de la Prida Castiñeira, Miguel Ángel (Veintinueve)
Aroma de ausencia
AROMA DE AUSENCIA
¡Vaya con las que me viene este niño! Pues no me salta con que ese ha muerto porque él ha sido malo… Bueno, en una cosa tiene razón, ese ha muerto por lo que tú y yo sabemos… Y no me vengas ahora con quejumbres de plañidera, Maruja, que ese no las merece, no, dónde vamos a parar, ni ese ni tu padre, que por algo eran uña y carne. Hombres…, ni penan ni huelgan ni rezan… Y qué se nos hará de esta criatura, se hará hombre, santo Dios, y se nos echará a perder, como todos. Ya me lo decía mi madre, que era una santa: con ese ni a misa. Después del sacramento, te perderá el respeto y tú a servir, como está mandado. Callarás como todas, por la cuenta que te trae. Parirás y parirás y él, como hombre, a lo suyo. Yo me pensaba para mi coleto, porque con ella ni rechistar, que era la cantilena trillada de una vieja amargada, pero ni mucho menos, las madres nos llevan en esto como en todo razón de más… Pero tú no le llores, hija, que más vale viuda que malmaridada llorando por las esquinas… Ah, por cierto, a este niño me lo atas bien atado, me oyes, que a lo mejor hasta Dios tiene a bien perdonarle y te sale sacerdote o se nos coloca bien o qué sé yo…, pero sobre todo, Maruja, que no se te vaya de tu vera, arrímatelo desde ya, me oyes, que no se te vaya a desmadrar, y deque le crezca el bozo, ahí sí, entonces átatelo bien, y no te me escandalices, háblale mal, con tiento, pero mal, muy mal del golfo indecente de su difunto padre, que se avergüence y le reconcoma, para que no se te escape. Un hijo varón es para una madre el báculo que la guía hasta Dios. Sin su hijito varón, la madre está maldita para la vida eterna. Así que no tengas repulgos en meterle en cintura, ha de volver a tu vientre, desde donde salió en pecado por culpa de ese. Que sí, hija, que sí, todos los varones nacen en pecado por culpa del padre. Sí, no me mires así, el niño debe volver, debe volver, Maruja, a tu seno bendito, que no se te pierda y, mayormente, ten mira con la pelandusca que lo ansíe para ella sola, que abundan. Que es que lo quiere para traer a su propio báculo y lo demás son pamemas y llantos de primerizas, pero bien que lo saben en sus adentros, aunque se lo callen con artes y tretas. Que ya lo decía mi madre con mucha gracia: “la bicha aquella, sí, esa bien que lo sabía, por eso le mordió los oídos a Eva y no al varón, ella sabía muy bien el secreto inconfesable de la mujer y que no podría negarse a sus sibilinas palabras…”. Toda mujer que se precie, hija, se sabe perdida sin su varoncito. Las mujeres somos ciegas sin nuestro hombrecito. Mira atentamente si no esa Virgen de ahí, mira su rostro, qué temple, qué santa serenidad, es el vivo y santísimo retrato de la beatitud, de la felicidad, con su niñito en brazos, se sabe salvada, mira qué sosiego emana, es una gracia su niño varón, y él está muy dentro de ella, aunque no te lo parezca, esas cosas incomprensibles a la luz me las fue explanando mi abuela, que en paz descanse, que tenía sus cosas, que en el pueblo llegaron casi a encerrarla por culpa de los chismes y comadreos maldicientes, era toda una mujer, muy leída y estrafalaria, pero a fuerza de malsines se echó a morir de pura pena. Pero no te olvides, Maruja, el hijo varón, hija, sólo puede salvarte tu hijo, y él sólo estará a salvo si vuelve a ti, a tus entrañas. Sálvalo del mundo, de la carne viscosa que lo atrapará a poco que le descuides, el demonio le tentará y tú has de velar día y noche por él, para que no se te pierda. Mira que no yerre, que te tenga pero sin demasiada caricia ni zalemas, que si no se te tuerce y te sale niñona, que