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Sousa Couto II, María Teresa (Mima Flora)

Aquí y en las estrellas



Aquí y en las estrellas

Debería despertarte, pero no, ahí estás tú profundamente dormido mientras yo no dejo de pensar en lo que me dijiste. He de confesar que me siento aterrada, sí, asustada, indecisa, nerviosa todo multiplicado por cien.

La cabeza me da vueltas lo mismo que mis tripas, aún no se como se te ocurrió preguntármelo, no me lo esperaba, y sí, tienes razón todo llega cuando tiene que llegar, así fue como tú llegaste a mi vida.

Sonrío (te lo pongo para que lo sepas) cuando recuerdo la primera vez que nos vimos en el bar de mi facultad, tú entraste distraído, me pisaste y apenas si me dijiste un “hey, tía perdona!!” y te fuiste, así como quien no quiere la cosa, dejándome con el dedo del pie alcanzando dimensiones astronómicas y una gran mancha de barro pegajoso sobre mis estupendísimas zapatillas blancas.

Te miré con rabia, sí, confieso que te hubiera escupido a la cara no tanto por haberme pisado sino porque no caíste presa de mis encantos como los demás, no te baboseaste ni te pusiste pesado para conseguir mi número de teléfono, ni nada, simplemente te empleaste a fondo con el bocata de calamares y la cervecita.

La siguiente vez que te vi fue en una fiesta, creo que en la de Derecho, allí estabas tú en la barra de la txozna en medio de un grupito de amigos mirando fijamente las luces de colores que se encendían y apagaban y pensé “éste es bobo o se ha metido algo”,  me quedé con ganas de observarte, pero Elena ya había divisado un par de posibles trofeos y me llevó arrastras hacia ellos mientras repetía su sempiterna frase “¡te lo juro, creo que me he enamorado!” y es que ella se enamoraba cada tarde, cada noche, en el coche, en el autobús, en la Facul, en la playa, en los bares, en el súper….

Fue Elena, que contaba con una amplia red social en el campus, gracias a que desconocía totalmente la noción de ridículo o vergüenza, la que me habló de ti: “ves aquel tío, el del jersey rojo, todo cedido, ese que tiene el pelo revuelto y las gafas de pasta negra, pues según Sergio, el amigo de Eduardo, el de Teleco, es un genio, dicen que ha diseñado un nuevo sistema de redes informáticas para el campus el solito.”

Te miré, no parecías para nada un genio y si un poco cerdo, porque hay que reconocer que ibas echo un guarro, te importaba (y te sigue importando) un pepino lo que dijeran de ti.

No me preguntes que fue lo que me impulsó a seguirte, a ponerme delante de ti, creo que una mezcla de ganas de saber como es un genio y una parte de amor propio herido porque a pesar de cruzarnos varias veces nunca me preguntaste por mi dedo gordo. Que por cierto, si no recuerdas se puso morado y se me cayó la uña, no me pude poner sandalias ni chancletas durante todo el verano, porque resultaba extremadamente antiestético, sabes que me gusta llevar las uñas de rojo fuerte pero era imposible disimular la falta de la uña del dedo gordo.

Me las apañé para que Elena se mezclara con el grupo de gente con el que más te codeabas, así fue como coincidimos los sábados, sin embargo yo parecía no entrar jamás en tu campo de visión, hasta el fatídico día en que me puse mis mini pantaloncitos vaqueros, tal y como dictaba la moda del momento, me sabía estupenda y disfrutaba de las miradas que se dirigían a mí y especialmente a mi estupendo trasero, pero lo que no me esperaba es que delante de todo el grupo me dijeras como quien acaba de descubrir la luna “¡oye, que se te ve el culo!!”, recuerdo perfectamente como te llamé gilipollas y retrasado de mierda y como pude dominar mis ganas de asesinarte.

Y sí… creo que las he sentido varias veces, las ganas de asesinarte, digo, porque a pesar de los pesares mi interés por ti en vez de disminuir aumentó, hice todo un despliegue de armas de seducción masivas (¡es que tengo más peligro que el Irak ese!) lo único que conseguí fue atraer a más de la mitad de la población masculina y parte de la femenina del campus.

