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Fernández León, Julio (Martin Leon)

La Zanja

     

 

Frenando suavemente sobre la nieve, el Mercedes 600 negro de cristales tintados se detuvo al borde del camino.

-Hemos llegado, señor -anunció el chofer mirando a su pasajero por el retrovisor.

Desde el asiento posterior del vehículo oficial, Vassili Yusupov,  ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, contemplaba por la ventanilla el desolado paraje que les rodeaba.

<< Tenía que ser un lugar así… >> pensó sintiendo un escalofrío << un lugar olvidado por Dios. >>

Deprimido, y con semblante serio, recorrió con la mirada la inmensa planicie blanca. Un cielo gris, casi negro, se fundía en el horizonte con torbellinos de nieve y hielo.

<< Sí, por supuesto. Para hacer lo que hicieron necesitaban un sitio como éste: un lugar sin espacio para la piedad. >>

Fuertes ráfagas de viento, que parecían llegar desde todas las direcciones a la vez, balanceaban al pesado Mercedes. El ministro se encogió dentro del abrigo.

<< ¡Maldita la gana que tengo de salir ahí fuera! >>

Dejó pasar unos minutos en los que contempló con aire sombrío el exterior. El sol, como si quisiera infundirle ánimos, se dejó ver apareciendo tímidamente entre las nubes; el ministro cogió su ushanka, el suave gorro negro de astracán que descansaba sobre sus piernas, cerró los botones del abrigo, y exhalando un largo suspiro salió del vehículo.

Unos metros por delante, las puertas del todoterreno que les había precedido desde el aeropuerto internacional de Dniepropetrovsk también se abrieron, y sus tres guardaespaldas bajaron.

Levantándose el cuello del abrigo, el ministro se adelantó unos pasos y estrechó la mano de su homólogo ucraniano, quien acababa de salir también de un Chaika negro para recibirle. Se saludaron brevemente y con frialdad; no había prensa en los alrededores y no era necesario aparentar una simpatía que ninguno de los dos sentía por el otro.

Sin más preámbulos los cinco hombres cruzaron en silencio el camino,  internándose en el campo nevado que se extendía ante ellos como un mar de espuma brillante bajo el pálido sol del mediodía.

Caminaban encogidos, con las manos en los bolsillos y la vista baja. Hundidos en la nieve casi hasta las rodillas seguían el rastro de pisadas recientes. Conducía directamente al bosque de coníferas que se destacaba al fondo.

A medida que iban acercándose empezaron a distinguir entre los árboles siluetas humanas. Eran soldados ucranianos. Vestidos con uniformes invernales mimetizados, y armados con los nuevos fusiles de asalto Vepr, les observaban desde las sombras.

Un hombre atlético, con insignias de capitán en los hombros de su abrigo blanco, salió al encuentro del pequeño grupo y lo guió hacía el interior del bosque. Los cinco hombres le siguieron caminando penosamente entre los árboles. Apartando con las manos las ramas bajas, iban adentrándose por una estrecha senda delimitada por cintas de plástico amarillo que flameaban ruidosas bajo las incesantes ráfagas de viento.

-Aun hay minas, todavía no hemos despejado completamente el área      -les informó el capitán señalando en derredor-. Llevan casi setenta años enterradas, pero siguen siendo tan letales como el primer día. Eso puedo asegurárselo.

El ministro ruso había visto a su paso las toscas señalizaciones: dos simples palos cruzados unidos con cinta adhesiva y clavados sobre la nieve a ambos lados del sendero. Como había supuesto, marcaban la posición de minas sin desactivar.

Inclinó la cabeza para evitar una rama baja cubierta de nieve, y al incorporarse una inmensa zanja apareció ante sus ojos. Destacaba sobre la superficie nevada del claro como una oscura herida que atravesase la piel del bosque. Mientras se aproximaba calculó que mediría unos sesenta metros de largo por cinco de ancho.

