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Panarisi Santini, Edgardo A. (Santino Banderas)

Frase y río



Yo creo que la infancia es una etapa fundamental para cada uno de nosotros pues quedará marcada, indefectiblemente, en lo más profundo de nuestro ser por el resto de la vida. Posiblemente sea el periodo de mayor felicidad de nuestra existencia. Hay muchos que opinan afirmativamente sobre esta cuestión argumentando que, en general, es el momento en el que se hallan mayores oportunidades de diversión. Sin embargo, los detractores de esta teoría consideran que no se debe confundir diversión con felicidad. En tanto, otros sostienen que es en esta misma etapa cuando el ser humano llega a gozar de una imaginación extremadamente superior a la que se posee en la edad adulta. Y es en este punto donde quisiera detenerme. Concuerdo absolutamente con esta última hipótesis. Es cierto que uno tiene más imaginación de chico que en cualquier otra edad. Me gustaría transmitir una experiencia personal para defender esta posición. Es que me acuerdo cuando viajaba con mi familia en auto por la ruta y, para no aburrirme mirando la monotonía que se me presentaba en el paisaje exclusivamente agrícola, realizaba junto a mi hermano un juego que nunca fallaba: observar qué forma le podíamos encontrar a las nubes. Te digo la verdad, a todas las nubes le hallaba una silueta diferente. Pero en serio, era impresionante cómo podía divisar en una simple forma condensada de humedad atmosférica la figura de un delfín, tiburón, o algún que otro pirata. Es más, no miento si digo que en una oportunidad logré reconstruir, sólo con un par de nubes, el acto heroico del sargento Cabral cuando se arrojó sobre la humanidad del General San Martín y, valerosamente, salvó la vida del Padre de la Patria en la batalla de San Lorenzo. Y lo más importante de todo es que no me la estaba bolaceando como los mejores, porque después lo corroboraba con mi hermano y él me daba casi siempre la razón. Es más, a menudo se daban casos en los que me incluía algún pequeño detalle que había pasado desapercibido ante mis ojos.

En cambio, ahora todas las nubes que veo mientras transito por las rutas argentinas tienen las mismas características. Todas presentan la forma excluyente de nube. En lo único que pueden llegar a variar es en el tamaño. Ah, y a algunas las encuentro más oscuras que a otras. Pero bueno, hay que ser sincero, tampoco tengo tantas posibilidades para ponerme a observar qué forma tiene una nube. Desde el momento en que yo soy el encargado de manejar, la verdad es que no me resultaría muy grato terminar en un arroyo con mi auto dado vuelta y ardiendo en llamas. Y lo más bochornoso que podría sucederme sería que, en el momento de declarar sobre las causas del accidente, tuviera que explicar que me distraje contemplando una nube que tenía justo enfrente mío y a la que le había encontrado una asombrosa semejanza con la cara del oso Yogui.

Pero volviendo al tema de la infancia, creo que en algo vamos a llegar a coincidir todos: durante esos años no se tienen demasiadas obligaciones. Cuántos añoramos volver a tener tanto tiempo al pedo para poder hacer lo que se nos canta las pelotas. Quizás, la única responsabilidad de la que se podría hablar es la de ir a la escuela, pero, en realidad, yo no la consideraría como algo muy estresante en la vida del estudiante del nivel primario. Es verdad que los pibes tienen que hacer el tremendo esfuerzo de levantarse temprano para ir al colegio. Pero también es cierto que la mayor parte del año están boludeando con actividades que no requieren de mucha dedicación, y suelen concentrarse más en el partidito que se van a armar en los ínfimos quince minutos de vida que posee el recreo que en lo que le está explicando la maestra. Un ejemplo clásico de las actividades light que caracterizan a estas jornadas escolares son esos típicos trabajos grupales en donde los alumnos tienen que pegar un par de imágenes superfluas de alguna revista con el fin de aprender dinámicamente. Y esto lo digo con conocimiento de causa, porque yo también fui a la primaria y, por lo menos, cinco veces por año, en cada una de las materias, nos hacían hacer esa pelotudez. Qué se yo. Por ejemplo, en Ciencias Naturales, cuál era la estrategia que tenía la profesora para enseñarnos qué es la cadena alimentaria. Simple. “Chicos, busquen en las revistas que trajeron todos los animalitos que encuentren y péguenlos en el afiche de acuerdo a quién come a quién, de izquierda a derecha”. O sino, en Instrucción Cívica y Ciudadana, cuando la profesora nos decía: “Chicos, busquen en las revistas que trajeron lo que ustedes consideren que es una comunidad”. Y todos los pendejos recortando imágenes de un par de boludos que habían salido alguna vez en las páginas de Caras. Eso sí, cuando había que buscar algo relacionado a la comunidad o a la solidaridad, siempre recortábamos a algún negro sonriendo. No sé por qué pero te digo en serio, siempre aparecía pegado en el afiche algún negro. Me imagino que debía ser para demostrar que en la comunidad que queríamos presentar no existía ningún indicio de discriminación ni de prejuicio. Me hace acordar a las imágenes de los libros de inglés o, por qué no, los folletos que suelen entregar los testigos de Jehová, en donde se puede observar una gran cantidad de personas posando, entre los que siempre hay algún negro o alguna asiática con una sonrisa de oreja a oreja.

