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Veron, Atilio Alberto (Alberto Marino)

Asfixia

                   

ASFIXIA              Seudónimo ALBERTO MARINO

A la una de la madrugada me despierta el teléfono. Es Julia. Sin demasiados rodeos me dice que a Mamá le dio otro ataque de asma. – “No puedo más. Necesito que vengas enseguida”.- Agrega. Aunque no lo diga sé que mi hermana está exigiendo mi presencia. Que me haga cargo. Me recuerda que es domingo y que la enfermera de la noche tiene franco. Termina advirtiéndome: – “No tardes. Dejé a Martincito solo.”

Cuelgo el teléfono. María duerme. La observo, acurrucada, de espaldas a mí, casi al borde de la cama, como si hubiera buscado una postura para evitar todo contacto conmigo durante el sueño. Un brazo le cuelga fuera. Balbucea algo incoherente, chasquea la lengua fastidiada y se mueve, inquieta, pero no se despierta. Se ha convertido en adicta al Lexotanil. Hay noches en que los cinco miligramos no le alcanzan.

Mientras me visto me acerco y la vuelvo a observar. Descubro surcos resecos de lágrimas en su cara. La cubro y le acaricio la frente. Antes de irme le dejo una nota sobre su mesa de luz.

Salgo a la calle. Llueve. Las escobillas del limpiaparabrisas rechinan sobre el vidrio. Enciendo un cigarrillo y giro el dial de la radio. Cruzo la ciudad sin atender la música, perdiéndome en la maraña de pensamientos que se me cruzan. Más que pensamientos son flashes, imágenes entreveradas que se me presentan y desaparecen con la misma velocidad.

Me detengo frente al semáforo de una esquina poco iluminada. Vigilo por el espejo retrovisor y hacia los costados. No veo otros autos en la calle. La luz del semáforo sigue en rojo. Me aseguro de que las puertas estén trabadas. Coloco primera y con el pie en el acelerador espero que cambie.

En el umbral de un bar cerrado, bajo el techo de la marquesina con las luces apagadas veo a dos muchachos sentados. Toman cerveza de la botella. El más alto se levanta con dificultad. Me hace señas. No sé que quiere decirme, tampoco me importa. Tambalea. Comienza a caminar hacia el auto. Cuando pone un pie en el asfalto acelero a fondo y cruzo con luz roja. Miro por el espejo retrovisor. Lo veo en medio de la calle agitando los brazos hasta que su silueta se desvanece en la lluvia.  

Llego a lo de mi madre. Apago el motor y me quedo mirando la fachada de la casa. Las ramas desnudas del plátano proyectan su sombra sobre el frente como huesos de una mano siniestra. Hay luz en el living.

Apenas piso la vereda me preparo mentalmente para soportar las recriminaciones de mi hermana, como si mi situación económica le molestara, como si yo fuera responsable de la suya o de que Mamá, desde que enviudó, se haya recluido en la casa y ella se viera obligada a cuidarla.

Julia murmura algo parecido a “Qué hacés” y me saluda con un abrazo leve, casi forzado. Vamos hasta la cocina. Mientras calienta el café me informa que ya le ha dado a Mamá su medicación y que ahora duerme. Se queda en silencio. Saca un cigarrillo, se lo coloca en los labios, pero se arrepiente y lo guarda en el atado. Me sirve el café. Después va hasta el teléfono y pide un taxi. Vuelve a sentarse y tamborilea con las uñas sobre la fórmica de la mesa. Consulta la hora. Chasquea la lengua y me  mira, como si esperara algún comentario. Nos quedamos enfrentados, sin hablar. Solo se escucha el zumbido de la heladera y el ruido de la lluvia.

Sé lo que piensa, lo que seguramente quiere reprocharme pero calla. Comprendo que esté cansada de saltar de la cama con el corazón en la boca cada vez que suena el teléfono, de tener que salir corriendo en medio de la noche. Que a veces tenga que caminar veinte cuadras porque no tiene plata para un taxi y que deba dejar solo Martincito porque su marido está de viaje por el interior tratando de vender artículos de bazar con poca fortuna. Pero ¿Qué puedo hacer?

Suena el timbre de calle. Los destellos amarillos del taxi se filtran a través del vidrio de la puerta de entrada. Acompaño a Julia hasta la puerta. Nos despedimos con un beso apresurado. Cuando el taxi arranca me mira por la ventanilla. Hace el ademán de un saludo pero se queda con la mano a medio camino.

Miro las ramas desnudas del árbol.

¿Qué habrá querido significar el gesto de esa mano?  

Subo al dormitorio. Mamá está recostada de lado, con la cabeza apoyada sobre tres almohadones apilados. Parece dormida. Tiene puesto un camisón rosado y un pañuelo de seda en el cuello. La débil luz del velador, cubierto por una servilleta, palidece las formas del nebulizador y de los estuches de medicamentos desparramados sobre la mesa de luz. 

Me quedo apoyado en el vano de la puerta y la contemplo. Trato de recordarla sirviendo la mesa grande de los domingos. La familia reunida. El alboroto de los chicos. Cosas del pasado. Ella me presiente, o tal vez me estaba observando con los ojos entrecerrados pues se incorpora a medias y me indica por señas que me acerque.

Tengo que conseguir una enfermera que cubra los fines de semana.

Salvo los ataques de asma, la salud de Mamá es bastante buena para sus ochenta y cinco años. Pero ha decidido enclaustrarse en la casa. No sale ni para hacer las compras. Mi hermana también se ocupa de eso. Yo me encargo de los gastos. La obra social, la muchacha de la limpieza, la enfermera de la noche y  los impuestos. Cosas como ésas.

“Ya sé que vengo poco”, estoy por decirle, anticipándome a su reclamo. Pero me callo. Cada vez que pretendo iniciar una conversación Mamá me agobia con la cantinela de sus quejas. ¿Seré así de viejo? Me asfixia el olor a medicamentos, el silencio de esta casa.

Espero que termine de lamentarse y le pregunto cómo se siente. La abrazo, le acaricio la cabeza y le digo algunas mentiras sobre proyectos que nunca realizaré. Ella cree que soy un tipo exitoso. Que mi matrimonio todavía marcha bien.

Me quedo en silencio junto a ella. Después de unos minutos busco una excusa para bajar a la sala. Sentado en el sofá, junto a la mesita del teléfono, me quedo mirando el aparato. 

Si fuera de tarde, a la hora en que el marido no está, llamaría a Diana. Nuestras conversaciones son breves. Casi en clave. “A las seis, donde siempre.” A veces rebotan en mi cabeza sus habituales lamentos, cada vez que terminamos de hacer el amor. Su matrimonio deshecho, esa convivencia patética, sin sueños. ¿Qué proyectos puede imaginar con ese tipo? ¿Y conmigo? Alguna vez dijo algo de largarse. Creo que esperaba que la alentara. O que le propusiera irnos a vivir juntos. No hice comentarios.

Doy vueltas por la sala. Me acuerdo de unas fotos de la secundaria que Mamá guardaba en una caja y voy hasta el placard. Apenas abro la puerta algo me empuja a cerrarla.

Me acerco al sillón de mimbre donde me sentaba de niño para sostenerle a mamá las madejas de lana que ovillaba. Trato de recordarme cuando pensaba cómo me sería de grande, dueño de ir y venir a mi antojo. Alcanzo a ver al chico, lo reconozco. Pelo engominado, pantalones cortos. Lo veo como si fuera otro, no puedo meterme en su piel. Estoy tentado de sentarme en el sillón de Mamá para imaginarme cómo seré de viejo, pero me da miedo.

Después un rato vuelvo a subir. Mamá está despierta. Me mira con sus ojos cansados, lacrimosos. Me acerco. Sentado en el borde de la cama le tomo la mano y la retengo unos minutos hasta que una comezón en el cuerpo me obliga a levantarme.

Me siento miserable. Cobarde.

A María nunca le planteé la idea de traerla a vivir a casa, con nosotros. Es iniciar una nueva pelea y ya no tengo ganas de pelear con nadie. De todos modos, creo que hice bien. La situación se volvería más tensa y seguro que María aprovecharía para desquitarse con ella. Me resisto a depositarla en un geriátrico, aunque tengo miedo que un día no resista más sentirse tan vieja y enferma y decida morirse.

Sin embargo no hago nada.

Acompaño a Mamá hasta que se duerme. Escucho el silbido de sus fuelles. Cada tanto ronca. Entonces le doy unos toquecitos en el brazo y el ronquido cesa. Me acerco al ventanal. Apoyo la cabeza contra el vidrio y me quedo mirando la lluvia. 

Regreso a la sala. Enciendo la televisión. Apunto el control remoto a la pantalla. Las imágenes pasan velozmente. Apago la tele y vuelvo al dormitorio.

No voy a poder dormir. Debo vigilar a Mamá.

Son casi las tres de la madrugada. Reviso el celular. Ningún mensaje. Necesito hablar con alguien. ¿Con quién?

Apago el teléfono.         

Uñitas pintadas



Nunca llegué a entender bien por qué, cada vez que se me ocurría hacerle un comentario o deslizar una insinuación que apuntara a la misma idea – instalar un quiosco - la cara de Mané se transformaba.

En realidad el cambio no se producía de repente, ni ocurría inmediatamente después de escucharme (o mientras yo hablaba, pues dudo que alguna vez me haya prestado atención) sino que el proceso - un ciclo gradual y continuo- en tanto le crispaba los nervios, transformaba su cuerpo, su rostro especialmente, y los cambios se iban produciendo en secuencias ordenadas, casi previsibles, como en capítulos.

Apenas yo balbuceaba las primeras palabras, tanteando el terreno, aunque de antemano sabía todo lo que iba a suceder, la metamorfosis empezaba a manifestarse en su cara. Primero eran las cejas, que se estiraban hacia arriba como queriendo colgársele del flequillo. Luego sus pestañas arqueadas parpadeaban aceleradamente hasta que, de pronto, se quedaban inmóviles, como sujetas por un hilo invisible, dejándome ver la enormidad de sus ojos negros. Y cuando esos ojos desatendían malhumorados el vaivén del pincelito del esmalte, que se abría en abanico para pintar sus uñas de malvada de dibujo animado, y me fulminaban con la mirada, como taladrándome, yo me arrepentía de no haber escogido las palabras o el momento adecuado y maldiciéndome mil veces para mis adentros, aunque tardíamente, pensaba: “Por qué no me habré callado la boca”. En esos momentos, a medida que yo me achicaba (No crea que es una metáfora. Realmente experimentaba esa sensación) su figura se agigantaba en forma inversamente proporcional y sus labios carnosos, siempre húmedos de rouge, comenzaban a moverse. Justo en el momento en que unos surcos de “¿Qué estás diciendo?” le arrugaban la frente, y sus pechos abandonaban el letargo para subir y bajar aprisa (y no precisamente porque la excitara sexualmente, pues hacía tiempo que mis esporádicos desencuentros carnales con ella se asemejaban más a la violación de un cadáver), en ese preciso momento, suspiraba fastidiada y, revoleando los ojos, en un gesto seguramente estudiado de alguna telenovela venezolana, me descerrajaba, sin anestesia: “¿Por qué no dejás de hablar pavadas y conseguís trabajo?”                                                                                                                                            

Siempre que llegábamos a ese punto, que parecía el preludio indispensable, el juego erótico que ella necesitaba para alcanzar su orgasmo de aborrecimiento, yo sentía el ardor de su mirada de basilisco que me perforaba y adivinaba en el temblor de sus labios las palabras prontas a descargarse sobre mí para  culparme por la tozudez de sus incipientes arrugas que resistían tercamente las máscaras de barro, tortillas de lechuga y demás ridículos emplastos, a hacerme sentir el tipo más infeliz y cornudo del planeta (ahora pienso que deliberadamente quería que yo me sintiera así, tal vez con la esperanza de que, hastiado, me mandara a mudar), hasta que alcanzado el clímax del rencor, suspiraba satisfecha, se relajaba y volvía, como si tal cosa, al perifollo.

Entonces, cuando la veía así, entregada a sí misma, ignorándome más que al televisor apagado, mi mente comenzaba a dibujar el recorrido sinuoso de mis manos, alzándose, estirándose como chicle para trepar hasta su cuello y atenazarlo, y mientras su lengua iba virando a morado, como un badajo enloquecido en la oscuridad de su garganta, imaginaba a su cuerpo sacudirse, convulsionado como por una descarga eléctrica o un ataque epiléptico, y a sus brazos agitarse en manotazos histéricos hasta volcar el frasquito del esmalte que pintaría una enorme rosa escarlata sobre este mantel.

