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Padilla Jara, Rafael Carlos (Papamundi)

Las ardillas comen pasta



La conciencia no es más que otra persona dentro de uno mismo.

L. PIRANDELLO

1.- LA OCASIÓN

Sin desdecir al refrán ese de que Quien busca encuentra, el hecho de que la mayoría de las veces lo que encuentra uno no es ni por asomo lo que busca o creía estar buscando, resulta increíble que sea sin buscar cuando no dejen de sorprendernos los encuentros. Es decir, que hasta puede uno no buscar nada y encontrarse perdido.

Vivo en la tercera planta de una casa con ascensor, aunque acostumbro descender por la escalera. Anteayer bajé de dos en dos los peldaños, con salto de tres en entreplantas, empujado por la emoción de haber encontrado un fajo de billetes en el suelo, justo delante del piso rotulado con el 3º3. Billetes nuevos que, sólo después de comprobar que nadie podía verme, recogí y guardé sin contarlos siquiera. Tal empuje remitió repentinamente cuando estaba a punto de alcanzar mi propio record de bajada hasta el portal ya que, procedente de la calle, apareció uno de los chicos del 3º3 a quien -empujado entonces por una mala conciencia- estuve a punto de preguntarle si había perdido dinero. Suerte que, a veces, uno quiere decir una cosa y se escucha diciendo otra. Hola y Buenos días, fueron las únicas palabras que cruzamos. Lo primero que pensé –con tanto empuje antes no había pensado en nada-, fue que acaso ese dinero no era suyo ni, por tanto, tenía él por qué saber quién podía haberlo perdido. Pero si hubiera formulado la pregunta y él hubiera dicho un simple, Sí, no habría tenido más remedio que rascarme el bolsillo y dárselo con todo el dolor de mi corazón materialista. O, tal vez, como quien no ha oído bien, o es de los que necesitan ganar tiempo para responder a una pregunta que han escuchado perfectamente, si sólo hubiera repetido la palabra, ¿Dinero?, me habría visto obligado a contarle que había unos billetes abandonados en la puerta de su piso. Arriesgadísimas hipótesis ambas que le podrían haber puesto al vecinito fácil una pasta en bandeja, fuese o no fuese suya. Así que como se suele decir que el dinero no tiene nombre ni dueño, me dije eso ganándole el primer asalto a mi mala conciencia. Los siguientes fueron más duros. Me encontré ante la posibilidad real de que los billetes fueran de un chaval que, percatado de la pérdida al intentar pagar en alguna tienda, hubiera rebobinando mentalmente su propia secuencia de movimientos hasta llegar a la conclusión de haberlos extraviado cuando, al salir del piso, se echó mano a los bolsillos queriendo comprobar que llevaba el teléfono móvil, las llaves de la moto o los condones. Y si eso hubiera ocurrido sólo un minuto antes de encontrarnos en el portal, es decir, sin haberle dado tiempo siquiera a llegar a ningún establecimiento, resultaba bastante probable que el dinero aún estuviera donde -con toda seguridad- se le debía haber caído. Bastaría con que hubiese bajado al estanco que hay a veinte pasos de la casa para notar su falta. Un minuto. Treinta segundos. Una cuestión de tiempo que, por muy deprisa que yo hubiera bajado las escaleras esa mañana, podría relacionarme directamente con el suceso al haberme tropezado con él en el portal. Es verdad que, a riesgo de ponerme en evidencia o de parecer maleducado, él podría haber dicho, Hola ¿no habrá visto usted un dinerito que se me ha caído hace un momento?. A lo que yo, no habría tenido más remedio que delatarme respondiendo afirmativamente. Perdida esa oportunidad, con la certeza de que el hecho hubiera ocurrido donde efectivamente ocurrió, y teniendo en cuenta las circunstancias anteriormente citadas, él es libre de sospechar que el vecino -o sea yo- se ha quedado con algo que le pertenece, a cambio de que el vecino -o sea yo- también sospeche que él sabe que ha sido realmente así. Pero no dijo nada, Hola, Buenos días. Nada más. Como siempre. Quizás el muchacho, más que educado, sea tímido. Cada vez que coincidimos en la escalera o en la calle y antes de que concluya ese breve intercambio de saludos cordiales, él ya ha arrojado al suelo su mirada como avergonzado, o la ha desviado hacia otra parte. Incluso yendo cargado, nunca ha querido subir conmigo en el ascensor prefiriendo correr escaleras arriba con las bolsas como si se las fuera a quitar, o como si alguien le viniera persiguiendo. No es que me importe verdaderamente, pero reconozco que el núcleo familiar del 3º3 es para mí, como poco, peculiar por no decir inquietante. En los seis u ocho meses que llevarán en la casa, no tengo ni idea de quienes viven en el piso, ni cómo se llaman, ni a qué se dedican. Al vecinito éste le he visto siempre solo u, ocasionalmente, en compañía de otro chico un poco mayor que se le parece mucho, una chica gordita y con gafas que con 200 kilos más sería un calco de la madre y, excepcionalmente, con gente de su edad con la que festeja cuando tiene la oportunidad de hacerlo. Acaso su actitud desconfiada oculta algo y hasta puede que lo ocultara con anterioridad a lo ocurrido hace dos días, poco antes de que él desapareciera portal adentro y yo alcanzara la calle con diez billetitos de 20 €, o sea, 200 € -unas 35.000 pesetas de antes- diciéndome eso de San Rafael San Rafael, quien se lo encuentre pa’él, que también se dice mucho en este pueblo.

