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Ballester Carrillo, Almudena (Arturo Bejarano)

Asiento 15, segunda fila



ASIENTO 15, SEGUNDA FILA

de Arturo Bejarano

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Cuando se sufre de congestión nasal y se tiene la cabeza embotada los halagos

saben igual que la sopa de sobre: calientan lo justo, pero no tienen sabor. Cuando pican

los ojos y la garganta, toda palabra se inyecta de sordina, se atenúa en entonación e

intención y lo mismo pueden felicitarnos el genio que mentarnos a los difuntos, caras

idénticas y palabras semejantes. Por eso cuando ayer acudí a recibir el premio a mi

carrera profesional, a los sobrados servicios al periodismo crítico de la nación, enfermo

de gripe y de antigripales, no tuve la agudeza que usualmente gasto para detectar

farsantes y aduladores ya desde el patio de butacas. Absurdos redactores de crónica

provinciana, encapsulados en trajes de persona normal, en traje de lector afín que

apenas se atreve a sonreír pidiendo un autógrafo, mientras lanza con habilidad preguntas

necias para obtener una frase descolocada y nutrir las columnas de un cultural. Las

frases descolocadas hoy visten mucho y encumbran por igual a quienes las redactan y a

quienes las pronuncian, posiblemente porque el formato entrevista está tan caduco que

cualquier innovación es bien recibida.

Comencé mi alocución escogiendo como siempre un objetivo. Es algo que

practico cuando leo en público: selecciono a una persona, marco su presencia, ubicación

y aspecto. Durante el trago de la lectura necesito reposar mi vista en su imagen de vez

en cuando; me proporciona ese punto de referencia real para no sentir que soy un actor

de comedia, que afina palabras sin un sentido más allá de algunas letras bien unidas.

Normalmente elijo a un sujeto anodino, de apariencia neutra y poco destacable, rechazo

a los técnicos del lucimiento porque su estupidez me distrae. Al blanco de mi mirada lo

había encontrado en el asiento 15 de la segunda fila. Lo que ocurrió fue curioso:

terminando apenas los plácemes de la introducción, mi objetivo se estremeció, yo lo

detecté, percibí claramente su aspaviento. Hice un quiebro involuntario en la voz,

preguntándome qué frase le habría provocado esa sacudida incontrolada. Apenas pude

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ya seguir prestando la atención y entonación debida a lo que leía, por suerte mil veces

corregido y repensado. Solo podía fijarme en mi objetivo, consiguiendo el efecto

precisamente contrario al buscado. Mi mente febril no dejaba de preguntarse cómo

había logrado emocionar al sujeto_anodino_A del asiento 15 de la segunda_fila. Nada

en mis palabras consabidas se prestaba a una reacción así. Mecánicamente, párrafo por

párrafo y mentira por mentira, fui vomitando mi discurso a la audiencia hasta el final,

mirada prácticamente fija en aquel ser ahora ya inmutable. Ni siquiera en el

muchasgraciasaplausos final, momento en el que suelo realizar una cata de público,

deteniéndome en los ojos de quién sé que me abordará luego, pude distinguir una mueca

o una mirada ligeramente descolocada, un fulgor de emoción de cualquier tipo. Nada. El

sujeto_anodino se levantó, gabardina primorosamente doblada en su regazo, enfiló el

pasillo con decisión y desapareció de la sala, sin más.

Pronto estuve rodeado de colegas, alumnos destacados y otros profesionales de

la adulación periódica que me transportaron hasta los canapés y los flashes de los

fotógrafos. Yo buscaba impaciente alguna sombra de mi sujeto. Entretanto atendía

enhorabuenas con sonrisas programadas o apretones de mano más o menos enérgicos.

En un par de ocasiones tuve la sensación de que él sí me estaba viendo a mí. Un giro

rápido de cabeza me permitía deducir que no, que solo se trataba de alguien parecido,

igual gabardina, distinta faz, tal vez los mismos ojos inexpresivos, o desganados.

