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Verdugo Rojas, Pedro (Roberto Dalpé)

Esa lóbrega magia cotidiana

           Un hombre sale de su casa cuando el amanecer es apenas la promesa de un destello. Sabemos que en el bolsillo lleva un pequeño portadocumentos. En él, una cédula de identificación dice su nombre. También hay una tarjeta de crédito, sin cupo, y una de débito que corresponde a una cuenta donde casi no queda dinero. Sabemos que caminará veintitrés cuadras por no gastarse el dinero del bus que podría llevarlo hasta la estación del Metro. Que para protegerse del frío ha cogido un abrigo viejísimo, que piensa abandonar antes de la reunión, porque no tendrá forma de guardarlo y porque no se atreve a correr el riesgo de coger una gripe, dadas las circunstancias. El frío no es tan grande, eso lo sabemos porque en mayo los fríos no son nunca tan grandes en esta colmena ruidosa y humeante que hemos dado en llamar Santiago, pero el hombre lleva el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos. Al avanzar va dejando una estela de vapor que parece brillar tímidamente, iluminada por la luz de los faroles. Más allá de la esquina los ladridos de un perro parecen esperarlo. En las hojas de los árboles, si pudiera verlas, vería las gotas que la humedad ambiental ha ido acumulando como si fueran lágrimas, y se le antojarían precisamente eso, lágrimas, si las viera, porque le recordarían que una niña pequeña ha llorado parte de la noche tiritando de fiebre, y que él se ha quedado junto a ella y a su madre sin poder brindarle otro consuelo que los remedios caseros que recomendó la Tía Emilia y la compañía que ellos dos han sabido, de uno u otro modo, brindarle.            No es un día normal. Es uno más en una larga colección, en una serie fatídica que él espera terminar en pocas horas. Su día ciento cincuenta y cuatro sin trabajo. "Un cesante", murmura cuando ya ha recorrido la mitad del camino, "sigo siendo todavía un cesante". Es la frase que ha escogido, cual si fuera un mantra, para obligarse a seguir caminando, para no desmayar. Si se lo preguntáramos quizás no sabría contárnoslo, pero ha dicho la misma frase en el mismo lugar cada mañana, aunque no siempre tan temprano, mientras se empeña en mantener el paso firme a pesar de la sensación de estar avanzando hacia la nada.            La oscuridad le sigue el juego. También los ladridos del perro, que siempre parece estar una cuadra más adelante, como un fantasma que se empeñara en seguirle el rastro sin mostrarse, pero amenazando siempre con impedirle el paso. Faltando menos de ocho cuadras para la estación, ha entrado en una bruma cerrada, en cuyo seno los faroles se han convertido en pequeños soles opacos. Un olor a madera quemada le hace recordar las calles de Temuco, en una época en que Temuco era una promesa y él también. Una promesa de que la vida que vendría estaba llena de felicidad. Y bajo el brazo, la delgada mano de Lorena apretando apenas, como si buscara en él el necesario refugio para su fragilidad y su gracia. Esa mano, ese suave contacto que parecía querer dejar de ser percibido por él, había sido parte de la felicidad prometida, la continuación de un cuerpo desnudo que él había amado ya hasta la saciedad y del cual, sin embargo, no terminaba nunca de saciarse; la ternura infinita después del amor (acaso esa ternura fuera el verdadero amor), esa entrega postrera que un cigarrillo coronaba como una experiencia perfecta. Y los ojos, fijos y oscuros, mirándolo como con ansiedad, como si se bastaran a sí mismos para sonreír y para pedirle una nueva muestra de amor, un nuevo gesto que aunque fuese mínimo probara por un instante más que su atención y su vida estarían consagradas, desde entonces y para siempre, a ella.            Los planes fueron sencillos y luminosos. Comprar una casa, aunque fuese pequeña, en la misma ciudad, desde cuya ventana pudiera verse el cerro Ñielol, donde habían sellado con un beso su pacto de amor primigenio, el verdadero, el originario, el que después sólo habían venido confirmando una y otra vez en el lecho, en la iglesia, en el Registro Civil. Una casa donde pudieran crecer dos o tres hijos, fuertes y sanos. Después, un auto y un perro. Después, un viajecito a Brasil o a México.            