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Ferrera Casero, Alicia Silvia (Bepo Escribano)

Esa voz



¿Hay alguien ahí que recuerde a Monsieur Arnault? Lo imaginaba. La mitificación de la juventud es equivalente, en grado, a su incapacidad para percibir los mitos. Y esta paradoja insalvable sólo puede paliarse merced a la intercesión de los viejos como yo. Primera lección.

La segunda es menos aburrida, espero, porque desciende a lo real del hecho particular. Hablaré, en efecto, y puesto que lo desconocéis todo, del señor Arnault y los curiosos sucesos en los que se vio envuelto.

Heinrich Arnault era hijo de un terrateniente de la Bretaña conocido por su benevolencia con sus siervos y también por su licenciosidad, no sólo con las campesinas, sino incluso con algunas mujeres de alcurnia. Admirador de Heine y de Voltaire, legó a nuestro protagonista el nombre del primero, como si fuera un lema en la fachada de la casa familiar, reservando François para un segundo hijo que nunca llegó a engendrar; de modo que colegiremos que la famosa promiscuidad de Louis Arnault era también inofensiva, al menos en lo referente a sus efectos prácticos.

Louis intentó inculcar sus principios liberales en su único hijo con el vehículo de una esmerada educación, humanista y científica, y fomentando a la par el estudio de las artes, pero también fracasó, en parte, en ello. Heinrich ostentó su nombre toda su vida como un gracioso atributo de su indumentaria, pero sin contenido.

Sin embargo, precozmente demostró una aptitud inusual para la música, amor único que  le acompañó hasta el final y que, quizá, lo precipitó.

Pronto se decidió por el violín, y su naturaleza solitaria le ayudó a encerrarse durante largas horas para mejorar su técnica. Nadie dudaba de que alcanzaría a su ídolo, el gran Paganini. Sólo le faltaba velocidad en la ejecución y le sobraban algunas limaduras sin importancia que, con los oficios de los buenos profesores que su padre le regalaba, serían salvados.

Era feliz a su manera, pero el horizonte vital mutaría abruptamente, colando la guerra en los de arriba y los de abajo, para redibujar, otra vez y no la última, el mapa.

En la familia sucedieron dos cosas capitales. Louis Arnault murió de un infarto en un burdel y Heinrich perdió el brazo izquierdo por un sable alsaciano. Se encontró así al frente de la hacienda y sin vías de escape, y su carácter, naturalmente soberbio, se tornó agrio.

Cumplió sobradamente con el deber de su estirpe, acrecentando el patrimonio; incluso fue uno de los miembros fundadores de un banco rural, entidad ya desaparecida, o mejor dicho, absorbida por otra a la que no haré mención porque no es éste el asunto. Bástenos saber que el dinero nunca fue causa de disgustos en su casa.

En cuanto a su violín, descansaba sobre un almohadón de damasco, dentro de una vitrina en su estudio. Nunca quiso desprenderse de él. Alguna vez se le oyó quejarse: “Debería haber elegido el piano, como Paul Wittgenstein, a quien Ravel regaló el Concierto para la mano izquierda. Pero yo sólo puedo optar entre sostener el instrumento o frotar el arco. Y cualquiera de las dos opciones ofrecen idéntico resultado: el silencio... y la ofuscación del respetable”.

No obstante, su afición a la música persistió, y puede que creciera al liberarse de su propio centro y convertirse en un espectador. Tenía palco en la Ópera y visitaba todos los festivales de prestigio como miembro de honor,  porque aquí, amigos míos, es donde Monsieur Arnault se hizo famoso mundialmente, diría incluso que legendario, si el calificativo no fuera ofensivo para vuestro desconocimiento, lo cual no es mi intención, podéis creerme.

Pues bien, nuestro hombre ejerció como crítico musical y no pocos medios disputaron sus artículos. Respetado y temido a un tiempo, conjugaba un buen verbo con un saber enciclopédico en la materia. Sumemos a ello la infalibilidad que le otorgaba poseer un oído absoluto. Podía transcribir al pentagrama cualquier melodía escuchada al pasar; una palmada era inmediatamente identificada con un La. Los pasos de un caminante eran para él una escala.

Se dice que cierta vez, estando en su despacho, oyó la cadencia desganada de una dactilógrafa y, deduciendo que la mujer sólo estaba perdiendo el tiempo presionando una tecla para simular que se dedicaba a su labor, salió a espetarle, delante de todos:

-Señorita. Deje ya de aturdir con ese Fa sostenido y amplíe el repertorio, pues no tenemos ningún cliente que merezca recibir una comunicación compuesta sólo de emes.

