Que consiguieses ese proyecto demuestra, Roberto Valiente, lo mucho que eras capaz de poner en juego por una disciplina a la que estabas consagrado en cuerpo y esencia. Tal vez no buscabas algo tan intangible como la fama y el reconocimiento, pero sin duda no eras capaz de dormir tranquilo si antes no habías hecho un buen trabajo.
Licenciado en traducción, especializado en literatura. Así lo resume la cabecera de tu currículum. Es mejor obviar todo lo que tenías que hacer para sobrevivir, nadie ignora lo poco rentable que resulta esa especialidad y encima, no es que las oportunidades abunden. Pero un mes de enero atípico, cuando la nieve regresó a las costas después de treinta años, apareció la tuya en el horizonte. Ediciones Analea, una editorial inspirada, decidió recopilar en una antología relatos extranjeros e inéditos sobre la Guerra Civil española, un proyecto de envergadura con el que pensaba tener a un traductor ocupado durante, al menos, dos años. El libro saldría al mercado con ocasión del septuagésimo aniversario del inicio de la contienda. Te encontraron a ti, que eras un perfecto desconocido, y te hicieron una prueba.
Le enviamos un relato bastante curioso. Lo escribió un alumno de Raymond Carver, y éste último hizo lo imposible por que se publicase. No hay traducción al español. No le prometemos nada, pero si el resultado es bueno, hablaremos del proyecto con más calma. Ése era el texto del correo electrónico que te hicieron llegar. Adjunto, el susodicho relato.
Consciente de lo importante que era hacerlo bien, decidiste prepararte a conciencia para bordar aquel encargo. Dos años de trabajo garantizados eran un lujo que no podías ignorar con ligereza. Ni tú, ni nadie. Y fuiste a la biblioteca, que ocupa un bonito edificio del centro de la ciudad que en otro tiempo fue hospital, y te sentaste junto a uno de los alargados ventanales que permiten el paso de la luz. Tres horas estuviste allí, con el cuento impreso en unos cuantos folios, enfrentándolo a tus ojos enfermos, cansados de hurgar en los textos desde detrás de los cristales de tus gafas.
Lo desgranaste casi con adoración, para concebir con humildad una posible traslación a tu lengua materna, que al final del día ya bailaba incorpórea por tu cabeza. El cuento sucedía en una pequeña localidad junto al río Mississippi, donde un veterano soldado negro llegaba para establecerse. No obstante, pronto aflorarían los prejuicios de sus vecinos y el veterano, considerado un héroe en Washington, se vería forzado a largarse de allí. Aprendiste el ritmo y la sonoridad de las líneas en inglés, luego copiaste el patrón, modificándolo para que encajase en castellano como un zapato encaja en un pie de su talla y comenzaste a escribir. Por la tarde, te sentaste frente al ordenador.
En un documento nuevo que nada tenía que ver con tu traducción, pusiste: Hoy he conocido a una mujer increíble, creo que me ha dicho que se llama Sandra, pero soy un desastre para acordarme de los nombres. Algo importante ocurrió aquella mañana, ¿verdad, Roberto? Habías conocido a la inigualable Sandra Hurtado, que estaba allí estudiando sus horas de rigor para presentarse con posibilidades de éxito a una oposición. Qué extraño encuentro el vuestro, ¿cierto?
Ella se acercó, la carpeta abrazada, y se quedó mirándote. Tenías a tu lado un libro de Pirandello, recién encontrado en la sección de literatura extranjera, con el que pensabas deleitarte después de haber cumplido con tu encargo.
— ¿Sabes italiano? –preguntó con educación.
Estabas tan ensimismado, que la pregunta casi te provocó un sobresalto. Al comprobar quién se dirigía a ti, dejaste de leer y le dedicaste una gran sonrisa.
—Sí, empecé a estudiarlo hace muchos años.
— ¿Te puedo hacer una propuesta? Perdona si soy muy directa.
—No, tranquila… te escucho, dime.
—Verás, en febrero tengo una convocatoria extraordinaria para sacarme el título superior de italiano, y si lo consigo, podré presentarlo como méritos en el próximo examen.
—Creo que te veo venir… me pillas un poco liado en estos momentos…
—Oye, que pensaba pagarte las horas.
Nunca te había sucedido nada así. Una bellísima mujer, vestida con una elegancia admirable, dirigiéndose a ti en busca de ayuda. Y además, pagando. Ni siquiera te lo pensaste antes de decir que sí.
Sandra necesitaba de tus servicios los martes y jueves, durante una hora y media, dos si se requiriesen. Eso te dejaba un buen margen de tiempo para dedicárselo a la traducción. Dinero fresco todas las semanas. Tres o cuatro horas con Sandra, enseñándole italiano. Demasiado bueno como para ser cierto, creíste que por fin estabas en racha. Que era una señal de que los tiempos de las estrecheces iban a tocar a su fin.