Un borracho dormido boca abajo en la acera le recuerda dónde está y quién es ahora. También, como un propósito, le recuerda el teléfono que empuña en la mano derecha, dentro del bolsillo del abrigo. Un teléfono barato, antiguo, gastado por el uso, con una tecla mala y una pequeña antena que provoca la risa de sus amigos. La expresión no es exagerada: lo empuña, como lo hubiera hecho con la espada, de ser un soldado romano del siglo V, custodiando la frontera germana, acaso con el mismo frío en el alma, con la misma sosegada desolación. Se pregunta si el hombre estará muerto. Es posible y no sería la primera vez. Ya antes, muchas veces, han aparecido muertos los borrachines que por descuido o por mera indigencia se han quedado así, sin más abrigo que la ropa puesta, a dormir a la intemperie, aunque no en mayo. En mayo sólo mueren de frío los soldados de Antuco. Así ha sido siempre y así será, al menos desde exactamente un año antes, cuando los diarios se llenaron de las fotos y las historias de aquellos niños abandonados al ciego delirio de sus superiores, que terminaron por convertirlos a ellos en "bajas" (qué palabra; los militares son expertos en esos eufemismos) y a sus madres, sus padres y sus hermanos, en "deudos" (eso no es militar; el arte militar no necesita inventarse un lenguaje para esto). Lo recuerda bien porque por esos días había estado a pocos kilómetros de la tragedia, soportando la nevazón casi al pie del Villarrica, matando las horas en la lectura de una novela policial, el único libro que había en el refugio, sentado junto a una chimenea. Lo acompañaba Arturo, el compañero fiel de aquellos viajes por todo el sur, donde la industria agropecuaria requería de sus servicios especializados como parte de la empresa en que trabajaban. Aguantaron juntos el aburrimiento y se sorprendieron con las noticias que iban apareciendo en la radio acerca de aquellos soldados adolescentes perdidos en la tormenta. Para cuando terminaron el trabajo que los había llevado allí, dos semanas después, la tragedia ya era nacional, y ellos habían conocido al padre de una de las víctimas. Se llamaba Manuel. Era un mariscador de la zona, que no iba a tener recursos para quejarse en voz alta, para pagar un abogado, para encarcelar a los responsables. Tendría que conformarse con llorar a su hijo con todas las lágrimas y los mocos posibles. Llorarlo a gritos y sin remilgos. Llorarlo con estertores, con abrazos y con tragos largos a algún chuico de vino. El dolor ebrio es doblemente dolor, pero duele menos. Así les había dicho una noche en que lo acompañaron hasta su casa, tambaleándose, hediendo a pena y a alcohol barato. No tenía más hijos, ni esposa. No tenía a nadie.            Faltan cinco cuadras. ¿Cómo llegó hasta Manuel? ¿Por qué pensar en él ahora? No será por la resignación. Nada se compara. Su hija está viva y él sigue luchando. Además, es una enfermedad controlable, sólo se requiere un poco de dinero, comprar un par de medicamentos, pagarle a Raúl una parte de la deuda, para que no sienta que lo estoy engañando al pobre, que ha sido tan paciente. En fin, todo lo que puede hacer uno cuando tiene un ingreso fijo. Fue lo mismo que le dijo Lorena tanto tiempo antes, cuando renunció, pero se lo dijo al revés: "no entiendes lo que es no tener un sueldo fijo". No lloraba, pero casi. No lo insultó, pero casi. Le enrostró no haberlo consultado con ella, no haberla hecho partícipe de aquella decisión estúpida. Y él, herido en su orgullo de macho proveedor, se había reído con desdén: "nos vamos a hacer ricos, mujer, tú no entiendes nada". Pero entendía. El negocio en que puso sus ahorros resultó un fiasco. La empresa no funcionó nunca, y su dinero se gastó en pagar las deudas que había contraído un año antes Ricardo, su amigo de toda la vida y su socio. ¿En qué estaba pensando? Ahora era tan claro que no tenía sentido, pero entonces... entonces todo era distinto, porque soñaba con una vida más cercana a su casa, más tiempo cerca de la bebé, más tiempo con su esposa. Pocos hombres sueñan esos sueños, pocos luchan por cosas así, y él se sentía bendito por esos deseos impregnados de la cándida emoción del hombre asentado, del jefe de familia bien comportado. Por eso, quizás, se había sentido invulnerable, como quien se arroja al vacío en pos de una causa justa pensando que Dios estará allí para salvarlo. Pero no estuvo.            