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Campos Dalmau, Raúl Rubén (Anónimo)

Funcional

    En nuestra época, la tecnología nos ha abierto las posibilidades de una rápida, eficiente e infinita comunicación. Ya no es impensable establecer una conversación barata con cualquier parte del mundo, con cualquier persona.     La única condición es que el otro interlocutor posea una computadora y tenga conexión con la primera maravilla de este castigado planeta, la Internet. Por supuesto, existen también los teléfonos que tienen por cómplices a los satélites que repiten diálogos pueriles desde el espacio y con una abundancia inalcanzable para una vecina chismosa de barrio.     Hay excepciones dolorosas para este confort que achica el mundo en distancias que hacen al espacio más curvo de lo que postuló Einstein. Hay gente que no come ni lo suficiente, no bebe agua potable y sucumbe sin llegar a la adultez en medio de enfermedades declaradas extintas y miserias aberrantes.     Reina entre una mayoría de seres humanos una injusticia, una inequidad en el reparto de riquezas que cada vez se parece más a las castrantes estructuras de la Edad Media. Para ellos no existen ni los teléfonos, salvo algún celular agenciado, ni agenciado ni las computadoras. Sólo la solidaridad de una misma pertenencia, la marginación. La única diversión son las drogas baratas y asesinas más las bebidas engendradas por una química sin uvas.     Tal vez ese sector de la sociedad moderna sea menos afectado por la inmunidad de la necesidad a la gran pandemia que sufre la humanidad tecnificada, la peste de la soledad.    A esa sección supuestamente avanzada pertenezco, aunque las crisis y las amenazas de una bancarrota global hacen difusos e inestables todos los escalones del status. En esta época, uno no sabe o no puede elegir, sólo tiene que ser competitivo para sobrevivir y sí unas misteriosas circunstancias lo provocan, triunfar, sobresalir, tener éxito, fama, poder y fortuna. Todos valores efímeros, adictivos que no producen otro placer que la delirante creencia de una superioridad basada en un orden, un letrero de acrílico con nombre y cargo o aún los más antiguos que se otorgan a los que se especializan para hacer la guerra que es el nombre elegante para designar al asesinato masivo de semejantes con los que no somos capaces de dialogar o negociar.     Aquí estoy, resbalando entre oscilaciones de mi seguro de vida, del dólar o del euro y por la edad, sin poder hacer ya planes de largo plazo. Carezco ya del delirio místico de un optimismo edénico y el orden social despiadado y materialista me declarará cuando menos lo piense, “chatarra in útil” ó “parásito gerente al que hay que pagarle sin que trabaje”. Lo que uno trabajó, participó y aportó para la sociedad se olvida igual que ese adelanto técnico que se vuelve obsoleto cuando otro lo supera.     Habiendo ya entrado en esa penumbra, apenas iluminada por pequeñas lamparitas de nietos que al estar desocupado uno deberá cuidar para que los padres tengan más tiempo para ganar más dinero, juro que traté con todas mis fuerzas en adaptarme al salvaje vértigo de los cambios.     Decidí mantener mi lenta marcha pese a ser ampliamente superado por la rauda tecnología. Aún, a pesar de ser relegado por siderales distancias, lo sigo intentando siempre. Una manera de perder con honor sin entregarme nunca.     Me integré a la estadística ya millonaria de los usuarios de computadoras y a la equivalente de quienes gozan del beneficio de la Internet. Algo absolutamente necesario para entrar en esta era cibernética. Contento, pagué cuidadosamente las cuotas en ese entonces elevadas, para mi presupuesto de reciente jubilado.     No sabía bien para que usaría la PC. Pero al comenzar mi exploración en aquella galaxia virtual de la Internet, encontré un motivo.     