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Llop Benedicto, Jorge (Dreyfuss)

Esperanza, odio y olvido

           Querido Jaime,            Hace semanas que no sé de ti, desde que decidiste dejar de hacerme daño; y lo cierto es que no estoy seguro si me duele más comprender el por qué de todo lo que sucedió o si simplemente es tu ausencia sentada a mi lado todo el tiempo que no me deja poner las cosas en su sitio y olvidarte, o al menos poder odiarte.            Es posible que nunca leas esta carta porque es bastante probable que yo nunca me decida a mandarla. Mi amor por ti me hace daño, pero al mismo tiempo me impide hacértelo y te prometí que respetaría tu decisión pese a todo. Pese a mi desconocimiento de aquello que te hizo cambiar de idea cuando podía abrazarte y sentir tu calor como mío. Cuando aún decías quererme.            Las clases de la escuela se han vuelto grises y monótonas. Muertas. Como la lengua que me dedico a enseñar absurdamente a ti, a mis alumnos. Si algo está muerto, ¿qué sentido tiene aprender sobre ello? Así como creí que estaba mi corazón antes de conocerte.            Según algunas teorías la palabra amor proviene de la acepción latina amore; a–sin, more-muerte. Según eso el amor sería lo contrario a la muerte, una celebración de la vida, del estar vivo junto a otro. Y siguiendo el razonamiento, cuando el amor muere, cuando el amor verdadero termina, es como si realmente uno estuviese muriendo en vida. Y resulta todo al final una cuestión de fe, de creer si es posible la vida después de la muerte, después del amor. Si es posible que exista algo así.            Te sorprenderías de lo muerto que puede estar uno por dentro sin que desde fuera se note nada. De cómo uno busca y anhela un fin para todos los finales con las misma ansia con la que dos enamorados se buscan en una playa desierta. De cómo uno da meticulosamente los pasos que le llevarán frente a frente con un abismo último del que ya no haya retorno posible.            Y fue entonces cuando apareciste tú. Destruyendo la escarcha de un corazón olvidado por un invierno infinito. Cuando tan sólo una mirada tuya hubiera bastado para hacerme creer que no hay nada muerto sino olvidado. Y que tanto la mente como el corazón tienen los mapas de retorno a los mundos perdidos que hemos escondido dentro de nosotros para evitar que duelan siempre. Que sangren las lágrimas de la pérdida.            Y quizás no hemos sido sino siempre amigos, que según la etimología latina significa “sin ego”. Una mezcla entre el sujeto que realiza la acción de amar (amante) y el que la recibe (amado). Un amor perfecto siempre y cuando se den esas dos condiciones en el que uno deja de ser él mismo para ser y sentir por dos en su lugar. Para amar y ser amado, lo cual no significa lo mismo para un chaval joven que para alguien que tiene ya tantos años a sus espaldas como yo. El amor suele  ser un concepto tan esquivo y tan personal como pueda serlo Dios o el sentido de las cosas. Y la amistad no es muy diferente a todo esto.            Así pues no entiendo si realmente hemos sido siempre amigos qué significa que ese hecho nos impida querernos como sé, y estoy seguro, que lo hemos hecho. Pareciese como si todo no hubieran sido más que castillos de arena en la orilla de la playa que uno debe destruir por el simple hecho de que uno mismo es responsable de hacerlo antes de que lo haga cualquier extraño por ti.            Y ahora lo único que queda es tu recuerdo desde el mismo momento que me levanto hasta que me acuesto, y cuando logro recordarte en sueños es tu ausencia la que me despierta con un aliento frío del otro lado de la cama. No entiendo el propósito ni el fin de tanto sufrimiento que no me lleva a aprender nada, sino que me empuja a querer olvidar lo que ya sé con tanta certeza.            Pero en cualquier caso este es mi sentimiento y conmigo se quedará hasta el fin de los días. Días que no serán completos nunca sin ti y que prefiero que así sea para que tú puedas llegar a comprender a tu propio corazón. Retenerte no entró nunca en mis planes.            Y aún así, sabiendo que nunca leerás esto no puedo dejar esta carta sin un final. Y el final es que no lo hay, que aún sabiendo que estás muy lejos mi corazón va a seguir esperándote con la esperanza debida, aquella que te ganaste por mérito propio y que dejará inacabada esta historia de amor que empezó hace unos meses.            Sin mucho más que añadir, me despido deseando que al menos tu inocencia quede intacta después de todo esto y esperando que algún pedazo de tu memoria se me lleve en tus recuerdos.            Besos,            Miguel.

¿Querido Jaime?

Ya no estoy seguro de querer darte este tratamiento. Al no obtener ninguna respuesta a mi anterior carta, las espinas de los sentimientos se han erizado a mi alrededor. ¿Puedes imaginar lo mucho que me costó decidirme finalmente a mandarte mis pensamientos, mis emociones, en hacerte partícipe de la desesperación de un hombre, mi propia desesperación? Creo que ni siquiera te has molestado a pensar en ello.

A lo mejor en las oscuras profundidades de tu alma aún me culpas a mí por lo que nunca fue culpa mía. Yo no hice las reglas, yo no inventé toda esa serie de normas estúpidas que la gente se impone a sí misma para parecer más “normal”. ¡Ay, me río yo de lo normal! A poco que rascas un poco bajo la superficie no queda ni rastro de esa palabra.