A ambos lados de la zanja se levantaban tiendas de campaña militares. Golpes secos de mazos sobre estacas de madera resonaban junto a los árboles del fondo, donde soldados ucranianos provistos de picos y palas cavaban en los extremos de la zanja. Algunos habían parado, y con sus herramientas apoyadas en el suelo observaban con curiosidad a los recién llegados.

-Menudo panorama... -se oyó decir a uno de los escoltas.

El ministro se acercó resuelto al borde de la excavación y miró hacia abajo. Aunque sabía de antemano con lo que iba a encontrarse, sintió como se le erizaba el vello de la nuca.

En el interior de la inmensa fosa común, una veintena de médicos forenses ucranianos y rusos, hormigueaba sobre cientos de cadáveres.

La visión de la interminable sucesión de despojos humanos, alineados en doble fila y amontonados unos sobre otros, perturbó el ánimo del ministro ruso por completo. A medida que sus ojos recorrían la enorme fosa común, la cólera anegaba su interior amenazando con desbordarse.

Apretó con fuerza los puños dentro del pesado abrigo, y poco a poco logró dominarse.

Había sido informado de que aquellos restos pertenecían a soldados del ejército rojo fusilados en 1941, durante los primeros meses de la invasión alemana, cuando parecía que nada ni nadie conseguiría frenar a los ejércitos de Hitler. Por aquel entonces, las divisiones acorazadas alemanas habían avanzado sobre el territorio de la Unión Soviética desplegadas en tres grandes puntas de lanza imparables, repitiendo en el este los mismos éxitos que la nueva forma alemana de hacer la guerra, la llamada “guerra relámpago”, les había proporcionado en el oeste de Europa. Habían aniquilado toda resistencia a su paso y arrollado a cuantos ejércitos rusos se les pusieron por delante. Una tras otra habían encadenado las impresionantes victorias iníciales que llenaron de asombro y temor al mundo entero; hasta que exhaustos, y paralizados por el invierno más duro del siglo, hombres y maquinas se vieron forzados a detenerse a las puertas de Moscú.

En los próximos días, más de sesenta años después del fin de la segunda guerra mundial, una delegación del gobierno alemán iba a reunirse en Kiev con los presidentes de Rusia y Ucrania para negociar la concesión de nuevos créditos a las arruinadas economías del antiguo bloque soviético. Si algo podía unir a rusos y ucranianos, ese algo era el dinero; sentían verdadero pánico ante la posibilidad de que algún imprevisto pudiera enturbiar la reunión con los alemanes. La aparición días atrás de aquella fosa común, había sido considerada como un inesperado inconveniente que dejaría de serlo si pasaba completamente desapercibido. Los burócratas de ambos gobiernos no cesaban de repetir que a nadie beneficiaba, a estas alturas de la historia, recordar la última guerra. Olvidar, argumentaban con énfasis, podía ser ahora un acto tan patriótico como luchar contra el invasor lo había sido en el pasado. Las  cabezas de la actual nomenklatura, la nueva y privilegiada clase dirigente, asentían entre murmullos de aprobación mientras hermosas azafatas con bandejas de canapés se deslizaban sonrientes a su lado. La consigna común era evitar a toda costa herir susceptibilidades en la delegación alemana; así que se habían adoptado, con inusual celeridad, las medidas necesarias para impedir que la prensa tuviera conocimiento del indeseable hallazgo. El hecho de que el número de cadáveres siguiera aumentando hora tras hora en aquel bosque perdido de Ucrania, alimentaba ciertas inquietudes en Moscú y Kiev. En ambas capitales comenzaban a oírse con fuerza las voces de quienes aconsejaban volverlos a enterrar y olvidarse de una vez por todas de tan desagradable asunto. La visión de miles de desastrados veteranos de guerra cargados de medallas y protestando con sus ridículas pancartas frente a las embajadas de Alemania quitaba el sueño a más de un alto cargo; mil millones de euros procedentes de Berlín daban para mucho, y quien más quien menos tenía una amante que mantener o un nuevo vehículo de importación que adquirir.

“Eso, ha aparecido en un momento de lo más inoportuno.” Le había comentado al ministro -con un desapasionado cinismo que éste encontró repugnante-, un alto funcionario del Banco Central Ruso.

