Puede ser que me haya quedando en la habitación de mi adolescencia –rodeado de espejos– escribiendo una carta a mi padre, llorando, intentando decirlo todo; o que me haya quedado en mi habitación de la infancia: un cuartucho encerrado en la recámara de mi hermana; una especie de vestidor accesible sólo desde su puerta, con una sola ventana demasiado pequeña –también demasiado alta– con vista al patio interior del edificio blanco donde perdí la fe. Eso es la fe religiosa. Puede ser que me haya quedado en la selva, o que verdaderamente no la haya entendido en absoluto (porque la selva nunca se entiende de inicio). Cualquier cosa es posible, incluso que me haya quedado tras la puerta y nunca me atreviera a llamar; esperando que me llegara una invitación que nadie mandaría.
Puede que me haya quedado en el bosque que imaginaba de niño; donde sólo visualizaba un roble muy alto que mi vista no alcanzaba a ver en su totalidad. Todo lo demás era verde: muchas hojas, una masa informe y verdusca por donde se filtraban a penas unos rayos de sol. No estoy seguro si había césped, ni soy capaz de evocar nada más que el árbol gigante, pero es posible que me haya quedado allí, atrapado en mi lugar favorito, aunque dudo haber corrido con tanta suerte.
Todo se superpone, como si en un dibujo las siluetas se confundieran unas con otras, se encimaran, se entretejieran. Puede que me haya perdido sin notarlo –porque nunca se nota el momento exacto en el que te pierdes– en medio del supermercado al que me llevaba mi padre cada domingo. Una parte de mí caminó a la ventanilla de atención al cliente y le pidió a la señorita en turno que voceara a mi padre por megafonía; pero la otra, la otra parte de mí, siempre más despistada, se quedó perdida mirando a la gente, cada vez más desesperada conforme pasaba el tiempo. Porque cuando te pierdes queda sólo un punto fijo que te mira como amenaza de bomba; y ese punto es la muerte; es decir el tiempo.
Puede que me haya quedado aquí mismo: en esta habitación alquilada, con un ventilador sin tapa, estratégicamente colocado a no más de cuarenta centímetros a mi izquierda –en calzoncillos– con la persiana casi totalmente bajada para combatir el sol estival. Puede ser; es decir, es posible. Atrapado en este momento ad infinitum, convertido en una estatua de mí mismo en esta habitación alquilada donde ladran perros por la mañana, cuando se duerme; porque aquí sólo se duerme por las mañanas.
Hay una lata de cerveza a mi derecha; puedo sentir el sudor resbalando en mis corvas; pero sólo allí, como para molestar. Se escuchan ruidos en la cocina mientras sostengo una conversación vía electrónica con alguien desconocido. Quizá todo se debe a la brújula que me regalaron a los dieciséis, pienso, perdida (como todo) en algún lugar. Ahora el desconocido no dice nada, pero la música sigue y pienso: puede que me haya quedado en el hospital; que nunca me hayan entregado a mi madre; que se hayan equivocado conmigo desde el principio, para intentar contestar a la pregunta que el desconocido acaba de hacer.
El Distrito Federal espera detrás; cubierto por una nube grisácea, mientras lo recorro minuciosamente, buscándome. Puede que aquel sea el lugar indicado para comenzar la búsqueda: justo en la esquina de Médanos y Albuferas, en un barrio al sur de la ciudad, a unos cuantos metros del edificio blanco donde perdí la fe. Eso es la fe religiosa. Decidí escapar de mi casa a los seis. Abrí la puerta y salí a la calle; caminé hasta la esquina y me senté en una escalinata junto a la tortillería de la cuadra. Pensé en quedarme allí para siempre; no se estaba demasiado mal. Pasaban palomas picoteando migajas que alguien había dejado en la base de un árbol; pasaba la gente, extrañada de verme solo, sentado, muy calladito y tranquilo, mirándola pasar mientras imaginaba mi nueva vida a los pies de esa escalinata. Comería migajas, miraría a la gente. Decidí escapar en ese momento, no recuerdo por qué; pero puede ser allí donde tenga que salir a buscar: en las fauces del Distrito Federal a las seis de la tarde; a media semana, en un barrio al sur de la ciudad; muy cerca del Periférico, esquina con Las Flores; donde alguna vez hubo minas de arena, o un niño con cara de muerto mirando a la gente pasar (llevaba una cruz de ceniza en la frente).