sea un hombre hecho y derecho, pero un hombre de su madre, que es la única que lo merece… ¡Ay, mírala, Dios mío, qué goce, qué expresión de felicidad, esa Virgen ha alcanzado plenamente lo que toda mujer busca con ansia secreta! Pero los hombres acaban por perdernos, nos desvían de nuestra vereda verdadera…, ¡todo hombre debería morir, y que Dios me perdone, cuando nos viene el primer hijo varón…! Sí, Maruja, ahí comienza para nosotras la vida, el sentido pleno de ser mujer. Pero veo que no me comprendes, mira atentamente el cuadro, lo primero que se ve es la ausencia, sí, la ausencia, decía mi abuela, la ausencia sagrada del hombre[1], nunca olvidaré sus santísimas palabras, el hombre que ha pecado, pero que al pecar ha traído también la gracia a la mujer. Y eso decía mi abuela, que de ese espantoso pecado nacía a su vez la obra de gracia más misteriosa, y que ese era el misterio indecible de la vida, tan indeciblemente misterioso que venía acompañado de un dolor igualmente indecible. Es que del pecado resultaba a veces la gracia y que por eso jamás se comprendería el misterio inescrutable de la vida, en fin, por estas cosas borrosas que tiene vivir, que una bastante tiene con intentar con toda la fe de que es capaz que no se extravíe su hijito, como para desenredar encima la madeja de Nuestro Señor, que es que se las trae. Pero tú, hija, no te apures, que en cuanto se te pase la mohína, verás cómo vuelve a engordarte el vientre, tú ya me entiendes, pero esta vez sin que tercien empecatadas costumbres muy mal avenidas con las miras de Dios. Tu hijo volverá a ti, y sin el resquemor de su padre torciéndole lo tienes todo a tu favor. Con sólo que procures que ninguna de esas que andan por ahí, esas rabaneras indecentes, se le acerquen…, pero para eso estás tú, para velar por tu hijo, eso y nada más, déjate de zarandajas, y que el duelo sirva para que tu hijo encuentre la puerta y el camino que Dios te dio. Mi Vicente me vio, ¡ay, si me vio! Y aunque se nubló ese día el pobre por la vergüenza y el coraje de haber visto a su mismísima madre así, a las claras y sin vendas, que durante días incluso ni se dignaba mirarme de lo corridísimo que estaba el pobre, pero en lo sucesivo se guardó castamente de otras, desde ese santo día ya sólo tenía ojos para mí, ya ves, Maruja, lo confieso sin recato y sin remilgos, quedó para mí sola, como debe ser, y no me avergüenzo, pero no me mires con esos ojos de lela, hija, que en verdad fue un descuido, la puerta entreabierta y lo que son las cosas, de todas maneras no tengo de qué arrepentirme, es mi hijo, y, si me vio como me vio, fue por su bien y porque mismamente así lo quiso el Señor. Claro que estas cosas, como comprenderás, no son para pregonarlas por ahí, porque siempre se ha pensado que un hijo, pues eso, que no está bien ni es decente que vea a su propia madre, ¡tonterías y mucha mansurrona! Que no, hija, que no, toda madre que se precie y sea honrada a ojos de Dios, que es lo que realmente trae cuenta, hace lo posible para que su hijo la vea, y estas cosas te las confío ahora por tu bien, que bien guardadas me las tenía y así han de quedar, y jamás volveré a mentarlas, y tú has de obrar en consecuencia, me oyes, si te he confesado esto y lo que nunca ha de salir de estas paredes es para que espabiles, Maruja, que siempre has sido un poco pánfila, por tu bien y por el del niño, no vayas a pensar que esto me hace algún bien, que, a decir verdad, ni a mí misma me las digo, Dios me libre, no, las cosas bien hechas se hacen y se acabó, nada de ir pregonándolas por las esquinas, y menos aún las cosas del Señor, esto ha de quedar entre la madre, el hijo y el Señor.
