Joan había visto mujeres desnudas. Según él mismo me contó, había encontrado unas revistas bajo el colchón de sus padres, cuando todavía no se habían divorciado. Por eso, sabía lo que yo escondía debajo de mis ropas. Cuando Joan me insinuaba su deseo de verme, me provocaba una amalgama de pudor y excitación que en ese momento no hubiese podido explicar. Me avergonzaba exhibirme ante sus ojos pero, a la vez, la sola idea de que él contemplara mi cuerpo desnudo me aceleraba los latidos y afiebraba mi imaginación al punto de que, en más de una ocasión, bajo la ducha o bajo la clandestinidad de las sábanas, me vi urgida a calmar el ardor mis manos. No lo acusé ante mi madre porque me sabía culpable, ni tampoco le confié a Joan mis fantasías. Pero era innegable que se me notaba en el rubor de las mejillas y en la postura de todo mi cuerpo cuando se me aproximaba y, sobre todo, cuando estábamos a solas en la casita del jardín.
La casita del jardín fue un regalo que Ángel, el papá de Joan, me hizo cuando se mudaron a nuestra casa. Dijo que era lógico que yo tuviese un espacio propio, que no quería que me sintiera invadida por ellos y que, aunque yo conservaría mi habitación para mí sola, ese podría ser mi refugio alternativo, un lugar que decorar a mi gusto, al que recurrir cuando ansiara estar sola, y donde estudiar o jugar sin hacer uso del escritorio que, desde su llegada, estaba ocupado con sus libros y sus papeles. La posibilidad de tener “mi” casita, y de que allí nadie entrara sin mi autorización, me pareció grandiosa y divertida. De modo que, apenas la construyó y la pintó de color lila, me dediqué con esmero a poner dentro lo que me parecía indispensable. Él aprobó cada detalle sin escatimar en gastos, comprando los muebles que pedí y consintiéndome en cada capricho, hasta haciendo una conexión eléctrica. Mamá se disgustaba y decía que no fuera tan pedigüeña, cada vez que yo me encaprichaba con algún objeto nuevo, pero en el fondo estaba plenamente feliz (aunque un poco celosa) de que Ángel y yo entabláramos una relación cariñosa y cordial. La separación de mis padres había sido muy difícil, sobre todo para mi madre. Yo no sobrellevé más que la ausencia y la obligación de ser el testigo mudo de la historia, pero ella padeció golpes y peleas terribles. Los cuatro años en que vivimos solas tampoco le fueron sencillos, tuvo que trabajar y ocuparse de mí, como pudo, en el tiempo que le quedaba. Por eso, cuando se enamoró de Ángel, le preocupaba exponernos a un nuevo desgarro. También a mí me preocupaba. Después de que mis padres se separaron, nunca volví a ver a mi papá. Y de alguna manera sentía que él no había vuelto porque no me amaba o porque yo no era digna de su amor y temía que pudiera repetirse la historia. El ingreso de Ángel y Joan a nuestras vidas cambió todos los espacios: tanto dentro del hogar como en nuestras relaciones. Mamá ya no era sólo mía. Pasó a ser también la madrastra de Joan y la esposa de Ángel, eso hizo que pusiera otro poco de presión sobre mí, ya que me comprometió a colaborar para que las relaciones familiares fueran cordiales. La casa dejó de ser una residencia de mujeres y tuvimos que cambiar algunas costumbres y adaptar otras. No nos costó demasiado, porque Ángel y Joan eran fantásticos y enfrentaron la situación con mucho tacto y afecto.
De a poco, mi casita se convirtió en un sitio cómodo y privado. El único ambiente que la componía era muy espacioso, tenía cortinas en las ventanas, una estantería que cubría toda una pared, una mesa, dos sillas y algunos almohadones de colores y una alfombra mullida. Al principio, sólo iba para jugar con mis muñecas y a hacer las tareas de la escuela. Después usé el lugar para refugiarme de la mirada de mi madre que había adoptado una nueva costumbre: desaprobar cada uno de mis actos. Le parecían impropias mis faldas cortas, mi forma de sentarme y de hablar, sin mirar que ella se vestía y se comportaba exactamente igual. Le encontraba defectos terribles a cada una de mis amigas, al punto en que dejé de invitarlas a casa y hasta le mentía cuando deseaba visitarlas, diciendo que iba a la Biblioteca cuando en realidad iba a pasar un rato con ellas.
