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Vargas, Alfredo Dante (Monasterio)

Las dos muertes del Tata



I            Lo llamaban el Tata Juan.  Su diminuta figura parecía concentrar todos los años, incontables.  Para cuando lo conocí, era ciego.  Solía llegar en las tardes a tomar mate con mis padres.  A mí me divertía ver el extraño temblor que agitaba sus labios antes de tomar la bombilla.  Contaba historias que mi madre solía escuchar con atención y mi padre con una sonrisa socarrona.  Mi padre sostenía que el Tata era un viejo fanfarrón, que él no le creía nada de lo que contaba, pero mi madre siempre recordaba algún hecho que se relacionaba con el relato y con ello creía confirmarlo al Tata.  No sé si a mi padre lo convencía, pero mi imaginación de niño llegó a definir en mí, desde el Tata Juan, un extraño héroe antiguo, mezclado con los relatos del Martín Fierro y de Don Segundo Sombra que mi madre solía referirnos como hechos verídicos.  Pero no eran las historias donde el Tata solía aparecer como testigo las que más me interesaron, sino en las que él figuraba como protagonista.  Las contaba con una voz pausada, cancina, sin ningún énfasis, pero el hechizo del relato me transportaba sin dificultad hacia esos lugares, hacia esos olores y sensaciones, que él solo señalaba con algunas pobres palabras de su vocabulario de gaucho viejo, como se sabía auto definir.            Si hablo del Tata ahora, a tanta distancia en el tiempo, fue porque un hecho extraño ocurrió el día en que fueron a desenterrar su cuerpo para cambiarlo de tumba, a apenas una semana después de su muerte y que llega a mi conocimiento veintisiete años después.  Fue en una de esas reuniones casuales de fin de año, donde uno se encuentra con viejos conocidos, familiares perdidos por mucho tiempo.  En una de esas reuniones, apareció un sobrino del Tata.  Claro que nos alegramos de verlo, y contarle nuestra parte sobre aquel hombre.  Y él, como si fuera algo archiconocido por nosotros, nos dice:

-Y hasta después de muerto nos ha dado una sorpresa.            Nuestras caras de sorpresa le hicieron percatar de que éramos ignorantes de esa historia, entonces nos la contó.

-Ha sido una cosa rara, cuando fuimos a desenterrarlo, una semana después de su sepelio, les llamó la atención a los panteoneros que fuera tan liviano el cajón.  Lo sacaron con tanta facilidad que parecía vacío.  Con mis primos no pudimos con la curiosidad y ordenamos que lo abrieran, bueno, ahí está la sorpresa, en el cajón no había nada, ni rastros del cuerpo. Pusimos la denuncia en la policía, casi se llevan preso a los panteoneros, decían que ellos venden los cuerpos a los estudiantes de medicina y esas cosas, ¡pero el cuerpo de un viejo!, aparte los panteoneros se defendían diciendo que ellos fueron los que nos habían hecho caer en la cuenta... En fin, que eso sigue en el misterio más profundo... Se llevaron el cadáver y no sabemos quiénes han sido, diga que el tío Juan nos tenía sólo a nosotros, que al menos nos acordamos, pero de todos modos, no tenemos muchas ganas de seguir buscando.  Para nosotros el tío está en el panteón y listo, menos problemas, allá con sus pecados el que se ha robado el cuerpo, lo que importa es que su alma esté a salvo, ¿no?.            Todo hubiera quedado en la anécdota si mi madre no me hubiera recordado una historia que el Tata había referido una sola vez y con visible angustia, y que luego se negaba a repetir.  La recuerdo bien y, quien sabe, no sea esa la respuesta para el misterio que nos refirió el sobrino.

II            El Tata suspiró ruidosamente antes de empezar, como resignado.  Había olvidado su mate que se enfriaba sin haberlo sorbido una sola vez.