2.- EL ATASCO

Después de mirar los billetes a cada rato como si fueran gusanos de seda a punto de transformarse en capullos -o éstos en mariposas- y debatiéndome su posible devolución entre el ahora o nunca, esa misma noche mi voluntad empezó a escorar hacia esto último, cediendo a la tentación de gastarlos antes de que la policía llamara a mi puerta con un vídeo incriminatorio como prueba de robo, o de que me entrara un arrebato desconocido que me obligara a actuar como el ciudadano ejemplar de la semana. Pero ya era demasiado tarde para moverse en esa dirección. A esas alturas, ni siquiera podía esgrimir como coartada el haber estado fuera durante todo el día, más que nada, porque me había cruzado con él esa misma mañana sin decirle ni pío del asunto.

A dónde podría ir tan temprano un chaval con 200 € es algo que, aunque me lo pregunté, estaba y estoy dispuesto a seguir ignorando. Por supuesto, con diecisiete o 18 años y 200 € en el bolsillo un chaval puede hacer algunas cosas e ir a algunos sitios, aunque sea domingo. Un chaval y cualquiera que no lo sea, vaya. Como no quiero pensar en otra cosa, supongo que se los habría dado la madre para pagar una cuota de algo, acaso una factura de la luz o del teléfono. Pero 200 € de teléfono es mucho teléfono y también mucha electricidad. Un chaval podría llevar 200 € cualquier día si estuvieran todos en un sólo billete a falta de otro de menor cuantía, pero diez billetes de 20 € indican algo más. No sé exactamente el qué. Aunque lo pensara, no quería imaginar que fuese dinero para un giro destinado a su abuela enferma o a su padre en Alemania. Por momentos, me atasqué pensando que se trataba de dinero para libros porque eso daba sentido a que fuera precisamente él, y no la madre, quien se encargara de la compra, con independencia de que los 200 € estuvieran en billetes o en monedas de céntimo. Nunca podría averiguarlo a menos que se lo preguntara (cosa que, naturalmente, no pensé hacer en ningún momento). Qué iba a decirle, Oye que, si necesitas dinero para libros pídemelo ¿eh?. Para otra cosa no, pero, para libros lo que quieras. Y él, Hombre, pues ya que lo dice, sí, me harían mucha ilusión 300 ó 500 € si es usted tan amable, ¿Cómo que 300 euros? Te puedo dar cien que son lo que tengo... Sería peor sin duda.

No voy a relacionar aquí ahora las cosas que se pueden hacer o comprar con un dinero que rápidamente empezó a tener más importancia de la que estaba dispuesto a darle mientras me quemaba en la cartera. Pero, si me lo quedé, si aún no he llamado al 3º3 para preguntar si es de alguno de ellos, fue por algo que no podía adivinar pero que, entonces, entendí como una señal.

3.- LA ESPERA

Al día siguiente, empecé a considerar la posibilidad de que el dichoso dinero podría no haberlo perdido el vecino, sino su hermano mayor o su hermana pequeña; que incluso podría habérsele caído a alguna de las vecinas del 3º4, o a la parejita del 3º2. Puede que lo hubiese perdido algún otro vecino, o hasta alguien que, viviendo en otra casa, pasara de visita. Pero convocar una reunión para comunicarles que había encontrado en mi planta unos billetitos con los que podríamos hacer una rifa –que, en justicia, debería ser sólo entre los ocupantes del tercero-, era una idea disparatada que no terminó por convencerme. Las reuniones de comunidad son demasiado ridículas per se, como para proponer una de este calibre. Con tal de entrar en el sorteo, todos los vecinos habrían dicho que pasan por el tercero: los del segundo cuando suben a tender la ropa y los del cuarto –si lo hubiera- cuando bajan andando. En esas, los de mi planta habríamos tenido que convencer a los del segundo de que nadie sube a tender con 200 € en la bolsa de las pinzas y, conociéndoles, no creo que hubiéramos llegado a un acuerdo. Así que, en vez de preguntar a nadie, decidí resolver.

Tal vez yo no le gusto al vecino o –aunque me cueste creerlo- le inspiro tanto respeto como el que, en dos ocasiones durante siete meses, me ha producido a mí ver a su madre ocupando todo el marco de la puerta y parte del pasillo en la escalera. No importa. Él no me mira mal ni sospecha de nada. Me mira como siempre: raro, desconfiado, como si fuera cibernauta o teleco o como se llame esa nueva forma de autismo siglo XXI. Quizá oculte realmente algo, pero de la pasta lo más probable es que no tenga ni idea.

Esperé. Lo normal era esperar a ver si alguien preguntaba. Esperar en casa, por supuesto, y con el televisor encendido, no asomando la oreja al patio por si a algún vecino le da por hablar del asunto en voz alta para que todo el mundo se entere –quiera o no- de algo. Con esos métodos, la mala conciencia suele actuar por su cuenta y uno puede inmiscuirse en la vida de los demás sin desear hacerlo. Imaginar la noticia de que los 200 € eran de la viejita del 1º2 que, por error, había enviado el ascensor a la tercera planta, me producía un sufrimiento enorme. Me veía obligado a dejarlos en su buzón, o bajo la puerta de su piso, sin que nadie pudiera descubrirme. Asunto éste harto difícil ya que, aparte de que uno puede encontrarse con los vecinos en la escalera a cualquier hora del día o de la noche, siempre hay alguien atento a quien sube y baja, a quién entra y a quién sale. Además, de madrugada se escucha todo en una casa y aún más los viejos -por sordos que estén-, que duermen poco (o menos que poco si han perdido la mitad de su pensión).

Lo normal era esperar, ya digo. Pero como no sabía hasta cuándo y llevaba dos noches sin dormir, mis nervios empezaron a estropearse. Escuché en un informe que si no duermes en varios días te mueres o te vas poniendo loco. La presencia en casa de los billetes, como la de una visita inoportuna, amenazaba con la ocupación total del espacio en mi cabeza llegando a obsesionarme con que, no sólo era el vecino del 3º3 sino que, hasta en la Seguridad Social y en el Supermercado de la esquina, todos sabían que yo era un ladrón. Y –lo peor- nadie lo decía.