Al litigio para salirse de la sociedad le siguieron las negociaciones con los bancos, la quiebra personal, la persecución de las tiendas comerciales. Logró salvar algunas cosas, restablecer relaciones relativamente normales con un banco, a costa de pagar, pagar, pagar. Pero ¿cómo pagas cuando no tienes ingresos? Había logrado hacer algún dinero aquí y allá vendiendo sus servicios como consultor agropecuario. Mal que mal, un ingeniero agrónomo siempre podía encontrar en qué emplearse en el Sur. La situación no podía empeorar. Pero la salud de la bebé dijo otra cosa. El diagnóstico que les dio el doctor no era gravísimo, pero podía llegar a serlo. Una complicación al pulmón podía bastar con una niñita de tres años. Nunca se sabe, yo le recomiendo que se vaya de aquí a una zona más cálida y menos húmeda. La Serena o Coquimbo podrían ser buenas alternativas. Esta niñita aquí no va a sobrevivir. Listo. Tema concluido. Había que empacar y partir, pero ¿adónde?.            Tiene que atravesar la Avenida. No es fácil, porque el tráfico ya comienza a ser el que será más tarde, y no hay semáforo. Como siempre, un hedor a basura flota en el aire. No sabe de dónde viene, pero todos los días lo siente al pasar por allí, y al sentirlo se siente miserable y lleno de culpa. Culpa por haber traído a vivir allí a sus dos mujeres. Culpa por no ser capaz de arrendar o comprar en un barrio más digno. Los tres perros de costumbre lo miran con indiferencia en la entrada de la estación (¿sería alguno de ellos el que escuchaba ladrar media hora antes?). También el vendedor de diarios, a quien ya no saluda porque no responde, nunca. Los madrugadores ya son varios. El Metro los recibe como si la escala de entrada fueran las fauces de una gran bestia devoradora de hombres. Él lo piensa con las mismas palabras y le divierte considerar que es cierto. El túnel de entrada es la traquea de la viscosa economía mundial, que devora hombres, mujeres y niños de todas las latitudes como haría una guerra o una epidemia. Sólo que no los mata tan rápido. Al llegar a las máquinas tiene que soltar el teléfono para poder tomar la tarjetita BIP desde otro bolsillo (el mismo de las tarjetas) y mostrársela al aparato, que finalmente lo dejará pasar después de emitir un chillido. Hasta ahí todo bien. Después, recorrer la línea uno casi completa, hasta la estación Escuela Militar, no es más que cosa de rutina. Nada puede ya fallar. El Metro es una organización diligente. Y después, sólo tiene que esperar la llamada.            Ha planificado cada movimiento cuidadosamente. Llegará a la estación a las ocho quince y esperará cerca de la boletería para no salir al frío. Cuando el teléfono suene, en dos pasos estará afuera, en un lugar con menos ruido, listo para hablar. Siempre puede decir "estoy en el Metro, déme un momento" y correr. Toma exactamente quince segundos. Lo comprobó ayer. Lo importante es estar cerca, porque si todo va bien, le van a decir que vaya, que el señor Oyarzún lo está esperando. O quizás el mismo señor Oyarzún se lo diga. No importa, lo importante es que en cinco minutos habrá llegado y eso será un gesto de puntualidad. Javier le ha dicho que lo recibirán, que sólo debe confirmar que el Gerente General tiene agenda a esa hora, pero que mejor no llegue si él no le confirma primero. Por si acaso, no sea cosa que al Jefe le moleste su presencia en la oficina tan temprano si es que ha olvidado la cita que le prometió hace más de un mes.            Lo sostiene la esperanza. Una esperanza que tiene nombre y apellido: Rafael Oyarzún, ingeniero civil industrial, cincuenta y siete años, Gerente General desde hace cinco, fama de hombre duro y exigente, riguroso con los horarios y un poco maníaco, pero un gran jefe según sus subalternos, o más bien según Javier, que es su asistente. El bueno de Javier, que hasta le prestó dinero en los peores momentos, y que lo ha apoyado para buscar trabajo. Ahora ya está a punto de lograrlo. Javier y ese logro, esa recompensa soñada: un puesto de trabajo con un ingreso fijo. Infinitamente agradecido, Javier. No, hombre, para nada, dirá el otro, siempre correcto. Tú eres un profesional de primera, van a estar felices contigo.            