La cosa comenzó el verano pasado. Es gracioso: uno siempre trata de encontrar una señal, una fecha en el calendario, algo que justifique o haya preanunciado el principio del caos; Como si lo imprevisible fuera consecuencia de caprichos aleatorios, porque sí, porque tenía que suceder, sin darnos cuenta que en realidad ese hito es apenas un paliativo que nos regala el Destino para que no nos atormentemos pensando cómo sobrevivimos hasta ahí, bajo qué manto hipócrita o de estúpido conformismo ocultamos la verdadera cara del monstruo. Un punto más en la recta infinita de los desencuentros. Un número del bingo que el azar sacó del bolillero ese día.

Ese domingo de febrero, para ser más exactos el 13 de febrero, estábamos alargando una tediosa (para mí) sobremesa con Andrés y Marita, sus antiguos amigos de Filosofía. Habían regresado de México después de unos años de destierro voluntario, convenientemente aprovechado para teñir de heroísmo su intempestiva huida obligada por acreedores impacientes. Fue cuando las tarjetas de crédito, que desvergonzadamente él exhibía como una colección al sacar la billetera, comenzaron a ser rechazadas, y la avalancha de cartas intimatorias de abogados y estudios jurídicos amenazaba taponar el buzón del edificio. Los sobres, apilados en fajos prolijamente sujetos por una bandita de goma, eran entregados por el venal portero con circunspección de mayordomo (aunque el servidor no se movía de la puerta del departamento hasta que recibía su recompensa). Entonces decidieron exiliarse.                                          

La conversación había llegado a ese punto de saturación en que uno no sabe qué decir y empieza a mirar hacia el techo, a recorrer mentalmente los titulares de los noticieros o el nombre de los últimos estrenos cinematográficos, tratando de encontrar un comentario que justifique la quiebra del silencio justo cuando se vuelve insostenible. El instante preciso en que comienzan a amplificarse la multitud de sonidos que habitan los silencios y el ruido, normalmente inaudible, del motor de la heladera va empastando el ambiente asociándose al zumbido cargoso de un mosquito, también aburrido.

Justo en ese momento al fulano se le ocurre preguntarme:

-  Y Marcelo ¿seguís en la Empresa?

Inútiles resultaron mis esfuerzos por explicarles la situación, procurando compungirlos un poquito, esperando que un “¡Qué mala leche viejo!” les brotara de los labios, aunque fuera por compasión, para amortiguar el fuego que los ojos de Mané despedían, chamuscándome. A medida que el relato se volvía hermético (confuso, diría, habida cuenta de los parpadeos acelerados y los ceños fruncidos de los visitantes que se miraban sin comprender de qué diablos estaba hablando), y yo empezaba a darme cuenta, la embarraba todavía más. Mi mente se debatía tratando de encontrar desesperadamente un argumento que pudiera explicar lo inexplicable, que me permitiera evadir la realidad, cubriendo con una pátina estúpidamente heroica (¿de qué otra manera calificarlo?) mi incomprensible rechazo al ascenso como Jefe de Contaduría y los tres mil pesos de sueldo con que la Empresa pretendía seducirme.

- Lo que está funcionando bien ahora son los mega-quioscos. – Lancé el comentario con la suficiencia de quien conoce el terreno, esperando que Andrés o Marita me dieran calce para persistir en el parloteo y ganar algo de tiempo. Debía obligar a mi mente a que me siguiera dando letra para convencerlos de que ni el cargo ni la plata compensarían abandonar la obsesión que se me había hecho carne: huir de ese laberinto de biblioratos y carpetas, máquinas de sumar y rollos de papel abarrotados de cifras inútiles, de números que como un enjambre de abejas me seguían por la calle, en el subte, sobrevolándome, que se metían en mi cama y me horadaban el cráneo hasta enloquecer. Que entonces me refugiaba en los quiméricos proyectos de independencia para soportar el despiadado insomnio, que se tornaba aún más patético cuando la veía a Mané, a mi lado, soñando, contorneándose sensual en medio de susurros y fantasías eróticas en las que, sin duda, yo estaba ausente. (Esto, obviamente, ni lo mencioné).

- La semana pasada vi uno en la esquina de Medrano y Rivadavia, pero… ¿Cómo explicarles que me habían estafado? En verdad, jamás hubiera podido comentarles ese asunto porque apenas vislumbraba a Mané agazapada, esperando ese momento para descargar con delicada insidia “Yo se lo dije; ese tipo no me gustó nunca”, me tragaba las palabras. Cómo decirles que toda mi fe la hizo pedazos ese amigo de la infancia que se me presentó un día, como caído de Marte, y emocionado, después de abrazarme, me confió que había soñado con alguien muy querido que, sin embargo, no lograba reconocer; que para desentrañar el misterio acudió a una pitonisa del tarot; que las cartas le hablaron de un reencuentro; que entonces me le aparecí, con mis frescos diecisiete años, como cuando volvíamos de bailar, en las madrugadas, caminando por las solitarias calles de Barracas, y nos sentábamos en un cordón a fumar y hablar de mujeres, y la seguíamos en casa, entre mate y mate, mientras él me seducía con sus alocados proyectos, dibujando con su prosa el decorado, la disposición de las mesas y la marquesina del restaurante que instalaríamos en San Telmo. “Acordate: Ese barrio en unos años se va a convertir en Pigalle”, decía, mientras los ojitos le brillaban y se deleitaba con su poder de imaginación, y yo me quedaba mirándolo, hipnotizado, con mi gran cara de boludo atómico, balbuceando “¿Pero de veras, che?”. Entonces él le aflojaba piola al barrilete y yo me iba volando, colgado de la cola de trapo, y amanecíamos dormidos sobre el piso, con la ropa puesta, la radio prendida y el calentador milagrosamente sin explotar.

- …no me convence demasiado. No sé. Mañana veo otro. Esa zona está… – Mientras una mitad de mi cerebro se esforzaba por entretenerlos, la otra recordaba cómo había tenido que sepultar amargamente mis ilusiones cuando después de pasar por la pensión donde se alojaba este amigo (de alguna manera tengo que llamarlo) y le di los quince mil pesos del anticipo para la compra del local que materializaría aquellas quimeras juveniles, según le aseguró la adivina, me dijo emocionado, quedamos en encontrarnos, nuevamente, a las cuatro de la tarde en un bar de Diagonal y Libertad. Ansioso, desbordante, llegué temprano. A eso de las seis, harto de esperar, después de media docena de cafés y un atado de Particulares, decidí irme hasta la pensión. Pero mi amigo se había esfumado. Me quede mirando las paredes del cuarto vacío con sus promesas estentóreas retumbando en mi cabeza, convincentes, entreveradas con los lamentos del dueño del hotel que no paraba de putearlo de arriba abajo. Temiendo enfrentarme con la verdad, pero inevitablemente arrastrado a su encuentro, tomé un taxi y fui hasta el local. El ajetreo de mamelucos, escaleras y golpes de martillo evidenciaba, brutalmente, la inauguración próxima de una sedería.

- … atestada de quioscos.-     Traté de justificarme, aunque no hacía falta; ya no me escuchaban. En realidad yo tampoco me escuchaba porque mientras las palabras salían de mi boca sin que mi voluntad las empujara yo continuaba recordando, patente, como me había quedado frente a la vidriera ciega del local hasta que se hizo de noche; Y me seguí viendo, parado ahí, buscando una respuesta en las hojas de diarios viejos que cubrían los vidrios, en el cartel luminoso, en la cara de los obreros que ya empezaban a mirarme con recelo, hasta que como un autómata empecé a caminar sin rumbo y vagué durante casi una semana.

Mané, antes de denunciar mi desaparición, se la pasó recorriendo comisarías y hospitales (Esto, recuerdo, me lo dijo con lágrimas en los ojos). Entonces, un jueves, cuando ya amanecía, después de peregrinar por burdeles inmundos, desperté borracho tendido sobre un cantero de la Plaza San Martín.

No sé qué me decidió a volver aquí. Recuerdo que el portero me miró de reojo sin abandonar la regada de la vereda. Tal vez haya sido a causa de la fatiga, o la resaca que se negaba a abandonarme, que creí descubrir en su cara una mueca que se congeló a medio camino, como si estuviera a punto de decirme algo y se arrepintiera. El ascensor estaba detenido en el tercero. Penosamente, a los tumbos, subí los tres pisos por la escalera y maldiciendo cerré la puerta del ascensor. Hurgué inútilmente en los bolsillos del saco buscando la llave de casa, hasta que, contrariado, pues no quería despertar a Mané, toqué el timbre. Después de una espera interminable me pareció oír unos ruidos apresurados detrás de su voz entrecortada que me decía: “¿Marcelo? ¿Sos vos? ¡Ay, Gracias a Dios! Esperá un segundo. ¿Dónde puse el llavero? Ya voy, querido.” En tanto los ruidos se apagaban, la puerta se abría y Mané me abrazaba, ofreciéndome su cuerpo caliente, que temblaba debajo del deshabillé. Y yo, que no alcanzaba a ver más que el nacimiento de sus pechos desnudos, borracho y todo podía olerle la falta. Y ella que se pegaba a mi cuerpo alejándome del dormitorio, guiándome como a un ciego hacia la cocina, atendiéndome como nunca: “Te sirvo un café calentito. Te va a venir bien. ¡Mirá la cara que tenés! Contame, mi amor ¿Qué te pasó?”, mientras se erguía en puntillas para espiar por encima de mi hombro el casi imperceptible movimiento del picaporte y la puerta del departamento que lentamente se cerraba y contener, sobre el suspiro de alivio, la convulsión de espanto al escuchar el inoportuno mazazo del ascensor retumbando en el pasillo. Me desprendí de su abrazó y fui hasta el dormitorio. Sosteniéndome del marco de la puerta pude ver el desorden de la cama, la colcha por el piso y a Jesucristo, con su coronita de espinas, inclinado sobre la cabecera, haciendo equilibrio para no caerse del marco, mirándome como si quisiera decirme algo, él también, sin atreverse.

Andrés y Marita se movían inquietos como preparándose para irse. Mejor así, pensé, pues ya no tenía sentido contarles de las interminables e inútiles esperas en los sillones de la recepción de la Empresa, a la que volví mordiendo el orgullo, esperando vanamente que el resentido del Jefe de Personal me recibiera.

A partir de aquella tarde, después que la pareja se fue, la idea del quiosco me entró a perseguir como la salvación. Pero, cada vez que la mencionaba, Mané ponía esa mirada violeta de “¿Pero estás loco? Mirá si voy a vender el auto para quedarme en un par de meses sin auto y sin plata”. La misma que tenía esta mañana, mientras el sol coloreaba el departamento y el café bullía en el fuego, cuando me dijo: “Por qué no hablás con Martín, ¡pobre!, que la vez que desapareciste se quedó conmigo y me acompañó hasta la policía. Hace un rato llamó para ofrecernos algo de dinero y decirme que, si querés, lo vayas a ver, que alguna cosa se le va a ocurrir, porque Mart...”

Fue entonces, cuando se mordió los labios después de pronunciar el nombre, que me miró, por primera vez, con una mezcla de espanto y súplica, recorriendo mis ojos, buscando vanamente un resto de piedad, recelando de mis manos que subían hasta su cuello alargado y del cráter profundo de su boca emergía su lengua de dragón, ya sin fuego, cenicienta, mientras sus brazos se agitaban en manotazos histéricos, inútiles, espaciados hasta volcar el frasquito del esmalte sobre el mantel.¡Qué lástima, Inspector! Siempre imaginé que la mancha iba a formar una rosa.

Una flor en el basural



Hace largos minutos que Mario permanece frente a la máquina de escribir, con la vista clavada en la hoja de papel, lastimosamente blanca. A través de la ventana de la habitación se puede observar la calle adoquinada y solitaria, en cuyo centro, espera agazapado un bache traicionero. Cada tanto el sonido zumbón del ventilador o el murmullo de las ramas de los árboles mecidas por el viento, se quiebra por el estrépito de algún automóvil que se topa con el pozo. Mario desvía la mirada y la mantiene como colgada de un punto incierto del exterior. Nada sacude su imaginación ni alimenta sueños que no alcanza a soñar.

De pronto se anima y reincide en el tozudo golpeteo, esperando que las teclas formen palabras, que por sí solas se agrupen y adquieran sentido. Pero el milagro no se produce. La hoja se transforma en un bollo más de los esparcidos por el piso. Entonces decide irse hasta el café. Le apasiona la observación de ese submundo vulgar y mágico a la vez. Confía que allí encontrará material suficiente para una nueva historia.

