Si yo fuera psicólogo, lo primero que le miraría a una paciente sería el ombligo. Tiene que haber una relación intrincada entre la forma de esa primera sutura y el vientre de la madre, lo que pasó allá adentro. Un ombligo es un signo, estoy seguro. Es el alimento de antes. Es lo que nos iguala a todos como seres humanos y también lo que nos hace distintos, porque todos los ombligos son distintos. Si fuera psicólogo, no tendría dudas: trataría, sin más, de leer esa pequeña letra de las panzas.
A Silvia no le gustaba que yo le tocara el ombligo. La conocí dos días antes del aniversario de la muerte de su madre. Decía que nadie era tan importante como para tocárselo. No insistí. El ombligo de Silvia hacía el dibujo de la silueta de un paraguas.
El día en que me presentó a Laura, su mejor amiga, hablamos de cualquier cosa menos de ombligos. Era una judía morocha y caderona, con sonrisa de vendedora. Tampoco tenía madre, y eso fue lo primero que dijo. Almorzamos en un restorán de Retiro que tenía varios ceniceros por mesa. Las chicas se pusieron a fumar cigarrillos franceses. Cuando se despidieron para irse, se saludaron con un gesto especial. Dijeron “¡saravá!”, y se tocaron los ombligos al mismo tiempo, por el lado de afuera de la ropa. Fue más que un roce: extendieron sus índices como espaditas y los hundieron.
Cuando me separé de Silvia, el tema de los ombligos se me hizo una obsesión. Convoqué, una a una, a todas mis amigas, ex novias, amantes y ex amantes, y copié la forma de sus ombligos en un cuaderno de hojas blancas. Las hacía venir a casa para que me los mostraran. Acaricié algunos, en otros introduje mis dedos; sólo a alguna a quien le hacía el amor le metí la lengua, en un beso profundo y salado. Hasta vino una prima de diecisiete años. Dijo “ay, Gus”.
- ¿Qué?
- Uau.
Pasé en limpio los dibujos a un cartón.
Parecía un alfabeto.
A los once años me había anotado en la pileta del colegio porque tenía un amigo nadador. Me encantaba ver nadar a Letieri. En el vestuario jugábamos a medirnos las pijas, con una regla de madera. La mía medía medio centímetro menos que la de él. Durante la revisación había que quitar el pellejo para atrás y dejar suelta la cabeza. Después el médico nos pedía que la sostuviéramos contra la panza, y teníamos que correrle los huevos con las manos, para que pudiera ver. Ninguno de los dos teníamos pelos ahí.
Había un chico, Andi. Los que decían haberlo visto desnudo afirmaban que tenía pelo desde el pubis hasta las rodillas. También que tenía una pija larga y torsionada, deforme, y por eso lo apartaban para revisar. El médico corría la cortina. Andi, adentro, se sacaba la malla, que siempre eran bermudas. Jamás se duchaba con todos y, si lo hacía, se dejaba los bermudas puestos. Mientras el médico revisaba a Andi nosotros hacíamos tiempo contando chistes de putos y jugando con las pijas, que para eso las hizo Dios, tan simpáticas en su maleabilidad. Decíamos Dios porque íbamos a la pileta del colegio Marista, y siempre había en el vestuario algún monaguillo para encender. Las discusiones solían terminar en la terrible pija del Espíritu Santo trabajándole la concha a María Inmaculada. Los monaguillos salían asustados, rojos, escondidos detrás de sus bolsos Adidas. Andi participaba de nuestras conversaciones con un dejo de tristeza, y en algún momento se perdía detrás de un armario o en el recinto de inodoros para regresar con los pantalones largos. En un silencio de cementerio, volvíamos a guardar la regla de madera.
No era que yo quisiera ver la pija de Andi. Me extrañaba lo de los pelos. Lo cierto era que a Andi no se le escapaba nada, ni de la boca, ni del calzoncillo. La bermuda natatoria, de tan holgada, tampoco dejaba mucho margen a la imaginación. Ni siquiera mojada. Nuestras inquietudes se quedaban del otro lado de la cortina en cuanto el médico decía “Andi, por favor”. El plástico traslúcido tapándolo todo y él solo ahí atrás, sin nosotros, sin su mamá que lo había llevado a la guardia del hospital porque lo veía muy flojo y el profesional le había recetado Calcevita. “Porque se descalcificó con tanta paja, señora mamá, mireló”. Flaco, chupado, con una malla larga y enorme. Cuatro por día, si no había comido fideos. Si había comido fideos, cinco o seis. ¿Cómo sabíamos tanto? Misterio. Era la única información que se había filtrado y era a su vez una enseñanza, porque todos fuimos a comprar Calcevita a la farmacia. Nadie quería verse entre su Mamá Inmaculada y Nuestro Señor el Médico, en un consultorio, recibiendo la hostia de la ciencia: “su hijo está débil por las pajas que se hace”. Y masticar esa hostia sin llorar, ni ponerse colorados.
