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Escribano González, María (Matilde Ríos)

Ascensión a los cielos



Ascensión a los cielos.

 

(Matilde Ríos)      Aquella  mañana cuando se despertó, la jóven  fotógrafa María   Blanco se dio cuenta de que su culo había desaparecido.  Fue al ponerse los ajustados vaqueros cuando notó que  podía subir su cremallera con una facilidad desconocida.  Corrió a mirarse en el espejo de cuerpo entero de su cuarto de baño y desnuda  frente a él, comprobó efectivamente que entre sus rodillas y su cintura, solo aparecían unos huesos tan pulidos y limpios como si fueran de marfil. “¿Cómo es posible?”, -se dijo contemplando entre  incrédula y feliz,  las oquedades  de la pelvis, los largos y blancos  fémures- “¿cómo es posible que haya sucedido?”. El espejo le devolvía una  imagen soñada. La  línea recta de los hombros cerraba ahora un triángulo isósceles  perfecto coronado por su bella cabeza cubierta de cortos cabellos rubios, y rematado  impecablemente en el vértice por la pequeña horizontalidad de los  pies.  No podía explicarse que clase de milagro había actuado sobre ella,  pero prodigiosamente durante la noche algo  había liberado por fin  su  cuerpo de toda turgencia, de toda sinuosidad . Incrédula todavía,  contemplaba una y otra vez de frente y de perfil, aquella figura  insólita  y concluyó que tal vez, de tanto pensar en ello, de tanto desearlo, sus sueños habían acabado por hacerse realidad.  Miró a su alrededor, todo seguía en su sitio, pero su pequeño apartamento  tan limpio y ordenado como siempre, aparecía aquel día  especialmente inundado por la luz. El sol  hacía refulgir los tonos claros de la decoración, como si  todo se hubiera impregnado de una pureza extrema, como si todo vestigio de oscuridad y desorden se hubiera desvanecido de la tierra e inmediatamente comprendió que, de alguna manera, aquella nueva sensación que le transmitía la contemplación de su entorno, formaba parte del prodigio.           Comprendió entonces que había llegado a la  culminación de un antiguo camino  para el que llevaban años, quizás siglos, preparándose, no sólo ella, sino  todas las mujeres del mundo, un camino  que  había conseguido reproducir pacientemente a través de   contemplar y estudiar imágenes de culos  de toda la  historia que había ido reuniendo  y que guardaba cuidadosamente en un archivo.  La sección de culos contemporáneos estaba formada  casi exclusivamente por fotografías  que  tomaba  furtivamente con su cámara siempre a punto, por las calles, por los supermercados, por el gimnasio, por los aeropuertos, y que constituían su gran obra.   Porque había terminado por no mirar  los rostros de la gente, sino sus culos, convencida de que allí se acumulaban antiguos y arcanos secretos, no sólo de cada uno de sus dueños, sino de la humanidad entera.  Culos medianos, culos pequeños, redondos y prietos como manzanas, alargados como peras.  Culos  descontrolados   de las mulatas que empezaban a poblar su  barrio y que caminaban tras ellas inmensos y movedizos como si tuvieran  vida propia, o culos urbanos mantenidos a raya por la comida hipocalórica, eran adivinados debajo de los pantalones o de las faldas, examinados y succionados por su retina   y guardados en su cámara  y en su memoria minuciosamente. Pero sobre todo  admiraba  y envidiaba  en silencio, los culos delgados de los hombres jóvenes, aquellas nalgas firmes y pequeñas, casi testimoniales, sin ataduras, siempre dispuestas para la acción, que prometían la excitante disponibilidad hacia  una vida nómada. No tener culo había sido en realidad su anhelo más profundo y para ello había hecho durante años  agotadoras sesiones de gimnasio e interminables regímenes cada vez mas estrictos, pese a lo cual, y aunque todo el mundo la encontraba cada vez mas esbelta,  sus nalgas no desaparecían del todo, sino que permanecían en su lugar obstinadamente, recordándole cada mañana su penosa circunstancia de mujer. Sabía que algunos hombres decían admirar el culo, pero no les