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Ara Iglesias, Carlos (Constance Hately)

Frontera



 

 

 

Fue la casa lo que me atrajo. Ya me había pasado alguna vez con otras cosas que están ahí, que producen una sensación de extrañeza y que nadie mira. No es que fuese como las que salen en las películas de terror, oscura, tenebrosa; no, ni mucho menos. Oscura sí era, pero oscura de fea y vieja, no oscura de miedo y misterio. Simplemente una casa antigua, baja, de una planta, con un tejado de teja, que es como son los tejados (tejado viene de tejar, es decir, poner tejas, las cubiertas de los edificios modernos no son tejados si no llevan tejas, supongo); una casa fea, de pueblo, de viejo pueblo que ha evolucionado alrededor de ella y al margen de ella, que se la ha comido, la ha engullido e, incapaz, la ha regurgitado. Esa casa se había estancado en un momento anterior, como si conviviese un pterodáctilo con un mapache o como si junto a tu flamante Renault Laguna hubiese un Ford T aparcado todos los días. Así la vi yo, flanqueada por dos edificios de ocho plantas, con un patio trasero circundado por unas tapias medianeras de veinticinco metros de altura de ladrillo peleón, lo más moderno en fealdad, lo más acechante y agresivo del mercado de la construcción y lo más triste en albergues familiares de clase media que ansían sus setenta metros cuadrados y terraza cerrada en peuvecé. Y desde abajo, como asumiendo su inferioridad y no por ello rendida, la vieja casa con un horrible enfoscado que alguna vez se pintó, con unos remates de ladrillo por durmientes, con rejas verdes y unas persianas de madera carcomida, con una puerta en el eje que es la nariz y la boca que debe ocultar un interior más oscuro todavía, más con sabor a viejo, más extemporáneo aún que el mentado dinosaurio, más solitario aún que yo y mis extraños vicios (si se pueden llamar así a los caprichos de un tío raro) que me remolcaron no pocas veces después de aquella primera llamada de atención que me brindó mi paso por delante subido a un autobús de los verdes que es como se llama en mi barrio a los interurbanos que te dejan en Atocha o en Embajadores. Volveré a verla tranquilamente otro día, pensé aquella primera vez.

Fue antes de lo previsto, esa misma tarde. Volvía del trabajo y me bajé dos paradas antes de llegar para dar un paseo y fumar un rato antes de subir. A veces lo hago así. Era invierno y, a las seis y media, la tarde era noche cerrada. Hacía mucho frío pero me senté en un banco de metal que el Ayuntamiento había tenido la dolorosa idea de pintar de color morado. El frío se me calaba por las cachas, pero no me despegaba de allí, con la mirada perdida. Parpadeé al darme cuenta de que tenía la vista fija en una casa chaparra, en la casa. Ya se me había olvidado mi promesa de esa misma mañana y sin querer…, pero eso no puede ser, no hay sin quereres como esos, un argentino lo habría tenido claro: gracias a las sinergias freudianas que circulan por ese país saben que todo está ahí, en la sopa, todito mezclado y ahí que va para dentro, sin darte cuenta te lo has ventilado y hete aquí que me encuentro mirando una casa que me juré mirar esta mañana. Dale, ¿qué tiene que me atrae, que me gusta o que me disgusta?. Excepto su vetusto y triste aspecto, no hay nada. No está el factor ruido presente, porque nunca la he oído, no vivo cerca y, si alguna vez he pasado por delante (eso es seguro, mis abuelos vivían cerca de esta calle) no recuerdo ninguna experiencia desagradable: descartado el factor sentimental o experimental. Qué tiene, entonces.