Ahora, en un bosque de Ucrania, los ojos del ministro ruso de Asuntos Exteriores recorrían la inmensa fosa común mientras su mente no dejaba de darle vueltas a lo que eso, que estaba ahí mismo, a sus pies, significaba: << ¡Eso de ahí somos nosotros, maldita sea! >>

Los jóvenes soldados y el grupo de forenses trabajaban a su alrededor en silencio. El ministro pensó por un momento que se sentía mucho mejor en aquel bosque helado, que rodeado de funcionarios corruptos que sólo se ocupaban de sus mezquinos intereses, que se arrodillaban ante el chorro de divisas procedentes de Alemania.                 << Invadieron nuestra tierra, mataron a nuestros padres, asesinaron a más de veinte millones de compatriotas arrasándolo todo a su paso como una plaga de langosta; y ahora... ahora tenemos que humillarnos ante ellos para no morirnos de hambre. Incluso escondemos nuestros muertos como si nos avergonzaran. >>

El ministro torció el gesto asqueado.

<< Definitivamente, en este desquiciado mundo hay algo que se me escapa. >>

Desde el interior de la fosa común, el equipo de médicos forenses miraba con indisimulada curiosidad al ilustre visitante. Observaban fascinados al hombre a quien todos los pronósticos señalaban como sucesor del actual presidente de la Federación Rusa. Desde su más de metro noventa de estatura el pétreo rostro de campesino del ministro ruso de Asuntos Exteriores les contemplaba a su vez silencioso y distante.

A todos ellos aquel rostro les resultaba cercano y familiar. Apenas había día en que no se lo encontrasen por televisión al llegar a casa; mirándoles fijamente desde la pantalla, hablándoles con aquella voz ronca y poderosa, segura, cargada de autoridad.

Tan sólo uno de los forenses permanecía ajeno al espectáculo. En claro contraste con la actitud del resto de sus colegas, no parecía sentir el menor interés por la presencia, allí, de un alto cargo de la Federación. Continuaba ensimismado en su trabajo, aislado de cuanto aconteciera a su alrededor.

El ministro se fijó enseguida en aquel hombre. Aprobó complacido la total concentración que reflejaba su pálido semblante; encontraba inusual una actitud tan segura y profesional en alguien tan joven. Reparó en como las cuidadas manos del médico, de largos y delicados dedos, trabajaban de forma metódica y precisa. Sin saber muy bien porqué lo hacía, se puso en cuclillas al borde de la zanja y continuó observándole. La profundidad de la fosa era escasa, apenas dos metros, y viéndole trabajar tan de cerca sintió una inmediata simpatía por ese joven que continuaba su labor cuando todos paraban; completamente abstraído de lo que sucedía en torno suyo, como un violinista tan enfrascado en su música que siguiera tocando en solitario con toda la orquesta detenida a su alrededor.

-¿Les disparaban a todos en la cabeza? -Alzando la voz el ministro señaló el cráneo que el médico sostenía en su mano.

El joven levantó la vista. No pareció inquietarse lo más mínimo ante la presencia, allí a su lado, de un hombre tan poderoso.

-No, no son orificios de bala -el forense se incorporó cortésmente-. Eso al menos lo tuvimos claro desde el primer momento -Las piernas se le habían quedado entumecidas, y se apoyó en la pared de la zanja antes de proseguir-. Veo que no ha leído usted el informe preliminar de la comisión médica -las miradas de ambos hombres se cruzaron y el ministro negó con la cabeza-. Ya... entonces aún no lo sabe.

-¿Saber el qué? -Inquirió el ministro.

-A estos hombres no los fusilaron. Murieron tras una operación cerebral, una trepanación en vivo-. El médico esbozó media sonrisa que el ministro encontró llena de tristeza -Lo que está viendo hoy aquí -continuó diciendo-, lo que les hicieron, no es algo muy frecuente. Se han encontrado casos así en otras partes; de vez en cuando surgen por aquí y por allá, pero nunca antes habían aparecido en tan alto número. Al menos que yo sepa.