4.- LA SALIDA

Sea por el peso de la culpa en mi cabeza, o por si hay más gente que va perdiendo billetes por ahí -quién sabe-, hoy he reparado en que llevo dos días mirando al suelo mientras voy caminando por la calle. Cuando esta tarde he salido decidido a no volver a casa con los 200 €, tenía el propósito de comprar un loro de peluche para regalar al bebé de una amiga. Me daba igual un loro que una cacatúa. Con tal que el muñeco fuera lo suficientemente grande, tuviera colores vistosos y pudiera colgarse en su habitación, me daba por satisfecho. Es más, tenía el loro en la cabeza como si lo hubiese visto alguna vez en algún sitio que no lograba recordar. He recorrido todas las tiendas de juguetes de infancia y de multiprecios que conocía, pero había pocos peluches y ningún loro entre ellos. Parece que en verano la gente no regala peluches a los niños si no son congelados. En casi todas las tiendas me dijeron que habían tenido loros, aunque no esperaban que volvieran hasta la navidad. Como no era cuestión de esperar hasta entonces, empecé a considerar la posibilidad de que, tal vez, hubiera visto al loro en algún bar de copas o en algún restaurante exótico. Pero como no tenía cuerpo ni ánimo para buscar en esa dirección y se acercaba la hora del cierre en los comercios, fui a una tienda de animales en la que se han precipitado los acontecimientos que relato.

Ahora, si un loro de plumas estuviera a mi lado gritando como loco, o tuviera los ojos de una lechuza clavados en la espalda, no estaría más nervioso de lo que estoy. Si las noches anteriores la pasé de guardia, en ésta podría formar un retén de vigilancia yo solo. Bueno, solo exactamente no, porque tengo en el piso una casita de madera prefabricada con una ardilla escondida en su interior que debe estar durmiendo. Naturalmente, no voy a regalarle una ardilla a un bebé de tres meses, por muy recomendable que pueda ser para la sociabilidad y sensibilidad de las pequeñas criaturas humanas su relación con otros animalitos. El caso es que me siento traicionado por algo. Quizás por la falta de sueño, o por la conciencia... o la subconciencia...  O por alguien.

No se entiende que buscando un loro de peluche haya comprado una ardilla viva que reclamaba liberación con todo su ser, cautivándome desde el momento que entré en la tienda, como si me estuviera esperando, como si ella fuese mi propia imagen atrapada en un espejo. No se entiende que, con lo bonitos que son, tampoco hubiera loros en una tienda de animales. Pero sobre todo, no se entiende que haya tenido que pagar 250 € con tarjeta de crédito, porque los billetes que había decidido gastar resultaron ser falsos. Se tratará de una broma ¿no? ¡Por supuesto!

Excuso relatar el bloqueo que me ha producido la vergüenza, imaginar una posible denuncia y el miedo a unas consecuencias que, no obstante, lejos de paralizarme, espolearon firmemente mi decisión de salir lo antes posible de allí aunque fuese con este bicho. No considero necesario añadir que no sé nada de ardillas y que no voy a aprender ahora cómo funcionan, a pesar del libro de instrucciones que me han regalado, seguramente, por el apuro en que me han visto o porque, sencillamente, he denunciado mi propia ignorancia al preguntar que si comían pasta.

¿Qué hago ahora?... ¿La bautizo?... ¿La dejo en la puerta del 3º3 y les pido la diferencia?... ¿Devuelvo la ardilla y recupero el dinero?... ¿Y si la vuelvo a vender más cara en un mercadillo?... ¿Compro otra para que no se aburra?... ¿Qué será la ardilla en el horóscopo chino?

No soporto tantas preguntas sin respuesta.

El animal ha asomado la cabeza por la puerta de su casita repasando con la mirada su nuevo entorno. En el instante en que decide clavar sus ojos en los míos, descubro que hay alguien dentro de él. No sé si puede leer algo en mí, pero tengo la impresión de que lo intenta, de que trata de entender la situación. Del mismo modo que llamó mi atención en la tienda de animales, yo sí que leo cosas en él (o en ella). Veo su inseguridad como la mía, su fragilidad, su hermosura, su inquietud, un gesto avaro al frotarse las manos que encuentro verdaderamente revelador. Pero es reparando en su corta historia vital -de captura, miedos y carencias- grabada en la retina de sus ojos, cuando se ilumina en mi mente el neón de la Esclavitud, un concepto que explica mi propio trastorno desde que encontré aquel fajo de billetes. Quizá los vecinos se dediquen a falsificar dinero. Qué importa. Verdadero o no, sólo es un instrumento que, aún teniéndolo, no nos hace más libres ni más felices.

Ésta era la señal.

Mientras busco en el libro cuál y cómo es el hábitat natural de las ardillas, ésta se entretiene con un poco de comida que me dieron en la tienda para ella. Está claro que no voy a viajar a América aunque, perteneciendo a los bosques, podría dejarla en alguno de los parques naturales que rodean esta zona...

... Sí, mañana, Robin y yo, seremos liberados.

Oídos sordos

A todos los Yusuf que naufragan en el estrecho pasillo de dos mundos.

Leyendo en los labios de una presentadora de informativos a la que habían sustraído el volumen del televisor durante el descanso de un partido de fútbol que estaba viendo en un bar, más que en un brote de soledad repentina, se me ocurrió pensar que algo así podría ser el principio de algún tipo de sordera o hipoacusia –término aprendido esa misma mañana en los diarios a propósito de una incapacidad cada vez más extendida. Durante el pasado verano sufrí una otitis, al parecer, originada por los baños (y quien sabe si también por el chapapote que encontré en Santander) pero, o aquella mujer hacía gala de una perfecta articulación bucal al declamar, tal como algunas personas explican las cosas a los extranjeros, y yo era capaz de entenderla como si la estuviese escuchando, o mi historial como músico de altos decibelios empezaba a pasarme factura.