Con los pelos de Andi el colegio entero tejía calzoncillos de mentiras. Que los tiene lacios, que afro, que se hace las trenzas a lo Bo Derek. La pija anudada entre los pelos, atrapada ahí. La pija misma hecha de pelo, puro pelo tejido al crochet, como la corbata de un hippie. Si yo la hubiera tenido grande y peluda, con once años, la habría exhibido a quien la quisiera ver. Letieri opinaba lo mismo.
En noviembre nos echaron del colegio. Nos habíamos masturbado en el último asiento de madera de la capilla, solamente para demostrar que podíamos pecar entre la confesión y la misa, sin salir del recinto bendito, de cara a Dios. Los otros compañeros no lo podían creer; yo la saqué primero. Letieri, después. Todos se rieron, salvo Andi. A pesar de lo que los curas nos habían dicho sobre el pecado mortal, comimos las hostias y no nos pasó nada. Nuestro aparato digestivo las digirió sin hacernos sufrir. Lo que oyen, católicos: se puede. Pero alguien le avisó al Director, y esa misma tarde nos expulsaron sin miramientos.
Lo esperamos a la salida. ¿Quién otro iba a ser? Lo confirmó el hecho de que tardó más en salir. Ya eran como las ocho de la noche; teníamos los nudillos de los puños rojos de tanto pegarnos contra las palmas. Lo agarramos a la altura de la cancha de Morón, y lo desviamos al baldío del ferrocarril. Le dimos hasta que cayó al piso. Entonces le pegué una patada entre las piernas. El zapato se me hundió en el pantalón sin resistencia, como si allí no hubiera nada.
Andi lloraba inmóvil, boquiabierto. Le arranqué el cinturón, los botones de la bragueta. Tenía un slip chiquito y rojo, como la sangre que le salía de la nariz. Nada de pelos en las piernas. El slip le marcaba un bulto de bebé, como si apenas contuviera una aceituna. Tiré de la pequeña prenda. Algo atrofiado y mustio, blando, tembló. Lo iluminó el último rápido a Morón. La bocina nos atronó las sienes. Tenía la blancura del pollo crudo.
Con Silvia íbamos a nadar los miércoles y los jueves por la noche. También nadaba otra gente, que al acercarse la hora de la cena, iban abandonando la pileta. Ahí entraba Laura, la amiga de Silvia, con una malla negra enteriza conteniéndole la celulitis. Detestaba que la viéramos así. Silvia también usaba malla enteriza, pero roja y sin cavado, porque tenía los pelos del pubis tan largos que se los tenía que acomodar hacia arriba para que no se vieran.
Muchas veces le había dicho que se los cortara, porque me dolía al penetrarla. Los pelos le cerraban los labios vaginales convirtiendo su concha en una planta carnívora inapetente. Parecían hacerlo a propósito, para impedir mi entrada. Ese día, en la pileta, le dije que si no se los cortaba, llegaría el momento en que yo no iba a poder entrarle, y mi parte en la sexualidad se vería reducida a chuparle el triángulo. Ella se alejó, enojada. Se metió debajo del agua y, al rato, apareció en la otra punta de la pileta. Después se puso a nadar largos, sin parar.
Laura apareció en el trampolín para decir: ¿la hiciste enojar otra vez? Después se zambulló con su horrendo culo fofo.
Las dos nadaban crawl. Se cruzaban en la mitad de la piscina, una viniendo, la otra yendo. En cada cruce se palmeaban con el brazo que subía para completar el estilo. Vi la sonrisa en la cara de Silvia, la que yo no le había podido extraer. Chap, aplauso en el agua, en mitad de la natación. Los pocos que quedaban se pusieron a mirarlas, alabando el chiste de las chicas. Chap, cada vez con más estilo. Me senté a esperarla en la escalerita, con la toalla puesta sobre los hombros. Cuando salió, dijo (otra vez con cara de enojada):
- Todas las mujeres los tienen bien largos.
Estuve por explicarle que era mentira, que conocía decenas de conchas y que era la primera vez que veía una como la de ella. Labios cosidos en el trenzado absurdo de un vello pubiano. Pero dije:
- ¿Cómo sabés?
