Seudónimo del autor: Peregrino
- ¡Siempre, siempre, estaremos juntas!
Las palabras de la abuela pronunciadas poco antes de su muerte, fueron en su momento una suerte de amorosa invocación pero ahora transportaban a Angélica hacia un complejo pasado de días felices y días tristes, de amor y de tragedia. Mientras conducía en medio de la tormenta el hermoso Porsche 911 de modelo antiguo, un breve vistazo al pequeño y relativamente incomodo espejo del auto, le permitió ver una mujer que representaba mucho más de sus reales 40 años; las profundas ojeras, las arrugas alrededor de los ojos y un rictus de amargura, contribuían a ello. Nunca - pensó - podré olvidar el día en que un Agente de la Policía local había llegado al campo que administraban ella y Pedro, preguntando amablemente quienes eran los padres de la difunta joven embarazada María Pérez Delvalle (leyendo mal). La terrible pesadilla había culminado con el infarto fatal de Pedro. La investigación policial posterior, en sus sucesivas instancias y careos la desequilibraron aún más. Luego descubrió que lo único que podía atenuar su dolor era el recuerdo de épocas tranquilas y felices, de los almuerzos domingueros alrededor de la mesa de los abuelos donde se hablaba de los asuntos de familia. Todo ello - rememoró - era muy importante, pero en especial mi relación con la abuela.
Desde niña, había progresivamente adquirido la sensación de que existía entre ellas algo muy especial, un lazo de familia, una unión que se extendía hacia formas de comunicación que ambas apreciaban y las llenaba de gozo pero nunca habían comentado. Era un secreto tan fuerte y a la vez tan sutil, que lo atesoraban porque sabían que era una expresión del amor que las unía. La familia tomaba esta relación con naturalidad, aunque sin comprender su trascendencia. De muy niña, cuando Angélica anunciaba solemnemente: – Viene abuelita, la familia se preparaba naturalmente para su arribo, riéndose del anuncio de la niña, pero sabiendo que era certero. Sin embargo ambas tomaron verdadera conciencia del poder involucrado, cuando ocurrió un grave accidente: la niña, - un excelente jinete de 9 años - había salido sola al campo a lomos de una yegua mansa pero mal ensillada. Luego de una corta marcha, el sorpresivo brillo de una bolsa de nylon asustó al animal que saltó hacia un costado, dándose vuelta la montura y arrastrando al suelo a la niña con un pié enganchado en el estribo: el golpeteo de los cascos y los gritos desesperados resonaron en la soledad del campo. La abuela se encontraba paseando por el jardín cuando algo la golpeó violentamente y cayó de rrodillas casi sin sentido; se recuperó y corrió hacia la camioneta, arrancando mientras gritaba, - atrayendo la atención de dos empleados - y dirigiéndose rápidamente al potrero. Inmediatamente vieron que el animal se dirigía hacia una peligrosa área rocosa, mientras pateaba el bulto que arrastraba en el que estaba la niña. La abuela guió audazmente interponiéndose en el camino del animal, que se detuvo abruptamente temblando y resollando. Lentamente ahora, se acercó a la yegua, tranquilizándola mientras los jóvenes la rodeaban y sujetaban; luego se acercó a la niña, magullada y conmocionada, hablándole suavemente y acariciándola hasta calmar el llanto. El incidente no tuvo repercusiones. Sin embargo ambas descubrieron el verdadero poder de su relación y supieron que estaba más allá del espacio y quizás más allá del tiempo. Ambas aún no sabían que tal sensibilidad estaba irremediablemente asociada a la soledad. A lo largo de los años se fue ampliando el poder y ellas habían logrado fuerza cuando estaban débiles y consuelo cuando el dolor las invadía; había tenido larga permanencia y solo fue interrumpido por la muerte de la abuela. Entonces llegó la soledad.