Se levanta. Ensaya repetidos movimientos meneando la cabeza hacia uno y otro lado, como una tímida calistenia. Arquea el tronco hasta que siente el sonido de las vértebras que se reacomodan. Traga una aspirina y bebe agua de una botella hasta saciarse. Aguza el oído. En el baño el agua corre incesantemente desde el depósito hasta la taza del inodoro reproduciendo el mismo gorgoteo de hace un instante en su garganta. Chasquea la lengua, va hasta el baño y con un golpe seco acomoda el pulsador. Aguarda unos instantes. El ruido cesa. Entonces sale a la calle. Parado en el umbral contempla la alfombra de hojas de plátano que cubre la vereda. Enciende un cigarrillo. Se acerca al árbol. Al acariciar la rugosidad del tronco siente el latido de las venas de la tierra, percibe la presencia de un mundo sensible que corre por debajo, aunque muy lejos del suyo. Se acomoda el saco y comienza a caminar, sin prisa, para el lado del bar. Su sombra se quiebra sobre las paredes, lo sigue lentamente, como remedando su desidia.

………………………………………………………………

El golpeteo de las fichas de dominó brota a borbotones de las mesas, se eleva y se esparce dominando el alboroto que envuelve el lugar. La humareda, estancada como neblina, desdibuja las siluetas de los parroquianos.

Un  cono de luz amarilla se descuelga de la lámpara de aluminio para formar un círculo amplio y luminoso sobre el paño del billar, extendiendo una tenue claridad sobre el resto del rectángulo verde. Alrededor se ha agolpado un corro de curiosos que sigue atentamente el desarrollo del juego. Mario se abre paso procurando no distraer al billarista, que agazapado, medita el próximo tiro. Se dirige a un rincón del fondo donde se juega al tute.

Acodados sobre los bordes de la mesa redonda cuatro jugadores atienden el vuelo de las cartas que reparte un quinto. Un par de espectadores sentados alrededor de la mesa, detrás de los jugadores, observan la partida con cierta gravedad. Los naipes, apenas aterrizan sobre el tapete, son atrapados por los dedos ávidos de los timberos que con sorprendente rapidez los acomodan formando un abanico en la otra mano.

- Qué hacés, poeta.- Saluda uno del grupo, soslayándolo por encima de sus anteojos empecinados en vigilar las cartas. El saludo desordena la mesa. Aprovechando la confusión un jugador desliza el antebrazo y desliza hacia el borde de la mesa uno de los tantos anotados en su contra. El poroto cae y se pierde entre los puchos esparcidos por el piso. Los ojos de Mario se encuentran con los del pícaro que le sonríe con penoso disimulo encogiéndose de hombros. Un espectador le ofrece el asiento. Mario agradece el gesto, que se le antoja como una pequeña revancha frente a la ironía burlona del recibimiento, pero prefiere alejarse de ese grupo. Antes, se acerca a uno de los jugadores y le susurra algo al oído. Luego se acomoda en una mesa cercana al billar y pide un café.

Mario queda atrapado por los movimientos exageradamente lentos del billarista que continúa su tacada con la bola de punto. El hombre, encorvado sobre el paño, desliza repetidas veces el taco por el hueco que forman su pulgar e índice sobre el tapiz, encaramados en la base en abanico que forman los otros tres dedos, y lo detiene casi al llegar a la bola. Un cigarrillo cuelga de sus labios humeando volutas que perforan el cono amarillento. Cierra un párpado, como si se protegiera del humo o quizá para afinar la puntería, hasta que por fin se decide. La bola de punto sale disparada hacia la lisa. El impacto seco quiebra el rumoreo. El billarista, aún agazapado, sigue atento el recorrido, confiado, como sabiendo que la bola cumplirá el trayecto prefijado. Mario barrunta algo confuso. Sospecha que esa maniobra esconde una señal que no alcanza a descifrar.

La bola de punto desplaza a la lisa hacia una esquina y acaricia la banda lateral. Por un instante gira sobre sí misma, como un trompo, como si necesitara ese respiro para tomar impulso, deslizarse arrimada a la banda, y llevarse consigo a la roja, que dócilmente la acompaña. Luego, ambas se detienen, casi al mismo tiempo, cercanas, formando con la lisa un triángulo inmejorable para el próximo tiro. La carambola siguiente es, apenas, una formalidad. Un coro de exclamaciones y aplausos premian el excelente tiro. El adversario se suma al reconocimiento golpeando un par de veces la base de su taco contra el piso. El billarista que retiene la tacada aparenta estar ajeno. Se acerca al tanteador colgado sobre la pared, aparta un botón y lo desliza sobre el alambre para juntarlo con otros trece que anotará definitivamente al terminar la serie. Catorce carambolas no están nada mal, pero aún va perdiendo. Ahora, observa la nueva figura que las bolas han dibujado sobre el tapete. Comienza a caminar hacia un extremo de la mesa. Súbitamente se detiene. Ya ha vislumbrado la geométrica representación que las bolas dibujarán sobre el paño después de la descontada carambola. Entonces, se apresta a repetir el ritual.

Con un traje raído y corbata, algo grotesco frente a la informalidad chabacana del entorno, Juan Aranda, alias “Tanguito”, da unos toques a su peluca renegrida y sin abandonar el paso lento, casi ceremonioso, se acerca a la mesa de Mario.

- ¿Cómo andás, Nene?

- Aquí estoy… Escuchame Juan, tengo que hablarte. Haceme el favor... No, no, tranquilo, no es plata. Es que…- Mario se acerca con la intención de anticiparle algo pero su voz se pierde entre el alboroto. - Aquí no se puede hablar. ¿Tenés unos minutos? Es importante. - ¿Qué te pasa? ¿Andás en problemas?

- No, no. Vamos. Después te explico.- Resuelve saliendo a la calle.

Ya en la vereda hace señas a un taxi que se aproxima a marcha lenta. Suben y ordena: – A Parque Centenario.

Durante el viaje Mario trata de despejar la preocupación que vislumbra en la frente ceñuda de Tanguito. Baja la ventanilla. Una brisa fresca renueva el aire disminuyendo el tufo rancio de mugre disimulada con desodorante barato. Improvisa un comentario sobre la partida de tute y ambos ríen. 

Ahora el dúo recorre la vereda de circunvalación del parque. Un aerobista solitario pasa a su lado dejando una estela pestilente de ungüento y transpiración. Se alejan de la avenida. Atraviesan un sector donde el arbolado ralea hasta llegar al estanque. Arriba las nubes acorralan a la luna protegida por un anillo de vapor.

- Creo que hoy tenemos lluvia. - Acota Tanguito, intentando quebrar el silencio instalado en ese pedazo de noche donde sólo se escucha el taconeo de sus pasos sobre el pavimento de la senda.

De lejos llega el rumor apagado del tráfico que pasa por Díaz Vélez. Cruzan una plazoleta de césped descuidado. Un Citroën se balancea al compás del entusiasmo de una pareja que trajina en su interior. Mario registra, para una ficha: “Bosques de Palermo/ Parque Centenario. Relación: lagos/estanque - coches estacionados /desenfrenos sexuales.” La caminata silenciosa atraviesa charcos de luz y se interna en la penumbra del sendero. - Juancito. – Se anima, de pronto. ¿Te acordás de la vez que volvíamos del Círculo y nos quedamos charlando aquí hasta el amanecer? ¿Recordás lo que me dijiste? – Por entre la voz de Mario amenaza filtrarse una confesión.

- ¡Qué sé yo, Nene!, Digo tantas huevadas. ¿Por qué me lo preguntás? ¿Qué te está pasando?

Mario medita unos instantes. La inesperada ausencia del recuerdo lo obliga a reacomodar el escenario imaginado. Carraspea y se anima.

- Mirá, para qué andar con vueltas: estoy hecho mierda.

- ¡Ja…! Empezamos bien.

- Sí, sí... Ya sé que no es una revelación grandiosa, que por ahí lo pensaste un montón de veces y no te atreviste a decírmelo. Pero es así. Y lo más patético es que no tengo ni idea de dónde viene mi locura. - ¿Te peleaste con tu novia?

-  ¿Con quién? ¿Con Mariela? No. Con ella anda todo bien. La quiero, es una buena piba. Tenemos las cosas normales de las parejas. El año que viene nos casamos. Ya no tengo dramas de plata, me pagan bastante bien por la mierda que escribo. Aunque creo que el problema viene de ahí.

-  Explicate mejor, Nene. No entiendo un carajo. - Detesto ese pasquín de cuarta donde lo único que interesa son los litros de sangre que destile la nota. Creo que eso me enferma: no logro escribir más que basura. Yo creía que si había quienes podían ver por entre los pliegues de la realidad para inventar una ficción, yo podría hacerlo. Pero es inútil.

- ¿Así que ese es tu problema?

- No Juan, no entendés. No es sólo eso. Ya no soporto a la gente. Cada vez me resulta más complicado encontrar un tipo con el que pueda compartir un rato sin que me vomite su sarta de lamentos. No los aguanto. Pero tampoco yo me aguanto y empiezo a tenerle miedo a la soledad...

Mario camina de un lado a otro, delante de Tanguito, negando insistentemente con la cabeza gacha.  No es todavía el tiempo en que necesita su opinión. Le falta descargar aún más.

- …Es como si estuviera viviendo en el planeta equivocado. La noche del Círculo, ahora recuerdo, me dijiste que vamos por la vida inflando nuestra propia burbuja, pero que debemos tener cuidado. Soplar y aflojar. Mantener la tensión justa sin pasarse de rosca, no tensar demasiado la cuerda, porque si no…. Bueno, intenté hacerte caso. Pero es como si ya hubiera perdido el control. Me siento peor que el escarabajo de Kafka. Noto que cada día la pared que me separa de la locura se vuelve más delgada y tengo miedo de no aguantar, de terminar volándome la cabeza, como el Beto. No te das idea de las veces que lo pensé. Pero no tengo huevos y entonces dejo que la rutina haga su trabajo y termine conmigo... Y la hija de puta lo está logrando, Juan.

La voz de Mario se quiebra amenazando un sollozo. Tanguito, sorprendido por el giro que ha tomado la conversación (especulaba encontrarse con algún embrollo de dinero o de mujeres) intenta manejar la situación, pero descubre que lo suyo, lo que deja que los demás perciban como auténticamente suyo, es verso de café. Pero ¿qué hacer frente al drama real de un ser atormentado? Entonces lo atrae hacia su pecho y lo abraza. Mientras le palmea la espalda se le ocurre probar con el discurso del sufrimiento propio frente a la desgracia ajena. Algunas veces había resultado.

- Mirá, Nene, yo también me siento como vos ¡peor que vos! Lo que me contás no es inconcebible. Sucede. Le pasa a mucha gente. Pero hay sólo dos caminos posibles: o lo tomás con soda, considerando el lado bueno que suele tener todo lo malo, o terminás como el Beto. Y si no, fijate en ese tipo que todos los días de su reputísima vida aguanta viajes interminables, colgado de los colectivos, yuga como bestia diez o doce horas, y cuando de noche vuelve a su casa, ¿Qué encuentra? A los pibes dormidos y a la mujer que se queja: Que está cansada, que la plata no alcanza, o que la regla no le vino. El único respiro que se permite el desgraciado es mirar un poco de televisión, pero ni bien toca la cama cae planchado, como un tronco. ¡Y el reventado no tira la toalla! Si le llegás a preguntar cómo le va, te dice que todo anda fenómeno, que los pibes estudian, que la mujer es un fierro, que el fin de semana después del asadito se desquita con la vieja y…

- Pará Juan. Aflojá con el bandoneón. No te queda bien hacerte el Discépolo*. Ese reventado gozaba con la miseria de los demás. Se hacía la víctima hablando de la podredumbre para alimentar la hidra que tenía adentro. Pero, al menos, era coherente, y murió como pensaba. Pero vos…

- ¡Lindo guacho*  resultaste!  - El insulto, que tantas otras veces tuvo entre ambos un dejo cariñoso, casi admirativo, se descarga violento, sin maquillaje. Tanguito mueve insistentemente la cabeza como muñeco de ventrílocuo. Sus ojos miran, sin ver, el cielo de tormenta y una mueca le retuerce los labios abortando el rictus compasivo que empezaba a ablandarlos.

- ¿Así que no te alcanza con toda eso? ¿Querés otro ejemplo más palpable? Bueno, fijate en mí, entonces. -  Ahora su voz abandona la gangosidad arrabalera para aflautarse en un lamento.

