por Isadora Turner
Helos allí, encaminados hacia la cripta secreta, los dos poetas, simples o burlones, sedientos, eso sí, muy sedientos y con sus gargantas llenas de polvo, o de la materia leve de una fábula, entre los túneles subterráneos de la ciudad sin centro, los dos, relucientes, poetas, burlones, o simples, decididos a averiguar si todo había terminado, como restos de fogata, si persistían después del fin, o si acaso debían procurar la caída, la disgregación de un relato de arena, si estaba en ellos el motor de la destrucción, allí, indagatorios, iluminados, o puros, literarios, ambos, encaminados hacia un destino de los muchos, la cripta secreta, meta de valientes, de sobresalientes, no de simples poetas como ellos, los dos, aunque acaso, también acaso, los secretos subterráneos de la ciudad sin centro hayan sido atesorados para fabuladores, para versificadores, para dos simples poetas burlones llamados Alexis Comamala y Marcelo Dughetti. Tenían prontuarios, tenían el pasado común y un pasado, anterior al pasado común, del que poco recordaban, y otro pasado del que nada sabían, tenían sexo en sus cabezas y versos en sus genitales, y prontuarios, ambos, los poetas, por desacato, por idealismo, por nihilismo, prontuarios cortos y ridículos, unas cuantas hojas en prosa, ellos, los poetas con versos en los genitales, ya no podrían volver a la sociedad, quizá porque la sociedad se había pulverizado y quedaban, sí, lazos tendidos hacia la desesperación, brazos ciegos hacia la nada, y entre ellos los intentos de acabarlo todo, de estallar ese martirio de las épocas, por parte de uno de ellos, de Alexis Comamala, y también las incómodas modificaciones, los cimientos de aire a mitad del aire del otro poeta, de Marcelo Dughetti. Pero, ahora, así, encaminados, allí, entre los pasajes ocultos, surcando las entrañas de la ciudad sin centro, la ciudad con los bordes dislocados, qué podría importar la existencia de una sociedad de la que habían sido expulsados, quién sabe por quiénes, y hace cuánto, qué importaba, toda vida estaba adelante, en una cripta secreta, sin esa sociedad en la que habían sido diferenciales, algo genuino, o un efecto más de lo típico, qué podía importar la existencia para los dos poetas, para las simplezas que determinarían sus almas de haber tenido tal cosa, para Marcelo y para Alexis, qué podía importar.
Qué los había unido, no cabía la pregunta por la predestinación, no para ellos, eran poetas como podrían haber sido conductores de camiones, en este punto ambos acordaban con el azar, aunque por distintos motivos, para ellos la suerte estaba estancada, obstaculizando la explicación última, uno de ellos lo relacionaba con cuestiones del desorden general, del caos reinante, y para el otro poeta, para Alexis, el azar no era más que otra estructuración, un entramado que era necesario devastar para dar con el verdadero rostro enmascarado tras tanta suerte desperdigada, sin orden, tanto azar a los que todos le agradecían, sobre todo allí, en la ciudad sin centro. Porque había diferencias, entre ambos, los poetas que se encaminaban con pasos coordinados, con un ritmo calculado que daría a pensar, a creer, a sentir, que existía entre ellos una coincidencia absoluta, casi absoluta, o al menos en sus ideas rectoras, en sus perspectivas sobre el mundo, sobre la sociedad, coincidencia coordinada, férrea, inconmovible, ellos, simples y burlones, contrastaban en más de un punto, quizá no en la base ideológica, aunque sí en la forma de llegar al fin compartido, eran diferencias en sus opiniones sobre el mundo actual, y también sobre la manera de intervenir. Los poetas, los singulares Comamala y Dughetti, hacía tiempo que intentaban imponerse, y esa, y también otra, era la equivocación primordial, un magnífico error, por lo que eran, no conductores de camiones, que en tal caso, dada la situación, podrían, efectivamente, haber intervenido, cortar una ruta, exigir un buen trato a su gremio o un aumento, o mejores condiciones de trabajo, en una protesta, tapando caminos con sus vehículos, eso, y no los versos, era intervenir, no la poesía, que además, según uno y otro, respectivamente, se había terminado o no había comenzado aún y, por ende, era necesario, respectivamente, y acorde con las acciones mediante las cuales ambos creían que podían modificar algo, como si fuera tan fácil, de buenas a primera, definir qué era algo, era, para ellos, necesario obrar la construcción o la destrucción, instalar la nada o crear, como lo pensaba Marcelo, crear porque nada había sido creado. Se hacía del todo inútil, por el mismo elemento, por la blanda posibilidad de intervención de esa herramienta, por la nula materialidad de aquello que los hacía algo allí de donde, ahora, encaminándose hacia la cripta secreta, los habían expulsado, en esa sociedad, porque algo, lo que se dice algo, sin entrar en prolongadas elucubraciones metafísicas, lo que se decía hacer algo, para eso, por ejemplo, un camión, cruzado, impidiendo el paso, esa fuerza mecánica, ese mastodonte, esa sustancia, pero no el aire, las columnas de aire en medio del aire, o la crítica metafórica, no es posible la intervención, de ningún tipo, con la poesía.