El automóvil deportivo se desplazaba ahora a baja velocidad por la carretera cada vez más estrecha y sinuosa a medida que descendía hacia el mar. La conductora manejaba sin concentración pero con natural precisión. Totalmente inmersa en sus pensamientos, apenas advirtió el desvío, no obstante lucir un nítido letrero. Frenó, continuó por un ramal mas estrecho y poco después se detuvo a un costado de la Ruta. Una terrible angustia la llevó a apretar sus manos contra el pecho, comenzando a temblar en forma incontrolada. Su mente se inundó con sucesos e imágines de la muerte de su hija, de su nieto y de su esposo. – Un triple crimen, gritó en la oscura soledad de la carretera dirigiéndose al viento y al agua que la rodeaban. Poco después se encontraba llorando mientras recordaba rostros, añoraba días felices y sentía como la angustia la invadía y se disipaban sus ganas de vivir. Tiempo después, secó su cara con un arrugado pañuelo y luego reinició la marcha. Más conciente ahora, manejaba con precaución, acercándose a su lugar de destino mientras la tormenta se disipaba lentamente. Cuando la carretera descendió, pudo apreciar el pequeño y hermoso balneario que se extendía a sus pies y a lo lejos, la blanca estela de las olas.
El Hotel Playa se destacaba nítidamente por su estructura pretenciosa y un amplio pórtico, de un níveo color blanco. Siguiendo las instrucciones de un cartel, se dirigió a la parte trasera y estacionó el 911 frente a un largo corredor techado que unía el Hotel con una estructura moderna, pintada de blanco, ubicada detrás del estacionamiento. Recompuso algo sus arrugadas ropas, retiró una cartera de cuero del espacio trasero y bajó del auto cerrando sus puertas. Observando el entorno, vio el discreto letrero del edificio trasero, que decía “Clínica de Estética Femenina”. Quedó lívida y comenzó a desvanecerse; con sus últimas fuerzas logró sujetarse del auto permaneciendo rígida, encogida y con los ojos cerrados. De pronto escuchó una potente voz interior que le exigía “fuerza, fuerza, permanece de pié como siempre lo hicieron las mujeres de la familia”. Lentamente comenzó a recuperarse e inició su desplazamiento hacia el Hotel, ingresando por una puerta trasera que estaba al final del corredor.
Fue recibida amablemente por el recepcionista y llenó cuidadosamente la ficha que este le entregó, mientras le explicaba los horarios y costumbres del Hotel en la baja temporada invernal. Como en otro mundo, trabajosamente escribió: Nombre: Angélica Delvalle. Estado Civil: viuda (muy reciente, pensó). Ocupación: Agricultora (mientras vivía Pedro, ahora no estoy segura). Domicilio: Montevideo - Uruguay. Completó los datos restantes, con los ojos fijos en la hoja. La voz del recepcionista la sacó de su abstracción y poco después fue conducida a su habitación, que lucía una lujosa aunque antigua decoración y ventanales orientados hacia la playa. Poco después, se acostó y durmió una larga noche de miedos recurrentes y pesadillas interminables. Algunas veces, creyó escuchar la voz de su abuela, que le daba tranquilidad y ánimo, haciéndole recordar tiempos pasados.
Con los primeros rayos de sol, se levantó y se dirigió a la playa, quedando pronto inmersa en un paisaje donde la arena y el mar resplandecían bajo el sol mañanero mientras las olas rompían contra la costa, llenándola de espuma. Caminó lentamente llenándose de sol y de amplios espacios, adquiriendo fuerza y determinación. Luego se dirigió al hotel y ya en su habitación, abrió la cartera de cuero que siempre la acompañaba y sacó una pistola azulada y brillante, hermosa pero de mortífero aspecto. La observó atentamente y la dejó sobre la cama, mientras fluían sus recuerdos como en un diálogo con el pasado:
- La pistola de Pedro, pensó; la Walter PP 7.65 de colección, que el adoraba y yo temía; la que usábamos todos los domingos para tirar al blanco; la que mi esposo me enseñó a apreciar y a manejar; y finalmente la que yo llegué a manejar tan bien como el y que mantuvimos guardada después que él tuvo su primer infarto. Llegamos a formar un buen equipo, - pensó - vivíamos con amor y trabajábamos en el campo. Nos gustaba hacer cosas juntos y cuando vimos el Porsche en un remate rural aparentemente destruido, nos enamoramos de el, lo compramos barato y estuvimos un año arreglándolo. Pedro me hizo practicar con el 911, hasta que podía manejarlo deportivamente. Solía decir que yo manejaba como un taximetrista apurado.
