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Vázquez González, Inés (Valentina Lisboa)

Libertad



Aquí en Valcoche llueve siempre. Una lluvia delgada y pesadísima,  una sopa aguada, toda fideos y poca enjundia. Un aburrimiento completo, de principio a fin. Quizá por eso, y por los pocos que somos, cualquier acontecimiento novedoso se convierte de inmediato en un festejo catártico. Así sea para reír o para llorar, el pueblo entero, trescientas cincuenta y tres personas, celebramos las rupturas de la predecible linealidad con desmesura barroca y amanerada. Mitad carnaval, mitad aquelarre, nos entregamos sin reservas a cualquier regalo de la casualidad, a cualquier hecho, fortuito o provocado, que transforme nuestras marmóreas vidas en un derroche de imprudencia y frenesí.

Aquel martes por la mañana el aire olía distinto. El papel milimetrado sobre el que se asienta Valcoche discurre tan derecho por los mismos surcos que la más leve variación de la realidad despierta en nuestros abotargados sentidos una alarma que duerme el resto del tiempo. “Novedad”, me susurró en la tahona la hija del panadero, una chica de cara asimétrica y desigual. “Novedad de las buenas”, y torció el morro con una agilidad que sólo otorga el entrenamiento, la espera esperanzada de que ese momento ha de llegar.

Llegó de madrugada, en el tren nocturno verde oliva que cruza la meseta como un alma en pena, cobijando en sus compartimentos una variedad museística de monjas, militares, prostitutas, estudiantes y algún que otro funcionario. Llegó, maleta de todo a cien en mano, vaqueros nevados y top de lycra celeste. Las uñas infinitas con perlitas pegadas se clavaban en el asa del equipaje. El código morse de sus tacones emitió el mensaje de peligro a los pocos metros de iniciado el paso. Novedad. Setenta kilos de pasaporte cubano y una dirección en la mano.

El único taxi del pueblo supo de su llegada casi antes que ella misma.

-         Ramón, acércate a la estación que te espera una negra de bandera.

-         No jodas, déjate de coñas.

-         La estoy viendo con estos ojos. No hay nadie esperándola, así que vente, que ésta es público cautivo de ese que se estudia en el marketing…

El café-bar de la estación está a punto de abrir. La mitad de los clientes son jubilados, expertos en matemáticas de baraja y dominó, prolongadores de cafés y chupitos, que no llegarán hasta media mañana para leer el periódico. Hasta entonces, sólo el cartero y tres o cuatro chavales que cruzan a diario la vía para ir al instituto del pueblo de al lado.

Lucas coloca cuatro donuts sobre una bandeja mientras cuelga el teléfono y mira a través del cristal. Los vaqueros nevados se apoyan sobre una pierna,  después sobre otra. Las nalgas redondas se contonean indecisas, izquierda, derecha, izquierda, derecha… Lucas observa ensimismado.

Lo despierta el portazo de Ramón que se baja del taxi ajustándose el cinturón de sus pantalones grises de mezclilla.

-         ¿Dónde está la negra? – enciende un Ducados que aspira con ganas mientras mira alrededor. No me jodas que me has sacado de casa para nada, con la que cae.

-         Está ahí fuera, en el vestíbulo, desconfiao..

Ramón se asoma a la puerta y sus ojos, aun somnolientos, se topan con dos filas de blanquísimos y sonrientes dientes.

-         Hola. Te mandó Manolo, ¿no es cierto? – la melodía de su acento cubano es un latigazo eléctrico en medio de la penumbra.

-         Manolo…. No, no, a mi me acaba de avisar Lucas, el del bar. Soy el taxista de Valcoche. Ramón, mucho gusto- y extiende su mano con lentitud, calibrando si la imagen que tiene frente a sí es real, hasta que finalmente siente su tacto, confiado y suave, que responde a su iniciativa con un apretón intenso y persistente, envolviendo su blanca y peluda mano con sus largos dedos de chocolate.

-         Libertad Ramírez.  El gusto es mío. Entonces ¿qué? ¿Me llevas?

-         Pues sí, sí, claro mujer. Si me dices dónde vas, faltaría más. – Ramón coge la maleta y busca a través del cristal a Lucas, que abrillanta un vaso sin perder comba mientras observa con gesto impaciente, invitándolo a entrar.

-         A ver qué quiere éste, dame un minuto.

Libertad espera. Se pasea despacio apoyando su peso sobre los talones, canta bajito y de vez en cuando mira por el cristal.  Los hombres intercambian unas palabras rápidas. Ramón fuma y asiente con media sonrisa. Pitillo en boca, se dirige a la puerta frotándose las manos.

-         Listo. Vámonos.

Ramón esperó galante a que las dos piernas nevadas se acomodaran en el asiento trasero para cerrar la puerta con un golpe seco y preciso. A grandes zancadas se dirigió al asiento del piloto, introduciendo su rechoncho cuerpo con una agilidad inusual.