En qué se diferenciaban, ambos, los poetas, comenzando por el más joven, en qué se diferenciaba Alexis Comamala, el de peculiar nombre, con ese epíteto con el que lo bautizó un sobrino de Lord Zalzano, el tragicómico profeta cultural de la ciudad sin centro, cuando todavía no era nadie, cuando habitaba el mismo barrio que los Comamala, esa familia maldita, arrojada a los márgenes, perseguidos por una ascendencia condenada, cargando con el gran Comamala, el abuelo anarquista, donde comenzó lo que en él, en Alexis, terminó de desencadenarse, porque este poeta, el de peculiar nombre, su diferencia, de eso se trata, este poeta procuraba la destrucción. En cambio, por su lado, a veces solo y por su lado, Marcelo pensaba que todo estaba destruido, todo terminado, y en realidad había que crear, había que reconcebir el mundo, por eso se volvió poeta, o concebirlo por vez primera, porque lo único que había sucedido en la vida, el único proceso constante, desde el comienzo, había sido la destrucción, el caos, el desorden que generaba más destrucción, y él, Marcelo Dughetti, hijo de ocho generaciones de suicidas, él había experimentado la aspereza de una cuerda al cuello, la helada caricia de una navaja sobre las muñecas, la pausa sin oxígeno de un electrodoméstico suspendido en el aire, a punto de caer, de zambullirse de lleno en la tina donde Marcelo, finalmente, intentó dar fin a la genealogía y, entonces, construir, hacer, pieza a pieza, la vida, la de jamás, la de hace demasiado tiempo, esa vida que nunca había comenzado, era su idea, a diferencia de Alexis, el otro poeta, para quien la vida estaba tapada, enterrada bajo la estructura de esa sociedad, de ese falso mundo tan bien programado hasta en sus arrojos de azar. Ambos, los poetas, en qué se diferenciaban, no importaba, hubiera sido labor, u ocio, de historiadores, de algún carcomido antropólogo de los que vagaba, como objeto de su propia ciencia, por los pasajes sin asfalto de esa ciudad con los bordes dislocados, cuál era la diferencia, qué importancia tiene para la prosa sin análisis, para la narración que deviene su propio centro, su mismísima fogata en el desierto, qué importaba si ambos, Marcelo y Alexis, tendían, como a sábanas lavadas de la sangre absurda de un siglo, como a los alcances borroneados de polución de un niño que, desde una terraza, atrapa horizontes en sus siestas sin tutores, tendían, en ese centro reluciente de un relato de arena, hacia propósitos similares, hacia dos mitades de un mismo símbolo.
