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Andrés Castaño, Miguel (John Macyo)

Fe... fe... felipe, el tartamudo

           Hacía tiempo que no me acordaba de Felipe. Hoy, mientras ayudaba a mi hijo Juan en su cafetería, no he podido evitar proyectar su imagen en la pantalla de mi mente. Un joven vino a pedir un vaso de agua con mucha educación, pero se quedó trabado por culpa de su tartamudeo.            Les puse el negocio a Juan y a su mujer hace unos pocos años, en la nueva estación de trenes de Salamanca, cuando la convirtieron en un centro comercial en el que las franquicias lo colonizaban todo. Me pusieron facilidades para pagar el local y no dudé en asegurar, de esa manera, el futuro de mi descendientes.            Estoy orgulloso de poder afirmar que estuve ahorrando durante toda mi vida laboral. Yo era maquinista y, gracias a eso, recorrí media España. Empecé en la zona sur, cobrando unas sesenta pesetas al mes y trabajando de sol a sol. Había ciertas vías en las que pensabas que el tren se iba a quedar parado y que no volvería a andar. Recuerdo tramos en los que el barro lo invadía todo y tenía que salir, yo mismo, con una pala para apartarlo. Pero todo eso mereció la pena al ver que mis ahorros de aquella época se han convertido en la cafetería de mi hijo.

La vocación me venía de mi padre, que conducía el tren de vía estrecha que recorría el Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, un pueblo minero que corona la zona norte de la provincia de Córdoba. Yo preferí viajar y alejarme de aquella localidad y de los problemas respiratorios que enfermaban a sus habitantes (incluidos mi padres).            Pero... me estoy dando cuenta de que ya me he desviado del tema del que iba a escribirles; es algo que me sucede a menudo desde que me jubilé. Debe ser verdad eso que me dicen de vez en cuando: me estoy haciendo viejo.

Aunque no recuerdo todos los detalles de la historia de Felipe, se la voy a relatar. Es duro llegar a viejo y descubrir que tu vida pasada se va convirtiendo, a pasos agigantados, en una espesa neblina arácnida que va cubriéndolo todo. En fin, es duro llegar a viejo.            En uno de tantos viajes conocí a Felipe, en Almorchón, un pueblo del sur de la provincia de Badajoz. Tenía que hacer una parada técnica para que revisaran algunas piezas y fui a tomar algo a la mugrienta cantina. Recuerdo perfectamente que allí me servían un engrudo facineroso que ni siquiera sabía a achicoria y al que habían bautizado con el nombre de “café de puchero”.            - Ho... hola, ¿tú co...conduces el tren? –me dijo un chico que debía tener una edad indefinida entre los veinte y los treinta años. Su mirada de luna nueva me dejó claro que se trataba de un retrasado mental, aunque no puedo explicar por qué. No era ningún rasgo físico, sino un espíritu que salía fuera de él a través de los ojos. Me fijé en su nariz gordezuela y en la sombra de barba de su cara.            - Sí –respondí con tono orgulloso.            - M...me...me gustan los trenes.            No sé si me pilló de buen humor o si quería hacer la buena acción del día, pero decidí entablar una conversación con él.            - ¿Cómo te llamas?            - Fe..Fe..Fe...Felipe.            - ¿Y quieres ser maniquinista, como yo?            - Nooooooooooo –replicó con un tono que entreveraba la sorpresa y la indignación-. P...p...podría p...provocar un accidente.            - Entonces... ¿qué quieres hacer en la vida?            - Quie...quie...quiero ser escritor.            Aquella respuesta, salida de un chico como ese, solo podía inspirar ternura o burla. Yo me decanté por la primera. No quería reírme, porque podría haberle ofendido –aunque estoy seguro de que mucha gente lo habría hecho, sin importarle los sentimientos del chaval-.            - ¿Quieres tomar algo conmigo?            Me miró extrañado y se fue sin responder. Quizás no había entendido mi invitación.