-¿Ha dicho que les hicieron una operación cerebral? -Aquello le había cogido totalmente por sorpresa-. ¿Con qué propósito?

El médico se cruzó de brazos y miró a su alrededor.

-Hay más de veinte especialistas aquí. Ellos piensan de una manera, yo tengo mi propia teoría... le sugiero que no pierda su tiempo conmigo y hable con ellos señor.

El rostro del ministro se endureció.

-Cuando empiece a aceptar sugerencias se lo haré saber, doctor -con un leve gesto de su cabeza abarcó al personal médico que les rodeaba, suavizando su tono al preguntar-: dígame. ¿Qué opinan ellos?

-A decir verdad no saben muy bien que pensar -el joven forense reanudó su trabajo mientras hablaba-.  Diría que se limitan a creer lo que les han hecho creer.

-Lo que les han hecho creer...

El ministro dejó sus palabras flotando en el aire. El matiz de irónica duda con que las había pronunciado no hizo la menor mella en su interlocutor, y eso le gustó. Aquel joven ni siquiera había bajado la voz al contestar a su pregunta, como si le importase muy poco lo que sus cercanos colegas pudieran opinar acerca de cuanto decía. Tampoco halló el menor rastro de vanidad o presunción en él. Tan sólo creyó percibir cierto hastío, cierto cansancio de todo y de todos.

Siguió observando su trabajo: con un pequeño cepillo metálico quitaba lenta y minuciosamente restos de tierra adheridos al cráneo que sujetaba en la mano. Escrutó su rostro con atención, y ya no le pareció tan joven. << Tendrá unos treinta años >>, calculó.

-Y bien, doctor. ¿Cuál es esa teoría suya?

El forense dejó lo que estaba haciendo. Al ministro le dio la sensación de que aquel joven estaba analizándole, evaluándole. Como si tuviera que decidir si su interlocutor merecía escuchar sus explicaciones.

-Estos cadáveres no son soviéticos, son alemanes -acabó por decir.

-¿Pretende hacerme creer que fueron los nuestros quienes hicieron esto?

-No. Yo no he dicho tal cosa. Quienes los mataron también eran alemanes.

El ministro estaba desconcertado.

-¿Qué razones podrían tener para eliminar a compatriotas suyos, y además aquí, en este bosque, tan lejos de Alemania?

-Desconozco porqué los trajeron a este lugar -el médico dejó vagar su mirada entre los árboles-. Seguramente serían presos políticos; no sé, comunistas, anarquistas, homosexuales, desertores... gente así. Pero desde luego eran alemanes. Para lo que tenían que hacer necesitaban arios puros   -la triste sonrisa apareció nuevamente en el rostro del joven-, por fortuna nosotros no les servíamos.

-Así que no les servíamos... -el ministro ruso estaba cada vez más intrigado-. ¿No les servíamos para qué?

-Fíjese en este agujero -el médico le mostró el cráneo que sujetaba entre las manos. Con el dedo índice señaló el perfecto orificio, de apenas un centímetro de diámetro, situado entre las orbitas supraciliares-. Todos los cráneos de esta fosa lo tienen. Todos. ¿Sabe usted por qué? ¿Cree acaso que ellos lo saben? -Señaló con la barbilla a sus compañeros-. Llevo ya cinco días en este bosque escuchando todo tipo de especulaciones al respecto, pero la verdad... -el joven titubeó-. Mire, sé lo que pensará de mí cuando escuche esto, pero el único propósito de una operación así sería intentar la apertura del llamado “tercer ojo”. Es la única explicación razonable. El resto no son más que especulaciones absurdas y falsas.

-¿Podría repetirlo doctor? No debo haberle oído bien...

-Me ha oído usted perfectamente señor. Los hombres que hicieron esto no eran soldados de un pelotón de ejecución; eran personal médico, neurocirujanos extraordinariamente competentes. Pero desde luego no la clase de médicos en la que estamos acostumbrados a pensar. Estos eran muy distintos. No tenían como objetivo salvar vidas, no era eso lo que buscaban. Buscaban otra cosa.

