Hacía mucho tiempo que no existían las religiones. Todo pueblo civilizado tiene que entender que llega un momento en el que la espiritualidad se torna superflua. Uno no compra cosas con la profundidad espiritual; no crece económicamente ni hace progresos en los negocios. Se sabe que no aporta nada una buena pieza de música, en la que la absurda espiritualidad demanda nuestra atención en el tiempo y el espacio; o uno de esos libros que de tan profundos no se entienden, o sí se entienden, pero son larguísimos, o no son larguísimos pero leer se torna pesado.
Por eso no existían las religiones en esa ciudad. Es verdad que en algún punto eran necesarias. El hombre necesita una madre que lo rete, que lo persiga; una madre a la cual recurrir luego del error. Porque el hombre siempre sabe qué es lo que está bien y qué lo que está mal, de ahí las religiones. Sin embargo, siempre elige el camino más fácil; el camino que lo aleja indefectiblemente de la espiritualidad, cayendo en su haraganería mental. Ahora bien, después de muchos siglos de búsqueda, el hombre pudo dejar de lado su infantil idea religiosa y buscarse otras madres.
Esa ciudad no era la única que no tenía religión. Casi todas las ciudades (civilizadas, claro) en el mundo, se habían desligado de la absurdidad impuesta por años y años de barbarismo cerebral. Por esa razón, cuando Lía escuchó las campanadas no lo pudo creer.
Llovía fuerte. La nieve caía pesada sobre los techos de las casas, y el cielo, de tan blanco, iluminaba todos los rincones como si fuera una gran manta de luz. Había perros que ladraban y autos que pasaban rápido por las calles. La cotidiana histeria colectiva no parecía haberse aminorado por el mal tiempo.
Lía tenía franco en la empresa y había decidido quedarse en su casa mirando televisión. Luego de calentarse unos zapallos con queso derretido y un poco de orégano, se sentó en el gran sillón de su living y se dedicó a perderse en las imágenes digitales que le regalaba el cubo poderoso. Primero estaba la novela, después el canal de chimentos seguido del canal cómico, y si había tiempo, el noticiero.
En el jardín roseado de alegrías y abedules, se veía un balcón con barrotes de hierro, lleno de rosas. Mauricio Aranda estaba por declarársele a María Paz Rumiño. La mujer tenía los hombros descubiertos y su pelo largo, apoyado sobre el hombro izquierdo, apenas rozaba la baranda del balcón, casi manchándose con la superficie oxidada. Mauricio se acercó y la miró como si fuera una diosa inalcanzable, flotando por encima de su pequeña humanidad en el jardín. María Paz sonrió y sus mejillas tomaron color. Era milagroso que ahora estuvieran juntos, después de haber tenido que sufrir los inconvenientes de la pésima Malvina. Pero ya se podían amar públicamente y adorarse sin temores. Mauricio abrió sus labios y de él salieron las palabras más hermosas del mundo. O al menos eso pensó María Paz. Pero Lía no pudo entender qué había dicho el galán. Las campanadas empezaron a sonar muy fuerte.
Se levantó rápido del sillón y se acercó a la ventana. Miró a lo que antes había sido la iglesia (ahora el ministerio de ciencias tecnológicas) y se retó por haber sido tan absurda. Las campanas ya no funcionaban y todo en la ciudad se veía como siempre. Sin embargo, aún escuchaba el ruido metálico. Se acercó al televisor y lo apagó. Quería escuchar bien. Las campanadas le resultaron extrañas. La sucesión no era simétrica y parecía hasta un poco torpe. Su vecina de la casa de enfrente también había salido a mirar. La nieve no caía más y la ciudad seguía en su martirizante ritmo.