Agotada, luego de su larga rememoración, tomó el arma, sacó el cargador, revisó la carga y lo insertó nuevamente con un suave chasquido; luego la guardó en la cartera que se colgó en el hombro y salió del hotel, caminando por la Rambla hasta llegar al centro del pequeño balneario. Había muchos comercios, pero la mayoría estaban cerrados. Entró en algunos de ellos a curiosear y finalmente en una farmacia compró algunos medicamentos menores y preguntó:
- ¿Hay algún médico en la zona?
La empleada, mostrando gran espíritu de colaboración con el turista, exclamó alborozada:
- Si, Si. El Doctor Rojas está aquí todo el año. En verano hay otros, pero el Doctor atiende siempre. Y tiene mucho éxito. Continuamente vienen mujeres a la Clínica, tanto que se podría decir que es una Real Atracción Turística. Angélica extrajo la foto de una joven de unos 18 años y se la mostró.
-¿La ha visto alguna vez?. La empleada, con mucha menos amabilidad, estudió la foto y dijo:
- No. - Luego con la desconfianza plasmada en su rostro, preguntó: - ¿Ella es amiga suya? ¿Por qué piensa que vino acá?
- La conocí bastante, dijo Angélica y con un saludo abandonó la farmacia. Siguió caminando, cruzó la plaza del pueblo y frente a ella advirtió una modesta casa, recientemente pintada de blanco y con un cartel que anunciaba escuetamente: Policía. Ingresó a un pequeño salón cuya única decoración era un escritorio, dos sillas y un panel de madera y cartón, en el que aparecían fotografías borrosas uniformemente siniestras, algunas circulares y un aviso sobre el “Baile de la Escuela Nº 21 a beneficio de la Policlínica”. El único signo de vida era un cenicero abarrotado de colillas de cigarrillos, cerca de un letrero que anunciaba: Prohibido Fumar en Lugares Públicos. Golpeó las manos varias veces y finalmente apareció un hombre sin uniforme, a quien hacía falta una buena afeitada y que lucía un cigarrillo en su mano derecha, el cual se presentó amablemente:
- Cabo Gómez a sus órdenes. ¿En que puedo ayudarla?. Angélica retiró la fotografía de su cartera y dijo con voz ronca:
- Esta joven apareció muerta en la playa Norte del balneario; fue un suceso muy notorio, pero las investigaciones no llegaron a un final, a ningún final y los asesinos nunca fueron identificados. Se llamaba María Pérez Delvalle y yo soy su madre.
El policía le pidió su Cedula de Identidad y luego de una detenida observación, se dirigió parsimoniosamente a un fichero, localizó una carpeta y de allí extrajo un delgado expediente.
- La encontraron unos pescadores en estado…. - El hombre se detuvo bruscamente y miró a la mujer. - La carátula no específica asesinato, dice: “muerte ocasionada por aborto”; autores desconocidos. Eso es todo, no se hicieron más averiguaciones. Si se hubiera caratulado como homicidio seguramente las investigaciones hubieran continuado
- ¿Se cuenta ahora con alguna pista? - preguntó Angélica. El policía invirtió bastante tiempo en guardar el expediente y luego con voz monótona le expresó que la investigación no había progresado, porque en la zona no había ningún lugar en el que se realizaran abortos. Tampoco había sospechas que involucraran a gente de la zona, especialmente porque el cadáver había permanecido mucho tiempo en el agua y la autopsia no encontró indicios de su origen. Dijo todo de un tirón y luego miró expectante a Angélica. Esta lo observaba en silencio y luego también en silencio se retiró. Estaba conmocionada y se sentía débil.