Como siempre Elena acudió a mi rescate al ver mis estrepitosos fracasos para llamar tu atención, fue así como se enteró de que eras un gran aficionado a la Astronomía, tras dos semanas estudiando a fondo libros, mapas estelares, orígenes del universo, posibles hecatombes, supernovas y no tan novas, estaba preparada para poder conversar coherentemente contigo.

Por suerte, aprendí la lección porque nos pasamos más de tres horas hablando, bueno, en realidad tú hablaste y yo hacia esfuerzos por no perderme en la conversación, aunque hablabas con tal pasión y fuerza que me enganché y por eso hoy es mi pasatiempo favorito, mejor dicho, nuestro pasatiempo favorito.

Gracias al dato de Elena pudimos darnos aquel primer beso sobre el Aquarium, una estrellada noche de primavera cuando fuimos a observar las estrellas con la excusa de ser uno de los pocos puntos de baja contaminación lumínica de San Sebastián., y fue ahí cuando me di cuenta de que estaba irremediablemente enamorada de ese hombre tan inteligente pero tan desastrosamente desastre.

Estar a tu lado fue toda una prueba de resistencia, ¡éramos tan diferentes! Tu mundo y mi mundo tenían en común lo mismo que una naranja y un pato, o sea nada, salvo, si tenemos en cuenta que el pato se puede preparar a la naranja, una rebuscada metáfora para resumir como es nuestra relación: una mezcla de sabores, intenciones y visiones totalmente diferentes.

A tu lado nada de lo que había sido importante tenia relevancia, te daba lo mismo que fuera con un escote halter que con un estupendo blazer de Gaultier, a todo lo denominabas con una palabra: “ropa”, no existían ni colores, ni texturas, nada, simplemente lo catalogabas como “me sirve porque me tapa o no me sirve porque tiene demasiados agujeros”

Lo que no cambió en mí en estos años es mi parte romántica, ¡a pesar de que hayas atentado directamente contra ella! Todavía recuerdo nuestra primera noche juntos.

¿Recuerdas? Llevábamos saliendo ya  4 meses y decidimos dar un paso más, quedamos en que vendrías a mi piso el viernes (el piso que compartía con Elena y un par de amigas, que por suerte siempre se iban a casa los fines de semana)

Pasé toda la semana histérica, tomé rayos UVA para no estar demasiado blanca, me depilé a conciencia, fui a la pelu y me hice una mechas maravillosas, limpié todo el piso, lo perfumé, preparé una cena exquisita, puse velas y flores, y a Caetano Veloso de fondo musical.

Tú llegaste, te brillaban los ojos, me regalaste un colgante en forma de estrella con una piedra transparente en el centro.

Cenamos mirándonos a los ojos, apenas hablamos, no se bien como terminamos en mi cama besándonos y la noche se convirtió en caricias y besos, a la mañana siguiente al despertarme me sentía feliz, abriste los ojos, me diste un beso y me dijiste “¿mi amor?” y yo pensando para mi “te amo, te amo”, te respondí “¿qué?” y casi te mato cuando me dijiste “¡como roncas!”

Y de aquella noche hasta hoy ¡han pasado cinco años!, (¡sin descontar los tres meses que me duró el enfado ante tu denotada falta de tacto!). En estos cinco años he aprendido a amar al hombre inteligente y tan desastrosamente desastre que llena mis días de risas, amor y algún que otro cabreo (como cuando me dijiste que tenía bigote el mes que tuve la alergia cutánea y no me pude depilar).

Adoro sentirte en la cama por las noches, disfruto con tus gestos espontáneos de amor que me dejan trastocada y feliz, y sí… ¿sabes?…. ¡SÍ, QUIERO! Quiero compartir mi vida contigo, reírme de tus ocurrencias, sentirme amada y correspondida, porque si de algo estoy segura es de que te amo.

Y ahora mi amor, me voy de nuevo a la cama, donde tú duermes, te abrazaré bien fuerte y mañana cuando te despiertes tendrás en este papel la respuesta a tu pregunta:

QUIERO VIVIR MI VIDA CONTIGO.

AHORA Y SIEMPRE.

AQUÍ Y EN LAS ESTRELLAS.

¡TE AMO!