Incluso me pareció distinguir en cierto momento su mismísima voz, aún sin haberla

oído jamás, su voz preguntando por mí, yo volviéndome a la vez y descubriendo que era

nuevamente un periodista comarcal en busca de su alegato cultural de los jueves.

Minutos infinitos. La sala se llenó definitivamente de cámaras, de manos con vasos de

tubo y de dobles sonrisas; arrugas en las caras de aburrimiento disimulado, mandíbulas

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masticantes, americanas, trajes sastre y corbatas desempolvadas para la ocasión. Creo

que en ese momento empecé a notar cómo me subía la fiebre: ese típico calor húmedo

que baja por las sienes y hasta el pecho, donde anida e impide respirar con normalidad.

6Lázaro, ponme una copa.

Mientras mi representante me acercaba un cubata con menos ron del que yo

había sugerido, ceñudo, advirtiéndome de no estar siendo suficientemente hábil con los

medios, busqué por última vez antes de darlo por perdido a mi sujeto_anodino. Todavía

sentía necesidad de interrogarle, consciente también de lo poco lícito que resultaría

abordarle, inquirirle por su agitación, averiguar su carrera, parentesco y estado civil. Lo

tuve en mente, malhumorado por la impotencia, todavía un rato agónico. Ya

simplemente me conformaba con volverlo a ver.

Desistí cuando los grupos se hicieron densos, opacos a mi búsqueda. Lázaro todavía me

presentaba o recordaba sutilmente los cargos y méritos de cada interlocutor, que con

cadencia de noria de feria me iban dirigiendo parabienes y congratulaciones babosas

junto a promesas de llamadas futuras. Uno de aquellos periodistas nueva-generación,

pelo largo rubio y cuidado, deportivas y gabardina, gafas de pasta color almendra, se

acercó al grupo, mendicante. Aquel. Un ejemplar aventajado de la prensa independiente.

Un aspirante a ser yo mismo.

6Tu última crítica, excelente, Arturo. Excelente. –aseguró, extendiéndome la

mano-

6Gracias, salude a su editor. –respondí un punto por encima de la pura desgana-

6Me gustaría que me dedicaras algún ejemplar, Arturo.

Supongo que más por impulso que por inquina verdadera y porque detesto a los

que hacen familia de una cara conocida, le dije que en ese momento no se me ocurrían

dedicatorias superfluas como la que necesitaba. Le aparté el ensayo encuadernado que

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antes había leído, un rictus en la boca de nueva-generación rubia, y me retiré unos

cuantos pasos hacia la ventana, sin ninguna sensación en concreto, sin la vista en ningún

otro objetivo conversacional, sin hacer más que beber mecánicamente de mi cubata,

sabor básico a colonia agridulce. Me adormecía por instantes. La cabeza, que se había

estado comportando durante toda la gala, comenzó a recordarme que existía y en

condiciones lamentables. Se acercó mi representante con aire de catástrofe.

6Arturo. No estás. Vuelve y coge las riendas de esto –me sugería, con los ojos

suplicantes-.

6Tengo fiebre. Y necesito mear.

Mi tono podía entenderse como una mezcla de borrachera y determinación caprichosa,

infantil. Lázaro me observó en silencio un instante, sopesando.

6Al menos discúlpate con los de Lector Digital. O estamos perdidos.

6Lázaro: quiero mear –insistí, con firmeza-

Normalmente no soy tan desagradable. De verdad. Pero la cabeza me estaba matando.

Me alejé de los grupos de trabajo, trabajo editorial y chismorrero, para encontrar

un poco de soledad –silencio– en un hueco cercano al lugar por el que salían camareras

y canapés. Siempre he sentido debilidad por las camareras de los cáterings. Estudiantes

rebeldes con piercing de día y señoritas modosas con cofia de noche. Morboso y cínico,

como mis propios escritos antropológicos.

