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Rodríguez Martínez, Miriam (MiR)

¡No toques esa cuerda!



¡NO TOQUES ESA CUERDA!


Todo el mundo sabía que Pedro era el más hábil trepando. De pequeñito se subía a los

árboles para coger frutas, luego escaló la torre de la iglesia para poder encontrar a su

mamá en el mercadito de la plaza. Ya de mayor empezó a subir montañas y rascacielos,

primero para contemplar la ciudad, luego para tocar las nubes.

Así que no era de extrañar que, cada vez que alguien tuviera algún problema

relacionado con la altura, le llamara a él pidiendo socorro:

’¡Pedro, Pedro, nuestra cometa se ha enganchado en aquel árbol!”

“¡Pedro, Pedro, necesitamos limpiar las vidrieras de la iglesia!"

-“¡Pedro, Pedro, que mi perro se ha subido al tejado!”

-“¡¿Cómo?! Tranquilo, ya voy, ya voy,…”

Lo que nadie sabía es que Pedro ya estaba cansado de todo aquello. El sentimiento aquel

que le movió a subirse a un árbol en su niñez, el mismo que hace unos meses le llevó a

subir el rascacielos más alto de la ciudad, se había esfumado dejando un vacío aterrador,

que crecía y crecía a medida que la gente le pedía favores.

Fue por este motivo que un día Pedro decidió comprarse las botas más pesadas que

existieran, aquellas que consiguieran sujetarlo con fuerza al suelo, y, a la madrugada

siguiente, partió sin decir nada a un pueblo donde nadie le conociera, ni supiera de su

habilidad.

Era un pueblecito acogedor y muy limpio. En el centro había una placita redonda desde

la cual partían todas las calles del pueblo.

Esta placita era el lugar preferido de reunión de sus habitantes, allí podías encontrar,

desde ancianitos charlando o jugando a la petanca, hasta niños saltando a comba y

haciendo trucos de magia.

En el centro de la plaza había como un pequeño huertito al que caía, desde el cielo, una

vieja cuerda. Pedro trató de alcanzar con la vista el lugar del que procedía, pero le fue

del todo imposible, la cuerda se perdía entre las nubes. Justo cuando se disponía a

tocarla, todo el mundo dejó sus ocupaciones para gritarle:

-”NOOO!”.

Nadie sabía de donde procedía la cuerda. Los habitantes del pueblo contaban que

siempre había estado allí, igual que el huerto, que nadie cuidaba y su estado siempre era

espectacular. Contaban que ninguno de ellos se atrevería ni tan siquiera a pisar el

huerto, cuando alguien osaba hacerlo, bien una taza, bien una sartén, caía del cielo

directo a su cocorota.

Pedro escuchaba con fascinación el misterio con el que la gente hablaba de la cuerda.

Casi todos conocían a alguien que había tenido una experiencia, ya la hubieran tocado

intencionada o inconscientemente, pero nada reciente, y algunos narraban con orgullo

como se habían desplomado sobre las lechugas tras interceptar una maceta en su cabeza.

Aquella noche fue del todo imposible pegar ojo. Pedro había alquilado una habitación

en el único hostal que había en el pueblo, la cama era muy blandita, la habitación olía a

jabón y las sábanas a limpio, pero la luz de la luna que se reflejaba en la cuerda entraba

por la ventana y no le dejaba dormir.

-“¿Qué habrá al otro lado de la cuerda? ¿Qué misterio esconderá el pequeño huerto?”-

Pedro no paraba de preguntárselo.

Y así pasaron los días siguientes: Pedro se levantaba y se iba a pasear por el pueblo, a

charlar con sus gentes y ver qué contaban de la cuerda. Resultaba curioso que entre los

más jóvenes apenas había alguien que hubiera tocado la cuerda en su vida, sin embargo,

casi todos los mayores tenían algún chichón de recuerdo.

Es por esto que Pedro decidió ir a desayunar aquella mañana a la “Casa del jubilado”,

lugar en el que, todo el mundo sabe, se reúnen los abuelitos del pueblo.

-“AaaAAyyYY… la cuerda! Mocito, más vale que te olvides de ella.”-le decían- “¡Esa

cuerda la agarra el diablo! Sí, sí,… te lo digo yo, que aún me dura el chichón del

sartenazo.”