Pensé en que no volvería a verle nunca más; pero, en cuanto subí a la locomotora, apareció de nuevo. Su puso a aplaudir el conjunto de filigranas que el jefe de estación hizo cuando dio salida a mi tren.            En la siguiente ocasión en la que me topé con él se encontraba en Zafra.            - ¿A ti no te vi en Almorchón? –le solté. En aquella época era raro ver a un chico como aquel ir de un lado a otro solo solo.            - Sí. Vi...vi...viajo mucho.            - ¿Y tus padres lo saben?            - Se fu...fu...fueron al cielo.            - ¿Y con quién vives tú?            - So...so...solo.            Me extrañó muchísimo, pero vi la sinceridad encerrada tras sus ojos, esos grandes ojos de luna nueva –igual que había descubierto su retraso mental en nuestro primer encuentro-. No me atreví a comentar esas palabras con nadie, porque temía que le encerraran en algún manicomio (deben entender que, entonces, esos lugares eran considerados casi como sucursales del infierno; no había tantas comodidades como hay ahora en algunas residencias).            - Voy a v...v...ver salir el tren.            En cuanto se hubo alejado, la camarera que me estaba atendiendo se acercó a mí.            - Es Felipe, el tartamudo.            - ¿Le conoce usted? –pregunté con curiosidad.            - Viene de vez en cuando a comprar un bocadillo. Creo que pide dinero a la gente por la calle y, como les da pena, se lo dan.            - ¿No sabe dónde vive?            - Ni idea.            Me fui de aquel lugar con la conciencia taladrada por la suave mirada del chico y por las palabras de la camarera (ese “ni idea” me indicaba una cierta desidia que yo mismo había demostrado).            La alegría y el alivio conquistaron mi corazón cuando volví a encontrármelo en Almorchón. Pensé en subirlo al tren y en llevármelo a casa. Pero, en cuanto la idea se me ocurrió, en la pantalla de mi mente se proyectó la imagen de mi mujer, que en paz descanse, gritándome por haber sido tan tonto de alojarlo en mi propio hogar. Yo era tan cobarde entonces que aquello me hizo echarme a temblar y me callé. La historia de mi mujer también habría dado para entretenerles, pero no quiero contarla ahora. No está bien criticar a los muertos.            Como entonces nadie se extrañaba de que los trenes se retrasasen, hablé con el jefe de estación y dije que, si era necesario, aplazara la salida cinco minutos, hasta que yo volviera. Me echó un pequeño discurso acerca de la ética en el trabajo, una charla que se le quedó a medias gracias a mi rápida huida.             Fui a una pensión que conocía –a los maquinistas nos tocaba, muchas veces, dormir fuera de casa-. Pedí una habitación para el chico y dejé pagada una semana. Tras siete días yo iba a volver allí. Confiaba en haber arreglado el problema de dónde ubicarle cuando hubiera pasado ese periodo de tiempo. Fue un gasto grande para mi mermada economía, pero la conciencia me estaba obligando a punta de pistola.            Le expliqué que podía dormir en ese lugar hasta que yo volviera y, claro, le di más dinero, para que se comprase algo de comer.            - Yo...yo ga...ga...gano dine...ne...nero cantando –me trató de explicar.