Puede que sea el aeropuerto, cualquier aeropuerto –no recuerdo cuál–, el lugar donde me he perdido del todo; puede que sea el aeropuerto de Barajas, el Charles de Gaulle, el John F. Kennedy, el aeropuerto internacional de la Ciudad de México (AIMC); el Berlin-Schönefeld, el Milán Malpensa, el Toronto Pearson, el LAX, el OAK, el DFW, el LHR, el STN, el TNG; el lugar donde he perdido al que escribe, al que piensa, desde el otro lado de esta estatua postrada en una habitación alquilada de Madrid, en la calle Peñuelas, número 25. El desconocido pregunta: ¿Dónde estás?, y yo no sé qué decirle.
Puede ser que me haya quedado en la habitación de mi madre; en la de mi infancia y en las posteriores; en todas ellas, al cuidado de su descuido; ambos desmelenados, con la mirada perdida en el más allá. En medio de los olores de sus sábanas frescas, de sus cintas polvorientas. Puede que me haya quedado mirándola bailar con una de esas faldas magníficas: rosas, gigantescas, que se utilizan en la danza folklórica mexicana, para hacer volantes que cortan y levantan el viento entre sus pliegues inmensos al ritmo del zapateo. Puede ser que me haya hundido en su guitarra española, en sus castañuelas, en sus tocados. Allí también habría que buscar, o entre las piernas de S., de M., de M., de F., de M., de T. Buscar entre las piernas de.
No sé si me dejé en Xilitla, o en la sierra de Madrid. No sé si buscar mi sombra, si atravesar la puerta, si alejarme de los espejos. Aquel castillo en Milán –el Sforzesco– antes del Parco Sempione, puede ser otro sitio para buscarme, dado que es en efecto otro sitio.
Buscar(me) entre las piernas de mi madre, por si acaso no logré salir. Buscarme –dejaré la nota– por si no estoy y alguien tiene urgencia, aunque sea francamente tarde, de entregarme alguna invitación, ahora que somos más viejos y aquel niño no pasa de ser una anécdota casi eufemística del que escribe al lado de un ventilador sin tapa (donde te puedes dejar los dedos entre las aspas, o los bigotes si te acercas a cantar), en una habitación alquilada en el centro de la ciudad; buscar si me encuentran, entre los ojos con los que miraré distraído, desorientado, como estatua al borde de la cornisa en la calle Peñuelas, número 25, cuando me pregunten: ¿Dónde estás?, y no sepa qué contestar.
Dejaré una nota escrita de mi puño y letra; para ver si me reconozco –si me reconocen–, buscando lo que no recuerdo, entre los papeles que guardo sobre el escritorio, dejaré una nota, justo al lado de la cerveza, mientras me ducho, por si no vuelvo, en caso de que llegue la invitación y me anime a cruzar la puerta, saltando de felicidad. En caso de que todo fuera mentira. He recorrido las calles de Oporto, de Bilbao, de Berlín, francamente perdido, tranquilamente perdido, irremediablemente perdido. Dejaré una nota en Madrid, por si sucediese que me encontrara(n) buscando, mientras me ducho; acomodo la toalla y miro al espejo, que a su vez me refleja de espaldas, escribiendo una carta muy larga –la única carta larga– que no alcanzo a leer; recorro la cortina y escalo la bañera para sumergirme en el agua. Me sumerjo.
Miro los arrecifes blancos, sin vida, postrados como mi sombra en la habitación alquilada; quietos como rostro que se entera de una muerte, quizá la propia; tan quietos como la gente que pasa y se olvida en el acto; que pasa y se olvida nada más pasar. Miro los arrecifes viejos, muertos por el turismo (nunca mejor dicho), una vez que me sumerjo en el agua, y ésta me alisa las pestañas sobre los ojos, me roza los muslos. Pasa un cangrejo en el fondo; de esos que tienen una pinza gigantesca y otra pequeña y que me recuerda de pronto a la península de Yucatán. Quizá estoy allí mismo: en la tierra de mis abuelos, perdido como quien desconoce su tierra, como soldado que pierde el avión que lo lleva a una muerte segura. Pasa un cangrejo violinista en el fondo. Me sumerjo. Me hundo.
