TÍTULO : Aquella mujer cincelada en blonda negra
AUTORA : Rita Luna
En la fiesta de Cuca Fierro encontré a la mujer más fatal que había conocido jamás. Se llamada Ariadna Sampetri y estaba impecablemente operada. Su cara tersa y luminosa como un amanecer de primavera no parecía tener edad, ni su cuerpo moldeado en silicona, ni aquel recogido de hilos dorados y perfiles contracurvos que brillaba hechicero bajo la luz de las antorchas amarillas. Aquella noche, la Sampetri llevaba un vestido de blonda negra tan ceñido que resaltaba sus contornos de manual y el cutis de nieve, convirtiéndola en un ser casi insubsistente.
Una amiga común me dijo que era de Caracas y que llevaba pocos meses en Madrid. Había venido a la ciudad para airearse un poco y a espantar el aburrimiento pegajoso que conlleva ser la consorte de un alto mandatario del gobierno.
Su marido se había quedado allí amarrado a las incontables obligaciones de su cargo. Al parecer Rosendo era el responsable de supervisar personalmente las arengas de la cúpula del Movimiento de la V República, elegir los menús en las comidas de Estado, combinar el atuendo del primer hombre de la nación -poco familiarizado con las frivolidades de la moda- y, sobre todo, cuidar de que las hordas de insurrectos no volvieran a levantar la cresta, como aquel nefasto abril del 2002. Pero por la ciudad de la Villa y la Corte también corrían otras informaciones menos halagüeñas sobre el insigne personaje e, incluso, algunos malintencionados me aseguraron que no todo era trabajo en la rutina de su Eminencia y que Rosendo Manteca, además de su habilidad como estadista, también era un conocido estratega en el arte de la seducción.
Los devaneos extramatrimoniales de Manteca me parecieron argumento suficiente para lanzarme sin remordimientos a la conquista de su bella esposa, aunque tengo que confesar que aquella noche no tuve la más mínima oportunidad de atraer su atención a pesar de girar a su alrededor como el satélite sin voluntad y obligar a Cuca a presentarnos con todas las formalidades de la buena sociedad bajo un sauce temblón. Inexplicablemente, Ariadna se las arregló para burlar el cerco y escaparse a la rosaleda del lago con Carlos Mendoza, donde permaneció el resto de la velada hasta que se hizo humo en la negrura de la noche convirtiéndose en un recuerdo inalcanzable. Le pedí su teléfono a Cholo Díez Flux que juró sobre sus dedos cruzados enviármelo a mi correo personal, cosa que -como yo había previsto por su expresión huidiza- nunca llegó a suceder.
Un mes más tarde volví a encontrarme a la mujer tallada en blonda negra en la fiesta de los López-Arregui. Esta vez iba esculpida en un vestido de satén rojo sangre y llevaba el pelo trenzado entre tiras de tela del mismo color, emulando a la pintora mejicana Frida Kahlo. Su espalda blanca inclinada contra la barra del bar me pareció una ladera helada y fantasmagórica que seguramente acabaría en dos glúteos perfectos e igualmente glaseados, para dar paso a las piernas mejor contorneadas que yo habría visto en mi vida. Mi imaginación calenturienta me llevó hasta dos pies de mármol, blancos como la luz y suaves como la seda. Me acerqué deprisa, antes de que otro Carlos Mendoza se la llevara por la puerta falsa a la espesa arboleda del jardín posterior de la Villa y le pregunté con pretendido desenfado
-¿Qué tal, Ariadna. Se acuerda de mí? Nos presentó Cuca Fierro en su última fiesta, hace justo un mes.
-¿En la fiesta de Cuca Fierro? ¿hace un mes? –contestó, levantando dos cejas primorosamente depiladas, con otras dos preguntas como si su vida fuera una cadeneta de celebraciones tan larga como difícil de recordar.
-Sí, en la fiesta de Cuca. En Villa Juliana, hace un mes. Usted llevaba un vestido de blonda negra con escote palabra de honor, pendientes de azabache a juego con un solitario de grandes proporciones y acabó evaporándose con el tontaina de Carlos Mendoza por la puerta de servicio a las dos y cinco de la mañana, después de tomarse dos Gin Fizz y fumarse media docena de cigarrillos Marquise –le contesté anudando mis nervios desatados a un sólido arco de paciencia - Soy Fernando Ascaso.
-¡Ah, chévere! Disculpe Fernando. Soy un verdadero desastre para las caras, aunque no crea que con los nombres me va mucho mejor! ¿Es de los Ascaso promotores?
-No. Ni siquiera los conozco.
-¿De los importadores de Aceto Balsámico?
-No
-¿Los magnates de los tapones óticos antibacterias?
-No –volví a negar empezando a sentirme de nuevo bastante incómodo.
-Entonces será de los Ascaso de la planta de salazones...
-Tampoco tengo nada que ver con esos verdugos de chanquetes.
-Lo siento, cónchale, no debí confundirle con esos especuladores de aguas revueltas. Seguro que es usted uno de los socios mayoritarios del prestigioso bufete Ascaso & Asociados.
-Volví a negar y antes de que nombrara a todos los Ascaso de la guía de las fortunas más granadas de la capital, aclaré:
-No soy ningún potentado, como usted parece suponer. Pertenezco a los Ascaso-fracaso, a esos que les cuesta llegar a fin de mes, conducen utilitarios de segunda mano, comen bocadillos de mortadela y jamás se hacen la manicura. De hecho, soy un vulgar espadachín. Adiestro en el noble arte de la esgrima a todos los niños posh de Madrid.
Como era de esperar, Ariadna acogió la noticia con el falso interés teñido de aburrimiento, tan propio de las damas de educación esmerada y se enzarzó de nuevo en un interrogatorio sin fin, ahogando los bostezos detrás de su pañuelito bordado, sobre si daba clase a los vástagos de tal o cuál familia de viejos conocidos y sobre la habilidad de cada espadachín en tan noble arte.
En el mismo instante en que la absurda conversación, plagada de tópicos y preguntas redundantes, comenzaba a hundirse y mi interés como galán con ella, los músicos de cámara arrancaron el baile con el vals “Sangre Vienesa” y aprovechando un breve inciso la invité a compartir conmigo los fantásticos compases sin esperar respuesta, a la vez que arrastraba su delicado cuerpo hacia el punto central de la pista y la tomaba firmemente por la cintura.
Ariadna era una experimentada bailarina y yo profesor de esgrima e instructor de baile de salón, así que giramos al son de aquella música como dos cuerpos sin gravedad, deslizándonos entre el resto de las parejas tan delicadamente que la mayoría se detuvo a contemplar el mágico espectáculo. Parecíamos haber nacido y crecido dentro de aquella antigua partitura de 60 compases por minuto y formar parte de la materia de cada nota. Como si Strauss hubiera considerado nuestras almas los ingredientes esenciales de su cadencia y ritmo. En cada volantín se desprendía un suave olor a heliotropo de la Sampetri y su piel era tan blanca y suave como las hojas de una camelia fresca. Ariadna era, en suma, un verdadero lujo para ser disfrutado con los cinco sentidos. Quería que el tiempo se detuviera justo ahí para continuar girando por toda la eternidad. Y casi lo conseguí. Seguimos bailando en una especie de trance maravilloso hasta que los músicos anunciaron un intermedio para reponer fuerzas y Ariadna recogió su pequeño bolso de fiesta para retocarse el maquillaje en el lavabo.
Pasó más de media hora y -a pesar de estar poco versado en asuntos femeninos de tocador- encontré exagerada aquella tardanza para empolvarse una nariz diminuta y sin orografía aparente. La orquesta acometió la segunda parte de la velada de nuevo con “La Sangre Vienesa” como para corroborar que esa sería nuestra canción desde ese momento en adelante, pero Ariadna había desaparecido. La busqué por la cocina, el salón de fumadores y los cuartos de baño del piso principal con los nervios cada vez más alterados, hasta que vi su silueta inconfundible bañada en rayos de luna atravesando el jardín apoyada en el brazo del bastardo de Díez Flux, el primo más impresentable de Cuca Fierro.