Al día siguiente, de nuevo de camino al trabajo la vi de corrido, como siempre iba a ser desde aquel día primero. Me obsesionaba pero como una espinita clavada que no hace daño, solo molesta lo suficiente como para que no se te olvide que la tienes ahí, y a la vuelta otra vez cigarrito en el mismo banco. Tampoco ese segundo día iba a ocurrir nada, pero algunas jornadas después, cuando el acto condicionado por el subconsciente se había convertido en una rutina, muy consciente y asumida como tal por la obsesión, de repente un señor mayor me resultó familiar. No lo conocía pero lo había visto alguna vez y no sabía cuándo fue. Estaba sentado en un banco cinco metros más a la derecha del que últimamente me sujetaba el culo todas las tardes. Era un abuelo de obra, un jubilado de los de antes, con gorra de tela y gafas gordas, chaquetón y pantalones de raya al medio completados por un buen par de deportivas de último modelo para paseantes habituales de media a larga distancia de color azul eléctrico. Él también me había reconocido y diría que, de igual manera que me ocurría a mí con él, intuía lo que miraba pese a que en el fondo no lo mirábamos.

- Disculpe caballero… (no oigo nada más por un instante. A mi es que es llamarme caballero y me pongo a pensar en el Rey Arturo, no lo puedo evitar)                        …usted también lo ha notado, ¿verdad?.

- No sé a qué se refiere.

- Sí, hombre, no me diga que no, usted tiene aspecto de haberlo notado. Yo lo he notado y ya estoy muy viejo y torpe.

- ¿Pero de qué me está hablando, abuelo?.

- No soy su abuelo. De eso, es eso que no se sabe qué es pero que está ahí. No, no me mire de esa manera, joven, no estoy ni chocho ni loco y no creo en fantasmas, por muchas caras que apareciesen en el Palacio de Linares. Algo pasa con esa casa, al margen de que la han acorralado esos mamotretos diletantes de rascacielos, que ya podrán con la pobre choza con la que se están metiendo…

- Bueno, algo me pasa con esa casucha, aunque no creo que sea nada. Algo extraña sí que resulta al lado de esos mamotretos, como usted los llama.

- ¿Se ha fijado usted, caballero…

(ahora veo la espada de Excalibur, y a un canijo que la saca a la fuerza del pedrusco en el que está clavada con un bracito sin músculo)                                                           …en la puerta?

- Pues sí. Es de chapa y está doblada y comida por el óxido. ¿Quiere un cigarro, abuelo?

- No soy su abuelo. Me lo tiene prohibido el médico, pero venga para acá ese pitillo. Mire, además de la puerta de chapa, está lo del candado.

- ¿Cómo que lo del candado?

- Pues no es usted muy observador. Seguro que trabaja y vuelve sin ganas de nada. Eso no es bueno, joven, hay que fijarse más…, bueno, al menos usted ha notado eso, como yo. Y además es que yo echo el día aquí, claro, es lo que tiene lo de ser un estorbo, que a uno le agradecen que se quede quieto y no moleste. Mi trabajo, ahora que lo digo, es observar cosas, sabe usted, caballero…

- (joder, y encima se me aparece Lanzarote con la cara de Richard Gere)  Perdón, me decía algo de la puerta…

- Sí, hombre, que tiene un candado nuevecito puesto con una cadena que no rompe ni un superchorizo de última generación. Ah, disculpe, no me he presentado: Anastasio Ortega.

- Juan Sánchez, encantado.

- Se da cuenta de que en Estados Unidos usted se habría llamado John Doe, ¿no?

- Por eso le dije a mi madre que me pariese en España.

- Disculpe, joven, mi mala educación. Son los años sin socializar, es que no pienso lo que digo. Volvamos a la casa, que es lo que nos tiene aquí a los dos en un veintitrés de Diciembre a las nueve y media con este pelete y en la calle, que mi hija debe estar acordándose de su padre que soy yo y de mis antepasados: le decía que la puerta tiene un candado y que está mucho más nuevo que cualquier otra cosa de la casa. ¿No le resulta extraño?.

- Bueno, el dueño no querrá que se le cuele cualquiera, supongo. Eso no tiene nada de raro. Y disculpe, abuelo, pero me tengo que ir yendo, que si no se me amontonan las tareas. Buenas noches.