-“¡Qué diablo ni qué ocho cuartos!- gritó una temblorosa voz desde el otro lado del

salón-“¡Viejos chochos, no sabéis de qué habláis!”

A todos les disgustó muchísimo la intervención de Fermín, menos a Pedro, que estaba

enormemente emocionado, pues parecía que por fin había encontrado a alguien que

podía contarle algo distinto sobre la cuerda.

Fermín era uno de los señores más mayores del pueblo. Iba en una silla de ruedas, pues

los temblores que le provocaban su avanzada edad apenas le permitían sujetar un vaso

en su mano y mucho menos mantenerse en pie. Su hija cuidaba de él, ella trabajaba de

camarera en la cafetería de los jubilados y todas las mañanas, igual que aquella, acababa

arrepintiéndose de haberse llevado a su padre al trabajo.

-“¡Papá, por favor, compórtate!”- le suplicaba con impaciencia.

-“¡Pero es que no dicen más que sandeces!”-le replicaba Fermín.

-“¡Uf! ¡Déjalos que digan lo que quieran!

-“que digan lo que quieran, que digan lo que quieran… -refunfuñaba Fermín- “¿Y TÚ

QUÉ LECHES QUIERES?”-dijo dirigiéndose a Pedro, que se había ido acercando poco

a poco a Fermín.

Se moría de ganas de preguntarle por la cuerda, pero el viejo parecía tener tan malas

pulgas que…

-“Hola señor, mi nombre es Pedro y hace poco que estoy en el pueblo. La gente me ha

contado lo que sucede con la cuerda de la plaza y parece que usted es el único que sabe

lo que pasa realmente”- de esto último Pedro no estaba tan seguro, pero pensó que quizá

de esta manera el viejo accedería de mayor grado a contarle lo que sabía.”

-“JE! Así que la cuerda, eh?”- Fermín sonrió y su tono de voz fue más agradable, la

estrategia de Pedro funcionó- “Mozo, detrás de esa cuerda no hay diablo alguno, si no la

Herminia! Mi Herminia…” –repitió con tristeza.

Herminia fue el primer amor de Fermín. Tenía una floristería justo donde se encuentra

ahora el huerto de la cuerda. Era muy buena cultivando flores y preparando ramos, pero,

según recordaba Fermín, su mayor mérito era escuchar a la gente. Todo el mundo iba a

contarle sus problemas y ella les ayudaba mucho, escuchándoles y dándoles consejo.

Pero un día Herminia desapareció sin dejar rastro y entonces fue cuando apareció la

cuerda.

-“¡Fue culpa mía que se fuera!”- decía Fermín con tristeza- “Le pedí perdón mil veces,

le pedí que volviera, HASTA QUE SE CASARA CONMIGO! Pero lo único que bajó

por la cuerda fueron sartenes, macetas y cazos”

Así que al final se cansó y conoció a Manuela, su difunta esposa.

Otra noche sin dormir. Esta vez no paraba de darle vueltas a la historia de Fermín. Su

hija le comentó discretamente, antes de salir de la “Casa del Jubilado”, que no hiciera

mucho caso de las historias de su padre, que sólo era un anciano enfermo que había

perdido a su esposa recientemente y que sus historias no eran más que un fruto de la

nostalgia.

Sin embargo, era la única persona en el pueblo que le había contado algo distinto sobre

el tema y de todos es conocido que sólo los locos y los borrachos dicen la verdad.

Mientras Pedro le daba vueltas en su cabeza a estas palabras, notó cómo algo

interrumpía el haz de luz que reflejaba la cuerda. Fue sólo un segundo, pero fue

suficiente para que, de un respingo, se pegara a la ventana para ver qué sucedía.

Una figura se recortaba en la noche y aprovechaba la luz de la luna, para recoger las

verduras del huerto y trabajarlo.

No le cabía la menor duda, esa persona era lo que se escondía tras el misterio de la

cuerda y estaba dispuesto a llegar hasta el fondo de aquella historia.

De este modo, Pedro olvidó las pesadas botas a un lado de la cama y salió al encuentro

del extraño amo del huerto.