Estas credenciales deberían ser suficientes, pero déjenme agregar, aunque entremos en un terreno especulativo, que se decía que Von Karajan dirigía para sus oídos más que para el publico general. Puede que se trate de una hipérbole, pero lo cierto es que de su pluma derivaba el Olimpo o el ostracismo, como sucedió con Ludwig Hoffman.

El desastre aconteció en el estreno de Arabella, de Richard Strauss, por quien el señor Arnault tenía sentimientos ambivalentes, y lo hacía notar.

Una súbita fiebre hizo que el barítono Alfred Jerger se quedara afónico, y el director, desesperado, decidió darle una oportunidad a Ludwig Hoffman, un joven prometedor y concienzudo y que respondió considerablemente bien durante los arduos ensayos de último momento. Todos sabían que Heinrich Arnault estaría presente y Ludwig era consciente de lo que se jugaba.

Tal vez la obra le quedara grande, o acaso le fallaron los nervios. Cualquier explicación es posible pero lo cierto es que al entrar en escena su personaje, Mandryka, dio una nota falsa que, aunque podía ser soslayada por el público, y especialmente al tener en cuenta que el resto de la interpretación fue correcto, para Monsieur Arnault, sin embargo, fue suficiente para ganarse su antipatía.

En la crónica subsiguiente pudo leerse: “...estos oídos, resignados a las disonancias estridentes de la cotidianeidad, no podían imaginar encontrar, empero, en la cultivada Dresde, un espectáculo semejante. Si Fritz Bush pretende ascender hasta los círculos áureos de Toscanini o Von Karajan, es de todo punto impensable que recurra a los coros y danzas de una parroquia de provincias en busca de voces de calidad, que es, me temo, en el caso que desgraciadamente nos ocupa, el mejor lugar posible de donde puede haber salido el tal Ludwig Hoffman, y de quien espero fervientemente no volver a tener la desdicha de oír. Por no hablar de la humillación para Richard Strauss...”

El anatema cubrió a Ludwig de forma tan súbita como permanente, hasta el punto de que los espectadores de aquella fatídica noche jurarían que oyeron a un diletante desafinado. El gran jefe había dictaminado su ineptitud y no había solución posible: nadie volvió a aceptarlo en ninguna compañía y su carrera quedó truncada, acabada en un Do falso en julio de 1933.

Ludwig no admitió la derrota plenamente hasta pasados diez años, en los que recorrió todos los despachos posibles, rogando una oportunidad. Se afeitó la barba, tratando de cambiar su aspecto; ofreció un cambio de nombre artístico, pero todos acabaron por conocer sus trucos. Perdió los ahorros en los caminos tortuosos de Europa hasta que tuvo que reconocer que su destino había sido jugado a una sola carta, y ésta estaba en posesión de Monsieur Arnault, quien nunca le concedió una entrevista.

A Ludwig, cansado, sólo le quedó la venganza. Pergueñó miles de infamias para que el péndulo del sino mudara de posición, pero nunca pudo avanzar del terreno de los sueños, los cuales incluían variaciones de muertes atroces.

En una primera fase, lo que Ludwig buscaba era el desprestigio del viejo. Quería demostrar que era un impostor, un falsario caprichoso y despótico y, en última instancia, atacarlo en su vida personal con algún acto oculto y despreciable que él sacaría a la luz para mostrar su verdadera cara. La escenificación final debía contener el desprecio público, un Ooh!! general de sorpresa apenas tapado con la mano y la espalda vuelta por siempre. Luego vendrían los resarcimientos, pero la humillación era un trámite inexcusable. Sin embargo, y a pesar del empeño que puso en la labor, no encontró ninguna fisura en la vida de Heinrich, por donde colar la insidia. ¿Que era un dictador? Por supuesto! Eso lo conocía todo el mundo. El respeto del Señor Arnault derivaba del temor y no del aprecio. Por lo demás, su vida era de un ascetismo desconcertante.

Ludwig pensaba que necesariamente tendría que haber algo para atacarlo, pero mientras avanzaba en ello, sus ensoñaciones subieron un peldaño. Si no podía encontrar un suceso ignominioso, debería provocarlo. Intentó buscar aliados ingenuos, colándose en su entorno de trabajo y en las redacciones de los periódicos con los que colaboraba pero fracasó siempre en el primer estadio. Ninguna puerta pudo franquear.

