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Ventosa, Aixa de la Cruz (Harley Benton)

Libre asociación




Muchos piensan, y no sin razón, que la mayoría de los psicoterapeutas que no han falseado su título y, por lo tanto, tienen estudios universitarios, se iniciaron en la disciplina con la intención de ayudarse a sí mismos, de tratar sus propias fobias, traumas, problemas sexuales, alteraciones de la personalidad, etcétera. Según esta hipótesis, estaríamos ante un gremio de maniacos; un grupo profesional de ex – universitarios que se habrían empleado a sí mismos como cobaya humana, asignándose todas las disfunciones que gradualmente estudiaban en sus manuales de psicopatología para, inmediatamente después, poner en práctica sus correspondientes terapias paliativas. Greg conoció a muchos estudiantes con este perfil durante sus años en la universidad, y siempre los contempló con cierto paternalismo; eran futuros pacientes, aunque al licenciarse, muchos abrieron consultas privadas en la ciudad y con el primero de sus jugosos sueldos como loqueros profesionales, se olvidaron de las regresiones subconscientes, las reminiscencias fetales y demás problemas auto-inducidos durante la asignatura de terapia grupal.

A diferencia de la mayoría, Greg no se licenció tarado. Digamos que su proceso fue invertido y las complicaciones llegaron mucho después, cuando ya era un profesional respetado cuyas sesiones conductistas se recomendaban, de boca a boca, por toda la ciudad.

Trató a varias estrellas. Le hacían pensar en el terapeuta de Marilyn Monroe quien, hace poco, publicó todos los detalles confidenciales de su paciente en un best-seller internacional.

Greg era cuerdo y lúcido, o eso pensaba, cuando decidió estudiar psicología y lo fue durante muchos años; veinte, para ser exactos, hasta que ocurrió aquello y ninguno de sus recursos profesionales pudieron ayudarlo a mantener el control. Visitó a un amigo psiquiatra e inventó que atravesaba una crisis de ansiedad por la muerte de su padre. Éste le recetó unas pastillas que lo aplacaban la mayor parte del día. Gracias a ellas pudo seguir ejerciendo, aunque cada vez le costaba más prestar atención. Demasiado a menudo lo encontraban con la vista perdida, minutos sin pestañear. Esto secaba sus lágrimas y casi a diario le reventaban capilares en el globo ocular. Contemplaba a sus pacientes a través de una pequeña neblina de sangre. 

Era perfectamente capaz de evaluar la situación. Una experiencia traumática había desatado sus mecanismos de defensa biológicos; el cuerpo seguía en estado de alerta, meses después, cuando la amenaza había desaparecido -¿había desaparecido?-. Y sin embargo, era el carácter insólito y bochornoso del suceso que había desencadenado todo aquello lo que realmente originaba el problema. No podía buscar ayuda, algún tipo de desahogo, cuando no era capaz de mencionar siquiera lo ocurrido. En caso de pedir asesoramiento psicológico ¿qué pensarían sus colegas? Uno, al menos, debería compartir su secreto, y ¿cómo estar seguro? ¿Cuántas veces, él mismo, había comentado el caso de algún paciente con su esposa o con los amigos mientras se tomaba una cerveza en el bar? ¿Cómo saber quién sí, quién no, podía conocer su historia? Se imaginaba a sí mismo cayendo en un proceso que conocía bien. La paranoia se iniciaba con una sospecha racional, fundada, pero imposible de confirmar. Entonces, el paciente comenzaba a desconfiar obsesivamente de todos y de todo. No existía mirada ni frase que no contuviera dobles sentidos. El mundo se convertía en un enorme pulgar acusador apuntando directamente hacia el sujeto.

Los primeros meses fueron extremadamente difíciles. El entumecimiento que le provocaba la medicación dejó de ser efectivo. Se notaba ralentizado en los movimientos, pero nada era capaz de frenar su actividad mental, las asociaciones de ideas que giraban y giraban siempre entorno al conflicto. Lo mismo daba releer una entrada antigua en su agenda que concentrarse en el sombrero de John Wayne un domingo por la tarde; absolutamente todo lograba remitirle al mismo pensamiento obsesivo. Era como un virus informático que se hubiera colado en todas sus carpetas y subcarpetas. Como un blog en el que las entradas están etiquetadas con un mismo referente, por dispares que sean los temas de los que tratan.