Pedro se movía con todo el sigilo que su curiosidad le permitía, escondiéndose tras

columpios y setos. Conforme se iba acercando, iba conociendo más datos del misterioso

dueño de la cuerda. No era muy alto, ni tampoco corpulento, pero, con la habilidad de

un ninja, recogía las coles del suelo y las lanzaba a un canasto que llevaba colgado a sus

espaldas. Pedro esperó a estar lo suficientemente cerca, para lanzarse con rapidez sobre

él y atraparlo.-“¡YA ERES MI…AAARG!”- antes de que pudiera acabar la frase, notó

que algo gruñía a sus pies y le clavaba los dientes en su pierna. Pedro soltó a su presa

con rapidez, para sujetar su pierna herida, como si temiera que algo vital se le fuera a

escapar por la herida provocada por el mordisco.

-¡Vamos Centella!- Pedro pudo ver como el animal saltaba de manera extraña al cesto

con las coles y, acto seguido, su amo empezó a trepar con ligereza cuerda arriba.

“De eso nada”- pensó Pedro- “no te me vas a escapar de esta manera”- y agarró con

firmeza la cuerda para ir en su persecución.

Llevaban un rato trepando y aquel individuo no reducía su marcha ni un segundo, claro

que Pedro tampoco, -“Ahora estás en mi medio, no me ganarás en esto”- pensaba sin

acordarse en absoluto de los motivos que le habían llevado a aquel pueblo. De pronto, el

extraño se detuvo- “Je, ya te cansaste, eh?”- pensó Pedro y aceleró la marcha, pero, un

segundo después, el extraño liberó la cuerda y calló con rapidez. A Pedro no le dio

tiempo ni de sorprenderse, pues en cuanto el perseguido estuvo a su altura, le soltó tal

sartenazo que Pedro salió disparado hacia el suelo como cohete sideral.

Qué estúpido se sintió cuando por la mañana despertó entre las coles rodeado por los

vecinos del pueblo. Resulta que, en lugar de detenerse a descansar como él pensaba, el

tipo de la cuerda lo que había estado haciendo era colocarse un arnés, como los que

usan para hacer puenting, de manera que pudo aprovechar la caía para coger impulso y

subir a la zona donde acababa la cuerda, y, ya de paso, quitarse de en medio a Pedro.

Los vecinos estaban muy asustados y preocupados por Pedro, hacía mucho que no

sucedía ninguna desgracia relacionada con el huerto y la cuerda. Sin embargo, a pesar

de que todos le estaban bombardeando a preguntas, para él lo único que existía en ese

momento a su alrededor era aquella maldita cuerda.

-“¡NI HABLAR!”- gritó- y de un brinco volvió a agarrarse a la cuerda para emprender

la marcha hacia arriba.

Todos los allí presentes empezaron a correr despavoridos, al tiempo que Pedro trepaba

con ahínco. Pronto empezaron a caer sartenes, macetas, cazos, coles, tomates, etc. Pedro

las esquivaba con tal destreza que no reducía el ritmo de su ascenso ni un

microsegundo.

Al cabo de una hora Pedro pudo divisar el final de la cuerda, fue entonces cuando la

lluvia de objetos cesó. No podía dar crédito a sus ojos, resulta que la cuerda llegaba a la

entrada de una floristería, al parecer, Fermín estaba en lo cierto y allí sentada, sartén en

mano, le esperaba una abuelita de pequeña estatura. Su pelo rojo y rizado, salpicado por

numerosas canas, se dejaba ver bajo un gorro de lana, vestía ropa deportiva y gafas de

sol.

-“¡Sí que has tardado, mozalbete cabezota!”- decía mientras reía y le arreaba un

sartenazo en la cabeza a Pedro.

-“¡Ya está bien señora! ¡Menuda la tiene armada, todos los habitantes de ese pueblo

están aterrorizados por su culpa!”

A su lado, un perrito gruñía amenazante. Debía de tener las patitas de atrás rotas, pues

caminaba gracias a una especie de silla de ruedas que se sujetaba a su cuerpo con un

arnés.

-“JE, JE, JE, JE, JE,…pues, como ves, ni con esas consigo que me dejen en paz!- decía

mientras le dedicaba una intensa mirada- ¡De todos modos, bien apañado les está,

créeme mocito!

Anda, pasa debes estar agotado, te daré algo qué comer y beber”

-“¡Gracias señora!- Pedro recibió con entusiasmo la invitación.