creía, y además en el caso de que fuera verdad, tampoco habrían sido estos   la clase de hombres que le interesaban a ella,  pues  conocía el alto  precio que solía pagarse  por intercambiar esta obsoleta categoría estética: sedentarismo, reproducción, abnegación… ¡Cómo había deseado conquistar  la verdadera  belleza, esencial y arquitectónica de los huesos¡. ¡Cómo había abominado de aquellas curvas que, pese a su moderación creciente, se mantenían allí como redondos signos de su destino biológico¡. Pensaba sin embargo que, al igual que los atletas  alcanzaban records cada vez más inverosímiles, algún día también las mujeres , podrían  traspasar la barrera de la carne,  y alcanzar la meta final  de la línea pura y quien sabe si  de la ingravidez total.     Casi paralizada delante del espejo, comprobó que era eso lo que realmente parecía  haber sucedido y siguió contemplándose con más detenimiento. Es verdad que ahora también había desaparecido su sexo, pero ¿no era éste un precio ridículo a cambio de las inmensas posibilidades que se abrían ante ella? Sin culo, último lazo con lo terrenal, sin tener que  defecar, ni copular, ni parir, podría volar sin duda, alzarse por encima de la tierra, alcanzar las estrellas. Por lo demás, comprobó que  su aspecto era el de siempre. Sus mejillas afiladas y pálidas, sus grandes ojos azules, sus pequeños y firmes pechos, sus largas piernas nacaradas. Todo permanecía en su lugar, todo excepto el culo ominoso que por fin había desaparecido para siempre. Una y otra vez se contemplaba en el espejo, embargada de una íntima satisfacción. Casi a punto de entrar en éxtasis, pensó en la posibilidad de que a la noche siguiente con un pequeño esfuerzo de voluntad, quizá podría hacer desaparecer el resto de su cuerpo, y conservar únicamente las partes nobles,  el rostro, las manos, tal vez los pies, como los retratos de las princesas españolas del siglo XVI. Claro que eso la obligaría a usar otro tipo de ropa, por de pronto a desterrar definitivamente las faldas.  ¿Cómo cruzar las piernas y evitar  que asomaran los huesos? Aunque por otro lado, ¡qué importaba¡ ¿Acaso no había sido el sueño dorado de toda mujer deshacerse de aquella ignominia , de aquel signo de una feminidad arcaica,  de aquella obscena acumulación  de grasa, que, según contaban los antropólogos, se depositaba allí como reserva para humillantes embarazos, y que ahora no era mas que el recuerdo simbólico  de una  animalidad,   vergüenza de su género, testimonio de sumisión, que la hacía sentirse sucia e impura?. ¡Cuantos siglos, cuantos milenios llevaban las mujeres intentando liberarse del culo, que las impedía volar, que las sujetaba como un pesado lastre al lugar, a la casa.¡ ¡Cuánto tiempo soportando miradas lascivas  justamente  en la única zona del cuerpo que una no podía controlar¡. Era el culo el que tenía la culpa de todo, mientras él existiera, no habría verdadero tránsito, no habría equiparación real y, aunque la batalla estaba a punto de ganarse, y los culos iban perdiendo terreno a pasos agigantados, quedaba todavía mucho  por conquistar. Por fin ella, no tendría que preocuparse de eso nunca más.      A medida que contemplaba el prodigio se sentía más y más dichosa. Ya no necesitaría hacer régimen, ni siquiera comer, algo que le resultaba cada vez más penoso. Por fin había conseguido su anhelo más íntimo y se había convertido en un espíritu, en un auténtico ángel que, a buen seguro, si no tenían sexo, tampoco tendrían culo, aunque esto no lo especificaran explícitamente los padres de la iglesia. “Un auténtico ángel, soy ahora un autentico ángel,  completamente desprovisto de cualquier atributo  terrenal y probablemente también soy inmortal”, se decía  sintiéndose por fin inmaculada, libre , verdaderamente hermosa, tal como se le había requerido  desde que era una niña, cuando escuchaba decir, “Es buena como un ángel” y ella sabía que no, porque los ángeles no tenían culo. Pero ahora si, aquella mañana de forma inexplicable, se había producido un milagro. Tal vez sus ejercicios espirituales, sus clases de yoga, sus disciplinas, habían dado su fruto y se había   convertido  realmente en un ángel. De algún inexplicable modo, había conseguido burlar a la naturaleza, especialmente exigente y tiránica con las mujeres, y se había liberado   de la parte más enfáticamente carnal  de su cuerpo.  