Eso sí, con la infancia no se jode. A los pibes no hay que tomarlos por boludos, porque cualquier cosa que uno pueda considerar irrelevante, con el paso del tiempo crece como una bola de nieve y puede ocasionar un trastorno, una fobia o, lo que es aún peor, un rechazo insólito en cualquier adulto. Esto lo digo porque yo fui una víctima que, siendo ya mayor, sufrió en carne propia una las tantas frases pelotudas que a uno le suelen decir durante los dulces años de la ingenuidad.

“Y si Pablito se tira al río, ¿vos también te tirás al río?”.

Hacía años que no escuchaba esa frase de mierda. Porque es eso, una verdadera frase de mierda. Una oración con absoluta carencia de sentido, coherencia y comparación. Si mal no recuerdo, creo que la última vez que me la dijeron fue cuando yo, ya un huevón de dieciséis años, le pregunté a mi viejo si me enseñaba a manejar. Ante semejante petición me contestó negativamente, con la excusa de que era todavía chico para conducir un vehículo y que podía resultar peligroso, no solamente para nosotros sino también para los posibles transeúntes que circularan por el lugar. Ahí yo, como un verdadero boludo y poniéndome a la altura de un pibito de ocho años le contesté: “Pero Pablito, el de acá al lado, tiene quince y ya maneja un Renault Fuego”. Y llegó la tan odiada respuesta: “Y si Pablito se tira al río, ¿vos también te tirás al río?”. Ya te imaginás a dónde sugerí que se dirigieran mi viejo y el tremendo pelotudo de Pablito. Por supuesto, en seguida me comí una buena patada en el culo, que todavía hoy me duele ante semejante zurdazo. Esa fue la última vez que escuché aquella frase, hasta que pasó lo de la isla.

Pablito era un vecino que vivía justo al lado de mi casa, en el barrio Echesortu. El pibe era único hijo y, por ende, sus padres satisfacían todo aquello que él reclamaba. Recuerdo que fue el primero en tener una “Family Game” en el barrio, cuando hacía apenas días que este videojuego había llegado a la Argentina.

En cambio, en mi casa, las veces que me compraban algún juguete, era obligación compartirlo con mi hermano más chico. Mientras que para jugar a los videos, teníamos que esperar hasta el domingo a la mañana para ir al centro y gastar unas fichas en los Flippers.

En realidad, yo con Pablito no tenía mucha relación. Siempre me había caído como el culo. Es que lo veía como un petiso engreído y pedante, por lo que nunca llegamos a construir ningún tipo de amistad. En pocas ocasiones concurrí a su hogar, pero a la media hora me volvía a mi casa porque no soportaba que me quisiera rebajar con los juegos importados que le regalaban sus padres. Eso sí, cuando retornaba a mi casa, me encaminaba directamente donde se encontraba mi viejo con la clara intención de solicitarle aquello que Pablito me había fregado, minutos antes, por mis narices. La respuesta fue siempre la misma: “No, ese juguete cuesta mucha plata, si querés jugar a algo ingeniatelá con lo que tenés”. Yo contrarrestaba diciendo: “Pero Pablito tiene mejores juguetes, yo también quiero tenerlos para jugar como Pablito”. Y ahí venía esa puta frase de nuevo: “Y si Pablito se tira al río, ¿vos también te tirás al río?”.

Las primeras oportunidades en las que mi viejo me dijo aquella frase, yo reaccionaba negando con la cabeza sus palabras y me iba cabizbajo con un visible sentimiento de desilusión. Me parecía que, viniendo de mi padre, detrás de aquella simple alegoría permanecía oculto un fundamento indiscutible, inapelable. Sin embargo, al poco tiempo, y luego de incontables horas de analizar minuciosamente palabra por palabra la composición de aquella metáfora, comencé a experimentar cierta sospecha en cuanto a su oportuna aplicación en las situaciones que le planteaba mis caprichos a mi viejo. Finalmente, luego de aceptar la recomendación del positivismo lógico llegué, incluso, a utilizar el método inductivo para intentar acercarme a la verdad, sacando la conclusión de que esa frase era una de las pelotudeses más grandes que había escuchado en mi vida.

También me acuerdo de una ocasión en la que me lo encontré a Pablito por la calle vestido como en ninguna otra oportunidad lo había visto. Ante tal particularidad me acerqué para preguntarle a qué se debía semejante atuendo. Su respuesta fue contundente. Había comenzado a practicar golf con su viejo y justo se estaba yendo para el course. Yo, que era la primera vez en toda mi vida que había escuchado hablar sobre aquel deporte, me dirigí hacia donde se hallaba mi padre con el único objeto de preguntarle si me llevaba a practicar golf al igual que Pablito. Mi viejo, que no registraba en su cabeza otro deporte que no fuera fútbol, me miró sarcásticamente y me contestó con un simple pero rotundo. “Pero Mariano, ¿vos estás loco?”. Yo volví a formular mi petición argumentando que Pablito, el vecino, lo practicaba. Por lo que mi viejo me contestó: “Y si Pablito se tira al río, ¿vos también te tirás al río?”. En ese momento, yo le dí mi punto de vista con respecto a esa frase a la que consideraba completamente ridícula. Igualmente, mucha pelota no me dio porque siguió recurriendo a ella en cuanta oportunidad se presentara.

