Roberto no siempre fue así. Dicen que su padre sí, que era un rompecorazones y que volvía locas a todas las mujeres de su entorno. Sin ser demasiado atractivo había algo en él que las atraía desde el principio, desde la primera palabra. Era su forma de hablarles, de hacerles sentir que cada una era especial y única. A su lado todas eran hermosas, inteligentes y divertidas. El las transformaba en las mujeres más deseables cuando estaban con él.
Roberto siendo un niño no se daba cuenta de esas cosas. Recordaba haber ido con su padre al teatro y que la acomodadora se guardase sus tickets para sentarles en los mejores asientos y también aquella ocasión en la que estando desayunando en una cafetería, la camarera les había invitado. El siempre pensaba que era porque su padre tenía muchos amigos y nunca se había parado a analizar que cuando sucedían ese tipo de cosas, eran más bien amigas las que lo hacían.
El caso es que los años pasaron y su padre murió. Fue un funeral multitudinario en el que parecía haber más viudas que amigos de la cantidad de mujeres apenadas que allí se congregaron. A la salida del cementerio todas dieron el pésame a su madre y elogiaron el guapo muchacho en el que él se estaba convirtiendo.
- Será un don Juan, como su padre – dijo una de ellas haciendo que se ruborizase.
Estaba en esa edad tonta en la que cualquier comentario hace que a uno le suban los colores.
Cuando llegaron a casa y se sentaron a cenar Roberto no pudo por más que preguntar a su madre:
- Mamá, ¿no te importa que todas esas mujeres…?
Su madre no le dejó terminar.
- Hijo mío. Tu padre fue un marido intachable y un gran padre. Siempre estuvo conmigo y nunca me faltó su amor. Nada más me importa, ni debe importarte a ti. Para él siempre fuimos lo único y lo más importante.
Y como el tiempo rueda inexorablemente, el Roberto niño casi sin darse cuenta se convirtió en un Roberto hombre que tal y como habían pronosticado aquellas mujeres heredó los encantos sutiles de su difunto padre. A pesar de ellos, se enamoró perdidamente de una joven tímida que vivía en su mismo pueblo y sin pensarlo demasiado, se casaron.
La vida a veces se deja resbalar sin apenas dejarse notar y la pequeña familia vivía feliz y sin complicaciones. Incluso tuvieron dos hijos, un niño y una niña que completaron la felicidad de la que ya disfrutaban. Por supuesto, en medio de esta apacible tranquilidad Roberto a veces era arrastrado, casi sin querer, a digamos, ciertas infidelidades sin intención ni grandes consecuencias.
La primera vez había sucedido casi como por accidente. El y su mujer se hallaban en un restaurante cenando con otro matrimonio, amigos de ella. Roberto manejaba la conversación con facilidad. Su mujer siempre le decía que sabía llevarse a la gente a su terreno y tenía razón, porque veinte minutos después de que hubiesen empezado a cenar él y la amiga se hallaban intimando en los lavabos. A Roberto le pareció imposible lo fácil que había sido y lo poco que había significado.
A aquel encuentro siguieron otros, siempre con diferentes mujeres, por supuesto, él amaba a su esposa y lo último en lo que pensaba era en hacerle daño. Al fin y al cabo, ella no tenía por qué enterarse. Nadie salía herido.
Una tarde de mayo un amigo suyo le llamó para pedirle un favor. Roberto siempre estaba disponible para todo el mundo, eso sin duda lo había heredado de su madre, la cual por cierto, había muerto sólo un par de años antes. El caso es que este amigo se había echado una novia de otra ciudad. Esta y su hermana llegaban al pueblo y él no podría ir a recogerlas a la estación. Roberto accedió encantado y no sólo las recogió sino que hasta que se encontrasen con su amigo aprovechó para enseñarles el pueblo y alrededores. Ni que decir tiene que aquella noche la pasó en el monte, bajo la luz de la luna en compañía de la “hermana”.
- No nos enamoraremos – le hizo prometer mientras la tenía entre sus brazos
- Desde luego que no – afirmó ella mientras le besaba
Días después ella regresó a su ciudad y Roberto después de disfrutar su papel de Cicerone con ella y su hermana, regresó a su vida. Sin embargo, algo había cambiado y lo descubrió muy pronto cuando recibió el primer mensaje.
“No te quiero, ¿eh?, pero sí te echo de menos”
La sonrisa al leerlo y el vuelco en el estómago le dijeron que aquella no sería una aventura más. A partir de ahí comenzó toda una odisea para hablar con ella a todas horas durante el día, para organizar encuentros en otras ciudades, correos, mensajes… Se estaba enamorando y eso le aterraba y le enloquecía. Por supuesto amaba a su esposa y a sus hijos, y no se planteaba ni por asomo destruir su familia. Pero también la quería a ella. Se comportaba igual que un adolescente enamorado y le encantaba aquella sensación.
La primera vez que él se fue a pasar el fin de semana donde ella vivía le pareció un sueño. Fueron dos días maravillosos y separarse el domingo fue terriblemente doloroso. Durante toda la semana posterior a aquel encuentro, cada vez que hablaban por teléfono la notaba triste. A él tampoco le parecía justa aquella situación. El tenía su familia, dormía todas las noches junto a una mujer, pero ella…. ¿qué tenía ella?
- Me tienes a mí, siempre, en cualquier momento – le decía él sabiendo que aquello no era cierto y que mientras estuviese con él ella perdía la posibilidad de encontrar un hombre que le pudiese dar todas sus noches.