Ya no había nada que la atara a la tierra, ya no tenía nada que ocultar , ni por detrás ni por delante. ¿Pues qué decir del  vientre en el que cada mes se producían  silenciosamente   extraños procesos  que parecían tener vida propia, que la encadenaban  al tiempo, a la mortalidad,  a un proceso incontrolable de repeticiones , y que acababan mes tras mes en un espeluznante río de sangre, en una época en la que ya se vislumbraban los úteros artificiales, en la que empezaba  a  ser posible otro modo de reproducción, sin el peligroso intercambio de fluidos, sin el primitivo y azaroso sistema del embarazo que tantos sufrimientos había acarreado a su género?.        Meditaba en todas estas cosas mientras se duchaba concienzudamente y experimentaba la nueva  sensación de  no sentir el agua en aquella parte de su cuerpo. Pensó que sería divertido pintar los huesos, haciéndolos conjuntar con el sujetador, un día de azul, otro de verde, otro de rosa fosforito, y luego hacer una serie de fotos de cada combinación. O tal vez hacerlo sólo para contemplarse ella misma en la intimidad de su cuarto de baño como una nueva Venus, como la auténtica Eva futura. Habría que inventar una nueva toilette. Por ejemplo, pintarse los huesos como pintarse las uñas de los pies, ensimismarse, adorarse, levitar de pureza, de ligereza. Eso es lo que había deseado siempre. Terminó de ducharse y desnuda,  realmente desnuda ahora, (¿no era también  la carne una modalidad de vestido?),  con el cabello recién lavado envuelto en una toalla blanca, volvió a mirarse en el espejo y se encontró más hermosa que nunca. Ella, María Blanco, había conseguido llegar al final de la larga carrera de obstáculos que había sido el empeño  de la mujer por deshacerse del volumen,  por  alcanzar la meta de la línea pura.      Pasó por el salón y pensó que ahora no tenía ya ningún sentido conservar aquel absurdo archivo que tanto la habían obsesionado y que ocupaba varios estantes de su biblioteca. Aquella misma tarde lo tiraría a la basura al volver del trabajo. La historia había llegado a su fin, se dijo mientras repasaba los lomos de sus carpetas por última vez. La Prehistoria con sus venus sin rostro, contempladas como puro cuerpo de simétricas formas.  Conocía las  teorías que explicaban su existencia, el culto a la madre tierra, a la fertilidad, cuando ésta era todavía un misterio, una fuerza poderosa y sagrada, pero, ¿qué sentido tenía ya todo esto en una época en la que el ser humano estaba comenzando a hacer realidad su sueño de saltar al espacio, de alejarse de la tierra, de trascender definitivamente la materia?. “Pintura occidental”, rezaba otro, que ojeó al azar .Adiós a las doradas nalgas de la Venus  de Rubens, tan seguras de sí, adiós  también al culo redondo y contenido  de la Venus  de Velázquez. Los artistas las habían reflejado ensimismadas en la contemplación de sus rostros en el espejo, como si las hubieran sorprendido traidoramente  descuidando   la retaguardia, que aparecía casi como la auténtica protagonista de los cuadros. Aquellos eran tiempos todavía primitivos, teorizaba, en los que la pintura había estado indisolublemente  unida a los sentidos,  pero poco a poco el arte había ido reflejando la pérdida de prestigio de aquellos y el deseo de su superación, de su trascendencia,  la búsqueda de  territorios del espíritu, en los que lo sensorial no tendría ya sentido  alguno. Tropezó con su favorita  una rara pintura anónima de segunda fila de escuela sevillana del siglo XVII, en la que se veía a una mujer cuya parte superior era de carne y de la cintura para abajo un esqueleto.  