No voy a olvidarlo. Ninguno de nosotros podremos. Llevábamos cinco meses oyendo una de sus frases preferidas “ponte al sol, guapo, anda, ponte al sol que necesitas madurar un poco más” y de repente se nos cayó encima todo el espectro solar que al parecer, nos faltaba. Entramos aquel jueves a clase, adolescentes bullangueros e irresponsables, y salimos aterrados, pero con el aplomo de cualquier adulto juicioso.
Era nueva. Había venido para enseñar Física sustituyendo a doña Eladia que por fin pudo jubilarse anticipadamente, después de docenas de bajas por depresión. Supongo que algo tendríamos nosotros que ver en eso, porque llenábamos su clase de ruiditos, de salidas de tono, de conversaciones medio a escondidas... excepto las vísperas de los exámenes, en los que la asaeteábamos a preguntas y a la pobre mujer se le iba el tiempo y las energías sin poder atendernos a todos y encima se angustiaba y se quedaba en el recreo si continuaban las dudas. En el fondo se lo agradecíamos, pero no se lo hemos dicho nunca. No sé si basta como disculpa nuestra edad difícil.
La novedad se llamaba Salomé, seguramente rondaba los treinta, había apuestas sobre el particular y algunos incluso se atrevían a asegurar que estaba recién licenciada, aunque su desenvoltura hacía sospechar algo más de experiencia. Como decía Torrijos, que no pensaba en otra cosa, lo importante era que estaba como un queso.
Explicaba muy bien. Dominaba el temario como nadie. Nunca levantaba la voz y es que por alguna razón intangible, en sus clases no hacíamos el burro, ni se nos ocurría la posibilidad de reventarle la clase. No era una repentina vocación por la Física, ni tampoco miedo, que no necesitó castigarnos, ni siquiera amenazarnos. Todavía no me explico de dónde le nacía la autoridad, quizá del halo misterioso que la rodeaba.
Era elegante, pero discreta. No utilizaba más adorno que unos pequeños pendientes. Y el reloj: un Rolex de oro que quitaba el hipo pero que casi siempre le ocultaba la manga.
Especulábamos mucho sobre su vida privada porque era un grandísimo secreto. De todos los profesores se sabía vida y milagros, incluso a veces, detalles escabrosos poco adecuados para los alumnos, pero de ella, nada. Intentamos sonsacar a alguna de las profesoras más cotillas, pero resulta que nadie, nadie podía dar ni una noticia de la rubia Salomé.
La espiábamos cuando llegaba, muy temprano, por las mañanas. Aparcaba su coche, que hacía más juego con el Rolex que con el resto de su austeridad. Antes de bajarse cerraba una tapa corredera del salpicadero, suponíamos que ocultaría el audio del vehículo, comprobaba varias veces todos los mandos, las luces, las ventanillas... cogía su maletín y su bolso con sumo cuidado, siempre con calma, se aseguraba de dejar todo en orden y bien cerrado, se erguía, y miraba al edificio antes de dirigirse a la puerta, casi siempre con una sonrisa enigmática cuya interpretación nos preocupó mucho más que la de la famosa Gioconda. A veces ladeaba imperceptiblemente la cabeza, como si pensase “qué le vamos a hacer, otra jornada entre imberbes...” sabiéndose muy por encima de todos. Cuando se marchaba, depositaba con igual cuidado sus cosas en el asiento del copiloto, y antes de ponerse el cinturón, incluso de introducir la llave en el contacto, bloqueaba las puertas.
Recuerdo que un día, a la salida del mediodía, con el hambre de los diecisiete años apurándonos hacia nuestras casas, la vimos pasar por la avenida. Iba acorde a su carácter, tranquila, conduciendo con serenidad, pero con el rostro duro. De repente aceleró hasta adelantar al coche que iba en el carril de la derecha, pegó un volantazo increíble y fue a colocarse con una precisión de película en la zona de aparcamiento lateral. Corrimos cuanto nos permitieron las engorrosísimas y aplastantes mochilas de los libros pero cuando llegamos a su altura, apenas pudimos ver cómo hablaba, supusimos que a un “manos libres”, se contrajo toda, apretó los ojos, la boca, cerró los puños sobre el volante, pareció teclear o manipular algo en aquella consola siempre oculta bajo el panel, y con la misma celeridad con que se había colocado en batería despreciando los bocinazos, echó una ojeada rapidísima, y lanzó el automóvil de nuevo a la carretera con una aceleración idónea para un despegue estelar. El incidente fue la comidilla de la semana, inevitablemente modificado, y magnificado en cada nueva versión, extendido de clase a clase, hasta que ella se dio por enterada y zanjó la cuestión con la mayor naturalidad:
- Como sois tan jovenzuelos, unos pipiolos noveleros, pues no sabéis lo que supone que uno de tus mayores tenga un percance. ¡Vamos! Decía yo ayer que el campo electromagnético es una composición de uno eléctrico y otro magnético, perpendiculares que se propagan.... observad la imagen proyectada...
