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Prieto García, Gustavo (Kube)

Las manos de Sara

           Me mantuve en silencio, como siempre.            Me cogió la mano después de un rato. Se la había tendido rozándole el brazo para que despertara de sus pensamientos y de las pesadillas que la aturdían, y cuando la vio me apretó con tanta fuerza como si me diera un abrazo, uno pequeño, pero de los que sientes los latidos. Noté su calor y la aspereza que tenían sus dedos me fueron familiares. No era la primera vez que uníamos nuestras manos con tanto afecto. El dedo índice, de un color amarillento por el tabaco, me dibujó círculos en la palma como si quisiera dar por concluida la conversación, como si quisiera dejar de hablar y seguir observando el atardecer. Me sonrió y volvió su vista al frente.            Llevábamos años contándonos nuestras agitadas vidas que iban a ritmos desorbitados. Era una tarde más en la que repasábamos las novedades, recuerdos y viejas anécdotas que nos habían unido a lo largo de nuestra amistad. Sin darme cuenta, Sara se había convertido en la única amiga que seguía manteniendo después de muchos años. Algo poco habitual, me decían mis amigos, y yo les contestaba que sus manos sí que eran poco habituales, por lo que siempre acababan riéndose y llamándome ingenuo.            Habían pasado más de diez años desde que nos conocimos en el primer día de clase. Solo era la presentación del curso. Me llevé una libreta para apuntar el horario y el nombre de los profesores -tenía cierto problema para memorizarlos-, así que esperé a que llegara el tutor. Como siempre fui puntual, más de lo habitual, así que mientras algunos compañeros apuraban el cigarrillo fuera del instituto, yo era el único que estaba sentado en el pupitre y me entretuve haciendo dibujos en un papel. Sara no fue de las que llegó con puntualidad. A lo largo de los años, jamás lo fue. Cuando entró en clase, el tutor ya estaba dando el horario que íbamos a tener. No me fijé en ella, ni siquiera cuando se sentó a mi lado. Era bajita y morena, con gafas finas. Yo por entonces me fijaba en otro tipo de mujeres con estética punk y Sara, sin ser discreta, era más formal con su vestimenta. Ella pasó desapercibida para mí hasta que acabó la clase. Yo tenía que coger el bus y le pregunté la hora. Me enseñó el reloj y me quedé en blanco, llegaba tarde, pero me tranquilizó al decirme que lo llevaba diez minutos adelantados. Le sonreí y me contestó que era para no llegar tarde a los sitios.            El día que empezamos las clases el que llegó tarde fui yo. Entré en mitad de la clase de dibujo y, no sé si fue el destino, pero el único asiento libre era al lado de Sara. Yo estaba algo perdido, ya que llevaba dos años sin asistir a una clase. Había dejado de estudiar, ignorante de mí, para estudiar un curso de informática que no me sirvió para nada, por lo que mi única salida fue trabajar. No tenía ni veinte años y era muy ingenuo, como decían mis amigos. Pero por suerte espabilé lo suficiente como para volver a estudiar, así que allí me encontraba, en clase de nuevo. Me costó arrancar un poco. Estar sentado en un pupitre durante seis horas y, sobre todo, volver a estudiar. Sara estuvo a mi lado desde el principio. Sin saber por qué encajamos muy bien y en menos de un mes tuvimos tanta confianza como si llevásemos años. Las seis horas eran muy largas y daban de sí para hablar, dibujar y enseñarnos fotos que llevábamos en nuestras carpetas, y fue entonces cuando me fijé en sus manos.            Eran pequeñas y parecían que habían trabajado varios años. Su tacto desde el principio fue tosco y áspero, pero tenían carisma. Pronto descubrí que tenían gran habilidad para el mundo de las artes y sin querer, como vienen estas cosas, me enamoré de ella, o quizás de sus manos. No lo supe hasta años después. Me sentí extraño y aturdido, era la primera vez que me pasaba, sentía ganas de acariciarlas y protegerlas más que su propia dueña. Eran algo más especiales que unas manos cualquiera, incluso las mías.            