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Lara Vázquez, Concepción Caridad (David Pérez)
Llueve en sus zapatos
Cuando hace el amor acaricia suavemente su espalda. Mientras, su entrepierna responde
caliente y húmeda a un sexo rutinario que cada noche se esparce más entre las sábanas,
que reclama los clamores de una pasión que se aleja y que atrae a la monotonía. Que es
acompañada del susurro de un televisor encendido a media noche. Que acaba con la
desuna de sus cuerpos al terminar. Que continúa con el agua que corre de un grifo
abierto tras una puerta. Ella se gira y pierde la mirada en el techo oscuro de la noche,
buscando, con sus ojos cansados y tristes, la luz de las estrellas a las que confiaba sus
sueños en la infancia, en un deseo de aferrarse a su realidad. Y solo encuentra los
destellos que marcan la una y media de la noche. Cierra los ojos.
Todavía no hay rayos de luz cuando se levanta. Prepara café y enciende la radio. Esa
voz familiar, que cada mañana la acompaña, la reconforta y la hace implicarse en esa
vida que de ella se esconde y que escucha a través de las ondas. Los sentimientos se
agolpan al oír las noticias: corrupciones en los gobiernos, víctimas de la violencia de
género, lluvias que invaden, vientos que arrasan o nieve que hiela el alma. Su mano roza
el mantel plastificado que hay sobre la mesa, justo en el lugar donde hay una grieta que
deja ver la madera, en un acto de huir de los calores de su pequeña cocina. Sus ojos se
fijan en sus dedos, en el brillo que manifiesta las horas de agua caliente y jabón frotando
la ropa, de la escoba que barre el mismo suelo día tras día, del esmalte de uñas que
apenas intuye un color rosado y que se pierde entre sus uñas quebradizas.
El niño la llama:
- ¡Mamá!
Ella vuelve otra vez a su mundo de vasos sucios en el fregadero, de migajas de pan
esparcidas por el suelo, del olor a leche caliente y café derramado en el fogón, de esa
taza aún caliente, manchada del terciopelo de la espuma que desaparece sin un solo beso
de despedida.
Recorre el pasillo acompañada de la luz de un nuevo día y se acurruca entre las mantas
de la infancia que la reclama. Palpa sus ojos medio abiertos y cubiertos de lagañas, su
boca reseca, su cuerpo caliente y su voz a medio despertar. Lo cubre de besos, de
añoranzas y de esperanzas. Juntos se revuelcan en la cama, ríen y sueñan mientras el sol
los cubre de una nueva mañana.
Y entre pantalones chiquitos y jerseys de lana virgen, viste a una nueva esperanza.
Juntos repasan los deberes antes de ir al colegio. Cuidadosos de que la inesperada
mantequilla no deje más manchas translúcidas en la libreta de los ejercicios de inglés.
- Mamá, de mayor quiero ser médico.
- ¿Y eso que quieres ser médico? ¿Para curar a tu mami ancianita?
- No mami. Para curar a todos eso niños que salen enfermos en televisión.
Mira la televisión, y ve a los niños del tercer mundo: desnutridos, con las barrigas
hinchadas de lo que el poderoso primer mundo no quiere ni mirar, que a base de colocar
imágenes paulatinamente, acostumbra al espectador a una visión que no tiene
sentimientos. Baja la mirada.
Se despiden en el portal de la casa. Ella revisa su mochila, para que no le falte nada de
todo lo que a ella sí le faltó cuando también tenía esperanza en sus ojos.
Se queda sola en casa y se sienta nuevamente en una silla de la cocina. Vuelve a mirar
sus manos y el mantel de flores grandes vanagloriado de su grieta, de sus colores
desteñidos y de todos los secretos que esconde bajo el plástico. Ella saca una libreta y
un bolígrafo de color azul y comienza a escribir. Su letra redondeada, clara, segura de sí
misma, de la dirección que debe tomar sin estar bajo la sombra de nadie y sin dejarse un
solo detalle de estilo que le robe su personalidad. Escribe sobre esa mujer, esa que vio
cuando escuchó el poema Dulce Chacón titulado La construcción de un sueño y supo
reconocerse así misma:
Siempre hay tiempo para un sueño.
Siempre es tiempo de dejarse llevar
por una pasión que nos arrastre hacia el deseo.
Siempre es posible encontrar la fuerza necesaria para alzar el vuelo
y dirigirse hacia lo alto.
Y es allí, y solo allí, en la altura,
donde podemos desplegar nuestras alas en toda su extensión.
Solo allí, en lo más alto de nosotros mismos,
en lo más profundo de nuestras inquietudes,
podremos separar los brazos, y volar.
Y con esos susurros de libertad en sus pensamientos, con esa ráfaga de aire fresco que le
ayuda a permitirse soñar entre los divanes de su mente, comienza la rutina de cada
mañana, mientras el sol entra y acaricia su espalda, mientras las camas desechas de otra
noche más, son las únicas que esperan que su talento salga de sus dedos y escriba. Que
redacte en papeles en blanco y los rellene de las historias que se agolpan en su cabeza, y
que plasma en poesías, en relatos de una vida paralela. Rebuscados entre los rescoldos
de esos instantes que halla en la panadería, cuando ve la mirada cansada de María. Sus
manos manchadas de harina y las ojeras de su insomnio a causa de su hijo drogadicto
quien la amenaza cada día en busca del dinero de los ahorros de su madre. Que golpea y
que insulta. Y en una luz tenue, está su marido sentado en un sillón que ve la televisión
y le reclama otra cerveza, a la vez que sube el volumen del aparato para no escuchar y
no enterarse de nada.
