailéis lentos y agarrados, mecidos por el romance
de una voz latina.
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Nelson, frenético, no iba a abandonar su sueño de regentar un bar salsero y de marcha. Antes
moriría en el intento. Lógicamente murió en el intento.
Su cuerpo fue hallado, descuartizado en piezas diminutas, mutilado salvajemente, detrás de la
barra del “Mueve tus Extremidades”. Cd’s de Gloria Stefan y un vinilo de Juan Luis Guerra y
4:40 sirvieron de armas homicidas. Junto a los trozos de Nelson se halló la medalla al valor
metálica, (sin ningún valor en metálico), otorgada a la cabra de la legión y unas huellas,
marcadas en el suelo ensangrentado, que recordaban a los surcos que dejan las sillas de
ruedas. A pesar de las pruebas -que más que pruebas resultaban evidencias, casi una
confesión- nunca se descubrió a los culpables, si es que hubo más de uno. La Policía de
Malaca, desde luego, no estaba para aquel tipo de investigaciones criminales. Por otro lado el
dictamen forense apuntó al suicidio como la causa más probable del óbito. Al parecer es más
frecuente de lo que se piensa descuartizarse uno mismo, en un rapto de locura, usando
soportes sonoros de música latina.
Los restos, nunca mejor dicho, de Nelson fueron repatriados. Nunca antes habían estado en
Cuba (ni los restos ni Nelson en su integridad) pero a Cuba iban a volver. Así lo expresó el
finado, como última voluntad, en disposición testamentaria.
Haciendo suyo el dicho “genio y figura hasta la sepultura”, Nelson mostró una gallardía
postrera digna de elogio. Su testamento contenía tan sólo dos cláusulas. La primera, el deseo
de ser enviado a Cuba, una vez difunto, con unas maracas y en traje de mangas de volante. La
segunda, el legado del “Mueve tus Extremidades” a la Asociación de Veteranos de Gibraltar.
Los veteranos acabaron de esta forma adquiriendo la propiedad del local. Tal detalle póstumo
debió conmoverles. Acaso no fue sino de ese modo, tan dramático, como lograron, al fin,
aprehender en toda su dimensión el arrojo del que siempre había hecho gala Nelson. Fue un
enemigo de honor, vencido, al que debía mostrarse respeto y honra. Cada noche acudían al
“Mueve tus Extremidades”, en sillas de ruedas, con rostros inexpresivos sin afeitar. El gin
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tonic se servía a precios de cantina. Ese fue el único cambio apreciable respecto a la situación
anterior. El rótulo del establecimiento continuó rezando imperativamente: “Mueve tus
Extremidades”. Y el nuevo disc jockey, un soldado sordo sin brazos, pinchaba sin cesar las
mismas canciones inapropiadas.
- Maaaaaambo. ¡Eh!. El meneito, ahí, ahí… Pechito con pechito, ombligo con ombligo,
muñón con muñón-. Voceaba desde los altavoces. Y en la pista, desde su silla ortopédica, un
sargento tuerto y borracho, con un parche en el ojo bueno, saludaba sin sonreír, a la salud de
Nelson, levantando el gin tonic.
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Después de la Guerra de Gibraltar, encontrar un bar abierto no resultaba tarea fácil. Se trataba
sólo de un problema de oferta y demanda. Al reducirse las ganas de esparcimiento y recreo, al
desaparecer los clientes, (no sólo como clientes sino además como criaturas humanas, pues la
guerra y las calamidades subsiguientes habían diezmado la población), al disminuir la
demanda de ocio en definitiva, los bares fueron cerrando. Por eso era tan difícil encontrar
alguno. Primero había que encontrarlo. Después había que encontrarlo abierto. Había que
deambular sin rumbo por la desolada ciudad.
Yo tenía una novia. Me referiré a ella sólo por su apellido. Sánchez, se llamaba. Nos gustaba
(en realidad, sólo le gustaba a ella) ir a bares bailongos al ritmo de salsa. El caso es que
Sánchez un buen día se hartó de mí y decidió finiquitar la relación. Caí en la melancolía, la
depresión, los pensamientos suicidas y fruslerías de esas. Tuve que acudir al psiquiatra. El
comecocos resultó un revolucionario en su campo. Pertenecía a una escuela austriaca que
preconizaba que los problemas depresivos no eran más que simple cuento y gilipollería y me
aconsejó que para solucionar los males de amores nada mejor que utilizar el método
tradicional de toda la vida: refugiarse en el alcohol. Por eso, pese a la escasa oferta de ocio
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nocturno en la Malaca de posguerra, debía –por prescripción médica- salir por las noches en
busca de vino y juerga.
Descubrí un bar en una zona marginal. Antes se había llamado el <<Quitapenas>>, una
taberna de cierta solera. Luego, con la crisis, acabó convirtiéndose en un local sin nombre,
que empezó amenazando ruina para luego dejar de avisarla, llevándola a su plena efectividad.
En el bar, clandestino, apuntalado por improvisadas vigas de madera, se reunían los
aficionados al flamenco, pero los aficionados de verdad, bastante alejados de la imagen del
flamencólogo snob de enciclopedia y CD remasterizado, a los que la pasión les venía por
herencia ancestral. En el bar se cantaba jondo, se bailaba jondo y se bebía un vino peleón más
jondo todavía. Allí todo era muy jondo. Si aparecía algún guiri despistado esperando disfrutar
de un espectáculo para turistas lo gozaba, y bien que lo hacía. Acababa sin reloj de pulsera y
creyendo que todavía el Tempranillo campaba a sus anchas por la serranía.
En una ocasión, una de tantas noches que ahogaba mis penas en el bar, tuve la ocurrencia, no
muy feliz, de realizar la siguiente petición musical. Grité al grupo encargado del baile y del
cante, por supuesto, jondo:
- Una cancioncilla de Bini Manili1. Ésos sí que tienen arte y no el Camarón, el espantajo ese.
El sentido de la ironía, precisamente ese, resultó ser el único del que carecían los flamencos
destinatarios de mi solicitud. El resto sí que los tenían, y muy desarrollados. Buen oído, mala
leche y peor beber. Adicionalmente también habían desarrollado importantes bíceps y las
bailarinas del cuadro flamenco mostraban bajo la bata de cola unos gemelos que ya los
quisieran para sí los cracks balompédicos. Nada más formular mi alusión favorable a Bini
Manili y crítica con la figura del Camarón advertí que las fotos de este último empapelaban
por completo las paredes del bar. ¿Cómo no me había percatado antes?. Pero ya era
1 Bini Manili: agrupación de pop bailable denostada por ser protagonista de uno de los fraudes musicales más sonados de los tiempos
recientes. Estafaban a su público haciendo creer que cantaban cuando en realidad eran otros los que ponían las voces mientras ellos sólo
movían los labios. Poco después se descubrió que tampoco bailaban. En los clips musicales bailarines contratados interpretaban la
coreografía y Bini Manili le limitaban a poner el rostro en los primeros planos. Finalmente salió a la luz que ni siquiera las caras eran suyas.
