Damas, caballeros, niños. Unos y otros, los mismos que noche tras noche ríen a carcajadas. No los culpo, pero me es inevitable no aborrecerlos, con sus rostros predispuestos a la deformación burlesca. Nunca logré tocarlos. Mis primeras rutinas practicadas por horas enteras hasta la fatiga corporal; los enigmas que aquel juego de palabras pretendía descubrir; gestos interiorizados, movimientos impecables llevados con la maestría de mi escuela; todo arrojado al cesto, pues no lograba más que conmociones y rostros secos, acusadores. Dejado al olvido para llegar al público que solicitaba un puntapié, un pistoletazo o simplemente payasadas absurdas (cada época se refleja en sus construcciones; esta no produce más que podredumbre), viven para dejar salir toda esa basura que los nutre, su estupidez acumulada, aquella que pretenden esconder en el trato diario, pero deben arrojar de algún modo. Necesitan del vomito, gustan su olor, solicitan que se lo arrojen a la cara para ser felices.
No recuerdo cuándo abandoné el camino ¿Cómo llegué a las salas repletas de cámaras y micrófonos? ¿Por qué cambié las tablas? Cuántos han sido, cincuenta o cien, un millón, cifra incontable; mi rostro ya no es, ha sido reproducido tantas veces, encerrado por tantas cintas que lo he perdido para siempre. Moriré siendo un hombre sin rostro, sin cuerpo y con el alma desgarrada por la impostura. ¿Cómo pude haber permitido esto? Moriré siendo para todos un payaso, aquel que pobre o rico se presentará noche tras noche, para reproducir las más risibles escenas que terminarán de la misma forma utópicamente absurda, para ser aclamada como la mejor después de la anterior copia y antes de la siguiente similitud. ¡Moriré!, pero no antes de llevar al gran público mi acto final.
Los hombres se estrechan las manos: Iván Jamit, encargado de gestión en desarrollo humano. Gusto en conocerle, Rodrigo Cardona. El viejo se queda observando al joven, del cual tenía magnificas descripciones que le hacían esperar un hombre maduro de apostura sapiente. La reunión se realiza en una pequeña sala ubicada afuera de la facultad de humanidades a la cual está vinculado Jamit y representa en innumerables instancias. Dos sillones azules son toda la indumentaria, sumados los tres anaqueles repletos de clásicos.
Me dicen que es actor, puedo servirle de alguna forma.
Debo hacer una donación. Estoy pronto a morir y me han dicho que ustedes cubren la desnudez de los desprotegidos. Quiero legar dinero, es lo único que tengo.
No voy a negarle que necesitamos apoyo económico y cualquier contribución es bien recibida; sin embargo, no me ocupo de los tramites, si gusta puedo conducirle a la oficina encargada de atenderle.
Él se quedó mirándole fijamente (realmente puede existir alguien en cuyo ser, el simple hecho de nombrar dinero repudie.) Siempre había pensado que lo de San Francisco y sus discípulos se reducía a una serie de inventos con fines religioso-literarios, tal como pensaba de Homero y Sócrates. Pero había encontrado un hombre al cual le importaba algo más. Claro, el argumento filántropo no menguaba su indignación por el desprecio.
Dos sentimientos encontrados, el de su juventud perdida y ahora añorada, enfrentado a su presente asqueroso y plástico. Se sobrepuso el sueño. ¡No!, dijo en voz alta antes de que Jamit se levantara: La donación puede hacerse en otro momento; ahora debo hablarle sobre un proyecto que creo le interesará mucho. Jamit se sentó de nuevo dispuesto a escuchar.
Terminada la exposición, se despidieron con frases amistosas; sonrisas serias que sólo logran proyectar hombres que han concebido una idea común. La tarde entera no pudo estar quieto; la tesis quedó detenida de nuevo en la parte de las conclusiones, se sentía incapacitado para seguir con la teoría cuando a la puerta había llegado el hecho dispuesto a ser realizado. Por la cabeza pasaban veloces los rostros sucios, las mujeres sin maquillaje y en chanclas, niños mocosos sin bañar, perros chandosos... ¡Este hombre es extraño! ¿Y si todo hubiera sido una cruel burla?