- ¿Cómo te creés que me siento muriendo cada día, de a pedazos, con el bicho éste chupándome la sangre, el aliento, hasta la voluntad? ¿Pensás que cuando me desvisto frente al espejo de la pieza veo a un hombre? No, viejo, veo a Parca puta y desdentada esperándome. ¿Creías que esto lo usaba por pinta? ¿Eh? ¡Mirame carajo!

De un manotazo se quita la peluca. La pálida claridad de la luna ahonda sobre su cráneo depresiones de manchas oscuras. Los ojos de Mario se abren desmesuradamente. Su boca se queda gritando un grito mudo. Tanguito parece escapado de un campo de concentración. Las facciones que la peluca disimulaba se vuelven patéticas con el marco de ese cráneo, casi una calavera. Mario siente que una sensación de repugnancia y piedad le retuerce el estómago. Se instala entre ambos un silencio insoportable. Desde Díaz Vélez llega el ulular apagado de una ambulancia. La inesperada escena ha trastocado los roles. Ahora es Mario quien procura decir algo, aunque sea estúpido. Pero apenas sus labios se mueven en el intento inútil, Tanguito lo detiene.

- Bueno, poeta. – la palabra ya no tiene el inocente sarcasmo del saludo en el bar. Es una escupida en la cara.

- ¿Entendés ahora que la vida es algo más que pasarse las horas fumando frente a una máquina de escribir a la espera de una idea genial? No, Nene, la vida es un poco más que eso. Es vivir apretando los dientes frente a la podredumbre que te rodea y pensar que por un instante “el de arriba” te puede regalar la posibilidad de conmoverte con un tango o, tan sólo, comer un plato de fideos sin miedo a vomitarlos. - ¿Sabés lo que hago, a veces, en las madrugadas?- El pecho de Tanguito se infla. Da una pitada interminable al cigarrillo, toma a Mario del brazo y lo conduce como a un ciego, lentamente.

- Antes de que empiece la descarga de basura, cuando los cirujas* todavía roncan bajo los cartones, voy hasta la quema*  y me pongo a husmear entre las latas hasta que encuentro una flor. Sí, no me mirés así. Vos que escribís tendrías que saberlo. Siempre aparece una. No tiene nombre, pero yo sé que es la flor. Entonces la llevo a la pieza y la pego en el espejo y, ¡escuchá bien!, mientras dura su perfume y sus pétalos tienen vida, la Parca no aparece. Es como si la sola presencia de la flor y ese estúpido ritual me revivieran. Entonces me voy al boliche y me entretengo con los naipes, hago bromas y pontifico sobre el mundo o me empilcho y voy a la milonga, donde por un par de horas me olvido de todo.   

- ¿Está más claro ahora, poeta?- remata, palmeando el hombro de Mario. Al silencio le sobran las palabras. Tanguito, sin disimulo, se reacomoda la peluca y se alisa el saco. Se alcanza a oír el eco de un bocinazo perdido entre el rumor sordo del tráfico. Hay un tiempo imperceptible que se empecina en estirar el real, hasta maltratarlo.

- Bueno, Nene, disculpá, pero se me hizo tarde. Si me das unos pesos para el taxi te lo voy a agradecer, porque ando seco. Vos quedate un rato, hacé tiempo. Pensá en lo que te dije. Te va a venir bien.

Mario hurga en los bolsillos y saca unos billetes arrugados. Se los da, sin contarlos. Intenta decir algo pero las palabras se le atragantan. Ya nada de lo que diga tendrá sentido. Ve a Tanguito que se aleja. Lo sigue con la mirada, acompañando su caminar cansino. La silueta se deshace, tragada por las sombras que apagan lentamente el silbido de un tango. Mario enciende un cigarrillo y deja que el humo vaya dibujando duendes en la neblina de humedad. Se levanta las solapas del saco y empieza a desandar el camino.

Cruza el parque. El Citroën ya no está.

Camina ensimismado, tratando de recordar palabras, gestos. De pronto, sus facciones abandonan la pesadumbre que las aprisionaba. Sus pasos empiezan a sonar más decididos y sus ojos adquieren un brillo inesperado, el mismo que ahora pinta su sonrisa. Tenuemente van delineándose en su mente los caracteres, aun borrosos, de un relato.

Las luces de la avenida lo encaminan en su regreso. Antes de entrar a su casa se demora observando a un anciano de impermeable que pasea su perro por la vereda de enfrente. El hombre mira con disimulo hacia uno y otro lado de la calle. No ha percibido de la presencia de Mario. Entonces, deja que el animal se acerque a la puerta que había estado olisqueando y la riegue con chorros espasmódicos.

Luego, silbando por lo bajo, se aleja detrás del perro.

·         Argentinismos o términos del argot lunfardo

Guacho: huérfano. En el argot popular pícaro, vivillo // despreciable

Discépolo: Enrique Santos Discépolo. (1901 – 1951) Poeta, compositor, actor y autor de obras de teatro y  letras de tangos de hondo contenido metafísico mundialmente famosos (Uno, Yira Yira, Cambalache) entre otros.

Ciruja: vagabundo que comercia los desperdicios que encuentra en la calle o basurales

Quema: Basural.

Mientras vuela la mosca

           MIENTRAS VUELA LA MOSCA  

Seudónimo   ALBERTO MARINO

Cada vez que me detengo a mirar este cuadro le descubro un detalle nuevo. Pensar que cuando vivía con Paula lo ignoraba. También, sólo a ella podía ocurrírsele colgar un cuadro en la pared de un pasillo oscuro. Tal vez fuera por eso que no le prestaba atención. ¿Cuándo lo compré? Ah, ya recuerdo. Fue en un remate del Banco Municipal. Me atrajo el fondo del agua tranquila, elevándose en puntas, como bonetes, golpeando contra las barcazas grises, aunque yo las habría pintado de distinto color. Parecen barcos de pesca, aunque no estoy seguro. Vaya a saber qué pensó el pintor. Sería lindo meterse en su cabeza. De todos modos me encanta la composición que hizo con las chimeneas. El primer plano de las barcazas expulsando ese humo negro que se diluye entre las nubes y, más allá del puerto, el barrio de casas bajas y las otras chimeneas surgiendo de los techos de las fábricas a través de la bruma, como cañones apuntando al cielo. De veras es bueno. Aunque no tenga firma.

Otra vez esta mosca. ¡Fuera! No puedo distraerme un segundo. Debo estar atento a lo que pasa en esa oficina. ¡Las veces que esperando a Martens en esa sala habré mirado hacia aquí! Me acuerdo del viejo que vivía en este departamento. De tanto en tanto lo veía asomarse para regar la maceta apoyada en el vano de la ventana. Me daba pena. Recuerdo la vez que para matar el tiempo le comenté a la telefonista lo triste que debe ser vivir en un socucho oscuro como este, sin un mísero balcón. Dijo “¿Sí?”, y ni siquiera se volvió para mirar. Cuando vine a verlo por primera vez, el tipo de la inmobiliaria no quería acercarse a la ventana. Daba vueltas, me mostraba la cocina, el baño, la otra habitación, pero evitaba venir acá. Habrá pensado que me podía molestar la cercanía de la oficina. Quizá otros clientes lo rechazaron por eso. Pero a mí, ¡qué me iba a molestar! No hubiera podido encontrar otro mejor. Desde aquí domino toda la sala y también el despacho de Martens. Cuando le dije que lo alquilaba se frotó las manos. ¡Esa mosca de mierda! A ver si se posa sobre el pan. ¡Cómo tarda hoy Martens! 

Siempre tuve curiosidad por las moscas. Más que curiosidad es una especie de mezcla de asco y atracción. O miedo. Uno se asusta si se pone a pensar en el potencial que tienen a pesar de su frágil anatomía (casi digo “humanidad”). Un palmetazo o un golpe de diario y chau. Pero, pueden complicarme la vida, contagiarme un virus traído vaya a saber de qué basural. Son extraños estos bichos. Vaya a saber qué buscan entre la podredumbre.      ¡Este maldito teléfono! ¿Quién podrá ser? Esta vez lo voy a dejar sonar un rato. Tal vez sea de nuevo el tipo que pedía por Berto. El viejito tenía cara de Berto. La tarde de la regada miró hacia la oficina, pero sin ver. Ni un gesto hizo. Para mí que debía de ser ciego. Tanteaba la maceta como si tuviera miedo de errarle con el agua. Quizás por eso no le preocupaba que el departamento fuera oscuro y sin balcón. ¿Pero para qué diablos querría regar los malvones? Dicen que los ciegos pueden imaginar a través de los olores y del tacto. Tendría que olerlo a Martens. ¡Ya va! ¡Hola! ¡Hola…! Cortaron. Bah, si es importante llamarán de nuevo. No creo. Ya nadie llama. Da igual. No pienso contestar. Hoy no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono. Debo ser muy precavido. Si llegan a rastrear mis llamadas se van a llevar un chasco. Las únicas son las que hago a la rotisería de la esquina. Tengo que llamar a otros lugares, para despistar. Al supermercado, a la farmacia.   

Ahí está la histérica de la telefonista. Seguro que está hablando con el novio. ¡Sonríe! Claro, aprovecha ahora que el jefe no está. ¿Qué le dirá el tipo? No es fea, pero debe ser insoportable convivir con alguien así. No, no creo que sea el novio. Si lo fuera no taparía el teléfono para reírse con su amiga. Tiene que ser otro idiota como yo. Ahora entiendo. A todos les debe recitar el mismo verso: “El licenciado está en reunión y no puedo interrumpirlo. Cuando haya novedades lo llamaremos”. Alguna vez me pareció que del otro lado contestaba una grabación.

Paula no se tragó lo del contestador. “Usted está comunicado con Vargas y Asociados. Si conoce el número de interno márquelo. Si no, aguarde y será atendido.” Me reconoció enseguida. El mensaje debe ser más corto. Tengo que practicar cubriéndome la boca con un pañuelo.  Menos mal que no hizo historia. Hace tiempo que no llama; se habrá cansado. Mejor. Me tenía harto llamando a cada rato. Y eso que dejaba sonar el teléfono un buen rato. Tenía paciencia la pobre. ¡Mi Dios! Una vez los conté: veintitrés timbrazos. ¡Qué escándalo que armó a la noche! Me tomó desprevenido y contesté. Todo iba bien, yo estaba tranquilo. Pero cuando se largó a llorar me puse loco y la mandé al diablo. Creo que ahí se desarmó y comprendió que era inútil.  Lo que no entiendo es cómo hizo para subir hasta acá. Le habrá dado unos pesos al portero o tal vez aprovechó que alguien entraba y se coló. ¿Quién le habrá dado mi dirección? No es estúpida. Sabía que si se anunciaba por el portero eléctrico no le iba a abrir, entonces subió directamente. Es raro que llamen a mi puerta, por eso sospeché. Cuando la vi por la mirilla me quedé mudo, sin respirar. Casi se me revientan los pulmones. Pero valió la pena. Santo remedio. No apareció nunca más. Tampoco volvió a llamar.

¡De nuevo este teléfono! ¿Qué le picó? Esta vez voy a romper la rutina. A los cuatro timbrazos atiendo. No. Seis. Eso. Seis timbrazos. Por cábala. No hay que reírse de las supersticiones. Nunca se sabe.

¡Madre santa! Las pego todas. Querían venderme un curso de inglés. Pobre chica, era amable. Daba gusto conversar con ella. En ningún momento se irritó. Pero no la pude complacer. Mi inglés es más que suficiente. ¿Sanofdebich? ¿Para qué? Con hijo de puta me alcanza. Suena mejor, más auténtico. Sale natural, como una escupida. No, no estoy de humor para ese idioma. Lo que sí me gustaría aprender es latín. Pero debe ser complicado. No quiero nada que demande esfuerzo. Sólo me interesaría por la etimología, para deducir el significado de las palabras. Aunque, en realidad, me las arreglo bastante bien con mi método: primero desmenuzo el término e identifico las partes. Para trozar un pollo también hay que empezar por diferenciar las partes. Es más fácil, y gastronómicamente más estético, cortar en los lugares precisos, como una disección, no en cualquier lugar. Con las palabras pasa lo mismo. Cuando me concentro en los prefijos o partículas conocidas la revelación aparece. Ayer lo hice con misántropo. No fue difícil. Miso: odio; antropo: hombre, humanidad. A propósito, ¿por donde andará la mosca? Si me descuido, en un abrir y cerrar de ojos puede aparecer dentro del sándwich. Estos idiotas de la rotisería. Les dije que no le pusieran tomate. ¡Fuera de ahí! La palmeta. ¿Dónde carajo puse la palmeta? Me da asco con sólo imaginármela en la lengua. ¡Puaj! Tengo que encontrar un término apropiado para mi aversión a las moscas. Miso.... ¿qué?

