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Martínez Piñango, Ramón Esteban (Ram Este)

Así van

“Así van”

Esa mañana él se enfrentó solo a su primera realidad adversa. Y como cada día su madre lo llevó al colegio. Vestía como siempre su uniforme escolar, con su corbata larga, su sonrisa de siete años recién cumplidos, su flequillo amarillo sobre la frente, y toda la alegría que puede embargar ante una novedad, como lo es la foto del grado, que, aunque sea una necesidad creada, es otro motivo de algarabía en el colegio.

Para él la fotografía que se tomaría en el colegio no sólo le reportaba alegría, era también una razón para aumentar su felicidad.

Él era el primero aquella mañana en la cola para la dichosa foto colegial.  Era el primero en cualquier cola del plantel, pues era el más pequeño del primer grado y de todo el colegio. Así que también sería el primero en tomarse aquella fotografía esa mañana.

Desde la estatura de sus cortos años de vida, observaba todo: las filas que formaban sus demás compañeros a su alrededor, los rollos de películas de fotografías, y las distintas cámaras fotográficas. Todo colocado en una mesita improvisada, diagonal al escritorio donde se tomarían las esperadas fotos. Su cara contagiaba su inmensa felicidad, aunque sólo la expresión alegre de su rostro sería plasmada y observable en aquella foto colegial.

Finalmente, luego de tanto arreglo, de luces, del pizarrón, de mapas, banderas, escudos, y carteles de los distintos grados, llegó el momento de tomar las anunciadas fotos. Todo estaba listo. Aunque él estaba listo desde que despertó aquella mañana.

Cuando él escuchó la alarma del reloj del cuarto de sus padres aquella mañana, sabía que había llegado ese momento tan ansiado e imaginado tantas veces durante la noche. Cuanto esperó el amanecer. Cuanto recreó en su mente esas primeras escenas de la mañana que lo conducirían a la escuela y a esa fotografía.

Cuanto esperó él ese momento de poder levantarse, de cepillarse los dientes y meterse en la ducha, para luego vestirse con el uniforme escolar, desayunar junto a sus demás hermanos, y por último agarrar su bulto, su lonchera, tomarse de la mano de su madre y caminar junto a ella para ir al colegio.  

Todo lo había repasado con beneplácito durante la noche, no quería cometer ningún error u omitir alguna cosa. Todo tenía que ser perfecto antes y durante la foto. Todo. Así pensó durante la noche y así hizo todas las cosas esa mañana, para que todo resultara como él lo deseaba. Sólo le molestaba tener que caminar hasta el colegio. Muy dentro él pensaba: “si el colegio quedara aquí al lado, no tendría que caminar siete manzanas para llegar hasta allá”.

Durante la cena le preguntó a su mamá si su padre podía llevarlos al colegio, pero ella le contestó que su padre tendría que desviarse mucho y se le haría tarde para dejar en el otro colegio a sus hermanos mayores.  No contento con la respuesta de la madre, esperó a su padre y tan pronto éste llegó a casa le planteó la idea de llevarlo al colegio a él al día siguiente, pero su padre le dijo que no podría, se quejó de la cola y del gran desvío para dejar luego a sus hermanos, y llegaría tarde a su trabajo. Él lo comprendió. Este fue el único detalle que no pudo controlar, así que se levantó de la cama tan pronto escuchó la alarma desde el cuarto de sus padres y corrió al baño.

En el trayecto al colegio le sudaba la mano con la que se agarraba a su madre. No estaba cansado pero sentía que el tiempo y la distancia no estaban a su favor esta mañana, sentía era mucha la distancia y creía que los minutos avanzaban muy aprisa aquella mañana y no

quería perder detalle de aquella primera novedad en su primer grado.

Una vez el fotógrafo dijo que todo estaba listo para comenzar, la maestra Edecia, que era la encargada de arreglar a los alumnos para la foto, lo tomó a él entre sus brazos, lo elevó al cielo y luego lo colocó en aquella silla de madera. Acto seguido, la maestra metió con un suave empujón aquella silla bajo aquel escritorio también de madera, dejándolo preso, atrapado, entre la silla y el escritorio.