Pertenecían a modelos profesionales.
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demasiado tarde. En una especie de altar, la imagen del Camarón, de perfil, quedaba
iluminada por la llama de cirios encendidos. Las velas e incontables exvotos alusivos a
curaciones milagrosas daban prueba de una admiración por el cantaor que había dejado de ser
musical para pasar a fanática e idólatra. Entonces pude comprobar que las técnicas de
clonación habían abandonado su campo reducido a ovejas y ratas, extendiéndose también al
de los mitos de la canción española. A mi alrededor todos eran clones milimétricos de los
Chunguitos y los Chichos, si no eran los Chichos mismos. Había, cercándome,
reproducciones perfectas del Chocolate, el Príncipe Gitano, Chano Lobato y el Cabrero.
Había también un clónico de un King Kong amanerado o de Falete velludo, que viene a ser lo
mismo. Todos llevaban medallas de oro macizo con la efigie del Camarón sobre sus pechos
descamisados y peludos.
Lo que sucedió seguidamente fue un auténtico espectáculo de flamenco, puro y duro. Me
centraré en explicar el segundo aspecto, el duro. Generalmente la gente ansía colocarse en
primera fila para ver la actuación y, si puede ser, encima del escenario mismo. Ahora bien,
dudo mucho que alguien quisiera ser el propio escenario, como me pasó a mí. La resonancia
que el taconeo de las bailaoras provocó en mi plexo solar resultó muy aplaudida por los
asistentes. Creía que sólo los rockeros acostumbraban al final de los conciertos a romper
guitarras y altavoces. Está visto que tales modas habían arribado también al mundo del
folclore pues el tocaor cogió la guitarra española y, aprovechando el estribillo de unas
bulerías, me la estampó contra la cabeza repetidas veces. Hasta ahí todo normal. Ahora bien,
nada más que de auténtica innovación musical puede calificarse la ocurrencia de que, al
terminar el concierto, se pretendiera igualmente destruir a porrazos las castañuelas sobre el
escenario. Y, recuérdese, el escenario era yo.
-Eso nada más lo hacen los heavys greñudos-. Objeté.
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-Somos un grupo de flamenco fusión. Fusionamos los fandangos con la tortura de tontainas.
- ¿No podéis fusionar el flamenco con el jazz o con las músicas étnicas como hace todo el
mundo?
- Étnico lo será tú padre. Aaaaaay. (Interjección flamenca) Toma Bini Manili. Aaaaaaaaay.
(Nuevo quejío flamenco). Y no paraban de pegarme con las castañuelas.
Casi desvanecido, temiendo por mi vida y sumido en el dolor, agarré mis ropas y tiré de ellas
hasta desgarrarlas. Canté y mi quejío sonó como los del Lebrijano. Sonó como si Manolo
Caracol o el propio Camarón cantaran al mundo de los vivos desde ultratumba.
-.Aaaaaay. (La paliza de espanto que estaba recibiendo hacía que no me resultara en absoluto
dificultoso entonar los quejíos de dolor típicos). Yo soy gitano y vengo a tu casamiento. A
romperme la camisa, la camisita que tengo… Volando voy, volando vengo, Volando voy,
volando vengo…
-Por el camino… yo me entretengo-. Contestaron mis linchantes.
Sólo entonces empecé a vislumbrar un mínimo de esperanza. - Si tienes frío….-. Logré
balbucear, con mis encías ensangrentadas y varios dientes de menos.
- Toma candela -. Volvieron a corear al unísono. De esta forma, a través de la interpretación
de los grandes éxitos del Camarón de la Isla (El señor va sobre el tiempo volando como un
velero, Potro de rabia y miel etc.) logré ir apaciguando a los susceptibles flamencos. Así fue,
hasta que, poco a poco, entregados ellos a su vez al cante y al baile, terminaron por olvidarse
de mí, de mi ofensa y de su propósito de escarmiento, dejándome tirado en el suelo al borde
del desmayo y la muerte.
Llegué a vislumbrar incluso el famoso túnel. Había una luz blanca llena de paz y,
esperándome en la luz, una figura que me aguardaba con los brazos abiertos. Jesucristo, un
familiar querido, acaso. Comencé a extrañarme cuando la mencionada figura en lugar de
semejar un señor anciano con unas llaves en la mano, como cabría esperar de San Pedro,
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retorcía los brazos y daba palmas al ritmo de taconazos. Eran los espíritus del propio Camarón
y de varios de sus fans fallecidos los que venían a recibirme para continuar en el otro lado con
la somanta de palos aleccionadora y para romperme la camisa y la cara, ay, ay, la carita que
tengo.
Echando leches me di la vuelta y corrí por el túnel en contrasentido. Era como intentar bajar
unas de esas escaleras mecánicas cuando su trayectoria es de subida. O como circular en
contra dirección por la autovía. Las otras almas que ascendían por el conducto espiral no me
tocaban el claxon, pero sólo porque en el mundo espiritual no existen pitos (en sus dos
acepciones). Más de uno, y de dos, me dedicaron un corte de mangas y algún insulto
malsonante, con lo que, en el último instante, perdieron su derecho a entrar en Paraíso,
cayendo en picado hacia el Purgatorio. - Mala suerte, la muerte es así, no la he inventado yo-,
les canturreaba con malicia mientras me alejaba lo más posible de aquella salida luminosa
donde me tenían preparada una juerga flamenca, una juerga para siempre jamás.
Poco faltó para que no lograra regresar. Como pude, (arrastrándome fue como pude), alcancé
la calle y luego mi coche, viniendo aquejado desde entonces al escuchar cierto tipo de música
(la de Bini Manili, por supuesto) de ataques de pánico y diarrea tan incontenibles en sus
efectos como fáciles de entender en la causa. No es problema baladí. Puedo asegurarlo. La
radio se empeña en retransmitir sólo sus falsas e insulsas canciones. En la tele ponen,
únicamente y por todos los canales, videoclips del grupo infame. Por la calle, los viandantes
se empeñan en ataviarse, unos como el ínclito Bini, otros como el inefable Manili, y sonríen
con propósito misterioso al cruzarse conmigo. Y es entonces cuando me pregunto si no será
que, al salir del túnel, no viniera yo también a caer en sitios peores.