Y punto final. Lo único que nos quedó claro era que probablemente tenía padres, o incluso abuelos mayores y que era capaz de conducir como una kamikaze.
Su aspecto era frágil, pero sospechábamos que sólo en apariencia. Los ojos claros, la tez tan blanca, delgadita, no muy alta, su voz suave, sus modales pausados... la verdad es que aquel incidente no le pegaba nada, pero pronto dejamos de darle vueltas.
Algunos días faltaba a clase, no muchos. La directora aparecía, nos informaba de la ausencia sin aclararnos el motivo y nos dejaba, tras recomendarnos el aprovechamiento del tiempo, con la puerta abierta para evitar que escandalizáramos ya que su despacho no estaba lejos. Elucubrábamos sobre aquellos episodios que no parecían de enfermedad, porque apenas duraban una jornada. En una ocasión Laura se atrevió, quizá apoyándose en su estatus de delegada de curso y acuciada por su acentuado carácter chismoso:
- ¿Ya estás mejor?
- Sí, gracias. Nos hemos quedado en el ejercicio catorce...
- Como a mi los trancazos me duran casi una semana...
- Pero como no todos somos iguales...
La última respuesta iba acompañada de una dulce sonrisa mientras que apoyaba cariñosamente sus manos en los hombros de la chica. Resolvimos aquel ejercicio catorce y los que venían detrás, sin avanzar ni un ápice en nuestras pesquisas, decepcionados, porque el desvelar los indudables secretos de la profesora de Física era todo un reto. Lo que nos traía muy mosqueados era el trato que la directora le dispensaba, cordial pero distante, en realidad parecían evitarse, y eso que Dª Angustias era bastante déspota y no sólo con nosotros.
Aquel jueves desmenuzábamos el tema ocho, la Termodinámica. Salomé explicaba, como siempre, con sus ejemplos sencillitos pero tremendamente efectivos, el Segundo Principio, nos hablaba de la Entropía y recuerdo que decía algo sobre el orden y el desorden...
Oímos un inexplicable revuelo en la clase de al lado, en el grupo de letras que hacía un examen de Latín y el principio de la sorpresa nos duró apenas tres segundos. Se abrió la puerta con estrépito, de hecho la gran patada rompió la madera y el choque con la pared hizo añicos el cristal y dobló la manilla dejando una excoriación en la pared. Alguna de las chicas chilló, pero el grito duró un instante y el silencio nos aplastó hasta hacernos sudar. Salomé miraba al energúmeno que ocupaba la entrada, con su aplomo característico, apenas se le apreciaba cierta tensión en las piernas y la respiración un poco alterada. Todos nosotros expectantes y presos del pánico, ni pestañeamos.
No puedo llamarle hombre, pues era demasiado joven, pero decir aquel “chico” me resulta fuera de lugar, porque no me parece apropiado para un chico llevar en las manos una especie de fusil enorme, seguramente la mitad de su tamaño, de un verde oliva aterrador, que ninguno de nosotros podía identificar porque nunca habíamos tenido cerca, afortunadamente, un arma. Bramó.
- ¿Dónde está la vieja?
Nadie le contestó. Salomé le miraba. Su pelo tan rubio y tan liso, graciosamente recogido en una coleta, parecía pegarse a su cuello y a su espalda.
Él era bajito, cuadrado. Presentaba un vello ralo y oscuro en el rostro bastante deforme, con el mentón tan prominente que recordaba a un rape, porque además, su ojillos estaban demasiado juntos casi en la parte superior de la cabeza jalonando a un proyecto de naricilla chata. Le faltaban las escamas y le sobraban los grasientos mechones negros. Su cara estaba profusamente decorada de granos y poros negros.