-         Pues tú me dirás – mano al volante giró su torso extendiendo el brazo para alcanzar el papelito.

-         Toma, ahí dice algo de Plaza de España, pero no estoy muy segura. Lo cierto es que pensé que vendría Manolo.

-         ¿Manolo?, ¿qué Manolo? Aquí somos pocos pero Manolos hay unos cuantos. Déjame ver…

Ramón agarró el arrugado papel y permaneció callado tragando saliva hasta que finalmente le salió la voz.

-         ¿Tú estás segura de que esto es correcto?

Los ojos de Libertad se abrieron hasta el infinito, elevando sus pestañas hasta tocar el techo de sus negras cejas. Ramón observaba el pozo oscuro de aquellas dos linternas que lo enfocaban indecisas y algo avergonzadas.

-         Yo creo que sí… por lo menos eso ponía en la página web. Él sólo me dijo el apellido, pero me requeterrepitió que todo el mundo lo conocía y que no necesitaba saber nada más.

-         No me jodas, - farfulló Ramón entre dientes, apagando el taxi para dedicarle atención exclusiva. ¿Pero tú conoces a este tío?

-         Pues sí, claro, pero sólo por el chat…Es Manolo, ya te dije…

-         Sí, reina, sí. Manolo Fuentes, el Alcalde…

Ramón abrió la puerta y salió del taxi. Un pensamiento estrambótico cruzó su cabeza… 

¡La puta qué lo parió! La lluvia intensificó su ritmo haciendo correr regueros de agua achocolatada por los cristales del Ford Mondeo. Ramón se subió la capucha de su chamarra y sacó el móvil de su bolsillo. Mientras marcaba el número observó perplejo como el automóvil, medio encalomado sobre una cuneta, desafiaba a la gravedad con la misma naturalidad y el mismo desparpajo con el que Libertad se disponía a alborotar Valcoche.

-         Lucas, soy Ramón…, a ver, aclárame una cosa, …dime que es una puta casualidad, que esta chica viene preguntando por Lolín y tú no tienes nada que ver...- Ramón cierra los ojos y se frota la cabeza. -…¿Y qué hacemos ahora, pedazo de gilipollas?.....  Sí, sí, es ella, viene a buscar a Manolo, al Ayuntamiento, ni más ni menos…. Eres un tarado, tío, un enfermo…ni en sueños hubiera creído que eras capaz de una payasada así.

Libertad salió del taxi. Sus piernas nevadas se desplazaron a saltitos sobre los charcos lodosos.

-         ¿Con quién hablas? ¿Es Manolo? Oye, ¿por qué no me llevas de una vez?

-         Espera, sólo es un momento, vuelve al taxi que te vas a mojar.

Libertad regresó al coche con el humor alterado. En las horas que duró el vuelo y en las posteriores y renqueantes horas que tardó el tren en llegar hasta allí, había imaginado más de cien encuentros posibles, todos diferentes en colorido e intensidad. Él la esperaría en la estación, con la americana cruzada de la foto que tanto le gustaba y con la que había empapelado el cabecero de su destartalada cama en Holguin. O quizás enviaría un chofer, para pasearla primero por el pueblo, un pueblo viejo y mohoso, como un caldo agrio, tal y como él lo describía.

Negra, si vienes, tú vas a ser el carbón dulce que caliente mis noches y yo te voy a tener en un trono de azúcar. Libertad se acuerda de esta frase porque fue la puntilla, el empujón definitivo que se llevó en los labios para darse fuerzas y decir adiós al calor, el cariño y la miseria que la habían acunado en los últimos treinta años.

Ramón entró en el taxi cerrando la puerta con un sonoro portazo.

-         ¿Qué pasó?- apenas se atrevió a pronunciar Libertad.

-         Nada, nada, bueno,.. , una cosilla, a ver, mira, … - Ramón clavó la mirada en los limpiaparabrisas, deseando no tener que hacer mayor esfuerzo que seguirlos con los ojos, enganchándose a su vaiven rutinario de ida y vuelta, a su vida, aburrida y predecible.

-         Algo pasa, ¡ya dímelo hombre!, - un sollozo ahogó la voz de Libertad mientras un desfile de posibilidades se autoeliminaban veloces unas a otras en la cabeza de Ramón. Finalmente, sin ningún ocurrente discurso, con la voz atropellada y un nudo en el estómago inició una frase absurda y vacía que resonó ridícula en el silencio hermético del interior del taxi.

-         Es porque es muy temprano,… y como es el Alcalde, pues tú ya sabes cómo son esas cosas, habrá que esperar a que amanezca para,..