Pues aquí tienes, hija, el misterio ese de la Virgen que tanto revuelo levanta entre los hombres, claro, ellos qué van a comprender, al aborrecer a sus madres se echan a perder y pierden el discernimiento, en adelante no ven nada, no comprenden nada, caminan a ciegas, pues sólo a una madre le es dado comprender la gracia de la Virgen, “su callada presencia” a la vera de su hijito, como decía tu bisabuela, Ella calla lo que los hombres sospechan sin tino y aterrorizados, pues se saben en el fondo perdidos cuando contemplan a una Virgen y a su santo vástago, saben a oscuras, pero no aciertan a distinguir, les atormenta el vago recuerdo que la Santa Madre les trae de muy lejos y, por eso a veces, los insensatos las queman, las insultan o se mofan y las profanan, pero vamos que si lo saben, en su fuero íntimo sueñan con Ella, con su Madre, pero tienden a escapar al menor atisbo, a la más leve sospecha de eso, y por eso no se están quietos nunca, siempre armando jaleo aquí y allá y escapándose al bar, ese antro maloliente y bullicioso que les aleja de su Madre, por eso allí dentro huele tan mal, porque la Madre está ausente, allí se sienten seguros y a sus anchas, sin la Madre, pero con el eterno aroma de ausencia martilleándoles sus sucias conciencias, decía mi abuela, sí, sin la Madre que les recuerde dónde está la puerta, son cuerpos vacíos, vacíos de Madre, huérfanos de por vida, y esto, hija, has de considerarlo muy seriamente y decírselo a tu hijo, que le quede muy claro, pero sin decírselo, tú ya me entiendes, toda madre sabe hacerlo, sabe cómo atar a su varón, y no, Maruja, que te veo venir, no te pienses que hay mal en ello o que Dios no sabe lo que se hace con sus hijos o que algo oscuro se cuece, que no, hija, que no, que eso es cosa de puritanos, para que me entiendas, lo que pasa es que las cosas santas de veras siempre tienen esta apariencia, por así decir, siniestra, insana, si me apuras, pero no, que toda madre lo sabe muy bien para sí. La madre sirve al Señor, y la vida, se pongan como se pongan, es pura servidumbre, de esto o de lo otro, y Señor sólo hay uno, pero lo malo es servir al hombre, someterse, doblegarse a su voluntad, eso sí que es caer, eso es inmoral y al final trae lo que trae, a la larga lo cubre todo de abrojos y de olvido, y esto, hija mía, es lo más grave, el olvido. Tú ya estás avisada, a lo tuyo, que es lo del Señor, y no te me vayas a poner pacata a estas alturas, si ha de verte, que te vea, que entre madre e hijo todo está por descubrirse, nada de velos y telas, el niño ha de verte, me oyes, y lo demás déjalo de la mano de Dios, que lo que quita con una mano lo da con otra, y si por un casual, es un suponer, Dios no lo quiera, Maruja, vieras que no te vales para retenerlo, por esto o por lo otro, que vas viendo que alguna intrusa se te ha entrometido y que te lo va a levantar, pues no tengas reparo, hija, que no te sepa mal, que para estos casos las madres contamos con las gracias que Dios nos dio, y siempre cabe echar mano de aquí o de allá, tú ya me entiendes, que lo de la culpa es una sopa boba, pero muy eficaz, nunca falla, y con eso ya le tienes pillado y bien sujeto y a tus faldas, y no me mires así, Maruja, déjate de inocencias, de monsergas, de lutos y de esas pamplinas, anda, y mueve eso, que se te está quemando.
Veintinueve
[1] El santo misterio viene dado por la más arcana e ínclita de las presencias: la Mater es amparada preponderantemente por la presencia del pater que todo lo cubre con su ausencia omnipresente. La figura del fondo, por así decir, brilla por su ausencia y, con ello, se destaca la figura de la Santa Madre con su hijito. Mas son tres los que figuran en rigor, a pesar de la irrecusable apariencia ocular y pese al peso congruente de la lógica que se empeña en contar dos donde se ven tres. De cualquier modo, la ausencia refuerza la presencia en cuestión y sin aquélla, ésta perdería su fondo mistérico (el inefable nudo que decir no se sabía, al decir de san Juan de la Cruz), no podría ser desatado, con lo que la santa absolución del hijo quedaría sin resolución a fin de que le sea dado finalmente contravenir impunemente la más absoluta de las prohibiciones.
La iniciación
-Tú vete.
Pero mamá no se iba. Se quedaba, en cambio, aturdida y con el estupor lloroso de la madre fiel, expulsada sin más por la voz sorprendentemente severa de su infiel niñito. Papá, por su parte, se regocijaba para su sayo de este humilde androceo constituido conjuntamente con su hijo en el pequeño pero gran patio interior, en donde ciertamente papá iría descubriendo la tela que todo lo cubre a su iniciado.