En la superficie del escritorio reposaban ya un cuaderno a rayas, abierto en sus páginas centrales, y algunos lápices de grafito en un recipiente plástico. Sin mirarlo, la maestra Edecia le estiró los bracitos sobre la tabla del escritorio, luego le dobló el antebrazo izquierdo sobre el borde de la tabla, y le colocó en su mano derecha uno de aquellos lápices de grafito de color amarillo. Aquel acto mudo de la maestra apagó un poco el brillo de los ojos de él y disminuyó el calor de su sonrisa.

La maestra Edecia se retiró unos tres pasos de él para observarlo, complacida de haberlo acomodado para la foto. Él, en tanto, miró el lápiz en su mano derecha, y cambió aquel instrumento a su mano izquierda inmediatamente.

Él es zurdo, y eso lo sabe todo el mundo en su hogar, en su familia y en su salón de clases, donde él usa un pupitre para zurdos.  Pero la maestra Edecia no creía en la realidad aquella mañana, así que se le acercó tan pronto vio el acto irreverente del niño y le devolvió el lápiz a la mano en la que ella se lo había colocado inicialmente. Él la miró en silencio pero con gran reproche en su mirada, y lleno de muda impotencia. Ella, como por un corrientazo silencioso pero efectivo, le palmeó el hombro derecho suavemente, al tiempo que con una mirada fría también respondía al reproche de los ojos de él. Luego dejó de verlo y le soltó, a él y a todo el que pensara pecar de ser el mismo: “Así van”.

Él sintió rabia. Mucha rabia. Pero igual el mundo no iba a dejar de girar y se entregó, o al menos  intentó entregarse,  a la magia de aquella fotografía que jugaba desde entonces a ser un testimonio de su vida. Pero el bendito lápiz amarillo no hallaba posición entre sus dedos, y la incomodidad que le producía ya lo mortificaba y le empezaba a correr y a expandirse por todo su cuerpo.

Él cruzó sus pies en el aire, pues no le llegaban al suelo y sólo alcanzaban a rozar el aire de aquel salón aquella mañana. Aquel no era su salón ni la maestra Edecia, su maestra de grado. Él estaba solo aquella mañana. Así se sintió. Así que intentó seguir con todo aquel ritual fotográfico. Miró al fotógrafo que dejó de verlo desde el lente de la cámara y se alzó sobre su espalda y veía en silencio la rabia y la impotencia de él marcarse en su sonrisa y en sus ojitos de siete años.

Él apretó su puño izquierdo como apretando allí su rabia y su impotencia, tratando de desvanecerlas, pero no pudo desintegrarlas. Se cuestionaba desde ya por algo que no había pasado pero que ya advertía…  “Me van a preguntar en casa, ¿que por qué agarré el lápiz con la mano derecha?”. Se decía. “¿La abuela, que también es zurda, entenderá que no fue mi decisión la del lápiz en la otra mano?”

A la abuela le había hecho mucha ilusión la historia de la primera foto del colegio de él, y le había pedido hicieran dos copias para ella poder tener aquella fotografía también. Él se sentía en la gloria, pues la abuela no tenía fotos de sus otros nietos en el colegio. Esta sería la primera foto que la abuela tendría para mostrar a sus amigas y sería una foto de él. La alegría que sentía de poder iniciar la colección de fotos escolares de la abuela era inmensa, pero ahora esa alegría se empezaba a resquebrajar. Obviamente aquella no era su primera fotografía, pero como si lo fuera, y tal vez de alguna manera si lo era, porque todas las que había enmarcadas en su casa y en los álbumes familiares eran junto a alguno de sus tres hermanos mayores, o con los tres hermanos. O abrazando a su madre, o cargado por su padre. O junto a su madre y su padre en su aniversario de bodas. O bien dándole comida a Shazan, su perro. O con sus primos en una salchicha allá en Río Chico, recorriendo los canales y gozando un mundo.