Sin consultarlo con el psiquiatra decidió cambiar la dosis de su medicación y un lunes a la mañana, mientras rellenaba un vasito de plástico con agua del surtidor, en la sala de espera, se desplomó como un saco de arroz contra el suelo. Su cabeza chocó contra la esquina de una mesita de cristal que amontonaba revistas de moda y panfletos de publicidad farmacéutica. Sonaba música ambiental, versiones instrumentales de éxitos de los Beatles. Una pareja que acudía a terapia matrimonial lo llevó al hospital.

Pero fueron pasando los meses y, de alguna manera, Greg sobrevivió. Comenzó a mirar esperanzado hacia adelante. Ansiaba que se interpusieran años, décadas entre él y aquello que tanto lo torturaba. Llegaría un momento en el que los hechos quedarían comprimidos en un rincón de la memoria a largo plazo. La consciencia los descartaría, el intelecto adoptaría el enfoque paternalista con el que se juzgan las acciones del pasado. Después de todo, sabía por experiencia cómo solían desarrollarse aquellos procesos y se decía que lo peor ya había pasado.

Una mañana, sobre la mesa del despacho, su secretaria le había preparado un formulario de primera consulta. Un procedimiento rutinario, veinte preguntas básicas para redactar el informe preliminar: hábitos alimenticios, familia, antecedentes médicos, parejas sexuales, consumo de estupefacientes, y un largo etcétera de cuestiones tipo test. Las arrojó directamente a la basura e hizo pasar al paciente. Era un tipo pelirrojo, alto y muy delgado. Le sudaban las manos. Un yonki, pensó Greg y resopló. Lo invitó a sentarse pero el paciente dudaba. Estudió la silla de arriba abajo y titubeando, le pidió permiso para cubrir el asiento con papel sanitario. Greg accedió y contempló divertido la minuciosidad con la que se esmeraba en cubrir el tapizado de cuero. Cuando eran jóvenes su mujer y él veraneaban en complejos de camping, con baños sucios, compartidos. Le recordaba a lo que tenían que hacer antes de sentarse en la taza del váter.

-         Mr. W.H. ¿Correcto?

El hombre asintió con energía.

-         Si ya ha terminado, siéntese, por favor.

Greg, intencionadamente, dilató el silencio tenso que se produce en una primera consulta cuando el paciente toma asiento y se pregunta qué ocurrirá a continuación. Durante estos segundos de análisis conductual, dos cosas llamaron su atención: Los ojos grises y muy vidriosos, como de merluza muerta. Una desagradable ausencia de pestañas; las pocas que tenía parecían recortadas a tijera. Se preguntó cuál sería el motivo:            La quimioterapia muy agresiva hace desaparecer el bello de zonas en las que ni siquiera sabíamos que existiera.            En algunos pueblos alemanes perdura una superstición que recomienda cortar las pestañas de los recién nacidos y luego, nunca vuelven a salir como debieran.             También hay gente irremediablemente fea; rasgos como despropósitos, acumulados para mal sin una motivación específica. Como si fueran pulseras, llevaba las muñecas llenas de gomas de pelo de diferentes colores. Eran comparativamente anchas, de hilo sintético tejido en torno a una cinta elástica. Coleteros estándar. Mientras esperaba a que Greg dijera algo, Mr. W.H. comenzó a desenhebrar los hilillos que componían la goma rosa, enganchando las hebras en sus uñas afiladas y tirando.            Había un gesto mecánico y resignado en aquellos movimientos, como si fuera un trabajador de fábrica que lleva toda la vida dedicándose a deshilar gomas de pelo femeninas.

-         Cuénteme, W. ¿Por qué ha venido a verme?

Siempre hacía esa pregunta pero, en aquella ocasión, no pudo reprimir una sonrisa por la obviedad de la misma, dada la profusión de detalles que el paciente había desplegado en aquellos segundos. Como si hubiera adivinado sus pensamientos, se sonrojó y para liberar la tensión intentó reír, aunque le salió una especie de graznido que a Greg le recordó a una gata que su esposa y él tuvieron durante los primeros años de casados, una preciosa gatita persa que nunca maulló pero emitía sonidos extraños cuando algún pájaro volaba cerca de su ventana.