- Espérame aquí dentro de una semana –fueron las palabras con las que le respondí.            Me fui y logré llegar al tren antes de que el retraso fuera evidente para los viajeros.            Me pasé los siete días pensando en Felipe y en cómo ayudarle a tener un lugar caliente en el que dormir. Finalmente, la respuesta vino a mí sola. Durante una partida de cartas, en mi pueblo, uno de los miembros de la pareja rival dijo que tenía un local con muebles que no podía atender.            - Es que me voy mañana mismo a vivir al norte, con mi cuñado. Aquí el trabajo se está poniendo cada vez peor.            Yo me ofrecí a cuidárselo. Me lo agradeció.            Volví a Almorchón, contentísimo. Tenía la intención de llevarme a Felipe, el tartamudo, a mi pueblo. Le dejaría dormir en el local de mi conocido y, así, le podría echar una ojeada de vez en cuando. Confiaba en que nadie me delatara.            Al llegar a la pensión, el dueño me dijo que el chaval me había esperado dos o tres días y que, luego, se había ido.            - Me preguntaba a todas horas si ya había pasado una semana. Yo le decía que “no”, pero él me lo volvía  a preguntar al rato. Al final se fue.            Nunca supe si el dueño le había echado o si Felipe había pensado que yo le había engañado. Me preocupé durante un tiempo, hasta que me lo volví a encontrar en otra de mis paradas. Estaba tan contento como siempre. Porque si Felipe tenía un rasgo característico es que estaba alegre a todas horas: sonreía a todo el mundo, reía ante cualquier broma –aunque no la entendiera-.            Le ofrecí que subiera al tren y que viajara conmigo.            - ¿Pue...pue...pue...pue...puedo de v...v...v...verdad?            - Sí –le solté con tono firme.            Aplaudió y subió a la máquina.            Se pasó el viaje sonriendo y aplaudiendo. Quizás fue el mejor momento de su vida.            Le acomodé en el local que me había ofrecido a cuidar. Se encontraba ligeramente alejado del pueblo y, dentro, tenía poco más que un colchón destripado y un retrete semidescascarillado –además de una montaña de muebles inservibles (es increíble lo que la gente se niega a tirar)-.. Olía a coliflor hervida, un aroma que yo había tratado de disimular con un producto que me vendió Julián, el dueño del ultramarinos. Me habría gustado llevarle a un sitio más digno (hoy me arrepiento de no haberlo hecho), pero ya les he dicho que mi mujer y mis dineros no me lo permitían. Le di una copia de las llaves. Le expliqué cómo tenía que utilizarla y que no debía perderla.            - La gu...gu...guardaré siempre a...a...aquí –y señaló su bolsillo.            De vez en cuando desaparecía unos días y volvía después de un mes o dos. Acabé dejando de preocuparme por él. Le veía a gusto. Solo me daba mala espina una pandilla de adolescentes que merodeaba por el pueblo. Temía que le hicieran algo. Estaban liderados por un joven de torso esculpido en músculo, desaliñado pelo largo y modales prehistóricos. A veces se reían del pobre Felipe, llamándole “Tartaja” o “Bo...bo...bobito”. Eran un hatajo de sinvergüenzas que tenían atemorizadas a la mayoría de ancianas del lugar (como es habitual, solo se atrevían con la gente más débil que ellos).            A Felipe no parecía importarle, seguía mostrando su sempiterna sonrisa. Y yo, por mi parte, conseguía ahuyentarlos cada vez que me topaba con ellos.            La siguiente estación con parada de mi historia se encuentra en las navidades de aquel año. Fui con mi mujer al Corte Inglés y, allí, encontré unas tarjetitas de felicitación. Sí, ya sé que ahora invaden todas las tiendas, pero entonces me sorprendieron y las estuve ojeando mientras mi esposa se fundía mi salario en ropa (menos mal que conseguía escamotearle parte de mi sueldo, porque, si no lo hubiera hecho, el negocio de mi hijo no habría llegado nunca a existir). Me topé con una de esas tarjetas, que estaba predestinada a ser el regalo de un niño, y que me cautivó. Sobre la cartulina estaba dibujado un tren de colores, con una cara sonriente en la parte delantera de la locomotora, y de la que salían unas volutas de humo en las que podía leerse:”piiiii chucu chucu chucu piiiii”. Inmediatamente pensé en Felipe y en que podría regalársela. La acompañé de un cuaderno de anillas y hojas cuadriculadas (aún recordaba las palabras de Felipe: “quie...quie...quiero ser escritor”). Escondí esos regalos en el coche, porque mi mujer me habría matado de saber que gastaba mi dinero en un chico retrasado.            El día de Navidad le di la tarjeta, el cuaderno y varios bolígrafos de publicidad que se estaban pudriendo en mi casa. Me dio un millón de abrazos y hubo fuegos artificiales en el techo de la habitación.            - Este cuaderno es para que empieces a ser escritor –le dije, con la idea de que no se le anquilosará más la mente de lo que ya estaba.            No me respondió con la boca, sino con los ojos.            Unos días más tarde me llevé mi primer gran susto con él. El grupillo de chavales que tantas tropelías hacía en el pueblo, ese del que hablé antes, estaba riéndose de él y de sus canciones. Lo tenían en medio de un corro y le jaleaban mientras Felipe cantaba un fandanguillo con hechuras de rebuzno de asno salvaje. No solo se estaban riendo de él sino que, tal como comprobé más tarde, también le habían emborrachado.            En cuanto aparecí yo y les empecé a gritar, salieron corriendo. Aún me tenían algo de respeto (no como algunos jóvenes de ahora, que vienen a la cafetería de mi hijo a hacer gamberradas y que se ríen de mis broncas con un “¡cállate, abuelo!”).            Reñí a Felipe y le dije que no volviera a juntarse con ese rebaño de desalmados.            - Son m...m...mis am...am...amigos.            - No, no lo son. No te juntes más con ellos.            Aunque estaba enfadado, no dejó de regalarme esa eterna sonrisa que le presidía siempre la cara. Era una gran persona, aunque tuviera sus limitaciones.            Le di café con sal, para que se le pasase la borrachera. Temía llevarlo al centro de salud, porque no sabía si lo mandarían directo a un manicomio. Quizás habría sido lo mejor para él pero -como ya he contado antes-, entonces, esa palabra designaba un lugar maldito, incluso para el que la pronunciaba. Por eso no solicité la ayuda de un médico.            Después de aquel incidente, desapareció durante casi un mes. Estuve preocupado y mi mujer creyó que me había dejado mi amante –una amante ficticia, porque nunca tuve una-; lo insinuaba cada dos por tres. Pero, como dije antes, la historia de mi mujer no es la que quiero contar hoy.            Un día volvió. Estaba en la estación de mi pueblo, aplaudiendo de nuevo la entrada del tren y el cortejo con el que le recibía el jefe de estación. Sentí un gran alivio al saber que estaba bien y que había olvidado nuestra discusión. Le vi bien afeitado y no parecía tener hambre. Sospeché que algún mecenas de la caridad le ayudaba en otro pueblo de la zona, como yo intentaba hacer en el mío.            Me abrazó en cuanto me vio bajar de la locomotora.            - ¿Qué tal estás, Felipe? –le solté, con algo de nerviosismo impregnando mis palabras            - Bi...bi...bien.            - ¿Por dónde has estado este tiempo que no te he visto?            - P...p...por ahí.            No le saqué más información. Como no quisiera decir algo, no lo soltaba ni bajo la amenaza de mil tormentos.            - ¿Has escrito algo en la libreta que te regalé? –pregunté, intentando mantener viva la conversación.            Se le iluminó la cara.            - Estoy esc...esc...escribiedo una n...n...nov...n...n...novela.            - ¿De qué trata?            Recuerdo que pensé que no me lo iba a decir, que su respuesta iba a ser tan vaga como la información que me había dado acerca de sus andanzas del último mes.            - D...d...de trenes. Tr...tr...trata de un t...t...t...tren.                 - ¿Puedo leer lo que llevas escrito?            - N...n...no. C...c...cuando la ac...ac...acabe y la p...pu...p...pub...p...publique.            - Pero, si leo un poquito, podría darte consejos –reconozco que me corroía la curiosidad, como si yo fuera una termita frente a un trozo de madera.            - No, no y no – y se fue corriendo.