Sabía que aquella historia tenía fecha de caducidad pero se negaba a pensar en ello. No podía soportar la idea de levantarse por las mañanas y no recibir sus “buenos días” ni de acostarse por las noches sin haber hablado con ella por teléfono casi una hora. No, no quería pensar en ello, si tenía que suceder, sucedería pero mientras tanto ambos podían disfrutar de lo que tenían.
- Estaré contigo hasta que tú quieras – le dijo a ella un día.
Lo sabía, eso era bastante egoísta, estaba dejando en sus manos la decisión de seguir amando, y sufriendo, o de acabar con todo.
- Entonces se acabó – dijo ella colgando el teléfono.
Roberto sintió que el mundo se deshacía bajo sus pies. Nunca jamás hubiese imaginado que llegaría a enamorarse de aquella manera. Los días siguientes luchó contra sí mismo por detener las ganas irrefrenables de llamarla, de decirle que no podía vivir sin ella. Sabía que no podía forzarla que aquello sólo le haría más daño.
Una semana después recibió un mensaje.
“Lo he intentado pero sigues dentro de mí”
Y la historia continuó. Continuaron las llamadas, los mensajes, las mentiras en casa para escaparse un fin de semana y encontrarse con ella. Cada vez que se veían resultaba más duro separarse y los días siguientes eran peores. Pero aquellos encuentros… aquellos encuentros hacían que cualquier sufrimiento mereciese la pena. Cuando estaban juntos no había nadie más, no existía nadie más que ellos dos y sus cuerpos.
De repente una de aquellas noches mágicas en la que la luz de la luna entraba por la ventana de cualquier hotel de cualquier ciudad anónima, Roberto entendió algo. Quizás se encendió una luz en su cerebro pero recordó a su padre feliz después de aquellas cacerías con los amigos de las que nunca traía ninguna pieza: “Las regalo” decía siempre. No pudo evitar sonreír al comprender que probablemente la historia se estaba repitiendo y una vez hubo adivinado a qué se debía aquel brillo en los ojos de su progenitor todo lo demás estuvo claro. Qué tonto había sido al no darse cuenta. ¿Y cómo pudo su madre no enterarse de nada? El corazón le latió entonces de tal manera que el cuerpo que dormía a su lado se movió ligeramente:
- ¿Qué sucede? – le preguntó ella notándole agitado
El la abrazó con fuerza como si temiese que aquel momento se fuese a desvanecer.
- Nada, que soy feliz – respondió
Y tal y como imaginó, aquel punto de máxima felicidad sólo podía conducir al descenso. Obviamente una vez que se llega a la cima sólo hay una posibilidad, descender y Roberto sabía que aquel momento había llegado. También ella debió comprenderlo así porque una vez cada uno regresó a sus rutinas las llamadas comenzaron a distanciarse hasta quedar en una al día. Después ambos empezaron a estar demasiado ocupados, de manera que sólo hablaban un día sí y uno no. Por supuesto que el amor seguía existiendo entre ellos pero algo se había roto.
- ¿Este mes no podrás venir? – preguntó ella un día y en su voz él noto casi cierto alivio que le dolió más que el hecho de no poder ir
- No cariño, lo siento – dijo él y ella también notó que lo sentía menos que antes.
Quizás aquel distanciamiento era lo mejor. Porque sin darse cuenta Roberto se había complicado la vida de una manera que ya no podía controlar. Las mentiras en casa ya eran habituales aunque no le gustasen. Sus hijos le necesitaban y también él echaba de menos pasar más tiempo con ellos. Y estaba su mujer. Últimamente la notaba algo triste. A veces pensaba en si sospecharía algo y de ser así comprendía el dolor que podía producirle si lo supiese. Tenía que tomar una decisión pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. Lo único que deseaba era que el tiempo pasase muy deprisa, tan deprisa que una mañana se levantase sin la necesidad de ella en la piel. A pesar de todo, el tiempo es caprichoso y cuanto más queremos que vuele, más lento va.
El mes siguiente tampoco pudieron verse pero ya no hubo reproches ni disculpas. Tan sólo un “el próximo quizás”. Quizás. Ni siquiera la certeza, la urgencia de encontrarse.
- ¿Roberto tú aún me quieres? – le sorprendió su esposa preguntándole una noche después de haber hecho el amor.
Claro, claro que la quería, nunca había dejado de quererla, desde el mismo instante en que la vio con sus libros bajo el brazo en la Universidad.
- ¿Cómo puedes preguntarme eso? ¿Acaso he dejado de demostrártelo en algún momento? – preguntó él arriesgándose a su respuesta.
- No, perdóname, es que a veces me parece que no estás conmigo – dijo ella sin pedir más explicaciones y aceptando lo que él le dijese, porque a pesar de todo, ella también le quería.
- Cariño, tú y los niños sois mi vida, no hay nada más importante para mí. Ni lo hay, ni lo habrá nunca – dijo él creyéndolo firmemente al decirlo y escuchar sus propias palabras.
Tenía todo lo que podía desear y aunque también supo que habría otras mujeres, la que ahora estaba entre sus brazos, siempre sería la única que permanecería en su corazón. Aunque el amor en su vida llegase a tener otros rostros y otros cuerpos, y aunque él pudiese hallarse entre otros brazos, su mujer sería el único y verdadero amor.