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García Quintana, Hector (Hans Castorp)

Las razones de Manolo



 

 

 

 

 

 

 

No podía fallar, lo tenía todo previsto. Se caló el sombrero y caminó hacia la taquilla, encorvado casi, fingiendo un agotamiento que para nada se avenía con la realidad. A pesar de sus sesenta y dos años aún tenía vitalidad y la fuerza de veinte años menos. Ya frente a la taquilla colocó la sucia bolsa de tela sobre el mostrador y fingió una sonrisa a la muchacha detrás del cristal.

—Más le vale que no arme escándalos. Tome esta jaba y eche todo el dinero de la caja —dijo sin dejar de sonreír.

La muchacha lo miró asombrada, creyendo quizá que era una broma, pero al ver el cabo de la pistola que él le enseñaba en la faja del pantalón comenzó a llenar presurosa la bolsa.

La idea se le ocurrió a Manolo varios meses atrás cuando su nieta le habló de que no podría hacer la fiesta de los quince; ¡eran tantos gastos! El se encerró a llorar en el cuarto y concibió la idea de robarse un banco. Pero un banco es siempre un lugar difícil para robar. Después se le ocurrió que mucho más fácil era acceder al dinero de las pensiones de retiro que pagaban todos los finales de mes. Debía ser una operación sencilla. En el correo no había custodios y en la caja debían tener lo menos siete mil pesos. Pensó hablarlo con Valeriano o con Tomás pero se arrepintió; no estaba seguro de que lo secundarían. Además, para estas cosas, lo mejor era estar solo. Todo consistía en disfrazarse, conseguir una pistola que pareciera lo más real posible y llevar una bolsa bien sucia y fea para que nadie sospechara. El único problema era la retirada. Tenía que buscar un método para que quien estuviera en la taquilla demorara en dar la alarma al menos diez minutos después de que él se fuera. Así tendría tiempo de colarse por algún lugar, cambiarse de ropa y quitarse el disfraz. Recordó entonces una película donde George Clooney fingía tener un cómplice que en realidad era un cliente más del banco donde robaba. No podía fallar.

En cuanto vio la bolsa llena miró a la muchacha.

—¿Ve aquel hombre sentado en la butaca que nos está mirando? —dijo Manolo sintiéndose Clooney—.  Tiene una pistola lista a dispararse si da usted la alarma. Ah, y no se preocupe por el dinero de los viejitos... Nuestro Estado es grande —y salió caminando con su bolsa bajo el brazo.

Dos calles más abajo dejó de andar encorvado, entró en el callejón de las dunas, miró a todos lados y se escurrió tras la alfombra que formaban las plantas que daban nombre a aquel trozo de calle. Se quitó el sombrero, la peluca y el bigote que usaba su nieto en el teatro. Se cambió la camisa a cuadros por una camiseta blanca, y las sandalias por sus zapatos remendados de siempre. También se puso las gafas y dejó todo lo que pudiera comprometerlo en el hoyo que había abierto en la tierra el día anterior. Después abandonó el escondite con apariencia tranquila.

Ya salía cuando vio el coche policial en dirección contraria. Se quedó petrificado lamentando haber dado este paso absurdo. Podía haber intentado salir por el otro lado del callejón; más alejado del correo. Sin embargo el coche continuó de largo. Suspiró profundo y se metió de nuevo en el callejón. Ya deben haber dado la alarma, pensó y caminó tan rápido como pudo hacia la otra salida.

Unos metros antes de llegar vio dos policías chequeando a todos los que entraban o salían del callejón. ¡Coño, esta gente apretó! Regresó corriendo a la otra salida con la esperanza de que aún no la tuvieran bloqueada. Ya era tarde. También estaba allí una pareja de policías. ¿Y ahora qué haces Manolo?, dijo en voz alta, ¿para qué te metiste en este lío? Pero recordó una película donde Bruce Willis se escapó de una encerrona pasando por donde mismo estaban los mafiosos que lo buscaban tirando la cinta con la grabación hacia un techo cercano. Lanzó la mochila sobre una cerca que daba a un patio privado —a un techo no podría subirse después— y caminó decidido hacia la pareja de policías.

Aunque estaba asustado aparentaba serenidad. Los policías le pidieron su identificación, lo miraron constatando con la foto en el documento y lo dejaron ir. El dio la vuelta y tocó el timbre de la casa donde suponía estaba el patio en el que había tirado la mochila. Una adolescente le abrió.

—Hola, mi nietecita, necesito ver si la mochila de mi nieto está en tu patio. Es que sus amiguitos la tiraron jugando desde el callejón...