-¡Vete, que te vayas!
Allí seguía, recostada contumazmente en la ventana de la cristalera, con el gesto contorcido, un pie fuera y otro dentro, metiendo las narices en «cosas de hombres» y con gana de darle un buen padazote a ese desagradecido impertinente, a ese mocoso que apenas levantaba un palmo del suelo, pero que se había ido acreciendo con la aquiescencia y los parabienes tácitos del pater durus, de cuyo silencio recababa el muchachito soberbia y desvergüenza bastantes como para que ese desmadre incipiente sacara de quicio a la despechada mamá que, al fin, acabó por avenirse a la terebrante orden:
-¡Que te vayas!
Y se fue. Es claro que no de grado, sino casi pataleando, con la blasfemia en el labio y amenazando con aquello indecible a su niño, que sólo ellos sabían, mamá y el niño. El niño, al punto, miró al padre, que se relamía y que estaba ostensiblemente poniendo a prueba la aptitud del soldado bisoño.
-Se ha ido mamá, papá.- Advirtió el hijo asomándose para ver si de veras el peligro se había esfumado.
-Te voy a decir algo muy importante, hijo. Presta mucha atención.
-Sí, papá.
-Las mujeres, hijo, …
-¿Mamá también?
-Tu madre también, sí.
El novicio se quedó empavorecido ante la primera lección recibida. Acto seguido, un silencio cargado de virilidad dio pie a la duda, a la desconfianza para con esa palabra, «mamá», anteriormente sagrada, pero cuya santidad se resquebrajaba frente a la poderosa, virulenta, solemne presencia paterna, que estaba allí, firmemente en pie, poniendo en entredicho el regazo de la certidumbre caliente de antaño.
-Pero mamá no debe saber nada de esto. Es un secreto de hombres. Y tú ya lo eres. Ven, acércate y mírame. Debes jurar aquí y ahora que nunca dirás a ninguna mujer lo que te acabo de decir.
-¿Tampoco a mamá?
-¡A mamá! A ninguna mujer, absolutamente a ninguna.
-¿Qué es jurar, papá?
-Jurar, jurar, verás, jurar es casarse con Dios, para que cuando seas mayor puedas casarte con una mujer buena y haya pan siempre en casa. Esto me lo dijo tu abuelo y ahora te lo enseño yo a ti. Junta las manos. Así siempre tu corazón y Dios estarán unidos. Ahora di: juro que la palabra será silencio y el silencio mi alimento, Amén.
-Bueno, ¿qué, mi hombrecito, tendrás hambre? Y ahora, ¿a quién tienes para que te haga la comida? ¿Me voy otra vez y ayunas o prefieres albóndigas con patatas?
El niño no respondió, sólo alcanzaba a mirar de soslayo a esa mujer cuasi desconocida que hasta hacía muy poco pasaba por ser su madre.
-Vaya, estamos con jueguecitos todavía… Al final, como me harte, como yo sola. Vamos, ve a lavarte las manos y siéntate, que esto está casi listo.
Vacilaba y esperó nerviosamente a que el pater diera su consentimiento. Papá asintió y el nene corrió a lavarse las manos. Una vez en la mesa, el novicio se acercó al oído del padre y muy quedamente inquirió:
-Papá, mamá nunca se lava las manos.
Y el padre hizo otro tanto:
-Eso es porque las mujeres son hijas de Eva.
-¿Qué ocurre hoy? ¿Estamos también de secretitos?
El novicio reincidió:
-¿Quién es Eva, papá?
-La madre del pecado. Pero ahora come, que luego te lo explico.
El novicio miró solapadamente a esa empecatada hija de la carne, en cuyas manos sostenía, para más sobresalto, una genesíaca manzana que acabaría por corroborar el incontestable testimonio del padre en cayendo la tarde, cuando padre e hijo prosiguieran embebidos en esa suerte de conciliábulo que tanto estaba desquiciando a la madre.