A mi alrededor, la gente del bar seguía hablando a voces, pero no podía entenderles aunque hiciera el esfuerzo de concentrarme en intentar escuchar a alguno de ellos. Eran sonidos guturales, onomatopéyicos, animales. Algunos movían los labios pero no articulaban palabra alguna o, al menos, yo no conseguía identificar ningún sonido ni, por tanto, sospechar qué decían.

La locutora de televisión después de saludar mirando directamente a cámara, hablaba de un accidente ocurrido en aguas del Estrecho de Gibraltar en el que habían fallecido ahogadas doce personas, cuatro de las cuales eran mujeres y dos de ellas estaban embarazadas. A continuación emitieron unas imágenes del suceso que probablemente llevarían una voz en off, aunque lo que yo escuchase fuera el sonido del mar, el crujir de la madera en los barcos, las voces ininteligibles de los guardias civiles que habían intervenido en la operación de rescate, el viento frío, los ayes del cuerpo al que se adhiere la ropa áspera y mojada. Estaba deseando que volviese a aparecer en pantalla la presentadora anunciando que había habido un problema con el audio del reportaje pero, en su lugar, entró en imagen una corresponsal de la cadena a la que, para mi sorpresa, también conseguí entender a través de sus labios cómo certificaba la noticia introducida por su compañera, ampliando las distintas nacionalidades de las víctimas y proporcionando datos sobre la situación, hora, tipo de embarcación y causas posibles del accidente. Como anécdota, señaló que uno de los muertos, de nacionalidad marroquí, llevaba escrito en la palma de su mano el nombre de Zafarraya. “Desde la playa de Tarifa, María José Garzón, para ceeneene plus”, fue lo último que dijo.            Después de eso, ya no me quedé en aquel bar para ver la segunda parte del partido. Mi equipo goleaba –y ya vería algún resumen más tarde-, pero se me imponía con urgencia averiguar lo que estaba ocurriendo con mis capacidades sensoriales, en especial la auditiva, frente a mi propio televisor. Estaba empezando a sospechar que la antena de mis oídos se había desajustado, u orientado en una dirección que me permitía escuchar de otra manera, como en otra frecuencia.                   En casa miré varios canales y en todos escuchaba perfectamente lo que decían. Únicamente mi perra empezó a comportarse de un modo particular, siguiéndome y llamando mi atención constantemente a la vez que emitía unos sonidos que nunca había escuchado salir de un cuerpo canino. Le preguntaba si le pasaba algo, si le dolía en algún sitio, y ella seguía queriendo decir algo. Era como si, después de ocho años oyendo y escuchando a los seres humanos (y la televisión), hubiera aprendido a hablar e intentara hacerlo, balbuceando sus primeras palabras. Naturalmente, yo no entendía un carajo. La saqué de paseo para observarla, y su actitud fue absolutamente normal incluso una vez que regresamos a casa. Quizá lo que había querido decirme un rato antes era sólo que la sacara de paseo, aunque nunca lo hubiera hecho de aquel modo. Tiempo atrás la había nombrado como la perra-gato por participar de un estilo sutil y callado, de una agilidad casi felina para alcanzar un sillón, el borde de la cama, o un alto en donde se enroscaba o se quedaba a mirarlo todo como si lo estuviera registrando en vídeo con sus ojos. Fue una etapa en su vida de la que todavía le queda algo. Quizá estuviera practicando un aprendizaje, o conociéndose. Quién sabe de sus procesos. ¿Una perra-loro ahora? Desconozco la constitución del aparato fonador de los bichos esos que repiten el sonido de algunas palabras, pero he leído en algún sitio que los perros no tienen laringe sino sólo dos cuerdas vocales para ladrar, estornudar, toser, bostezar, quejarse, roncar, gruñir, alegrarse, jadear, eructar y también, cuando duermen, producir en sueños una especie de gemido o de llanto inarticulado y profundo que bien podría asimilarse con el de las pesadillas humanas. Aunque en ocasiones le pregunte algo –y eso lo hace todo el que convive con un perro-, cosas fáciles siempre, como que si está triste, o que si está harta de comer pienso, y juro que mueve la cabeza en sentido afirmativo y/o negativo –al igual que hacen focas, delfines, elefantes y otros seres amaestrados-, estoy absolutamente convencido de que los perros no hablan nada más que en las películas. Puedo jurar también que yo no le he enseñado a hacer nada de eso ni, si me apuran, nada de nada. Sin embargo –pensé-, si ésta perra habla me forro. Me forro, me muero o salgo corriendo. Si un día se me acerca y me dice una sola palabra, aunque sea noteasustes (que ya son tres), no sé cuál sería mi primera reacción. No, mejor que no hable. No estoy preparado para que un día conteste a alguna de mis preguntas o comparta conmigo sus secretos. Tampoco estoy tan loco como para empezar a catalogar ahora las películas de perros que hablan. No. Voy a mirar el resumen de la jornada en la tele si me deja el teléfono. Al otro lado del auricular, una voz joven habla un castellano-andaluz difícil de entender. Pregunta por una mujer llamada Fátima. Le contesto que ha debido confundirse, Lo siento, aquí no vive nadie con ese nombre, pero insiste. No, no conozco a Fátima, conozco a una pero vive en Cádiz. Dice que es de Casablanca, Marruecos, Casablanca ¿conoce?, - ¿Quién? ¿Quién es de Casablanca-Marruecos, Fátima o él? ¿Y a mí qué me importa? - Sí, he estado en Marruecos y en Casablanca, pero no he conocido a ninguna Fátima y, oiga, disculpe, se ha equivocado de número..., No, Fátima, los número de telefón nueve, cinco, cuatro..., Sí, sí, son esos los números de mi telefón, pero tal vez no los ha marcado usted bien - ¿Qué tontería estoy diciéndole? -, adiós.