Cuando se la tragó la noche, abandoné la fiesta de pésimo humor, no sin antes tener la precaución de pedirle el teléfono de la belleza esquiva a los López-Arregui, pero ellos juraron no poder dejar ni por un momento a sus huéspedes y prometieron enviármelo tan pronto como recuperaran el dato de la lista de invitados.
A mediados de marzo los Rodríguez-Sampedro organizaron, como cada año, su célebre Fiesta de la Primavera. Era un acto sublime que no me hubiera perdido por nada del mundo. Los Rodríguez-Sampedro contaban para la ocasión con dos grandes carpas de tul de mil colores anuladas con bouquets de magnolias y flores de azahar en los vértices bajo las que se resguardaban largas mesas de buffet frío donde los exquisitos manjares se alternaban con arreglos de orquídeas. Cuando la vi llevaba un Marquise en una mano y un Gin Fizz en la otra y parecía muy feliz de volver a encontrarme. La abracé incrédulo, saludándola con dos besos formales en las mejillas. Debía ser mi día de suerte porque, aunque estaba esperando que se esfumara en el momento más inoportuno, no se separó de mí en toda la tarde y cuando los camareros comenzaron a retirar los restos de las fuentes y los músicos hicieron un discreto mutis por la puerta de servicio la invité a remar en el Parque del Retiro y me dijo que le parecía la forma más fantástica de bajar los vahos de la docena de Gin Fizz que, a esas alturas del día, los dos llevábamos en el cuerpo. Aquella noche acabamos en mi apartamento cenando comida china del restaurante Nuevo Milenio con cava helado para reponer los efluvios perdidos durante la travesía lacustre.
A partir de aquel día, Ariadna me dejó descubrir la violeta que dormía acurrucada detrás de su sofisticada apostura de orquídea tropical. Nos veíamos a salto de mata. Yo tenía aquella primavera más clases que nunca, así que Ariadna acudía a casa de mis alumnos por la puerta de servicio para alimentar nuestro deseo en los sitios más insospechados. Aprovechando los minutos que los niños necesitaban para enfundarse el equipo de esgrima o asearse al final del ejercicio, llegamos a hacer el amor en los dormitorios de invitados, en el cuarto de plancha, en la despensa, en los baños y hasta en el cobertizo de máquinas de la piscina, amenizados por los ensordecedores gruñidos de la depuradora.
Aquella pasión que nos devoraba irremediablemente convertía su matrimonio en un drama de fondo, que nos impedía disfrutar de esos momentos en toda su almibarada dimensión y nos sumía en la depresión más profunda cada vez que debíamos separarnos o fingir ante los demás que solo éramos una especie de conocidos lejanos. Así que Ariadna, en un arrebato de valentía, decidió volver precipitadamente a su país para solicitar el divorcio y poner en orden sus asuntos económicos. A su vuelta, podríamos dejar de jugar al escondite, pasearíamos bajo el sol, iríamos al cine y haríamos todas esas cosas que hacen las parejas vulgares, sin sentir día y noche el aliento de los guardaespaldas de Rosendo Manteca humedeciendo nuestros cogotes ni ver sus sombras corpulentas salpicadas por portales y callejones.
Una semana después de su marcha, harto de noches de insomnio, del ansia que me dominaba y de las estocadas traicioneras con que mis alumnos se aprovechaban de mi súbito atolondramiento, decidí hablar con Cuca Fierro, los Lopez-Arregui, los Rodríguez-Sampedro y Cholo Díez Flux para anunciarles mi próximo viaje a Caracas, sin especificar el motivo de mi repentina decisión. Pero en lugar de animarme a que hiciera un alto en mi agitada vida de profesor, como habían hecho en otras ocasiones menos justificadas, su reacción fue tan fría y cortante que me hizo sentir extraño y repudiado entre las personas que antes parecían apreciarme más como amigo que como empleado.
Durante el resto del día pasé ciertos episodios de incertidumbre aguda, sin saber si ausentarme en esos delicados momentos significaría mi suicidio profesional en una ciudad que tan bien me había recibido a pesar de carecer de referencias y proceder de un país extranjero; aunque, a medida que pasaban las horas, iba afianzándome en la idea de que debía seguir mi propio instinto: había decidido dar una sorpresa a Ariadna y apoyarla en el conflictivo trance del divorcio e iba a hacerlo, muy a pesar de todas las caras de acelga mustia con que me obsequiaran mis clientes pocas horas antes.
Para demostrarme a mí mismo que no habría vuelta atrás, aquella misma tarde compré un billete de ida para primera hora de la mañana siguiente en la agencia Viajes La Fuerza del Destino, pensando que el nombre de la compañía también formaba parte de algo escrito de antemano por una mano invisible que guiaba mis pasos desde la sombra y escribía mi cuaderno de Bitácora. Corrí a casa a prepararme el equipaje, sin poder evitar un cierto regusto amargo por la estela de dificultades que dejaba atrás y los nuevos problemas que, a buen seguro, estaba a punto de toparme en la otra punta del planeta.
La cena ligera y el tazón de tila con el que intenté ablandar mi ansiedad no contribuyeron a que el descanso fuera más profundo y tranquilo. Al contrario. Aquella noche di más vueltas que un Derviche, envuelto en sudor y temblores. Mil veces me desperté y otras tantas volví a dormirme en un estado de profunda agitación. Soñaba con flores exóticas, dormitorios extraños y sonrisas nacarinas de rictus diabólicos enzarzadas en una horrible danza carnavalesca a mi alrededor que yo percibía a través de la veladura impuesta por un foulard antiguo de encaje negro que alguien había anudado sobre mis ojos.
Aquellas visiones pretendían decirme no sé qué. Era como si un sexto sentido quisiera despertar a los otros cinco y ponerlos sobre aviso de algún peligro inminente. Pero el supuesto sentido extra nunca llegó a desvelar los secretos que habría descargado sin orden ni concierto en cualquier rincón perdido del subconsciente, porque unos golpes en la puerta acompañados de algunas voces destempladas, que decían ser policías, me sacaron del duermevela de un violento sobresalto.
Abrí la puerta mareado y confuso para toparme con dos tipos malencarados que me empujaron con rudeza exhibiendo, sin aminorar sus zancadas de colosos, una placa de metal y un papel algo arrugado.
-¡Hágase a un lado cretino. Traemos una orden para registrar la casa! –dijeron con voz aguardentosa y unos modales de matón de película que me dejaron totalmente fuera de combate.
Me deje caer en la chaise longe del salón con la cabeza hundida entre las manos sin conciencia exacta de lo que estaba pasando, ni deseos de saberlo hasta que uno de ellos me hizo levantar la vista para enseñarme un puñado de bisutería que al parecer estaba oculta entre mis prendas de invierno y yo no había visto en toda mi vida. Lo peor del caso es que esa era solo una parte insignificante del botín sustraído a mis ilustres clientes, en las últimas semanas; simples copias para lucir en fiestas tumultuosas con dispositivos de seguridad deficientes. Pero, las perlas exóticas de Cuca Fierro, el gran diamante azul de los López Arregui, la pitillera de oro blanco y brillantes del plasta de Díez Flux y parte de las joyas que la última zarina rusa llevaba cosidas en su corsé en el momento de su detención por las fuerzas revolucionarias -propiedad a la sazón de los Rodríguez Sampedro- lamentablemente se habían esfumado sin dejar ni rastro.
También encontraron el billete para Caracas y lo consideraron como la prueba irrefutable de mi culpabilidad como ladrón de guante blanco y de mi deseo de poner tierra por medio para comenzar una nueva vida de lujo y disipación en el Nuevo Continente.