Viudo y solitario, empecé a sentir una inquietud que contenía una legítima curiosidad por conocer otras personas, que estaban generalmente muy lejos de mi I.P. Me habían hablado advirtiéndome sobre todas las falacias que se transmitían en las masivas conversaciones llamadas chateos o en las más particulares producidas por el atractivo “Messenger”     Este permitía cambiar de tamaño la letra, de color también y enviar figuras predeterminadas para expresar sentimientos o adornarlos. En realidad era demasiado pobre el intercambio para ser una comunicación tan rica como puede ser la humana.     Sin embargo, crecía tanto como los nuevos dispositivos, las nuevas opciones, variantes que le permitieran a uno la selección de los candidatos a interlocutores. También las temáticas que llegaban a incluir a un insólito “sexo virtual” Por supuesto, tuve que crear un e-mail donde se puede establecer un correo con contactos elegidos y otra bandeja donde mueran las basuras llamadas spam o se eliminan las comunicaciones de desconocidos indeseables.     Se aplican filtros donde se rechazarán los pocos no comestibles con excepción de ciertos depredadores llamados “hackers”, piratas especializados del mar virtual.     Nunca se me habría ocurrido pensar que aquel monitor me hipnotizaría hasta producir una dependencia que me daría insomnio, además de aumentar mi astigmatismo y mi presupuesto para adquirir anteojos.     Yo no hacía, al principio, ninguna distinción entre incorporar amigos virtuales, pero por esa inclinación a buscar opuestos, comencé a priorizar a damas sumamente dispuestas a conversar conmigo; separadas, divorciadas, viudas, solteras y seguramente también algunas casadas aburridas o liberadas de maridos dormilones o anticuados.     Todo era y es válido en este tipo de relación ilusoria. No importa mucho la verdad o la sinceridad, interesa paliar la enorme soledad que padecemos millones de seres humanos anónimos.     Mis hijos me retaban cuando venían a mi casa porque me espiaban los largos períodos de tiempo en que estaba “conectado” Decían que ya era un adicto, que mis condiciones intelectuales se habían reducido a la estupidez, que saliera, viajara, paseara o fuera a los centros de jubilados y conociera mejor a personas de carne y hueso, en vivo y en directo. Seguramente tenían razón. Los jóvenes conocen los dones y los perjuicios de estos nuevos mundos que han invadido el antes cálido planeta de los hogares.     A pesar de ello, contribuyeron a mi enajenación regalándome un teléfono celular por sí necesitaba comunicarme en forma urgente, a fin de que ellos también supieran como estaba su padre aunque estuviese en cualquier parte de la ciudad o del mundo Tenía ya los elementos más modernos y necesarios para estar autorizado, era así un “veterano” de onda, moderno y piola.     El prestigio hay que demostrarlo y no sólo poseerlo y entonces entrado ya el siglo XXI me dispuse a revalidarlo. No sé si fueron mi soledad sin compañera de vida, mi eximición a la tarea de cuidar o custodiar hijos ya mayores de edad, las causas pero emprendí una loca carrera, casi siempre nocturna, en pos de amistades informáticas. Pronto, no eran sólo gente de muchos lares para conocer sus ideas y sus costumbres.     Las escasas hormonas que me quedaban se habían puesto de acuerdo en producirme nuevos atrevimientos para rescatar en mí aquel viejo guerrero y cazador dormido hacía tiempo. Mis contactos comenzaron a ser sólo femeninos, en busca de amistades que cada noche se teñían más de pasión aunque fuese tecleada y sujeta a los malabarismos de la imaginación. Nunca había pensado que era posible encontrar una novia fantasmal sin besarla o tocarla de verdad.       Jamás se me ocurrió que podía llegar a la decadencia de inscribirme entre los necesitados de amor, pareja o cualquier otra limosna pero así sucedió. Esperaba una respuesta que cuadrase con mi “perfil” con mucha ansiedad mientras construía una larga cadena de novias o amigovias virtuales. Toda,s hispano parlantes ya que en inglés u otro idioma sería demasiado complicado para mi edad la relación, la distancia y la posibilidad de concreción.     