Laura se sacó la gorra de baño. Envolvió su pelo negro en la toalla, a modo de turbante.
- Por el vestuario –dijo Sil.
Después fui a mi vestuario y estuve un rato sentado, mirando disimuladamente las pijas de los demás. Los tipos se duchaban, se secaban, cambiaban hawaianas por medias y zapatillas. Hablaban de fútbol, de autos, de dinero. Agarraban sus bolsos y se iban como habían venido. Había pijas chicas y grandes, pijas sin prepucio, pijas muy peludas, pijas lampiñas, pijas ladeadas a alguno de los costados, pijas coloradas y pijas blancas, pijas con un atisbo de erección y pijas metidas hacia adentro por el frío, como si fueran telescópicas. Y pijas meando, y pijas enjabonadas, y pijas chorreantes. Todas pijas despreocupadas, casi todas mojadas, casi todas con una única tarea: la de irse a casa a copular con sus mujeres. Sentado en el vestuario pude observar todas estas pijas colgantes. La mía propia, inclusive, que parece un tonete. Y no sentí ninguna emoción extraña -Laura, Sil- quizá la misma que si les hubiera mirado solamente los pies o las orejas. Todas esas pijas no me dieron ganas de hacer nada, ni de estar con ninguno de esos hombres ni siquiera por un minuto.
Suelo tener relaciones conflictivas con las mujeres. Ese es mi modo de ser inolvidable. Pero sexualmente intento que todo esté bien, con momentos intensos y buenos descansos. No sirvo para las mujeres que exigen; me gusta dar, me gusta acariciar, me gusta pellizcar y chuparlas desde la punta de la nariz hasta los pies, pero tengo que empezar yo. Me gustan los tobillos de las mujeres, los cuellos, los párpados, los lóbulos, los pezones, las espaldas, las rodillas, las nucas. Me gustan, definitivamente, los ombligos. Y prefiero pensar siempre que las relaciones son algo pasajero, no una historia para perdurar.
Con Silvia me había pasado algo distinto. En la primera noche le pregunté si quería tener hijos conmigo. Me sorprendí escuchándome. Habíamos acabado de hacer el amor y yo le estaba mostrando mi colección de fotos de otros planetas, algo que me mandaron de la NASA. Tomábamos vino tinto en copas espigadas; había velas. Me acuerdo hasta del color de las sábanas: celeste. Ella sonrió a todo lo ancho de su cara y dijo:
- Con vos iría a Marte.
El paso siguiente fue contárselo a Laura. Coincidimos en que era mejor que yo se lo dijera. En realidad no coincidimos; fue idea de Silvia. Yo decidí que lo haría en la pileta. Esa noche Silvia estuvo más cariñosa que nunca. Laura había avisado por el celular que iba a llegar tarde; cuando todos salieron del agua arrinconé a mi chica contra las escaleras. Ella se corrió la tela roja con la mano. Vigilaba la puerta, por si acaso. Le separé los pelos en dos. El chorro de agua caliente le daba por la espalda, entre sus hombros de nadadora. La besé y la clavé con fuerza, con brutalidad. El agua tibia nos apergaminaba las pieles. Tembló; me sacudí. Mis pescaditos se fueron en el agua clorada. Las mallas volvieron a tapar. Laura llegó antes de que las mejillas de Silvia perdieran el color.
Dijo que había tenido un día de locos. Casi no vengo, pero no los iba a dejar sin la felicidad de mi presencia. Se puso la gorra. Se zambulló. Apareció a mi lado. Silvia se fue de la superficie del agua. Nos vamos a casar, dije. La sonrisa de Laura quedó a mitad de camino. Dio vuelta la cabeza en una especie de desesperación, buscando a Silvia, que la había dejado sola. No volvió a mirarme. Apretó los dientes y se sumergió durante un largo rato. La esperé todo ese tiempo. Salió en el mismo lugar, abriendo mucho la boca para respirar. Tenía la cara roja como un tomate.
- ¿Estás bien?
- Sí -dijo.
Respiró dos o tres veces más. Trataba de adivinar, con el rabillo de los ojos, el lugar donde Silvia saldría a tomar el próximo aire. No acertó ni una vez. Por fin dijo:
- No creas que no estoy llorando de emoción. No se nota, porque tengo la cara mojada.