-Ahí os dejo con vuestras naderías, que me voy a casa la Julia, que me necesita más que vosotros. Está casi de parto y la pobre es primeriza. Supongo que llegaré para la cena, si no el pescado está ahí, junto a la olla roja, lo calientas. Y a este pillastre no me lo vayas a perder demasiado con fantasías, que de eso anda sobrado. Y ahora, ¿quién le va a dar un beso grande a mamá?
-Mejor que te vayas.
-Pero, ¡bueno! ¿Qué estás diciendo, sinvergüenza,? ¿Así se habla a mamá?
-Cállate y vete. Tú no eres mi madre, que ya lo sé todo.
-Mira, mejor me voy, que… Te libras porque voy a recoger a otro que luego seguramente no dará más que disgustos a su pobre madre. Y pensar que para esto soportamos tantos padecimientos…Anda, sí, quédate ahí, con tu padre, que te pierda, mal hijo.
El tremendo portazo no hizo que se arrepintiera, pues que, a decir verdad, el arrepentimiento era competencia exclusiva del hombre y Dios, de esa trabazón inconfesa y silente con las cosas que conducía a la morada divina o esa otra que desviaba aberrantemente la mirada al mundo, a la carne o al demonio. Estas tres aberraciones incumbían al ámbito de la madre, en cuya fonda oscura muy fácilmente podía caerse uno al tropezar, porque “el camino está lleno de piedras” que hay que sortear antes de ver verdad.
-Y, entonces, papá, ¿qué hay debajo? Manolín dice que su padre dice que debajo hay una fruta prohibida.
-¡Pero qué ocurrencias son esas! Bajo las vestiduras de la Virgen…
El pater dudó y, finalmente, guardó un silencio grave y significativo.
-Y debajo del vestido de mamá, ¿qué hay? Manolín dice que a su madre le mordió una loba, y que por eso no tiene cola, que se lo ha dicho su padre.
-Mira, hijo, bajo el vestido de tu madre, y espero que sea la última vez que me lo preguntes, lo que hay es lo que no se puede decir.
Antes de que cayera la noche, la madre estaba de vuelta, aunque por la acogida dispensada se diría que tanto al padre como así al hijo les traía sin cuidado la presencia de la madre.
-Por si a alguien le trae cuenta en esta casa, sabed que ya hay en el pueblo una desgraciada más, pues ha sido varón.
Como el santo desdén y la indiferencia por parte de los hombres para con la madre, si es que no paladino, era escalofriante, viendo la mujer que el insolente pequeñuelo se picaba de resabidillo en materia de hombría y se enseñoreaba con descaro y se le ponía, rozando la irreverencia, en sus propias narices bravucón, se fue a acurrucar al sillón, harto escocida, esquinada, mas disimulando el hiriente escozor con una revista cualquiera, en fin, para sacudirse como fuese el dolor más inllevable que pueda padecer una madre. Pero, en breve, arrojó la revista por ahí y se engolfó en sus labores, en tanto que, por otros recodos bien distintos, continuaba el sacrosanto compadreo con su muy particular estofa y perinquina. Es más, en el colmo de la saña y el escarnio, resonaba por lo bajo un como fondo de risitas orquestales que traían a mal traer con más tirria que descaro a la mujer, cuya paciencia estaba a pique de sucumbir.
-¿No te ibas a llevar mañana al niño de pesca? Pues olvídate. Va a llover a cántaros. Me lo ha dicho Vicente, el padre de Julia, y ya sabes que nunca yerra cuando se trata del cielo. Y ojalá no se equivoque, que llueva, que falta hace el agua.
-¿Y tú qué sabes?-, amonestó el mozo muy crispado, -tú eres mujer, y las mujeres no saben nada de las cosas del cielo, que me lo ha dicho papá.
-Pues nada, vete a pescar con tu sabio padre, a ver si cae la breva y os lleva a otras tierras la corriente.
De nuevo, pero esta vez en silencio, pululaba la amenaza de aquello indecible. Y que de ello tenía cumplida cuenta el niño quedó constancia en la tierra al venirse a cobijar a la vera del padre con cierta celeridad un punto reveladora.