Me colé en las cocinas, aprovechando que entraba en la sala alguna personalidad

prescindible, los ojos de Lázaro buscándome ansiosamente. Al cruzar la puerta

entreabierta me dio la risa, recordé que le tenía que decir que cambiara de peinado, el

flequillo liso y sus ojos saltones resultan incompatibles.

6Se lo pasa usted bien. Pensaba yo que los escritores eran gente seria.

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Una chavala pelirroja, pecosa, no muy alta y con dificultades para manejar los vasos con

guantes, sin parar de afanarse en apilarlos aquí y allá y sin mirarme, me sorprendió de

espaldas a la puerta. Me giré instintivamente. Nadie más entraba o salía en ese

momento.

6Y lo somos. ¿Acaso crees que no? –curioso y divertido por su desparpajo, la

interrogué acercándome a sus afanes. Ella solo siguió sonriendo y colocando cubiertos

sucios en bandejas, manchando sus guantes blancos. No tendría más de dieciocho años,

si los tenía. En el puro acto de observarla imaginé a su jefe gordo, exigente, mal

pagador, que solicitaba más diligencia, más jornadas, más horarios estúpidos como

aquel: las entregas y premios similares se producen a horas del día en las que la gente

decente simplemente ve el telediario. Paseando mi mirada por la sala habilitada como

cocina pude apreciar que en una percha estaba colgada su ropa de calle. Una falda

vaquera desgastada sobresalía por encima de unas cuantas cazadoras masculinas. Caída

sobre las bandejas vacías reposaba manchándose de grasa una camiseta sin mangas de

lo que calculé sería su talla. La recogí. La chica se esforzaba en su trabajo. Podría jurar

que llevaba toda la vida ayudando en labores semejantes, tal vez a su padre, dueño de un

bar rural de carretera. Contemplé su imagen, su culo y el pelo que se le desenrollaba del

moño pelirrojo. Imaginé su destreza sirviendo a clientes rudos, clientes de la edad de su

padre; acostumbrada a soportar desde niña gestos de simpatía y arrumacos

confianzudos, miradas lujuriosas y piropos chocarreros después. Muy posiblemente

algún parroquiano de paso habría logrado palpar ese culo, muy posiblemente ella,

deslenguada y superviviente, le habría devuelto su audacia en forma de bofetada. Tal

vez su padre le habría reconvenido, tal vez en justo castigo por falta de tacto con los

clientes le habría prohibido citarse con su novio, colosal como un armario. Tal vez ella,

cansada de unos y otros, se hubiera llegado a la ciudad sin más pasaporte vital que la

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costumbre de defenderse o tolerar al sexo opuesto. Tuve ganas de respirarla más cerca,

pero me contuve. Otra vez sentí esa oleada de calor pesado y húmedo, la fiebre me

subía. Dejé la camiseta manchada de grasa en el perchero con la falda y me volví hacia

la puerta de la sala. Le dediqué una última mirada. Ella continuó laboriosa y aplicada,

frágil en su corpulencia cansada.

6Gracias, majo –escuché de su boca dulce. Todavía sin mirarme, se mantenía

agachada sobre una pila de manteles y servilletas. Aquel gracias me perturbó, creí

percibir un guiño con él, un guiño sin mirarme, ¿hacía un guiño a los platos, a los

canapés, a un compañero que nos observaba, que había entrado sin yo verlo…? ¿Su

gracias respondía a mi visita, me agradecía que recogiera su ropa manchada, me

invitaba a esperarla...? De repente sentí que una urgencia atroz por ir al servicio me

invadía, el estómago se me había revuelto espantosamente. Salí con prisa de la cocina y

casi me di de bruces con el periodista rubio de Lector Digital, al que logré esquivar,

supongo que gracias a su idiota miopía sin corregir.

Con la imagen de la camarera adolescente fija en mi mente y la necesidad

absoluta de vomitar, alcancé los servicios en estado lamentable. Empujé la puerta de

una cabina y, apenas sin que me diera tiempo a retirarme la chaqueta, una náusea me

acometió violentamente. Me mareé y quedé sentado en la taza, sin fuerzas para

levantarme.