Allí, encaminándose, dando pasos firmes a través de túneles estrechos, ambos, los poetas, pensaban que habían sido coherentes consigo mismos, cada uno por su lado, simples y burlones, por su lado y solos, porque además de los versos, de poemas hasta en los genitales, y de algo de sexo en la cabeza que, de vez en cuando, se hacía realidad, se concretaba en un cuerpo bendito, en una mujer dispuesta a aceptar a un poeta simple y burlón, con versos en los genitales y erotismos en lugar de pensamientos, además de esos encuentros y los días gastados en escribir, ellos, ambos, cada uno por su lado, habían realizado, de acuerdo con sus perspectivas y sus programas sobre el mundo, o sobre la sociedad, ambos poetas habían procurado y, a veces, logrado, acciones, intervenciones más allá de los versos, en la tierra firme tras toda niebla leve o poesía. Por ejemplo, o por el azar programado que permite la ejemplificación, uno de ellos, Alexis, coherente con su visión, con eso que se llama ideología y sobre lo cual sería tedioso filosofar, Alexis supo, en un momento del pasado conocido y desde una imagen proteiforme engendrada por su ebriedad, que si la destrucción restituía para todos, devolvía una vida enterrada, oculta tras toneladas de estructura social, esa destrucción debía empezar por uno mismo, en este caso por el poeta, por el de peculiar nombre, por Alexis, y así, convencido, en cada oportunidad que le presentaba el muy bien programado azar, simple y burlón, sin ceder del todo a la libido y a los versos, el poeta peculiar en algo más que su nombre se autodestruía. Ayudaba el alcohol, las bebidas, de tan diverso género, eran aliadas, envalentonaban, lo deshacían como poeta, como había sucedido con los románticos, como los mitos del rock, Alexis creía que le pulverizaban lo escritor, lo racional, lo apolíneo, y entonces, embriagado, salía, reparaba en detalles, se aventuraba, simplón y burlista, hacia los ocultos peligros del mundo, hacia las mínimas muertes incompletas, mezcladas, arrojadas al gran entero de la vida, o a la estructura, a los minúsculos objetos urbanos, y en su ciudad era fácil por la falta de centro, ahí estaban los peligros, las mitades oxidadas de una muerte a la que en verdad Alexis, el poeta, el de singular nombre, no aspiraba, porque no era locura eso, no era instinto podrido la voluntad de autodestrucción. Y así, embriagado, a la deriva, o en la deriva aparente de los que lo veían vagar la noche, ya que de su lado, del lado más Comamala de la cuestión, había programa, o trazos nebulosos, así, salivando elixires industriales o brebajes caseros de la cosecha de un amigo, así, qué tan difícil podía ser cruzar la calle frente a un autobús endemoniado, a varios kilómetros por hora de lo que se podría evitar, o quemarse la mano contra un calefactor, o con una hornalla, en alguna fiesta, en el departamento de no sé quién, qué tan difícil comer basura y esperar la intoxicación, o el derrame cardiaco propicio, el reventón sanguíneo posterior a una gula infame, cuán fácil.
El otro, el que también programaba, simple y quizá, encaminándose, más burlón, con dos o tres sonetos que se podían, pacientemente, leer con las mejores erecciones que lograba provocarle alguna damita romántica, ese otro, Marcelo, el de atormentado corazón, como lo llamaban allá, en la villa que lo habitaba y en la que, llamándolo así, le querían desconocer la fortaleza, pero no el temple, que eso nunca tuvo, ese poeta de oficio que había decidido el desperdicio, la arquitectura del aire, ese poeta también, como el otro, el de singular nombre, o el demencial torturador de sí mismo, también consideraba su propia planificación, su programada empresa, lo intangible, y como el de peculiar nombre, Marcelo, con una púa en la garganta, una especie de epifanía del próximo arrojo hacia las antípodas de una sociedad que lo estaba por expulsar, como el otro, había procurado la coherencia. Incitado, quizá forzado por la misma desesperación de los creyentes, casi absolutamente convencido de las minúsculas facultades metonímicas del profundo entero, del insólito universo, ese albañil eólico, ese simple Marcelo de atormentado corazón, obraba, en lo inmediato de sus cercanos entornos, y hacia el interior de su cuerpo enorme y cavernario, las reconstrucciones o las creaciones a las que les conviene partir de la nada, se impartía, a sí mismo, unos pasos, un rito, unas modalidades torpes para trenzar frágiles abismos, simulacros, todos ellos mal tejidos, del vacío conveniente para la invención absoluta, pero cercanos, aproximados como las perspectivas que a Marcelo, y a su corazón atormentado, le permitían un par de ojos vanos, unos pequeñitos ojos que dolían como dos elefantes muertos y le dejaban la distancia de la noche con tajos de luna, con miles de astros encimados, con una multitud luminosa de la que nadie hubiese escrito, bajo la cual nadie se hubiese enamorado tendido sobre una tumba helada. Tan coherente como el otro, este poeta preparaba, siempre de forma imperfecta, la absoluta lucidez, la más soñada de las vigilias que brotan, según testimonios ocultistas de la ciudad sin centro, de la misma fertilidad que nutre a los abismos más parecidos a sí mismos, como esos que Marcelo, coherente, se preparaba de cerca, allí donde para sus inútiles ojos todo estaba más claro, y desde allí, con los horizontes ciegos, erigía la paternidad primigenia, una madre de viento, o diagramaba poemas que sirvieran para emparejar una silla chueca, que dieran sabor a una masa sosa, o extendía caballos coloridos que volvieran a todos hacia sí mismos, con relinchos de conciencia, o de aurora, caballos que dibujaba una niña en la vigilia de los abismos, tal vez su hija emplumada de poesía, una pequeña llamada Brunilda o Freia o como las diosas desconocidas de los tiempos sin letra. Este poeta procuraba, entonces, en perfecto contraste con el de singular nombre, la más tortuosa y exasperante sobriedad.