Fantasmas
Valentín quería mucho a Eva. Tanto, que cuando ella lo dejó, él la siguió queriendo. Eva era cariñosa y, a ratos, cruel. Sus labios eran gordos e inusualmente generosos. No era inteligente pero sí muy lista, a veces, y tenía unos pechos maternales, inmensos y lujuriosos. Eva fingía ser sumisa, sólo por conveniencia, sólo por delante. Pero, por detrás, mostraba un culo inquieto y fugitivo que parecía querer escapar del pantalón. Tenía una cara mediocre, que le confería un encanto vulgar y, a la vez, turbador y verdaderamente irresistible. Eva era una de esas mujeres que vuelven locos a los hombres, no tanto por sus virtudes como por sus defectos. Muchos la trataron antes que Valentín, y no superficialmente, y otros muchos después. Todos ellos coincidieron en afirmar que sus faltas eran numerosas, aun más que los que la trataron, qué ya es decir. Ninguno negó, no obstante, que cada una de sus tachas (inmesicordia, elocuencia, ignorancia) venía compensada por alguna de sus desmesuras (pezones, axilas y demás zonas enormes, mojadas y oscuras). Valentín era del tipo de hombres al que su novia nunca le ríe los chistes sino que se ríe de él, y al que nunca le da la razón sino que sólo le da disgustos. Era feo, aunque sin excesos, y no estaba gordo, aunque lo había sido de niño. Valentín sólo anhelaba en las mujeres ciertos atributos; atributos físicos, naturalmente (una mirada de niña, una sonrisa infantil, y, dejando a un lado vanas hipocresías, unos senos y unas abundancias nada pueriles). Eva reunía todas esas cualidades. Por eso Valentín se enamoró de ella. xxxxxxxxxx Estoy en mi apartamento, mirando por la ventana. Ahí está Daniel el quiosquero, de nuevo, muerto de sueño y frío, o muerto de verdad, quién sabe, sentado encima de un paquete de periódicos deportivos; y algo más allá, en la parada de autobús, el madrugador de siempre, metiéndose el dedo en la nariz, el dedo de siempre. Hacía algo más de una eternidad (porque tres días pueden ser eternos) que no los veía. Han pasado ya tres días desde que Eva me dejó. “Podemos seguir siendo amigos”, me dijo. Hubiese preferido que me escupiera. Hasta ese momento todo era contento, es decir, rutina. Cada viernes por la noche, aquí, en mi apartamento, practicábamos un pequeño ritual, entre hedonista y doloroso. Primero comíamos y bebíamos, algo más que coposiosamente. Y cuando el vértigo y alguna conversación erudita (inusual entre nosotros) nos evidenciaba borrachos, hacíamos el amor, con animalidad salvaje. En verdad, no podía pedirse mayor cúmulo de felicidades freudianas. Algunos pedantes creen que los deleites de la reflexión y del espíritu son mucho mayores que los de la carne. Yo, en mi modestia, afirmo que están equivocados. No hay placer más profundo que el de la plenitud de los sentidos. El recuerdo de cada buceo por entre las exuberancias de Eva me reitera en este convencimiento. Al terminar, saciado, me asomaba por la ventana, ya amaneciendo, y en la calle veía - como ahora estoy viendo -, al madrugador y al quiosquero que parecía cadáver. Y esa visión, en principio apenante, me sumía en un estado de beatitud casi mística. Dicen que la gente al morir se aferra con intensidad a una imagen, la más valiosa de su vida. Unos, poco originales, se acuerdan de su madre, de su mujer o de sus hijos; otros se visualizan a sí mismos cuando eran niños o adolescentes; incluso hay a quienes le asaltan objetivos triviales y anecdóticos (la página de un libro, un árbol en una tarde de verano...). Yo, sin duda alguna, sé que veré al quiosquero y al madrugador, hurgándose bajo la fría luz del amanecer, y en la ventana, reflejada en el cristal, a Eva, dormida y desnuda en la cama. xxxxxxxxxx Desde que Eva lo degradó a la categoría de amigo, Valentín no había dejado de arrastrarse ante su puerta. Tantas veces lo hizo que mereció ser degradado de nuevo, esta vez de amigo a patético insoportable. Valentín llamaba al timbre. “Eva, amor mío, tenemos que hablar”. Eva le abría la puerta, sólo por el gusto de, a continuación, darle con ella en las narices. Desde el otro lado, Valentín podía sentir su desprecio en forma de indiferencia sin palabras. xxxxxxxxxx Una noche, en cambio, llamé y me contestó el silencio. Ahora mismo no recuerdo cuánto tiempo hace de aquello. Volví a llamar y supliqué, lastimeramente. “Eva, por favor, déjame entrar”. Pegué por tercera vez, haciéndome pasar por el cartero. Lo intenté sin desánimo, simulando ser el vecino del quinto. Nada. No cejé en mi empeño. “¡Abra señora, somos la policía!” y, así, otra media docena de caracterizaciones, a cada cual más fantástica. Eva no estaba en casa. Forcé la puerta (no sé cómo) y entré. Me escondí en el armario y aguardé (tampoco sé porqué). El armario era un sitio confortable, oscuro y caliente. Se me antojaba estar en el claustro materno. Amenicé la espera oliendo la ropa de Eva, sobre todo sus bragas, blancas y con olor a limpio, como de niña, o como de puta, o como ambas cosas a la vez. Eva llegó de madrugada. No sospechó de mi presencia. En realidad, Eva no estaba en condiciones de sospechar nada. Venía algo más que borracha y acompañada. Me daba la espalda pero, no había duda, era él, Daniel el quiosquero, metiéndole a Eva la lengua hasta la garganta y la mano en otras profundidades. La naturaleza humana es extraña, o, al menos, lo es la mía. Pese a la situación descubrí con sorpresa que no estaba enfadado, ni siquiera dolido, sólo tremendamente excitado. Descubrí también, algo avergonzado, que Eva y yo nunca habíamos hecho el amor con animalidad salvaje, como antes creía. Los gritos de Eva y la fogosidad del quiosquero me lo hicieron asumir sin demora. En la pared, desde un calendario de coca-cola, unos tíos guapos y musculosos me miraban y se reían. No pude menos que tocarme, casi por respeto. Esa noche la pasé en el armario, sin salir, y también los días y las noches siguientes, aromatizado entre bragas. Ya amanece. Eva llegó hace un rato, borracha, por supuesto. Ahora yace junto al madrugador, el de la parada de autobús. Sus méritos genitales son bastante escasos pero lo compensa de sobra con una prodigiosa habilidad digital. Nunca hubiera imaginado que pudiera dársele tan variadas y caprichosas utilidades al mismo dedo que usaba