-Ha apurado usted demasiado la frenada, amigo –sentenció el más cabezudo de los dos, aficionado seguramente a las carreras de velocidad, mientras me esposaba con las manos a la espalda- Si se hubiera largado antes de pulirse las bagatelas de la Romanov no lo hubiéramos enganchado nunca. Sus clientes necesitaron algunas fiestas para darse cuenta de que lo único que compartían las cuatro familias no eran los servicios de catering, ni los músicos húngaros, ni la empresa de jardinería y fumigación, sino justamente, ese profesor de esgrima tan educado y atractivo como, en el fondo, misterioso y desconocido que encima pretendía hacerse humo, al día siguiente, con el pretexto de tomarse unas merecidas semanas de holganza.
En la cárcel pensé mucho en Ariadna y en la prisa por volver a su país que le entró de repente. También en aquellos encuentros furtivos en casa de mis alumnos y en los gorilas que la seguían pegados como dos esparadrapos por portales y callejones, sin darle el más pequeño respiro. Pero, por si resultaba que al final, la violeta que descubrí acurrucada tras la exótica orquídea de pétalos negros, había sido otra víctima de esta sórdida historia, nunca la denuncié, ni les hablé de su Eminencia Rosendo Manteca, absteniéndome incluso de desmentir todas las acusaciones que parecían pender sobre mi cabeza y que aquellos servidores de la ley tan bien se encargaron de demostrar el día del juicio con un arsenal de pruebas incriminatorias, infalibles dotes de deducción y ese fino olfato con que la Providencia distingue sólo a sus sabuesos mejores.
La estación de los sueños rotos
La abuela Hilda se murió con el gesto malhumorado que le había acompañado en vida y con la trenza bien apretada. Pero algún alma de buena fe había cambiado la desteñida bata de algodón gris por la mortaja negra que mi madre había cosido para ella poco antes de abandonar este mundo. Allí estaban también los tres anillos de esmeraldas que custodió como una urraca hasta el fin de sus días. Mi abuelo los había hecho hacer -exclusivamente para ella- al mejor orfebre de Santa Clara, como regalo de boda dos meses antes de abandonar Cuba a la velocidad del rayo. La pareja venía huyendo de unos perros peludos, que bajaron de la montaña armados con fusiles e invadieron las calles de la Habana bailando guaguancó y siguiendo el ritmo a tiros para espantar a los partidarios del régimen y acabar con la presidencia de Fulgencio Batista.
Mi abuela fue algo oscura en sus creencias de la resurrección y el Más Allá. Como decían mis tíos, se pasó media vida entre sus prácticas adivinatorias y la realidad más cruda, trasteando con sus cartas y la güija, en un continuo deambular por desatinadas supersticiones traídas de su antigua Cuba natal; siempre mudando el humor, según viniera el aire o menguara la luna, de forma tal que ninguno de nosotros llegó a entender nunca sus impredecibles estallidos de rabia ni sus posteriores crisis de melancolía, pero las malas lenguas sabían muy bien el día en que Hilda perdió su corazón y dejó de oírse su risa cantarina. De eso hacía más de 50 años, cuando el cuerpo sarmentoso del cuarto de costura era sólo una preciosa muchacha, dispuesta a patear en la cara a su vergonzoso destino.
Esa noche llena de negros presagios, Hilda salió de casa sin dejarse acobardar por la lluvia helada, con el firme propósito de comprobar por sí misma lo que aseguraban hacía tiempo los corrillos de comadres. Se vistió con esmero y peinó su larga melena castaña deslizando concienzudamente el cepillo de carey entre los bucles brillantes con pulso firme; después, echó una mantilla a los hombros y se fue a buscarlo a la cantina, donde dos o tres pelanduscas medio desdentadas se ofrecían por cuatro perras a los viajeros solitarios y a algunos hombres del pueblo, de la cuerda de mi abuelo, que preferían los camastros llenos de parásitos del prostíbulo a las sábanas almidonadas del calabozo conyugal. Abrió la puerta y saludó a los presentes con voz alta y profunda, sin molestarse en disimular su procedencia indiana. Después, empezó a desnudarse despacio mirándolos fijamente a la cara, hasta quedar como Dios la echó al mundo en medio del burdel. Estaba embarazada de casi cuatro meses y tenía el vientre y los pechos dilatados de vida, la cara resplandeciente y la mirada resuelta; y, según cuentan, no hubo hombre allí presente que pudiera olvidar aquella aparición mágica por el resto de sus vidas. Pero ella estaba muy lejos de apreciar esas miradas hambrientas y por nada del mundo se hubiera distraído de su objetivo. Aunque no encontró al abuelo entre aquellos malencarados, no se dio por vencida; recogió su ropa del suelo la encajó de una patada debajo de la barra y se sentó en uno de los altos taburetes a fumar con su larga boquilla de baquelita negra y a beber aguardiente como un buscarruidos bien acostumbrado a las tertulias de taberna. Ya habría vaciado cuatro o cinco copas cuando Marcial apartó la cortinilla del reservado y entró al bar agarrado a una mujerona carnosa y colorada, que hacía lo imposible para mantenerlo derecho. Llevaba tanto orujo en el cuerpo que aún tardó varios minutos en descubrir aquella figura de porcelana encaramada sobre el taburete, apurando de un trago la copa. Ella sí que lo vio enseguida por el espejo picoteado del mostrador y, aunque hizo la vista gorda, fue tal su rabia y su dolor que el niño se le revolvió en el vientre como una culebra partida en dos, cuando sintió entrar por el ombligo la horrible pena de su madre mezclada con el último envite del diabólico destilado. A partir de aquel momento -le contó la abuela al tío Julio- el pequeño feto dejó de revolverse del todo y se fue a dormir la mona, a peso muerto, sobre las tripas de su madre.
La buscona trató de llevarse al borracho en volandas al catre de la trasera para evitar una violenta pelea dentro del local, pero el hombretón se negó en redondo a dejar su honor colgado de aquel taburete y a la vista de los más pendencieros del pueblo.
- Déjame, estúpida, tengo que tapar a esa mujer como sea -balbuceaba terco como una mula mientras se dirigía bamboleando al mostrador.
Tras la última columna descubrió, por fin, la espalda de porcelana de Hilda, recta como una vara, y su cara impasible reflejada en el mismo espejo en que antes ella confirmara la tropelía. La boca se abrió hasta desencajar las mandíbulas y se quedó así sin saber muy bien qué decir. Después, ella descendió lentamente del taburete empuñando la botella de aguardiente en la mano izquierda y, con sus ojos verdes clavados en la mirada borrosa del hombre, le asestó un botellazo en mitad de la cabeza que lo tumbó como a un viejo elefante moribundo. Varios hombres corrieron asustados al ver el reguero de sangre que se iba extendiendo bajo el cuerpo caído, pero la abuela aún impasible fue a recoger toda la ropa y, antes de salir a la noche helada, le dijo al herido:
-Cuando estés algo mejor, manda alguien a por tus cosas, compañero.
Marcial se recuperó del botellazo y el practicante del pueblo pudo retirar el zurcido de tripa seca algunos días después. Lo que no consiguió curar fue el orgullo del hombretón. Su vergüenza por el comportamiento de Hilda no tuvo fin. Se vio incapaz de volver a mirar a la cara a sus vecinos y, sobre todo, de enfrentarse al veneno de su enfurecida mujer y al desprecio de aquellos dos hijos tan serios que bebían los vientos por su madre. Así que un amanecer, sin recoger ni sus botas de serraje preferidas -las que utilizaba para ir al monte- se dirigió muy reconcentrado a la estación del pueblo. No llevaba maleta y sacó billete sólo de ida al punto más distante que le permitió su modesto capital, con la idea de comenzar otra vida en su nuevo destino con apellidos diferentes y pasado intachable. Cuando algunos meses más tarde nació su hija Berta, nadie supo dónde buscarlo para darle la feliz noticia y Marcial se quedó sin conocer a la muchacha más singular que se había visto en aquel valle.