Intento de nuevo ver el resumen televisivo de la jornada futbolística, pero tan extraña correlación de sucesos parece fruto de una conspiración destinada a evitar que eso ocurra. Sé que es imposible, que son casualidades, que a nadie le importa que vea o no la televisión, con o sin sonido, o que me cante o me baile la perra, pero voy a desconectar el teléfono por si a alguien más se le ocurre llamar, por ejemplo, para preguntar el número de teléfono de otra persona. Ya me pasó: ¿Está Joaquín?, No aquí no vive ningún Joaquín ¿Y sabe usted dónde podría localizarlo?

Veo los goles por fin mientras empiezo a considerar la posibilidad de algún trastorno. Podría ir al otorrino. Nunca lo he hecho, aún habiendo aprendido a decir otorrinolaringología mucho antes que supercalifragilisticoespialidoso, o abstracción, por ejemplo. Pero no, no me pasa nada. Escucho perfectamente, mi perra no es el cerdito Babe, y hay muchas personas que, a pesar de llevar bastantes años en España, cada día hablan peor nuestro idioma.

Sin embargo, cuando apago el televisor y me entrego al silencio de la noche, Zafarraya vuelve a mi mente. Zafarraya y algo más.

Hace años supe de ese lugar en la Sierra de Alhama, entre Málaga y Granada, a raíz de un documental en el que se hablaba de la extraordinaria –por nada común- acogida que dispensan los españoles que viven allí hacia aquellos, norteafricanos fundamentalmente, que pretenden un porvenir mejor del que pueden esperar en sus lugares de origen. Me emocionó que existiera un pueblo cuya gente guardara memoria de experiencias pasadas -como emigrantes en Alemania, en Bélgica, en Francia o en Suiza durante la posguerra española- que les habían servido para poner en práctica una política común de solidaridad humana frente a los que, como antes ellos, habían logrado llegar hasta allí, y que, en el reportaje, lo certificaban ante las cámaras. Zafarraya, desde entonces, es para mí una palabra mágica, algo así como la fórmula de un sueño o el nombre con el que poder invocar un verdadero milagro.

Tales cosas me parecen ahora incluso lo que fue mi viaje a Marruecos hace ya muchos años. En ocasiones miro hacia atrás y tengo la impresión de que lo que ocurrió en algún momento de mi vida, en algún sitio, los lugares que recorrí, los paisajes que vi, las gentes que encontré, pertenecen a alguien que no soy yo, como si eso que viví lo hubiera vivido otro yo. Por ejemplo, no recuerdo el rostro ni el nombre de quien llamaré Yusuf. Un estudiante de español al que conocí en un lugar entre el desierto de Goulimine y Agadir. Tenía diecisiete años y era el mayor de ocho hermanos, el menor de los cuales -con dos años- tenía la mitad de estatura que nuestra hija de su misma edad.

Comenzaba el invierno. Nos habíamos perdido en el camino y se había hecho de noche. Las niñas tenían hambre y frío, nos estábamos quedando sin gasolina y no se veía una sola luz por ningún sitio. De pronto, nuestro deseo de amparo se vio sorprendido por algo parecido a una población demarcada por una sola calle con varios bloques de viviendas a cada lado; casas desconchadas, húmedas y algo ajenas, como de una época colonial, que dejaban asomar débiles luces por entre las rendijas de unas puertas y ventanas desvencijadas o semicerradas. Cada cincuenta metros aproximadamente de ese trayecto, un cable situado a unos diez metros de altura atravesaba la calzada de parte a parte, sosteniendo una pobre bombilla de luz amarillenta que empañaba el aire y rozaba fantasmalmente el camino de tierra por el que circulábamos como si fuéramos los únicos habitantes del planeta. Las únicas personas que vimos estaban en un bar donde sólo había unos hombres que hablaban a voces, como si estuvieran discutiendo, mientras otros jugaban o miraban el fútbol en un televisor. Me acerqué a preguntar en dónde estábamos y si habría algún sitio próximo donde poder pasar la noche. Yusuf salió conmigo del local no sin antes hacer un aparte y decir algo en árabe que hizo reír a las personas que allí estaban. Algo que, confieso, despertó en mí esa desconfianza que se produce cuando alguien a tu lado habla en un idioma que no entiendes dando pie a interpretaciones del lenguaje no verbal con el que tan poco familiarizados estamos casi todos. Desconfianza que compartí con mi mujer en cuanto llegué al coche que ella conducía, y que creció notablemente cuando Yusuf abrió la puerta delantera derecha, y se sentó apretadito a mi lado, dando la orden de salida e indicando direcciones que nos sacaron del poblado, de la pista de tierra que llevábamos, y de cualquier camino que pudiera estar dibujado en un plano. Direcciones que nos introdujeron de nuevo en la oscuridad únicamente alumbrada por los faros del coche y que nos conducían, en una travesía interminable, por tramos de campo abierto, como sembrados y senderos embarrados, hasta aproximarnos a unos matorrales junto a los que, a otra orden, nos detuvimos como perros obedientes. Apeándose del auto con una urgencia extraña, Yusuf se abalanzó sobre unos setos de tullas que ocultaban un portalón, y nos invitó a entrar en coche mientras nuestra hija mayor, Tania, con seis años, preguntaba “Mami ¿a dónde vamos?”, creo que tan sólo un poco menos asustada que nosotros, que vimos cómo Yusuf cerraba la salida a nuestra espalda y ordenaba que esperásemos allí. Intentando tranquilizar a Tania, mi mujer le explicó que no lo sabíamos, pero que en cuanto llegáramos comeríamos algo y dormiríamos calentitos. Yo, que no tengo remedio, empecé a contarle el cuento de Alí Baba y los cuarenta ladrones, deteniéndome con mucha parsimonia en los detalles de entrada a la cueva del “Abracadabra”. Nos dio la risa. (Nerviosa, por supuesto.) Estábamos entregados a una situación que no controlábamos en absoluto y eso nos producía una inseguridad terrible. La presencia de las niñas nos había evitado más de un disgusto en la semana que llevábamos de viaje, y quisimos confiar en que ese cariño o respeto especial que los marroquíes habían demostrado tener hacia la infancia no hubiera desaparecido. Pero una cosa es querer confiar y otra hacerlo verdaderamente. Le dije a mi mujer que no desconectara el motor ni las luces, y salí del coche con la intención de decirle a Yusuf que no se molestara más por nosotros, que preferíamos irnos, continuar nuestro viaje a ninguna parte. Seguí los pasos que a él le habían llevado hasta una casa situada a unos veinte metros de donde nos encontrábamos y, como si hubiéramos pisado un hormiguero, al asomarme a la puerta entreabierta, vi a varias personas moviéndose precipitada y nerviosamente en todas direcciones. De manera atropellada pregunté por Yusuf al ser descubierto por uno de ellos que, sin entenderme, me invitó a entrar en la casa. Estaban preparando una habitación sólo para nosotros, moviendo catres y muebles, despejando un espacio que, luego lo sabríamos, compartían diariamente cuatro hermanos. El padre, un hombre desdentado con chilaba negra y las grietas del desierto en el rostro, aún detrás de la barba, nos bendijo al vernos como si nuestra aparición allí fuese una señal o un milagro. La madre, con un velo que le ocultaba casi todo el rostro, y siempre a distancia, hizo unas tortas de pan que los chicos nos ofrecieron en un plato al lado de un trozo de mantequilla. Pasamos dos días junto a ellos, y las niñas lloraron cuando decidimos marcharnos. Los chicos mayores chapurreaban español, francés e inglés gracias al colegio y, sobre todo, a sus ocasionales escapadas hasta Agadir, en donde vendían artesanía a los turistas. Los bordados con hilo de oro y pedrería sobre terciopelo negro que reproducen palabras del Corán en las mezquitas y palacios, ellos los hacía con hebras de paja, teselas pintadas y cartulina negra que enmarcaban dándole un barniz de azafrán a la madera para simular el bronce.

