PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Orellana, Víctor Justino (Cimarrón)

Fortuna



Me llamó Juan Miguel Bazán y nací el 15 de abril de 1786 en la ciudad del puerto de Buenos Aires, en el Virreinato del Río de la Plata.

Fui el menor de siete hermanos. Mis padres fueron artesanos orfebres y desde pequeño me dediqué en el taller familiar a la fabricación de ollas, vasos, canastos, vasijas, platos, etc. No era un mal trabajo. Tenía épocas buenas y épocas malas. No obstante, sabía que mi destino sería continuar con aquella labor hasta el fin de mis días, como había pasado con mi abuelo y como habría de pasar con mi padre, y cuando era un muchacho de veinte años eso me asustaba más que cualquier otra cosa. Como todo joven de mi edad quería salir de casa, ver que había más allá de las paredes cotidianas.

La oportunidad de escapar a mi destino se presentó durante las llamadas invasiones inglesas. En 1806, junto a cientos de muchachos de la ciudad, me enlisté en las fuerzas que expulsaron a los británicos de Buenos Aires. Con toda probabilidad, una vez acabada la contienda me habrían licenciado y en dos días más hubiera estado haciendo ollas en el taller de mi familia, pero tuve la extraña suerte de recibir una bala en el brazo, un proyectil no dirigido a mí, sino a un teniente de infantería que estaba a mi lado. Un hecho meramente fortuito. Sin embargo, en el fragor del combate el teniente pensó que yo quise cubrirlo con mi cuerpo y que de esta manera le había salvado la vida.

Al verlo tan entusiasmado, no me atreví a contradecirle. Terminado el combate, rendido los británicos, atendido mi brazo cuya herida, por suerte, había sido cauterizada por la misma bala que lo atravesó, el teniente insistió en agradecerme el servicio prestado y me aseguró que podía pedirle lo que quisiera. Decidí no dejar pasar la oportunidad y le rogué que me ayudara a ingresar en el ejército regular.

Unos meses después entré en la recientemente creada Legión de Patricios, como cabo, pero desde el principio demostré aptitudes para la milicia, así que en poco tiempo llegué a sargento. En la defensa de Buenos Aires de 1807 mi pecho se llenó de medallas.

Hacia 1810 era sargento primero, y, a pesar de que con veinticuatro años era un poco mayor para eso, fui admitido en una academia militar en España. Finalmente saldría de mi ciudad natal y conocería algo de mundo.

Pero parece que el mundo tenía otros planes. La caída de España en manos de Napoleón Bonaparte aceleró la revolución que llevaba mucho tiempo en germen en las colonias. La tarde del 25 de mayo de 1810 se conocían los nombres de la junta de gobierno que reemplazaba al Virrey Cisneros. Días después el ex-virrey era desterrado junto con otros antiguos funcionarios del Rey Fernando VII. Sin embargo, había en varias ciudades del interior una fuerte oposición a la junta de Buenos Aires.

A principios de junio me llamó el mismísimo Saavedra, presidente de la Junta. Él me conocía por haber servido a sus órdenes en el regimiento de Patricios que él había dirigido durante la invasión de 1807. Y por haber seguido mi carrera con detenimiento. Ahí fue que me enteré que los miembros de la junta de gobierno, como los principales líderes políticos, comerciales y eclesiásticos de Buenos Aires formaban parte de una Logia internacional cuyos miembros se hacían llamar Masones. El teniente al que le había salvado la vida unos años atrás era miembro de esa logia, y, por motivos demasiados entreverados para quienes, como yo en ese entonces, no habían sido iniciados en los misterios secretos de la Santa Orden de los Templarios, aquel teniente tenía dentro de la Logia el grado de jerarquía más alto, incluso superior a Saavedra, máxima autoridad política de la ciudad y de gran parte del virreinato. Desde aquel incidente ellos habían patrocinado mi carrera militar, como posible nuevo miembro de la Logia.

Saavedra dijo que había sobrepasado las expectativas, y que la hora de mi iniciación era inminente, pero primero debía cumplir una misión especial en la ciudad de Córdoba, por entonces bajo dominio de exaltados que no reconocían la autoridad de la Junta de Buenos Aires. Hasta allí debía ir, como espía, reconocer cuantos hombres y armas tenían los rebeldes y volver de inmediato.

Llegué a Córdoba en los primeros días de julio. Nunca supe bien que me delató, pero apenas bajé del caballo se acercaron varios hombres con claras intenciones de someterme por la fuerza. Rápido de reflejos, salté a mi caballo y me perdí entre las sierras.

Vagué varios días hasta que finalmente debí admitir que estaba perdido. Una noche me dispuse a buscar refugio en una caverna, en una sierra alta, algo aislada de las otras. Lo perfecto de la circunferencia y el fino pulido de las paredes despertó mi curiosidad y decidí explorar un poco antes de dormir.

Apenas unos pasos hacia dentro encontré un laberinto de túneles y grutas en el que no me costó nada perderme. En una de las tantas vueltas que di hice el descubrimiento que había de transformar mi vida.

Ante mí se abría una amplia gruta, de unos 300 pies de ancho por 500 de lado. Y en el centro, resplandeciendo mortecínamente, iluminando la caverna lo suficiente para poder apreciar sus dimensiones, se hallaba un objeto completamente desconocido para mí. Era circular, de unos 50 pies de diámetro. Me acerqué y lo toqué. Una extraña fuerza me empujó 20 pasos atrás y me desvanecí.

Cuando recobré el conocimiento me hallaba dentro de un cuarto de extrañas paredes. No eran piedra, ni madera, ni metal. Junto a mí había tres hombres vestidos con extraños trajes oscuros, distintos a todos los que había visto hasta entonces. Claro que hasta ese día no había salido mucho de Buenos Aires.