Esta mañana el agua del puerto parece más brillante. Los reflejos del sol sobre las pinceladas le otorgan una fosforescencia alegre. Si me concentro en el  cuadro siento que el agua se mueve como en pequeñas oleadas. No, no son olas. Es un plano danzante de copos puntiagudos.

Me siento de buen humor. Voy a postergar la decisión. No es de buen gusto estropear un día tan agradable con esas cosas. Lo triste es que para postergar algo primero se debe tener decidido qué hacer. Y yo aún no sé qué hacer con el maldito. ¿Matarlo? Está bien. Le hago un favor a la humanidad. Pero ¿Cómo? Hay que idear un plan, estar pendiente de los detalles. Me aterra la idea. Y luego, el problema de la coartada. Demasiado complicado. ¿Enviarle anónimos a la oficina? Es perder el tiempo. Puede funcionar un par de veces, pero al final el filtro de la secretaria impedirá que le llegue. Esa sí que es rápida. Si no, no estaría con Martens. Son una banda. ¿Denunciarlo? ¿A quién, a la Policía? Seguro que están arreglados. Tiene que haber algo que lo irrite en serio. ¡La familia! ¡Eso! A estos hijos de puta cuando le tocan a la familia se ponen locos. Como en “El Padrino”. Aunque ésos eran cojonudos. Tengo que averiguar el teléfono de la casa. Van a saber qué clase de malparido es el Señor Martens. Deben de creer que es un ejecutivo exitoso, honorable. Ni se imaginan.

Ahora entiendo por qué un asesino a sueldo no se la pasa pensando en cosas raras, ni se complica la vida. Se concentra en el asunto. Tiene todo planificado. Estudia al tipo, sus costumbres. Anota todo, cronometra. En el momento justo hace su trabajo. Después desarma el rifle, la mira, mete todo en un portafolios y sale lo más campante. ¿Quién podría sospechar de él? ¡Pobre Kennedy! Vaya a saber qué pasaba por su cabeza. Podía haber ido a Boston en vez de Dallas. Pero seguro que se lo eligieron. Y él sonriendo, saludando a la gente. Capaz que se estaba haciendo la película con Marilyn. Y el asesino desde una ventana midiéndolo, aguantándolo hasta que pasara la curva y lo tuviera de frente. Tuvo tiempo de elegir el lugar. Y bang, bang, bang. Listo el pollo. Ese sí que no se preocupó por la disección.  Habrá cobrado un buen paquete. La mafia paga bien. Yo debería contratar a alguien, pero es peligroso. Los de aquí no son profesionales. No tienen delicadeza, no saben pensar artísticamente. Son tan bestias que por ahí termino extorsionado. Además, con qué voy a pagarle si toda la plata se la llevó este hijo de puta.

Esta incertidumbre me vuelve loco. Si al menos tuviera el coraje de hacerle frente, lo esperaría en la cochera para trompearlo. Pero me da miedo. Seguro que tiene buenas conexiones. Si no, no se arriesgaría estafando a tanta gente. Aunque nunca falta uno que… ¡Cómo me duele la cabeza! Debe ser de frotarme tanto. Cada vez que me paso la mano cae una lluvia de caspa. Hace tiempo que el cielo no me conmueve. Se ha nublado. Parece que ese techo gris fuera a desplomarse. La lluvia es apacible, da la sensación de acariciar los techos, de resbalar por cañerías. Tengo que recuperar los casetes de Serrat. ¡Un maestro! Uno cierra los ojos, lo escucha, y se imagina el barquito de papel a los tumbos por el agua que corre por la acequia, mansa, como si la arriaran hacia las alcantarillas. Es curioso. Aún en una tempestad la lluvia no se descarga con violencia. Es apenas una rabieta, un derrame con un toque de intensidad. Como si necesitara hacerse notar, para que no se olviden de ella.

Sin embargo, yo la olvidé. Ya no puedo recordar siquiera su rostro. Todo está cubierto por una telaraña de ceniza.

La telefonista ni se imagina que estoy observándola mientras atiende mi llamada y tapa el tubo del teléfono para reírse. Desde aquí puedo ver también el despacho de Martens. Ella me dijo que estaba ocupado, pero ¿se puede llamar a eso una reunión de negocios? Más bien parece que estuvieran de jarana, contando cuentos o algo así. Hay una botella de Ballantine´s sobre el escritorio de roble. Mejora el degenerado. Antes servía uno nacional, barato, tan malo que me quemaba las tripas. O quizá guardara el importado para reuniones más convenientes. A este canoso no lo vi nunca. La ventana del despacho parece un televisor. A veces la silueta elegante del tipo entra y sale del marco. A Martens lo diviso perfectamente, aunque él no pueda verme. Bah, bien podría mirar hacia acá; pero qué se va a imaginar. ¡Ahí está! Impostó su pose preferida. Sentado, ligeramente de perfil, con su traje de alpaca, camisa con monograma y una corbata floreada de su colección Armani. Y el Dupont de oro, insolente. El hijo de puta tiene clase. Es una clase de mosca distinta, casi vampiro, gigantesca. Debe ser lindo darse gustos refinados a costa de los demás.

Sin ir más lejos, el cuadro de Quinquela que tiene a sus espaldas se lo rapiñó a su dueño por un tercio del valor. El pobre Cristo debía levantar un pagaré. Le noto un cierto parecido con este mío, sin nombre. Lo voy a bautizar “Barcazas”. Suena perfecto. Seguro que cuando tuvo al Quinquela en sus manos se habrá apresurado a colgado como un trofeo, una cabeza de ciervo, pero jamás se detuvo a observarlo. Si hubiera visto a los estibadores como hormigas subiendo la plataforma cargados con bultos, como gibas enormes, y a los que vuelven del barco sin carga, pero encorvados por el peso de la costumbre; si se detuviera por un instante en sus rostros, se descubriría en la misma mirada patética de los miserables que despoja. Quizá por eso no lo mira. Aunque ¿Qué podría conmoverlo?

Las visitas del canoso se han vuelto más frecuentes. Pero últimamente las reuniones no parecen divertidas. Noto una cierta tensión. Duran poco tiempo. El hombre, no obstante, mantiene el cuidado de su imagen. Siempre, antes de salir, se cepilla con los dedos las solapas del saco, como si se sacudiera algo imperceptible que deja caer sobre el escritorio, como hacía la mosca. Martens solía acompañarlo hasta la puerta del despacho, lo palmeaba, sonreía. Ahora se saludan sin efusividad por sobre el escritorio. ¿Qué significado podrá encerrar ese apretón de manos? Apenas el hombre sale del despacho, Martens se abalanza sobre el teléfono. En la otra sala la secretaria levanta el auricular y lo escucha, mientras observa al hombre por encima de sus lentes. Martens gesticula como un loco. Ella asiente con la cabeza, sumisa. Se hace la educada y cuelga con delicadeza. Pero debe de estar que trina. Se acomoda los lentes y saluda al canoso con una sonrisa estirada. Él le devuelve un gesto amable pero distante. El lunes me pareció percibir en su rostro una mueca de amargura. O quizá maquinara algo.

Me ha impresionado agradablemente el tipo. Le envidio el porte y la serenidad, la delicadeza de sus gestos; nunca un ademán violento. Siempre quise ser así: poder ocultar mis sentimientos detrás de gestos amables, lograr que nada me irrite, que las cosas me resbalen, como la lluvia.

El doctor Milcovic también era un tipo reposado. Pero me exasperaba. Creo que ni escuchaba lo que le decía. Se mantenía ausente, con la vista perdida en un lugar incierto, cerca del techo. Mascaba su pipa y se balanceaba en su sillón de cuero. A veces, para simular, movía la cabeza asintiendo o escribía en un cuaderno de tapas amarillas. Su apariencia de estatua sólo cobraba vida al finalizar la sesión. Entonces, amablemente, me acompañaba hasta la puerta del consultorio y me despedía recordándome la hora de nuestra próxima cita.

Deben ser las seis porque ya están ordenando sus escritorios. La flaca riega las plantas, enfunda la máquina de escribir y comprueba que todo esté en orden. La otra la debe tener dominada. La secretaria va hasta la oficina de Martens, cambia un par de palabras y se despide. Cierra la puerta del despacho. Se disponen a salir. Abren la puerta y se encuentran con el canoso que habrá esperado hasta la hora de salida para no tocar timbre. Este sí que tiene clase. Si se anunciaba por el portero eléctrico, o no contestaban o le decían que Martens se había ido. Ahora hace una inclinación con la cabeza, aparta a las mujeres con delicadeza y entra como a su casa, naturalmente. La secretaria parece decirle que no hay nadie, pero él la ignora y enfila directo hacia el despacho.

Martens, en su oficina, se mueve, incómodo. Se extraña porque no escuchó el ruido seco de los cerrojos de seguridad, o tal vez presiente algo. Se levanta y sale. Cuando ve al canoso se queda inmóvil, como enmarcado en el vano de la puerta, desconcertado. Esa visita no estaba en sus planes. Necesita tiempo para pensar algo convincente. Titubea. Lo saluda, casi al pasar, como dándole a entender que está ocupado con un asunto serio. Las mujeres permanecen detrás del canoso, expectantes, atolondradas. Martens ya pensó. Se acerca a la telefonista y le pregunta algo. Luego llama a la flaca y le pide una carpeta, simulando desentenderse de la visita. Como restándole importancia. Es una técnica interesante. Si lo enfrenta, pierde. Entonces lo ignora. Por un ratito. Después se va a hacer el distraído. “Perdóneme Fulano. Hoy tengo un día de locos”. Las mujeres no lo conocen tan bien como creen, por eso lo miran sorprendidas. Cuando alguien lo apura pierde originalidad. Ahora, seguramente, les estará recordando las tareas de mañana: llamar al banco, pagar la cuenta del teléfono. Cosas obvias, imposibles de olvidar. Las mujeres lo miran, indecisas. No atinan siquiera a moverse. La secretaria debe de sospechar algo. Pero qué va a hacer. ¿Llamar a la Policía? ¿Con qué motivo? Ya no le quedan más cosas que acomodar. Entonces se deciden. Saludan nuevamente y salen. Martens lucha por instalar una sonrisa de circunstancia al tiempo que le indica por señas al hombre que pase.

Hoy la mosca no apareció. Ya revisé todo el departamento y nada, ni noticias. ¿Se habrá ido también? Sin embargo, debo inspeccionar con cuidado. Anoche la escuché zumbar a unos centímetros de mi cabeza. Luego se escondió. Pudo haber encontrado el tacho de basura. Por las dudas eché insecticida. Ahí está zumbando cerca del tacho. Es un sonido repetido, casi circular, como si el impulso del frustrado intento de volar la hiciera girar por el piso, enloquecida. No puedo verla, pero ya no oigo su mosconeo. ¡Qué pena! Empezaba a gustarme la rutina.

Ahora están en el despacho. ¿Cuándo entraron? El canoso se levanta. No lo veo saludar. Tampoco parece tener intenciones de irse. Hace el ademán de buscar una lapicera o cigarrillos en el bolsillo interior del saco. Probablemente sea una lapicera porque nunca lo vi fumar. Pero me sorprende: su mano enguantada regresa con algo brillante. Recién ahora noto que usa guantes. Son de cuero fino, elastizados. No vi cuando se los puso, aunque recuerdo que antes de hurgar en el bolsillo se estiraba el calce en las muñecas. Era un gesto habitual, como alisarse la tapa de los bolsillos o algo así. Quizá por eso no me llamó la atención.

Martens ya no sonríe. Intenta ayudarse con las manos para explicar algo. Su mirada se fija ahora en un cajón del escritorio. El canoso niega un par de veces con la cabeza y mueve el arma de arriba abajo, casi amablemente. La comprensión es inmediata. Mientras lo estudia, sin hablar, enrosca un cilindro al caño de la pistola, sin apuro, tomándose todo su tiempo. ¡Qué genio! Fue maquinando todo despacito, dejándole creer al otro que lo tenía de la nariz. Ahora le dice algo a Martens, que lo mira demudado, con ojos que agotaron su capacidad de aterrorizarse. Sabe que es inútil. Pero seguro que hará un último intento por persuadirlo: ofrecerá dinero, el cuadro, el Dupont, cualquier cosa. ¡Bingo! El canoso sonríe y vuelve a negar. No le importa.