El doctor me pide que abra la boca, porque necesita mirarme las amígdalas palatinas para cerciorarse de que todo está en orden. El espejo me refleja de espaldas. Pasa un cangrejo violinista en el fondo. Ahora se asoma un pez negro, con aletas largas y frágiles que parecen velos; listo para guardarme luto, una vez que me sumerjo en el agua y el doctor me pide que abra la boca mientras me ducho. Miro su consultorio: pintado de ese color nauseabundo del que están pintados todos los consultorios; con incontables diplomas en las paredes, fotos de su familia –quizá de sus nietos– y algunos cuadros horrendos que parecen retratar el mismo lugar; pienso en Tepoztlán, aunque podría tratarse de cualquier sitio. Abro la boca mientras lo escucho decir no sé cuánto, no sé cuánto, no sé cuánto más.
Miro su camisa del mismo color nauseabundo; desabotonada hasta el tercer botón. Miro sus canas, el pelo que le sale de las orejas mientras me ducho y miro que un pez plano –de esos que tienen la cara de un solo lado– una especie de lenguado, del orden pleuronectiforme, pasa junto al cangrejo violinista que camina al fondo pero no se ven.
Pienso sobre la pregunta: ¿Dónde estás? Pero soy incapaz de encontrar respuestas mientras me ducho y pienso en la nota que escribiré. Creo que me perdí en aquel hotel de Punta Cancún donde mi amigo Juan y yo casi nos ahogamos. Que me dejé en el único show de streapers al que he atendido en mi vida; en esa mesa junto a la pista de espejos. En aquel accidente donde un taxista se me incrustó en la puerta. En el valle de las sombras, en la isla de Janitzio, entre las piernas de X., a las puertas del club de yates de Acapulco, del club de yates de Cancún, de Manzanillo, de Mazarrón, del de Santa Pola. En la cornisa del edificio de la calle de los Milaneses, sobre el culo con olor a mierda de A.; en el dormitorio del Saint Michael’s College, en el de la NYU; bajo la mesa del salón de la infancia donde se escondía nuestro cocker spaniel; allí o en cualquier resquicio de mi memoria: ¿Dónde estás?
Puede ser una trampa; o ese pensamiento se me cruza por la cabeza mientras el lenguado parece a salvo y abro la boca para que el doctor descubra las anguilas que me atraviesan. Miro la cúpula principal de la catedral de San Pedro, la capilla lateral de la iglesia de piedra de Las Águilas, igualmente desangeladas y faltas de luz. Miro flamencos rosados comiendo artemias salinas en Celestún. Miro mi cara en el espejo y repito mi nombre; no me siento identificado con él.
Me siento a la mesa y espero que mi padre vuelva del baño mientras observo los cuadros con motivos rancheros de la antigua casa de María Félix; dándole la espalda por completo a los pavos reales en el jardín. Me quedé esperando en la escalinata –junto a la tortillería– mientras el espejo me reflejaba de espaldas, de frente, de perfil; una pared entera de espejos, una frente a otra idéntica; multiplicada por dos, por cuatro, por seis, hasta el infinito. Abro la boca, me lo pide nuestro médico de cabecera. Su colonia no huele mal.
El desamor me desborda; me brota el olor de mi padre y el de mi madre; a veces me huele el aliento al abuelo –a la piel descompuesta del abuelo– y lo imagino sentado en su mecedora; mirándome orgulloso y contando lo de siempre: que la consecuencia directa de su decisión de no convertirse en sacerdote ha sido la existencia de cerca de cien personas. Mira niño, yo en realidad iba a ser cura, decía, pero conocí a tu abuela y traicioné a dios. En mi familia todos traicionamos a dios. Iba a ser cura y me arrepentí porque conocí a tu abuela, decía. (Yo tengo una postal que mi abuela le escribió en el 34) La conocí y supe que me equivocaba si seguía el camino de dios, decía; sentado en su mecedora. Y por ese motivo ahora existen ochenta y ocho personas más. Por mi culpa, me decía el abuelo. Y también por mi culpa –por mi falta de fe, reía– existes tú.
(La postal dice: Con todo mi corazón te dedico este retrato en prueba de amor y cariño. Y firma: La que te quiere mucho, para mi Joaquinito. Mérida, 4 de Enero de 1934.)