Aunque quisimos mostrarle nuestra enorme gratitud en repetidas ocasiones, apenas nos permitieron comprar unos pollos, verduras y pasteles para la comida de un día, y un par de cuadros de aquellos que hacían para los turistas. Yo le dejé a Yusuf una camisa que le había gustado. El padre, que con sesenta y cinco años sacaba el agua de un pozo ayudándose de una mula de la que tenía que tirar con fuerza, mostraba un interés desesperado en que le buscáramos un trabajo en España a su hijo mayor para, así, ir reuniendo dinero con el que sacar de aquel lugar perdido, uno a uno, a toda la familia. Estaba dispuesto a emplear sus ahorros y hasta vender la mula para conseguir las 150.000 pesetas que le pedían por un visado con el que poder salir de Marruecos.

A nuestro regreso, intercambiamos con Yusuf un par de cartas en las que invariablemente nos apremiaba para conseguirle una ocupación en nuestro país, y le enviamos unos libros que decía tener interés en leer y dificultades para encontrar: Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y una Antología Poética de Antonio Machado.

Espero que les llegasen porque no volvimos a saber nada más de él.

Cuando vi el reportaje sobre Zafarraya habrían pasado más de diez años de aquella aventura, habíamos cambiado de casa y de ciudad, y lamenté haber perdido su dirección. Como en el cuento de La camisa del hombre feliz -en cuya búsqueda por el mundo se emplea el protagonista del mismo hasta descubrir que el hombre feliz no tenía ni camisa-, en un breve sobre Marruecos del telediario, y entre un grupo de gente que corría en una manifestación, creí descubrir una camisa blanca con cuadros verdes como la que le regalé a aquel muchacho que me abrió una puerta al reino de los cielos.

Hace dos días abrí el cuarto que fuera de las niñas y, entre cristales rotos, encontré en el suelo uno de aquellos cuadros, en cuya parte posterior -una página amarillenta del diario deportivo L’OPINION, Jeudi 3 Juillet 1986-, yo mismo había pegado (en Biougra -Marruecos- ese mismo año) una hoja de cuaderno en la que figuran, escritas en árabe y traducidas al castellano, las palabras del proverbio coránico ilustrado en el anverso sobre la imagen de una llave: Miftah Farash Asabra

“La paciencia es la llave de la buena suerte”            Este fin de semana me he dejado conducir por las líneas de las manos, llevando el nombre de Fátima en la cabeza. Sé que la voy a encontrar, que la reconoceré sin haberla visto antes, y que haremos el amor en silencio, suavemente, sordos a los oídos del mundo, ciegos ante nosotros mismos.

Quereres



Querer es querer querer

A. MORENO

QUERERES

La oficina es lo suficientemente amplia como para que las cuatro personas que ocupan sus respectivas mesas de trabajo en una misma habitación mantengan, sin necesidad de tabiques ni paneles, cierto nivel de independencia dispuesto por una distancia que les impide escuchar necesariamente a las otras; a menos que, como hace Pedro ahora, se eleve un poco la voz.

-          Julia ¿puedes venir un momentito?