En vista de la situación, la niña decidió crecer más deprisa de lo aconsejado para madurar como Dios manda, y dejó la infancia atrás antes de levantar cuatro palmos del suelo. A los seis años ya ayudaba a sus hermanos con la cosecha y el ganado, sacando energía de una fuerza interior que nadie acertaba a explicarse. Poco a poco, fue dominando las tareas más duras y complicadas sin pararse a pensar sobre la justicia o injusticia de la situación; o si sus hermanos se aprovechaban de su buena fe escabulléndose en cualquier rincón a sestear o a liarse un cigarrillo de picadura a espaldas de la abuela.
A los diez años, Berta ya almidonaba los manteles, las camisas y las sábanas de diario, zurcía con puntadas pequeñitas y regulares los calcetines de trabajo y arreglaba los trajes de pana hasta hacerse sangre en las puntas de los dedos, a fuerza de empujar la aguja por los gruesos costurones sin dedal; y todavía tenía tiempo para batir la nata, amasar el pan, poner la carne en adobo, limpiar de ratas el secadero y tener la comida a punto cuando los trabajadores llegaban del campo.
Nada se le ponía por delante y podía aprender cualquier cosa al vuelo, sin realizar apenas esfuerzo. Parecía una criatura feliz y no se encontraba entre sus defectos el derrotismo ni la quejumbre, aunque la ausencia de su padre y la desazón que se respiraba en la casa hacía de cada noche un pequeño infierno. A veces -cuando el aliento parecía faltarle- se escurría en la cama de su madre buscando un poco de calor, pero Hilda la echaba de su lado a patadas y empellones como una perra rabiosa. Desde el día que descargó la botella sobre la cabeza de aquel calavera, su corazón quedó reseco y enfermo y no volvió a permitir que ningún otro afecto penetrara en esa dura fortaleza, ni quería arriesgarse a que una nueva traición la volviera a asomar al abismo profundo de la locura.
-Ella también acabará por abandonarme cualquier día -pensaba a la defensiva cuando estaba a punto de claudicar.
No tenía más de 15 años cuando le pidió a mi abuela permiso para quedarse la pequeña casa de comidas de la estación. Quería ver de cerca los trenes, escuchar su traqueteo y sentirse parte del ir y venir de los pocos viajeros que transitaban por aquel pueblo escondido, pero Hilda no sabía qué pensar de la nueva aventura, así que consultó a la vieja baraja española que siempre llevaba en el bolsillo delantero de su guardapolvo y se sentó frente al velador, barajando muy seria las cartas. Le hizo cortar por tres veces con la mano izquierda porque era soltera; después, hizo la pregunta comenzando a colocar el primer montoncito en cuatro hileras iguales, y cuando el rey de espadas cayó justo debajo de la sota de copas, sus ojos comenzaron a echar fuego y lanzó los naipes de un manotazo, maldiciendo como una trastornada hasta al Divino Misterio.
Aquella noche vagó por la casa como un alma en pena mientras vaciaba la botella de aguardiente a trago limpio y fumaba cigarro tras cigarro con su vieja boquilla de baquelita. El amanecer cayó sobre ella como una losa que le aplastaba el alma, y por primera vez en muchos años no abandonó la cama hasta bien entrada la noche del día siguiente, en que volvió a deambular con la copa llena y el tabaco de liar desparramado en el bolsillo de la bata. Así, fueron pasando los días hasta completar las tres semanas. Los hombres de la casa estaban espeluznados, pero no se atrevían a decir nada porque la autoridad de su madre emanaba casi de Dios. Cuando daban todo por perdido, una madrugada ventosa saltó de la cama antes de salir el sol -tal y como lo tenía por costumbre-, rellenó la palangana de agua caliente y se refrescó el torso y los brazos, peinó su pelo aún brillante y castaño en una larga trenza y se puso un vestido limpio decidida a plantarle cara al destino y no darse por vencida así como así. Su primera medida fue prohibir terminantemente a Berta la aventura de El Bar de la Estación -que las cartas consideraban el único responsable de todas las terribles desdichas que aún estaban por venir.
Puesto que nada haría cambiar la decisión de Hilda, Berta no dijo nada; y aquel día, se retiró muy temprano a la habitación. Su madre no tardó en irse a la suya. Aún así, hizo varias visitas al cuarto de la muchacha sintiéndose
profundamente intranquila por la impasibilidad de la muchacha. Cuando, por fin, la oyó acostarse, se levantó despacio, metió en la maleta algo de ropa y los tres anillos de esmeraldas de la abuela y se fue a la estación a esperar el día, huyendo de los ojos de Hilda, tal como dieciséis años antes lo hiciera su propio padre. También ella sacó un billete sólo de ida y montó en el tren que cambiaría su vida con un profundo vértigo y miedo a lo desconocido. Estaba sola en el compartimento y se puso a mirar por la ventanilla pensando que era un momento, tan bueno como otro, para empezar a lidiar con la soledad que siempre acompaña al fugitivo.
Cuando llegó a Ponferrada, lo primero que vio desde el andén, fue el rótulo del “Hostal la Estación” que Berta tomó como la primera señal de su nueva andadura. Aún así, pasó una de las noches más tristes de su vida. Echó tanto de menos a sus hermanos que lloró hasta inflamar los párpados como los de un sapo viejo. Sólo el continuo silbido de los trenes aligeraba la pena y la hizo caer en un dulce desvarío de paisajes nuevos y vidas distintas, aún por estrenar.
Cuando desapareció el dinero, Berta seguía sin encontrar un trabajo que le permitiera pagar la cuenta de la fonda, así que la viuda acabó por ofrecerle una cama en la buhardilla y comida a cambio de algo de ayuda en el negocio. Berta la abrazó emocionada y sólo puso una condición: ver los andenes desde la ventana y el trasiego de la estación. Así se sentiría menos sola las largas noches sin compañía. Ramira no tuvo inconveniente y lo que comenzó como un impulso altruista, del que tuvo miedo de arrepentirse, pronto pasó a ser su mejor acierto. Por las mañanas, Berta se levantaba -como era su rutina- antes de amanecer, y cuando Ramira entraba en el comedor ya había fregado los suelos, sacudido las alfombras de los saloncitos, prendido el fuego de la cocina económica y preparado los desayunos de los huéspedes más madrugadores. Uno de ellos era Manuel, que siempre se sentaba en la mesa más cercana al mostrador para charlar con Berta y mirarla a sus anchas mientras trabajaba.
A la muchacha le gustaba su nueva vida y estaba hecha a los hábitos de la casa. Por las mañanas despachaba los trabajos del negocio y atendía el comedor; y por las tardes ayudaba a la modista de la avenida a cambio de algunas clases, en las que la mujer le enseñaba a cortar patrones, sobrehilar y coser en la vieja máquina de manivela que tenía en el taller. A veces, se encontraba con Manuel a la salida y volvían atravesando la rosaleda del parque. Ramira no sospechaba, ni por asomo, lo que se estaba tejiendo a sus espaldas y, sin darse cuenta, propiciaba el encuentro de la pareja en parques y cafés; o invitándolo a las salidas al campo que la patrona comenzó a organizar en vida de su marido para los huéspedes más antiguos de la pensión. El hombre intentó acabar con esta relación, antes de que la diversión se convirtiera en necesidad y cortó desayunos y encuentros casuales en el portalón de la costurera. Sólo bajaba al comedor al segundo turno y engullía la comida en dos bocados. Berta no entendía el cambio repentino de Manuel y esperaba cada día impaciente ese momento, aunque sólo fuera para cruzar algunas frases y ver aquellos ojos burlones otra vez. Pero la noche que Berta rozó su cara y le dejó en la piel aquel olor a manzana verde -tan propio de ella-, Manuel se aferró al brazo desnudo de la joven como un animal hambriento, clavándole las uñas mientras lo besaba con sus labios carnosos y húmedas. Ella no lo retiró ni cuando sintió sus dientes agudos morder la carne suave. De camino a la cocina las piernas le temblaban y sentía en su cara un calor abrasador y nuevo.