-         Hay algo que me está matando, doctor Wyatt.

A Greg siempre le sonaba raro escuchar su nombre en boca de desconocidos.

- ¿Cuánto hace que se siente así?

- Siete meses y medio. – Greg casi pudo sentir en su propia piel la angustia del desconocido que volvía a manosear una goma de pelo, esta vez de color granate; restregaba furiosamente los padrones de sus dedos contra la tela, haciendo que los pellejos de piel se enredaran entre los hilos. Sintió una especie de culpa al comprobar que aquella era la primera vez que experimentaba un sentimiento verdadero de empatía con alguno de sus pacientes. 

- Tiene toda mi atención, Mr. W.

- ¿Qué pensará usted de mí? No debería importarme, pero es terrible… llevo tanto tiempo obsesionado…

- No voy a juzgarlo; hable tranquilo.

- Oh, sí que lo hará. Claro que tampoco tiene importancia, usted no es nadie, ¿verdad, doctor?

Greg se encogió de hombros y realmente estaba pensativo.

- ¿Quién lo es?

Preguntó. Había entendido a la perfección lo que insinuaba el paciente. En efecto, su opinión, de formarse, no debía necesariamente significar nada, era sólo un desconocido. Y aún así, ahora que se paraba a pensarlo, eran los desconocidos quienes más aterraban a Greg.  

-         Mi mujer, supongo. Y también los compañeros del trabajo. El resto del mundo sólo me preocupa cuando pienso que, si supieran mi secreto, podrían contárselo a alguien cercano. No sé si me entiende.

-         Por supuesto.

-         Todo esto me recuerda a un cuento de Poe, terrorífico, en el que un hombre sólo escucha el latido de su corazón…

Greg se acomodó en el sillón, dejando caer su espalda contra el respaldo como quien se tumba frente al televisor consciente de que estará dormido mucho antes de que finalice la película. Reparó, con disgusto, en el aspecto desaliñado del paciente y se preguntó si tendría dinero para pagarle o acabarían ambos, como ya había ocurrido en alguna ocasión, interponiéndose demandas mutuamente.  Comenzó a recordar un caso desagradable que hacía varios años lo había llevado a los juzgados. Se trataba de un tipo con diversas fobias sexuales. Pagaba con la tarjeta de un seguro privado. Al finalizar el trimestre, cuando la secretaria verificó los recargos, descubrieron el engaño. El paciente no sólo se había negado a abonar la factura sino que contrató a un abogado que respondió con nuevas acciones legales, acusando al doctor Wyatt de negligencia, prácticas fraudulentas y violación del secreto profesional. Por suerte, todas las acusaciones fueron desestimadas; el hombre corrió con los gastos del juicio y abonó una jugosa indemnización con la que Greg construyó una piscina en su casa de veraneo.

-         Y fue entonces cuando al verlo allí tirado supe lo que había ocurrido.

Greg sintió como si le hubieran golpeado con fuerza en la frente y le hormigueó la cabeza por dentro, una sensación harto extraña que precedía sus innumerables jaquecas.

-         ¿Cómo ha dicho?

El señor W. repitió, molesto, sus palabras.

-         Disculpe. Continúe, por favor.

Greg aún no comprendía el motivo pero sus piernas, afortunadamente camufladas por el escritorio, habían comenzado a temblar de una manera tan incontrolable y rítmica que se imaginó a sí mismo como un hombre diapasón de cintura para abajo; algo lo había percutido y todavía no adivinaba qué.