Seudónimo: Mima Flora

Rodolfo y su monstruo del enfado



Rodolfo parece un niño cualquiera. Tiene un par de orejas, dos ojos y pecas sobre la nariz, una boca llena de dientes con una lengua sonrosada, también tiene dos piernas estupendas que corren un montón y además saben meter goles, dos brazos normales con dos manos con cinco dedos cada una.

¡Y qué!  Pensarás, “Rodolfo es un niño como yo o como todos…”.

Pero es que hay algo que a Rodolfo le hace diferente y es que tiene un monstruo, ¡si!, has leído bien!, un monstruo muy particular que no se parece en nada a esos que salen en la tele ni a los de Monstruos S.A.

El monstruo de Rodolfo no se puede ver y no porque sea invisible sino porque… ¡está dentro de Rodolfo!

No te pienses que Rodolfo se lo comió, ¡nooooooooooo! No se sabe muy bien desde cuándo está, si fue una noche mientras dormía profundamente, o en un momento de despiste… ¡es todo un misterio!! O quizás siempre estuvo en su barriga escondido…

La cuestión es que el monstruo de Rodolfo es feo, muy feo, negro redondo y con pinchos. Cuando se despierta Rodolfo quiere ser el primero de la fila… empuja, a sus amigos, todos se quejan y Rodolfo grita quiero ser el primero yoooooooooooooooooo!!! cuando salen al recreo Rodolfo siempre quiere coger la pelota, meter los goles el solito sin pasársela a nadie y claro sus compañeros y compañeras siempre se mosquean. Nela siempre le dice que es un abusón. Rodolfo se pone rojo, rojo como los cangrejos cocidos y grita:

–¡El balón es míoooooooooooo!!!

Al final, sus compañeros se cansan de tanto grito y ya ni les apetece jugar con él.

Cuando llega a casa y se sienta a comer, si hay algo que no le gusta se pone a berrear:

–¡Que quiero macarrones! ¡No me gustan las lentejaaaaaaaaaaaaaasssssssss!

Y claro, adiós a la paz. Su hermanita pequeña Nerea, se pone a llorar porque estaba a puntito de dormirse y el berrido descomunal la despertó y entonces se arma el lío padre. Rodolfo chillando que si las lentejas son cosa de viejas, el bebé llorando, el padre diciendo que se acabó la tontería, la madre cantando una nana para que el bebé vuelva a dormirse, el único que está tranquilo es el abuelo que tiene la suerte de estar un poco sordo y se apaga el Sonotone, apenas se entera del berenjenal, así que se come las lentejas tan ricamente.

Solo cuando termina y se frota la panza se da cuenta de que Rodolfo está otra vez del color de los cangrejos cocidos y es entonces cuando el abuelo dice:

–¡Jesús, este niño parece que tuviera un monstruo dentro!

Pero entonces Rodolfo que escucha eso comienza a gritar:

–¡Que el abuelo dice que tengo un monstruo dentrooooooooo!

–¡Ay, ay ay! – dice el abuelo – mejor me voy a echar una siestecita porque con este jaleo me van a sentar mal las lentejas.

En fin, que todo es un caos, hasta que la madre y el padre se hartan y le mandan a su cuarto, Rodolfo va por todo el pasillo grita que te grita:

–¡Que yo queria macarroneeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeessssssss!

Así día sí y día también, los padres desesperados, los profesores cansados de reñirle, los amigos hasta las mismísimas narices de sus gritos y de sus pataletas.

¿Y Rodolfo? Pues hay que confesar que está triste y cansado de ver que todos se hartan de él, de que le riñen a todas horas.

El único que está contento ¿sabes quien es? ¿No? Venga…. Piensa un poco… pues el único que está contento es el monstruo que vive dentro de Rodolfo, ese que te conté que era negro y tenía pinchos, ¿te acuerdas?

Pues bien, ese monstruo es el monstruo del enfado, cuando a Rodolfo algo no le gusta y se enfada el monstruo comienza a hincharse e hincharse y claro con sus pinchos va pinchando a Rodolfo que cada vez se enfada más y el monstruo ríe que te ríe, aún se hincha más. Sólo cuando Rodolfo se va calmando comienza a deshincharse..