En casa Lorena estará cuidando que la fiebre de la niña no suba demasiado. Aquí es cuando tener a los padres vivos podría ayudar, pero qué remedio. O tener hermanos. Pero nada, lo tuvieron ya viejos y se murieron cuando aún no terminaba la universidad. Lo ayudaron económicamente unos tíos que vivían en Argentina, para que terminara los estudios, y él les pagó puntualmente lo que les debía, pero ya hacía tiempo que no hablaban, y no se atrevía a pedirles ayuda. Además, ¿qué iban a hacer? ¿Venir a cuidarle la niña? ¿Prestarle dinero de nuevo? No, eso era impensable. Además, está Javier, que le va a conseguir la entrevista definitiva con el señor Oyarzún, y basta comportarse normalmente, como el tipo inteligente que es, mostrar interés y, sobre todo, puntualidad. No hay otros candidatos, el puesto es casi suyo. Por eso es tan importante esperar la llamada a pocos pasos de la oficina de Javier. Pero las largas noches sin dormir, lo tienen un poco cansado. Imposible no apoyarse en la baranda mientras espera. Imposible no abandonarse lenta e imperceptiblemente a esa modorra pegajosa que en todo caso no es un problema, porque apenas salga de la estación el frío lo va a despertar bien, y llegará a la oficina de Oyarzún siendo el profesional impecable que Javier ha vendido allá. No habrá riesgos, no te preocupes Javier. Y cierra los ojos, no con la intención de dormirse, sino apenas de reposarlos un instante. Al fin y al cabo, por ahora no los necesita. Está de pie, apoyado en la baranda (abajo se ve la línea y la gente que entra y sale de los carros cuando un tren se detiene), casi descansando. Cerrar los ojos es natural. Siente el teléfono en la mano y lo sentirá vibrar si lo llaman. Nada de qué preocuparse. Sólo un instante, cerrar los ojos.            Pero los abre bruscamente. Algo ha pasado y al principio no lo entiende. Cabeceó, se quedó dormido quizás uno o dos segundos, y el teléfono se le ha caído de la mano, pero ¿adónde?, mira hacia abajo y lo ve, en la línea. Mira la hora en el reloj, falta un minuto, aún hay tiempo. Corre hasta la máquina, paga nuevamente con la tarjeta, el chillido le dice que ya, que puede pasar, baja corriendo las escaleras, entre empujones a la gente que ya se amontona para ir al trabajo, y se aproxima hasta el lugar correcto de la línea. El teléfono está en medio, encendido y entero, pero en medio de la línea del tren. Dos o tres personas que están allí lo han visto y ahora lo miran a él con expresión interrogadora.            - Oiga, amigo, ¿es suyo el celular? -, le pregunta un tipo.            Dice que sí con la cabeza. Se siente estúpido. Lejos se oye venir el tren. No se atreve a bajarse. Nunca lo ha hecho, nunca ha visto a nadie hacerlo. Mira a los otros buscando que alguien le diga qué hacer, pero nadie sabe. El tren se acerca y falta medio minuto para la llamada. La línea dice "alta tensión". Si se baja, ¿cómo saber dónde pisar? ¿No hay un guardia por ahí? "No, amigo, no hay ninguno". El tren se escucha viniendo y el señor Oyarzún seguramente está ya con Javier. La voz de Lorena resuena en su memoria. Se imagina el reproche. También la queja, seguramente sutil y sosegada, de su amigo. ¿Cómo te pudo pasar? Mira por el túnel y el tren todavía está lo suficientemente lejos. Es ágil, podría bajar y subir de un salto. Tomaría menos de cinco segundos. Pero dónde pisar. Piensa que es mentira que en extremo peligro la gente se vuelva torpe. Él está vivo y consciente como nunca. Se da cuenta de que hay una especie de riel que está marcado con un signo eléctrico. Seguramente eso es lo que no hay que tocar. El tren no entrará en la estación todavía, quedan como veinte segundos y Javier no ha llamado. Los rostros se fijan en él y siente que el público lo acompaña, que están con él, que lo apoyan. Pero no se anima, hasta que el teléfono empieza a sonar. El visor parpadea mostrando el nombre de seis letras: Javier. Entonces salta, pisa con cuidado eludiendo la línea marcada. "Estoy vivo", piensa mientras coge el aparato vibrante. El nombre de Rocío, su hija, se forma en su mente. Le quedan pocos segundos para salir de la línea y desde abajo se va más difícil volver a subir. Titubea por un momento, porque la llamada podría cortarse. El tren emite un fuerte pitazo, porque el conductor ya lo ha visto. Él piensa vagamente en dejar el teléfono en el piso del andén para poder subir con ambas manos. Algunos espectadores le tienden las suyas para ayudarlo. Todos en la estación han comenzado a gritarle, que se mueva, que salga de la línea. El hombre que le dice amigo está arrodillado extendiendo su mano hasta él. De algún lugar aparecen dos guardias de azul corriendo y se escucha el sonido del tren frenando violentamente.  Él mira la escena confundido. No decide si contestar o subir. Finalmente contesta.