- ¿Quién eres tú? ¿Y la vieja?
La agresividad histérica con que inquiría nos puso los pelos de punta. Movía el cañón, amenazante, sin dirección fija. Ella, muy lentamente, terminó de girarse hasta colocarse justamente frente a él. Dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, con las palmas un poco avanzadas, e intentó dar un paso.
- ¡Quieta o te aso! ¡Dime dónde está la vieja!
- No está aquí.
- ¡Mientes!
- Compruébalo tú.
A pesar de que el susto nos impedía razonar, supuse que se refería a la pobre Dª Eladia, no puedo precisar muy bien por qué. Salomé mantenía un temple forzadamente calmado, una sangre fría espectacular.
- ¡Te vas a arrepentir, bruja! ¡O me dices donde está la otra o...o... acabo con todos!
La boca del arma se paseaba peligrosamente en todas direcciones. De pronto aquella cosa fijó la vista en la pizarra y se alteró muchísimo, señalaba alternativamente a las explicaciones escritas y a su autora.
- ¡Tú también! ¡Tú también! ¡Quién eres tú!
Parecía culpar a Salomé del inocente Segundo Principio de la Termodinámica que por lo visto era su peor enemigo. Se agitaba, le aumentaba el nerviosismo. La mente es imprevisible: en medio de tan dramática situación pensé en la posibilidad de que Gutiérrez empezase a imitar el silbido de los pájaros, como solía hacer cuando se aburría en clase. Después supe que en aquel momento se encontraba demasiado ocupado en contener sus necesidades vitales.
- Si gritas no te entiendo. Dime quién eres y qué quieres.
- ¡La vieja también contó eso! ¡Pero yo sé que no es verdad! ¡Es sólo una mentira para que nadie pueda avanzar!
Señalaba como un poseso a la pizarra. Por lo visto la Entropía le afectaba mucho y tal cómo se comportaba, la de sus neuronas andaba muy revuelta. Apuntaba aleatoriamente, a las ventanas, a la profesora, hacia nosotros, aunque no parecía darnos mucha importancia... En el pasillo se oía caminar entre susurros de apresuramiento, estaban desalojando todas las clases de la planta.
- ¡Quiero a la vieja estúpida! ¡Va a pagarme la gran decepción de mi vida! ¡Y si no está ella me vales tú! ¡Vas a venir conmigo y verás como sí que se puede! ¡Cuando estemos allí, todos me comprenderán! ¡Y podré ver a genios de verdad, como yo! ¡Y ellos me apreciarán... entonces...!
Salomé pareció entender o al menos fingió hacerlo. Creo que trataba de entretenerlo dándole conversación.
- Tendrás que ser más explícito sobre ese sitio al que pretendes ir.
- ¡Dos siglos! ¡Dos siglos me bastan para encontrar mi sitio!
- ¿Desplazamiento en el tiempo?
- ¡Chisssst! ¡Nadie debe saberlo! ¡Ella conocía el secreto, y me engañó! ¡No quería que yo triunfara! ¡Maldita vieja!
- Comprendo. Escúchame atentamente.
Le miró fijamente a los ojos y él no logró volver a cerrar la boca, ni a articular otra palabra coherente. Ella empezó a dominar la situación. En ese momento, dos sombras azules cruzaron como rayos el hueco de la puerta rota sin que el perturbado se diese cuenta: estaba de espaldas. Supuse que la policía acechaba en el pasillo, ya a ambos lados dela entrada.
- Si has llegado tan lejos con tus conclusiones, ya mereces un avance serio. Yo puedo iniciarte en ese conocimiento, pero sólo a ti. Los niños deben irse.
- ¡Qué niños! ¡A todos estos me los cargo y ya está!
Fue el momento de más peligro. Se volvió hacia nosotros y erráticamente nos apuntaba. Varias de las chicas lloraban en un sobrecogedor mutismo. En otras circunstancias nos habría ofendido mucho que nos recordaran los meses que nos faltaban para los ansiados dieciocho años.
- ¡Espera! Si les haces daño no podrás nunca alcanzar lo que buscas. Son menores.
- ¡Y qué si son menores!
- Nunca saldrás de la cárcel si le haces daño a un menor y arruinarás tu futuro. Es la ley de aquí. Cuando viajes te encontrarás otras cosas. Así que muy despacito, se van a ir en fila al patio y cuando nos quedemos solos podremos hablar.