El resto de la noche fue un sueño nebuloso en el que ella ardía en fiebre, paseándose desnuda frente al espejo, y él velaba como un alma en pena. La muchacha se asomó a la ventana y supo que Manuel estaba allí, escondido en el jardincillo, fumando despacio y pensando deprisa; hasta que al final, muerta de miedo, se tiró bajo las sábanas heladas y cerró los ojos, pero hasta allí llegaba el humo del cigarrillo de aquel hombre que la espiaba en la oscuridad.
Los días siguientes fueron confusos. Manuel llenó un petate pequeño con cuatro trapos y emprendió uno de sus misteriosos viajes comerciales, dejando el resto de la ropa colgada metódicamente en el ropero. A la semana siguiente, Berta entró para comprobar que todo seguía allí, que nadie había pasado a buscar el equipaje. Abrió el armario y acarició los trajes de alpaca y el grueso abrigo de paño azul que él llevaba siempre en invierno, pero no se atrevió a abrir la maleta camuflada bajo la cama por si encontraba algo íntimo que ella no debiera ver. En lugar de eso, dejó uno de sus pendientes sobre la almohada por si volvía y entendía la llamada. Pero el hombre no daba señales de vida. Tres semanas más tarde, Manuel volvió a medianoche y, al quitarse la chaqueta, vio el arete de Berta brillando sobre la cama y sus últimas resistencias cayeron como un castillo de naipes en medio de un vendaval. La distancia no había resuelto el problema; al contrario, solo le había demostrado que no podía vivir lejos de ella. Sin pensar en las consecuencias, se dirigió al dormitorio de la muchacha, arrancó las mantas de la cama y cayó sobre ella como un felino hambriento. Berta no sintió vergüenza ni temor alguno, como si su olor y su piel fueran para ella un cuento viejo mil veces contado. Cuando la vio dormida, con su pelo ondulado y brillante desparramado sobre la sábana notó, por primera vez en su vida, que su corazón de hielo se estaba ablandando con un sentimiento casi nuevo para él, que hacía daño y dominaba sus instintos montaraces. Hubiera querido acompañarla hasta el amanecer, acunarla en su brazos y dormirse sobre su piel adolescente, pero tuvo miedo de Ramira y se escabulló a su dormitorio como un ladrón avergonzado de sus actos.
A esa noche siguieron muchas otras, hasta que los ardores de verano dieron paso a los vientos suaves del otoño y, por fin, entraron tímidamente en un invierno que sería demoledor. Berta no notaba los árboles desnudos, ni las caídas de las primeras nevadas. Se pasaba los días embobada cortando los trajes a trasquilones y cosiéndolos del revés a puntadotas de principianta. Esto acabó por romper los nervios de la modista, que no entendía el penoso cambio de su mejor alumna. Ramira también intentaba devolverla a la tierra de los vivos regañándola con aspereza, aunque nada de esto funcionó. Berta estaba enferma de amor y vivía en un mundo aparte, donde las caras avinagradas de las dos mujeres no tenía cabida. Pero ninguna cosa es eterna y menos el secreto de dos amantes empecinados. La muchacha, como cualquier mujer joven y fértil, cayó en estado de Manuel en Navidades. Al principio no dijo nada, y tampoco estaba bien segura de las razones de su cansancio, hasta que notó la hinchazón de la cintura y los pechos pesados como dos piedras y, muerta de vergüenza, tuvo que admitir ante Manuel el hecho consumado. Aunque él, lejos de enfadarse o desear salir corriendo, la abrazó sintiéndose la persona más feliz.
- Ahora, ya no tendremos que escondernos -la tranquilizó con su mejor sonrisa-. Hay que decírselo a tu patrona. Yo, de momento, no me puedo casar, pero compraremos una buena casa para los tres y me haré cargo del niño.
Al día siguiente quedaron para hablar con Ramira, aprovechando la merienda que solían compartir las tardes del domingo en la chocolatería de la Plaza. Berta se vistió con un bonito vestido de florecitas color tierra y, por primera vez, se sintió tan mujer que se atrevió a desenvolver los anillos de la abuela, esperando así obtener también la conformidad de su verdadera madre en el paso decisivo que estaba a punto de dar.
Cuando Manuel la vio entrar por la puerta giratoria y acercarse a él, se quedó embobado, sin creerse el maravilloso regalo que le hacía la fortuna al principio de su madurez. Sin embargo, Ramira estaba profundamente disgustada, imaginando -punto por punto- lo que la desigual pareja iba a decirle. El hombre tomó las manos de Berta y la miró de arriba abajo sin prisa, disfrutando de cada detalle. Contra todo pronóstico, eso que su casera tanto temía, nunca llegó a suceder porque todo se detuvo de repente como en una película sepia, enredada en el viejo proyector. Manuel dio un paso atrás -más pálido que un muerto- soltando las manos enjoyadas de Berta con repulsa, al reconocer esos anillos que él mismo había hecho hacer, 25 años atrás en Santa Clara, para su joven esposa. Y, bajo el nuevo cariz que tomaron los acontecimientos, también le fueron profundamente familiares esos labios gordezuelos, los ojos de esmeralda o las ondas brillantes de pelo castaño, iguales a los de Hilda, que caían a borbotones sobre los hombros femeninos. Tal fue el espanto del hombre, que hasta el pequeño feto pataleó furioso el vientre de la madre, como adivinando que estaba a punto de perder al mismo padre, por segunda generación consecutiva.
Berta fue comprendiendo la horrible realidad cuando Manuel o Marcial, o como quiera que se llame ahora, le envió una carta con todos los detalles de su macabro pasado. Aún así, ella nunca dejó de quererle, ni renunció al absurdo deseo de ser la mujer de su propio padre. Lo demás, ya es historia. Cuando se convenció de que no volvería, mi madre cogió de nuevo el tren en dirección contraria, conmigo entre los brazos y la mirada ausente. Esta última vez, también compró sólo el billete de ida, y al hacerlo supo que renunciaba al resto de su vida. Pero no lo encontró relevante, porque el futuro sin Manuel ya no tenía sentido ni la más mínima importancia. Nunca conoció otro amor y murió cuatro años más tarde de pena incurable en el pueblo que la había visto nacer. Sólo una cosa le pidió a Hilda, cuando adivinó que el final estaba a la vuelta de la esquina.
-Madre, quiero que me entierres en un nicho alto, desde el que pueda oír y ver pasar los trenes para no sentirme tan triste las largas noches de soledad.
Hilda no hizo promesas, ni preparativo alguno para cumplir la última voluntad de su hija; y el día que la acompañamos por la cuesta del cementerio, vi a la abuela soltar las únicas lágrimas que probablemente vertió en muchos años, y dejarlas caer mansamente sobre la mantilla al ver el hoyo rectangular, excavado en la tierra, que esperaba a Berta con las fauces abiertas. Después de ese momento de debilidad, tomó de nuevo el mando y dio media vuelta al cortejo a gritos destemplados, despreciando el nicho barato que habían preparado los enterradores para aquella desdichada.
-¡Llévenla al mío, caballeros! ¡Aún me queda mucha tela que cortar antes de tumbarme como un mandril satisfecho!