6Arturo Bejarano. Es usted.

La puerta de la cabina se había abierto. Un hombre de edad parecida a la mía,

con traje algo arrugado, me miraba intensamente desde sus gafas metálicas, con una

mezcla de precaución y genuina curiosidad. Observando su calzado desde mi incómoda

postura, absurdamente me fijé en un poco de barro que los cubría en su puntera, zapatos

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gastados de otra temporada, en contraste con su gabardina impecable, recién salida del

tinte. Esa gabardina yo la conocía. Elevé mi cabeza lentamente, sin dar crédito a su

rostro. A pesar de que llevaba barba, rasgo en el que increíblemente no había reparado

durante mi lectura, lo había reconocido. Era él, mi sujeto_anodino A del asiento 15 de la

segunda_fila. La sorpresa, contra todo pronóstico, me produjo terror. Me sentí de pronto

indefenso ante un individuo que me sabía vulnerable, que me conocía bien, no me cabía

la menor duda. Que podía albergar odio contra mí. Que me tenía a su merced, tirado en

un wáter público sin testigos. Sí, era aquel espectador estremecido, aquel escuchante

atento y sobrio, aquel espasmo en mi cabeza: sin duda por el denuedo de un plan

terminante contra mí. Repasé mentalmente mis artículos del último año. En la revista

Epígrafe fui gratuitamente cruel contra algunos pequeños empresarios y su cobarde

actitud social, pero mi sujeto no parecía pertenecer a ese gremio. No era seguramente

tampoco objetivo afectado por mis incisivos comentarios sobre las causas y deslices de

la clase política. No él. Los políticos van siempre vestidos de políticos y se les nota

incluso cuando van a mear. Tampoco estuve moderado contra cierto grupo de poder en

la universidad pública. En efecto, podía ser profesor, tal cual comencé siéndolo yo

mismo. Un profesor universitario hastiado por los constantes caprichos de la cúpula

rectora, a la que ansiaba pertenecer. O un profesor de escuela pública, un profesor de

secundaria atosigado por estudiantes con menos ganas de aprender que de maltratar a la

nula autoridad de su claustro. Aquel claustro al que yo me complacía en señalar lo inútil

de cada nuevo plan de estudios. Mi sujeto era un profesor injustamente perjudicado por

mi cáustico punto de vista y posiblemente había llegado a un punto de no retorno. Tal

vez con depresión, su familia no soportaba sus constantes ojeras desesperadas. La

prensa una y otra vez informando de la mala calidad de la enseñanza, el desastre de la

inculta nueva generación, la culpa de los enseñantes, la culpa, la culpa, la culpa…

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En un segundo fugaz visualicé mi vaso de ron con cocacola. Lázaro me lo había

acercado, pero no recordaba que lo hubiera servido él mismo. Ahora podía traer a mi

memoria un destello de la gabardina de aquel profesor desesperado, deslizándose cerca

de la barra de bebidas, el mismo profesor que había tomado su justa venganza conmigo.

El estómago me seguía doliendo como si me lo retorcieran con alicates y las náuseas no

me dejaban respirar. Tampoco era capaz de incorporarme, ni de dejar de mirar el brillo

de los ojos del sujeto_anodino de la segunda_fila.

6¿Se encuentra usted mal, señor Bejarano? ¿Quiere que avise a alguien?

Creo que fue cuando lo vi inclinarse hacia mí, con aquel cínico ofrecimiento y

aquel falso gesto de preocupación en la mirada, cuando creí perder la consciencia, presa

del pánico y del veneno del cubata.