Caminó hasta su casa con la intención de menguar la excitación que le tenía preso; esperó largo rato frente a un semáforo observando a unos chiquillos maniobrar con excelencia varias bolas de plástico frente a los automóviles detenidos. Una lluvia menuda empezaba a desprenderse de las alturas y Jamit sentía un poco de alivio interno; su cuerpo comenzaba a recuperar la temperatura normal, la idea había resultado exitosa.
Al cerrar la puerta y sentarse en el gran sillón azul que ocupa la sala, una felicidad inexplicable materializada en corriente le recorría el cuerpo. Con los ojos puestos en la penumbra imaginaba los rostros iluminados de los pobres, complacidos, rebosantes de alegría asistiendo día tras día a las clases, aprendiendo a gesticular con los estómagos llenos, pintándose la cara despejada por horas de buen sueño, estudiando libretos con dedicación y agradecidos de vivir.
Cuanto placer le causaba vislumbrar en la oscuridad todo un templo del arte: Grandes salones de entrenamiento, bibliotecas majestuosas a disposición, cuartos de baile, pintura y música, pisos silenciosos dedicados al estudio ininterrumpido de libros antiquísimos, teatros donde se expondrían las más bellas piezas clásicas, una gran plaza en medio para revivir la discusión socrática, factorías repletas de alimentos, bloques para albergar a los estudiantes, y todos, todos venidos de abajo, muchachos olvidados, niños excluidos. ¡Un sueño! ¿Tal vez era una idealización salida de su cabeza? Aquel reproche venido de la nada le heló el cuerpo. Imaginó que había simplemente materializado al genio de la lámpara y aquella tarde, sólo él estuvo sentado en el sillón escuchando a su creación repetirle el sueño al oído, afirmar que empezaría a construirse, para no morir, para seguir creyendo.
No, un pequeño recuerdo permitió que la alegría que había disminuido a la mínima expresión, recobrara su antiguo ímpetu eléctrico. Le habían anunciado aquella visita. Era real y punto. Cuando su mente se extasió de imágenes y posibilidades, cuando dejó libre aquel caudal utópico que tanto tiempo le habían cohibido sus maestros pragmáticos; se vio obligado a recordar a estos y pensar que cualquier cantidad de dinero por exorbitante que fuera, acabaría. No obstante, este nuevo motivo de inquietud no causó mella en su estado, pues hasta donde llegara el proyecto, sería más que suficiente para conseguir patrocinio. “El inicio es la puerta de entrada, por lento que avance el caminante, no tiene más remedio que avanzar” Los días del seminario habían legado un optimismo obsesivo a su carácter y gran cantidad de citas que apoyaban tales afirmaciones. Pasadas las tres a.m., el cansancio logró doblegar su espíritu y cerrarle los ojos.
Caminaba por una calle empedrada; alrededor gentes que gritaban imprecaciones con los ojos inyectados en sangre y las bocas secas de colores violáceos: un olor pútrido le embotaba la nariz, el sol quemaba su frente. Al observarse, se percató del error, sus vestiduras no pertenecían a la época. Cuando se detuvo en las construcciones, algo le punzó el corazón. En el momento de llevar la vista de nuevo a la muchedumbre, aquellas caras barbudas le hicieron consciente del error: No eran ellos, sino él quien se había equivocado de tiempo. Avanzaba con paso firme siempre adelante, cuando lo que deseaba era detenerse, sostenía una lanza y su boca gesticulaba sin ordenárselo, lanzando palabras en la antigua lengua; todos se expresaban por medio de ella. En ese momento, al voltear, lo observó por vez primera; su transformación era total, arrastrando el madero era similar, una encarnación; la edad le confería más sabiduría. Esto lo tranquilizó, pues ya había comprobado lo muy buen actor que había resultado ser su compañero. Al llegar a la cima de la montaña estaba menos tenso. Había elaborado una interpretación para la situación, aunque no se explicaba su actuar mecánico ni que se hubiera prestado a ser parte de una escena, cuando desde niño sabía que las características histriónicas se resistían a ser parte de su persona.
