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Silván Mayorga, Sonsoles (Libusa)

Asesino del arte



Asesino de Arte

SEUDÓNIMO: LIBUSA

M

E encontraba con el corazón roto en el hospital holandés de la penitenciaría estatal de Amsterdam, frente al eminente psiquiatra Georges Riis.

Él era una de las pocas personas con las que me había encontrado a lo largo de mi camino que, por la circunstancia que fuera, se interesaba por mi persona.

A su pregunta de por que había acuchillado el cuadro de Picasso, yo le respondí: “cuando una idea no deja de acosarte, el único medio de deshacerte de ella es ponerla en práctica”. Sin saber por qué, seguí hablando sobre mi vida, una vida que muchos calificaban de triste.            -Paul, empieza cuando quieras.

- ¿Desde dónde?            - Desde el principio. Tenemos todo el tiempo del mundo…

Amsterdam. 1963. Llegué al mundo con la vendimia, a finales de Septiembre. Aquel día mi madre moría en el parto. Se llamaba Katrijn la mujer a la que no conocí, a la que le robé la vida. Aunque inconscientemente, ese fue el primero de los delitos que yo, Paul G., cometería a lo largo de mi vida.

-Háblame de él –interrumpió el doctor-.

Recuerdo que usaba una fragancia barata, espesa y repugnante, que primero adoré, por ser el único olor que venía asociado a un abrazo, y que luego odié… Juró que nunca me abandonaría, sabía que yo lo necesitaba como el aire que respiraba, pero no cumplió su promesa. Me mintió.

Siempre había tenido habilidades con el lápiz, así que cuando cumplí la mayoría de edad ingresé en la Escuela de Bellas Artes para lograr un futuro mejor que el que me ofrecía el que se hacía llamar mi padre. Él ya se había ido de mi lado. Traté de sustituirle por una pandilla de amigos con los que intercambié las primeras caladas de tabaco y marihuana, por amores de una noche con los que tuve mis primeras experiencias sexuales… pero no funcionó.

Allá por el año 83 acababa de tener una mala experiencia con una joven que estudiaba conmigo en la facultad de Bellas Artes, y con la que había comenzado una tormentosa relación hacía algunas semanas. Sexo salvaje y nuevas mis primeros coqueteos con todo tipo de drogas. Un cóctel explosivo que hizo que, de nuevo, me quedara sin nada. Hacía tiempo que no me hablaba con mi padre, un hombre al que apenas recuerdo sobrio y que todo lo solucionaba levantando la mano y voceando.

El hambre y enfrío me habían madurado. Una tarde, mientras buscaba entre los pasillos de un gran supermercado algunas latas de comida precocinada, aparecí en la sección de electrodomésticos. Decenas de televisores proyectaban un videoclip que se desarrollaba en el interior de un avión. Soñé varios días seguidos con esa escena. Cuando una idea me atormenta me deshago de ella poniéndola en práctica. Mi cabeza, que siempre está discurriendo, me hizo tomar, finalmente, un avión sin rumbo alguno. La casualidad me llevó a Madrid, una de mis ciudades preferidas. España, es un país que siempre ha ofrecido esa calidez que le falta a Holanda.

Llevaba toda mi vida en una bolsa de papel de un centro comercial. Metí la mano y toqué un pistola de juguete que había comprado hacía años para asustar a la gente… era mi hobby, aterrorizar a la gente hasta el punto de poder oler el miedo manando por los poros de su piel, además ahora, el asustar formaba parte de mi forma de trabajar. Ese derroche de adrenalina me había llevado a crear las mejores de mis obras, a conseguir las mejores texturas, los mejores colores… los lienzos más grandes y con más contenido. Sentimiento en estado puro. Asustar a la gente era una de mis muchas manías y obsesiones… pero como te habrás dado cuenta mi mayor obsesión era y es la pintura. No me recuerdo sin olor a aguarrás y a óleo en mis manos…

Estaba sentado en la fila 26, en el asiento “b”, entre un hombre canoso y entrado en carnes que no paraba de teclear su portátil de última generación y una mujer de unos muy bien conservados cincuenta años que se había empeñado en ocupar con su pesado bolso de Carolina Herrera mi posabrazos. Empecé a ponerme nervioso. Me sentía atrapado en una caja. Era la primera vez que montaba en un avión. Me estaba entrando cierta angustia, fobia… Miraba a mi alrededor y sólo sentía repugnancia por aquella gente que volaba conmigo y que aparentaban ser tan felices, que parecían tenerlo todo. Yo sólo tenía una bolsa de papel.

