INTERCAMBIADOR CIUDAD LINEAL
La chica de abrigo rojo camina por una calle de comercios cerrados, escondidos bajo enormes persianas metálicas, sin poder distinguir aún si el día comienza o acaba. La misma sensación de cansancio y músculos agarrotados, la misma acera sucia, deshabitada y alumbrada por la luz amarillenta de una hilera de viejas farolas abolladas. Simplemente se deja llevar por la repetición de movimientos aprendidos e inconscientemente guardados para siempre en la memoria. El tiempo sonríe otra vez mientras se esfuma sigiloso, siempre dispuesto a tachar rápido otro día más, esperando que apenas se diferencie del anterior.
Las luces del semáforo de la esquina se siguen sucediendo sin descanso, aunque no haya nadie que lo espere, ni tampoco quién se atreva a desafiar su mandato en una calle aún desierta. Se trata de la misma rutina programada y repetida infinitamente. La parada del autobús está vacía como siempre a estas horas. Busca refugio bajo el techo metálico y encuentra un punto de apoyo en el nuevo anuncio de la última oferta para huir hacía un país desconocido. A los pocos minutos aparece el mismo autobús rojo que se detiene pocos metros antes de la parada. Permanece inmóvil y con sus puertas cerradas. El conductor intenta esquivar la mirada de suplica y se concentra en aprovechar esos últimos minutos de aparente descanso antes de comenzar, otra vez, con la misma sucesión de un pitido cada buenos días.
Elige ventanilla, como si un viaje de largo de recorrido se tratase. Deja su abrigo rojo, el bolso negro y el libro forrado con papel de periódico en el asiento de al lado, en un fútil intento por reclamar un poco de soledad dentro de la inminente masificación de la hora punta. Abraza sus rodillas con fuerza y se acurruca en el asiento intentando entrar en calor lo antes posible. Apoya la cabeza sobre el frío cristal de la ventanilla y cierra los ojos esperando caer en los brazos de algún sueño que le lleve rápido al final del viaje. Pero no puede, nunca fue capaz.
ALCALA-STA.LEONOR
Comienzan los pitidos, pero ya no quedan más sonrisas en un rostro de un conductor que no reconoce el saludo. Cuando se da cuenta, el vaho de su respiración acompasada ha cubierto toda la ventanilla y apenas puede ver lo que se esconde detrás. Inconscientemente, empieza a jugar dibujando garabatos aparentemente sin sentido sobre el cristal humedecido, utilizando su aliento para volver a empezar una y otra vez. Pero ahora su mano se detiene y se aparta bruscamente. Reconoce el nombre y no sabe cómo sus dedos acabaron escribiendo letras después de recorrer media docena de símbolos incoherentes. Se asusta otra vez y borra todo rápidamente con la manga de su chaqueta. Mira a su alrededor esperando que nadie lo haya leído. El sueño desaparece tras las luces rojas intensas de los coches que intentan adelantar desesperadamente al autobús.
ALCALA-METRO DE SUANZES
Detrás de un gran anuncio una pareja se resguarda, sólo se ven sus piernas enfrentadas y arriba un letrero luminoso que indica la fría cifra de 3 grados en rojo sobre fondo negro, justo un instante antes de desaparecer. El mismo que tardan los zapatos verdes de charol y medias negras en ponerse de puntillas, y las botas de piel desgastadas en retroceder unos centímetros, intentando recuperar el equilibrio perdido en la sorpresa, justo antes que arriba desaparezca la temperatura y queden sólo cinco minutos para las ocho.
La chica de zapatos verdes de charol y medias negras se acerca corriendo a la entrada del autobús, alzando un brazo, justo cuando las puertas acababan de cerrarse. El conductor que no reconoce el saludo se lamenta mientras gira la cabeza a un lado y otro. Con un suspiro resignado abre de nuevo las puertas, sabiendo que no será la última vez como ahora promete. La chica avanza con sus zapatos verdes de charol y medias negras buscando un sitio que no encuentra. Debajo del cartel, sólo se ve el tacón de las botas de piel desgastadas y un fino humo blanco que aparece por un extremo, antes de desaparecer y volver la fría temperatura de 3 grados.
AV.25 SEPTIEMBRE-PZA.ENSIDESA
El pequeño cachorro de fox terrier blanco con manchas grises y negras se detiene justo antes de la entrada del recinto vallado. Espera impaciente un gesto de desaprobación de su dueña. Desde allí ve la silueta de algo que reconoce perfectamente, si no fuera por ese extraño hierro retorcido que sale debajo de lo que debería ser su barriga. Mueve la cabeza hacia un lado y su cuerpo tiembla en manos de la curiosidad insaciable. No sabe si debe esperar más o si la omisión de la negativa debe considerarla como aprobación en este caso.
Su dueña se esconde tras unas gafas de sol y un gorro de lana granate. Mira al suelo esperando que nadie advierta que hace apenas cinco minutos que se ha despertado, asustada por los ladridos del fox terrier blanco con manchas grises y negras que movía su cola sin parar al pie de su cama.
Se abraza buscando el calor de su propio cuerpo aún adormecido. Busca el móvil en su caótico bolso. Respira hondo. Comienza a escribir de nuevo el mensaje que no se atreverá a mandar. El fox terrier blanco con manchas grises y negras hace tiempo que juega con las hojas secas que cubren una rampa metálica que baja de una especie de castillo rojo y amarillo.