La gran maceta describió una media luna en el aire, antes de caer sobre la puntilla y atravesar el madero que clavaba el brazo izquierdo. El punzón en el pecho se hizo agudo; los ojos azules se encontraron con los suyos y sintió miedo; buscó a lo lejos el auditorio o al director, pero ninguno estaba accesible a su campo, hasta donde alcanzaba observar todo eran montañas áridas. La sangre en sus manos era real, el pánico le impedía pensar, pero el cuerpo seguía moviéndose. Levantadas las cruces, se acuclilló en el suelo y los dados le dejaron como ganador. Sentía deseos de vomitar, pero estaba atrapado, un simple títere; él mismo vertió el vinagre en la esponja y lo puso en los labios del sufriente, escuchó las desgarradoras palabras y observó a la madre fragmentarse en mil pedazos pidiendo piedad para su hijo. Cuando la lluvia empezó a caer; ya no percibía la realidad, los estímulos traspasaban su carne, la información se almacenaba en su cerebro; pero era sensibilidad muerta, no interpretada. Una mano se posó en su hombro y el pesado cuerpo perdió estabilidad, chocó contra el suelo y se apagó la conciencia.
Respiró una bocanada de aire, como si fuera su primer día en el mundo; le dolía recibirlo en sus pulmones, la realidad era pesada. Media hora más tarde, apenas había logrado moverse unos cuantos metros hasta la cocina y beber la mayor cantidad del agua que aceptara su cuerpo. Volvió a dormir sentado en el sillón azul. El despertar fue tarde y debió darse prisa para llegar a la reunión con los maestros de la facultad; donde tenía que desarrollar una conferencia, sobre la perdida de la actitud pedagógica en las aulas.
Llegó tarde y apenas dos maestros le esperaban en la sala; uno de ellos le sonrió con sencillez al verlo entrar; éste era un viejecillo de barbas largas y canas, que con sus anteojos redondos recordaba al gordo Noel del tarro de galletas (el único maestro verdadero), cuando Jamit se acercaba a estrechar la mano del anciano, se cruzó con el otro docente, más recio, de rostro firme y orejas peludas; su postura asemejaba un sargento y la mirada de suficiencia afirmaba la analogía. El joven le saludó con una venia y al bajar la cabeza sus ojos chocaron con la primera página del mórbido periódico que había quedado sobre el escritorio. Allí, la majestuosa primera página sustentaba la foto del colgado. El titular decía: “es una gran perdida para la humanidad y las artes, un hombre dedicado a su trabajo, lleno de triunfos y una carrera exitosa. No hay explicación..... Jamit trastabilló y cayó desmayado.
Relatos de un burro triste
Es un personaje triste,
condenado a vagar por las viejas calles de una ciudad donde todos son enemigos
sin excepción. Los unos con los otros se lanzan miradas asesinas al cruzarse en
la calle, pero a él nadie le dedica ni siquiera una pequeña mirada, está loco,
no vale nada para los otros. Un hombre que al no encontrar otra salida, después
de haber consumido todos los libros de su biblioteca, destapado cada una de las
trescientas botellas del bar y dormido con todas las prostitutas de la ciudad;
decidió nombrarse burro y salir a recorrer las calles. Cree compadecerse de los
hombres. Juega a engañarse, pues se compadece de sí mismo. Narra historias
argumentando que son producto de la observación, cuando las construye con
pedazos de su alma:
Hay un sujeto con apariencia de banquero que trabaja
para una renombrada compañía de bines raíces. Es el mejor en su labor y siempre
está a la cúspide en la pirámide de ventas. Los compañeros lo acusan de huraño
(debido a la escasa comunicación que mantiene, limitándose a expresar lo
necesario con el mínimo de palabras) y hasta lo reconocen con un remoquete “El
retrasado” Apodo que en alguna medida mengua la envidia que sienten hacia él.