Llamé a la azafata y le pedí un whisky. Lo bebí de un sorbo y metí de nuevo la mano en la bolsa y de repente me vi con la pistola fuera. Sólo quería ver sus caras asustadas, blancas del miedo. Quería borrar las sonrisas de sus caras. Así, lo que empezó siendo una broma acabó catalogado como un secuestro en algunos medios de comunicación. Yo, que no mido más de1’70 y no peso más de 65 kilos, estaba secuestrando un avión DC-9 de la compañía KLM que se dirigía a la capital del reino español. ¡Ridículos!

Todo concluyó sin incidentes ya que una de las azafatas y tres pasajeros me convencieron para dejar el arma de plástico.            -¿Por qué decidiste no regresar a tu casa? – preguntó ensimismado el doctor Riis-

Madrid fue una ciudad que me cautivó y en la que decidí asentarme. En mi país natal no me quedaba ni me queda nada. Soy ciudadano de ninguna parte y nací con un don especial para los idiomas. Tras un breve paso por una de las comisarías de Madrid para rendir cuentas de mi delito, me encontré en medio de una gran avenida en las que cientos de coches subían y bajaban, en la que los edificios kilométricos me hicieron sentirme más pequeño y vulnerable que nunca… De repente una ráfaga de aire trajo a mi olfato un olor que en un pasado me había sido muy familiar. Borré la imagen de mi padre de mi mente y caminé con paso firme. En ese momento supe que me quería quedar en esa ciudad.

Pasé muchas penurias en mis inicios. En España se estaba gestando una revolución cultural y artística. Yo quería ser protagonista de ella y finalmente me hice un hueco en una antigua fábrica habitada por artistas callejeros y okupas. El tiempo pasó rápido. Vi como varios de mis amigos eran víctimas de sobredosis, de excesos de alcohol  y de reyertas que vinieron dadas por las miserias que todo ser humano tiene en su interior… No vienen al caso…

Trabajé duro mi arte, pero solo mi soledad me reconoció el valor de mis obras, haciendo que no me viniera abajo y que de una más o menos lícita consiguiera siempre algo que llevarme a la boca. Seguía siendo invisible para los cientos de miles de habitantes de esta ciudad, pero esto no podía seguir así…

-¿Fuma? – preguntó el doctor al tiempo que encendía un cigarrillo de tabaco negro sin quitar su mirada fija de mi persona- Pero continúe, por favor.

Una mañana de noviembre me vi comprando un billete de tren para mi país natal… Regresaba a casa después de varios años fuera. Pero regresaba con el fin de comenzar una nueva vida... o para seguir la que llevaba…

ÜÜÜÜÜÜ

En 1994 estuve encerrado en la Clínica psiquiátrica de Amsterdam. Las celdas de aquel manicomio eran peores que las de las cárceles en las que me habían tenido encerrado.            -¿Estuviste muchas veces en prisión?

Eso son capítulos aparte y que ahora no quiero recordar –contesté y seguí a lo mío.

Decían que no estaba bien, pero yo me pregunto que qué sabían ellos… Mi vida ha sido un duro peregrinar por psiquiátricos, cárceles y museos. Esa es el mejor resumen que puedo hacer de mi existencia.

Encerrado, dediqué casi la totalidad de mis pensamientos a mi pasión, la pintura. Una noche, cansado de las paredes blanco sucio de mi cuarto, decidí burlar cada uno de los controles que había en el lugar donde me tenían encerrado, me escapé. Volví a ver un mundo de colores. Sólo llevaba conmigo un bote de ácido en el bolsillo de mi chaqueta de pana marrón.

Caminaba por las calles emocionado pensando en mi reencuentro con el olor al óleo, al aguarrás… de un estudio de pintura que hacía tiempo que no sentía. Decidí hacer una primera parada en el Rijkmuseum. Sentía celos de enamorado, mucha rabia contenida y acumulada en mi interior… si esos cuadros no eran para mi, no serían para nadie… Esperé en la puerta hasta que un guardia que vestía un uniforme marrón oscuro lleno de recovecos para la pistola, la porra o las esposas abrió sus puertas. Esperé incluso hasta que el personal trabajador del museo entrara y se desperezada en sus respectivos asientos e intercambiaran las primeras frases de la mañana. Creo recordar que eran las 9.47 horas y me encontraba frente a la “Ronda de Noche” de Rembrandt, que representaba la oscuridad rota por la artificialidad de la luz de un farol. No dejé pasar ni un minuto más ante mi sensación de ahogo y saqué el bote de ácido del bolsillo de mi chaqueta, lo abrí y arrojé con rabia el contenido de este sobre el lienzo.