En pleno clima contrarreformista,  había sido, desde luego, pintada para recordar a los hombres que la muerte se esconde bajo los placeres terrenales, pero ella había hecho siempre   otra lectura, porque  clandestinamente, las mujeres, condenadas a hacerse depositarias de las fuerzas de la naturaleza, a ocultar su otra mitad, siempre  habían perseguido, pensaba, desprenderse de la grosera envoltura corporal, de la traidora y fugaz belleza de la carne , de los peligros del efímero esplendor del volumen y el color y alcanzar  la noble esencialidad de la estructura, mas opaca, pero también mas igualitaria, más firme y más eterna.            Acabó de vestirse. Se puso de nuevo sus tejanos, y comprobó que le sentaban como nunca, Después se maquilló ligeramente, se perfumó con Poudre des ètoiles, su fragancia para ocasiones especiales, y se peinó con sofisticado descuido. Luego pensó que sería bueno  desprenderse también de los últimos vestigios de impureza que todavía conservaba su casa, así que vacío en el inodoro la leche desnatada e hizo que el agua de la cisterna corriera varias veces sobre ella. Después tiró a la basura el pan integral, la mantequilla de soja y la mermelada light que no tendría que consumir nunca más. Cogió su bolso y su cámara y  bajó las escaleras casi sobrevolándolas. Se sentía ligera, liberada, como en un sueño. Cuando pisó la calle miró a su alrededor para ver el efecto que causaba  su nuevo aspecto,  pero entonces empezó a observar que   bajo los abrigos de las  mujeres que pasaban, no conseguía adivinar tampoco cualquier signo de volumen.  No le llevó mucho tiempo aceptar    que sus sospechas de   que aquella noche todas las mujeres de la ciudad, quizás de toda la tierra, habían sufrido la misma metamorfosis eran ciertas. Fue sólo un poco después cuando empezó a ocurrir el resto del suceso que dejó al mundo momentáneamente sumido en la perplejidad. La primera a la que pudo ver comenzar a elevarse fue a la portera de su casa, la señora Milagros,  un auténtico atavismo biológico, cuyo vientre y cuyo culo inmensos, indisimulables, habían desaparecido sin dejar ningún rastro en sus amplias vestimentas que ahora caían con resuelta  verticalidad  pese a su pequeña estatura y que, sin embargo marchaba a la compra como todos los días, aunque silenciosa y con evidente cara de preocupación. La siguió con los ojos y vio como a  la altura del quiosco de la esquina, comenzó a subir y subir y, casi inmediatamente, a exhalar grandes gritos. “¡Igual que el diablo,  igual que el diablo¡”, iba gritando la mujer,  sin que ella pudiera comprender el sentido de aquella enigmática frase. Después sucedió con dos estudiantes adolescentes que esperaban el autobús. Mas tarde, una tras otra, todas las mujeres con las que se cruzaba  fueron despegándose  del suelo. Lo hacían lentamente, jóvenes y viejas, gordas y flacas, feas y hermosas. Oficinistas, a punto de entrar en el trabajo, dependientas, amas de casa, ejecutivas, profesoras, obreras, guardias de tráfico, prostitutas, modelos, bibliotecarias… Las había que se reían divertidas, excitadas, sin saber muy bien lo que estaba pasando,  pero otras miraban hacia la tierra completamente aterradas y algunas acabaron  levantando los brazos cómo ánimas benditas, resignadas y mirando al cielo con los ojos en blanco.   Poco a poco todas las mujeres de la ciudad fueron elevándose hacia las alturas,   mientras una lluvia de zapatos caía suavemente sobre calles y plazas, sobre  tejados y jardines. El fenómeno duró todo el  día, sin que ni a sus familiares ni amigos, ni a las autoridades les diera tiempo a  reaccionar. Al atardecer eran ya  sólo miles de puntitos brillantes entre las nubes y al anochecer no era  posible  distinguir a ninguna de ellas.  Aferrada a su cámara, mientras ciudades y pueblos iban recobrando  su actividad normal, María  Blanco no paró de hacer  fotos durante toda  aquella masiva ascensión a los cielos.                                                                                                                                                    

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