para hurgarse la nariz. Han estado retozando casi una hora y Eva no ha dejado de gemir y contraerse como una posesa. xxxxxxxxxx Así fueron transcurriendo los días de Valentín. Por la mañana, en la casa, registrando los cajones y robando comida de la nevera. Por las tardes, escondido detrás de la cortina o de un mueble, observando cómo Eva se maquillaba o cómo leía tontas revistas de moda. Y por las noches, en el armario, espiando a Eva y a sus dos amantes. xxxxxxxxxx Me agazapo tras el sillón, debajo de una mesa, en los lugares más inverosímiles, y es que de niño me gustaba mucho jugar al escondite. Quién me iba a decir que acabaría haciendo de tal afición todo un arte. A veces, cuando Eva duerme, me acerco y le acaricio en ese punto tan recóndito y mágico que tienen las mujeres entre las piernas, muy despacio, como un vientecillo inocente. A fuerza de ensayos mi técnica ha llegado a ser tan asombrosa como la del madrugador y Eva, casi siempre, alcanza una especie de éxtasis sonámbulo. Me llena de orgullo sentir su placer, mientras sueña, ahogado en la oscuridad. Para afeitarme uso la maquinilla con que se depila y luego dejo restos de mi barba esparcidos por el lavabo. Me es irreprimible esa clase de riesgos, tan sutiles. Aunque debo confesar que la mayoría de las veces en que la naturaleza de fantasma me embarga sólo es a propósito de rabietas algo vergonzantes. Por ejemplo, si Eva no regresa a dormir, muevo los jarrones unos centímetros o cambio de sitio el abrelatas para que no lo encuentre. Eva jamás ha tomado conciencia de estos fenómenos poltergeist. Lo mejor de todo, con diferencia, es contemplar, escondido, a Eva viendo la tele. En esencia, somos una pareja más, con nuestras manías y, en especial, con nuestra rutina. Un matrimonio feliz. xxxxxxxxxx Hay adjetivos que violentan al sujeto al que se refieren. Cornudo, claramente, es uno de ellos. A Valentín, en su etapa pública, tener cornamenta le hubiera irritado; en aquel entonces, sin embargo, dicha condición no le molestaba en absoluto. Valentín podía ver a Eva en brazos de otro, abandonándose con exageración a todo tipo de prácticas sexuales, y era capaz de mirarla sin afrenta, hasta con agrado. Esto no implicaba que Valentín no fuera celoso, antes al contrario, significaba que lo era y con una vehemencia exacerbada, como por desgracia tuvo oportunidad de comprobar. No descubrimos nada al decir que Eva cambiaba de amantes en progresión geométrica y sin remordimientos. Disfrutaba de una serie progresiva de novios, simultáneos y sucesivos. En ese ciclo, Daniel el quiosquero cayó pronto en desgracia, y el madrugador digital no tardó en seguirle a tan ingrata situación. Una mañana Valentín oyó abrir el cerrojo. Rápidamente, se metió en el armario. No sin esfuerzo pudo contener su asombro al reconocer al quiosquero, que entraba sigilosamente. Con algo más de aprieto, resistió su enojo al verlo registrar la casa, como comprobando que Eva no estaba. Pero cuando la ira de Valentín se desató sin contemplaciones fue al verlo escondiéndose en un ropero, como él mismo había hecho en el pasado. Quería arrebatarle su territorio, quería usurparle su intimidad con Eva, y eso no lo iba a permitir. El quiosquero no lo vio llegar con el cuchillo de cortar jamón en la mano. Se lo enterró en el cuello y, apenas unos segundos después, ya estaba muerto. Ocultar el cadáver iba a resultar un problema. Así que Valentín lo arrojó por la ventana y la policía científica, tan diligente, ya le echaría la culpa a algún drogadicto con el mono y ánimo de robo. En efecto, así fue. xxxxxxxxxx En ocasiones me da por pensar que tanto tiempo escondido ha terminado por convertirme en invisible. En arrebatos de gran valentía (muy espaciados) me aventuro a realizar cortas expediciones alrededor del barrio a fin de corroborar tal hipótesis. Una vez probé a dirigirme a una señora. Aunque le hablé con respeto siguió andando sin detenerse. No sé si no me escuchó o es que hizo como si no me escuchara. Puede que la señora fuera sorda o maleducada, o puede que, en verdad, me oyera y escapara asustada de mí. Admito que muchos encontrarían mi aspecto estrafalario. Pero no es el esnobismo el que me impulsa hacia el ridículo, es la necesidad. Mis ropas originarias hace ya mucho que sólo son harapos. Y ante el dilema de vestirme de Robinson Crusoe o de ataviarme con los trapos de Eva, he optado por esto último. Eso sí, cuando al menos, procuro elegir las prendas más varoniles y menos floridas. En esas escapadas de las que hablaba, vengo coincidiendo, desde hace algún tiempo, con una galería de personajes curiosos. El primero que me llamó la atención fue un hombre vestido de colegiala que sisaba salchichas en un supermercado. Nadie parecía verlo, menos yo. Dudo si calificarlo de homónimo escondido o de travestido cleptómano. Desde entonces presto atención y no hay paseo en el que no descubra a alguno de los de mi especie: Seres grises, románticos patológicos, andarines sin rumbo que la gente no ve o no quiere ver. Otras veces, por las noches, el pensamiento que me atormenta es que, en realidad, esté muerto; que me suicidara cuando Eva me dejó y que este episodio se borrara de mi recuerdo; que no sea sino un alma en pena o, más bien, un alma de pena. Me obsesiono al punto de tener que abandonar la oscuridad de mi armario y correr al espejo. Entonces, cuando veo a ese tío pálido, demacrado, vestido con una blusa de Eva semitransparente, de color rojo chillón, las dudas se despejan. No, no estoy muerto, la vida del más allá no puede ser tan ridícula. xxxxxxxxxx El día que Eva se fue, definitivamente, de su piso y de la vida de Valentín, este quedó sumido en una insondable tristeza. No sabía qué hacer. Sin Eva, él no era nada. Solo le consolaba la idea de que, más tarde o más temprano, alguien llegaría a ocupar su lugar. Una nueva inquilina a quien poder contemplar, una mujer hermosa con pechos desmesurados. Valentín casi se sintió morir la mañana que llegaron los de las mudanzas y empezaron a llenar la casa de jaulas de canarios y de loros, todos ellos obesos y pelones como la que resultó ser su dueña: una vieja loro vestida de negro, pelo escaso rojizo y profundos mentones. A parte de los pájaros, la nueva compañera de piso de Valentín