Sus fotos preferidas eran las fotos de su cumpleaños, en especial las de su último cumpleaños, allá en la casa de la playa junto a la abuela, a finales de las vacaciones cuando ya se preparaba mentalmente para ingresar al colegio. Todas estas fotos eran también un fiel testimonio de su felicidad y de su vida en familia.

Pero esta sería su primera fotografía solo, alejado de su mundo familiar. Aquí con esta foto escolar comenzaría su vida individual. Con esta fotografía iniciaba su anecdotario, de todas aquellas vivencias no familiares de las que luego daría testimonio a su familia. Aquí sentía él que arrancaba la vida que sólo él vive. Ahora tendrá una anécdota que contarle a la abuela el domingo. Tendrá un recuerdo donde no participaron otros miembros de su familia. Algo de lo que quedará un gran testimonio.

Él está feliz porque sabe que aunque su madre lo llevó al colegio y lo preparó para el gran acontecimiento del día, ella no saldrá en la foto. Por primera vez en su vida siente que hace algo que es independiente al resto de los acontecimientos que rodean su vida familiar. Ahora tiene su propia vida. Eso siente.

“Yo soy zurdo. Yo no soy derecho”. Se dijo.

Su padre le dio el dinero para las fotos, pero él tampoco aparecerá en la foto. Y sus tres hermanos mayores que no estudiaban en su colegio, ellos tampoco estarán en la foto, aunque durante la cena le dieron una larga receta de cosas que no debería hacer durante la foto: “no comas chiclets, no corras y no te sudes. No te despeines. Mira a la cámara como si no estuviera enfrente tuyo”.

Todas aquellas indicaciones las siguió al pie de la letra, como siguió también las indicaciones del fotógrafo: “columna erguida, cara al frente, mirando a la cámara, y apoya el lápiz sobre el cuaderno”.

No había necesidad de pedirle que sonriera. Al estar alegre o nervioso, o ambas, tenía una gran sonrisa que le abarcaba los ojos, los labios, y los cacheticos. Todo él sonreía. Sólo algo había comenzado a incomodarle terriblemente aquella mañana: el lápiz en su mano derecha. Así que lo colocó en su mano izquierda nuevamente. Miró al fotógrafo buscando su complicidad para que tomara la foto antes que alguien percibiera que aquel extraño equilibrio de la mañana había sido roto por él al cambiarse el lápiz de mano nuevamente. Pero la maestra Edecia estaba atenta a todo y no estaba dispuesta a permitir extravagancias. Él lo sabía.

La maestra Edecia efectivamente notó el cambio y se acercó enseguida hacia él para corregir aquella impostura. Él la miro acercarse con el rabito del ojo y apretó el lápiz en su mano izquierda, luego ladeó la cara hacia la maestra la miró callado unos segundos y luego le levantó la mano derecha en señal severa y silente de: “alto” y le dijo en voz de siete años recién cumplidos, pero con la determinación de quien va por la vida siendo coherente con lo que es y con lo que siente: “Así van”.

La maestra lo miró detenidamente en silencio, y el silencio se propagó en todo el salón. Todos esperaban la reacción enérgica de la maestra Edecia, pero ella comprendió que ahora las cosas si estaban en su verdadero equilibrio, así que para no quedar fuera de foco en la fotografía de la vida, se terminó de acercar a él y le arregló la corbata. Luego retrocedió de espaldas los tres pasos que había dado, se acomodó el ruedo de la falda y acto seguido levantó la cara, sacudió su corta cabellera, y miró al fotógrafo que esperaba su orden para tomar la foto.

El fotógrafo carraspeó un poco para romper aquel destemplado silencio, luego lo miró a él con una gran sonrisa y con cierto aire de complicidad le guiñó un ojo. En tanto él lucía tranquilo, sereno, relajado, y su gran sonrisa nuevamente era digna de una fotografía. RAM  ESTE

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