Rodolfo no sabe bien lo que le pasa, sólo sabe que siente por dentro un calor tremendo cuando se enoja, que ya le da igual todo y que únicamente quiere chillar y chillar. Pero luego se siente fatal. Y claro… a ver quién es el guapo que le soporta con tanto grito y tanto berrinche. Ramón, su amigo, ya ni le llama para bajar al parque; Mikel pasa de jugar con él a las canicas porque cada vez que pierde se pone a gritar que le ha hecho trampas; Mónica y Elena cuando andan con la bici y le ven llegar con la suya se apartan, porque siempre les dice para jugar a policías y ladrones y termina cabreado porque no juegan como él dice.

Resumiendo: que Rodolfo se está quedando más solo que la una, más aburrido que una ostra y más triste que un domingo sin postre.

El único que está como unas castañuelas es su monstruo del enfado que lo tiene todo para él solito, y se ríe bajito jejejejejeje para que Rodolfo no se entere ni sospeche de que está dentro de él.

Los días pasan y los gritos siguen, cada vez menos le soportan a Rodolfo. Sus padres se ponen de los nervios cada vez que se enoja por alguna chorrada. Cada vez pasa más tiempo solo en su cuarto y las cosas no mejoran.

En el cole los profesores están más que hartos. Rodolfo se mosquea por todo: que piden voluntarios para salir a borrar la pizarra y eligen a otro, se mosquea, que hay que cambiar el agua a los peces y no le toca a él, pues se mosquea, que hay que hacer grupos en gimnasia y a él no lo eligen el primero pues se enfada y no juega. Se pasa más tiempo en el pasillo castigado o en el despacho de la directora que en clase aprendiendo.

Pero un día llega clase una niña nueva, vista así de cerca parecía una niña normal, pero si le mirabas bien a los ojos… no sé, es como si tuviera estrellitas dentro que le brillaran.

Se llamaba Iara y venia de un país muy lejos, tan lejos que había que cruzar un pedazo de océano tan grande que en avión se tarda un montón de horas.

Iara parecía mágica. El primer día de clase entró sin miedo ni vergüenza, se presentó y cuando la profesora le preguntó de donde venía, respondió con un acento muy, muy dulce:

–Vengo de un país lejano y mágico, donde la selva se junta con el mar.

Todos los niños se quedaron boquiabiertos, claro todos menos Rodolfo que se mosqueo y dijo:

–¡Eso es una chorrada!

La profesora le regañó por maleducado, Iara le miró muy lentamente de una manera, no sé, rara, como si le viera por dentro y ¿sabes? En vez de decirle que era un tonto o enfadarse le sonrió. ¡Sí! Le sonrió a Rodolfo con una expresión tan especial que Rodolfo tuvo que tragar saliva. Se le pasó el enfado y se puso rojo, rojo, pero no como los cangrejos cocidos sino más bien como las amapolas.

En el recreo todo el mundo quería jugar con Iara, que si Iara ven que te enseñamos a saltar a la comba, que si ven con nosotros a jugar al fútbol, que si ven que te enseñamos el estanque de los renacuajos… Todo el mundo estaba alrededor de Iara y Rodolfo desde una esquina rojo, rojo, rojo pero esta vez como los cangrejos cocidos de la rabia que le daba al ver que todo el mundo le hacia caso a Iara y no se lo hacían a él.

Iara con mucha tranquilidad y sonrisas jugó por turnos un poquito a todo, cuando terminó el recreo se puso la última en la fila; Rodolfo que había estado controlando el tiempo para ponerse el primero en cuanto sonara el timbre se reía por dentro “¡jajajaja, la última que tonta!”. Pero para su sorpresa Iara sonreía como si estuviera contenta.

Rodolfo estaba sorprendidísimo con la niña nueva, en clase ya ni molestaba porque no hacía más que mirarla, ¿es que ésta no se enfada nunca?, pensaba. Se dedicó unos cuantos días a chincharla, le sacaba la lengua, se le colaba en la fila, le decía cosas feas, feas como que su piel parecía manchada de chocolate y su pelo sucio de carbón.