resultó tener otra afición: el espiritismo. Todas las tardes se reunía en el salón con un grupo de cacatúas (del género humano) y degustaban café con aguardiente mientras invocaban a los muertos. Utilizaban tableros, vasos, velas y un radiocasete para grabar psicofonías. Sus resultados, todo hay que decirlo, siempre fueron insatisfactorios, aunque a ellas les daba igual. A fin de cuentas, lo que de verdad les gustaba era ponerse ciegas de aguardiente. El asistir, día tras día, a esas veladas alcohólicas y espiritistas era algo que Valentín no se sentía capaz de soportar. Tan sólo aguantó cuatro sesiones. Antes de que comenzara la quinta, mientras las viejas estaban en la cocina echando anís en la cafetera, Valentín salió de su escondite, dispuesto a demostrar cuál era el verdadero comportamiento de los fantasmas. Descolgó los cuadros, revolvió los muebles y orinó encima del sillón. En la pared escribió frases obscenas y escatológicas, usando un pintalabios de Eva que guardaba como recuerdo. Estranguló a dos loros y a un canario y colocó sus cadáveres dentro de un círculo de velas, como en una ceremonia ocultista. Después se marchó del piso, para no volver. En la cocina, las cacatúas, medio borrachas, no se enteraron de nada. A su regreso al salón, primero olieron el orín y se extrañaron del desorden. Luego, el terror se apoderó de ellas cuando comenzaron a leer las pintadas. “Soy un demonio y voy a llevaros conmigo al infierno, guarras”, había escrito Valentín en la pared del fondo. El corazón de una de las viejas resultó al fin no estar preparado para manifestaciones sobrenaturales. La pobre cayó fulminada, en medio del círculo de velas, junto al canario y a los dos loros estrangulados. Pocos días después, otras dos ancianas, agobiadas por sus constantes pesadillas, decidieron, de motu propio, viajar al fascinante mundo de los muertos con el que durante tanto tiempo habían tratado de contactar, sin éxito hasta entonces. El resto del grupo, las ancianas supervivientes, abandonaron la parapsicología, dedicándose por completo al cuidado de los pájaros. Abandonaron también el café, no así el anís, lo único que las ayudaba a olvidar aquel desgraciado incidente. En cuanto a Valentín, puesto que sus propósitos nunca fueron los de convivir con aves pelonas ni con personas de la tercera edad, tan pronto puso un pie en la calle, comenzó la búsqueda de un nuevo hogar, un hogar donde viviera una mujer como Eva. Deambuló durante horas, al acecho de alguien a quien mereciera la pena espiar. xxxxxxxxxx Casi te rocé al cruzarme contigo. Supe, al instante, que tus bragas eran blancas y olían a limpio. Bastó un segundo, una sola mirada, para comprender que ibas a ser mía. Te seguí hasta tu casa y me escondí. No te voy a decir dónde. Ya me he probado tu ropa. Afortunadamente es más discreta que la de Eva. No te enfades. Nunca lo vas a notar, te lo aseguro. Esta mañana te he estado observando: mientras te duchabas, al ponerte la crema corporal, cuando tomabas el café, al lavarte los dientes y al escupir el enjuague bucal. He disfrutado mucho. Y tú... tan ajena a mis ojos que ya siempre velarán por ti. ¿No te alegraría saber que no volverás a estar sola? Ahora estoy aquí, en tu casa, nuestra casa. No te preocupes si oyes algún ruido extraño. Esta noche, y todas tus noches, podrás dormir tranquila, porque yo estaré cerca de ti.
Final feliz
Una brisa cálida soplará desde el Este...
El insecto biónico estaba hecho de circuitos de carne de silicio y finos hilos de alambre de amianto
amarillo, como esas entrañas incompresibles que esconden todos los aparatos eléctricos modernos.
Norman Berkeley lo aplastó con sincera repugnancia. Para ello empleó una lata de piña en almíbar
que guardaban abierta en la nevera. El bicho se retorcía zumbante entre los gajos de fruta,
moviéndose aún en el líquido dulzón, hasta que, por fin, después de segundos de un asco inmenso,
dejó de hacerlo. Está muerto. Pensó con alivio Norman Berkeley, no sin antes haberlo pinchado
varias veces utilizando el tenedor de plástico que usaban para remover ensaladas. Norman Berkeley –
que no es su auténtico nombre, claro está, por aquí no gastamos nombres de película americanaregresó
a la cama. No le quedaba otra. Todo aquel episodio sucedió en mitad de la madrugada.
Lógicamente no pudo dormir en toda la noche. El insecto podía estar ya muerto. Ahora bien, nunca
se sabría <<ya>> lo que podía haber llegado a hacer dentro de la nevera, es decir, lo que <<ya>>
había hecho antes de que Norman Berkeley -que es un nombre supuesto tan bueno como otro
cualquiera- lo aplastara con aquella lata. ¿Podría haber infectado los alimentos con su aguijón?.
Norman Bekeley no quería ni imaginarlo. ¿Y con que propósito avieso?. Norman Berkeley –ese
pobre tipo asustado- no se atrevía, siquiera, a intentar contestar la pregunta. A su lado, mientras
Norman dejaba pasar las horas sumido en la insomne oscuridad, los ojos verdes y marrones, con sus
auriculares, dormían un sueño inquieto que parecía casi dolerles.
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano...
Los ojos verdes y marrones –así cabe referirse a ella; es preferible no dar nombres- llevaban varias
semanas sin poder conciliar el sueño. Achacaba su desvelo al desagradable y constante y sutilmente
obsesivo zumbido que, desde no se sabe cuándo, se empeñaba en emitir la nevera. Y justo es referirlo
de ese modo – o sea, desde no se sabe cuándo- por qué un buen día, simplemente, el zumbido
apareció. Antes no estaba pero según llegó fue como si el ruido nocturno hubiera estado ahí desde
siempre, con ellos, torturándolos con implacable perseverancia. Norman Berkeley, bien es cierto, en
un principio no había reparado en tales molestias acústicas. Ella, los ojos verdes y marrones, no sin
cierto merecido reproche, lo acusaba de inmune frente a tales mortificaciones sonoras. Por eso,
porque a Norman no le podía resultar ajena ninguna de las aflicciones de ella, de un tiempo a esta
parte también aguzó el oído y al poco ya se había visto atrapado por aquel murmullo eléctrico,
hipnótico, como de chicharra fastidiosa crispadora de nervios. Llamemos al técnico. Propusieron los
ojos verdes y marrones. Pero cada técnico al que avisaron fue el silencio con lo que se encontró.