Nadie entraba en mi casita sin que yo le abriera la puerta. Por eso se convirtió, también, en el lugar ideal para que Joan y yo tuviéramos conversaciones secretas. Charlas en las que comenzábamos hablando de cualquier cosa y que él conseguía guiar siempre hacia lo mismo. Cada vez con mayor intensidad. Hasta que me propuso que me dejara observar sin que yo pudiera verlo, para aliviar el pudor que me provocaba la situación y que, hasta entonces, era mi principal excusa para negarme. Cuando me atreví a decirle que sí, me hervía la sangre y el sudor me perlaba las axilas, como si la fogosidad hubiese prevalecido sobre la timidez. Joan me indicó que me diese vuelta y me apoyase sobre la mesa. Así lo hice. Él se puso detrás de mí. Estaba encorvado para que su cabeza no chocara contra el techo. Extendí los brazos, cerré los ojos y pude sentir como me levantaba la pollera y la enrollaba por encima de mi cintura. Sus dedos apenas rozaron mi piel mientras me bajaba la bombacha hasta las rodillas. Debe de haber quedado acuclillado viéndome, porque su aliento golpeó mi carne como un trapo caliente. Estuvimos así unos minutos y sin decir palabra, volvió a subirme la bombacha y a bajarme la pollera. Continuamos charlando como si nada hubiese pasado, pero los dos estábamos tensos. Él tenía las mejillas enrojecidas y yo sentía que iba a estallarme el corazón. Al día siguiente, volvió a ocurrir. Ya no fue necesario tanto preámbulo, bastó que me lo pidiera directamente para que yo me inclinara sobre la mesa. La escena se repitió varios días con el mismo efecto: ambos estimulados hasta lo máximo tratando de restarle importancia al asunto. Hasta que me preguntó si me podía tocar. Tímidamente lo autoricé. Cuando estuvo detrás de mí, tras subir mi pollera y bajarme la bombacha, pasó su mano suavemente por el interior de uno de mis muslos, subiendo con delicadeza hacia la ingle. Tuve ganas de gritar, de suplicarle que me tocara más, que me apretara. Su mano envolvió mi vulva y el fuego se encendió en mis vísceras. Hubiera mordido la mesa si mi dentadura hubiese podido abarcarla. Pero él retiró la mano y me vistió nuevamente. Practicamos este nuevo juego varios días más. Por las noches, en la mudez de mi habitación, soñaba con su mano ahondándose en mí, despertaba con la ropa interior humedecida y un jadeo en la garganta que no podía sosegar. Como era de esperarse, fuimos más allá. Paulatinamente, Joan fue investigándome para saciar su curiosidad, sin sospechar que también acrecentaba mi lujuria: acariciaba primero mi muslo, siempre con el mismo método y la misma sutileza, su mano ceñía mi vulva y después separaba mis labios para deslizar el dedo por los bordes de mi vagina y circundar mi clítoris, varias veces. Yo oprimía las mandíbulas para que no huyeran los suspiros, para que no sonaran los gemidos que necesitaba soltar y que parecía que iban a detonarme dentro de las fauces. Mi entrega era tal que Joan cada vez se aventuraba más. Sus dedos ensayaban profundizar la caricia y empezó a hablar mientras me tocaba. A elogiarme y confesarme su efervescencia en susurros que me enloquecían. Llevábamos bastante tiempo reiterando el juego cuando me preguntó si yo quería observarlo. Hasta ese momento no había tenido expectativas al respecto, pero juzgué que la oferta era interesante, ya que yo jamás había visto un hombre desnudo. En casa no había fotografías como las hubo en la de Joan y si había visto desvestido a mi padre no lo recordaba. Joan se bajó los pantalones y el calzoncillo y ostentó ante mis ojos su pene erecto. Me sentía confundida, por un lado estaba sorprendida y por otro no podía dejar de mirar extasiada el glande inflamado. Quería seguir admirándolo, pensé en deslizar mis yemas por encima de la humedad que lo cubría. Sin darme tiempo a decir nada, se vistió y repetimos nuestro juego. Así, cada tanto, algo se agregaba a nuestras prácticas. Volvió a mostrarme su pene hinchado y rígido y me invitó a que lo tocara. Lo frotó sobre mi pubis y mis nalgas. Siempre inclinada sobre la mesa, yo cedía a todos sus pedidos, convencida de que si alguien nos sorprendía se armaría un lío tremendo. Tenía la certeza de que lo que hacíamos no estaba bien, pero me producía tanto placer que no podía dejar de hacerlo.