Después de escribir esas líneas, volviste con tu traducción. A lo mejor te sentías más tranquilo, pero duró poco, hasta que empezaron los verdaderos problemas. En la medida en que Carver había sido su maestro, el texto de aquel autor desconocido reflejaba detalles del estilo del gran narrador norteamericano. Eso sí, del mismo modo que se consideraba la prosa de Carver una continuación de la de Hemingway. Enseguida te diste cuenta, apenas bastaron tres párrafos redactados: no conseguías darle el tono justo a tu trabajo. Intentabas por todos medios huir del lenguaje rebuscado, ser directo y al mismo tiempo reflejar con tus palabras una poesía delicada, un elogio a todo lo que estabas narrando. No lo conseguías.
Olvidaste en esos momentos las palabras de tu mentor en el mundo profesional de los traductores: “hay días para hacer las cosas bien, y otros para hacer las cosas sin más”. Cerraste el documento, apagaste el ordenador y decidiste que tenías tiempo más que suficiente, y que aquel día no era bueno para empezar. Dos horas más tarde, ya te encontrabas en la calle, dándole vueltas a lo sucedido en la biblioteca. Deseando como un loco que llegase cuanto antes el martes por la tarde.
Por supuesto, fuiste incapaz de volver a enfrentarte a tu encargo. El mero hecho de contemplar aquellas líneas malditas te hacía sentirte el peor traductor del mundo, por lo que las apartaste de tu mente durante todo el fin de semana. En lugar de eso, decidiste dedicar tu tiempo a la preparación de las clases de italiano, ajustando los contenidos a las sesiones, que debían ser tan intensivas como te fuera posible, ya que la proximidad del examen obraba en tu contra. Sandra debía quedar impresionada.
—Caramba, eres un gran profesor –comentó ella después de la primera clase, que tuvo lugar en el salón de su casa, un bonito y pequeño piso cercano a la biblioteca.
—Son muchos años –respondiste, queriendo hacerte el interesante.
— ¿Te dedicas a la enseñanza?
—Soy traductor, pero no se me da mal la docencia.
Con una sonrisa, ella te pagó la clase y tú te marchaste, educado y cordial, despidiéndote hasta el jueves. Y justo cuando llegaste a la calle, empezó a sonar tu teléfono móvil. Al responder, escuchaste la voz de María Quintana, la responsable del departamento editorial de Ediciones Analea. Habías hablado con ella un par de veces desde que recibieras el texto, y ya os tuteabais.
— ¿Cómo va esa traducción? –te preguntó con voz cantarina.
—Viento en popa y a toda vela –mentiste por respuesta.
—Me gusta oír eso. ¿Cuándo podrás enviármela?
—No te lo sé decir ahora mismo, María –dijiste, esquivo–. Me pillas pensando en otra cosa y no te lo puedo asegurar con certeza.
—Vale, no te quiero meter prisa. Pero ten en cuenta que la necesitamos cuanto antes, el coordinador tiene que darle el visto bueno. Si no, no podemos seguir adelante.
Su mentira por la tuya, te dijiste. Las editoriales, las agencias y cualquiera que te encargase una traducción siempre te estaba metiendo prisa. Esto lo quiero para ayer, era la frase más famosa en el mundillo, haciendo referencia a lo mucho que apretaban los plazos los posibles clientes. Como si un traductor fuese una máquina que se enchufaba al ordenador, mediante puerto paralelo o USB, y no hiciese otra cosa que trasladar textos de una lengua a otra. Como si no durmiese, no se alimentara… y no tuviese la mente puesta en otra cosa que las malditas traducciones.
Tú, sin embargo, tenías la cabeza demasiado dispersa como para concentrarte en un proceso tan laborioso. Pensabas en la sonrisa de Sandra, en su mano dándote el billete… y fantaseabas sobre el hecho de que te pagara por algo que no eran las clases. Querías ser su objeto sexual, su amante por dinero… o por lo que a ella le diese la gana.
—Tranquila, la tendrás a tiempo –contestaste con seguridad.
Y al volver a casa, tal vez hostigado por los remordimientos, volviste a abrir la maldita traducción. La verdad sea dicha, el tiempo de reposo os había sentado bien a los dos. La acometiste con renovadas ganas, convencido de que esta vez sí conseguirías doblegar el maldito relato gracias a tu férrea voluntad y tu duro entrenamiento como traductor. Conseguiste llegar un poco más lejos. Apenas empezado el segundo folio, te levantaste de la silla de un brinco, como poseído, y te alejaste del ordenador echando chispas, rabioso a más no poder, deseando morder o golpear lo que fuese.
Llegó el jueves, cargado de buenos presagios por una parte, y con tu encargo aún en dique seco por otra. El tiempo apremiaba, y pese a tus deseos de concentrarte en ser el mejor profesor posible, Sandra acabó dándose cuenta de que algo más te preocupaba.