Unánimemente. El más absoluto, exasperante y frustrante silencio. El bicho que vivía dentro del
frigorífico, el muy cabrón, se callaba justo cuando los técnicos, -uno tras otro y tras otro técnico-,
cruzaban el umbral de la cocina, como si el maldito comprendiera lo que estaba a punto de suceder.
Vaya comportamiento para una avería electrodoméstica capaz de engañar a varias decenas de
especialistas. Será que sólo suena por las noches o que los sonidos del día tapan sus zumbidos,
concluyeron o prefirieron concluir. Avisaron, pues, a un profesional de esos de urgencias, las
veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco o seis –en los bisiestos- días del año, para que
viniera en mitad de la noche. Mientras esperaban su llegada Norman Berkeley y los ojos verdes y
marrones permanecían sentados en una silla frente a la nevera murmurando para sus adentros te vas a
enterar, seguido de los epítetos que suelen dirigirse a los insectos ruines que chirrían por las noches
dentro de las neveras. Mientras tanto el bicho se empeñaba en zumbar, como nunca antes, casi con
descaro, como desafiando. Bufaba cada vez más fuerte. Sonaba a jaurías enteras de trenes de carga
acercándose en mitad de la oscuridad.
Parecía decirles: aquí estoy, venid a por mí si tenéis lo que hay que tener.
Sí, sí, tú espera,- le contestaban- que lo que tenemos es un técnico urgente las veinticuatro horas que
viene a callarte tu boca hedionda.
Norman Berkeley y los ojos verdes y marrones tampoco es que se extrañaran demasiado, cuando,
nada más traspasar el urgente la puerta de la cocina, el bicho se calló como dicen que se callan las
putas más listas. Justo entonces la nevera decidió cambiar su chirrido ensordecedor por ese
zumbidito imperceptible de los frigoríficos normales, tan entrañable. Esperaron delante suya largo
rato. Los minutos discurrían lentos y tensos –que es como suelen discurrir cuando, en horas
intempestivas, y más en compañía de un técnico urgente, lo que se aguarda es una prueba de la
propia cordura- pero el bicho, en su maldad, no tuvo a bien hacer sonar la chicharra. Tan sólo aquel
murmullo eléctrico, el normal y afectuoso de cualquier nevera estándar. El técnico, cansado, se tuvo
que marchar. Tendría que atender otra urgencia inaplazable, como reparar los fusibles del
Challenger, el trasbordador espacial. El importe facturado, al menos, así lo quería indicar. Antes de
partir rumbo a las rampas de lanzamiento de cabo Cañaveral el técnico les dedicó una mirada que
mostraba a las claras que dudaba muy mucho de la estabilidad mental de sus recientes clientes. No
habría llegado el urgente, no ya a las instalaciones de la NASA, sino siquiera al portal del piso, que
la nevera zumbaba de nuevo como una posesa.
Después de la reprobación de aquella mirada –que conllevaba la censura de toda una Agencia
Espacial- nunca más se animaron a demandar los servicios de los profesionales del mantenimiento
electrodoméstico. No les quedó más remedio que recurrir a eso que llaman remedios caseros y que
no se sabe muy bien para qué sirven. Los ojos verdes y marrones comenzaron a dormir con
auriculares oyendo la radio. Norman Berkeley, por su parte, lo intentó con las técnicas de control
mental propias del budismo zen. No tardó en comprarse unos tapones para los oídos, en el vano
consuelo de que Buda y toda su cohorte de bodiarthas se hubieran abandonado al juego clandestino,
las bebidas destiladas y las casas de lenocinio si cada noche hubieran tenido que aguantar el zumbido
endemoniado de una nevera eléctrica.
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes....
Es verdad. Desde que los ojos verdes y marrones utilizaban los auriculares lograban –por decirlo de
alguna manera- conciliar el sueño. Ahora bien, su sueño, por mucho que conciliado, se veía
intranquilo, sudoroso. Noman Berkeley lo sospechaba plagado de pesadillas debajo de aquellos
auriculares, oyendo la radio de madrugada. Y entretanto, él con aquellos tapones inútiles y el
detestable insecto zumbón haciéndoles la vida imposible. Pudo deberse al cansancio acumulado,
claro está. O tal vez al ánimo de ella que parecía cada vez más triste y abatido. O puede que,
simplemente, una nevera puñetera hubiera desquiciado al santo Job ungido de la paciencia de Jehová
y hasta el propio Jehová en su infinita persona. El caso es que Norman Berkeley se levantó de la
cama con el propósito de hacer callar de una vez por todas al endemoniado aparato. Se fue a la
cocina y empezó a aporrearlo con los puños dispuesto a no parar hasta acabar con el bicho. Ese era
su pensamiento obsesivo –acallar al bicho- hasta que el bicho después de todo apareció. Salió como
de detrás del frigorífico o del cajón de las verduras o de entre un paquete de yogures de coco. Un
insecto biónico repulsivo que parecía muy cabreado, con un gran aguijón. Lógicamente hasta aquel
preciso instante todas las referencias al bicho de la nevera no habían sido más que una broma entre
Norman y los ojos verdes y marrones. Una metáfora ramplona e íntima para mentar el ruido cuando
compartían el insomnio. Es por eso que aquella aparición, la del insecto biónico de verdad, dejó a
Norman Berkeley estupefacto. No sabía si huir. Si gritar. Si poner una conferencia a su conocido en
la NASA –el urgente- para que analizaran tal engendro. Al final lo aplastó con una lata medio abierta
de piña en almíbar.
Al regresar Norman Berkeley a la cama, los ojos verdes y marrones, escuchando la radio, seguían
sumidos en sus habituales sueños, cada vez más inquietos. No se habían enterado de nada. Menos
mal. La imagen asquerosa de aquel ser infecto, que rezumaba maldad, surgiendo de entre tetrabricks
de leche y latas de cerveza, hubiera sido demasiado para ella. Y casi lo fue para Norman que no
pudo quitarse la horrenda visión de la cabeza hasta que, poco antes de amanecer, se levantó para
arreglar un poco el desaguisado.
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes
que flotan con el viento....