En aquella ocasión me llevaron sin piedad alguna, de nuevo, a chirona –lugar que había visitado ya varias veces por algún robo sin importancia o alguna de mis bromas pesadas-, pero no me importó mucho… mi única preocupación era no volver a aquel nido de locos donde me habían tenido encerrado durante mucha vida.

ÜÜÜÜÜÜ

Ámsterdam.2005. Pasaron las horas y, aunque muy lentamente, las horas se hicieron días y los días meses, los meses años y no veía salida alguna. Mi único contacto con el exterior eran los libros que me prestaba Bieito, un preso portugués con el que compartía las horas de la comida, y que se encontraba allí encerrado por temas de drogas. Era un revolucionario. Recuerdo que en uno de los libros un tal Manuel Azaña decía que algo así como que “la libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”. Pocas frases me han hecho reflexionar tanto en mi vida. La grabé repetidamente en una de las paredes de mi celda con un pequeño alambre que saqué del somier sobre el que dormía. La leía una y otra vez, una y otra vez… Muchas veces me quedaba dormido repitiéndola…

Allí encerrado aprendí -o recordé- el valor de las pequeñas cosas, de un cigarrillo, de una visita que nunca tuve, de una pequeña flor que florece en una lata de aceitunas con un poco de tierra… pero fueron demasiados años acumulando amor y odio, aprendiendo cosas… Y la cosa acabó como seguramente te estás imaginando… Ese Manuel Azaña tenía tanta razón… Me escapé de ese criadero de odio en el que el personal vestía de uniforme y que se creían ángeles guardianes del bien aunque realmente eran todos criaturas del infierno.

De nuevo, como años atrás, me vi caminando y caminando sin rumbo por las avenidas de Amsterdam. El cartel de Museo Estatal de Ámsterdam me hizo retroceder unos metros y encontrar mi destino. Hacía tiempo que no sentía la necesidad de la pintura. Las largas conversaciones con Bieito habían adormecido esta obsesión que muchos habían celebrado como muerta.

Entré como un turista más, pagando religiosamente mi entrada después de hacer la respectiva cola… Una vez dentro y después de haber atravesado el pasillo principal me vi ante un lienzo de 1’30 metros por 1’62, en el que predominaban los colores azules del cuerpo de una mujer y los tonos verdes de un jardín tropical. Impresionante. Una placa color bronce el lado derecho del cuadro dejaba leer el título de este: “Mujer desnuda frente al jardín” de Pablo Picasso.

Del maestro Picasso pensé al mismo tiempo que sacaba un cuchillo de mi bota y hacía un agujero de cincuenta centímetros en el centro del cuadro. De alguna manera quería plasmar el vacío que existía en mi corazón desde el día en que mi madre me abandonó en este mundo… desde el día en que mi padre me dejó por unos litros de alcohol… Un vacío tan profundo como el vacío que había ahora en ese cuadro sin color, sin luz.

Así como entré al Museo Estatal, salí, pero ahora sí tenía claro mi destino. Fui hasta una de las delegaciones del periódico De Telegraaf donde confesé fríamente que mi acto había sido de una simplicidad infantil. No me había encontrado ninguna medida de seguridad. He de confesar que me sentía en cierto sentido como un héroe por demostrar a nuestro gobierno el tipo de seguridad que contrataba para sus museos.

Fui detenido la pasada tarde por la policía en la misma redacción de De Telegraaf. Me negué a hablar con la policía. Todo lo que tenía que decir lo dejé dicho con mi “obra de arte”, aunque pocos lo sabrán interpretar.

Me encuentro de nuevo en mi hogar, la cárcel.  No me preocupa. Dicen que de la cárcel se sale, pero ¿cómo llenaré este vacío que pesa sobre mí desde hace ya 42 años, doctor Riis? ¿Cómo?

ÜÜÜÜÜÜ

Cuando acabé de contar mi historia al doctor Riis, me miró a los ojos y no dijo nada. Entonces entendí que acababa de descubrir la causa de mi dolencia y el porqué de mis actos.

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