Ellos me explicaron que si bien eran parecidos a mí, no eran humanos, que procedían de otro mundo, un planeta que giraba entorno a una de las estrellas que veía en el cielo. A partir de ese momento, con ellos primeros, y con otros como ellos después, aprendería muchas cosas sobre muchas otras cosas.

Por ejemplo, lo que me había derribado en la caverna era la fuerza del campo magnético de la nave. Ellos eran exploradores, buscando conocimiento por el universo. Por una extraña serie de sucesos muy difíciles de explicar a quien no domina la física transcuántica multiespaciotiempo, cuando yo toqué la nave permití que se activaran ciertos dispositivos de seguridad, dispositivos que detectaron un funcionamiento anómalo en los condensadores de flujo subtemporales, e impidieron que la nave explotara en mil pedazos, junto con el cerro donde se refugiaba y la mitad del Virreinato del Río de la Plata.

Un hecho completamente fortuito, no obstante, ellos estaban muy agradecidos conmigo y me ofrecieron cualquier recompensa que solicitara.

“Bueno” dije, “siempre quise salir de casa, ver que había más allá”.

Obviamente, mi pedido los tomó por sorpresa, pero ellos habían dicho que me darían cualquier cosa que les pidiera, y en su código ético las promesas eran sagradas.

Estuvimos viajando casi un año hasta que llegamos a su planeta, Jequia, o algo parecido, la mayor parte de su idioma es impronunciable para nosotros. Allí pasé diez años estudiando en el equivalente para ellos de nuestra escuela básica. Transcurrido ese tiempo me consideraron listo y dediqué los siguientes ciento ochenta años a explorar el universo. Gracias a la medicina de Jequia uno vive más años que en la Tierra. Para ayudarme en mi exploración me obsequiaron una pequeña nave estelar. Podía llevar un acompañante, pero normalmente viajaba solo.

Lo cierto es que ciento ochenta años es mucho tiempo, aunque uno tenga ante sí las maravillas del universo, y un día quise volver a ver mi planeta natal. Me dio nostalgia por el viejo hogar, sentía curiosidad por saber que había sido de la Junta de Buenos Aires, de Napoleón Bonaparte y del taller de mis padres.

Estaba entrando a la atmósfera de la Tierra con mi nave cuando me pasó lo más extraño y extraordinario. Un enorme proyectil interceptó mi nave y la sacó de la órbita. Dando tumbos, fui a parar al espacio profundo. Según los sensores de mi nave, se había tratado de un misil balístico con una cabeza nuclear grande, muy grande.

Obviamente, esperaba aquel grado de evolución tecnológica por parte de mis congéneres humanos, lo que no esperaba fue aquel recibimiento. El misil, dando tumbos, se hundió en el mar, sin que la cabeza nuclear explotara. El fuselaje y la carrocería de mi nave se mantuvieron intactas, pero el motor se sobrecalentó y se fundió. Estaba flotando en el espacio, sin medios de navegación o escape.

El coro de trompetas interrumpió el manifiesto que hacía sobre las parientes mujeres de los que habían lanzado el misil. Nubes blancas envolvieron mi nave y, de repente, ya no estaba en ella. Me hallaba flotando sobre una nube, rodeado de ángeles.

Los ángeles me explicaron, antes que nada, que no había muerto. Siempre era lo primero que le preguntaban. Luego que ellos no tenían sexo, segunda e inexorable pesquisa de los humanos. Por motivos algo entreverados, difíciles de comprender para quienes no poseen la Iluminación Cósmica Universal, se habían distraído de su vigilancia de la Tierra, y durante ese descuido casi se inicia una guerra atómica que hubiese acabado con la humanidad. Afortunadamente, el primer misil había impacto en mi nave, y eso había provocado una alteración en el Chacra Kármico del Gran Diseño, alertando a los ángeles para que solventaran las cosas en la Tierra y la humanidad no pereciera.

Un hecho meramente fortuito, pero los ángeles no dejaban de agradecerme y me aseguraron que me recompensarían con lo que yo pidiese.

Y bueno, siempre quise saber más sobre lo que hay afuera, así que les pedí que me mostraran como era del otro lado. No porque tuviera algún apuro en mudarme definitivamente allí, tan sólo para saciar mi curiosidad de conocer nuevos lugares. Los ángeles no parecieron sorprenderse. En menos de un parpadeo estaba fuera del universo conocido.

Después de mis largas travesías, me había ganado un tour completo por el cielo, y por supuesto, la atracción principal era el Gran Jefe. Dios resultó ser más bajo de lo que pensé. Me concedió una breve entrevista. Muy breve. Siempre andaba ocupado de aquí para allá. Por otro lado, tuve tiempo de conocer largamente el paraíso. Anduve por los Campos Elíseos, el Walhalla, el Reino de los Cielos y todas las eternidades de recompensa prometidas a la humanidad y a todas a las razas inteligentes del universo.

Cuando me di cuenta del tiempo, habían pasado más de mil años. Sé que parece mucho para la media de vida humana, pero con la medicina de Jequia uno podía llegar a ver el fin del universo si no sufría un accidente mortal antes. Decidí que debía volver a mis asuntos. Me encaminaba al espacio celestial de los humanos judeocristianos, para pedir a los ángeles que me habían llevado que me devolvieran a casa, cuando recibí una cachetada que me dejó tumbado durante un tiempo que bien pudieron ser cinco minutos o cinco años.

Lo cierto es que cuando desperté estaba rodeado de ángeles que me alababan y cantaban plegarias pidiendo mi favor. Por un hecho fortuito, cuyos propósitos son imposibles de comprender para alguien que no sea yo, me han recompensado convirtiéndome en el nuevo Dios, y ahora reino sobre toda la creación.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de