Se encontrarían, ambos, Alexis Comamala y Marcelo Dughetti, con una mujer, la buscaban, los esperaba, allí, hacia el final subterráneo, por eso se habían encaminado, por eso sus muecas eran más burlonas, aunque en verdad, lo sabían, ambos, los poetas, quedarían más simples, porque allá, en la cripta, al término de los pasadizos secretos, los esperaba, volvían a recordarlo, sólo a ellos, una mujer, y se estaban quedando sin motivos poéticos para desnudarse, sin copulaciones neuronales para enlazar un erotismo verbal, una metáfora estúpida, ni media palabra, y ese nudo de nervios, como ante toda hembra que les cruzó la vida, les restaba años, los despeñaba hacia la tierra o el polvo de las propias entrañas, ahora más que nunca porque habían sido despojados, eran apenas poetas, sin sociedad, más simples de lo burlón que aparentaban, se habían quedado sin sexo en la cabeza y con apenas algunas rimas asonantes en los genitales. Qué sabían los poetas de mujeres, qué lugar le daban, entre empresas autodestructivas o edificaciones de vapor, al amor, en medio de lo que habían emprendido, en la idiota sucesión de peripecias que finalmente los había llevado a encaminarse, qué sitio, ellos, ambos, no otro, responderían, sin burlas ni simpleza, ningún otro que el correspondiente, un eslabón o, mejor, un engranaje en las sendas escabrosas hacia sus propósitos, coherentes incluso en eso, aunque se descartaran los goces relajados, consecuentes con la disposición, en sus intervenciones, de las mujeres y de su amor por ellas. La destrucción, acabada, precisa, para descubrir la nada, era la única relación posible para el de singular nombre, Alexis, de quien se comentaba que había asesinado a una mujer, y luego la había desmembrado o disecado, porque las versiones siempre danzan, porque la ciudad disloca sus bordes, el singular Alexis, el último eslabón de los Comamala, había asesinado a la mujer que lo batió hasta que sudara amor, y sexo, una bióloga que se había compadecido de él, en otro tiempo, en un banquete nupcial al que el poeta, bastante burlón y embriagado, había asistido con un trozo de hierro reluciente, pulido todos los días, incrustado en el brazo mediante clavos que le mantenían los huesos juntos, así, en tal estado de autodestrucción manifiesta, ella, la bióloga, lo había descubierto y, luego, demasiado pronto, lo había tratado como a un animal herido, a él, que sudaba más amor que sexo, que la había aceptado sabiendo que un día la destruiría, antes de una relación cancerígena, antes de un pronóstico de cuerpos achicharrados, consumidos por filmaciones inevitables de los mismos días, la destruiría, al menos que, por un programa del azar, la singular bióloga, todavía compadecida del poeta, huyera hacia los pantanos, hacia un fango primario habitado por aves ridículas, que es lo que algunos aseguran, lo que en verdad sucedió, para vivir, por siempre, entre criaturas sin versos ni placer sexual, convertida en una incógnita para la ciudad sin centro, la bióloga resonante de la que un poeta embriagado se había enamorado, aunque Alexis, simplón, había olvidado por siempre su nombre, y cuando intentaba hacer memoria, pocas veces, miraba hacia el cielo siempre celeste, vulgar en todo menos en su color, y creía que de un momento a otro se poblaría de puntos blancos, de pequeños copos de nieve que reconstruirían una huida o, tal vez, la imagen de una mujer disecada con la cara atormentada, la cara asesinada, retorcida en una mueca indescifrable, desarmada, por partes, la faz de un hipérbaton enloquecedor. Otro olvido, tal vez el del tiempo, él mismo lo pensó, había desvanecido la única historia de amor del poeta de corazón atormentado, porque Marcelo, en primer lugar, no recordaba qué había sido esa nereida intangible del relato que ahora, de nuevo, como una fogata, le iluminaba el centro del cerebro mientras él, tan simple en ese olvido, se encaminaba e intentaba reconstruir, como cada día, desde la mañana, la