Creyó que estaba loca, pero al menos era una locura compartida. Prendió la televisión y quiso olvidarse del asunto. Mauricio y María Paz estaban juntos en el registro civil, consumando su amor frente a toda su familia. Luego vino la fiesta. El despliegue de comida, de vestidos, de borracheras. El salón era grande. Las luces estaban dispuestas como para agasajar a una reina llena de deformidades. Pero María Paz no necesitaba de los artificios de las luces para verse bien. Su cuerpo era perfecto. Sus medidas las deseadas, y su personalidad, un ejemplo para todos. La comida descansaba sobre una mesa cubierta de flores y sedas blancas. No había músicos. Sólo un DJ que se encargaba de que todos estuvieran contentos con la música. En la esquina derecha, justo al entrar en la gran cueva del amor, había un mueble puesto allí especialmente para que los invitados dejaran los regalos: licuadoras, mp3, DVD, teléfono, secadores, una mini computadora, Palms, play station, masajeadores, había hasta una computadora.
No supo bien por qué se sentía turbada. Sí, claro. Eran las campanadas. Ahora volvían a sonar llamando a los feligreses. ¡Qué cosa cómica! Se estaba volviendo medio loca. Pero no, ¿cómo? Su vecina también, entonces. A no ser que su vecina no hubiera salido por el ruido de las campanas. Pero quiero ver lo que pasa, pensó. No me puedo perder este capítulo de la novela. Es fundamental. Sin embargo, las campanadas la molestaban. Sonaban tan decididas, aunque un tanto caóticas, que no pudo evitar dirigirse nuevamente a la ventana. Un pájaro negro estaba sentado en una rama llena de nieve. Sintió frío por el pájaro. Tan indefenso y chiquito, cobijado sólo en el calor de sus plumas. Retrocedió tres pasos cuando el animal abandonó repentinamente la rama, haciendo caer la nieve como una lluvia fugaz, de esas tropicales que nacen y mueren en cuestión de segundos.
Las campanas sonaban, pero Lía no podía ver de dónde provenía el sonido. Qué aburrida que estoy, pensó y se sentó frente a la televisión para seguir con su novela. ¿Y si era verdaderamente un llamado? ¿Y si las religiones volvían? ¿Y si Dios quería decirle algo? ¿Qué Dios? No sé…algún Dios. Ay por favor, no hay Dios. No tengo tiempo para un Dios. Siguió con la novela.
La calle gris subía y bajaba en calles delgadas y zigzagueantes. Cuánto coraje había en esas sociedades que habían decidido dejar de lado a los Dioses, cualesquiera que fueran. Finalmente, haber decidido terminar con la estampita molesta de la religión y abandonarse de lleno a su accionar (sin importar las consecuencias, sabiendo que no había una madre detrás que le diera su perdón, o tal vez estaba escondida en alguna licuadora…) merecía un gran aplauso. Un avance en lo que a su fortalece se refiere. ¡Quién lo hubiera dicho! ¡El hombre! ¡El débil y mediocre hombre!
Apagó la televisión. Mediocre hombre…¿acaso necesitamos la religión para vivir con nuestros defectos?, pensó. La novela no había terminado, pero realmente necesitaba saber de dónde provenían las campanadas. Se puso un abrigo gordo, abrió la ventana y se quedó sentada allí para escuchar mejor. Era prácticamente imposible saber de dónde provenían.
Yo nunca tuve un Dios en particular, pero solía pedirle a cualquiera que me pareciera adecuado en su momento. No sé qué hacer ahora. Si ir a ver de dónde vienen o quedarme en casa. La curiosidad mató al gato, ay, qué absurda que soy. Y encima me estoy perdiendo la novela, sentada acá con este frío sin poder saber de dónde vienen esas campanas de mierda. Al final la religión nos arruina la vida. Qué cosa, es la primera vez en años que pienso en Dios, y es gracias a estas campanadas que no sé de donde mierda vienen. Mierda, ja. Nunca digo tantas veces “mierda”. Ahí están…otra vez. Pero yo digo, no, si creo en un Dios, ¿de qué me sirve? Bueno, no sé. Me servirá para no freírme en el infierno porque acá abajo las cosas nunca cambian para bien. Ay, qué oscura puedo ser.