-¿Qué cosa?

-Acabo de decírselo -el doctor miró fijamente al ministro-. Trataban de encontrar el tercer ojo, la mítica conexión con la glándula pineal. No sabe de qué estoy hablándole ¿verdad? No, desde luego que no lo sabe. Pero eso no cambia las cosas.

El ministro se percató inmediatamente del cambio que acababa de fraguarse en aquel joven: su actitud desafiante, propia de quien tiene una absoluta seguridad en sí mismo, luchaba por imponerse al hastío y la tristeza aun presentes en su rostro.

-En el Tíbet se han hallado cráneos como estos, exactamente iguales, la misma operación -prosiguió diciendo el médico-. Usted sin duda habrá visto el tilak , el  punto  rojo que llevan los hindúes en la frente,  ¿verdad?

El ministro asintió.

-Para  ellos  esa  marca  simboliza el tercer ojo, la llave de la iluminación -explicó el joven-. Es un mito conocido desde la antigüedad y que se haya presente en culturas muy diversas. Los antiguos egipcios lo denominaban “el ojo de Horus”.

Apoyó el cráneo sobre uno de los plásticos que cubrían el borde de la zanja, y le colocó una etiqueta en la que hizo una rápida anotación con un lápiz.

-¿Para qué sirve ese tercer ojo? -preguntó el ministro.

-No sirve para nada porque no existe.

-¿Me está diciendo que mataron a cientos de los suyos para buscar algo que en realidad no existe?

-Efectivamente -el médico empezó a rebuscar en sus bolsillos.

Para entonces, el ministro ruso se hallaba ya totalmente convencido de que a aquel joven no sólo no le afectaba lo que otros pensasen acerca de él o de sus opiniones, sencillamente no le importaba en absoluto. Su actitud, que en un principio le había complacido, comenzaba a resultarle exasperante.

-Se lo preguntaré de otro modo: si ese... ese tercer ojo, esa glándula pineal, o como se llame, existiera... ¿Para qué serviría?

-La glándula pineal sí existe, por supuesto que existe -el médico había encontrado por fin el arrugado paquete de cigarrillos sin filtro que buscaba; con un experto toque hizo asomar uno de ellos del paquete y lo atrapó entre sus labios. Sacó un mechero de gasolina del bolsillo, encendió el cigarrillo, y le dio una profunda calada, soltando el humo lentamente antes de proseguir-: Está ubicada en el centro del cerebro y se encarga de producir melatonina. Curiosamente es casi tan sensible a la luz como la retina, y en cuanto a sus funciones...

-¿Si ese tercer ojo existiera, para qué serviría? -El ministro le interrumpió, deseando terminar cuanto antes la conversación.

-Serviría para conocer la verdad -respondió el médico; con una calma que el ministro encontró desconcertante.

-¿La verdad? ¿Pero se puede saber qué intenta decirme? -El ministro no intentaba ya disimular su malestar e impaciencia-. ¿La verdad sobre qué?

-La verdad sobre todas las cosas, la única verdad -el joven hizo otra pausa mientras daba nuevamente una calada al cigarrillo-. Serviría para desentrañar todos los misterios del mundo, todas las preguntas sin respuesta.

-Ya, claro... la verdad...

Al ministro ruso se le hizo patente de pronto la inutilidad de aquella conversación. El completo sinsentido de haber ido a parar a un bosque en medio de Ucrania, con ese viento helado que te llegaba hasta los huesos, para hablar con un hombre acerca de acertijos que no conducían a ninguna parte.

Se puso en pie, y estuvo a punto de marcharse. Pero en última instancia, el paciente y metódico fiscal que una vez había sido, regresó para calmar al ahora todopoderoso ministro. Su semblante cambió, y su voz volvió a sonar de nuevo amable y persuasiva.

-¿Pensaban acaso que la verdad se haya oculta en el interior del cerebro humano? Eso carece de lógica doctor.

El médico sonrió.