...Y vuelta a subir la caja al pico más levantado del camposanto, donde brillaba orgulloso el mausoleo de mármol que Hilda se había hecho construir con vistas a la estación. Seguramente, esperando la vuelta de aquel crápula licencioso, que aún andaría por ahí dando tumbos con la cabeza llena de pájaros y el cuero mal remendado.
La teoría del equilibrio, según el profesor Stanislavsky
Sostienen algunos botánicos que hasta las lechugas y los cardos tienen su corazoncito. Que disfrutan con las palabras amables y se trastornan con los gritos descompuestos y los ruidos chirriantes. Incluso un grupo de expertos de Siberia demostró que un geranio sometido a crueles experimentos desarrollados para evaluar su comportamiento ante el amor y el dolor se encogía de miedo al sentir los pasos de su torturador y recuperaba la entereza cuando entraba en el laboratorio el investigador encargado de regarla, abonarla y leerle con voz aterciopelada pasajes escogidos de los clásicos rusos.
Hoy en día, pocos darían crédito a este fantástico descubrimiento porque escasos son los que se han parado a acariciar una flor o a escuchar las desventuras de una kentia. La vida va demasiado deprisa para peder el tiempo en tales frivolidades. Hasta que sucede algo que te obliga a echar el freno y reflexionar sobre lo lejos que te encuentras de tus verdaderos objetivos y lo cerca que estás de convertirte en ser un trastornado neurasténico. A mí no me sucedería algo así hasta el invierno de 2000. En aquella época, mi segunda mujer acababa de abandonarme -según ella, harta de mis paranoias esquizoides- y yo seguía un programa desarrollado por un prestigioso profesor ruso para dejar definitivamente el alcohol y los tranquilizantes, tras haber intentando una docena de métodos infalibles que minaron mi escasa autoestima y me afianzaron en el convencimiento de que nunca conseguiría mantenerme sobrio más allá de un par de semanas seguidas.
Fue en aquellas deplorables condiciones cuando conocí al profesor Fedor Stanislavsky y decidí confiar en él. La filosofía del método Stanislavsky descansaba básicamente en la idea de recuperar la interrelación de equilibrio con el cosmos que todos traemos al mundo y después vamos atropellando sin saber cómo ni siquiera por qué. El programa había sido desarrollado por Stanislavsky durante su confinamiento en una granja situada en el monte checheno de Tebulosmta, donde un grupo rebelde lo mantuvo privado de libertad durante dos largos años sin otra compañía que un par de barbudos armados hasta los dientes, algunos conejos, tres cabras, un pollino viejo y cuatro vacas escuálidas. Durante los cortos días de invierno y las largas noches de insomnio, bajo aquellos cielos escarchados inacabables que corroboraban la naturaleza infinita del universo, para no perder la cordura el profesor se dedicó a estudiar el comportamiento de los ácaros, los hongos, los líquenes, las escasas plantas que sobrevivían a aquellas temperaturas infames, las moscardillas del vinagre, las lombrices de tierra, hasta llegar a los animales de granja y a sus mismos captores, Dudáiev y Sudáiev.
Ambos muchachos eran pendencieros, entusiastas del vodka y amantes de cometer la atrocidad más diabólica con tal de matar un poco el hastío de aquel destierro eterno. Cosa que sucedía casi todos los días, después de ensoparse en alcohol y perder su exigua capacidad para interaccionar armoniosamente con cualquiera de los tres reinos presentes en la Naturaleza. Hasta el punto de que, algunas jornadas tediosas e interminables, en medio de aquel paraje donde el silencio ininterrumpido podía percibirse como un ruido insoportable y la luz más blanca llegaba a adquirir tintes embetunados, los rebeldes se volvían medio locos y cabalgaban al galope por la colina hasta que el pollino caía medio muerto sobre la polvorilla helada, toreaban las vacas a capotazos y estocadas, violaban a la cabra o tiraban un conejo vivo en las llamas para comerlo después a dentelladas sin molestarse siquiera en apartar su pelaje carbonizado de la carne reseca y atufada.
Por fortuna, durante estas francachelas, el profesor siempre conseguía mantenerse al margen de la crueldad casi infantil de aquellos dos seres montaraces y dedicarse de pleno a sus investigaciones, a un paso como estaba de llegar a las primeras conclusiones definitivas sobre los vínculos antropocósmicos del universo. Y así fueron sucediéndose los días, las semanas y las estaciones sin que la situación tuviera visos de mudanza, ni él fuera realmente consciente de desear ningún cambio. Hasta que una noche Dudáiev, el más joven de los dos, harto de toda aquella sinrazón, se desató en confidencias mientras su compañero dormía, confesándole entre hipos que era terriblemente infeliz con aquella vida absurda de maldad y alcohol y que lo que de verdad deseaba era volver a su aldea en el hermoso y fértil Valle del río Terek con sus padres y sus hermanos pequeños, cultivar las tierras de la familia y casarse con Nagaïeva, la novia que había abandonado para unirse a las fuerzas independentistas, hacía ya más de tres años. Stanislavski se ofreció a tratar su adicción a las bebidas espirituosas y ayudarle a retomar de nuevo el timón de su existencia. El muchacho aceptó encantado, aunque le exigió al profesor que todo el proceso se llevara a cabo en el más estricto secreto para que Sudáiev no sospechara de la nueva relación que se iba fermentando entre su compañero y aquel extraño profesor encorvado que merodeaba a su alrededor saltando como un gorrión.
A los tres meses, Dudáiev era un hombre nuevo que disfrutaba como un niño cuidando los anémicos rastrojos del huerto, ordeñando las vacas para elaborar los quesos más hediondos o amasando panes de semillas que horneaba después sobre piedras calientes. Cuando Sudáiev le llenaba el jarro de vodka hasta los bordes él lo volcaba disimuladamente sobre las balas de paja, fingiendo acto seguido vaciarlo en el esófago de una sola embestida.
Al principio, el cruel barbudo no se olió nada, pero después de algunas semanas las largas ausencias de su compañero, el buen color que tomaban sus mejillas y esos andares de hombre sobrio, como una costura de puntadas rectas, seguras e idénticas, comenzaron a hacerle sospechar que algo se estaba cociendo a sus espaldas y que esa inesperada metamorfosis bien podía estar relacionado con algún plan poco o nada conveniente para la causa. Así que una noche de invierno, manteniéndose algo más sobrio que de costumbre, descubrió la burda artimaña de derramar el licor en el suelo para beber después, con afectación y ruidos desproporcionados, el aire a tragos secos. Cegándose de rabia, lanzó de una patada los leños candentes de la fogata sobre las balas de paja embebidas en alcohol y todo comenzó a arder con virulencia. Sudáiev quiso dominar el fuego a pisotones y aspavientos, pero sólo consiguió que las llamas alcanzaran también su larga barba humedecida de vodka y caer desmayado por la curda, el pánico y una incipiente asfixia, sobrevenida al respirar los gases de su propia combustión.
Dudáiev logró apagar los pelos achicharrados de su compañero con un cazo de sopa hirviente y arrastrar el corpachón inerte hasta el exterior de la cabaña. Después liberó al profesor y soltó a los animales, sintiéndose totalmente impotente para salvar la granja ante las proporciones colosales del incendio, que pronto convertiría la explotación agrícola en una luminosa bagatela, flotando en medio de aquella noche negra de hollín y empolvada en escarcha.
La nueva situación lo dejó momentáneamente descolocado. No tenía dónde ir y tampoco le pareció buena idea esperar a que Sudáiev volviera en sí y recordara los motivos de su ataque de ira. Así que, tras unos momentos de reflexión, el guerrillero propuso a Stanislavsky volver juntos a su pueblo, alternando los lomos del rocín como buenos camaradas, desde donde sus parientes podía ayudarles a salir discretamente del país y comenzar una nueva vida en cualquier otro lugar lo suficientemente lejano como para que Sudáiev se olvidara de la extraña pareja con la que había compartido varios años de vida.