Pero Iara nunca, nunca se alteraba, es más le miraba profundamente y le sonreía y Rodolfo sentía un calor por dentro que le ponía malo y entonces le gritaba:

–¡Eres tontaaaaaaa! –Y entonces  Iara en vez de llorar o enfadarse le volvía a mirar con esa mirada llena de estrellitas y sonreía.

Para entonces Rodolfo se había quedado totalmente solo, en el recreo ya nadie quería jugar con él por sus enfados y porque todo el mundo está disgustado por la forma en que trataba a  Iara.

Pasó un día que por culpa de la lluvia y el tráfico su papá no pudo llegar a tiempo a recogerle al colegio y a Rodolfo le tocó esperar en las escaleras. Todos los niños se fueron yendo y Rodolfo cada vez mas enfadado con su padre se puso a pensar en todo lo que le diría.

Sin darse cuenta alguien se sentó a su lado:

–¿Tú también tienes que esperar?

Rodolfo miró enfurruñado a quien le hablaba y se quedó de piedra al ver que era Iara.

–Pues sí, ¡pero ya verás cómo se la va a cargar mi padre por hacerme esperar!

Iara le miró con esas miradas suyas tan especiales y le dijo:

–Veo que te pasa mucho.

–¿El que? –le preguntó Rodolfo con sorpresa.

–Pues que va a ser, que tu monstruo del enfado te domina.

–¿Que mi qué? ¿De que  monstruo hablas?

–De tu monstruo del enfado, el tuyo te gana siempre.

–¡Tú estás loca o qué! ¡Yo no tengo ningún monstruo del enfado!

–Sí que lo tienes, lo que pasa es que no lo sabías, yo puedo verlo.

A Rodolfo la cabeza le comenzó a dar vueltas… Esa niña que era más rara que un perro verde, no va y le dice que tenía un monstruo del enfado…

–¡A ver lista! y ¿cómo puedes verlo?

–Es fácil: el monstruo del enfado se hincha cuando te enfadas y eso hace que tengas que respirar más fuerte y más rápido; también hace que te pongas rojo, y que digas y hagas cosas de las que luego te arrepientes.

Pobre Rodolfo no sabía qué pensar.

–Lo peor es que al  monstruo del enfado le gusta tener los niños sólo para él, no quiere que tengan amigos, ni que se lleven bien con sus hermanos o sus padres o sus profesores.

–¿Por qué no?

–Porque quizás alguien le pueda descubrir el secreto para dominarlo y ganarle siempre, si eso pasa el niño sería feliz y el monstruo se volvería chiquito, chiquito  y sin fuerza.

–Yo soy muy feliz –dijo con orgullo Rodolfo.

–¿Ah, sí? ¿De verdad? ¿Y por qué nunca sonríes entonces? ¿Por qué estás siempre solo?

–…

Rodolfo se quedó en silencio pensando en todas las cosas malas que le pasaban: sus padres y profesores siempre disgustados, sin amigos con los que jugar… le estaban entrando unas ganas de llorar tremendas.

–A mí me gustaría tener amigos y que ya no me riñeran más ni en casa ni en el cole –admitió por fin. –¿Tú sabes el secreto?

–Claro que sí, a mí me lo enseñó mi abuelo.

–Ayúdame por favor, ¿lo harás? – le suplicó Rodolfo.

–¡Por supuesto! Mira, va a llevar un poco de tiempo pero si quieres te doy unos trucos. Por ejemplo, hoy cuando venga tu padre respira profundamente y piensa en que no vas a dejar que el monstruo del enfado gane, en vez de enfadarte pregúntale a tu padre que le ha pasado.

–Vale.

–Y cuando llegues a casa si notas que el monstruo se hincha por cualquier cosa, respira y di muy bajito “yo puedo dominarte”.

En eso llegó el padre de Rodolfo, pensando en toda la murga que le daría su hijo por la tardanza.

–Hasta mañana Iara, gracias por el consejo y perdóname por todas las cosas feas que te he hecho y te he dicho –escuchó desde el coche que dijo Rodolfo a aquella niña.

–¡Vaya! –respondió su nueva amiga –¡Qué bien si eres capaz de darte cuenta de las cosas malas que hiciste y pedir perdón ya le has ganado una batalla al monstruo!

–¿En serio? ¿En serio?