Cerca del solitario parque de una mañana de noviembre, un chico de viejos vaqueros rotos por el uso y jersey negro coloca los periódicos de la mañana en diferentes montones al lado derecho de su quiosco. Ahora pone las revistas de tendencias en el lado izquierdo y aprovecha la ocasión para mirarla fugazmente.
La dueña del fox terrier blanco con manchas grises y negras no sabe que hace tiempo que abre media hora antes que de costumbre. Justo un día después que su corazón no resistió la mirada intuida debajo de unas gafas de sol y escondida debajo de un gorro de lana granate.
El chico de vaqueros rotos por el uso y jersey negro no sabe que a ella no le gusta leer los periódicos que compra cada día y en su casa hay un montón de ellos apilados sin abrir.
Al quiosco se acerca un chico de elegante traje, corbata y zapatos desgastados. Recoge un periódico de hojas de color sepia. Al pagar descubre en el mostrador el último número de una revista musical que conocía muy bien. No recuerda cuando fue la última vez que la compró, ni tampoco reconoce ningún nombre de los que aparecen en portada. Sin saber muy bien por qué, la recoge del mostrador y comienza a hojearla entusiasmado. El chico de viejos vaqueros rotos por el uso y jersey negro busca el cambio y sonríe al ver la cara atenta del fox terrier blanco con manchas grises y negra escuchar el reproche de su dueña. El chico de elegante traje, corbata y zapatos desgastados corre al ver el autobús entrando por la plaza.
GTA.RICARDO VELAZQUEZ BOSCO
La chica de zapatos verdes de charol y medias negras, después de pensarlo mejor, aprovecha la parada para sentarse. Viaja en contra del movimiento del autobús, en el único asiento libre. Mira a su alrededor esquivando miradas inquisidoras. Cierra los ojos y sabe que todos ahora la miran, sentada en el banquillo de los acusados, esperando ser juzgada. Se levanta y vuelve a colocarse la falda. Cruza las piernas pero las vuelve a juntar al instante. Se levanta, se quita el abrigo, se sienta y lo coloca encima de sus rodillas. Esboza una sonrisa y arquea la ceja izquierda con gesto de satisfacción. Busca en su reproductor de Mp3 una canción que no recuerda.
AV.LOS ANDES-AV.ARROYO DEL SANTO
La chica de pelo liso y vaqueros ajustados acelera el paso apretando la carpeta contra su pecho. El chico de gafas negras de pasta se esfuerza porque aquella historia contada parezca lo más interesante posible, sin escatimar en detalles dramáticos que se escaparon de la última novela leída de ficción. Él camina ahora de espaldas buscando su mirada mientras su corazón acelerado busca desesperado un resquicio por donde salir. Ella mira a su izquierda y en su suspiro se escapa un torrente de indiferencia. Él mira con temor el autobús que se acerca y con un gesto aprendido fija la vista en su reloj de pulsera pidiendo una prorroga a un desenlace conocido. Ella cierra los ojos con gesto de alivio. Él sube y la busca por el hueco de la ventanilla. Ella hace rato que ya no está allí. Él aprieta las manos y cierra los ojos con fuerza como si fuera la única forma de mantener la última imagen de su rostro en su memoria. Ella busca su móvil y envía un mensaje y espera impaciente la vibración de la confirmación, y el tiempo le devuelve ahora su sonrisa robada.
GTA.DON JUAN DE BORBON-RIBERA DEL SENA
La chica se levanta al reconocer la próxima parada, recoge su abrigo rojo, su bolso negro y su libro forrado con papel de periódico. El chico de elegante traje, corbata y zapatos desgastados aprovecha para sentarse y abrir la caja de recuerdos olvidados bajo el título de aquella revista de música que ya no escucha. Busca en su memoria una explicación o al menos encontrar ese punto en el que todo cambió, ese día en el que llegó al quiosco y eligió aquel periódico de hojas de color sepia.
RIBERA DEL LOIRA Nº 52
La chica de abrigo rojo baja del mismo autobús y se une, sin quererlo, a una hilera de miradas fijas en suelo, que siempre acompañan a cuerpos que se mueven inconscientes por la calle de la prisa. Se detiene y piensa que aún no es el momento.
Entra en el mismo bar y en la barra le tienen ya preparado el café con leche y la tostada de aceite con tomate. Sonríe mientras deja su abrigo rojo, el bolso negro y el libro forrado con papel de periódico en su mesa de las 8 y media. Recoge su desayuno y por un instante olvida todo lo demás.
Apura el cigarrillo mientras repasa sin interés la publicidad de la última página del periódico gratuito. Ya no queda café y desaparecen los motivos inventados. Mira de nuevo por la ventana. En el edificio de enfrente la tercera planta sigue con las luces apagadas. No sé ve, ni reconoce a nadie. Las persianas no están bajadas y sólo se ven cajas apiladas en los cristales. En el portal, un operario quita el mismo nombre que aparece en una tarjeta con su foto y que ya no abrirá ninguna puerta. Hoy no es como ayer, no sabe qué hacer y el tiempo se detiene.