-“¡Uf! Deja ya de llamarme “señora”, me haces aún más mayor. Mi nombre es

Herminia.

Herminia vivía en una casita preciosa, se notaba que años atrás había sido una

floristería, las flores salían por doquier. Se mantenía flotando en el cielo gracias a un

globo, como los que usan en los zeppelines, que se encontraba enganchado a la

chimenea de la casa, que también contribuía a abastecer de aire caliente al globo.

Herminia lo había construido a base de coser diferentes prendas de ropa, que luego

había impermeabilizado y endurecido a base de colas y gelatinas.

Le contaba con orgullo cómo se las había ingeniado para crear un sistema de recogida

de agua de lluvia para tener agua corriente, cómo no necesitaba electricidad porque allí

la luz de la luna era muy intensa y todos los días eran soleados. De todas las ventanas

colgaban grandes maceteros en los que cultivaba pequeñas hortalizas: zanahorias,

habichuelas, tomates, etc. A veces dejaba un pequeño globo sujeto a la cuerda y se

dejaba guiar por el viento (elemento que conocía muy bien) para “cambiar de aires”.

-“¡Pero Herminia, estás muy sola aquí arriba!”

-“¡Aaaayy… mocito! El problema no es estar sólo, si no el sentirse sólo y créeme

cuando te digo que resulta muuucho más difícil y duro cuando te encuentras rodeado de

gente. Y eso es algo que, allá abajo, me dejaron ver con mucha claridad”

Herminia se mudó a este pueblecito cuando era joven. Había dejado su pueblo natal y su

familia, para formar lo que ella llamaba “su propia vida”. Lo único que conservaba de

su vida pasada era a Centella, un cachorrito juguetón, que corría alrededor de Herminia

a cada paso que daba.

Le encantaba aquél lugar, tan luminoso, tan cálido y feliz. Compró la floristería de la

plaza y trató de congeniar con los vecinos, pero le resultaba muy difícil: sus habitantes

no eran muy dados a abrirse a los extranjeros.

Una mañana, cuando Herminia estaba abriendo su establecimiento, vio a una chica muy

triste sentada en el banco que se encontraba al lado de la floristería.

-“Buenos días, ¿va todo bien?”- dijo Herminia dulcemente.

La chica la miró con desconfianza, sus ojos estaban hinchados de tanto llorar, pero

finalmente se derrumbó ante la sonrisa comprensiva de Herminia y le contó lo que le

sucedía. La escuchó pacientemente durante horas y finalmente le comentó lo que ella

haría si se encontrara en su situación. La chica quedó encantada con los consejos de

Herminia y se convirtió en una clienta habitual de la floristería. Cada vez que tenía

algún problema se acercaba a comprar gladiolos y mientras le contaba a Herminia sus

preocupaciones.

Pronto se corrió la voz, algunos compraban tulipanes, otros margaritas, los había

que preferían los lirios, pero todos acababan contándole sus problemas a Herminia. Ella

no sabía muy bien qué opinar acerca de algunos de estos problemas, pues eran

situaciones muy delicadas y concretas, situaciones que ella jamás se había planteado,

pero sus clientes quedaban igualmente complacidos, muchos sólo necesitaban ser

escuchados.

De este modo la floristería se convirtió en uno de los lugares más concurridos del

pueblo y Herminia se sentía muy feliz cuando todo el mundo la saludaba al pasar.

Así conoció a Fermín, trabajaba junto a su padre, eran pintores, de esos que llaman “de

brocha gorda”. No sabía qué hacer con su vida, sentía que estaba siguiendo los pasos de

otro, es por eso que Herminia enseguida se fijó en él, pues ella sabía muy bien lo que se

sentía cuando se tiene la necesidad de tener una vida propia.

Supo captar la fascinación que Fermín sentía por los colores, así que le preparaba

grandes ramos con gran variedad de flores y le animaba a que tratara de copiarlas en la

pared de su floristería. De este modo, Fermín no sólo encontró su camino, sino también

a su musa.

Y así transcurrían sus días:

-“¡Herminia, estoy harta de mi vecina! ¡Tiende la ropa sobre mi ventana y me moja las

tartas cuando las saco a enfriar!”

-“¡Herminia, ni te imaginas lo que me ha pedido mi jefe que hiciera hoy!”