 

Javicha



JAVICHA                       Usualmente tocaba el timbre y era ella quien le abría, pero esta vez no la escucharon (no era la primera vez), así que utilizó la llave que conservaba desde la época en que vivía con ellos y se deslizó en el zaguán. La casa estaba oscura y silenciosa. Cosa rara, porque a esa hora él solía escuchar unos programas radiales dedicados a la música clásica, que dirigía un amigo suyo, casi igual de viejo. Se encaminó silenciosamente a la cocina, creyéndolos dormidos, pero sería difícil no despertarlos, porque para llegar hasta allá tendría que atravesar un largo pasillo que organizaba todas las habitaciones. Al pasar vio que la puerta de sus padres estaba cerrada, lo cual confirmó su hipótesis. En la cocina miró el reloj: eran las nueve quince. Pensó que se habrían quedado viendo televisión hasta muy tarde, especialmente ahora que era verano. Guardó los huevos y los otros víveres que les traía en los anaqueles de la despensa y llenó de agua la tetera, porque no había comido nada.            En la cocina había un televisor, que usualmente usaba sólo la empleada, pero que desde que despidieron a la última estaba desenchufado. Se las arregló para conectarlo de nuevo y lo encendió, calculando que para no hacer ruido lo mejor era quedarse allí. Mientras el agua terminaba de calentarse, lavó un par de platos sucios que había sobre la mesa de diario y la limpió con un trapo húmedo. Pensó sin asombro que la casa envejecía con su madre, que cada día descuidaba más nítidamente esos pequeños detalles que alguna vez habían sido el sello de su modo de vivir. Se preguntó si un día su hija miraría con asombro o con pudor las señales de su propio envejecimiento. Se sirvió una taza de té y preparó un sándwich con un jamón medio seco que encontró en el refrigerador. Buscó algo que ver en el televisor, pero no encontró sino esos programas matinales que tanto detestaba, porque el aparato no estaba conectado a la señal de cable, así que lo apagó. Cogió un periódico de la semana anterior que había cerca del canasto de las verduras y se dispuso a esperarlos leyéndolo mientras tomaba su desayuno. Así le dieron las diez veinte.            A esa hora comprendió que había algo raro, pero no se imaginó lo que iba a encontrar. Miró el reloj con incredulidad y salió de la cocina rumbo a la habitación. Le pareció que sus pasos retumbaban contra el techo y contra los muros. Tal era el silencio.         Conforme se acercaba a la puerta cerrada, un miedo inexplicable se le instaló en las tripas. Golpeó la puerta con los nudillos tres veces y les habló: "¿papá, mamá?". Nada. Esperó y repitió la llamada. Pero siguió sin respuesta. Tomó la manilla, pero no se atrevía a abrir la puerta sin permiso. Así había sido siempre. Ella había nacido y se había criado en aquella casa, y la puerta de aquel dormitorio era la única que no se podía abrir sin que uno de sus padres la autorizara. No por exceso de severidad, sino por un riguroso cuidado de la privacidad de todos. Eran las reglas de la casa, que también se habían respetado para la que una vez fue su habitación de adolescente: no se entraba sin permiso. Por eso insistió nuevamente, casi gritando: "¿Están despiertos?". Miró con inquietud el resto del pasillo, por si hubiera indicio de que estaban en otro lugar. Pensó que podían haber salido, pero recordó que al entrar había visto las llaves en el pequeño arrimo del teléfono. Fue entonces que vio la carta sobre el piano, que estaba frente a la habitación.            Era un sobre blanco, rotulado por fuera no con su nombre, sino con el apodo cariñoso que su padre le había dado cuando tenía tres años: Javicha. Era un apodo que habían dejado de usar con el tiempo, y que últimamente él sólo decía cuando había bebido un poco de alcohol y entraba en esa euforia nostálgica que lo convertía en una especie de niño-viejo. Era, por tanto, la palabra más dulce que él utilizaba con ella, el vocablo que había servido durante la vida juntos para establecer complicidades y para quebrar pleitos. Una palabra de amor que él había grabado en su memoria poética cuando ella apenas hablaba.  