Una tarde, Joan estaba tras de mí, restregándose y sosteniéndome por las caderas, cuando vi un rostro asomarse, por un segundo, tras la cortina de la ventana. Di un salto y le advertí a Joan en voz baja. Él salió, caminó en torno a casita y reapareció diciendo que no había nadie, que había sido mi imaginación. Un par de veces más ocurrió lo mismo, con el mismo resultado: Joan saliendo y entrando para explicar que no había visto nada, que era mi recelo tendiéndome trampas, que no había por qué inquietarse. Desde entonces tomábamos recaudos adecuados, como constatar previamente que nadie anduviera por los alrededores, que Ángel y mamá durmieran la siesta o hubieran salido. Pero no volvió a repetirse.
Mi hermanastro fue a pasar las vacaciones de verano con su madre. Las horas en la casita se me hicieron eternas al principio, luego fui acostumbrándome a su ausencia y retomé las lecturas recostada sobre los almohadones escuchando música. Una de esas tardes tórridas decidí ir a la casa en busca de un ventilador, hacía mucho calor en la casita y estaba segura de que no habría inconvenientes en que lo tomara prestado. Entré a la cocina y Ángel me informó que mamá había salido de compras. Pregunté por el ventilador y me dijo que fuera tranquila que él iba a llevármelo. Al rato se presentó en la casita, pero no traía el ventilador. Me acarició los cabellos y me ordenó que le mostrara lo que Joan había visto. Quedé petrificada. Tuve pánico de que lo supiera todo y que pudiera acusarme con mi madre. Imaginé a mi madre enfurecida con Joan y expulsándolo de la casa, a Ángel marchándose y dejándonos solas nuevamente. Mi madre me odiaría hasta la eternidad. Me tendí sobre la mesa y, sin mirarlo, subí mi pollera y bajé mi bombacha. Ángel se arrodilló y su respiración azotó mis nalgas. El miedo no me abandonaba. Mi cuerpo estaba tenso y los pensamientos se arremolinaban dentro de mi cabeza. Sabía que eso era peor que lo que hacíamos con Joan, pero no podía moverme. Si Ángel corría a delatarme con mamá, estaba perdida. Pensé en Joan, en nuestros juegos que habían tendido un puente entre nosotros que iba más allá del goce de nuestros cuerpos. Tuve la visión de mi madre abandonada a las caricias de Ángel con la misma confianza que yo depositaba en Joan, pero fue una imagen que me resultó tan repulsiva que se me atragantó en la garganta y me quitó el aire. Llamé a Joan en el silencio que amordazaba mi boca y sentí la mano de Ángel tanteando mi vulva en busca del clítoris. Los ojos de Joan me miraban compasivos tras mis propios párpados cerrados, su voz flotaba desde el interior de mis oídos. Los masajes de amante experimentado que me daba Ángel, sumados al recuerdo de su hijo, me arrancaron lo que no había ocurrido hasta entonces: gemidos que fugaron de entre mis dientes como soplidos hasta que creí que me iba a desangrar. Entonces puso su boca y me sorbió centímetro a centímetro. Los labios de mi vagina se estiraban entre sus labios y su lengua me lamía cada pliegue. De pronto dejó de hacerlo y me aterró que fuera a dejarme así, tendida sobre la mesa, que fuera a denunciarme con Joan y mamá. Abrí los ojos y lo miré de soslayo: estaba inclinado para no chocar contra el techo, desabrochándose los pantalones. Seguí en la misma posición y cerré los ojos. Sentí su pene, más grande que el de Joan, frotándose contra mi humedad. Una de sus manos apretó mi glúteo y la otra se introdujo entre mis cabellos, masajeando mi nuca. Su cuerpo me cubría con su peso y su calor. Y al fin, sentí que se metía dentro mío adivinando que era eso lo que más temía y, a la vez, lo que más deseaba que él hiciera, lo que Joan no había hecho aún y mi cuerpo ansiaba con desesperación. Repitió en mi oído