Su horario de trabajo termina a las tres p.m., hora en que apaga el teléfono,
sale del cubículo de noventa centímetros cuadrados, camina tres cuadras hasta
un pequeño apartamento de una habitación, sala grande, cocina mínima y
sanitario con el tanque dañado lo cual causa el constante correr del agua,
produciendo un arrullo sonoro que semeja al río. La casa en su totalidad está
vacía, a excepción de un pequeño taburete y
una olla la cual permanece colmada de arroz.
Al abrir la puerta, se dirige al
baño para ducharse y lavar en el suelo la totalidad de su ropa; después sale
desnudo, come arroz hasta saciarse y lleva la silla frente a la puerta de
entrada, donde se planta. Cada veinte minutos abre con delicadeza una pequeña
ranura, sólo lo necesario para poner allí su ojo. La acción se repite toda la
noche: El sujeto está seguro de la puesta en escena que somete al mundo, todo
es representación, la realidad no es aquella. Sabe que en un momento preciso,
al abrir la puerta, encontrará la verdad. En ese instante exacto podrá salir a
la vida.
A las cuatro o cinco se queda
dormido sobre la silla. No obstante sobre las siete tiene los ojos bien
abiertos; se dirige al baño, calza su ropa y antes de abandonar el lugar se
cerciora en dejar preparando la olla del
arroz. Los vecinos sospechan de los
hábitos del hombre, aunque nadie ha
podido comprobar que lleve a cabo acciones en contra de las buenas
costumbres ciudadanas. Sin embargo, hubo una vieja que no aguantó la curiosidad
producida por la lámpara del apartamento encendida toda la noche; reptó por el
jardín y se pertrechó detrás de un arbusto junto a la ventana; esperó al sujeto
y cuando éste se sentó en la silla y abrió la puerta, la mujer cayó muerta.
Única vez en que él se vio obligado a dejar su labor para sepultar el cuerpo.
Desde aquel día se muestra más propenso a enfurecer, pues tiene serías
sospechas de haber perdido su oportunidad.
Noticia: Son encontrados en una
residencia colonial, seis ancianos sepultados por una gruesa capa de basura
casera. El cadáver más reciente tiene cuatro meses, los otros en su respectivo
orden presentan: un año siete meses, tres años dos días, cuatro años tres
horas, seis años veinte minutos, ocho años catorce segundos. La hipótesis
manejada por los oficiales de inteligencia estatal es la siguiente: los viejos
eran pensionados, dinero que recibían por correo. La comida la traía un
empleado del supermercado que después de tomar la plata arrojada por la
abertura que daba entrada al gato, dejaba los alimentos al lado de la puerta.
Al ver morir al primer anciano, por una extraña razón los demás decidieron
dejarlo tal como estaba (pues los despojos más viejos fueron encontrados sobre
una mecedora), así sucesivamente, cuando moría uno los otros no se inmutaban y
para evitar la putrefacción cubrían el cuerpo con desechos de comida ( tengan
en cuenta que la capa de suciedad alcanzaba un metro desde el nivel del suelo.)
Al fallecer el último, el empleado del supermercado empezó a notar la ausencia
de su pedido mensual, pero decidió dar una prudente espera de tres meses más
para pasar parte a la policía. No es de
preocuparse –expresa el jefe de
los oficiales- cosas como éstas pasan a diario.
Existe una mujer chaparra,
cabello corto bien planchado, ropa ajustada como cobrando venganza a sus viejas
carnes y rostro gallinezco camuflado detrás de media libra de pintura. Su
lenguaje pomposo y exagerado en un
principio era incomprensible para los niños del preescolar, los cuales se
mostraban temerosos en el trato con aquella profesora, sin embargo, se
acostumbraron a verla moverse por el salón batiendo los brazos y arrugando el
ceño. Y después de ser llevados al circo del payaso Gueti, la maestra les fue
lo más ameno del mundo, ya que tener la presencia de un arlequín la totalidad
del día, es el mayor sueño de cualquier pequeño.