O cuando tropieza con la pasión que halla en los ojos de Ainoa y Daniel, dos
quinceañeros que experimentan el nacimiento del amor con miradas cómplices, juegos
de manos y deseos de acariciarse a escondidas. Y entonces, ella advierte que se sumerge
en ese juego que parpadea escondido en su corazón.
Pero cuando escribe con su letra pequeña en el papel, describe en sus historias su primer
beso. Y lo recrea, mientras todo espera. Sabe en qué momento retroceder y volver a
sentir el calor de los labios que aquella tarde se acercaron a su boca y depositaron un
recuerdo que no olvidaría. Entretanto, el reloj de pared colgado en la cocina deja correr
el tiempo, junto con el de su propia vida, rodeada de tareas domésticas, de sinsabores y
sin metas a las que llegar, porque en su día no supo ponerles fecha para que se
cumplieran de verdad. Recuerdos con nostalgia el día que decidió no subirse en los
trenes que han pasado por su vida.
Y al terminar, al dar en el reloj las doce del mediodía, esas historias que garabateaban
en el papel acaban como siempre debajo del despojo de la verdura y los desperdicios de
la comida, y luego depositados en el cubo de la basura. Jamás pensó ella que otro ser se
alimentara del desamor que ella tiraba a la papelera cada mañana. Y los días
transcurrieron en la sombra de su cocina y entre las letras de su vida.
Alberto recoge la bolsa de basura. Lleva desde los dieciocho años de basurero en la
ciudad. Fue un trabajo buscado al azar y por casualidad. Simplemente trabajaba, cuando
una noche, de una de las bolsas, salió un trozo de papel con una letra que consiguió
llamar su atención. No pudo evitar leer aquel relato, aquel fragmento de alguna vida, de
los sueños de alguien, de la imaginación de una mujer. Pese a las manchas que sufría el
papel y las gotas de lluvia que emborronaron más el papel, se lo guardó en el bolsillo.
Así, poco a poco, fue recogiendo cada noche, buscando en el mismo portal las historias
que ella tiraba y que él guardó durante años. Poesía, retratos de gente cotidiana descritos
con una delicadeza y una mirada social que le hacían estremecerse, pero lo que más
ansiaba cada noche, eran los momentos donde ella se desnudaba y se mostraba al
mundo tal y cómo era. Y con esas letras, fue reconstruyendo a una mujer. Dibujó el
color de sus ojos, su nariz respingona, su sensual boca. Moldeó, con su imaginación,
cada parte de su cuerpo. Escuchó su voz, susurrándole al oído todo lo que estaba escrito
en aquellas páginas sueltas y sin dueño, recreándose en los momentos de felicidad y
auxiliándola en sus penas. Sintió las caricias de sus manos inventadas y vivió la pasión
que tantas veces ella recreó, sin olvidársele nunca ni una coma de aquellos escritos.
Deambulaba como un sonámbulo cada tarde por el mismo portal donde cada noche
recogía la basura. Intentaba encontrar a la mujer de la que se había enamorado, de la que
ansiaba cada noche sus letras, y la que caminaba a su lado bajo la sombra de la luna
mientras ejercía su trabajo. Nunca la encontró, ni quiso ponerle rostro a su mujer
inventada. Y, cuando las noches se convirtieron en una terrible desesperación hacia un
deseo al que no podía acceder se fue lejos, para conseguir minimizar su obsesión por
tenerla entre sus brazos. Y cargado de las historias que ella indiscretamente le cedió, se
marchó.
Ella notó su ausencia. No supo explicar porqué la tristeza comenzó a golpearla cada
mañana, porqué no quería escribir en su soledad matinal, porqué se había vaciado su
corazón del líquido que le permitía avanzar cada mañana entre ollas y cocidos. Cogió su
bolso y se dirigió a la estación del ferrocarril. Y sentada en la estación, esperaba que
algo sucediera con la llegada y salida de cada tren, decidió subirse en uno.
Y viajó, por primera vez en su vida hacia la capital, subida en un tren, con el corazón
latiéndole en la garganta, y con las manos temblorosas sobre sus rodillas. Mirando a
través de la ventana salpicada de lluvia y sin saber si echaría de menos la normalidad de
la vida que dejaba atrás y que no supo apreciar mientras tenía.
Al llegar al apeadero, se sentó en el andén a esperar. Una hoja en blanco apoyó junto a
ella, la cogió y comenzó escribir de nuevo. Luego, volvió a dejarla en el mismo sitio.
Él la reconoció enseguida. Reconoció esa caligrafía redondeada y pequeña, reconoció
las palabras que eran solo suyas, reconoció a la mujer de la que se había enamorado
cuando la miro a los ojos y vio que eran los mismos que lo miraban en su imaginación.
Ella también le reconoció. Supo que fue él quien se marchó de su lado, que fue su
ausencia la que la condujo hasta este lugar.
Él la cogió de la mano y la llevó a su apartamento. Cuando llegaron, encontró por todas
partes de aquella casa las páginas del libro de su vida.
Tumbados en la cama, ella acaricia suavemente su espalda mientras hacen el amor, él
entrelaza sus manos y ella se deja llevar, a la vez que la lluvia cae sobres sus zapatos.