Poco después llegó al hotel y comenzó a deambular sin rumbo por sus amplios espacios interiores: la sala de música, la de juegos de invierno, la sala principal, todas vacías. Mas tarde llegó al salón comedor, se sentó en cualquier lado y sin pensar, pidió un plato. Sorprendida observó que le servían sopa de verduras, que tenía un aroma conocido. La sopa que hacía la abuela, pensó; la probó con desconfianza, advirtiendo que estaba deliciosa. El mismo gusto, pensó. Poco después llamó al mozo y le preguntó si era un plato especial del Hotel. El mozo con una sonrisa, le expresó que lo habían incorporado por sugerencia del otro huésped. Es la señora anciana, exclamó, y como le gusta la sopa de verduras nos dio esta magnífica receta. Agregó con orgullo:
- Hoy es el plato del día.
Pidió otro plato, que tomó ahora con especial placer, rememorando los almuerzos de familia. Recuperadas sus fuerzas, abandono el comedor y con paso mesurado y escasa curiosidad comenzó nuevamente a recorrer los largos pasillos del Hotel. Poco después le pareció ver la figura de una anciana en el momento en que doblaba por un pasillo lateral; algo en su aspecto la retrotrajo a conocidas y queridas imágines, por ello forzó el paso - corrió - pero no encontró a nadie. Desorientada siguió caminando cada vez más lentamente hasta que en un momento, revestida ahora de una particular determinación, salió del Hotel y caminó por el largo corredor hacia la “Clínica de Estética Femenina”. En el recorrido, observó que junto al 911 se encontraba estacionado un lujoso y enorme Cadillac modelo 1960, de color blanco y tapizado rojo, que le daba un curioso aspecto y decía bastante de la psiquis de su propietario. Ingresó en la Clínica, atravesó un pequeño salón y se acercó a un mostrador, donde apretó un timbre que sonó en la zona trasera. Poco después sintió que un teléfono era colgado y se acercaba una enfermera rubia, corpulenta, vestida con una túnica blanca, impecable, que la miró con ojos vacíos y le preguntó:
- ¿Qué desea? La voz era muy aguda y no condecía con el aspecto rudo de la mujer.
- Desearía entrevistarme con el Doctor Rojas.
-¿Tiene cita? Angélica negó con la cabeza, percibiendo que la mujer tenía clavada en sus ojos una dura mirada, que de alguna forma la debilitaba. -Voy a ver, - dijo la enfermera y abandonó la sala. Pasado bastante tiempo, retornó y en forma escueta dijo:
- Pase. - La condujo por corredores homogéneamente pintados de blanco, hasta un elegante consultorio, donde la esperaba un médico de mediana edad, con una túnica desprendida y poco prolija.
- Tome asiento señora, - dijo con cierta amabilidad - dígame que puedo hacer por Ud.
- Deseo hacerme un aborto, dijo Angélica con voz estrangulada. El Médico la miró con atención y una chispa de recelo brilló en sus ojos. Expresó con tono menos amable:
- Ud. no tiene tipo de embarazada. Además esta es una Clínica de Estética para Señoras. No hacemos abortos, que como Ud. sabe, están penados por la Ley.