-         ¡¡Tú viniste a joderme?? – estalló Libertad antes de engancharle la chamarra mojada con sus garras de perlas, obligándolo a girar su torso inquieto y algo encogido por el creciente bochorno.  Sus ojos reflejaban una obstinación febril y desesperada. En su frente, la lucha de la supervivencia por abrirse paso había marcado unos surcos horizontales, paralelos y simétricos, tozudos como su determinación de salir adelante, como su sueño, vislumbrado de antemano a través de una webcam.

-         ¡Para, para, suéltame cojones!, si al final las voy a pagar yo…- Ramón se retorció en el asiento. -  A ver, yo lo siento en el alma, es una putada muy gorda, gordísima, pero no mía, sino de este trastornado de Lucas, el del bar…

Libertad se reclinó en el asiento trasero. Escuchaba con los ojos cerrados y las manos crispadas sobre el asiento de cebra.

-         ¿Qué carajo hablaron? , murmuró lentamente.

-         Yo no sabía nada, te lo juro…- Ramón se aferró al volante enfocando la mirada hacia el infinito para advertir cómo el día empezaba a ganarle terreno a la noche- Al leer tu papel me dio un vuelco el corazón. Este tarado de Lucas andaba siempre con la broma de que le iba a buscar una novia al Alcalde, que le iba a traer una caribeña para que se hartara de… ya sabes….

-         Sí, de follar, como dicen por acá- apostilló Libertad con voz ausente.

-         Perdona… es un animal…

-         ¿Y tú? ¿cómo estás tan seguro de que es una broma? Son meses de hablar por el chat, y hasta un día por la webcam. Tengo fotos, te las puedo enseñar, mira,… agarra mi maleta.., y hasta una carta me escribió…

-         Libertad, escucha, Manolo Fuentes, además del Alcalde, es mi hermano. Hazme caso, sé lo que te digo. Mi hermano es…,  bueno,… ahora se dice gay…

Libertad no volvió a hablar. Sus setenta kilos tostados lloraron bajito, haciéndose un ovillo cada vez más pequeño mientras Ramón conducía en círculos sin saber que hacer. Cansado de dar vueltas paró en la tahona.

La cara de ángulos imposibles lo atendió autómata.

-         ¿Lo de siempre Ramón?- la hija del panadero envolvió veloz una barra exigua de pan integral.

-         Sí, sí,.. bueno, no. – Ramón extendió la mirada por las bandejas de croissants y medias lunas recién hechas. – Dame dos de cada.

-         ¿Y la dieta?.. Así no te vas a sacar novia… mira que se acerca el verano…- la voz se le secó de forma instantánea al ver en la puerta unas piernas nevadas sobre un par de tacones.

-         Buenos días - la melodía de las palabras la sumieron aun más en el asombro.

-         Buenos días. ¿Desea usted algo? – le espetó.

-         Viene conmigo- aclaró Ramón, y su mano blanca y peluda buscó el tacto confiado y suave de los dedos de chocolate, atrayéndola hacia así.

-         ¿Te apetece algo más, cariño?- Ramón enfatizó las sílabas como quien deletrea un himno nuevo que no conoce y en el que teme perderse.

-         No, así está bien, muchas gracias amor …

-         Pues muy bien. Son seis euros- masticó la seca voz, y el morro, habituado a esperar el momento apropiado, se torció puntualmente, desafiando hasta el límite la asimetría de sus rasgos repletos de aristas.

Libertad respondió a este primer envite dialéctico de Ramón más por juego que por comprensión. Él la llevó a su casa, un caserón revuelto y agreste en lo alto de un peñasco. Le preparó un café con leche, le quitó los tacones y la metió en su cama con una ternura que a él mismo le sorprendió.

Permaneció observándola mientras dormía. El sol iluminaba su abundante cabellera negra, una cascada de carbón brillante que se extendía sobre la almohada con una contundencia desconocida para Ramón.

Miró sus manos, largas y esbeltas, de blancas palmas y suave ébano en los dedos. Apremiado por un impulso que justificó como científico, se le arrimó despacio, para no despertarla, acercó su blanco cuerpo al calor de ella y la olió. Primero el cuello, después los hombros, también la espalda… una punzada de deseo lo hizo apartarse azorado, para acercarse de nuevo, más sereno, y respirar profundamente el aroma envolvente y desconocido que le infundía ganas de llorar.

-         Libertad, le susurró al oído… ¿sabes?  Si tú quisieras, yo podría ser Manolo…

Y la cabellera casi azul de puro negra se giró despacio, somnolienta y tranquila, posando sus labios cálidos sobre los de él. – Entonces - dijo- si tú quisieras, yo podría ser tu Libertad.

Aquella mañana de martes, el aire olía distinto. “Novedad”, me susurró en la tahona la hija del panadero. “Novedad de las buenas, señor Alcalde”, y una vez más, el rostro de ángulos imposibles se contorsionó hasta el infinito, evidenciando la certeza de que aquel momento tenía que llegar.

 

FIN

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