El desamor me desborda; me hace pensar que la pregunta tiene que ser una trampa. Puede ser. ¿Dónde estoy? Sentado en el regazo de mi abuelo. Mirando su brazo torcido; que estaba así por una herida antigua que nunca logré entender pero que siempre me permití dejar en su sitio como enigma grandioso. Aquel era mi abuelo y era digno de admiración; no por construir las mejores cometas de la zona, los mejores papalotes, sino por su pelo blanco, por sus anteojos de pasta –de fondo de botella, trifocales en un ojo–, por sus guayaberas y sus silencios, por su mirada perdida. Allí estoy ahora mientras me ducho, me digo, pero puede ser una trampa; puede estar todo orquestado; puede ser un intento, una conspiración para volverme loco: el pez con aletas de velo, el cangrejo violinista y el pez con la cara en un lado. Mis padres, mis abuelos, el desconocido.
No tiene sentido, me digo.
Mi sospecha no se sostiene por ningún lado. Lo sé, me digo, lo sé. Yo quería mucho a tu abuela, pero ahora estoy solo y nadie se acuerda de mí. Su voz se alarga y se hace metálica como una bocina vieja que suena al fondo, como cuando se grita contra las aspas del ventilador y estas rompen el sonido que sale de ti.
Enero de 1934, Mérida, Yucatán. Puede ser una clave. Allí estoy. (Mi abuela le dedica a mi abuelo una foto suya, impresa como postal. Ella lleva el pelo recogido y no mira hacia la cámara. A su lado una amiga suya la agarra del hombro; las dos miran hacia el mismo punto, vistiendo Huipiles preciosos, típicos, artesanales.) Pueden buscarme en el amor de mi abuela, en el fondo bajo su Huipil; en la herida magnífica de mi abuelo o entre sus lentes de pasta, trifocales en el ojo derecho. Puedes buscarme –le pienso decir, si le apetece buscarme–, cada vez que quieras buscarme, en el mismo sitio: entre los peces que me rozan las piernas en la costa del Estado de Colima, del Estado de Veracruz, del Estado de Yucatán. Puedes buscarme en la costa de Murcia, en la costa de la comunidad Valenciana, del Estado de Guerrero, en la de California. Pocas veces me encontrarás en los suburbios, fuera del eje Z, en la biblioteca de la Universidad Iberoamericana, en la de la Facultad de Políticas, en la de la Facultad de Filología. Pocas veces en los columpios de Satélite, o en los de cualquier parque de Madrid. Incluso menos en la calle 81 de Nueva York o en la diagonal de Barcelona. Mi abuela, digamos, fue la razón que nos ha dado la vida a mí y a ochenta y siete personas más. Mi abuela solita, que no levantaba más de uno sesenta metros de altura. Puede ser una clave, ante la pregunta que pienso mientras me lavo la espalda con jabón.
El agua me resbala por la nuca. Yo sólo quiero ballenas en el horizonte. Sentarme en una silla –cualquiera, me da igual– y mirar las ballenas nadar hacia el norte desde la playa; con una cerveza León en la mano –muy fría– esperando a que traigan los mariscos a la mesa. Mirarlas pasar magníficas sobre el horizonte, escupiendo chorros de agua perpendiculares: ¿Dónde estás? (te he perdido, ¿dónde estás?) Una ballena salta sobre la línea de la memoria; la miro superponiéndose al resto de dibujos; superponiéndose al ermitaño que ahora reemplaza al cangrejo, a la rémora que chupa los ojos del tiburón que reemplaza al lenguado, a la medusa marrón que reemplaza a la tortuga caguama (caretta caretta) que estuvo a punto de reemplazar a la araña, a la anguila (que me atraviesa), al pez negro de los volantes como velos listos para el funeral.
Una ballena salta en el horizonte. Madrid despierta hecha añicos por la mañana. Puede ser que me haya quedado en aquella frontera de piedra –perdida en el campo canadiense– o en las callejuelas de Toledo, torcidas como las agallas del pescado muerto luego de recibir el mazazo definitivo. Puede que no exista respuesta. Ni que sea nunca el hombre que te hace falta. Rinocerontes cierran la imagen. Sombras de mí se entremezclan con las hojas oscuras de la selva.