Volví a sentir un océano de ternura por aquel chaval de edad indefinida entre los veinte y los treinta años.            Como dije antes, me acabé acostumbrando a sus idas y venidas. No me preocupaban sus desapariciones esporádicas, ya que siempre volvía sano y limpio.            No pude imaginar que lo iban a encontrar muerto poco tiempo después. Apareció en la vía, como si, así, hubiera querido señalarme con dedo acusador. Aunque no pude confirmarlo, estoy seguro de que aquella pandilla le había emborrachado y le había obligado a practicar algún juego perverso que acabó mal.            Pedí a un concejal del ayuntamiento que facilitase su entierro. No puso ningún problema. De hecho, el día del funeral, aquello estuvo lleno. Los corrillos murmuraban alabanzas:            - Era muy bueno.            - Era un pedazo de pan.            - Nunca hizo mal a nadie.            Quise creer que algunos de mis conciudadanos también le habían ayudado, como yo (aunque fuera de modo más sutil: un bocadillo, una sonrisa....).            El jefe de la policía local se acercó a mí y me dio el cuaderno y la postal que yo le había regalado.            - Sé que estabas bastante unido a él, así que seguro que quieres guardar esto. Eran las únicas pertenencias que llevaba encima.            Lo primero que pensé fue en lo absurdo que había sido ocultar la existencia de Felipe a los vecinos, ya que todos sabían de nuestra historia (quizás, incluso, mi mujer).

No abrí la libreta, para leer la “novela” de Felipe, hasta que llegué a casa.            Empezaba con un “piiiii chucu chucu chucu piiiii” idéntico al que estaba escrito en la postal. Después de aquello, una y otra vez se repetía la misma onomatopeya. Cientos, o quizás miles, de frases iguales colonizaban las páginas del cuaderno.            Puedo asegurarles que me la leí entera.            Creo, incluso, que hoy volveré a releerla.

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