Habita un edificio de cinco
pisos, en el cual la mayoría de los arrendatarios son viejos avaros que tienen
una fortuna debajo del colchón y viven como pordioseros, no perdiendo
oportunidad de pedir una invitación a cuanto parroquiano se encuentran en la
calle. Esta mujer llega del trabajo y se encierra en la habitación; después de
quitarse la ropa empieza a contemplar sus carnes, las acaricia untándoseles aceites aromáticos.
Inicia una
conversación con el reflejo del espejo: ¿Hace mucho llegó? Tal vez dos horas
señora Julia, comió puré y se acostó. Yo veo al señor como enfermo. Tienes
razón Salomé, Bernardo trabaja mucho, debo persuadirlo de tomar vacaciones,
sino podemos contemplarlo decaer en forma crítica. ¡Que buena idea!. Creo que
ya puedes ir a dormir Salomé; mañana lavas los platos. Gracias mi señora.
Desaparece su interlocutora y se queda contemplándose a sí misma, para luego
caminar hasta la cama y abrazar al muñeco de aire por la espalda, mientras éste
se aprieta contra su pecho. Llora largo
rato al mismo tiempo que le repite: ¡No puedes seguir trabajando de esa forma
inhumana, debes tomar un descanso!. Allí se queda dormida
Desde media
noche empiezan a llegar los viejos y ocupan sus lugares en la salita de estar.
Ninguno se ha puesto de acuerdo pero toman los mismos sitios cada noche con
propiedad de dignatarios llamados a una junta. A las dos de la mañana, sale de
aquella habitación una mujer cubierta con un camisón transparente; su rostro
límpido es deseable y natural. Baja hasta la sala y al pasar entre los
concurrentes les sonríe complacida. El más pulcro de entre todos se pone de pie
y ofreciéndole la mano la conduce hasta el centro. Por un tiempo imposible de
calcular humanamente, los ángeles se posan en este hotelucho de la calle cien.
El halito de vida que se desprende de su voz es motivo de existencia para las
almas cansadas que allí se reúnen. En el transcurso de la cantata, cada uno de
los asistentes siente el fluir de la sangre por las venas. Pasado el tiempo
necesario, la mujer se retira con la misma delicadeza que hiciera la entrada y
vuelve al cuarto.
Al despertar, temprano en la mañana, se para frente al
espejo después de bañar debidamente su cuerpo; toma las brochas y comienza el
proceso de pintura. Cuando ha terminado escoge uno de los vestidos más
vistosos y con la fuerza de un luchador
logra meterse dentro. Sale de la habitación deseando no encontrar a nadie en su
camino y si esto sucede, con un movimiento de cabeza que hace chocar su
estirado cabello contra el rostro, voltea la mirada. Quien recibe la
descortesía sabe que no hay otra forma de
interpretar, sino hiriendo, y resignado lanza un suspiro, pues piensa
que pronto le tocará el turno de conducirla en la noche hasta el centro, donde
nada es un espectáculo.
Noticia: Un profesor de
literatura es enjuiciado, declarado culpable y penalizado a pasar tres años en
la cárcel “El buen ciudadano” Todo esto causado por transportar varios libros
desde la biblioteca municipal hasta un asentamiento en laderas, donde tenía una
adecuación en la cual orientaba clases a treinta pequeños. Las autoridades
están pensando seriamente en iniciarle un nuevo proceso por ejercer como
institución educativa sin los respectivos permisos. Los oficiales que han
llevado el proceso, se vieron en la necesidad de enviar los uniformes a la
lavandería, pues el polvo de los libros les ha ensuciado los trajes.