- No soy su abuelo. Buenas noches, hasta mañana…

A la mañana siguiente pasaron dos cosas significativas. Una fue que por primera vez en mucho tiempo me levanté antes de que sonase el despertador (estaba fresco y con fuerzas, como si el sueño hubiese sido reparador, como si me hubiese cargado completamente la energía que me estaba faltando en los últimos tiempos). La otra fue lo de la luz. En el mismo autobús de todos los días, parado en el mismo semáforo que había permitido que fijase mi atención en la casa la primera vez, vi una luz, no la luz de una lámpara sino una luz tenue, como el resplandor apagado de una fogata mitigada por el viento y vista desde lejos, pero es seguro que la vi, no era el sueño, no ese día. Supe así que la casa estaba habitada y claro, en el trabajo no viví más que para que el tiempo pasase. Aunque aprecio mucho más mi tiempo libre que las labores profesionales, en honor a la verdad hay que decir que por norma suelo estar más atento a mis funciones de lo que estuve aquel día, aunque solo sea porque me juego la integridad física, es decir, mis dedos (trabajo en una imprenta manipulando máquinas guillotinadotas, tornos rotativos y perforadoras, vamos, que no es bueno estar despistado). A la vuelta (qué largo fue aquel trayecto de autobús) me bajé en la que ya era mi parada habitual, a cien metros de la casa, y desde que puse el pie en el suelo me di cuenta de que algo andaba mal. Había como una algarabía alrededor de mi banco, un corro de gente que se apiñaba y hacía muecas como de un mudo desagrado, y no es expresión metafórica lo de mudo, es que nadie hacía un ruido, nadie hablaba, tan solo un murmullo cansado se disolvía en el aire. Corrí (cosa extraña) hacia el corro, temiendo lo peor de algo que no podía afectarme pues no conozco ya a nadie en esta ciudad, no estoy casado, no tengo novia, no tengo hijos, no tengo padres y ni siquiera tengo perro, mucho menos un apestoso gato, pero algo negativo que rondaba en el ambiente me hizo correr al grupo. Pensé en la casa, pensé en el candado, pensé en Lancelot y en el frío que hizo la tarde anterior, pensé en Don Anastasio. Ese fue el curso mental de mi intuición que se coronó diez segundos después con la visión de Don Anastasio en el suelo, ayudado por alguien que no sería médico pero lo parecía y que preguntaba si se había llamado ya a la ambulancia, cosa que se contestó sola porque justo en ese momento llegó desde lo lejos el sonido de una sirena.

…qué ha pasado…, nadie sabe nada…, pero Anastasio estaba mal…, ¿usted lo conocía?..., claro, mujer, es el de la Margarita, la de nuestra calle…, estaba mal del corazón, ¿no?..., ¿lo conocía usted, joven?..., ¿pero está muerto?..., tenía cáncer de pulmón, me dijo la de la frutería…, ¿este señor no es el de la obra, al que vemos siempre en la Calle de las Cuestas?..., estaba como una rosa, no tenía nada, y de repente…, no somos nadie, está claro que no somos nadie…, aparten, por favor, dejen paso…

Y eso fue todo lo que interesó de allí a los del corrillo, que se fueron a mentar la mala suerte y a frecuentar los lugares comunes a otra parte, afortunadamente dejando libre mi banco que me acogió una vez más, un poco más apesadumbrado pero con más certeza que nunca sobre lo de la casa. No tenía por qué haber tenido nada que ver, no había nada, aunque parecía un ataque al corazón, pero yo sabía que era eso, eso como lo llamó Don Anastasio al día anterior. Saqué la caja de tabaco y encendí uno y fue el gesto de tapar el cigarro para encenderlo lo que hizo que girase la cabeza. Aspiré hondo y me llené de veneno lo pulmones. Qué rica nicotina en ese momento de claridad, qué ayuda a la mente y qué abstracción de la realidad se consigue: como una visión de túnel mis ojos cercaron la puerta de chapa, la cadena, la ausencia del candado y, de nuevo, de dentro a afuera, la ausencia de candado, la cadena colgante, como rota, como muerta, inservible por sí sola, y la puerta desvencijada, vencida, que claudica entreabierta, que se inclina ante ti o ante cualquiera que quiera violarla. No vi nada más, no oí nada más. Supe lo que había pasado, sin duda alguna: Anastasio murió tras entrar en la casa.