Fueron dos años de bachiller en el que volví a revivir los exámenes, las notas y, sobre todo, las juergas de estudiantes. Tuve la oportunidad de aprender a jugar al mus, pero las cartas no eran lo mío. También aprendí técnicas de dibujo y escultura, pero la paciencia tampoco era mi don más preciado. En cambio Sara tenía el arte en sus venas. Sus ásperas manos se impregnaban de barro o se embadurnaban de óleo para crear piezas y pinturas muy buenas. Yo la observaba desde la distancia y era hipnotizante. Aunque en esto del arte siempre se es muy subjetivo, no era yo quien le ponía los ochos y nueves por sus trabajos. Tuve compañeros que estaban a su altura, pero sus manos habían nacido para ese tipo de trifulcas artísticas. Y en realidad parecía eso mismo, que se peleaba con las pinturas hasta crear una obra de arte. Yo en cambio era más sibarita para mancharme y meterme de lleno en ese tipo de trabajos, pero ella lo vivía y se notaba en los acabados. El único problema que tenía es que llegaba tarde a los plazos de entrega y el profesor fue benevolente con ella en alguna ocasión, pero en otras no. En mi caso, a pesar de ser un desastre en la materia, el profesor vio que me esforzaba y fue como al final saqué la asignatura. Renqueando en los dos cursos, acabé en junio para hacer la selectividad y entrar en un curso de fotografía. En cambio Sara tuvo que acabar en septiembre y entonces decidió irse a Madrid.            Tardé mucho en volverla a ver, solo me quedó el recuerdo de un jarrón de cerámica que hicimos juntos en una práctica. El segundo trabajo que teníamos que hacer fue un joyero, también de cerámica, que se quedó ella. Un jarrón y un joyero. Como siempre he sido muy nostálgico quise ver en esos objetos un punto de unión, más que lo vivido durante en ese curso, esos objetos, feos y delicados, tuvieron en mí algo especial mientras ella se buscaba la vida en la capital. Me recordaba que un día nos embadurnamos juntos las manos de barro y fue como hacer el amor.            Una amistad más, pensaba yo. Extraño e incapaz de comprender por mis amigos que tuviera una relación tan especial con una chica. No sabía cómo explicarlo, pero era cierto, le tenía mucho cariño, pero no estaba enamorado de ella, sino de sus manos. Pero era inexplicable, así que para que no continuaran llamándome ingenuo, decidí no decirles nada.            Mi vida continuó dando tumbos en el curso de fotografía. Aprendí más de lo que esperaba y me divertí como nunca. Hicimos una piña entre los compañeros del curso que jamás he vuelto a tener. Durante el primer año de curso solo volví a ver a Sara en la noche de San Juan. Estaba sentado en la playa alrededor de una hoguera con un montón de gente que a la mitad ni conocía. El bullicio era tremendo porque la arena estaba plagada de grupos y fuegos armonizados con litros de alcohol. Por mi parte, ya llevaba más de una copa y las luces empezaban a brillar como pequeñas estrellas. Sara no llevaba gafas, pero se había cambiado el corte de pelo. Se sentó como si no hubiera pasado un año desde que no nos veíamos, pero no tenía mucho ánimo de contarme sus aventuras en la capital, por lo que nos alejamos de la gente y nos acercamos al agua. Tenía ganas de llorar, así que le cogí de la mano y la apreté muy fuerte. Seguían tan ásperas como siempre. Quizás fuera mal de amores o quizás la vida no la iba tan bien como esperaba, me dio igual, tenía la suficiente confianza con ella para que no me dijera nada. Yo estaba ahí y ella sabía que me tenía. Si las cosas iban mal, daba igual el por qué, lo que realmente importaba es que tuviera mi hombro a su lado. Entonces se soltó e inundó su mano en la arena.            -¿No piensas alguna vez en meter la mano y hundirte con ella?            Me entró un escalofrío por el cuerpo mientras deslizaba mi mano entre la suave arena de la playa. Estaba fría. Asentí con conocimiento. No tardé mucho tiempo en revivir ese momento, una y otra vez. Cuando las cosas me iban mal, pensaba en la arena de la playa que me engullía como si fueran tierras movedizas. Después de un rato observando el ir y venir de las olas, nos dijimos que tendríamos que vernos más, también que nos llamaríamos, o incluso que la iba a escribir un día de estos... nada de eso ocurrió. Cada uno siguió su vida.            Seguí dando tumbos entre asignatura y asignatura. Y para colmo, cada nuevo profesor nos aconsejaba que fuéramos a la capital a hacer carrera, con Sara, pensaba yo, y sus manos. Yo no estaba muy convencido todavía, aunque no sé si era por el sacrificio de alejarme de mi familia y amigos o por la aventura que era irse allí para un chico tan ingenuo como yo. Me acordé del éxodo rural que estudié en historia en el que la gente de pueblo iba a encontrar trabajo a mitad de siglo veinte. Más o menos me veía en el mismo papel. Las veces que había recaído en Madrid era para ver museos y poco más, siempre con algún guía que nos llevaba casi de la mano para no perdernos entre el bullicio y el maremoto que suponía entrar en el metro. No me hacía mucha gracia tener que buscarme la vida en ese hormiguero.            Dicen que el destino juega malas pasadas, pero en mi caso el destino lo busqué yo adrede, por lo que en pocos meses tuve que viajar yo solo un fin de semana a la capital para realizar una serie de fotografías de las fiestas de mayo. El vaivén de aficionados a los toros, el arte que llevaban los ancianos con sus trajes regionales, y el San Isidro que paseaba por sus antiquísimas calles. No lo pensé a priori, pero en mi inconsciente siempre velaba Sara, así que con la excusa de impregnar esos retratos en mi book, le pregunté si tenía hueco en su piso de la calle atocha. Sin dudarlo un segundo me dijo encantada que fuera para allá. Yo sí que dudé, pero me lo tomé como un primer contacto con ese mundo extraño que era el vivir con gente desconocida en un piso y pasear por las calles madrileñas solo, sin guía. Y sin preverlo, me encontré sin guía y sin Sara. Ella trabajaba y tenía plan para todo el fin de semana, así que su habitación me la donó por ese tiempo. Fue una pena, pero por otra parte me sirvió para callejear y disfrutar de las fiestas con mi cámara de fotos. Fueron dos días intensos en los que me recorrí el centro de arriba abajo. Llegaba a la cama con dolor de pies. Su cuarto estaba tan revuelto como su cabeza.            Observé la pila de cuadros que había hecho durante su estancia en Madrid. La técnica la iba puliendo poco a poco y algunos parecían auténticas obras para colgarlas en un museo. Me fije en un cuerpo desnudo de un chico joven. Tenía una amalgama de tonos en su bíceps que recreaba el músculo con auténtico realismo. Lo saqué de entre el resto de cuadros y lo posé encima de la mesa para observarlo de cerca. Lo toqué con el dedo índice con miedo de estropearlo, como si estuviera recién pintado. Al notar que no corría peligro empecé a acariciarlo y sentir los trazos que Sara había hecho. Arriba, abajo, de un lado a otro, era como navegar en un barco rodeado de olas. Sentí una conexión entre la mano de Sara y mis dedos, me acordé tanto de ella que tuve una erección. Acabé llorando aquella noche en su cama, y en su ausencia.            El siguiente viaje a Madrid fue para quedarme. Mi ingenuidad y yo se habían hecho a la idea de continuar mi formación en la capital. Mi ingenuidad, y mis ganas de estar más cerca de las manos de Sara. El tiempo pasaba más deprisa de lo que esperaba. Los años dorados habían pasado y tenía que trabajar, estudiar y mantener la vida rutinaria de la supervivencia con tareas tales como comprar y hacer la comida. Toda esa vorágine se me vino encima cual avalancha de nieve y apenas tenía tiempo para quedar con ella. Tal fue así, que en un año la vi menos que cuando estábamos en ciudades diferentes.            