Esa misma mañana de sábado, a la vuelta del mercado, los ojos verdes y marrones le dieron la
noticia. El profesor X – hay que aclarar que se trata de un nombre ficticio- acababa de fallecer de
repente. El profesor X era el vecino del 3º D. Mantenían con él una relación cordial, de
conversaciones de ascensor y pasillo durante años, que a veces es mejor que una amistad cercana
para conocer a una persona. Ese trato superficialmente profundo, unido a sus propias elucubraciones
sin fundamento, habían llevado a que Norman Berkeley y los ojos verdes y marrones desarrollaran
por el profesor X un afecto sincero, amén de una gran simpatía, admiración, incluso. El profesor
daba clases de filosofía en la universidad y había escrito algunos libros. Un cincuentón vitalista y
bebedor, barbudo y barrigudo, con el indudable atractivo de los poseedores de tales atributos, soltero,
sin hijos, y con una novia francesa, madura de buen escuchar y ver, con la que mantenía una relación
a distancia, plagada de viajes. También tenía un gato gordo –al que llamaremos, en un alarde de
intrépida originalidad, Misifú-. En definitiva, el profesor les caía muy bien, haciéndole merecedor de
ese topismo que lo incluía entre los pocos que saben disfrutar la vida. Por eso mismo, por injusto, su
fallecimiento se sentía aún más doloroso. La noticia de la muerte del profesor X, a pesar del trato
ligero que habían mantenido con él, provocaron en los ojos verdes y marrones las lágrimas que
brotan cuando la pena que se siente es de verdad. Lágrimas más gruesas de lo habitual. Al parecer
había sido un infarto fulminante, aunque, en realidad, aún no se sabía. La novia francesa lo había
encontrado frito esa misma mañana. Todavía lo tenían allí, en su casa, la novia y algunos
compañeros de trabajo que habían acudido al piso a la espera de los médicos o de los funerarios o de
un sacerdote o de quien fuera que fuese que apareciera en dichos trances. Norman Berkeley, aun a
sabiendas que iba a estar algo fuera de lugar, también decidió subir. Consoló protocolariamente a la
novia francesa, dio algunas manos condolientes, acarició a Misifú y, al fin, llegó hasta el
protagonista, es decir, el finado, quien, a pesar de estar tumbado en la cama, por desgracia no parecía
–como suele asegurarse- dormido. Semejaba estar fiambre, sin más. Un fiambre a la espera de la
fauna cadavérica y con cara de pánico. De todas formas lo que más impresionó a Norman Berkeley
no fue el cadáver del pobre profesor X, ni su rostro de difunto asustado. Fue el insecto biónico que
observó reptando por debajo de la cama del muerto lo que le causó auténtica conmoción. Había
perdido su aguijón y avanzaba muy despacio, atontado, moribundo, como las abejas poco después de
picar a sus víctimas.
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes
que flotan con el viento. Levantarás la vista al cielo de la tarde y notarás un extraño sosiego al
contemplar en el horizonte las nubes tintadas por el sol del ocaso.
La inesperada muerte del profesor X empeoró el estado de los ojos verdes y marrones. Los sumió un
poco más en el pesimismo, en desaliento o algo así. La sumió en el susto. Norman Berkeley
reflexionaba sobre ello. Todo empezó con la nevera que no la dejaba dormir. El cansancio le fue
minando los nervios. Luego, al acostarse escuchando la radio, sus sueños se hicieron pesados y
durante el día una expresión, no ya de melancolía, una expresión de miedo vacío se iba instalando en
toda ella, como poseyéndola. Y para rematarlo, nunca mejor dicho, la repentina muerte del profesor
X, que vino como una especie de heraldo de la desgracia. Los ojos verdes y marrones ya sólo querían
estar en la cama, en penumbras, escuchando la radio por los auriculares.
Lo raro es que no se le hubiera ocurrido antes. Sin desvelar el sueño agitado de ella, con sumo
cuidado, Norman Berkeley cogió uno de los auriculares y se lo puso al oído al objeto de escuchar, él
mismo, aquello que fuese que por las noches podía estar envenenando la mente de los durmientes. Lo
que oyó iba a resultar peor de lo esperado. La voz del locutor, inhumana, hueca, mitad oxidada y
metálica, mitad carnosa y libidinosa, repetía sin cesar la siguiente letanía, como un mantra:
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes
que flotan con el viento. Levantarás la vista al cielo de la tarde y notarás un extraño sosiego al
contemplar en el horizonte las nubes tintadas por el sol del ocaso. Entonces comprenderás que el
rumor no es de risas sino el lamento de los de inocentes. Y que el rojo de las nubes lo produce el
fuego que todo lo abrasa. El sosiego dará paso al espanto. Y sólo te quedará gritar cuando el cielo se
oscurezca oculto por horribles criaturas hechas de aguijones y colmillos metálicos, abominaciones que
infectan el mundo a su paso. No hay finales felices.
Aquello fue mucho más de lo que Norman Berkeley podía aguantar. La emisora no estaba muy lejos.
Así que en apenas veinte minutos ya estaba delante de la puerta de la cadena de radio con un martillo
en la mano. No iba negar que se notaba asustado. Más que asustado. Estaba al borde de las excusas
que se pone el cobarde antes de la huida. ¿Qué hallaría detrás de aquella puerta?. ¿Qué ser maléfico,
qué ente más allá de lo humano?. Después no recordaría si la puerta la encontró abierta o fue forzada.
Pero lo que Norman Berkeley nunca iba a olvidar era la masa informe de hilos que se mezclaban con
vísceras de remaches sanguinolentos que formaba la cosa ponzoñosa que hablaba al micrófono de
madrugada. De pie, en silencio, oyó de primera mano como aquello, esa aberración, recitaba su
letanía malsana, su credo que se extendía por las ondas como un tóxico.
Una brisa cálida soplará desde el Este trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes
que flotan con el viento. Norman Berkeley se acercó por detrás. Levantarás la vista al cielo de la tarde
y notarás un extraño sosiego al contemplar en el horizonte las nubes tintadas por el sol del ocaso.
Norman Berkeley lo que levantó fue el martillo. Entonces comprenderás que el rumor no es de risas
sino el lamento de los de inocentes. Norman Berkeley golpeó. Y que el rojo de las nubes lo produce
el fuego que todo lo abrasa. Norman Berkeley golpeó por segunda vez. El sosiego dará paso al
espanto. Norman Berkeley siguió golpeando con todas sus fuerzas. Y sólo te quedará gritar cuando el
cielo se oscurezca oculto por horribles criaturas hechas de aguijones y colmillos metálicos,
abominaciones que infec, que infect... Y golpeó más y más hasta que la cosa expiró vencida por una
eternidad de martillazos. Aquello había muerto. Y Norman, exhausto, los brazos doloridos, el cuerpo
empapado en sudor, contemplando el amasijo que se extendía ante él le espetó: Aquí tienes tu final
feliz.