Me levanté y puse rumbo a la puerta. No es que yo sea muy valiente, rectifico, no es que yo sea valiente, pero lo cierto es que no noté el miedo en el paseo hasta el portón de chapa corroída: era solo una puerta. Miré alrededor al llegar a ella, como temiendo que me espiasen o como no queriendo que nadie pudiese tener la tentación de compartir conmigo ese momento que me parecía de éxtasis, rara visión de la fría realidad porque, en sí mismo, lo que hacía era sólo entrar en una casa vieja en la que probablemente, la lógica dictaba eso, iba a encontrar escombros, porquería, malos olores y a lo peor ratas del tamaño de leones o de complexión estándar, que ya valían para repelerme. Puse la mano en la chapa fría y la empujé. Sonó como si el fantasma encadenado de Napoleón chillase y arrastrase sus cadenas al mismo tiempo, pero no había nadie en la calle, era veinticuatro de Diciembre, el Rey se congratulaba un año más y la gente estaba disfrutando de sus pagas extraordinarias convertidas en percebes, lubinas, gambas o lo que fuese la comida de moda de aquel año. Esa es la ventaja de no tener a nadie, que si quieres celebras algo o si quieres te metes en una casa abandonada a pasar la Nochebuena con las ratas del lugar. Empujé hasta que la grieta de acceso fue suficiente para dejarme pasar y al tiempo que me llevaba la mano al bolsillo buscando mi mechero noté una corriente de aire húmedo que perseguía a un objeto móvil que pasó muy cerca de mí. Me asusté, pero no como en el cine cuando sale el bicho de repente desde debajo del agua y se lleva de un bocado la pernera del protagonista, sino que me asusté de una manera racional, es decir, me asusté porque pensé que algo había caído de algún sitio, una teja o un madero de la cubierta o algo así, y había estado a punto de darme. Luego, pensándolo mejor, la sugestión empezó a funcionar (hay que ver lo que sabía Pavlov, con sus reflejos condicionados y la madre que lo parió) y encendí rápidamente el mechero. La casa era pequeña y su columna vertebral era el pasillo en cuyo inicio estaba. A la izquierda había una puerta y se adivinaba un espacio grande, seguramente lo que fue un salón y una cocina más al fondo, conectada con el patio que se intuía desde mi banco, como un pozo de paredes altísimas. A la derecha, tres puertas. Era curioso que todas siguiesen en pie, y también que todas estuviesen medio entornadas. En un momento me pareció oír un ruido en el cuarto de la derecha, y también en el de la izquierda. En la última puerta a la derecha, la que estaba más al fondo y que seguramente era el dormitorio grande, una tenue luz se encendió. Avancé por el pasillo aunque siempre volviendo la cabeza para asegurarme de que la vía de escape hasta la salida estaba libre. Despacio, mirando el suelo de loseta hidráulica lleno de porquerías, sin tocar las paredes por las que se descolgaba el moho y la humedad como una liana tropical, llegué hasta la puerta de la que salía luz. Oí claramente ruido en el interior. Entrar en la estancia era descubrirme y me di la vuelta, pretendía salir, no veía a más de dos metros, pero la luz del exterior ya no entraba por la grieta, algo había entre la salida y yo. Solté el pulsador del gas del mechero y todo quedó a oscuras. Cuando lo volví a encender una mancha enorme y oscura estaba encima de mí, a un metro. Todo en eso era negro, todo menos unos ojos recónditos, rojizos como de cansancio, profundos. Bajo ellos no había nada, no tenían un fondo humano. Y es cierto que miraba presa del terror, como se mira el último momento de tu vida cuando sabes que lo único que resta es lo que quiera lo otro, que no dependes de ti y por eso estás liberado de todo menos del miedo pero estás liberado al fin y al cabo y miras y ves lo que quieres ver y no te atrevías hasta saberte perdido. Pues en esas estuve yo en ese lapso hasta que, tras unos segundos, me di cuenta de que ya no había nadie delante, me había rozado al pasar a mi lado y ahora iba hacia el fondo de la casa. Encendí de nuevo el mechero y vi una espalda corpulenta y una cabeza rapada y negra que se fundía con el fondo del pasillo. La cabeza se giró en un momento, justo cuando desapareció el cuerpo en la oscuridad, pero brillaron los dientes blancos y los ojos rojizos antes de entrar en la habitación del fondo. Avancé hacia allí, sin controlar ya unos actos y un cuerpo que iban por un lado mientras mi lógica se quedaba en la puerta de entrada, presa del pánico y atenta al instinto de conservación. Al llegar a la puerta cogí aire porque intuí que lo que había dentro no iba a ser agradable para ninguno de mis sentidos. Mi olfato fue golpeado en primer lugar: un hedor insoportable a cloaca se deslizaba por la rendija entreabierta de la puerta y ahí me paré por primera vez, abofeteado por la peste. Pero empujé la puerta un poco más, una puerta carcomida y quejumbrosa que chirrió de tal manera que, de no haberse camuflado en la visión de lo que había en el interior de la habitación, habría sido muy desagradable. Ahí estaba aquello que me resistía a ver y que sabía que había allí: seis pares de ojos desganados, alejados de cualquier sensación excepto de cansancio y carentes de expresión, como si la vida hubiese abandonado hacía tiempo a aquellos zombis de ébano que se apoyaban en las paredes, sentados sobre colchonetas en un suelo sucio que rodeaba una fogata alimentada por trozos de papel y restos de muebles que era lo que el gigante negro que me descubrió transportaba desde el salón. Esto fue lo que vio Anastasio, supongo que esto era eso… Descubrí no obstante que no eran esas seis personas las que vivían en aquella inmundicia y las que habían herido al viejo, descubrí otras tres habitaciones con veinte personas más respirando humedad y polvo dentro de aquel agujero, descubrí la mierda en el culo del primer mundo a cien metros de mi casa y a veinte de la parada de autobús, enfrente del banco en el que yo me fumaba los cigarros desde hacía un mes. De repente me ahogaba allí dentro, reaccionó mi estómago, corrí hasta la salida y me apoyé en el muro exterior de la casucha para vomitar. Todos comían aquella noche, y yo vomité. Aquel acto era como mi salvoconducto para saberme algo mejor que el resto, algo menos culpable en realidad, aunque no me engañé por mucho tiempo, nadie tiene las entrañas blandas por la pena o la compasión. En realidad vomité por el olor a suciedad y el ambiente estancado o más aún, por el miedo acumulado. El cuerpo no tiene espíritu, reacciona sólo como una máquina ante estímulos básicos y nada trascendentes.