Pero esa palabra, puesta en el sobre, la aterrorizó. Comprendió de inmediato lo que contenía, y aún antes de tomarlo las lágrimas se le cayeron de los ojos. Lo cogió y lo abrió, pero no tuvo temple para leer la carta, que era breve. En lugar de ello se volvió hacia la puerta del dormitorio y entró.            Adentro estaban los cuerpos abrazados en la cama, como si durmieran. En el aire flotaba el olor dulzón que aún despedía un incensario en el velador de su madre. Se acercó sin hacer ruido y los miró. Estaban tapados sólo con una sábana, hasta el cuello. Cuando la deslizó pudo ver que estaba desnudos, aunque no los destapó completamente. Él parecía dormir, con los ojos cerrados y un rostro plácido. Ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de su esposo y lo abrazaba a la altura del pecho. Su expresión era casi feliz.            Se arrodilló junto a la cama, llorando silenciosa y calmadamente. Pudo imaginar la escena que había ocurrido la noche anterior. Su madre habría organizado todo, desde la carta hasta el veneno. No era difícil suponer que lo consiguió por medio de Ramón, el eterno amigo del alma de su padre, un viejo médico masón que se pavoneaba de ser anticatólico. Seguramente algún narcótico que les permitiría irse en el sueño, sin dolor y sin miedo. Se lo habría dado primero a él, a sorbos lentos, con el incienso ya encendido. Un beso de despedida y quizás unas lágrimas de gratitud habrían coronado el último abrazo. Después, un sorbo para sí misma, del vasito que había junto al incensario, y apoyarse en él para dormir juntos por última vez. ¿De qué habrían hablado? De las hijas, seguramente. Pudo imaginarlos sonriendo, satisfechos, recordando pequeños detalles que sólo ellos conocían, anécdotas absurdas, gracias que las niñas hacían cuando eran bebés, o berrinches de adolescentes. Hacía poco habían cumplido los cincuenta años de matrimonio, a lo largo de los cuales habían logrado cultivar una sintonía de telépatas que les había hecho una fama tardía de bromistas entre las amistades cercanas. Desde las costumbres más extravagantes hasta los pequeños y recurrentes actos fallidos, habían llegado a parecerse en casi todo. En la intimidad doméstica hablaban una jerga que habían inventado juntos en la convivencia durante dieciocho mil doscientos noventa y tres días, y que nadie más entendía. Él, que había vivido durante tanto tiempo con aquellas tres mujeres, decía tener un secreto para mantenerlas felices. Con el tiempo ella llegó a pensar que el único secreto era no contagiarse de los días malos y celebrar los días buenos. Su padre se las arreglaba, siempre, para parecer contento, incluso en los momentos más difíciles. Tenía un sentido del humor extraordinario, basado en la premisa de que era mejor reírse de sí mismo que de los demás. Eso, la simpatía y cierta virtuosidad en la ejecución de la guitarra, lo habían llevado a conocer el vasto mundo, pero se había resistido a vivir fuera de Chile, para cuidar a las niñas de los excesivos cambios. Su madre había sido probablemente una compañera de lujo. Tenía un talento especial para desafiarlo, para estimularlo, para ayudarlo a enfocarse cuando se le empezaba a notar demasiado que en el fondo del alma sentía un absoluto desprecio por el éxito o por la fama. Con el mismo ahínco con que lo empujaba a él se empujaba a sí misma por los senderos de la literatura. Había publicado quince novelas, las tres últimas con cierta notoriedad en el mundo de las letras hispanoamericanas. Pero desde hacía un par de años vivían en un retiro que para todos había sido inexplicable.            Ahora, cuando parecía tan tarde, Javiera tenía todas las explicaciones en la mano. Leyó sollozando las últimas palabras de sus padres, que estaban dirigidas a las dos hijas. En ellas les informaban que el cáncer le había puesto fecha de término a la vida de su padre, que según la opinión de los médicos no había posibilidad alguna de recuperación. Habían decidido no pasar por el dolor de la quimioterapia sin esperanza, y habían resuelto morirse juntos. Cuando terminó de leer, se quedó mirándolos nuevamente, enternecida, tratando de contener los sollozos y sintiéndose nuevamente una niña frente a sus padres dormidos. Quiso retroceder el tiempo y poder arrojarse sobre ellos como en aquel tiempo feliz que ahora como nunca se alejaba despiadadamente por los senderos del pasado.            