Entonces los sueños de asesinato se hicieron más frecuentes. Ludwig era consciente de que la muerte del señor Arnault no le supondría ninguna reparación personal, pero no le abandonaba la idea de asaltarle y resarcirse, espetándole, con variantes: Mírame bien ¿sabes quién soy? Pues escucha mi voz... pues será lo último que oigas, mientras le clavaba un cuchillo en el cuello.

Esa voz, esa voz... alcanzaba a murmurar el señor Arnault, antes de que se le encharcaran los pulmones con su propia sangre. Y Ludwig se quedaba observando el asombro en los ojos de Heinrich, una inútil súplica de piedad, y el arrepentimiento.

Sin embargo, sólo en una oportunidad se acercó a él lo suficiente por la calle y lo abordó:

-         Señor Arnault, tengo que hablar con usted

-         Lo siento, pero no tengo tiempo

-         Pero es imperativo- dijo, tratando de enfatizar, aunque percibiendo que el tono sonaba a ruego

-         Pida una cita con mi secretaria y ya veremos de qué se trata

-         Sólo será un momento

-         Muchacho, si concediera cada momento que me solicitan tendría que renunciar a mi propia vida

Y Ludwig se quedó ahí, congelado en la acera, y con la certeza de que nunca obtendría una satisfacción.

Con la aceptación de la derrota, los planes se fueron espaciando pero nunca los abandonó del todo. Su vida se hizo más soportable, aunque mediocre. Se instaló en Lichtenau por una mujer con la que tuvo tres hijos a los que mantenía con un sueldo de maestro, mientras que, como única distracción, se permitía cantar en el coro de la iglesia.

Veintitrés años después de aquella noche, encontramos a Monsieur Arnault viajando a Baden Baden en busca de sosiego. A pesar de ser un hombre anciano, ignoraba que estaba viviendo sus últimos momentos. Una pesadumbre crónica se había apoderado de él. Reflexionaba sobre su vida y se decía que había cumplido sus propósitos, sin embargo, notaba un vacío ubicado en el plexo solar que le indicaba una carencia. Podía darse todos los gustos y había desviado hacia la música lo mejor de sí, pero advertía algo que nunca había hecho: haber descubierto a alguien capaz de perdurar y le que le produjera el gozo de saberse su mentor.

Tal vez no fuera demasiado tarde para, a falta de hijos propios, dedicarse al mecenazgo. Algo que darle al mundo para ser recordado.

El tren se detuvo en Lichtenau en medio de la nieve por un fallo técnico y se avisó al pasaje que no se podría reanudar el viaje hasta el día siguiente. El señor Arnault, resignado, tomó una habitación en un buen hotel y decidió dar un paseo por la ciudad antes de la cena no muy prometedora, y con la esperanza de calmar un poco la desesperanza y activar la circulación en el brazo que le estaba molestando.

Sus pasos peregrinos le llevaron hasta la solitaria iglesia, y decidió entrar antes de escuchar las voces que, tímidamente, traspasaban sus muros. Tomó asiento cerca de la entrada, en una zona poco iluminada. Sí, buena acústica. Y buena obra. Sin duda era un ensayo general del Réquiem, de Mozart.

El dolor sordo que sentía se hizo más evidente, pero él lo siguió atribuyendo a una mala postura en el tren, y decidió concentrarse en el acto solemne y desgraciado de la obra inconclusa de Mozart. La música, la buena música, siempre le calmaba. En aquel coro le pareció notar una voz que resaltaba del resto y trató de aislarla, mientras se dejaba invadir por una pequeña ensoñación en la que se preguntaba si no sería eso lo que estaba buscando. El destino le había llevado a una población donde hallaría un barítono dotado e ignoto para que él lo encumbrara y ganara la trascendencia merecida

Sonaba Lacrimosa:

Lacrimosa dies illa,

Qua resurget ex favilla.

Judicandus homo reus.*

El dolor abarcaba ya todo el cuerpo y Monsieur Arnault, tan compuesto siempre, no pudo soportarlo más e intentó ponerse en pie para solicitar auxilio. Mientras caía desplomado sobre las losas del templo, un último pensamiento, en la única imprecisión que tuvo en su vida, atravesó su mente:

“Esa voz... esa voz. Si hubiera oído esa voz antes... este mutis sería triunfal”

*Día de lágrimas aquél

en el que resurjan de las cenizas

los culpables para ser juzgados

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