Como poco, dos cosas había que Norman no podía aplazar más allá del día siguiente. La primera.
Comprar un reproductor de CD portátil para ella, los ojos verdes y marrones. Nunca más volverían a
escuchar la radio de madrugada. No cabía, ni por asomo, admitir la posibilidad de nuevos mensajes
subliminales en el sueño. Como era natural ella tampoco podría llegar a saber, nunca, las auténticas
razones. La verdad resultaba demasiado terrible. La mejor solución: una buena colección de música
clásica. Para esa misma noche, por ejemplo, <<Fluyan mis lágrimas>>, la magnífica aria del segundo
libro para laúd, <<Lachrimae Or Seaven Teares>>, de John Dowland se le antojaba la elección
perfecta. Qué contraste entre la podredumbre de las palabras de antes y la belleza esa música. Qué
pronto se marcharía el miedo de su mirada. Al menos Norman eso esperaba. Lo deseaba con todo su
ser. En cuanto al segundo encargo inaplazable: Tan sólo ojear la prensa local. No podía evitar la
curiosidad de saber que trascendencia tendría su asalto nocturno a la emisora.
Los bellos acordes del aria llenaban la estancia. En un principio los ojos verdes y marrones se
mostraron algo extrañados. Por suerte, Norman Berkeley logró convencerlos. Para dormir, la música
de laud era mejor que la cháchara insustancial de los programas de deportes en la madrugada. No
había duda. Ella se acurrucó a su lado. Norman quería notarla, y la notaba, más tranquila, más lejos
de las pesadillas. Al tiempo que se incorporaba en la almohada, Norman se acordó del periódico de la
mañana. Un pequeña noticia, apenas media columna, informaba del asalto a una emisora de radio
local. Descartado el robo o una vendetta por motivos políticos, el suceso se atribuía a un grupo de
gamberros descerebrados que se habían limitado a destrozar el tablero de mandos. En fin, pensó
Norman Berkely. Y entonces lo oyó, casi imperceptible bajo las notas de cuerda y el canto agudo de
la soprano. El ruido metálico. Los pasos siniestros de una abominación biónica. Venían a por ellos.
No era de extrañar ya que él, Norman Berkeley, no sólo los había descubierto. Los había enfrentado
también. Mató al de la nevera y de seguido a esa cosa de la radio que pudría la mente de la gente
dormida. Norman Berkeley se calzó sus pantuflas de casa. El pulso se le aceleró pero, llegado el
momento, no le iba a temblar. No en vano no era la primera ocasión en que les plantaba cara. El
bicho no debía estar muy lejos. No tuvo que esforzarse en buscar. Éste no se escondía. Estaba en el
pasillo y era mucho más grande, como un perro caniche de esos, si bien no tan cariñoso y vivaracho.
Tampoco tenía aguijón. Amenazaba con unos colmillos metálicos que, en tamaño, recordaban a los
del tigre sable, en total desproporción a su cuerpo. Sus ojos sin vida brillaban en la oscuridad. Por lo
demás resultaba igual de repugnante. El engendro saltó. Norman tuvo que pararlo con sus propias
manos. Lucharon. El bicho quería morderlo en el cuello. Su saliva infecta, su hálito apestoso, le caían
justo en la cara. Gracias a Dios que Norman Berkeley se había ido a dormir con un cuchillo de
cocina, por si acaso. Se lo clavó justo en el costado. Cómo chilló la bestia mientras la apuñalaba. El
bicho quedó en medio del pasillo, tirado. Norman se quedó en el pasillo, también, aunque de pie,
empapado de la sangre negra de la alimaña. Y al otro lado, ella, que había dado al interruptor de la
luz y lo miraba todo con unos ojos incrédulos verdes y marrones.
¿Qué ha pasado?. Me ha despertado el ruido. Le preguntó.
Se habrá escapado. Debía estar rabioso. Contestó Norman Berkeley, señalando al suelo, donde el
Misifú, el gato del profesor X, agonizaba meneando una pata al compás de la magnífica aria.
Ella, los ojos verdes y marrones, cogía con cariño su cintura. Luego le acariciaba la cabeza, por
debajo, por la nuca. Paseaban. Le pedía que no se preocupara, Norman, que las cosas iban a ir bien,
que lo de destrozar la nevera, lo del gato del profesor, -añadía en voz baja- no tenía importancia,
vamos, que son cosas que pasan cuando fallan los nervios. Dentro de poco todo volvería a la
normalidad. Quizás lo del profesor te haya afectado. Y luego sonreía y Norman Berkeley se sentía
feliz. Porque veía que el miedo se estaba marchando de su mirada. Porque había comprobado que
podía combatírseles. Uno a uno. Todos los días si era necesario. Caía la tarde y caminaban por un
paseo junto al mar que les gustaba y que no caía muy lejos de casa. Los engendros podían intentarlo
cuanto quisieran. Pero él estaba contento, exultante, porque comprendía que no lo iban a conseguir.
El único objeto de su vida sería proteger lo bueno, lo auténtico, lo bello que conocía. Los ojos verdes
y marrones lo miraban con ternura y comprensión. Si tenía que machacar insectos biónicos con latas
de piña en almíbar lo haría hasta acabar con la producción mundial. Si había que estar atento
buscando señales, mensajes tóxicos en las ondas ya se ocuparía él de callarlos. No le importaba
acuchillar, disparar o meter fuego. Además –y mejor que esto nunca llegaran a saberlo los bichos- en
el fondo se habían mostrado bastante estúpidos en eso de ocultar su auténtica naturaleza. Norman
Berkeley lo prefería así porque sabía que ella no soportaría la visión real de los monstruos. Qué
tontos. Venid disfrazados de lo que queráis, de rata, de soldado, de insecto, de asesino, de inspector
de hacienda, de policía maniaco, de conductor borracho, de microbio, de lo que sea, que yo acabaré
con vosotros pues os conozco. He aprendido a reconoceros y a mandaros a allí de donde venís. Al
infierno o la mierda, tanto da. He aprendido a obligaros a mostrar vuestro feo careto. Eso pensaba
Norman Berkeley cuando paseaba aquel atardecer agarrado a los ojos verdes y marrones. Norman le
dijo que se pararan, un momento, allí mismo, frente al mar. Una brisa cálida soplaba desde el Este
trayendo consigo un rumor lejano. El rumor de risas distantes que flotaban con el viento. Levantó la
vista al cielo de la tarde y notó un extraño sosiego al contemplar en el horizonte las nubes tintadas