Pero repentinamente cayó en la cuenta de que había algo raro. La carta decía "nosotros", pero estaba escrita con la letra de ella. Ninguno de los dos firmaba, sino con las palabras "papá y mamá", siempre con su letra. Los miró con mayor detenimiento, limpiándose las lágrimas con el antebrazo. La posición en que estaban favorecía una nueva hipótesis sobre la verdad, que se abría paso en su mente.            Él, enfermo y condenado, nunca hubiera consentido en llevársela consigo. Antes bien, era muy probable que hubiese elegido luchar hasta el último aliento, aunque fuese para prolongar unos minutos más una vida que amaba hasta los huesos. Ella había tomado sola su decisión. No estaba dispuesta permitir que él se sometiera al tormento de atroces tratamientos que en lugar de brindarle alivio le condenarían a una muerte más lenta y dolorosa. La anciana quizás supo lo que ella misma sospechaba: que su padre tendría más coraje para afrontar el dolor que la muerte segura, y que por lo mismo caería en la trampa angustiosa de las salas de hospital para enfermos terminales. Aunque alguna vez la oyó hablar contra la eutanasia, comprendió que ella había escogido liberarlo a él de todo ese dolor por venir, pero que asimismo sabía que no podía hacer eso y sobrevivir. No sólo por el dolor de verlo partir y tener que aprender a seguir sin él, sino también porque no sabría cómo hacerlo sin ser descubierta, de modo que tendría, ella, que soportar el calvario no menos atroz de los procesos judiciales, las apariciones ignominiosas en la prensa y la incomprensión de la familia.            Releyó la carta a través del cristal ininterrumpido de las lágrimas, y estuvo segura de que ésos eran los hechos. Su padre había sido asesinado por amor. Su madre se había suicidado, también por amor. Ahora sólo quedaban los ritos funerarios. Pero la carta escrita por su madre era una torpe coartada. Bastaría con que un fiscal excesivamente celoso de su trabajo metiera la nariz en el asunto y terminarían descubriendo la verdad, lo cual supondría no una condena penal, puesto que estaba ya muerta, pero sí la más completa destrucción de su imagen pública. Se hablaría de ella como una nueva escritora maldita. Los millones de católicos que leían sus libros los quemarían quizás en las calles. Su nombre sería denostado por la Iglesia y por todos los bobos bienintencionados con algún nombre en los circuitos literarios del país. Peor aún, quizás la creería loca, y harían reportajes siniestros describiendo su muerte y la de su esposo en medio de letanías de falso dolor por su pérdida irreparable. Temió incluso quedar corta en sus cálculos. Periodistas expertos en intrigas faranduleras construirían reportajes televisivos para las horas de mayor audiencia, llenos de detalles escabrosos y falsos sobre la vida de ambos, y con el tiempo un manto de oprobio terminaría por destruir la memoria de dos personas que habían sido (ella era la prueba) justas y buenas.            Pero Javiera no sabía nada de procesos judiciales, ni de investigaciones criminales. No tenía la menor idea de cómo construir una coartada mejor, una mentira que permitiera resguardar lo mejor posible una verdad impresentable. Además, la brutalidad de las emociones no la dejaba pensar con claridad. Tuvo el teléfono dos veces en las manos con la intención de llamar a su hermana, pero se contuvo temiendo una discusión moralista que quizás acabaría por destruir tanto la belleza del acto de amor de su madre como la tranquilidad de la familia.            