Temblorosa, miró fijamente al Doctor que la estaba observando y logró decir:
- ¡Se de seguro que hacen abortos! - Abrió su cartera con dificultad y debajo de la pistola encontró la foto de su hija, que tiró arriba del escritorio del médico. El Doctor observó con atención la foto y luego con tono calmo pero irritado, dijo:
- Ud. sabe que si bien la prensa lanzó ese rumor, todas las investigaciones demostraron que éramos totalmente inocentes, por la sencilla razón de que acá no se hacen abortos. Todos en el Balneario testificaron eso. Este último comentario fue acompañado con una torcida sonrisa. Esto generó una violenta reacción de Angélica, que se levantó, extrajo la pistola y apuntó al Médico al medio de su frente. El Dr. Rojas palideció, retrocedió y extendió las manos como queriendo separarse de ella, al tiempo que gritaba:
- ¡No!, ¡No!, ¡No me mate! – gritó despavorido. La actitud del hombre y cierto tono ridículo de la escena, eliminó su ansia asesina, bajó el arma, la guardó en su bolso y se desplomó sobre la silla, sin fuerzas.
En ese momento la enfermera, ingresó violentamente en el consultorio, abalanzándose sobre el médico, gritando -¡querido, querido! - mientras lo abrazaba con desesperación. Luego se volvió lentamente hacia Angélica la sacudió violentamente y la arrastró hacia una sala cercana, donde la hizo sentar en una camilla. La miró con odio y le gritó con tono duro:
-¡Que quiere, que busca acá!. Angélica se sentía sin fuerzas, ya no sentía odio sino cansancio. Dijo con voz baja:
-Solo la verdad. Quiero saber como murieron mi niña y mi nieto. Luego me iré. La enfermera la miró y dijo con voz fría:
- Su niña vino acá como vienen todas las que quedan embarazadas y no hay un hombre para hacerse cargo. Tenía todo el dinero que pide el Doctor, que es mucho cuando el feto tiene más de 4 meses. – Hizo una pausa mientras observaba la palidez de Angélica, y continuó:
- El primer intento fracasó y luego de una pausa para repetir las inyecciones, el Doctor se aprestaba a intentar por segunda vez el procedimiento, cuando ella se incorporó y gritó: - ¡No quiero, no quiero! ¡Déjenme! -
- Pero el Doctor, con toda razón dijo que en ese momento no se podía parar. Pero ella gritaba, más bien chillaba. Por eso le apliqué un sedante mas fuerte y además ajusté las correas que la sujetaban a la mesa. A esa altura el horror había invadido a Angélica que sin darse cuenta había sacado la pistola del bolso y la tenía apretada contra su pecho en una extraña pose de rendición.
La enfermera, continuaba con su monocorde relato:
- ¿Sabe que chillaba?. Pues decía: -¡Mamá, quiero a mi mamá! -. Repetía lo mismo, una y otra vez hasta que el sedante la hizo dormir, pero igual se retorcía de tal forma que a pesar de la pericia del Doctor, la operación fue un fracaso. El único fracaso en años. Se produjo una hemorragia que no se pudo parar y ella murió. Angélica advirtió ahora, que la mujer, - mientras hablaba -, la estaba haciendo acostar en la camilla, le levantaba la manga, tomaba una jeringa y la llenaba de un líquido ambarino de un armario cercano; observaba con fascinación mientras la mujer seguía comentando con toda naturalidad la espantosa historia y se acercaba a ella mirándola fijamente. Me va a matar - pensó Angélica -, pero estaba paralizada de horror y solo atinaba a mirar los ojos de la mujer y escuchar la letanía de la muerte de su hija y de su nieto. En ese momento, estalló en su cerebro la conocida voz con toda su fuerza: “levántate, defiéndete, eres una mujer fuerte, castiga a esa maldita” y a su impulso levantó la pistola y apuntó al pecho de la mujer. Ella continuaba avanzando y hablando impertérrita:
- Luego, arrojamos el cadáver y el feto al mar, pero lamentablemente el mar los devolvió y….. En ese momento, como respondiendo a fuerzas ajenas, Angélica disparó contra la enfermera una vez y otra y otra. La terrible potencia de las balas de 7,65 mm. arrojaron a la mujer contra un estante de metal y vidrio que con gran estruendo estalló en resplandecientes trozos y luego la impulsó contra la pared. Un mundo de sangre bañaba la escena cuando la mujer se levantó como sonámbula, tirando la pistola vacía. El médico se acercó corriendo y luego de una pausa temerosa, entró en la habitación. Angélica salió por el corredor lentamente y se acercó al 911, insertando temblorosamente la llave en la cerradura. Subió y se sentó, mientras apoyaba la cabeza en el respaldo con un suspiro mezcla de llanto.