El disparo sólo se evidencia por la convulsión que sacude el cuerpo de Martens, que se encorva hacia delante, como los estibadores, y por el inútil intento de las manos que van hacia su pecho. Una mancha roja brota instantáneamente sobre la camisa, a la altura del monograma. El Ballantine´s se vuelca derramando el whisky que inunda el escritorio y repta entre los papeles y el cenicero hasta llegar a la orilla. La cara de Martens se aplasta contra el roble y sus ojos desorbitados quedan fijos en el vaso de cristal.

Miro hacia el piso. Cerca del zócalo descubro a la mosca. Está muerta.

Enfrente, el hombre se quita los guantes, desenrosca lentamente el silenciador y guarda el arma. Se detiene frente a un espejo florentino, revisa ambos perfiles del traje y ajusta su corbata.

Antes de salir apaga la luz.

Relato con fondo adolescente



Nunca sabré cómo se debería haber contado esto. Ni siquiera estoy seguro de que deba contarlo. Con los años uno va acumulando sensaciones, olores, imágenes de objetos y rostros y los echa a dormir en un rincón de la memoria, como se amontonan diarios viejos en un cuarto. Hasta que un día…

Ahora es ese día, y el relato, que amenaza desbordarme con sus urgencias, deja el resabio ácido de una confesión indecorosa o de un vómito. Pero, asumida ya la decisión, es preciso que empiece de una vez y deje fluir libremente los recuerdos sin preocuparme más que por ser su fiel transmisor. Por otra parte, como se trata de un relato adolescente, casi infantil, no desentonaría comenzarlo al estilo de Juan Ramón Jiménez.

Era muy pequeño, blanquecino y callado...

Nunca llegué a verlo sin el guardapolvo blanco con excepción de esa tarde, años después, cuando el Destino quiso que nos encontráramos en un entorno tramposamente familiar: la universidad.

Longo (aunque parezca prefabricado irónicamente era su verdadero apellido; el nombre nunca me preocupé por averiguarlo) medía apenas un metro veinte y cuando hablaba (tampoco recuerdo haberlo visto reír) dejaba entrever unos dientecitos de tiburón, diminutos y roídos por la ausencia de calcio, como oxidados. Sus cabellos oscuros y delgados, que solía peinar estirados, con raya al costado, acentuaban los rasgos lívidos de su rostro. Aparentaba ser un niño de siete u ocho años y sus dedos, pequeños y arrugados, parecían los de un bebé. Pero tenía catorce y un cierto halo de extraterrestre. Las malas lenguas rumoreaban que era hijo único de un matrimonio de primos hermanos, en edad de ser abuelos antes que padres.

Recuerdo claramente el primer día de clase, cuando apareció en el aula, enmarcado en el vano de la puerta, cargando pesadamente un portafolio, desproporcionado en exceso, y su desconcierto. Al principio lo observamos con cierta ternura confundiéndolo con un alumno de primaria que se había equivocado de aula. Pero apenas se presentó al celador y se acomodó en el único pupitre libre presentí que su destino en esa escuela estaría fatalmente signado por la crueldad y que nuestro encanto adolescente lo convertiría en el blanco predilecto para las bromas más pesadas y despreciables.

Hace unos meses una cena de ex alumnos fue la excusa para que nos reuniéramos un puñado de sobrevivientes de aquel secundario lejano y romántico hasta la cursilería, a pesar de nuestra inconsciencia, o tal vez por ella misma. La sobremesa nos fue arrimando a la nostalgia. Con la misma ansiedad conque el duende largamente encerrado en la lámpara aguarda la caricia mágica que lo libere, los inevitables recuerdos de nuestra adolescencia pugnaban por corporizarse. A medida que las mesas vecinas comenzaron a despejarse el restaurante se fue sumiendo en un silencio hueco, casi atemporal, donde sólo resonaban nuestras voces, cuidadosamente amortiguadas, como temerosas de que oídos extraños ultrajaran remembranzas, íntima y largamente atesoradas.

Nuestras fisonomías cincuentonas seguían albergando el corazón y la candidez del muchacho que alguna vez fuimos, a pesar de las calvas y las barrigas de diverso calibre y las artrosis y los achaques inevitables de la edad que cada uno, a su manera, trataba de disimular.

Los viejos fantasmas se escurrieron a través de los muros centenarios del Colegio Nacional para sobrevolar la mesa del restaurante de Barracas invitándonos a la evocación de lejanas andanzas. El ambiente enrarecido estimulaba al abrazo, a cuchicheos con el compañero sentado a nuestro lado, a confesiones sin sorpresa y pudorosas súplicas de perdón por antiguas afrentas casi olvidadas. Inmersos en esa laxitud nostálgica no percibimos que habíamos iniciado un viaje a través del tiempo embelesados por la torpe utopía de rescatar emociones remotas, momentos ya idos. El eterno adolescente que dormía en un rincón de nuestros corazones se despertaba para acicatearnos, alentándonos al emprendimiento heroico. Nos dejamos seducir por el intento.

Las escasas imágenes que emergían del ensueño nos llegaban fragmentadas, ajadas, como figuritas viejas. Era como estar en un parque de diversiones y sacar boleto en la máquina del tiempo para un viaje hacia el pasado, subir al simulador y percibir sensaciones que poco a poco iban pareciéndose a aquellas que ansiábamos rememorar. Pero, a medida que nos acercábamos, cuando ya estábamos a punto de tocar las facciones de esos espectros que iban adquiriendo rasgos familiares, añorados, y el corazón endurecido a golpes, emparchado, rejuvenecía y se aprestaba a desprendérsenos del cuerpo para implantarse en el de ese otro que fuimos, allá lejos y hace tiempo, el simulador se detenía y todo se volvía espeso y cotidiano. Con desazón comprobábamos que nuestro utópico viaje había terminado y la fila para comprar otro boleto era interminable. Debíamos esperar un año entero. El próximo noviembre nos volvería a reunir. Un poco más viejos, quizá algo más sensibleros. Lloraríamos abrazados cantando la Canción del Adiós, recordaríamos a los mismos profesores, Juanjo repetiría las mismas bromas que el gordo Aristarain seguiría creyendo, cándida, eternamente. Pero en vez de acercarnos al ansiado objetivo nos volveríamos a alejar. El intento, ridículo, inútil, nos obsesionaba. Como una ordalía que debíamos superar para sentirnos vivos, nos obstinábamos en demostrar el teorema que nos permitiría perseguir el resto de nuestros días la zanahoria quimérica con la sonrisa idiota del Golem babeándonos los labios, recitando la tesis: “es posible regresar al pasado.” Pero la lámina que nos separaba de él era tan delgada como impenetrable. Esa noche no tuve que esforzarme para comprender el concepto de “límite” que en la paradoja de Aquiles y la tortuga o en los libros de Análisis Matemático se volvía infernalmente inexpugnable. Las definiciones complejas y tediosas de Rey Pastor en su tratado, el ocho apaisado símbolo de infinito y la flecha debajo expresando el concepto de “tender a”, todo, todo ello lo pude comprender y asimilar de un solo pantallazo. La meta estaba cada vez más cerca, pero cuando ya la sentía asequible, cuando percibía que estaba ahí, al alcance de mi mano, que no tenía más que estirar apenas los dedos para tocarla, el punto, el objetivo, se volvía a distanciar, coqueteando con nuestra ingenuidad, desafiándonos a un nuevo intento eterno e inútil, como el castigo de Sísifo.

Uno de los fantasmas sobrevoló la mesa: Longo. Alguien deslizó en voz baja y grave, componiendo un afligido gesto de circunstancia, que había fallecido unos años atrás. Un silencio frío nos sacudió. Enmudecidos nos miramos, buscando en los ojos del otro alguna respuesta. Pero el recogimiento duró apenas un breve instante y no fue obstáculo para que la película se rebobinara, salteando la desgracia, y se dispusiera frente a la lente lista para ser proyectada a partir del entorno de la escuela.

Juanjo, ¡cuándo no!, lanzó por centésima vez la afirmación en tono de pregunta: -¿Recuerdan cuando el Negro (así me apodaban entonces) encerró al enano en el armario de la sala de mapas?

En medio de las carcajadas, de las risas hechas llanto en ojos que parecían a punto de reventar, de borrachos retorciéndose abrazados unos a otros mirándome y señalándome como el autor de una proeza, negué rotundamente y por enésima vez el episodio. Aunque no recordaba que realmente hubiera sucedido sentí vergüenza de haber sido capaz de someter a alguien a tremenda humillación. Es probable, también, que la hondura del remordimiento proviniera de una anécdota, a la que le adjudiqué ribetes emocionalmente trágicos, que los demás desconocían. Ese hecho, ocurrido un par de años después de abandonar el Nacional, tuvo el sabor amargo de una lección, una deuda que Longo, con justificado rencor, se cobraba, cargándole sin arrepentimiento intereses usurarios por el tiempo transcurrido. Aún recordaba con nitidez el rictus de su cara, el esbozo de su sonrisa ladina que no se preocupaba por esconder los dientecitos marrones y casi inexistentes, y todas y cada una de las secuencias de la escena de mi crucifixión en la facultad. Aunque hubiera podido echar mano a ese resentimiento para amortiguar la culpa por desquitarme con un muerto, no sólo evité sumarme a la crueldad con que gozaban de la burla, que Juanjo disfrazaba con la inocencia de una anécdota jocosa y lejana, sino que en ese mismo instante comprendí y hasta justifiqué la actitud de Longo para conmigo.

Quizá no debía darle demasiada importancia. Tal vez fuera otra maniobra más de Juanjo que seguía entreteniéndose, como en la escuela, endilgándole a los demás cosas que él perpetraba o incentivaba.  Esa especulación me motivó a otra: comparé a cada uno de los que tenía a mi lado con la imagen que recordaba de ellos adolescentes.

La mayoría conservábamos, a pesar de los años, y de las distintas miserias o fortunas,  rasgos que nos remitían a esa hermosa época. A veces era una sonrisa pícara, un movimiento cansino o la inflexión al hablar. Los roles que cada uno se afanaba en representar no habían variado sustancialmente: Juanjo simbolizaba lo mordaz; el Laucha, la erudición meditativa; en Nito rememoraba a aquel comediante nato; en el Ruso, al planificador meticuloso.

Yo me descubrí a través de sus comentarios. Me costaba creer lo que contaban de mí. Quizá no fuera tan terrible pero había corrido tanta agua bajo el puente de mi vida que dudaba haber sido el autor de esos desatinos. A través de los relatos empecé a reconocerme en ciertos rasgos que me resultaban familiares. Es cierto, era un bromista espontáneo. Tal vez por eso no recuerde la mayoría de las fechorías que me endilgan.

Quien más se asemeja al que pudo ser es Juanjo. Su rostro sigue siendo adolescente, su físico es casi el mismo, y la inveterada costumbre de caricaturizar grotescamente a los demás como medio insustituible de sus bromas, también. Evidentemente es una coraza que se ha fabricado para esconder su drama. “Eso es historia, viejo. Me divorcié.”, dice secamente cuando le preguntan por Alicia. Y rápidamente cambia de tema. Ahora recuerdo que era él quien más se ensañaba con Longo. Pero siempre tuvo una habilidad especial para tirar la piedra y esconder la mano.

El Laucha Cassini es funcionario de un Banco importante y vive alimentando la esperanza de una buena jubilación. Su modo de relatar anécdotas denuncia una meticulosidad de arquitecto que ya se vislumbraba cuando construía complejos mecanismos para copiarse en las pruebas utilizando bobinas vacías de hilo de coser, escarbadientes y un trozo de alambre. Armaba todo debajo del pupitre. Enrollaba el resumen de la lección en el canuto de la bobina, como una película, la situaba debajo del inútil boquete para el tintero y giraba el mecanismo. Entonces, el texto se presentaba por el agujero de la tabla, incitante, como una mujer desnuda espiada por el ojo de una cerradura, pronto para cumplir su finalidad. Transmite paz, el Laucha. A veces, cuando nuestras conversaciones rozan los temas íntimos, trata de escabullirse con elegancia. Pero sus cachetes siguen poniéndosele colorados.

La enumeración es tediosa. Podría seguir horas describiéndolos y amándolos. Pero la secundaria terminó y se llevó con ella un pedazo grande de mi vida, el más candoroso. Lo patético del recuerdo no radica en la evidencia ineluctable del paso del tiempo, sino en la triste comprobación tardía de la pérdida de la inocencia; el trastrocamiento de aquella mirada cándida y directa en otra más calculadora y retorcida. Eran otros tiempos. Nuestro universo era un planeta aislado que giraba en torno a esa Escuela. Al sonar el timbre de salida el movimiento se detenía, congelándolo en la órbita, para reanudar su infatigable rutina a la mañana siguiente.