Laura se obsesionó con la boda. Insistía en llevarme al único negocio digno para que hiciera los anillos y a salones increíbles para la fiesta. El Trust Joyero y el Tattersal, por ejemplo. Pretendía que comprara anillos gruesos de oro dieciocho kilates y que fueran grabados por un artista plástico que cobraba por hacerlo lo que yo ganaba en tres meses. Una locura. Laura quería tanto a Sil que no podía hacer menos. Y Sil no le decía nada. Yo llegaba del trabajo y las dos estaban tomando el té.
No sé cuándo quedó embarazada. Creo que utilizamos uno de esos pocos momentos en los que Laura no estaba y nosotros no dormíamos. El hecho nos trajo felicidad. Las tetas de Silvia crecieron notablemente, pasado el segundo mes. Laura lo descubrió. Se descompuso cuando Sil le corroboró el descubrimiento. Estaban solas en la pieza, conversando, y entré sin golpear. Laura tenía los ojos irritados. Le dije viste, Lau, vamos a ser papás. Silvia estaba muy seria. Me acerqué. Como Laura no reaccionaba, busqué un modo simpático de hacerle notar el asunto. Rodeé a Silvia desde atrás, para abrazarla. Estaba dura como una piedra. Entonces le puse una mano en cada una de sus tetas infladas. Fue un gesto de cariño, como expresando ¿te das cuenta cuánto crecieron, no? Están llenas de leche materna, leche para nuestro hijo que vendrá. Ese gesto. Pero mis manos no estuvieron ni un segundo ahí, porque Silvia pegó un salto, enojadísima. ¿Estás loco?, dijo.
- ¿Por qué?
- ¿Estás loco? – repitió.
Laura se fue inmediatamente. Silvia la acompañó hasta la casa. Volvió cuando yo ya me había dormido.
A los diez días perdimos el bebé. El médico explicó que era cosa de primerizas, y que podíamos volver a intentarlo en cualquier momento. Después me llevó aparte y me dijo que no esperara mucho. Un mes estará bien. Me dio una palmada en la espalda.
En casa tiré a la basura unos escarpines blancos y un chupete con el escudo de Boca Juniors. Llovía.
Estoy preparado para tener relaciones con mujeres como si fuera un mago ¿Durante cuánto tiempo puedo deslumbrarlas con mis habilidades? ¿Seis meses? Me parece mucho. Tres sería una cifra razonable, pero dejemos seis. Seis meses de tocar a alguien con los mismos dedos, de besarla de la misma manera, de hurgarla igual. Seis meses y empezaré a repetirme, inevitablemente. Medio año de trucos y más trucos, sin que ella me descubra las trampas. Después de la actuación, nunca sabré qué más hacer.
De Silvia no extrañé su amor: fue poco y estaba dosificado. No se dejaba chupar, no le gustaba que le tocara los pies, me prohibía su ombligo, jamás me dio la espalda. Si voy a amar necesito amar por todos los agujeros, necesito escarbar acá y allá para encontrar el alma. Porque el alma de las chicas está ahí, en alguno de sus fondos. Recluida y a oscuras. Y soy bueno sacándola para afuera.
Sé que estoy habilitado sólo para ellas. La pregunta me la hice al cumplir los trece, como todos los varones del mundo, y nunca sentí la necesidad de rever el asunto.
De Silvia extrañé sólo su enigma.
Pasaron cuatro años. Quedamos en tomar un café en un bar de Recoleta. Ella estaba muy linda, se había vuelto a dejar el pelo largo y llevaba las uñas pintadas. Me contó que Laura se había casado y estaba embarazada. Le pregunté cómo había recibido la noticia. Mal, contestó. Ahora estaban distanciadas, porque el marido era un hijo de puta que las alejaba. Alzó los hombros. La moza vino con los cafés. Silvia esperó a que se fuera, para agregar: ya se van a separar. Lo dijo con odio y esperanza. Tomó un traguito de café sin endulzar. Le puse azúcar al mío, y leche. Revolví.
- Estás celosa –le dije.
Hablamos de trabajo y de enfermedades. Después acerqué mi silla a la suya y nos besamos, y se me juntó una ternura extraña en el pecho, ajena a toda sexualidad. Como si con mi beso la estuviera protegiendo de hablar, como si mi lengua contuviera a la suya, emocionadas las dos en el secreto. Como si estuviera besando en la boca a mi hermana menor, con todo lo prohibido o ingenuo que puede tener un beso así. Entonces le dije te quiero mucho. Ella lo entendió. Puso cara de sentirlo.
- Y no me di cuenta de nada, pescadita –agregué, para que lo supiera.