(…)

Arturo Bejarano se sienta en un banquillo húmedo que escurre goterones de

tinta, producto del sudor de Arturo resbalando sobre artículos viejos de periódicos

viejos que forran asiento y mesa, consecuentemente gastada y vieja

escasos minutos y el examen está por concluir, bien que Arturo no se concentra porque

la humedad le escalofría - percibe que aquella proviene sin embargo de la sangre de un

animal multíparo del banquillo vecino

la humedad y olor del fluido rosado le excitan e impiden concentrarse, Arturo gime

atrapa uno de ellos, los gemidos, por su extremo más caliente, vuelve a inspirarse,

resbala, se afana por seguir

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las cestas de mimbre sobre las que ha de rellenar las explicaciones que pide el tribunal

son secas, absorben toda la tinta, gasta más y más cartuchos, tinteros, lápices de colores

infantiles y hasta tubos de linitul cicatrizante

de súbito no soporta el propio peso de su mano - intenta respirar hondo, levantar la

pluma, pero le pesa más allá de su voluntad inerte,

incapaz Arturo observa impotente sus dedos: germinan unos brotes herbáceos, no

molestan, pero son representativos - opina Lázaro, que se los arranca con pulcritud

a cada brote arrancado corresponde un murmullo en la cola que espera turno, ticket en

mano, hasta que se refleja en el monitor aquel 1989

momento en el cual Arturo, manos cubiertas de flores, necesita sollozar.

El tribunal es químico y orgánico y no concede tregua alguna. La camarera adolescente

resulta encargada de preparar su bebida punitiva. Mientras remueve el preparado en

vaso de tubo, Camarera se acerca luciendo tan solo aquella blusa engrasada, carcajeante

a los manoseos de Lázaro en su culo poderoso. Lázaro con su brazo restante azuza al

periodista rubio y miope, que ahora forcejea con Arturo instándole a que lea su nuevo

artículo: Dos agujas que segregan mérito. Ilustrando el artículo a cinco columnas

aparece la foto del profesor resentido en calma agresiva, foto que lentamente se

transforma en la señora madre de Arturo. Tan joven y ya tan impúdica. Arturo se niega

a beber y Camarera se ve obligada a forzarlo, tirándole para ello del pelo muy largo y

muy canoso hacia atrás y bebiendo ella misma el brebaje azul, que vierte luego en su

boca. Arturo se empalma instantáneamente, se deja hacer y pierde la memoria. Instantes

después vomita una piscina azul que ahoga a todos, incluyéndole a él mismo.

(…)

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Abro los ojos. Lázaro me está sujetando la cabeza y me pone una servilleta

húmeda en la frente. El olor del alcohol quirúrgico me produce escalofríos.

Completamente desorientado diviso un puñado de personas trajeadas que, con más cara

de curiosidad que de preocupación, nos dirigen miradas furtivas. De una sala cercana

surge la camarera del cátering, algo pálida, vistiendo de calle. Lázaro le sonríe un

gracias breve cuando ella le alcanza una taza humeante. 6No pensé que la gripe le diera

tanta fiebre. Tal vez deberíamos haber retrasado la entrega-. Mientras habla así a los

escuchantes, me susurra al oído un 6Qué mal te sienta beber así, Arturo, por Dios. Y

encima en estas circunstancias-. No tengo fuerzas para rebatirlo, ni sé tampoco hacerlo.

Solo trago la manzanilla y me duelo.

Unas botellas vacías, esparcidas al lado de las sillas apiladas. Bandejas de

canapés recogidas de pie junto a una esquina. Apoyado en un bastón en el que tampoco

había reparado antes, observo su rostro oblicuo. Aquel profesor hastiado me clava toda

su presencia en la sien. Bien a mi pesar, reconozco ahora en derrota sus rasgos

familiares. No tengo más remedio que ser yo. Mi otro yo. Él soy yo mismo cuando era

yo. Sobre la crónica que Lázaro parece dictar a los presentes levanto su propia voz lenta

y brumosa.

6Tenías que haberte deshecho de mí en la universidad. Nos habríamos ahorrado

ambos este espectáculo.

Creo que alcanzo a oír llegar al Samur, a la vez que percibo la mirada profunda que me

dedico desde él mismo, sin apenas fruncir el ceño.

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