Tras mil y una peripecias consiguieron por fin su objetivo y, cinco meses después de la noche fatídica, el profesor y su accidental ayudante aterrizaban en la Gran Manzana con una maleta llena de ropas misérrimas y cientos de hojas manuscritas en la que se plasmaba con todo detalle los resultados de dos años largos de investigación. Una vez allí, el profesor ofreció su colaboración a algunas asociaciones sin ánimo de lucro, docenas de organismos sanitarios, rebaños de instituciones oficiales, legiones de doctores privados y una masa informe de terapeutas alternativos, que curaban aplicando los ritos más extraordinarios, sin lograr interesar a ninguno de ellos en su éxcentrico entramado teórico.
Sólo la curación de algunos tipos desahuciados, cerca del lago Ginebra en Wisconsin, comenzaron a hacerle un hueco en ciertos periódicos y canales de televisión locales donde el profesor explicaba sin desmayo primero la estrecha relación entre desequilibrio, ansiedad y alcoholismo y, después, su increíble periplo desde la remota granja en el Monte Tebulosmta hasta la isla de Manhattan, acompañado de su ex secuestrador y amigo Dudáiev.
Tras la aparición de un amplio reportaje en “The Nation Magazine”, Stanislavky ganó la atención del público neoyorquino y el apoyo incondicional del magnate de los tapones de cera óticos, Elton Martínez, un chicano que, según podía leerse en la prestigiosa “The Economist”, era capaz de escuchar con su fino oído el tintineo de un dólar a mil millas de distancia. Bajo los auspicios del mecenas todo lo relacionado con su persona se convirtió, de la noche a la mañana, en un fenómeno de masas y en una fábrica de acuñar moneda. Se publicaron docenas de libros despanzurrando sus procedimientos curativos, estamparon camisetas, confeccionaron mochilas, editaron agendas e imprimieron una colección de pósters en tres dimensiones con su cara chocante de chivo lunático. Fue portada de las revistas de The Times y los pacientes rehabilitados dieron testimonios tan entusiastas de la infalibilidad de su método, que, en pocos meses brotaron de la nada docenas de clínicas Stanislavski para atender el nuevo mercado que seguía creciendo en progresión geométrica.
Fue precisamente en la inauguración de uno de estos centros donde tuve el privilegio de conocer al legendario profesor y su revolucionario tratamiento. Por aquel entonces, yo acababa de montar mi propia productora independiente y la BBC estaba interesada en un reportaje en profundidad sobre el personaje y su método. Ante la urgencia del encargo, acudí a su clínica de Oklahoma City a primera hora de la mañana para mantener una toma de contacto previa que me permitiera desarrollar el enfoque correcto de aquel comprometido trabajo.
Stanislavski era un tipo singular que caminaba algo encorvado por el peso de los años y las penalidades e iba cubierto con una especie de túnica blanca, de esas que utilizan los santones hindúes. A su lado marchaba infatigable su bulldog Rufus, un gato siamés sin nombre propio y Dudáiev, que aún conservaba la larga barba de guerrillero y sus viejas botas paramilitares.
Nos sentamos los cinco bajo una secuoya centenaria de proporciones gigantescas y comencé a preguntarle por sus comienzos y logros, pero en lugar de contarme su historia, Stanislavsky olisqueó mi aliento macerado en whisky, observó mis pupilas crueles y mi pulso tembloroso y posponiendo la narración de sus viejas tribulaciones para mejor ocasión, me habló de mí y de mis temores. Diseccionó mi alma con la habilidad de un cirujano, describió al niño perdido y egoísta que pisoteaba hormigas y arrancaba las alas de las moscas lanzándolas después desde la ventana de su ático, del adolescente hosco incapaz de ningún gesto generoso con las muchachas menos atractivas, del joven cínico y entregado a los placeres más bajos y deleznables, hasta llegar al egocéntrico productor de televisión alcohólico, abandonado por su segunda esposa y sin más horizonte que los de seguir empinando el codo durante el día e inflándose de tranquilizantes durante la noche, en el que yo me había convertido.
Tanto me impresionó el discurso de aquel visionario que decidí ingresar inmediatamente en el centro de Oklahoma para alcanzar ese estado de bienaventuranza del que parecía gozar el profesor y su ayudante. Así que puse en orden mis asuntos, hice las maletas y llamé a Ofelia, mi segunda ex mujer, para decirle que estaría algunas semanas fuera por si intentaba localizarme, pero me colgó sin preguntarme siquiera el motivo, aprovechando la ocasión para rogarme que no volviera a telefonear si no era para comunicarle mi deceso inminente.
Poco después de ingresar en la clínica tuve una primera entrevista con el propio Stanislavsky, que se tomó mi caso como un reto personal, semejante al que había asumido un día con Dudáiev en la granja de Tebulosmta o con aquellos desdichados del lago Ginebra.
-Señor Fletcher –me dijo con marcado acento extranjero-, para vivir en paz con uno mismo se debe estar en paz con el universo también. Y en ese cosmos incluyo tanto a sus semejantes, como a los ácaros que lleva pegados a sus pestañas o a las bacterias que en su estómago le ayudan a digerir cada día la comida que usted ingiere despreocupadamente.
Asentí conforme, convencido de que el maestro estaba empleando un lenguaje metafórico destinado a hacerme comprender del modo más pueril su profunda filosofía. Aunque, algunos días después, pude comprobar que las frases del profesor no era sólo una forma de hablar, pues su tratamiento comenzaba literalmente con una rueda de experimentos en el laboratorio del centro, encaminados a desentrañar las necesidades y emociones de las amebas, los ciliados, los virus y los gérmenes para conseguir una reconciliación física y espiritual capaz de liberarnos de las patologías contagiosas provocadas por estos seres invisibles.
Superados los prolegómenos dedicados a los microorganismos, entramos en la segunda fase, en la que aprendimos a relacionarnos con arácnidos, insectos, gusanos y moluscos dejándolos pasear por nuestra piel, alimentándolos con esmero y repitiéndoles zumbidos y otras onomatopeyas extraídas de su propio lenguaje para entablar conversaciones rudimentarias y hacerles entender nuestros deseos de confraternización con sus respectivas especies.
Así llegamos al equinoccio del tratamiento denominado pomposamente la “Etapa de Armonización Vegetal”. Ésta era algo más larga y complicada porque las plantas, como bien demostró el doctor Clyde Backster -experto en detectores de mentiras-, tienen sus propios sentimientos y son capaces de establecer sólidas amistades o desarrollar sentimientos de animosidad contra sus dueños que pueden durar toda una vida.
Para mi desgracia, esta fase se llevaba a cabo fuera de los muros protectores de la clínica, así que un mediodía soleado de mayo, me encontré otra vez en la calle con una camelia entre las manos y el cerebro hecho un lío, sin tener nada claro cómo afrontar la confraternización con el reino verde sin los sabios consejos de mis instructores.
Nada más poner los pies en mi antiguo domicilio, sentí todo el peso de la soledad y la indefensión. Lejos de mis colegas de terapia y a años luz de Ofelia, me quedaba como única compañía docenas de mensajes urgentes de la productora y puñados de cartas con facturas astronómicas que no sabía cómo afrontar. Por primera vez en semanas, me entraron tentaciones irrefrenables de coger la botella de whisky y tomar sólo un par de tragos para tranquilizarme un poco y ver las cosas desde otra perspectiva más constructiva, aunque al mirar la delicada camelia y lo que ella representaba opté –tal como me habían recomendado en la clínica- por buscarle una ubicación visible, regarla un poco y quitarle algunas hojas que comenzaban a amarillear por el estrés del traslado. Después llamé a Ofelia, mi segunda ex esposa, para contarle lo de mi rehabilitación y la revolucionaria teoría del profesor ruso pero colgó el teléfono mascullando algunos insultos imperdonables apenas esbocé la fase de cómo fomentar sólidos lazos de amistad con los microorganismos y los ácaros de las pestañas.