Confieso que era bastante selectivo porque elegía no más de de dos por cada país latinoamericano a la vez. Honestamente me atraía la posibilidad un poco delirante de conocer algunos de esos países con anfitriona incluida. Tal vez ese fuera el motivo más atractivo de aquella maniática conducta.     Las compatriotas las buscaba en lugares apartados, en realidad todas lo eran viviendo yo en Ushuaia, pero en caso de conseguir alguna pesca, era una oportunidad para un turismo más barato y nacionalista.     Ahora, en mejor uso de mi raciocinio, pienso que en verdad la motivación era paliar mi enorme soledad de tantos años de viudez. Pese a tantas variadas personalidades o falta de ellas, no encontraba mi media naranja o mi medio emoticón. Si algo no me faltó casi nunca fue la perseverancia y continué en una búsqueda que era obsesiva y fanática.     Tanta angustia se calmó cuando creí encontrar a esa dama que fuese mi pareja ideal para el resto de mis días. No era de algún país caribeño u otro edén latinoamericano. Tuve la suerte que Andrea viviera en una provincia litoraleña de la Argentina.     Al escuchar su voz no me parecía con ese tono tan singular de la Mesopotamia pero a mí no me importó. Podía haber nacido en Buenos Aires y luego emigrado aunque generalmente es al revés.     Me envió fotos como se estila, no se notaba nada divergente con los cincuenta y cinco años que acusaba tener. Lucía cabello negro, con tez bronceada casi trigueña, ojos oscuros, casi negros, rostro oval con pómulos marcados. No disimulaba arrugas, su sonrisa era discreta, el equilibrio necesario entre la seriedad y cierta informalidad. Era justo lo que soñaba hasta en su figura, de altura respetable pero conservando una línea espigada, muy femenina.     El enamoramiento, aún a través de una P.C., una cámara Web o una conversación telefónica siempre produce la cuota de estupidez inevitable ante la resolución de hormonas. Aunque ya no fuesen tantas como en mi juventud. Eran caballos viejos que hacía mucho sufrían el encierro en el corral y querían su libertad para correr alocados y desbocados por el campo. Tal vez fuese la última vez pero ellos pechaban cuando escuchaba aquella voz.     Yo soy un hombre que trata de cumplir con valores éticos que me enseñaron y le erigí un pedestal que necesitaba consolidarse con un encuentro cercano. Nunca pensé que el monumento podía ser de barro.     Como el amor es más fuerte, nos encontramos porque fui a buscarla allí en su lugar en el mundo. Todo fue maravilloso, mucho más de lo esperado.     Andrea ya estaba jubilada, manifestó que había ejercido la docencia como maestra en escuelas urbanas y también rurales. Algo sincrónico, conmovedor. Ella decía que quería un buen hombree, que también había enviudado y que yo reunía todas las condiciones.     Un amor increíble, ideal con alguien de un carácter apacible, complaciente, casi en exceso. Mantuve cuando volví, algunas reservas guardadas, era demasiada felicidad para alguien con modestas pretensiones.     Sin embargo, Andrea se vino a vivir conmigo al sur porque no declaraba poseer hijos ni nietos. La casita que yo conocí era aparentemente propia y me contó que la había alquilado. Tampoco parecía tener parientes cercanos ni nada que la atara a su provincia.     Andrea no me exigió casamiento, sólo se unió a mí y me dijo que no le importaban los papeles, sólo le interesaba el amor. Yo no dejaba de estar sorprendido cada día más. Nunca tenía una negativa para mí, hasta me hacía sentir un déspota aceptando todos mis caprichos, siempre sonriendo.     Debí comprender que toda mujer alguna vez dice que no. Cuando comprendí que aquello no era normal, ya era demasiado tarde.     En aquel primer invierno austral, se cayó en un planchón de hielo y en la herida abierta de su brazo derecho, no había sangre. No pudo ocultar un grupo de nano chips averiados porque Andrea era un prototipo de androide que se ofertaba en la Web.

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