Cuando vinieron a sentarse para la cena, no se sabía de cierto si la mujer, como una simple criada, estaba de todo punto relegada ya a funciones puramente caseras o, si por el contrario, todavía era propiamente la madre de aquel desagradecido pero en fin de cuentas disciplinadísimo soldado que, bajo ningún pretexto, bajaría la guardia y cejaria en su cerril empeño de alcanzar la debida y merecida graduación de hombre y, quién sabe, si andando el tiempo, la de hombre de la casa.
-Vaya, veo que el juego continúa, ¿qué, has aprendido mucho hoy?
Pero el niño se mostraba invulnerable y no se dignó contestar, pues que sabía que el camino está plagado de seducciones.
-¿Te ha comido la lengua el gato? A que no sabes quién estaba en casa Julia… Bueno, pues te lo diré. Estaba María, sí, la mismita que va pregonando por ahí que es la novia de mi hijito. ¿Qué, no tienes nada que decir? ¿Seguimos sin lengua? Que sepas que estaba muy guapa y que me ha preguntado que dónde estabas. Le he dicho que viniera a casa mañana porque el mal hijo que tengo ya sería todo un hombre, y que a lo mejor te casabas con ella, ¿qué, qué me dices? ¿Te casarás con María?
-¡María es una tonta! ¡Uy!,-y se puso inmediatamente la mano en la boca como para obstar el acceso al pecado, que inevitablemente se había ido abriendo paso a fuerza de escurrirse por entre los cerrojos de la carne como linfa sucia del alma. Ya nada cabía hacer a fin de enmendar la falta, si acaso mirar al pater con los ojos vueltos al cielo clamando clemencia con la intención angélica de no quedarse en la flaca carne.
-¡Mira! ¡Si todavía sabe piar! Pero me temo que el pajarito se ha caído del nido.
-¡Déjame! ¡No sé hablar y no te escucho!
-Y si le digo a papá una cosita que te pasó el otro día por la noche y que sólo la sé yo, ¿me escucharás?
-¡No! ¡Tú no la sabes!
-Sí la sé, claro que la sé.
-¡No, no la sabes!
-Que te digo que sí la sé.
-¡Ya no te quiero! ¡Eres una bruja!
Fue entonces que levantándose lleno de ira y como buenamente pudo, se dirigió corriendo al baño y se encerró. La madre y el padre siguieron cenando como si nada. Pero, como siempre y cuando menos se espera, la perenne oscuridad de la noche, en haciéndose mansamente con las cosas, ya las tenía sobrecogidas y bajo su poso espeso y bruno, cubriendo por igual a los hombres, siquiera apenas se apercibieran y, en esto, el niño, que había estado rezando con no se sabe qué compulsivos ruegos, se levantó del suelo frío, como al oír una inquietante e irrefragable orden, metida desde antiguo en su pequeña cancela, quedamente abrió la puerta y muy lentamente avanzó hasta la cocina donde estaba mamá fregando los cacharros, y la tocó por detrás.
-¡No me toques!, -le dijo visiblemente enfadada. Al niño, aterrado y sin habla, se le escaparon unas lágrimas que anunciaban palmariamente el pertinente cambio de régimen.-¡Ahora me vienes con estas! No, de ninguna manera. Ahora te vas con tu padre y que te lleve él a la cama, porque yo no soy ya tu madre.
El padre, alarmado, acudió a ver qué pasaba y, al encontrarse a su soldadito muy afectado y gravemente herido, le recogió muy cariñosamente en volandas, como celebrando el primer día del ritual.
-Vamos, mi hombrecito, no te preocupes, que hoy te llevo yo a la cama.
De súbito, el niño rompió a llorar aterrorizado:
-¡No, no, no, mamá, mamá…! –Soltó al niño con premura, sorprendido, que corrió hacia los brazos eternos de su madre. Ella acogió a su retoño gemebundo impertérrita y, al momento, debió de advertir que aquello indecible se había consumado. El pater, aunque con perplejidad y resignación, se hizo cargo y, sabedor de que todo estaba perdido, abdicó en la mater.
Poco después, no bien el niño se hubiera casi calmado bajo la presencia ubérrima de la madre, que arropaba a su hijito, no se le vino a ocurrir otra cosa al padre que entreabrir la puerta sigilosamente y, sin llegar a entrar, sugerir con su bronca voz:
-¿Quieres que papá te cuente el cuento de El Lobo y los siete cabritillos?