Poco a poco los rumbos que cada uno había elegido, o que se nos presentaron y tomamos sin pensar, se fueron separando, como las ramas del viejo tronco. Algunos nos mantuvimos en contacto por cierto tiempo. Al final dejamos de vernos. Entonces,  gracias a la perseverancia del Laucha, los más “representativos” tenemos nuestro encuentro anual. Este piadoso eufemismo que alimenta nuestro engaño tiene su justificación, pues de ese modo disimulamos la deserción de los otros, la mayoría, los que no se conmueven con el recuerdo o quizá, más sabios, prefieran no desempolvar el álbum de fotos  de la secundaria arrumbado en el fondo de algún ropero.

Pero debo volver a quien dio origen a este relato. En realidad ni siquiera a él, sino al episodio de la Facultad que, inconscientemente, relaté en la cena, como un acto reflejo que descubrió esa manía masoquista que se me ha hecho carne: recordarlo para flagelarme.

Omití mencionar que Longo era un pésimo alumno. Quizá por esos tiempos su débil organismo conspiraba contra el desarrollo de su inteligencia o el pobre no encontraba suficiente motivación para mejorarla. Su boletín evidenciaba el capricho morboso de los profesores que insistían en anotar las malas calificaciones con tinta roja. Por el contrario, las mías, sin ser excelentes, denotaban la bondad imperturbable del azul. Por entonces yo había adquirido una especial habilidad para aprehender conceptos con economía de recursos. Lamentablemente muy tarde comprendí que había sobrevalorado mi capacidad. Yo creía que en la universidad la cosa sería “pan comido”. De haber sido más cauteloso, si al menos hubiera sospechado que mis logros eran menos fruto de mis aptitudes que de las fallas de un caduco sistema de enseñanza, la caída no habría sido tan violenta.

Curiosamente no fue Juanjo el que me indujo a contar el episodio. No importa quien haya sido, el caso es que cuando empecé a narrar los hechos un silencio filoso, brutal, inmovilizó voces y copas. Aturdido, inmerso en esa atmósfera enrarecida, podía escuchar mi voz, extraña para mí, desconcertante para ellos que esperaban ansiosos la anécdota graciosa, el episodio grotesco que los hiciera explotar en carcajadas. A medida que avanzaba en el relato sus rostros iban tornándose sombríos, sus miradas esquivas se perdían entre el laberinto de copas, botellas y ceniceros colmados, sus dedos inquietos fabricaban pliegues en el mantel.

Había sucedido una pálida tarde de abril, en un examen parcial de Análisis Matemático, en la facultad de Ingeniería. El empeño de un puñado de atrevidos o sabelotodos, dispersos en el magnífico recinto, no alcanzaba a mitigar el brutal testimonio de la multitud de butacas vacías que justificaban con su mudez la ausencia de los temerosos. Esta circunstancia y el silencio cruzado por susurros le otorgaban al entorno una connotación aún más patética. Faltaban apenas unos minutos para el comienzo de la prueba. No sé qué me mantenía en el aula. Un nudo en el estómago, fiel termómetro de mis angustias, me anticipaba el inminente fracaso. Por los ventanales que dan al Paseo Colón trataba de distraerme observando a las parejas que paseaban su despreocupación por la Avenida. Otras charlaban animadamente, recostadas sobre el césped que bordea el Monumento al Trabajo. Todos los movimientos del exterior eran captados por mi atención, ávida de encontrar cualquier vía de escape, aunque fuera ilusoria. 

De pronto, como una premonitoria repetición de la escena de aquel primer día de clases, descubro a Longo, en la escalinata de acceso al pasillo central del aula, acarreando con dificultad su desproporcionada cartera de cuero. Parpadeé un par de veces como desconfiando de que mi aturdimiento me hiciera ver fantasmas. Pero no eran visiones. No.

Longo se encaminó directamente hacia donde yo estaba, como si supiera de antemano que me iba a encontrar. Aún hoy me niego a aceptar como casual que eligiera sentarse a mi lado. Al acercarse, comprobé que seguía tan pequeño como antes, quizá algo más encogido. Amagué levantarme para saludarlo, olvidado por completo de aquellas travesuras del secundario, y verdaderamente contento por el reencuentro con un antiguo compañero en ese ámbito egoísta y hostil. Me saludó con cortesía e inocultable frialdad, y sonrió con una suficiencia que no alcancé a comprender. Sin hablarme, ni hacer ningún comentario o preguntar por mi vida, como era lógico y natural pues habían pasado algunos años desde nuestro último desencuentro en  el Nacional (habíamos sido compañeros de clase hasta el tercer año), se acomodó en el banco de mi derecha y comenzó a desplegar en el pupitre sus útiles de trabajo. Estaba tan sereno e imperturbable que por un momento pensé que su enfermedad (nunca supe qué rayos tenía; si realmente era una enfermedad o un estado) ya le había atacado el cerebro: ese examen era crucial y uno de los filtros que obligaba a desertar tempranamente a la mayoría de los aspirantes a ingenieros.

Cuando el ayudante de la cátedra repartió las hojas con los temas impresos y le eché un vistazo a la mía, la resignación, que se me había presentado como una amenaza, se transformó en brutal certidumbre: era el fin de mi aventura universitaria.

Por unos momentos, como si la perseverancia en la práctica de ingeniosos métodos para copiarnos en los exámenes escritos (o en los circunloquios banales a que echábamos mano cuando pasábamos al frente a dar la lección ganando tiempo mientras esperábamos que nos soplaran una pista) hubieran acostumbrado al espíritu a alimentar absurdas esperanza, mis ojos hurgaron entre las malintencionadas preguntas tratando de encontrar alguna de fácil resolución. Después vería.

Revitalicé mi ánimo, alentándolo a no desertar, como cuando resolvía intrincados crucigramas y elegía las preguntas más asequibles. Algunos esporádicos aciertos, una que otra letra de las respuestas correctas me proporcionaban el acceso a las difíciles, por intuición o tanteo. Pero, lamentablemente, no eran palabras cruzadas. Entonces me derrumbé.

Pasé la mitad de la hora que duraba la prueba, con la mente hecha un trapo de piso, garabateando pirámides y cuadrados en una esquina de la hoja, brutal, brutalmente blanca. Entonces, como si el instinto de supervivencia me hubiera iluminado, recuerdo que sonreí y pensé “¡Qué tonto! ¿Cómo no había reparado que ese viejo compañero, honrando el código de honor de la hermandad estudiantil, aunque no hubiéramos sido verdaderos amigos, me rescataría del naufragio?

Alivianado del peso de los absurdos temores miré hacia su lado. Advertí que escribía parado frente al pupitre, encorvado sobre su papel, cubriéndolo con el brazo (después comprendí que lo resguardaba de mí). A pesar de la muralla protectora, pude comprobar que ya había contestado casi todo el cuestionario. Me agazapé para acercarme y susurré su nombre. Quizá lo hice muy débilmente, pues no dio señales. Espié para ver si el ayudante estaba cerca, pero por fortuna charlaba con el titular de la cátedra sobre algo que los mantenía ocupados. Entonces me animé y le pedí a Longo que me soplara unas respuestas.

Fue un instante, casi una ráfaga. Sin hablar, sin que su rostro reflejara un gesto descomedido, me miró de soslayo, como dosificando su desprecio. Después, sonrió, con los labios apretados, volvió su mirada al papel y continuó escribiendo. Pasados unos minutos se levantó para entregar su prueba. Lo vi irse, empequeñeciéndose, por el pasillo arrastrando el inveterado portafolios. Saludó al profesor y antes de cruzar la puerta miró hacia mi lado. Me pareció adivinar en su leve cabeceo una despedida. Nunca más lo volví a ver.

No hizo falta ninguna recriminación, ni sermones sobre las vueltas de la vida, ni estúpidas moralejas. No. Simplemente una sonrisa. Como si a través de ella paladeara más a gusto  la venganza que, él sabía, fatalmente habría de llegar.

Cuando terminé mi relato, el silencio, que antes era un manto neblinoso acechando mis palabras, se descargó sobre la mesa con la impiedad de una penitencia. Con idéntica repercusión que una escupida en el mar, alguien intentó cambiar el clima comentando algo sobre el inminente clásico River-Boca que se jugaba al otro día. Oportuno, el Laucha pidió la cuenta.

Nos despedimos en la puerta. Los tímidos abrazos enmudecieron las inútiles y vacías promesas que nos hacíamos a la salida de cada reunión, cuando la ilusión de recuperar la inocencia perdida, de rascar bajo la costra de los años y la rutina para redescubrir a aquellos adolescentes lejanos, renovaba la esperanza del próximo encuentro.

La noche fresca y perfumada de Barracas se poblaba de nubes que lentamente iban cubriendo la negrura del cielo. Quizá haya sido mi imaginación, pero creí ver que, sentado en el borde de una nubecita pequeña, tan reducida que no alcanzaba a cubrir sus zapatos infantiles, Longo nos observaba sonriendo, como si aquella sonrisa despectiva que me había dedicado en la facultad esa noche la extendiera al conjunto.

Habíamos fracasado en el intento. No era sólo que la boletería había cerrado obligándonos a esperar hasta el próximo noviembre. No. El parque de diversiones se había clausurado. Definitivamente. Las artimañas a que habíamos echado mano con la ingenua esperanza de revivir tiempos de antaño no habían resultado, ni podíamos deformar la realidad a nuestro antojo. Ella, cruel y obstinada, emergía, como traída por la sonrisa burlona de Longo desde el más allá.

Hubo una época en la que me sentí acorralado por el recuerdo. A través del espejo retrovisor del taxi estudiaba el rostro de cada pasajero y lenta, gradualmente, lo iba deformando hasta instalarle dientecitos de tiburón, rictus sarcásticos, peinados a la gomina. Viví perseguido por su espectro. Cuando me detenía ante cada semáforo, Longo se me aparecía entre los niños que cruzaban de la mano de su madre por la senda peatonal y apartándose del grupo me señalaba con el índice acusador. Hubo un tiempo, también, en el que me vi como un penitente que buscaba purgar su culpa asediado por el recuerdo de una lección de vida.

Hoy creo, sinceramente, que no debo reconocerle nada. Es más, estoy convencido de la perversidad de los enanos, montón de resabios apretados en un cuerpo amarrete, resorte tensado hasta el límite a la espera del momento propicio para descargar su rencor. Tal vez lo único que deba agradecerle a Longo es que, sin proponérselo, me liberó de culpa y de futuras demandas judiciales por derrumbes de puentes o edificios, que mi falta de afición por la Ingeniería seguramente habría causado, y rescató de los escombros de mi fracaso esta vocación que de otro modo hubiera quedado trunca.

No me imagino con un casco de plástico amarillo en la cabeza, calzando zapatones de goma y sacos con cuero en los codos.

Soy feliz en mi taxi, conversando con la gente, pues si uno es atento y sabe escuchar, se aprende un montón.

Sombras tras el ventanal



 

                        ¿Qué me empuja a levantarme de la cama? Empiezo a cruzar el pasillo convencido de que aunque no quiera mis pasos seguirán un rumbo prefijado. Trato de rechazar la idea de que todo lo que va pasar ya está determinado, de alejar viejos fantasmas. Miro los rectángulos del parquet como si en ellos se encerrara un laberinto. Busco la salida pero en cuanto presiento que algo terrible sucederá si no la encuentro, me paralizo. ¿Desde cuándo me persigue esta manía absurda? No lo sé. Hay miedo, hay frío y oscuridad cercando al niño que recuerdo. Apoyado contra el vano de la puerta de la cocina miro la sala en penumbras y voy reconociendo las siluetas de los muebles por el contraste de las sombras. Necesito distraerme. No importa si me engaño. Sólo quiero estar lejos. 

Enciendo un fósforo y mi sombra se agiganta quebrándose en los ángulos de las paredes, deformando mi cabeza, alargando mis brazos. Acerco el fósforo a la hornalla y me quedo contemplando la llama azulada. Pongo a calentar agua.

La noche se ha estampado sobre el ventanal. Me siento en un sillón del living, cebo un mate. Con la bombilla en los labios me pierdo entre las sombras del jardín. Con la fugacidad de un resplandor la escena del asalto traspasa el cristal. Manoteo el aire a tientas pero la imagen persiste, contoneándose, levemente erguida como una cobra, volviéndose más nítida a cada instante. Cómo quisiera poder dominar mis pensamientos, hacer que piensen lo que yo quiero. O anularlos, no pensar. Entrecierro los ojos. Quiero apartar el recuerdo, pensar en otra cosa. Sin embargo sigo ahí, inmóvil, apretado contra el respaldo, temiendo que la secuencia de imágenes se empiece a proyectar en mi cabeza. Aún sabiendo con qué me voy a encontrar, que podré recordar cada movimiento, reproducir cada grito y amenaza, tiemblo al presentir la reaparición de la escena.