-Los hombres que hicieron esto no opinaban de la misma forma. Verá, ellos creían que nuestros ojos son un mecanismo primitivo, incompleto. Pensaban que con ellos sólo vemos un mundo engañoso, irreal, una caverna de Platón por así decirlo. El tercer ojo conferiría la capacidad de ahondar en el mundo sutil, el que no podemos percibir con nuestros sentidos humanos e imperfectos. Nos permitiría ver lo invisible y acercarnos a lo desconocido, a lo verdaderamente real. Sería una especie de conexión directa con la fuente de la sabiduría. Incluso había quien pensaba que el tercer ojo permitiría realizar viajes astrales, viajar saliendo de nuestros cuerpos físicos, viajar con la mente...

-Doctor -el ministro dio definitivamente por agotada su paciencia-: ¿Qué marca de vodka ha tomado? -Puso sus grandes manos sobre los hombros de los escoltas, que acababan de acercarse al lugar-. Parece excelente, de veras. Los chicos y yo quisiéramos probarlo también.

Los dos guardaespaldas trataron respetuosamente de aguantar la risa y desviaron la mirada. Con esos cadáveres ahí abajo el ambiente que se respiraba no era de fiesta precisamente, y por otro lado se solidarizaban con el doctor. Conocían de sobra el tonillo que su jefe estaba empleando: habían tenido que sufrirlo muchas veces en sus propias carnes.

El médico ni se inmutó. Se guardó en un bolsillo el cepillo metálico con el que había estado limpiando el cráneo, y acercando este con ambas manos a sus labios sopló con fuerza sobre su superficie. Lo estudió con atención un par de segundos y se lo tendió al ministro, que lo cogió con cierto desagrado. Después, ofreció su mano a uno de los guardaespaldas para que le ayudase a salir de la fosa, y subió junto a ellos.

-¿Ve el puente metálico y las fundas de oro sobre las muelas? -El forense señaló el cráneo que el ministro sostenía en sus manos-. Pues verá, resulta que no son rusos. ¿Comprende? Eso que tiene ahí es odontología alemana de los años treinta. Puede hacer que otros lo comprueben si quiere; y no es un caso aislado, créame, hay muchos más. Le repito que esos de ahí abajo no eran soldados del ejército rojo. Eran alemanes.

-Pero eso no significa...

-¡Sí! ¡Sí significa! -El médico cortó bruscamente al ministro, y agitando sus manos con vehemencia continuó hablando rápida y atropelladamente-. Se lo dije antes y se lo vuelvo a repetir ahora: aquí se cometieron cientos de asesinatos, pero por razones que nada tuvieron que ver con la guerra. Lo que aquí sucedió fue algo muy distinto. Estos hombres fueron sacrificados por razones que ni usted ni yo podemos comprender, y por individuos que para nada veían el mundo como lo vemos nosotros -Desde el interior de la fosa común los forenses presenciaban pasmados el cariz que iba tomando la conversación-. En este bosque se celebró un ritual mágico que nada tiene que ver ni con nosotros ni con nuestro tiempo -continuó diciendo el médico-. Algo así no se había hecho en Europa desde hace más de mil años. ¡Mil años! ¿Se da cuenta de lo que estoy diciéndole? No, ¿verdad? Me parece que no... Pero que usted lo entienda o no resulta indiferente y no altera los hechos lo más mínimo.

El doctor lanzó disgustado su cigarrillo sobre la nieve. Ante la sorprendida mirada del ministro y sus escoltas, que habían presenciado el inesperado arrebato sin pestañear, se dio media vuelta, y sin despedirse siquiera comenzó a caminar pausadamente en dirección a las tiendas de campaña del ejército. Allí, dos soldados removían con cazos el interior de gran olla humeante que reposaba sobre una hoguera, y comenzaban a servir platos de sopa caliente al personal médico y militar.

El ministro ruso se quedó mirando el cráneo que sostenía entre sus manos sin saber muy bien qué hacer con él. Al final optó por dejarlo, con respetuosa delicadeza, sobre uno de los montones de tierra que bordeaban la fosa común.

                   

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