-Es raro, madrecita- dijo al fin-, pero esto me ha pasao, y tengo que contarlo porque es como un entripao que tengo.            Todo había empezado, contó el Tata, cuando era sólo una guagua de dos meses, y él se acordaba de ese momento de su historia.  Su madre lo cargaba a él en el caballo y habían terminado de cruzar un río, luego, remontaban una empinada cuesta y de pronto, el caballo dio un respingo y quedó en dos patas.  A pesar que su madre era una hábil amazona, no pudo sostenerse, quizás por el hecho de que lo cargaba a él en su brazo derecho, y cayó rodando por la cuesta.  El Tata dice recordar un dolor agudo en todo su cuerpo, y una luz viva, muy viva que lo atraía y lo acariciaba con la ternura de su madre.  El creyó que seguía durmiendo en el regazo de aquella, por esa sensación de bienestar que tenía.  Pero pronto nomás se despertó con el dolor agudo en el pecho, rodeado de gente rara, y recuerda que se largó a llorar y que extrañamente, su madre se reía entre las lágrimas, ella tenía la nariz sangrando.            Pero eso no era lo más extraño.  Lo más extraño vendría después, por ahí de los seis años, cuando él andaba “guatiando” icanchos en una hollada, recuerda que una mujer muy bella, de largos cabellos negros le sonreía desde una piedra, a orillas del barranco.  Él la saludó con la mano, con suma humildad, como le había enseñado su madre, y entonces, esa mujer desapareció, se hundió en la roca.  Pero no sintió miedo.  Sólo cuando se lo contó a su madre, esta le transmitió el espanto por los ojos.

-¡No vayas más a esa hollada!- le dijo ella santiguándose.            Y el Tata no fue a ese rincón del cerro durante toda su niñez. 

Ya púber, por primera vez su madre le había permitido ir con unos primos a una corrida en el cerro.  Cuando bajaba, sólo, por la garganta de una quebrada, divisó al otro lado, casi sobre la pared de la peña, a la mujer de cabellos negros.  Esta vez no le sonreía, sino que lo miraba, era una mirada triste, muy triste.  El Tata volvió a sentir esa extraña fascinación de aquella primera vez, pero pronto recordó el espanto de su madre  y el miedo se apoderó de él; volvió casi sin aliento al campamento, pero no contó nada a nadie.

Y en la noche, él tuvo un extraño sueño, cuando despertó, estaba de pié en el improvisado camastro hecho con la montura del caballo, con su poncho frazada envuelto en la espalda.  Pero eso no era lo extraño, lo extraño, lo terrorífico, era la expresión muda de su compañero de fogón que lo miraba como si él fuera el propio demonio, aquél muchacho tenía los ojos desmesuradamente abiertos, la boca congelada en una expresión de grito que nunca salió de su garganta y el cuerpo le temblaba como si fuera a disolverse desde los huesos.  Luego huyó en la noche y no supieron más de él.

El comentario al regreso de la corrida fue la extraña desaparición de aquel muchacho, que se llamaba Solano, pero el Tata no hizo ningún comentario, sólo simuló sorprenderse como los demás cuando encontraron el camastro vacío y la ausencia del chico y de su caballo.

-Se ha ido tan apurao que ni siquiera a encillao- era el comentario de los otros.            ¿Y de qué se trataba el sueño? El Tata se soñaba muy seguido caminando por un sendero angosto, como de cabras en el cerro.  Angosto y con barranca en un lado y desfiladero en el otro.  Era un camino que le metía miedo a cualquiera pero que él transitaba con cierta distracción, como si fuera un paseo ocioso.  Y de pronto aparecía la mujer de cabellos negros, llamándolo desde la ladera vertical del otro lado de la cañada, y él acudía a ella desviándose hacia el vacío, sin importarle las consecuencias porque sabía que nada le ocurriría, que podría volar, y la mujer del otro lado lo llamaba con una sonrisa tierna y acogedora... Entonces se despertó y se vio parado en el camastro, con la expresión de horror de su compañero de campamento.            Pero eso no fue todo, mucho, mucho tiempo después, cuando él se ganaba la vida arriando tropa de mulas para Bolivia con algunos compañeros de aventuras, ya en el camino de vuelta, en un pueblito de Bolivia, decide separarse de los amigos que había decidido torcer el rumbo para entrar por Jujuy.  El continuó por el camino a Salta.  En el trayecto, se encontró con otro paisano que también iba a los pagos de Orán, así que siguieron el camino juntos.  El Tata contaba aquí la historia con un tono aún más apagado.