Limpió su cabeza de todo pensamiento por unos momentos. Luego pensó “¿y me conviene salir con este frío a ver dónde está esta iglesia o templo? Yo siempre fui creyente en realidad. Me gusta creer que hay algo más grande que uno; algo que me ayude, que me de fuerzas. Sí, a mí me da fuerzas mi Dios. No puedo ser tan autosuficiente y pensar que mi entorno y hasta mi propio organismo gozan de una perfección azarosa. Hay cosas que ya están escritas. ¿O no? No sé. Perderme en estas cosas…
Se sentó frente al televisor y decidió lidiar con el sonido de las campanadas de fondo. El canal de chimentos terminaba y ahora empezaba el canal cómico. El presentador era parecido al buda Mile, y al encontrar en el hombre tal parecido, se dio cuenta de que una hora había pasado y no había vuelto a escuchar las campanas. El canal cómico no era muy cómico ese día. Por lo que…no puedo pensar en otra cosa, ¡qué increíble! Ahí las escucho de vuelta. ¿Soy creyente por tener esta inquietud? ¿Otra vez vuelvo a creer? María Paz y Mauricio no creen en nada.
Así como estaba. Con el abrigo puesto y un poco despeinada, salió corriendo de su casa, desesperada, buscando su religión que la llamaba. No lo pensó dos veces y caminó como si supiera de dónde provenían las campanadas. Miró a su alrededor, a todos los autos que pasaban, que tocaban bocina; a los hombres y mujeres en corbatas y sobretodos, con maletines, apurados. Observó los grandes edificios, pensó en las corporaciones, en las grandes y pequeñas empresas, en los mecanismos del confort. En la simplicidad de la vida cotidiana, cargada de miedos y mentiras. Recordó, de algún lado, no sabía de dónde porque ya hacía muchos años que no leía, un poema:
“Si le mientes a los demás
terminarás desmentido.
Si te mientes a ti mismo,
no habrá verdad que te salve.”
Las campanadas se escuchaban cada vez más cerca. Era como si su Dios, hasta ese momento enterrado y marchito, la estuviera guiando. Qué felicidad genuina al volver a encontrarse. Qué miserables todos esos que habían vivido una vida como la de ella. Porque todas las vidas eran parecidas en esa ciudad. Qué estúpida que fui, pensó. Pero ahora, no más. Ahora sé que hay un Dios, y que me está llamando. Su tristeza por el mundo aquel que la rodeaba, sin embargo, era tan grande, tan expansiva como la felicidad que la invadía al escuchar las campanadas que la guiaban a un templo, a un lugar en donde descargarse por fin.
Cruzó la calle principal, dobló a la izquierda en una calle corta y luego a la derecha. Escuchaba nítidamente las campanadas asimétricas. Nunca en su vida había sentido tantas cosas juntas. Jamás había experimentado una mezcla de sentimientos tan profundos. Ahora, gracias a Dios, sabía que en ella había una profundidad increíble, suprema; que no era una mera empleada en una empresa de artículos para el hogar.
Cuando dobló en la última calle, allí donde residía el sonido de las campanas, sus ojos se abrieron como abismados por la divinidad; como congelados por el descubrimiento celestial de aquello que siempre le había faltado. Un obrero se acercó y le dijo que no se podía pasar. Desde ya, ella había visto las cintas que impedían el paso. Se quedó dónde estaba, mirando la gran mole de cemento en construcción. Estaba muy triste. Tremendamente triste. ¿Pero qué habían sido las campanas?, pensó. Y ni bien terminó de armar la frase en su cabeza, vio, a su izquierda, cómo un grupo de obreros, ocupados y ensimismados en su trabajo como todos en esa ciudad, lanzaban, ordenándolos unos sobre otros, largos y gordos cilindros de metal que al golpearse imitaban, casi burlonamente, el sonido de las campanas de una iglesia.