transformación obrada, coherente con sus propósitos, en ella, porque esa nereida lejana, podía suponer el de corazón atormentado, había sido una frágil prostituta inflada de sueños y él, amándola pero sin dar tregua a su creación desde los abismos próximos, la había moldeado hasta convertirla en una docente, una magnífica profesora que podía enseñar, a cada alumno por separado, la manera en que la piel devora las vestiduras, o quizá ella era una maestra y Marcelo le mostró, desplegando los versos de sus genitales o los erotismos de su cerebro, el modo en el que un cuerpo se entrega a la vida, en el que un alma, de existir, se despoja de la tediosa trascendencia en cada cópula, en cada transacción monetaria, ya no lo sabía, qué había sido ella, a qué condujo la metamorfosis, porque si él, Marcelo, sudaba, como el otro, más amor que sexo, entonces la causa debía tener la perfección de un episodio transmitido por generaciones, un mito, y esa amnesia vital que tanto trabajo le había costado, y le costaba, ahora, encaminado, muy poco burlón, despojado de complejidades, ese olvido, que no hacía más que confundirlo, le presentaba su historia con la profesora o la prostituta, o ambas en momentos diferentes, como una fábula atroz de la más pura de las literaturas.
Empezaron a sacarse los dientes, ambos, se metían la mano, disimulando, cada uno, para que el otro no se enterara, y los cabellos se les caían, los pocos que siempre tuvieron, los poetas, se movían cada diente con los dedos, mientras andaban, encaminados hacia la cripta, y cada diente movido se desprendía, quedaba entre sus dedos, mezclado con saliva, sangre transparente con cabellos, una mezcla, cada vez más abundante, se le pegoteaba en las manos, así caminaban, los pasadizos largos, oscuros, sin oxígeno, quedaban tapizados con sus restos, llegaban deshechos, pero llegaban, porque así, desdentados y casi sin cejas ni pestañas, presentían la cercanía, la cripta latiendo frente a sus narices, una rara dosis de optimismo moviéndole los miembros, y así, animados y desdentados, pensaban en algunas de las circunstancias, dispersas y apresuradas, que los habían guiado hacia esos pasadizos. Fue Marcelo, pensaba el otro, el de peculiar nombre, fue Dughetti quien propuso la visita al gurú coloquial que editaba a los poetas de la ciudad sin centro, unos pocos, incluido el de atormentado corazón, pero nunca Alexis, autodestructivo, no lo hubiese permitido, que no quedara testimonio de un solo Comamala, no creía en la edición, aunque sí en la sabiduría de ese gurú, el mastodóntico Schmidt, el editor coloquial que, tan hospitalario como siempre, recibió a los poetas simplistas y burlones, les contó sobre la fuente de su fortuna, esa empresa de transportes anónima, con sus camiones y su monopolio inexplicable, y los escuchó, a cada uno, fue comprensible ante la visión devastadora y ante la genésica, los entendió, o simuló entenderlos, movilizó cinco anaqueles superpuestos al fondo de un cuarto de su casa, sacó un pesado pliego y lo entregó a ambos, lo regaló como una respuesta definitiva, sin palabras, con su cara de gurú y su generosidad mastodóntica. Por propuesta de Alexis, el de peculiar nombre, llevaron el pliego, poblado de latines y manchas indescifrables, al oculto versificador de la vida, un melancólico hombrecito poseedor de la más grande e inútil colección de remeras, conocedor de latines aunque no de manchas, guardián privilegiado de la gran ironía del porvenir, Mattoni el Larval, quien los vio llegar, se compadeció de ellos, les tradujo el pliego, y los despidió, divertido, a patadas, porque si bien, como a cualquiera en la ciudad sin centro, al Larval le agradaban los burlones, la simpleza le caía mal y la presencia de ellos, los poetas, los simples Marcelo y Alexis, le había causado un cólico proverbial que quedó plasmado, para siempre, en los anales de la ciudad y que dio inicio al proceso de expulsión de ambos, los poetas, con esas primeras