Aún así, el resto puede seguir trabajando, concentrado en la pantalla de su ordenador, o en las carpetas de papeles que no han ingresado todavía al mundo informático, como es el caso del que Pedro ha dado a leer a Julia:

Si mis pasos tuvieron alguna vez algún sentido fue el día que decidí seguir los tuyos. Caminaba despacio, sin dirección alguna, cuando mi corazón comenzó a precipitarse acelerando el tiempo y las distancias. Sin darme cuenta desvié mi camino al verte desde lejos, al verte sin que me vieras, al verte como nunca te había visto, como si te viera por primera vez fuera de esta pecera en donde los sentidos terminan por atrofiarse en su rutina y la memoria no se reconoce ni se orienta más que en cifras, en nombres y en detalles carentes de importancia. De haber podido elegir alguna vez alguna cosa, de haberme podido sentir libre, de haber podido ser ese yo que ahora sospecho, habría elegido que ocurriera este momento en que descubro, realmente feliz, todo lo que oculta el miedo. Me agarro a las palabras como quisiera hacerlo el náufrago a una balsa, como te quiero a ti, al pensarte desde entonces.

Las experiencias personales acumuladas durante años de obligada convivencia en ese espacio, han ido determinando los mundos de cada uno respecto de los otros de manera que, a fecha de hoy, por ejemplo Pedro, prácticamente no conserva apenas relación con nadie más que con Julia.

-          ¿Lo has escrito tú?

-          ¿Qué te parece?

-          Es precioso. Bueno, es precioso y triste a la vez.

-          La belleza siempre tiene algo triste ¿no?.

-          ¡Como el lago de los cisnes!

-          O como los propios cisnes...

Quiere aquello decir también, que éstos y otros encuentros en voz baja se han instalado en la actividad diaria, tanto como el sonido de los teléfonos o el timbre de la puerta que, quizá por repetidos o integrados, no parecen alcanzar el oído de algunos. De este modo, si por ejemplo alguien llama ahora a la puerta, puede apostar cien contra uno a que le atenderán Pablo o María, ya que sus otros compañeros siguen ocupados.

-          No sabía que te dedicabas a escribir.

-          Me lo recomendó el médico cuando la depresión ¿Te acuerdas?

-          Sí.

-          Pues me gustó hacerlo, me sentí bien haciéndolo. Incluso vi que tenía posibilidades, que se me daba bien... ¿Te gusta de verdad?

-          Sí, sí. En serio, me encanta... lo que pasa es que me he quedado de piedra.

-          ¿De piedra? ¿Por qué?

-          Porque no imaginaba que tú...

-          Es que yo tengo muchas cosas dentro. Muchas, demasiadas cosas... Y desde hace mucho tiempo. Cosas que necesito sacar ¿entiendes?.

-          Sí, sí.

Aunque ceda a la tentación, Julia no es de esas mujeres que caminan por la calle certificando la existencia perfecta de su cuerpo en cada cristal de escaparate. Pese a ser delicada, paciente y eficaz en lo que hace, ha tenido poca suerte con los hombres, y todo hace sospechar que el listón de sus exigencias frente a ellos comienza a ceder bajo el empuje de los años.

-          Tengo ya un montón de papeles, y estoy pensando presentarme a un concurso.

-          ¡Hazlo! Se te da muy bien, en serio te lo digo.

-          Bueno, pero de esto, ni una palabra a nadie ¿eh?...

-          Sí, sí, por supuesto. No te preocupes.

-          ... no vaya a ser que...

-          Aunque si piensas enviarlo a un concurso...

-          Ya, ya..., pero todavía no me he decidido del todo a hacerlo. Además, yo creo que la gente que escribe lo hace para ella, para sí misma ¿comprendes?, aunque mientras esté escribiendo piense en este o en el otro...

-          Pues yo no estoy de acuerdo contigo. Yo pienso que cuando alguien escribe algo como eso que tú has escrito, lo hace para alguien, para que lo lea alguien ¿no?. Si no, ¿por qué has querido que lo lea yo?

-          Para que me dieras tu opinión, para ver tu reacción, por si tienes algo que decir. No sé.

-          ¿Te puedo hacer una pregunta?

-          ...

-          ¿Eso te ha pasado en realidad o...?

-          ¿Qué más da?. Imagina que fuera cierto y que alguien, sabiéndolo, se reconociese en esa persona,  ¿cómo se lo podría tomar?

-          Pero si, por lo que dices, no lo va a leer nadie...

-          Lo has leído tú.

Cuando Pablo llegó a la oficina llevaba la misma soltería que sigue manteniendo bajo un currículum seductor de los que el tiempo no desgasta del todo, pese a promover cierto recelo entre quienes le rodean. Si a ello sumamos distintos desencuentros ocurridos tanto con Julia como con Pedro, su estar en la oficina se limita a un trabajo en el que, afortunadamente para ambos, tiene a María enfrente de su mesa.

-          María, tú sabes que yo te quiero mucho ¿no?

-          ¡Y yo!

-          ¿Entonces lo nuestro no puede ser?

-          Mucho me temo de que no.

-          Pero si me quieres...

-          ¡Muchísimo!

-          Bueno. Eso es lo importante.

-          El qué...

-          ¡Quererse!

Es un error comparar, pero María es más agraciada físicamente que Julia. Tiene además un marido, dos hijos, dos coches y dos viviendas. Antes de los niños pasaba más tiempo en el trabajo que en casa, sustituyendo así el reducto afectivo de una familia que, al crecer y multiplicarse, la ha situado definitivamente en el rincón sentimental que ahora disfruta, y que no es precisamente la puerta del baño en donde ha sido reclamada por Julia. 

-          Ya le había visto yo dándole a las teclas como nunca.

-          Pues no te creas ¿eh? Porque parece algo muy... ¿cómo te diría?... muy pensado, muy profundo. ¡Vamos, algo que no sale así como así!

-          ¿Y de qué va?