- Pasamos por unas tierras tan raras, madrecita, ¡una soledá!... Este paisano conocía mejor que yo el camino, así que él me guiaba por unas cortadas y atajos... Pero esa tierra... Blanca, como ceniza, con unas piedras como casas, y ni una alma parecía.  De golpe veímos un perrito que salía desde una zanja, nos mira y pega un agullido de triste... ¡Madrecita, a mí me ha temblao el cuerpo!; y mi amigo no decía nada, seguía nomás callado, y las mulas en que ibamos montados de tanto en tanto paraban las orejas, como si escucharan cosas que nosotros no.  El perrito este se largó a andar por una mesada, no había nada por ahí, ¿para dónde iría?... Y más raro todavía, en una bajada del sendero, encontramos una vertiente de agua y ahí, estaba lavando una mujer unos trapos.  Cuando llegamos ella ni siquiera levantó la mirada, ni mi nuevo compañero le dijo nada... Yo le i’ largao un cómo está usté doña que ella ni me mosquió.  Mi amigo no le dijo nada, ni siquiera la miraba.  Yo miraba todo a la vuelta, tratando de adivinar a dónde estaría la casa, pero nada, ahí no había nada que se pareciera a un rancho a varios kilómetros.  Terminamos de dar agua a las montas y seguimos rumbiando.  Cuando ya estábamos a varias leguas, ya con el sol que se había entrado, mi amigo me dice: “aquí es una tierra donde pasan cosas raras, hasta algunos dicen que cosas del diablo; por las dudas, nomás don, no le hable ni conteste nada a nadie, porque lo que aparenta ser no es.  Por suerte, sólo vamos a dormir una noche en este lugar, y por suerte también, somos dos para hacernos compañía”.  El hombre parecía preocupao, yo ahí recién le vide el crucifijo que tenía apretao en la mano... Pero no sé por qué, yo me sentía apesadumbrao por la soledá de esa tierra más que porque haya cosas de Mandinga. La cuestión es que esa noche, yo vuelvo a tener ese sueño de cuando chango, y otra vez me despierto y veo a este hombre con la cara desfigurada y levantando el crucifijo.  Yo le quería hablar y acercarme y él más se asustaba y retrocedía.  Le juro, el pobre se orinó encima, lo podía ver porque la luna estaba tan clara que parecía de día... El hombre saltó sobre su mula y con bozal nomás, apretó a disparar sin rumbo por esos campos tristes y desolaos.  Yo que levanto la mano para decirle que pare, que espere... Y ahí me veo... O no me veo, mejor, las manos... No tenía manos, tenía brazos porque se me cubrían con la ropa, pero cuando me corrí la camisa... No tenía brazos... Tampoco piernas.

El Tata Juan calló por unos segundos.  Devolvió el mate frío y sin beber a mi madre.

- Me he quedao sentao sin saber qué hacer hasta que el sol me alumbró el cuerpo y ahí, mis manos empezaron a aparecer, de golpe... Yo me he vuelto a ver.  Ahí he comprendido lo de aquella vez en el cerro.  Después, una curandera boliviana me a dicho que... Me a dicho que yo había muerto esa vez de criaturita, que había sido la fe de mi mama la que me había vuelto a la vida por segunda vez, pero que desde entonces la muerte me llamaba en cada sueño, esa mujer que me llama... Y que yo me muero en cada sueño, o que estoy muerto...            Ese es el relato de Tata Juan que mi padre no creyó en absoluto y que con mi madre volvíamos a la memoria después de la historia de aquel sobrino.  Sea como fuere, ahora para mí es claro que el Tata Juan murió dos veces.             San Miguel de Tucumán, Mayo de 1991

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