Un año más, nos dijimos. Las manos de Sara seguían ahí, pero mi pensamiento, ingenuo o no, estaba en otro lado. Esta vez mis manos estaban debajo de la arena, tocando fondo. Iba de un lado a otro trabajando en cualquier cosa. Estropeando el sueño utópico. Esa tarde fue ella la que me lanzó la mano y me apoyó. Pero estaba tan ensimismado que no disfruté del pequeño abrazo. Áspero y manchado de óleo. Quería tirar la toalla y volverme a mi ciudad. Tirar por la borda el esfuerzo de un año y pico. No supe hasta mucho después lo que significó aquel café que tome con ella. Acabamos entrando en el fotomatón y me firmó una foto por detrás: «para que nos comamos el mundo a bocados».            Meses después me ocurrió algo peculiar. Estaba ensimismado con la búsqueda de trabajo que me recorría el metro mañana y tarde. Gente de un lado a otro sin parar. Tanta que uno ya no sabía a quien veía. Siempre tuve problemas en reconocer a la gente y en ponerles nombres, como a los profesores, tenía que apuntarlos en una agenda, sino se volatilizaban en mi vaga memoria. Así que cuando reconocí la cara de un chico que se había sentado enfrente de mí, me quedé aturdido. Él se percató que le miraba, y hubo un momento que estuve a punto de saludarle, pero mi temor a no saber su nombre hizo que desviara la mirada. Tuve su cara en mi mente durante toda la tarde y hasta la noche no supe quién era. Al reconocer que era el retrato que había acariciado en la casa de Sara, me sentí celoso. Me ardió tanto el estómago que no cené. Sentí rabia e impotencia.            Aquella tarde me acordé del cuadro, pero también del fotomatón, y su reloj adelantado, pero aquella tarde apenas hablamos. Lo silencios ya no molestaban. Habíamos pasado esa etapa en la que estar callado no importaba. Nos entendíamos con un abrazo, una mirada, una pausa. Hacía meses que no nos veíamos, pero dio igual. Estuvimos tomando cervezas hasta que el sol quiso decirnos adiós, y Sara tenía un lugar favorito donde despedirse de él. Poco a poco se puso el cielo amarillento y nos quedamos mirando al frente. Yo tampoco estaba pasando una buena época, pero tuve ganas de decirle que su mano me sacaba de quicio.            Pero mantuve en silencio, como siempre.            El impulso me vino de nuevo y me mordí los labios antes de hablar.            -Quiero pedirte la mano.            Sara se giró para mirarme con una cara que jamás le había visto. Estaba tan sorprendida que su gesto estaba sobresaltado. Por un momento pensó que le estaba proponiendo matrimonio. Me hizo gracia hasta a mí, pero cuando le expliqué que en realidad lo que quería era su mano, se acongojó y se despegó de mi lado. Entonces tardó en comprender que me había enamorado de su mano y que no era ninguna de mis bromas.            No lo comprendió y me quedó allí tirado viendo anochecer, frustrado. En definitiva, me sentí por primera vez más ingenuo que nunca.            Mantengo la foto del fotomatón y el recuerdo de su amistad. Después de muchos años conseguí trabajar de fotógrafo en un estudio. Hago catálogos de joyas. En general no es muy interesante hasta que necesitan modelos de manos. Entonces comprendo que toda mi existencia y el largo camino que he recorrido hasta llegar allí mereció la pena. Mi error fue someter mi esfuerzo a aprender un oficio que era cuestión de tiempo; aquella tarde descubrí que mi vida empezaba a tener sentido al admitir que estaba enamorado de las manos de mi amiga, y desde el momento que admití ser un fetichista, tuve claro lo que quería en mi vida.            Apenas hablo ya con Sara. Echo de menos sus manos.

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