Para simplificar las cosas, mi infancia se vio marcada por esa frase de mierda, pero de a poco empecé a cambiar y ya no me fijé más en lo que tenían los demás, incluyendo lo que poseía Pablito. A pesar de eso creo que tuve una infancia feliz y una adolescencia agradable en la cual se fue forjando mi amor hacia la natación. La verdad que no sé por qué carajo se me dio por amar tanto la natación. Mientras todos mis amigos se la pasaban jugando al fútbol a mí se me dio por ir al club a nadar. Eso sí, no quiero sonar presumido pero gracias a esta actividad actualmente gozo de un estado y de un físico que muchos desearían tener.

Mi amor al agua me llevó a realizar un curso en la Cruz Roja, por lo que desde hace ya años en el verano me desempeño como guardavida en una isla ubicada justo enfrente del Monumento.

Te digo que, por lo general, no tengo mucho laburo como rescatista, pero siempre hay algún pelotudo que traspasa la zona permitida para bañarse y después no puede regresar a la costa. Personalmente, ostento el orgullo de haber salvado dos vidas desde que comencé con esta labor. El año pasado rescaté a una señora que había sufrido una descompostura mientras hacia la planchita. Y este año salvé a un pibe que se quiso hacer el vivo y se fue a nadar donde se encuentra el canal, sin tener en cuenta que una vez que se va hasta allá hay que tener el entrenamiento y la energía suficiente para luego retornar a la costa. Hacia él me dirigí y terminé haciéndole el RCP para que aquel “vivo” siguiera con vida.

Te cuento que gracias a mis aptitudes y actitudes siempre fui reconocido por mis colegas y por los habitúes del lugar. Pero aquella vez fue diferente. Fue un sábado de enero a la tarde. Hacía treinta y ocho grados de calor y la isla estaba repleta de gente. Recuerdo que yo estaba hablando con una amiga, a la que le faltaba muy pocos días para cumplir la misma función que yo. En eso comienzo a escuchar gritos provenientes de todas partes. Resulta que un tipo se había caído al río desde un yate y, por lo que llegue a entenderle a la rubia que se encontraba en la embarcación, no sabía nadar. En ese momento me preparé para entrar en acción, tire los lentes de sol a la mierda y me acerqué al agua. Fue justo ahí cuando lo reconocí a ese pelotudo. Primero me di cuenta que era él por el yate que tenía, en cuyo exterior se podía leer Emperador Pablito. Sabía que tal humildad a la hora de ponerle el nombre a un yate podía provenir de Pablito, mi vecino. Al final lo confirmé una vez que alcancé a escuchar sus gritos. Era él, estaba seguro.

Sin importarme de quién se trataba la víctima decidí, inmediatamente, introducir mi pie izquierdo en el agua. Seguidamente puse el derecho para cumplir con mi deber. Pero allí fue cuando quedé absolutamente paralizado. No sabía por qué, pero fue la primera vez en mi vida que quedé completamente inmovilizado a orillas del río. Recuerdo perfectamente que aún podía percibir los gritos de la gente implorando por mi ayuda. Pero yo no me podía mover, hasta que a los pocos segundos no logré oír nada de lo que decían a mi alrededor. Lo peor de todo fue cuando volví a escuchar esa puta frase que había logrado borrar de mi mente hacía ya tiempo: “Y si Pablito se tira al río, ¿vos también te tirás al río?”. No sabía qué hacer. Por mi mente pasaban situaciones y recuerdos característicos de mi infancia. No estoy seguro, pero creo que pude llegar a divisar nítidamente una Family Game, un palo de golf y hasta el Fuego que Pablito ya manejaba en su adolescencia. También conseguí verme a mí mismo, con aproximadamente ocho años, negando con la cabeza una pregunta que solía hacerme mi padre en determinadas circunstancias. Realmente yo no podía hacer nada. Mis piernas y el resto de mi cuerpo, inconcientemente se negaban a obedecer la orden que emanaba de mi cerebro y las obligaba a seguir su periplo por las aguas marrones del Paraná. No recuerdo qué sucedió a continuación.

Una hora más tarde me encontré acostado sobre una cama paraguaya con un paño fresco en mi frente y rodeado de dos médicos, asiduos visitantes del lugar. Al lado de ellos se encontraba Naty, la chica con la que yo estaba hablando previo al incidente. Los médicos me indicaron que había sufrido un shock emocional, pero que no había sido nada de gravedad. Lo único que me recomendaron fue hacer reposo por unos días.

Finalmente, Pablito fue rescatado por un muchacho que todos los años suele cruzar a nado el bravo Paraná y que conoce al río como muy pocos.

En cuanto a mí, este año retomé mi trabajo en la isla, pero ahora tengo la suerte de compartir el laburo con Naty, por las dudas, ¿no?

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