–Sí. Anda, vete y mañana me cuentas.

Rodolfo se subió al coche, se sentó se abrochó el cinturón, respiró profundamente y le preguntó a su padre con una voz dulce, nunca oída, qué le había pasado. Su padre estaba a cuadros: Rodolfo no estaba enfadado. Le contó cómo hubo un accidente por culpa de la lluvia y se formó un atasco.

Al llegar a casa dio un beso a su madre, un abrazo al abuelo y le hizo cosquillas a su hermanita que estaba en la cuna.  Su madre le tocó la frente porque pensó que estaba enfermo y tenía fiebre.

A la hora de cenar vio que había hígado ¡Qué asco!, pensó Rodolfo y empezó a enfadarse. Pero  cuando estaba a punto de abrir la boca para decirle a su madre que estaba hasta las narices de comer hígado, se acordó de Iara, se paró y se dio cuenta de que sentía pinchacitos en la tripa. ¡Huy, el monstruo del enfado quiere dominarme!, pensó. Así  que respiró y le dijo a su pequeña bestia, “no me dominarás, soy más fuerte que tú!”.

Cenó en silencio, tratando de soportar el hígado, dándose cuenta a cada rato cómo el monstruo quería ganarle todo el tiempo. Pensó en sus enfados en el cole, o con su hermanita pequeñita Nerea cuando le cogía algún juguete y se lo chupaba, o sus mosqueos con los amigos…

Al terminar de cenar se fue a la cama sin protestar, la verdad que todos los días se agarraba una tremenda pataleta porque le mandaban pronto a la cama pero es que hoy estaba agotado de tanto luchar contra el monstruo del enfado. “Voy a acostarme bien pronto para descansar y tener más fuerzas para dominar a este monstruo”, se dijo.

Por la mañana su madre fue a despertarle, sabiendo que Rodolfo iba a empezar con sus gritos como toda la mañana por tener que levantarse. Y Rodolfo estuvo a punto de hacerlo, pero se recordó que tenía que ganar a su monstruo, así que respiró y pensó “¡yo puedo dominarte!”.

Desayunó a todo correr, se vistió, lavó  y peinó en un santiamén, a su madre los ojos le hacían chiribitas. No se podía creer que Rodolfo no haya protestado ¡ni una sola vez!

En el cole, se sentó en su sitio,  estuvo tranquilo hasta que vio que elegían a Ramón para cambiar el agua a los peces, entonces se enfadó pero Iara le miró y le sonrió, Rodolfo, respiró y se calmó.

A la hora del recreo Iara se le acercó:

–Hola, ¿qué tal vas? ¿Estás dominando a tu monstruo?

–¡Lo intento pero cansa tanto!

–Claro, pero eso solo es al principio, ahora tu monstruo está fuerte porque te ganaba siempre pero según tú le vayas ganando él se hará más débil, ya lo verás.

–Eso espero…

–¿Quieres que juguemos a algo? ¿Te apetece que vayamos a jugar a fútbol? –le propuso aquella criatura de ojos de estrellitas.

–Apetecer, me apetece, pero es que ya nadie quiere jugar conmigo y todo por culpa de mi monstruo del enfado.

–Tú no te preocupes, les pido yo que te dejen jugar, pero recuerda, si el monstruo hace de las suyas párate, respira y cálmate, ¿vale? ¡No dejes que te gane!

–Vale, lo haré.

Iara pidió al grupito que les dejaran jugar, todos la miraron sorprendidos... ¿Estaba loca o qué? ¿No sabía de los gritos e insultos que tiraba Rodolfo cada vez que se enfadaba? Pero como Iara era tan buena y simpática accedieron, aceptaron con algo de desconfianza hacia aquel chico que se enojaba todo el tiempo.

Así fue como Rodolfo pudo jugar con sus compañeros después de mucho tiempo. El monstruo del enfado intentaba crecer a cada rato; Rodolfo tenía que respirar fuerte y a veces hasta apartarse él solo hasta que conseguía dominar a su  monstruo, porque hay que reconocer que ese monstruo era un pesado y a cada rato intentaba pincharle para que gritara y les hiciera o dijera cosas malas a los otros chicos, porque claro, lo quería para él solito y le daba una rabia tremenda ver que Rodolfo podía tener amigos de nuevo.