Un minuto o un siglo después, el médico salió de la Clínica gritando y corrió hacia el Porsche con la pistola vacía en la mano. Al alcanzarla golpeó con la pistola en el vidrio lateral intentando romperlo pero solo logrando astillarlo. Instintivamente, encendió el motor y retrocedió siendo seguida por el médico. Finalmente aceleró y partió a baja velocidad. Miró hacia atrás y no vio nada, por lo que siguió lentamente, sumida en el mismo estupor. Poco después sintió un rugido y vio que el Cadillac blanco se acercaba a toda velocidad. Instintivamente, aceleró el 911, que se lanzó hacia adelante con su potente ronquido. Tomó la Avenida principal del Balneario, siendo seguida de cerca por el médico, cada vez mas cerca. Ya en la Ruta de salida del Balneario, el Cadillac forzó la marcha hasta golpear violentamente el parachoques trasero del Porsche el cual se desprendió en un extremo, siendo arrastrado con gran estruendo. La sensación de peligro despejó a Angélica, ajustó su postura frente al volante, rebajó un cambio y aceleró a fondo despegándose inmediatamente del Cadillac y ganando progresivamente distancia. Frustrado, el medico también aceleró y ambos vehículos se desplazaron a gran velocidad llegando al tramo mas peligroso de la carretera. En su confusión, Angélica redujo la velocidad y el Cadillac logró acercarse peligrosamente estando a punto de golpear nuevamente al pequeño deportivo. Ambos vehículos se desplazaban ahora a gran velocidad, con fuerte chirrido de neumático en las pronunciadas curvas.
El pánico estaba haciendo mella en ella, cuando retumbó nuevamente en su cerebro la voz de su abuela: “tranquila, tranquila, retoma el control del auto, ahora acelera, acelera, cada vez más”, lo cual hizo instintivamente, generando una reacción similar del conductor del Cadillac que movió su pesada mole en las curvas mas peligrosas de la ruta. Al aproximarse a la curva mas cerrada, la voz nuevamente intervino con gran fuerza pero también con mucha calma: “ahora reduce la velocidad en la curva y prepárate para arrancar nuevamente”. El conductor del gran auto americano interpretó la maniobra como una demostración de temor por parte de la mujer, por lo cual aceleró al máximo manteniendo en sus labios una rígida sonrisa de placer. Cuando estaba a punto de alcanzar al Porsche, este aceleró y giró violentamente a la izquierda, tomando impecablemente la curva; el conductor del Cadillac intentó frenar y hacer la misma maniobra, pero su gran tamaño y la consiguiente inercia no se lo permitieron, cayendo despeñado por el barranco. Un terrible estruendo fue el corolario de la persecución.
Angélica detuvo el automóvil cuidadosamente en el borde de la carretera; petrificada y sin capacidad para pensar permaneció largo rato aferrada con fuerza al volante. Comenzó a llorar mientras tomaba conciencia de la realidad y fluía hacia ella la imagen de sus seres queridos y perdidos. Lloró mucho y luego recuperó la calma. Rememoró ahora escenas felices de su matrimonio; de su hija María jugando cuando era niña y también recordó a la abuela y a su especial relación, preguntándole tímidamente: ¿nos seguiremos comunicando cuando tengamos asuntos de familia?, aunque ya sabía la respuesta.
Luego con calma y deliberación, retornó al balneario para afrontar su destino.