La sensación, que fue en aumento ahora que escuchaba atentamente el relato de Mr. W. H, era de vaga familiaridad, como si alguien estuviera contando una historia conocida utilizando un escenario y un léxico diferente. El relato avanzaba mediante acumulación de núcleos significativos que a Greg le dieron la impresión de estar lejos de las construcciones sintácticas habituales. No eran los verbos quienes comunicaban la acción, no necesitaba adjetivos que aportaran detalles sobre el conflicto. Todo era ambiguo, la evolución de la trama se centraba en la atmósfera contextual, porque él ya conocía aquella historia, y por lo tanto, su recepción del relato no era pasiva; cada nueva frase, en vez de añadir información, la confirmaba. El estado inicial de desconcierto dio paso al terror. A medida que la historia llegaba a su fin, las coincidencias dejaban de ser tales. El hombre que hablaba frente a Greg le estaba contando aquello que durante meses llevaba torturando al psicoterapeuta; lo inconfesable. Gregory Wyatt se miraba en el espejo.

Tras los segundos de atonía, se incorporó y se abalanzó sobre el paciente. Una vez en el suelo, logró inmovilizarlo y le golpeó el rostro con los puños. Escuchaba el sonido de un metrónomo en su cabeza marcando el ritmo de los golpes. La sangre que brotaba comenzó a ser tan abundante que al contacto con sus puños sonaba un chapoteo. Le recordó a su niñez, cuando saltaba en los charcos de lluvia de camino al colegio.

No está seguro de cuánto tiempo transcurrió entre el primer puñetazo y la llegada de su secretaria; sólo guarda la impresión, probablemente equivocada, de que el hombre no trató de defenderse, ni siquiera profirió queja alguna. Lo cierto es que, según informó la secretaria a la policía, el único ruido que dio la alarma fue el de los dos hombres, silla incluida, chocando contra el suelo. El resto de la escena, contra toda lógica, se produjo de manera silenciosa, aunque el forense apuntó que, si bien el golpe que recibió en el cráneo al caer de espaldas contra el suelo no llegó a matar a Mr. W. H., puede que sí lo dejara inconsciente.

A día de hoy, desde una celda en el módulo psiquiátrico de la prisión estatal de Folson Park, el doctor Wyatt aconseja con profesionalidad a sus compañeros reclusos sobre cómo desarmar a los psiquiatras más jóvenes, dónde clavar la espada cuando titubean. Planea sus terapias semanales como apasionantes combates de esgrima. Estos fugaces retos intelectuales lo distraen; son curas transitorias. Sin embargo, cuando no logra mantener sus pensamientos ocupados sufre, aleatoriamente, o bien estados de violenta furia o de profundo pánico, manía persecutoria y sensación de ahogo.

Hay un pensamiento obsesivo que lo asalta de vez en cuando y es responsable del primer estado maniaco. Durante el proceso judicial, aún buscando una explicación racional para todo lo ocurrido, volvió a recordar el caso del ex – paciente moroso que años atrás lo denunciara. Llegó a estar convencido de que aquel hombre estaba detrás de toda una conspiración diseñada para hacerle perder la cabeza. Sin embargo, este alegato le valió que los médicos agregaran un nuevo trastorno en su informe de evaluación. El recuerdo del paciente rencoroso lo asalta de vez en cuando y altera profundamente su comportamiento.

Las crisis de pánico han sido desde su ingreso en prisión mucho más comunes que las anteriores. La primavera pasada intentó suicidarse ingiriendo tinta industrial. Los psiquiatras consideran el caso de Wyatt profundamente complejo ya que atacar con argumentos racionales uno de sus estados alterados, dispara la aparición del contrario. Es decir, el cerebro de Greg funciona con una lógica enfermiza: o bien el extraño suceso que tuvo lugar aquella tarde en su consulta está motivado por efectos sobrenaturales, o existe un responsable tras ello. Una explicación lo empuja al terror y la otra al odio descontrolado.

Nadie sabe qué actuó como desencadenante del comportamiento obsesivo de Greg. Algunos piensan que fue violado en cualquiera de los bares en los que a menudo bebía solo hasta la hora de cierre; otros consideran que fue la carrera de psicología que lo trastornó. Que la vocación del terapeuta es la locura. Su compañero de celda salió hace poco en libertad vigilada y filtró a los medios la noticia de que el doctor se avergonzaba inmensamente de haberse masturbado con un erizo de mar. Lo cierto es que nadie ha dado testimonio fidedigno de haber sido confidente del gran secreto de Gregory Wyatt y esto, como es lógico, dispara las elucubraciones.

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