Pasaron algunas semanas y el devenir de la empresa volvió a convertir mi agenda en un puzzle con demasiadas piezas por encajar en un espacio insignificante. Entre entrevistas, reuniones y travesías aéreas conseguí milagrosamente mantenerme alejado de la botella, pero olvidé regar y cuidar la pequeña camelia que languidecía sin remedio en un rincón de la estancia. Así que, dos semanas antes de la fecha señalada para la primera visita del supervisor lucía reseca y escorada hacia la izquierda para atrapar una escuálida hebra de luz que se filtraba entre dos tablas retorcidas de las contraventanas perpetuamente cerradas.
Convencido de la importancia de recuperar la vitalidad del vegetal abrí los porticones de par en par y me resigné a soportar las miradas curiosas mientras comía chop sui con palillos, pedaleaba en la bicicleta estática o paseaba por el salón como una fiera enjaulada. Por las mañanas interpretaba para ella mazurcas, boleros y tarantelas de Chopin y después acariciaba sus hojas con un pañito. Pero ella seguía mohína, encogiéndose con desprecio cuando pasaba a su lado o deshojándose caprichosamente cada vez que llevaba alguna chica a casa.
-Dime maldita ¿qué es lo que quieres, arruinar mi vida, que vuelva a la bebida? –le pregunté ahogado en frustración. La planta contestó avergonzada por mi repentino desprecio
-Quiero estar siempre enferma, porque cuando estoy sana no soy nada para ti. Ahora que he conocido tus desvelos ya no sería capaz de volver a vivir rodeada de indiferencia.
Después de aquella inesperada confesión, todo quedó claro entre nosotros: yo le prometí no volver a descuidar sus necesidades como ser vivo y compañera y ella comenzó a brotar esplendorosa hasta convertir el salón en un vergel de hojas verdes y flores de mantequilla. Nuestra relación idílica me hizo acreedor de una nueva y desconocida estabilidad emocional al descubrir que, por fin, estaba en el buen camino. Y así fue hasta que entró en nuestra vida un conejo de angora que, a pesar de su cara simpática y amigable, se zampó tres días después a la camelia de mis desvelos, siendo a su vez pasto de un gato que recogí del callejón muerto de frío y en avanzada fase de desnutrición. Ocho meses después, el felino cayó bajo las fauces de un pitbull carnicero que estaban a punto de liquidar en la perrera y yo intentaba reeducar para extraer de sus meninges el instinto asesino que algunos instructores sin escrúpulos habían incrustado en el pobre can.
Y cuando renuncié a seguir tratando con el mundo animal para detener aquella escalada de violencia y depravación bajo mi mismo techo, mi novia Raquel me ordenó eliminar al perro porque había devorado uno de sus zapatos de Fendi que tanto adoraba. No quería que se fuera, así que en un momento de debilidad, monté al pobre Jimmy en el coche y lo dejé atado frente a la perrera, sabiendo que con ello firmaba su sentencia de muerte. Pero todo fue inútil. Una semana después, Raquel salió de la casa con sus maletas sin mirar atrás, gritando que seguramente yo era el calzonazos, abstemio, más previsible, aburrido y lameculos de la galaxia. Como eso era justamente lo que le gustaba a mi segunda ex mujer volví a telefonearla para decirle que por fin me había convertido en el hombre sano, deportista y ferviente amante de la humanidad con quien ella siempre soñó pero, sin darme tiempo a continuar, me dijo chillando con voz descompuesta que era el borracho pendenciero más mentiroso, cínico y desalmado con el que se había topado en su corta existencia.
Me quedé totalmente destrozado, con varios cadáveres a mis espaldas, una profunda crisis de identidad -quizas resultado de las opiniones contradictorias que parecian tener sobre mi las mujeres- y sin saber qué camino seguir, así que llamé a Dudáiev para intentar enderezar todo ese desbarajuste. El ex revolucionario me remitió a otro especialista diciendo que últimamente el profesor estaba aquejado de cierto estrés y, por orden facultativa, tenía prohibido recibir a un solo paciente. Resignado me dirigí de nuevo a aquel centro de Oklahoma donde yo había empezado a ver la luz y a reconocer mis antiguos excesos. Mientras esperaba ser recibido distinguí con inmensa emoción la figura encorvada del viejo Stanislavsky paseando por el jardín con su camisola de santón, las manos entrelazadas en la espalda, con la única compañía de su fiel perro Rufus y el gato siamés sin nombre que viera el primer día. Extrañamente, Dudáiev no custodiaba esta vez los pasos de Fedor, así que decidí aprovechar la circunstancia para presentarle mis respetos y saludarle personalmente. De cerca me di cuenta de que el profesor había envejecido notablemente. Tenía dos círculos negros tiñendo dramáticamente sus ojeras y sus manos -antes tan firmes con el gesto y el bisturí- temblaban sin control. Por lo demás, parecía el mismo personaje afable de siempre. Al cruzarme en su camino abandonó cierta expresión ausente que desdibujaba su agudeza habitual y sus ojos cansados se iluminaron de alegría al volver a verme. Eso me animó a detallarle mis últimas desventuras y el desasosiego infinito que me habían llevado hasta allí en busca de consejo, nuevamente sentados en aquel banco de piedra, a la sombra de la secuoya milenaria. Stanislavsky parecía escuchar mi historia realmente interesado, cuando inesperadamente, se levantó de un salto y comenzó a pisotear una hilera de hormigas obreras con saña, remangándose los sayones hasta los muslos.
-¡A la mierda bichos asquerosos –chilló airado- Iros a la mierda! Matas por cientos y se reproducen por miles. Acabarán con todos nosotros si no conseguimos terminar antes con ellas-. Después miró a izquierda y derecha, como si temiera ser castigado por sus propios empleados y me dijo al oído en un murmullo casi inaudible
-Se ha roto el equilibrio, estimado amigo. Se ha quebrado para siempre, porque la única verdad irrefutable es que la autoregeneración del cosmos se produce meramente por los principios de la cadena alimenticia. Desde la humilde bacteria anaeróbica que descompone los cadáveres, hasta los hombres más poderosos en sus lujosos ágapes de mantel de hilo y música de violín. Todo. Absolutamente, todo se reduce a una cuestión de ingestiones, digestiones y deyecciones.
Al llegar a este punto rompió a llorar desconsoladamente, alejó a pedradas al gato que se restregaba en sus tobillos y le propinó una patada en la boca al fiel Rufus que desapareció aullando en la espesura del bosquecillo. Parecía agotado y desorientado, mirando alrededor con incomprensión y vacío inconmensurable. Se sentó en un banco de piedra para reponerse del repentino disgusto que le había causado la constatación de otro fracaso clínico. Después, extrajo una petaca oxidada de una faltriquera, oculta bajo los sayos blancos, y dio un largo trago que lo tranquilizó un poco. Limpió el gollete con la manga y me alargó el brebaje con gesto vencido animándome a probarlo yo también.
–Bebe hijo, bebe y olvida todas las gilipolleces que te dije un día –aconsejó poniendo los ojos en blanco y cara bobalicona- Mis últimos descubrimientos han demostrado de forma irrefutable que esto es lo único que te ayuda a ordenar las ideas y olvidar por un momento el jodido caos universal en el que absolutamente todos los humanos vivimos inmersos.
Y, por primera vez en tres largos años de abstinencia, volví a experimentar aquel calorcillo característico de los destilados, ese suave temblor en las piernas, el sabor inconfundible que la barrica de roble había dejado en aquel whisky añejo de pura malta sin sentirme siquiera realmente culpable, puesto que estaba firmemente decidido a confiar en esas teorías revisadas y corregidas de mi sabio e infalible mentor.