Desde esta tarde no hago más que evitar el recuerdo pero fracaso en cada intento y me vuelvo a ver en el Banco, casi al final de una fila interminable. La anciana que me precede se da vuelta y me habla. No sé qué dice pero una ternura de infancia olvidada me impulsa a sonreírle y asentir. Animada por mi atención la viejita redobla sus quejas contra la demora y la miserable jubilación. ¡Mierda! ¡Entré a este maldito Banco hace una hora! Necesito fumar. El tipo corpulento de campera de cuero que está detrás de mí recorre el salón con la mirada, pitando nervioso. No me atrevo a pedirle un cigarrillo. De pronto enfila hacia la caja donde un cliente verifica el vuelto y lo empuja. Antes de que balbucee un rezongo el culatazo lo desparrama por el piso. En un pestañeo el gorila y tres compinches, que surgen de la nada, copan el Banco. Un adolescente rubio trepa al mostrador y encañona a los clientes y a los empleados.

- ¡Todos al suelo! ¡Al suelo, carajo!

Maldiciones histéricas, ojos desencajados, armas que se agitan de un lado a otro, gritos. No hay tiempo para pensar. Me quedo con la cara aplastada contra el piso hasta que veo la mano crispada de la viejita que lentamente se arrastra sobre la baldosa, traspasa la junta y se detiene. Quiero acercar mi mano a la suya pero me quedo inmóvil.

Paso por encima del recuerdo detallado del atraco que se consuma en un par de minutos interminables y la huida de los delincuentes con el dinero. Vuelvo a quedar acorralado por las amenazas del muchacho rubio y su enorme revólver. Retumban en mi cabeza como campanadas siniestras. Alcanzo a reconocer su voz. Sólo la suya. Como si los otros hubieran sido mudas figuras de cartón. 

¡Si pudiera quedarme así, dormir, incorporarme definitivamente a un sueño! Tengo miedo que al abrir los ojos vea esa cara. Quisiera no haber reconocido al hijo de Juancho.

¿Cuánto tardó Juancho desde que nos conocimos en hablarme de él? Me pregunto ahora mientras recuerdo sus señas llamándome desde la caseta de vigilancia, la conversación que se alargó entre hasta la madrugada. Sólo me queda de esa noche el apretón franco de su mano, enorme como un guante de amianto. Y su tristeza.

Y ahora no sé cómo enfrentarlo. Tengo miedo que en cuanto se lo diga… Pero tengo que hacer algo. Rápido. Alguien puede quedar con los sesos desparramados por el suelo. A esos tipos no les importa nada.  Es cierto, recuerdo ahora, que otra noche se atrevió a hablarme del muchacho quejándose de su desidia, de sus amistades. También desconfiaba del origen del dinero que el chico conseguía. Pero era su hijo.

- Ella se fue. Y a partir de ahí… – Dijo con la mirada perdida en algún rincón oscuro de la calle, sin más datos, como si esas palabras bastaran para que me arrimara a su culpa por haber descuidado a su hijo. Eso lo reblandecía.

Más de una noche de insomnio me entretuve imaginándolos. El muchacho entraba en la casa y la atmósfera se enrarecía. Escupiendo un gruñido parco enfilaba hacia la cocina. Sus zapatillas ahogaban el ruido de sus pasos habituados al sigilo. Hurgaba en la heladera, en el aparador. Prendía la televisión y comía con los ojos clavados en el aparato. Juancho le preguntaba cómo le había ido. El pibe, dominador, insolente, le contestaba, sin mirarlo, con monosílabos cortantes, como latigazos.

Lo vi por primera vez una noche de la semana pasada cuando fue a visitar a su padre a la caseta. No me atreví a interrumpir ese momento. Imaginé que podrían estar tratando de reconciliarse, de achicar viejos enconos o diferencias agravadas al cruzarse por la casa silenciosa. Recuerdo que me reproché haberlo prejuzgado. En ese momento sólo vi a un chico, un chico que necesitaba… Pero ahora no puedo evitar verlo como esa primera vez, cuando lo sorprendí como si estudiara el lugar para un próximo asalto.

¡Maldito el momento en que se me ocurrió ir al Banco! Si la factura del gas recién vencía el viernes, ¿Por qué diablos fui hoy? me pregunto estúpidamente, negándome a admitir mi rol de marioneta, de pieza de ajedrez que el de arriba mueve cuando se le antoja. Debería sacarme de la cabeza esa idea absurda de creer que se puede contra el Destino.

Me sobresalta el timbrazo. ¿Será la policía? ¿Me identificaron en la filmación del Banco? ¡No! ¡Basta, carajo! Basta de imaginar ridiculeces. Que haya estado en la fila al lado del gorila no les da derecho a pensar que… ¿Pero a quién se le ocurre venir a las tres de la mañana?

Es Juancho. Como de gusto espío por la mirilla. Abro.

-¿Qué pasa?- Finjo sorpresa, temiendo adivinar la terrible respuesta.

- Nada, Martín. Vi luz y como hoy no vino pensé que…

- Entre. Se va a mojar. Estuve todo el día en cama. – Miento. – Ando medio engripado y con este tiempo…. – Juancho se queda mirándome, enmarcado en el vano de la puerta. Lo noto arrepentido, como si se recriminara la inoportunidad de la visita. Antes de que balbucee una disculpa lo tomo del brazo.

- ¡Pase hombre! – Le digo, forzándolo a entrar. Cierro la puerta. Apago la luz del palier y atravesamos el pasillo. Una seguidilla de relámpagos reverbera entre las nubes iluminando los sillones de la sala, la mesita enana, la bandeja. Nos sentamos. Cebo un mate. Se lo ofrezco. Juancho extiende su mano. Sé que busca mis ojos pero rehuyo su mirada. ¿Sabe que yo sé? ¿Se enteró de lo del pibe y quiere confiármelo pero no se anima? Resopla como expulsando cansancio o hastío. Un silencio incómodo se levanta como un muro entre los dos. El rezongo de la bombilla me hace mirarlo.  

- Escuche, Martín... – Juancho baja la cabeza y carraspea. Me devuelve el mate. Alargo mi mano mientras sigo los movimientos de su zapato en el parquet. El silencio de ese instante es eterno. Presiento la confesión. Los músculos del cuello se me tensan como alambres y una puntada súbita me hace arquear la espalda.

- Necesito su consejo. – Dice. Trago saliva y me quedo esperando. - Ando cansado de estar solo… y a mi edad… Mire, usted es el único que lo sabe. – Un mohín cómplice ablanda los rictus geométricos de su cara. El bigote grueso, imponente, se mueve lento, como un telón, para dejar paso a las palabras que se deslizan en el aire. - Estoy saliendo con la modista de la otra cuadra. Nos tenemos  que ver lejos del barrio. – Dice, chasqueando la lengua. – Por lo vecinos, ¿me entiende? Es una buena mujer, pero…

Un barro chirlo, de cloaca, se me escurre por el cuerpo. Los labios de Juancho se mueven a cámara lenta, dejando escapar palabras mudas. Siento la boca reseca.

- Discúlpeme un segundo. Tengo que tomar la pastilla para la presión. – Vuelvo a mentir. Me levanto y voy hasta la cocina.

Me apoyo contra la puerta de la heladera, aturdido, sintiéndome miserable, ensuciado por el asco de no poder concebir su candor, su simpleza; por tener que retorcer y maquinar todo lo que a tipos como él sólo les basta sentir. Pero no. No es eso, me digo. Es por lo del pibe. Tengo que decírselo. ¿Pero cómo? No. No puedo. Aunque, de todos modos, se va a enterar. Un carraspeo indisimulado de Juancho me obliga a volver a la sala. Se ha parado. Lo veo sacar del bolsillo de su campera gris de vigilante una billetera. Busca dentro y me extiende una fotografía.  - ¿Y? ¿Qué le parece? Dice.

- Linda mujer. – Respondo sin mirarlo, perdiéndome en las formas que se desdibujan en el recuerdo de mi Leonor y su agonía interminable, en el primer beso, en su última mirada. ¿Por qué siempre hay fotos? El leve tironeo me sorprende. Juancho recoge la foto y la guarda. Se vuelve a sentar.

-   Gracias. Sí es linda. Pero ¿sabe? Me jode que nos tengamos que ver a escondidas, como delincuentes. Es por el pibe, vio. – Dice, meneando la cabeza. - ¿Qué hago si un día de éstos quiere venirse a vivir conmigo? No voy a echar a mi hijo a la calle. Si ahora casi no hablamos… Imagínese lo que sería convivir con una extraña en la casa que fue de su madre. ¿Cómo hago para hacerle entender a ella que mi hijo está primero? Aunque los hijos se van, siempre se van, y el día menos pensado no lo veo nunca más. Pero no podría…

Y esas palabras que Juancho calla, que deja colgadas del silencio, son como una seguidilla de trompadas que me acorralan. Me veo obligado a decir algo.

- Y sí. Es complicado. Tal vez…- Se me escapan palabras que no alcanzo a concebir. Se me mezclan pensamientos, imágenes confusas, distantes. Los ojos de Leonor, sus primeros ojos muertos, fijos en mí, el pibe sobre el mostrador agitando el revolver, un charco de sangre en el adoquinado…

Le ofrezco un mate. Juancho, con delicadeza, agradece. Se levanta. Lo noto confundido, como si se compadeciera de mí. Adivinó mi tristeza al mirar la foto y piensa que… Lo acompaño hasta la puerta y le palmeo el hombro, le digo que todo se va a arreglar y un par de frases sin sentido.

Me quedo viendo cómo se aleja. Y mirando su espalda encorvada lo imagino en la sala fría y desolada de la morgue, frente a la camilla, negándose a reconocer en ese cuerpo lívido, extraño, el cadáver de su hijo. Lo veo hojear un diario y sobresaltarse al encontrar la cara del muchacho en la página policial. O descubriendo en un noticiero de televisión algo inquietante, familiar, en los movimientos de ese delincuente anónimo, con la cabeza cubierta por una campera, que el policía empuja hacia el interior del patrullero. Y el dolor. Y la culpa por la muerte de un inocente o los horrores del presidio de su hijo como un castigo que deberá sufrir eternamente. Y la vergüenza. ¿Cómo volver a mirar a los vecinos? ¿Qué le dirá a la modista?

Debo hacer algo. Tal vez ayudarlo a convencer al pibe para que se escape. O denunciarlo. No sé.

Apago la luz. Vuelvo a cruzar el pasillo y me acerco al ventanal. Siento la frescura del vidrio contra mi cara como un bálsamo, una caricia que estaba necesitando.

Sobre el muro del jardín el cielo comienza a vestirse de un gris claro, metálico. Un sapo asoma la cabeza por un agujero cavado al pie del laurel. Sale. Avanza a saltos entre los charcos. De pronto se detiene. Me mira. Se queda revisándome con esos ojos estúpidos y a la vez inquisidores. Los latidos reverberan en su panza y suben hasta el colgajo del cuello, como si mascullara algo.

El corro de fantasmas inmóviles me observa. Sombras. Son sólo sombras, intento convencerme, aunque sé que están ahí, señalándome, descubriendo mi máscara hipócrita. Camino por la sala en penumbras. Intento pensar en otra cosa pero sólo alcanzo a verme emergiendo de un pantano, arrastrándome. Alcanzo la orilla y me sacudo la maraña de algas podridas que me oprimen. Cerca de mis pies dos enormes guantes de amianto surgen de las profundidades del lodo, agitándose desesperados. Me inclino y extiendo mi brazo para aferrarlos pero cuando estoy por alcanzarlos me aparto bruscamente y huyo. Necesito espantar esas imágenes, descargar esta angustia. Pero no es angustia, lo sé. Es el temor de comprobar que algo ha muerto en mí. Que obsesionado por hurgar en las vidas ajenas y manipularlas como objetos no aprendí a querer. Quizá sea ésta mi condena, la de creerme estúpidamente un iluminado, o un dios. Que puedo adelantarme, adivinarle la intención al Destino. Aspiro una bocanada de aire como si fuera la última. La expulso de a poco. Me aflojo.

No hay nada que pueda hacer, me digo. Nada que evite que Juancho se estrelle contra la realidad. Porque un día cualquiera…

Voy hasta la cocina. Abro la heladera. La explosión de luz hace que cosas hasta ese momento ignoradas cobren vida. ¿Y si no las viera? ¿Existirían? No. Ojos que no ven…

Cierro la puerta.

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