-          No te lo puedo decir. Es personal. Me he quedado sorprendidísima porque no imaginaba yo que Pedro fuese así ¿sabes? No sé... Llevas un montón de tiempo conociendo a alguien, o creyendo que lo conoces y, de buenas a primeras, te encuentras con algo que... no sé si me explico..., algo que hace que cambies tu opinión, tu concepto de él. Y, vaya, que yo no tenía un mal concepto de él. En absoluto. Sé que vosotros no le tragáis y que... bueno, en su casa tampoco, pero a mí siempre me ha parecido un tío, no sé cómo decirte, muy sensible ¿no? Alguien que ha tenido como muy mala suerte en la vida y que, pese a eso, aún espera, en el fondo, muy en el fondo quizás, que le cambie esa suerte...

-          ¿Mala suerte? ¡La que se ha buscado! Todo el mundo no puede estar equivocado como él piensa, ni se puede pretender que cambie el mundo, que cambien los demás sólo porque a él no le gusta así. En su casa no sé, pero aquí ha sido él solito el que se ha ido aislando como si fuera... no sé, como si fuéramos leprosos o ignorantes o no sé qué, cuando, a lo peor, es él, con esa soberbia, y ese desprecio, y esa cara de amargado que tiene, el que no sabe ni qué hacer con él mismo, ni ganas de averiguarlo, y responsabiliza al mundo de todo lo que le pasa, y siempre somos los demás los culpables, los que cometemos fallos, los ineptos...

¿SE PUEDEN ESCRIBIR RELATOS O NOVELAS EN HORAS DE OFICINA? ¿ESTÁ PERMITIDO HACER CRUCIGRAMAS EN HORAS LABORABLES A LOS QUE NO TIENEN OTRA MISIÓN, POR EJEMPLO, QUE LA DE ESPERAR UN MANDATO OFICIAL? ES DE SUPONER QUE SI TALES EJERCICIOS NO MENOSCABAN LA EFICACIA Y RESPONSABILIDAD DEL INDIVIDUO EN EL DESEMPEÑO DE SUS FUNCIONES PROFESIONALES, NI LOS SINDICATOS SE ATREVERÍAN MÁS QUE A RECOMENDAR EL OCULTAMIENTO DE TALES PRÁCTICAS.

-          A mí no me gusta que hables así de Pedro, María. De verdad te lo digo.

-          ¿Que tiene problemas? Y ¿quién no? Yo también tengo problemas, y tú, y Pablo, y todos tenemos problemas. Pero eso no es para ir por el mundo como va él que parece que lo suyo es lo único que importa, y que él es el único que hace algo aquí y que... ¡Que se vaya a cagarla, hombre!

-          No si yo te entiendo. Lo que pasa es que se siente incomprendido por todo el mundo. Si hasta en su casa, fíjate. Yo por eso le escucho y le hablo. Porque está muy solo el pobre y me da lástima.

-          Y también porque te sale del chichi ¿no?

-          Por supuesto, pero es que..., no se lo digas a nadie, ¿sabes qué creo? ¡Que está enamorado de otra!

-          ¡Hostia ¿sí? ¡Qué fuerte!... Pues a este no le pega enamorarse así...

-          No te rías, fíjate: su mujer no lo quiere, él tampoco la quiere a ella ¿no? – que eso lo dice él y lo hemos oído todos - ¿por qué no va a poder enamorarse de otra?. Eso les pasa a muchos hombres casados.

-          ¡Y a muchas mujeres! ¿Qué te has creído?

De cómo y cuándo se entere Pablo de que Pedro escribe para casa en horas de trabajo es sólo cuestión de tiempo. Él también ensaya textos en la oficina y, si quisiéramos entretenernos con otro borrador, podríamos hacer que sospechara que su compañero los está describiendo injustamente, y hasta que tratara de contrarrestar con otro relato su versión de la oficina. Pero Pablo tiene otras cosas en la cabeza.

EXISTE CONSTANCIA DE LA CANTIDAD INNECESARIA DE HORAS (QUE SON DÍAS, SEMANAS Y AÑOS DE VIDA) EMPLEADAS EN EJECUTAR ACCIONES QUE NO REQUERIRÍAN MÁS DE UNOS MINUTOS. ¡Y VICEVERSA!. SI NOS ATUVIÉRAMOS A ELLO, NO HABRÍA –NO DIGO QUE HAYA NI QUE TUVIERA QUE HABER- TANTAS PROFESIONES, NI EMPLEOS, NI MUNDO DESARROLLADO, NI PROGRESO, NI SOCIEDAD DEL BIENESTAR, NI CALIDAD DE VIDA, NI NECESIDAD DE CRECER, O DE SER, O DE VIVIR EN JUSTICIA, Y TODOS ESTARÍAMOS MUCHO MÁS HUNDIDOS EN LA MISERIA DE UN SISTEMA QUE NECESITA DE TODOS NOSOTROS PARA EXISTIR ASÍ.

-          Y eso no es lo más fuerte, pero, por favor, me tienes que prometer que esto no saldrá de aquí. Lo más fuerte ¿sabes qué es?

-          ¿...?

-          Que creo que se trata de una de nosotras.

-          ¡Hija mía!... Pues si eso es así, lo siento pero te ha tocado. Porque yo estoy segura de que no.

-          ¡Eso es lo que yo pienso!

-          Ahora sí que voy a mear.

Desde antes de iniciarse este relato, y probablemente hasta después del punto final, la relación de conveniencia existente entre los hombres de esta oficina consistiría, poco más o menos, en decirse Hola-Buenos días, Adiós-Hasta luego y, poco más. Salvo que en algún momento no previsto por nadie, uno de los dos se acerque hasta la mesa del otro…

- Me he quedado sin tabaco ¿Me das un cigarrito?

…para que el otro saque del bolsito de cuero su paquete de rubio light, extraiga un pitillo para cada uno y, aprovechando la distancia que le brinda el ofrecimiento, decida mirarle a la cara con ojos encendidos de amor.

-          ¿Quieres fuego?

-          No, gracias. Ya tengo.

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