patadas, arrojados a los márgenes de una sociedad orgullosa de su complejidad, desterrados cuando sus prontuarios ridículos rebalsaron. Así, marginados, siguieron la pista, esa inverosímil dialéctica entre Mattoni y Schmidt, obedecieron lo que indicaba el mastodóntico pliego ahora larvalizado, migraron hacia los bordes dislocados, y los datos, en breve, los llevaron ante el Saltaparquímetros, una bestia antropomorfa que, en los tiempos de orgía política, aterraba a los ciudadanos con sus protestas, con sus cortes de ruta, y que se mostró civilizado ante ambos, los invitó con un vino mugriento y les presentó a su maestro, el primer hombre que saboreó una lágrima, un viejo elegante que hablaba un perfecto español, última razón por la cual Marcelo y Alexis, escuchando su clara pronunciación, y considerando los seres ya encontrados, comprendieron, sin decirlo, cada uno por su lado, que el único relato posible los tenía por protagonistas y que habían entrado, quién sabía desde cuándo, al limitado terreno de la ficción, algo que los desesperaba porque ellos, poetas, jamás hubiesen podido aceptarse como materia de una prosa, aunque esa prosa se inclinara al lirismo. Ahora, encaminados, con las narices oliendo la cripta secreta y extrañados de sus bocas de bebé, de sus calvas de anciano, Marcelo Dughetti y Alexis Comamala recordaban las instrucciones de ese viejo lustroso, ese hombre que había sido el primero en saborear una lágrima, ignoraban si propia o ajena, esa especie de patriarca o matriarca travestido que les había mencionado a la mujer de la cripta y les había explicado, en las más perfectas expresiones del idioma, la manera de dar con la entrada, el ingreso a los pasadizos subterráneos a través de los cuales, ahora, se encaminaban.
Despedazados, calvos y pegajosos, ambos, Marcelo con ojos enfermos, Alexis con ánimo anárquico, vieron iluminada, en la cripta secreta, a una pitonisa, o una mujer parecida a la clarividencia de otros milenios, ajada, bastante, echada a perder en cada detalle, pero con un estilo juvenil que le preservaba una antigua belleza, la belleza del mundo sido o por ser, desvirgada por el tiempo y tan temblorosa que parecía estática, esa mujer, ahí, que había esperado a los que se encaminaban, a los poetas, a ambos, previendo la burla y la simpleza, ella, la joven anciana oracular, les devolvió burla y simpleza, aclaró que nada diría sobre el mundo buscado en la creación o en la devastación, que no tenía palabras sobre eso que ellos, Alexis y Marcelo, creían buscar, porque un relato los precedía, porque no era lo que debían escuchar, y ella les daría lo que habían procurado desconocer, tan ignorantes en esa desidia de sus absurdas conciencias, olvidados de un pasado anterior al pasado que tenían en común y desconocedores de otro pasado, de eso hablaría, ella, la pitonisa juvenil, desvirgada por la dureza de los milenios, la ajada belleza del mundo por ser o sido, les revelaría lo que ninguna relación tenía con eso que ellos, los poetas, ambos, creían desear. Entonces, luego de encaminarse, en el supuesto corazón subterráneo de la ciudad sin centro, allí, con su voz acorazada en silencio, en ese punto de prosas extraviadas y vidas nimias, ella les explicó que eran hermanos, ellos, los poetas, hermanos, y les ordenó volver. Y ambos, Marcelo y Alexis, así, de repente, se perdieron en las sierras cercanas a la ciudad sin centro, no sabremos si juntos o separados, se perdieron, se aislaron de la sociedad ilusoria que los había expulsado de sus entrañas, y vivieron juntos o separados, no lo sabremos, muchos años, quizá muchos más años de lo que hubieran deseado, eso tampoco lo sabremos, aunque sabemos, en esto hay seguridad, que abandonaron los versos y restituyeron sus genitales al sexo, que sus cabezas se llenaron de razones y que, en esto hay mucha seguridad, jamás, sabemos, jamás, en los demasiados años de la vida que los esperaba, jamás, ambos, los poetas, volvieron a escribir poesía.