Los días fueron pasando y Rodolfo siguió en su lucha por dominar a su monstruo del enfado, cada vez que lo sentía se decía en voz bajita “puedo dominarte” y sentía como el monstruo se hacía más pequeño.

Parecerá mentira pero todo comenzó a cambiar. En el cole jugaba en los recreos con sus amigos,  los niños veían que no se enfadaba y le invitaban a sus juegos, a veces hasta tenía que elegir si jugar al fútbol o coger renacuajos, Rodolfo se sentía muy feliz. En clase además mejoró un montón. ¡Ya no estaba en los pasillos o en la oficina de la dire! Además, en vez de estar pendiente de ver qué hacían los demás se concentró en sus ejercicios y deberes; los profesores le animaban y hasta sacó un 10 en Mate.

En casa todo iba genial, le fastidiaba que Nerea le cogiera las cosas pero entendía que era un bebé que ya sabía gatear y le gustaba recorrer la casa buscando cosas bonitas, ella no quería romper ni babear solo que como era pequeña no podía evitarlo.

Pero pasó que un día que llegó a casa y se encontró con que su hermana pequeña le había estropeado todo el álbum de pegatinas de futbolistas y se puso furioso, tan furioso que su monstruo se hizo grande y Rodolfo le dijo cosas horribles al bebé que se puso a llorar y llorar.

De repente Rodolfo se dio cuenta de que su monstruo le había ganado. Tanto tiempo para dominarlo y ahora por un álbum todo al garete. Se sentó en la cama y se puso a llorar, ¡menudo cuadro!  ¡El bebé llorando y Rodolfo también! Claro que con tanto jaleo vinieron los padres para ver qué era lo que sucedía, se encontraron con los restos del álbum roto y comprendieron lo que había pasado.

Rodolfo lloraba y lloraba, sus padres le decían que no se preocupara que podría hacerse otro álbum, Rodolfo entre hipidos, mocos y lágrimas pudo decir:

–No lloro por el álbum, lloro porque me ha ganado el monstruo del enfado. Yo quería dominarle pero ¡me ha ganadooooooo! ¡Buaaaaaa!!

Los padres no entendieron nada.

–Cariño, ¿qué es eso del monstruo? – le preguntó la madre.

–Pues eso, que he descubierto que tengo un monstruo del enfado que me hace decir y hacer cosas terribles, estaba practicando para dominarlo pero ya veo que no puedo.

Los padres se miraron sorprendidos.

–¿Estos días que te has portado tan bien es porque estabas dominando tu monstruo del enfado? –le preguntó el padre.

–Si, iba de cine, Iara me dijo que cuando lo notara hincharse me tenía que decir “puedo dominarte” pero hoy no he podido hacerlo.

Sus padres se miraron otra vez.

–Bueno, se me ocurre que entre todos podemos vencerlo –dijo su papá. –Si quieres mamá y yo te ayudamos.

–¡De verdad papá?

–Claro, se me ocurre que si nosotros vemos que el monstruo se hincha te guiñamos un ojo para que sepas que te apoyamos y que sabemos que tú puedes ganarle.

–Eso, será nuestra clave secreta para ayudarte a dominar a tu monstruo del enfado, ¿te parece? –preguntó su mamá con una sonrisa.

–¡Siiiiiiiii!! ¡Qué bien!

Fue así como Rodolfo poco a poco dominó su monstruo del enfado, claro que a veces hay cosas que le molestan y que le hacen enojarse, pero enseguida respira y domina el enfado.

Ahora es todo un experto en dominar monstruos del enfado y le echa una mano a los niños y niñas que ve que no pueden hacerlo.

Está feliz, tiene muchos amigos, se divierte enseñando cosas a su hermanita, saca buenas notas. Sus padres están encantados con él, se han comprado juegos para jugar todos juntos y es una risa cuando el abuelo intenta hacer trampas al dominó porque no quiere perder, si ve que se pone colorado Rodolfo le guiña un ojo y todos se ríen.

Rodolfo ya ha conseguido dominar a su monstruo del enfado… ¿Y tú al tuyo?

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