La muchacha no dijo palabra alguna, cerró la puerta y regresó con la mochila. Manolo advirtió algo raro en su mirada. ¿Habría abierto la mochila? Por si acaso la tomó rápido y sin darle siquiera las gracias apresuró el andar. No podía estar seguro de que la muy entrometida no se hubiese puesto a curiosear y ahora estuviera llamando a la policía.

El próximo paso era subirse al autobús y dejar que rodara por la ciudad para que la policía no pudiera seguir su rastro. ¡Buena sorpresa se iban a llevar cuando vieran al perro detenerse confundido en la parada! Eso lo había aprendido en una película de Morgan Freeman que despistó al ejército y a la policía de Nueva York. ¡Pero es que en Nueva York no demoraban tanto los autobuses como aquí! Comenzó a preocuparse. Miraba a uno y otro lado de la calle esperando ver aparecer a la Canina con sus rastreadores y sus perros. Le preguntó la hora a una mujer ya mayor, dio tres o cuatro pasos en redondo y vio al policía que venía de la esquina. Pensó correr, pero los nervios lo clavaron en el lugar. El policía llegó a la parada sin dejar de mirarlo con cara de enojo y preguntó:

—¿El último del 204?

Manolo respiró profundo mientras levantaba el dedo y se recostaba a una de las columnas que soportaban el techo sin paredes de la parada. Se percató de un movimiento de la gente hacia un punto impreciso de la acera; ya venía el autobús. Montó lentamente cuando le tocó el turno, flanqueado por dos o tres que querían arrebatarle sin violencia su lugar. Se colocó la mochila en el pecho, no fuera a ser que algún ladrón... No, él no era un ladrón; él era un caballero sin capital que buscó una manera sencilla de resolver sus carencias. ¡Cuántas cosas no haría con el dinero! Siete mil pesos aseguraban la fiesta de los quince de su nieta, un radiecito para él escuchar los juegos de béisbol que en su casa no puede ver en la televisión. No, no, mejor se compraba un televisor coreano, de esos en blanco y negro, y lo metía en el cuarto. Con lo que sobrara sacaría algo y le compraba la cocina eléctrica a su hija para que no discutiera más con René, su marido. A lo mejor hasta le quedaba algo para llevarse a su enamorada Sabina a comer a algún restaurante; de los buenos de verdad, donde la ración de pollo vale veinticinco pesos. Recorrió la vista y la detuvo breves segundos en un hombre de unos treinta años que lo miraba con malicia. ¡Pero qué mierda! ¿Quién era ese tipo? Se tocó la mochila pensando que quizá se hubiese abierto dejando ver el dinero..., no, no era eso. Trató de no darse por aludido pero cada vez que miraba el tipo seguía sonriéndole maliciosamente. ¿Sería gay? Inquieto caminó hacia la puerta de salida y decidió quedarse en la parada siguiente.

Así lo hizo y se detuvo unos instantes detrás del autobús para ver si el tipo se bajaba. Sin embargo, el autobús cerró las puertas y se alejó sin que el curioso diera señales. Entonces caminó en dirección contraria buscando una parada de regreso. ¡Gracias Morgan Freeman! Por suerte no tuvo que esperar mucho; el 204 llegó y en quince minutos estaba Manolo bajando en la parada que marcaba justo la mitad del camino que había avanzado en el autobús anterior. ¡Bien Manolo, la cosa estaba marchando perfecta! Ahora no le quedaba duda alguna de haber despistado a la policía, con sus perros y sus retratos hablados y sus soplones y todo lo demás. De todas maneras, como medida preventiva, dio varios rodeos antes de enrumbarse a la casa, igual que Silvester Stallone en aquella película donde hacía un veterano de Viet Nam.

Comenzó a silbar como si con ello alejara la última posibilidad de cualquier detalle que pudiera delatarlo; era la melodía New York, New York de Frank Sinatra. Mientras, apretaba morbosamente aquel bulto culpable contra su pecho, seguro de que las cosas serían diferentes en lo adelante.

De repente se paró en seco y dejó de silbar. Sí, no se engañaba. Frente a la casa había un coche policial. Las luces del techo iluminaban todo alrededor. Los vecinos, asomados en los portales, dispuestos como siempre a cebarse de la desgracia ajena. Un policía interrogaba a una mujer mayor; se parecía a Angustias, la del quince. ¿Cómo carajo había sabido la policía? Fue a girar en redondo cuando una mano lo agarró por el brazo. Era un policía que lo miraba de manera despectiva con una pistola en la mano conminándolo a seguirlo. Ya estaba planeando cómo escapar...

—Abuelo, por fin, ¿va a cobrar o no su pensión? —escuchó.

Miró a la muchacha detrás del vidrio, le alargó su carné de identidad y esperó pacientemente por sus setenta y cinco pesos.

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