Desesperó tratando de urdir estrategias para defender su memoria. Pensó en echarse la culpa, pero descartó ese plan por absurdo, y porque era aún peor que el de la anciana. Pensó en falsificar la firma de ambos en el papel, pero descreyó de sus habilidades manuales para cumplir con tal objetivo. Por lo demás, echar a perder aquel papel sería otro modo de empeorar las cosas. El plan de quemar la casa le pareció más factible. Incluso se dio una vuelta por el viejo taller de su padre para chequear si había combustibles. El horror de calcinar aquellos cuerpos le pareció, sin embargo, mayor que el ultraje de la memoria que esperaba evitar.            Media hora después, mientras ella seguía sin resolver el problema, sonó el timbre de la puerta.            ¿Cómo abrir sin que se le notaran las lágrimas? ¿Cómo esconderse si su automóvil estaba visiblemente afuera? Comenzó a temblar descontroladamente y se puso de pie. En el espejo creyó reconocer no la evidente imagen de una mujer llorosa, sino los ojos atormentados de una niña pequeña presa del pánico. Eran los mismos ojos que había visto reflejados en el fondo de la vitrina de los vasos cuando su madre la salvó de un toro escapado del matadero que estuvo a punto de matarla. De aquello hacían unos cuarenta años, y cada vez que el pánico la embargaba los temblores eran los mismos. Se pasó las manos por la cara en un intento por controlarse, mientras el timbre sonaba con más insistencia. Se asomó lentamente desde el dintel de la puerta de la habitación. Pudo ver, a través de los visillos de la puerta que daba a la calle, la silueta gorda de doña Juanita, la chismosa del barrio. Su reacción espontánea fue esconder la cabeza y dejarse caer lentamente hasta el suelo, donde se quedó ahogando los sollozos con el puño.             Cuando se calmó, el calor del mediodía estaba convirtiendo la casa cerrada en un sauna seco. Había llorado en silencio por más de tres horas. Doña Juanita no había vuelto, pero era muy posible que estuviera desde su ventana atisbando si alguien entraba o salía desde la casa. Ahora sentía esa culpa ciega que acosa a los perseguidos, sean o no culpables. De algún modo todo estaba ocurriendo como si ella hubiese perpetrado los asesinatos.            Fue al baño por un sorbo de agua y volvió tan resuelta a esconder aquel acto de su madre que los jueces no entenderían, que quitó lentamente la sábana, hasta atrás, para mirar con cuidado aquellos cuerpos que el tiempo había consumido y que ella había amado.            Tocó sus miembros fríos y los besó en la frente, a cada uno con minuciosa ternura. Primero a él y luego a ella, y cuando se enderezó, escuchó el leve sonido de un papel escondido bajo la almohada de su padre.            Con renovadas lágrimas y entre espasmos leyó una segunda nota, esta vez con la letra de él:            A quien encuentre nuestros cuerpos:            Hemos decidido morir bebiendo veneno porque ya no podíamos vivir como deseábamos. Mi esposa me acompañará en el viaje que yo he diseñado para ambos. Ha preparado la tizana con las hierbas que yo le di. Y las hemos bebido voluntariamente los dos, en pleno uso de nuestras facultades. Escribo esto mientras ella se prepara para nuestro último sueño en el tocador.            Que nadie nos juzgue. Tuvimos una vida feliz, y amamos y fuimos amados. A nuestras queridas hijas, todo nuestro amor. Esperamos que ambas tengan vidas largas y felices.            Abajo firmaba con su nombre, su número de cédula y su firma legal. ¡Él sabía! Había sido, después de todo, un doble engaño. Ella lo había engañado al ocultarle sus planes. Y él se había dejado engañar a su vez, acaso para no estropear aquel gesto de amor con que su mujer le ofrendaba la vida.            No pudo evitar una especie de risotada, a medio camino entre una verdadera carcajada y un espasmo histérico. Con ese papel, su padre había resuelto en secreto el dilema de su hija mayor, que ahora podía entregarse a las lágrimas con una extraña mezcla de tristeza, gratitud y felicidad.            No pudo evitar que la prensa hiciera de aquello un escándalo, pero conocida la naturaleza de aquellas muertes, fue un escándalo hermoso, que despertó más admiración que reproche. Después de los trámites legales de rigor, le costó varios meses recuperar las cartas de manos de las autoridades para guardarlas.           

Roberto Dalpé

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