Así pues, me parece una horrenda cobardía que al final te decidieras a decirle que sí a aquella chica cuando ambos sabemos que no estabas enamorado de ella, sino de mí. Te convenciste a ti mismo de que el camino más cómodo sería el mejor camino y será el propio tiempo quien te haga partícipe de tu propio error. Un error que no pagarás tú solo, me temo.

Si me preguntas si se puede vivir en una mentira te diré que sí. Puedes no llegar a salir nunca de ella incluso. Te lo digo desde mi propia experiencia, la experiencia que dan los años desgastados reprimiendo el propio placer y las propias ilusiones frustradas. Y desde esta experiencia es desde la que ya no deseo salvarte. Reniego de ti de la misma forma en que el Santo Job renegó de Dios o en que Escarlata O’Hara lo hizo del hambre. Ya no queda en mí la más mínima compasión hacia lo que decidas hacer después de rechazarme de esta manera tan fría y cruel.

El día en que quizás eches la vista atrás y ni siquiera tengas fuerzas para admitir ante ti mismo desnudo toda la falsedad que ha sido realmente tu vida, sabe que en ese momento ya no quedarán lágrimas para llorar y enmendar los errores. No, ese día la oscuridad de tu ser será tal que sonreirás cruelmente y ni por un momento pensarás en los caminos perdidos, aquellos de dicha y felicidad, que habrás dejado atrás y que nunca serán tuyos porque ni siquiera serás capaz de imaginarlos. La paz en este mundo sólo ha sido hecha para los que antes tuvieron que luchar duramente por ella.

Y lo cierto es que sabiéndome demasiado bueno para ti no entiendo el motivo de esta segunda carta que ni siquiera mereces. “Carpe diem”, que para darte una lección más de latín, te diré que literalmente viene a ser: Cosecha el día. Haz de cada día algo provechoso que vaya a traerte frutos en el futuro. Y por un momento hasta me gustaría que me escuchases y hallases la paz contigo mismo, pero mucho me temo que aún distas mucho de ella.

El que siembra vientos recoge tempestades, pero de mí ya no recogerás nada. Esta es quizás la última vez que vas a saber de mí. Desde este momento en adelante quedaré tan sólo como un recuerdo difuso y confuso. Algo que no sabrás encajar de ninguna manera en el puzle de tu vida y que por tanto, es posible que ni siquiera me incluyas en él.

Por mí no te preocupes, tan sólo he perdido un par de minutos contigo, el tiempo que me llevó escribir esta carta.

Hasta nunca,

Miguel.

Es quizás sólo al final del camino cuando uno puede comprender el sentido oculto tras el dolor y el sufrimiento.

Hola Jaime, por un momento me olvidé que esta carta está dirigida a ti.

Por más que intente no puedo renegar de ti sin hacerlo también de mí mismo. Tu historia es tan tuya como mía y quizás más aún de mí ya que soy yo el que desde el principio ha tomado el papel de narrador ignorado. Pero sé que llegaste a leer las cartas aunque nunca obtuve respuesta. Allá en tu pupitre de al fondo de la clase aún me deleito contemplándote, observando cómo evoluciona una historia sin final que aún se está escribiendo.

Si sacaste algo en claro después de todo ya no guarda gran importancia. El fin de todo esto no es muy distinto al que tiene una flor decorando una mesa. Algo realmente inútil que simplemente da un poco de color a la vida de cada uno. ¿Qué sería de nosotros sin esas mentiras que hacen que todo parezca ser un poco más real y significativo? Seríamos tan sólo seres olvidados en una multitud en la que el tiempo los devora sin ningún remordimiento. Nada digno de ser mencionado en un relato.

En el fondo no puedo sino darte las gracias, ya que me has ayudado a crecer un tanto, en un momento en el que mis pies se habían cansado ya de caminar. Y es así, al saberme capaz de andar cuando mi vida se contempla con otra luz. Tú me devolviste la capacidad de amar, de sufrir y por último de olvidar y perdonar. Algo que estaba dentro de mí dormido por alguna herida que se negó a cicatrizar con los años. No entiendo por qué tememos al dolor cuando es él el que antes nos lleva a andar por los caminos más bellos y fructíferos. Sólo cuando olvides comprenderás, y sólo se puede olvidar algo que antes aprendiste con esfuerzo.

Pero tú eso aún tienes que descubrirlo. Ni toda la sabiduría del pasado te haría comprender la vida antes de que te tocara a ti el turno de vivirla. Eres tú el único capaz de tomar decisiones, de pensar y sentir, de llorar la pérdida y henchirte de orgullo con el arrepentimiento. Eres tú el único que va a vivir tu vida por más consejos en latín que pretendan darte los demás.

Así pues me ahorro los discursos y los sermones paternalistas. Sea como sea estará bien porque es así como ha de ser, como algún loco guionista decidió que todo debía estar montado, y antes de que caiga el escenario y se tuerza la obra más allá de lo que nadie imaginó aún me queda el momento de desearte suerte y despedirme desde la tranquilidad y sin el rencor.

Buena suerte,

Miguel.

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