las frases que Joan me decía. La pasión me desbordaba a medida que él se removía y entraba y salía de mí lentamente. Y, a pesar de que era totalmente consciente de que ese era Ángel, en mi mente Joan me poseía. Eran las manos de Joan, la voz de Joan, sus palabras, sus caricias, el rostro que yo conjeturaba desfigurado por el arrebato cuando, de espaldas, me sabía observada. Todo Joan metido en mi cuerpo y en mi alma. Hasta que dentro de mí saltó en pedazos una ampolla, astillándose y quebrándome el cuerpo en dos. Se movió un poco más y sentí que palpitaba en mi vientre y sus dedos dejaban de aferrarme con vehemencia. Ordenó sus ropas y las mías mientras yo continuaba acostada sobre la mesa. Antes de irse, me abrazó y me sugirió, muy cariñosamente, que no le comentara nada a mi madre a riesgo de arruinarlo todo, insistió en que debíamos guardar el secreto porque a mamá no le gustaría que el me amara tanto como a ella y que, si alguien se enteraba, Joan y él tendrían que irse lejos de nosotras y eso nos haría infelices a los cuatro.
Tardé en recuperar el resuello y enderezarme. Con la cara apoyada contra la mesa, tenía ganas de llorar de angustia y a la vez de reír de felicidad. Era tan ambiguo lo que sentía que me carcomía por dentro. Cada vez que mamá salía por largo tiempo, Ángel regresaba a la casita. Yo sentía la necesidad de su cuerpo pero también me mortificaba pensando lo que podía llegar a pasar si mamá se enteraba. Cuando Joan regresó de sus vacaciones, puse, entre él y yo, una distancia instintiva que no pudo transponer, le dirigía la palabra el mínimo imprescindible y evitaba su presencia, porque me sentía indigna de su cariño e incapaz de mentirle si se le ocurría preguntarme qué me pasaba. Si él me lo hubiese preguntado, seguramente se lo hubiese dicho; porque necesitaba decírselo a alguien a quien realmente le importara y, sobre todo, necesitaba consuelo. En el fondo de mi corazón, aún lo amaba y guardaba la esperanza de que él sintiera lo mismo. Al punto de que llegué a soñar que huíamos juntos a cualquier lugar donde nadie nos conociera. Cuando comenzaron las clases, ya estaba embarazada pero aún no lo sabía. Mamá se enteró junto conmigo, cuando me llevó al médico para averiguar por qué a los trece años me faltaba la menstruación, era imposible que, aunque ni se me hubiese ocurrido darle importancia al asunto, ella no lo notara, ya que se encargaba de comprarme las toallitas femeninas y vio que empezaban a acumularse en el estante del baño. Al mismo tiempo, Ángel dejó de buscarme. El médico mandó a hacer análisis y después nos informó lo que ocurría. Mamá se enfureció en ese momento y empeoró cuando llegamos a casa, nunca preguntó con quién lo había hecho, pero se lo pasó gritando que cómo fui capaz de “hacerle” eso. No sé qué conclusiones habrá sacado Joan por su cuenta. No me atreví a contar la verdad y Ángel tampoco lo hizo. Nada volvió a ser como antes. El silencio pesa y construye murallas infranqueables.
Agostina, mi hija, ya tiene once años. Nuestra vida no fue fácil. Ocupamos un departamento cercano al Banco en el cual trabajo. No me casé ni pienso hacerlo. Tengo mis encuentros amorosos cada tanto, lejos de mi hogar, con la más absoluta de las discreciones. Mamá y Ángel me ofrecieron que nos mudemos con ellos para que economicemos en gastos, para que Agostina tenga una familia que la contenga. No sólo me negué a eso sino que ni siquiera los visito. No es por ellos. Me costó mucho esfuerzo, pero ya no guardo rencores para con el pasado. Es por la casita lila del jardín, que todavía sigue enclavada allí, con las cortinas de colores, la alfombra, los almohadones y el fantasma de mis culpas y mis miedos acurrucado encima de su mesa.