Aquella nochebuena no cené, se me quedó mal cuerpo y no me apetecía nada. Estuve pensando en llamar a los servicios sociales y también en prenderle fuego a la casucha y por supuesto a los edificios de al lado y después no explicar nada y mandarlo todo a la mierda. Nietzsche estuvo muy cerca aquella Nochebuena, eso es lo malo de una educación universitaria malgastada. Pero todo fueron pensamientos primermundistas que azuzaron mi conciencia por unas horas. Luego se fueron diluyendo y no pasó nada porque en el fondo lo que de verdad me importaba, y me di cuenta aquella misma noche, era el precio de los percebes y los discursos del Rey entre partida y partida en la PlayStation, qué le vamos a hacer. Entré de nuevo en la casa, cogí el paquete de tabaco que se me había caído en la huida y, allí dentro, en el asqueroso pasillo lleno de humedad y mal olor encendí un cigarro ya sin ningún tipo de impresión, acostumbrado al entorno. Luego volví hacia la puerta y la entorné al salir.

Después de aquel día no me volví a preocupar por eso, ni siquiera hice por enterarme de lo que le había pasado a Don Anastasio. Sigo pasando frente a lo que fue aquella casucha todos los días cuando voy al trabajo, paso frente a un nuevo edificio de ocho plantas que levantaron en veinticuatro meses a partir del mes siguiente a mi incursión. Alguien más entró allí, alguien con la instrucción cívica aprobada con diez que llamó a servicios sociales que, inmediatamente, se destacaron en el lugar para tomar nota de los veintiséis ocupantes que abarrotaban la casa, doce de ellos negros, que fueron deportados a sus países de origen según teletipo de EFE. Yo sigo trabajando en la imprenta y desde hace un mes tengo un perro, este año he comprado langostinos, me he regalado la PlayStation y estoy seguro de que veré en la tele el discurso del Rey. Lo que todavía no he decidido es en qué cadena.

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