- ¡Quieres engañarme!
- No puedo. Si has sido lo bastante inteligente para llegar a este punto... Seré tu maestra.
Dijo aquello de “maestra” como si se tratara de un conjuro ocultista y levantando suavemente la mano derecha, desvió el arma hacia el suelo pero sin llegar a quitársela, él la sujetaba con mucha desconfianza.
- ¡Primera fila de la ventana: sin ruido, en fila, vayan saliendo!
La primera que se atrevió a levantarse ante la voz castrense de Salomé, fue Loreto. Temblaba. Tenían que pasar casi al lado de aquel exalumno desquiciado. Marta y Alberto se agarraban de la mano.
- ¡Segunda fila del centro: sigan a los otros!
El hecho de que ella mantuviera sujeto el largo brazo verde y metálico casi rozando las baldosas, y que él pareciera obedecerla, ayudó mucho. No hizo falta la orden para que la tercera fila continuase el éxodo y cuando me llegó el turno, yo era el primero de la cuarta, mismamente pegado a la salida, me incorporé sin demora, con tan mala suerte que la silla se cayó al suelo estrepitosamente. Entonces se revolvió con violencia, creo que dispuesto a pegarme un tiro.
- ¡Tiene un alcance de 680 m en un tiro oblicuo de treinta y seis grados!
No sé si nos asustó más el ruido, la desmedida reacción del demente o la actuación de nuestra profesora de Física. Siguió sujetando la embocadura del arma con la mano izquierda y sin saber de dónde sacaba la energía golpeó el codo del agresor con la mano derecha. Casi al mismo tiempo, descargó su pié sobre la rodilla de aquel desgraciado y o tuvo mucha suerte o sabía muy bien lo que hacía, porque acertó de pleno en dos puntos clave.
Supongo que todo sucedió en segundos, pero aprendimos que Einstein no mentía en lo de la relatividad del tiempo. De pronto el mundo se tiñó de un azul policial, que aunque oscuro, nos pareció el verdadero azul del cielo. Se lanzaron a inmovilizarlo mientras que Salomé (¿se llamaría de verdad así?) con una pericia totalmente inadecuada para una profesora de enseñanzas medias, tras dos o tres movimientos de rapidísima precisión, desmontaba el M-16 y le sacaba las balas. Resulta que el dichoso enajenado era hijo de un ex-militar del que había heredado el rifle robado y la paranoia.
Un individuo de paisano, acompañado por la directora anegada en lágrimas, entró en el aula. El pobre loco aullaba incoherencias sobre viajes al futuro, sobre el aciago día en que Dª Eladia le había demostrado la imposibilidad de cumplir su sueño, sobre conspiraciones del resto del mundo en su contra... dos agentes le arrastraban esposado, hacia las escaleras, mientras otros recogían los restos del arma, las balas, la bolsa de deporte que había servido para su trasporte y la gorra negra que se había quedado en el suelo. Una agente nos apremiaba para que saliéramos todos de una vez de la clase y nos fuéramos al salón de audiovisuales donde había un dispositivo sanitario que atendía las crisis nerviosas de alumnos y profesores, pero antes de irme pude apreciar que aquel que parecía el jefe, saludaba con inusual respeto a ... ¿mi profesora de Física? Que nunca más volvió.
Como la vida es un cúmulo de coincidencias, Hamed, un árabe que se había incorporado aquel curso, tampoco volvió a clase. Ahora que lo pienso, Salomé intentaba hablar con él, sí, se le acercaba a menudo, más que a cualquier otro, a pesar de que él la evitaba, porque era tan reservado, tan huraño, tan oscuro, que le llamábamos “el hurón”.
Vino otro profesor, nuevo de verdad, un físico recién salido de los cursillos de adaptación pedagógica que ni se atrevía a levantar los ojos del libro y que no exigía mucho en los exámenes.
Hasta el final del curso, estuvimos pendientes de las noticias, porque después de aquel traumático episodio en el aula, asistimos al descubrimiento de dos pisos francos atestados de terroristas islámicos en nuestro mismísimo barrio.
Algunos, aunque ya nos quede lejos el bachillerato, seguimos rastreando los periódicos y los telediarios en busca de “Salomé”. Claro que como decía Paco Luján, la tele es el sexómetro del famoseo, no un escaparte de espías.