-“¡Jo, Hermi, es superfuerte tía, pues no coge mi cari y me regala una caja de bombones

por San Valentín! ¡Y encima hoy llega la Vane presumiendo de reloj de Tous,

superfuerte tía, superfuerte!

Y Herminia se encontraba muy cansada, pero no se lo podía contar a nadie porque se

suponía que era ella la que debía escuchar.-”Luego me dicen que parezco majareta

cuando te hablo Centella ¡Si tú siempre me escuchas!”- le decía a su perrito.

Desgraciadamente no era así, Centella escuchaba a su dueña siempre y cuando no

estuviera cerca el gatito de la verdulera. Cuando Tapón aparecía por delante de la

floristería Centella echaba a correr como tal tras el felino, haciendo caso omiso de las

llamadas de desesperación de su dueña. Así que en una de sus persecuciones, Centella

salió a la carretera y fue atropellada por un coche.

Herminia estaba muy triste. Centella estaba muy malita, los veterinarios le habían dicho

que si conseguía recuperarse no podría volver a andar.

Los días siguientes Herminia decidió cerrar la floristería, pues la gente, en lugar de ir a

preguntar cómo se encontraba, seguía yendo a contarle sus problemas.- “¡Ya ves, si sólo

es un perro!“- la gente no comprendía que para ella aquel perro había sido, durante

bastante tiempo, su única familia.

Herminia empezó a sentirse muy enfadada por la actitud de aquellos que había

considerado sus amigos.-“¡Menos mal que tengo a Fermín!”- pensó, había quedado en

que se pasaría por la floristería una vez hubiera hablado con su padre. Quería montar su

propio negocio y dedicarse a pintar murales en los comercios, tiendas y fachadas del

pueblo. Todo le había ido como ruedas a Fermín aquel día, así que cuando llegó a la

floristería aquella tarde estaba eufórico:

-“¡Vamos Herminia, hay que celebrarlo! ¡Salgamos a cenar y luego te llevaré a bailar!”

-“¡Fermín, sabes que no puedo dejar a Centella solita!

-“¡OH, VAMOS, SI SÓLO ES UN PERRO!”- no podría haber escogido una frase más

desafortunada. Lo siguiente que pudo recordar Fermín era el dolor de la patada que

Herminia le había dado en el trasero al echarlo de la floristería.

Los días que siguieron a la recuperación de Centella, Herminia permaneció recluida en

la floristería, hasta que un día el establecimiento entero desapareció sin más y, en su

lugar, quedó un huertito y una cuerda que caía del cielo.

-“¡Así que no quiero saber nada de esa panda de sanguijuelas! Yo podía comprender

todas sus preocupaciones, por tontas y absurdas que resultaran, sin embargo, ellos no

fueron capaces de escucharme cuando lo estaba pasando mal… ni siquiera los más

cercanos…”

-“Pero Herminia, no podemos huir sin más cuando las cosas no resultan como

esperamos…”- Pedro se detuvo al escuchar sus propias palabras y miró a su alrededor:

con las nubes a sus pies y el sol calentándole las orejas, volvió a sentirse estúpido, como

cuando se despertó entre las coles.

-“¡JAJAJAJA…!”-reía Pedro- “¡Debería escuchar más a menudo mis propias palabras!”

Fue entonces cuando le contó a Herminia, que le miraba con extrañeza, cómo sus

pesadas botas le habían llevado a aquél pueblo y cómo había rastreado su historia hasta

llegar allá.

Les hizo gracia cómo un mismo sentimiento a ella le había llevado a las nubes y a él a

anclarse al suelo. Así que hicieron un trato, él ayudaría a Herminia a bajar de las nubes,

enseñándole a volver a confiar en la gente y, a cambio, ella le enseñaría a volver a

disfrutar de las alturas.

De este modo surgió “La casa flotante de Herminia” espectáculo ambulante que viaja

por todo el mundo, llenando de flores ciudades y pueblos sea cual sea la época del año.

Estate atento por si cae una flor del cielo, nunca pasan dos veces por el mismo lugar…

bueno, se dice que vuelven de vez en cuando a un pueblecito, uno cuyas calles dan a

una misma plaza que tiene en su centro un pequeño huerto al que baja una cuerda del

cielo.

FIN

MIR

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