En esta ciudad, enmarcado en un
sólo cuerpo vive un él una ella. Cuando quiere, es Adelaida o Julián. Él es un
verdadero macho, perturbador por sus fuertes movimientos, con un falo
envidiable de magnitudes titánicas que hace olvidar el mundo a cualquier
hembra, mostrándole los alcances místicos de un verdadero orgasmo. Ella, es una
diosa erótica, de ojos felinos y labios carnosos, con sus portentosas piernas
terminadas en un pronunciado trasero en forma de corazón, despierta el deseo
lujurioso a cualquier hombre, llámese de cualquier modo. Su vida es idílica, no
para de gozar cada instante bebiendo a
grandes cantidades el mayor elixir mortal; por su sangre corre más placer que
sangre.
Hubiese querido nunca parar;
pero un cambio le trastornó la vida. Todo sucedió una noche de miércoles:
Estaba a punto de dormir, cuando sintió su brazo derecho tocarle suavemente las
nalgas; era Julián que buscaba el calor de Adelaida; ésta no se hizo esperar y
con su brazo izquierdo fue directamente al sexo acariciándolo arriba y abajo.
Julián por su parte no aguantaba un minuto más fuera de ella y con su mano,
haciendo la mayor proeza elástica llevó el pene hasta el orificio y la penetró.
La noche se extendió hasta la madrugada, los espasmos no cesaban, la
pareja tuvo el mejor de todos los
encuentros.
Producto de éste, se concibió en
cinta. Ahora han cambiado la totalidad
de sus costumbres; no mantienen trato carnal con ninguno de sus variados
amantes, situación que les pareció incomoda los primeros días, pero fue
curándose con la idealización del pequeño pronto a nacer. Padre y madre de la
criatura sostiene diálogos interminables sobre el posible nombre. Ella teje
pequeños zapatitos de lana viendo la televisión o practica sus cualidades en la
cocina. Él sale todo el día a trabajar en una construcción o lee revistas sobre
como explotar las aptitudes deportivas en los infantes.
Los nueve meses han pasado. Ha
decidido que no puede esperar más; ella se niega a ir a un hospital y él decide
asistirle el parto. En la cama asume la posición adecuada e inicia la sucesión
de pujos. Abre las piernas hasta generar dolor, con los brazos por el medio
empieza a jalar de la cabeza, siente que se desgarra pero sigue su trabajo
hasta arrancar de sus entrañas la pequeña criatura. La lleva ante sí y nota que
está violácea, se siente débil y su entrepierna no deja de sangrar, sabe que ha
muerto su pequeño y pronto también se irá. Ella lo abraza, él no
la deja en tal trance sintiendo disminuir sus energías. El amor es un vinculo
tan fuerte que sólo hay una muerte para ambos.
Noticia: Sabemos de un escritor,
residente en el centro de Angostura, que
tenía a su mujer despedazada y en congelación dentro de su nevera casera. Más
de tres semanas que se alimentaba de ella. Todo se hizo público gracias a las
investigaciones realizadas por un lector paranoico, el cual se obsesionó con la
última publicación del artista: “Depredación” argumentando que las magistrales
escenas caníbales sólo podían venir de un conocimiento empírico. El lector fue
puesto a disposición de las autoridades, para una próxima reclusión en un
centro psiquiátrico, por conspirar en contra de los métodos artísticos. Acto
seguido se realizó un evento para pedir
disculpas al escritor. La municipalidad le tiene preparado un banquete de
tiernas vírgenes.
Se ha encontrado un burro a las
afueras de la ciudad en condiciones precarias. Fue remitido al veterinario de
turno. Éste lo declaró caso insólito, pues aunque no llevaba herida alguna, los
signos vitales desde su ingreso fueron disminuyendo hasta terminar con su vida.
Benito Hinostroza, conserje del lugar, sostiene que el animal ha muerto de pena
moral, ya que los constantes suspiros no dejan duda alguna. A insistido con
vehemencia en cumplir la última voluntad del burro y enterrarlo en el
cementerio de la ciudad; pero las buenas autoridades han tenido la magnifica
idea de arrojar el cadáver al caño.