—Oye, ¿te pasa algo? Te noto como ausente esta tarde –te dijo.
—No, estoy bien… es que tengo una traducción atascada y no consigo sacármela de la cabeza.
—Vaya… ¿quieres que lo dejemos para otro momento?
—No, no –repusiste de inmediato–. Tienes que estar lista para el día del examen, no te preocupes por la traducción. En mi oficio, los atascos son algo muy normal.
— ¿Sí? Qué cosas, yo pensaba que lo de traducir era algo… visceral, como que salía de dentro y no podía pararse.
Recibiste el comentario con una risotada. A ella, lejos de molestarle, le extrañó tu reacción y te sonrió con indulgencia. Te dedicó una preciosa sonrisa que casi te derrite, como la primavera a los témpanos de hielo.
—Muy buena la definición… no, en realidad es como ponerse a hacer un problema de matemáticas. Tienes la cabeza llena de fórmulas y nunca sabes cuál es la que te va a dar el resultado bueno. Traducir es mucho menos romántico de lo que tú imaginas.
—Bueno… siempre tenemos una visión más novelesca de lo que desconocemos, ¿no?
—En realidad, es lógico que inspiremos un cierto romanticismo –corregiste de inmediato, al tiempo que pensabas que, ya que Sandra quería tener una visión fantástica de tu oficio, ¿por qué no dársela?–, somos una especie de guerrilleros luchando contra nuestro peor enemigo, nuestra propia lengua. A este lado del teclado, cavamos las trincheras con diccionarios y en el monitor del ordenador, tenemos el campo de batalla. No hay ninguna estrategia victoriosa, cada vez que empiezas un traducción lo haces de cero… ¿sabes?, es normal que la gente nos vea un poco como a los artistas bohemios. En el fondo, estamos igual de malditos que ellos.
— ¿Por qué malditos?
—Es un decir, pero nunca oirás hablar de un traductor, si es bueno. Ni siquiera tiene que notarse que está ahí, que es el responsable de esas líneas que otro escribió en alemán, en checo, en árabe o en puto chino. Si eres bueno, eres invisible.
—Y tú eres bueno, supongo.
—Eso quisiera.
Sandra se acercó a ti, te pasó la mano por el pelo, despeinándotelo como una niña traviesa, y luego se mordió el labio inferior. Te hubiera gustado tragar saliva, pero ni eso podías hacer, así de grande era la sorpresa que te estabas llevando.
—Anda, vuelve a casa con tu traducción. Te pago esta hora y te marchas volando a terminarla. Si quieres, me puedes llamar el sábado, y quedamos, y hablamos con calma de recuperar esta clase, ¿te parece?
Asentiste por no saber qué otra cosa hacer. Esa noche, no te separaste del ordenador. De un modo u otro, la maldita traducción iba a entregarse al día siguiente. Aunque tuvieras que inventarte todo el texto del relato. Sin detenerte, sin prestar atención a tus bostezos, a tus malas posturas, a los dolores de tu cuerpo entumecido. Ibas a terminarla, por las buenas o por las malas. A la mañana siguiente, el sol te encontró durmiendo con los brazos apoyados junto al teclado y la cabeza enterrada en ellos. Las gafas descansaban encima de una pila de papeles y libros. En la pantalla podían leerse las últimas líneas del relato.
El sábado, cuando ya era casi oficial que los dos próximos años estarías ocupado, quedaste con Sandra para tomar un café. Ella dejó a un lado sus apuntes durante un buen rato para disfrutar de tu compañía. En una terraza soleada, ya avanzado un atípico febrero en el que las nieves habían dejado paso a un sol brillante, te deleitabas con sus ojos risueños y le contabas anécdotas de tu vida.
—Roberto, ¿sabes qué es lo que más me gusta de ti?
—No –declaraste mientras un leve rubor te cubría la cara–, pero puedes decírmelo.
—No has defraudado ni una sola de las expectativas que me había hecho sobre ti. Bueno, no es que yo sea súper exigente… pero, normalmente, eso es algo que nunca me pasa. Siempre me llevo unos chascos gigantescos. Menos contigo.
¿Quién se hubiera resistido a intentar besarla después de esa declaración? Tú no, desde luego. Inclinaste la cara hacia ella, reduciendo la distancia que os separaba… y en ese momento sonó el maldito teléfono. Sandra se echó a reír.
—Anda, contesta.
Dudaste un segundo. El que te costó ver en la pantalla que se trataba de María Quintana. Luego, dejaste caer el pulgar sobre la tecla que silenciaba el teléfono. Y alzaste de nuevo la vista.
—Puede esperar.
Tus labios se posaron sobre los de Sandra. Si las malditas traducciones no podían esperarse en un momento así, que las vistieran despacio. Para ti, aquel año que empezaba con nieve en las playas del Mediterráneo, después de seis lustros, iba a ser un año sin prisas.