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Varas Carvajal, Eduardo (Eef Kmart)

G.N.S.T.



Cada compra tiene su riesgo. La paranoia suele ser una de las contraindicaciones más comunes, amplificada por el uso de este equipo. Todos los que lo hemos comprado sabemos que ese riesgo existe, por lo que tomar una pastilla de Boild ayuda. Pero desde hace unas semanas tengo mis dudas. Hoy recuerdo que Wes Craven habló cierta vez de un joven filipino que había luchado junto a Estados Unidos en la guerra de Vietnam. El regreso de un soldado debe ser el peor de los retornos. Creo que el mío lo coloco a la par de eso. ¿No es igual a reclamar por el daño de un equipo? Quizás por eso es que la historia me ha entusiasmado tanto. Lo cierto, para no irme de largo con imprecisiones, es que ese filipino de no más de 20 años llegó a su casa completamente trastornado, al punto de no querer dormir. Decía que se iba a morir.            -¡No quiero, no quiero, no quiero! – repetía -, ¡me van a matar!            -¿De qué hablas, por Dios? – le preguntaba su madre.            -¡Me van a matar, me van a matar!- y el joven permanecía arrinconado sobre la cama, con los ojos vidriosamente encendidos, con termos llenos de café hirviendo a un lado, para activar la señal de auxilio.            Había sido claro en medio de gritos: no quería dormir, no lo debía hacer. El sueño debe ser peligroso, a alguien se le debió ocurrir eso antes que a Craven, o que al filipino desesperado. ¿Boild lo hubiese ayudado? Quizás mezclándolo con Fergs y Mells, porque si algo de eso sabemos los expertos es que la mezcla en cantidades suficientes activa de mejor manera las neuronas y las prepara para una sinapsis previsible y pacífica. El filipino no pudo saber nada de eso, no tuvo tiempo para nada. Es gracioso eso de que paradoja y paranoia suenen parecidas. La paradoja es que lo que yo tengo en este momento lleva el apellido de Craven, porque él leyó la noticia de este joven que no quería dormir porque lo iban a matar. Freddy Krueger nació el día que Wes Craven abrió el Daily Post de Minnesota y leyó la noticia. El joven Jagger Santos (no me pregunten por su nombre, se dice que los apellidos en Filipinas son muy pocos y que cada cual se identifica mejor con su nombre. Esta anécdota no puede ser más precisa para esto que cuento) no había resistido más y durmió. Nunca más despertó. Al día siguiente estaba muerto es su cuarto. Ni siquiera había sentido la quemadura en la pierna, que se le produjo cuando uno de los termos cayó de su velador sobre la cama y lo quemó. La muerte llegó en un sueño y ni la sensación y olor de piel chamuscada lo pudo impedir.            Entonces estoy aquí, en este punto. Esperando que el técnico me atienda y poder dejar en evidencia mi desesperación. Porque este aparato de mierda me costó mucho. No puedo dejar que un desperfecto me convierta en uno más de esos enfermos. Mi registro médico dice que sufro el “Síndrome Craven” y eso me da la posibilidad de una atención inmediata y acceso a medicamentos, costeados por la empresa. Debe ser más barato curar a los enfermos que aceptar problemas en el software, lo que terminaría en sacar del mercado los millones de aparatos que tienen vendidos (y con eso, sin duda, reposiciones económicas). Sistemas absolutos de sueños reparadores y realmente significativos. A un lado de esta sala, donde estoy sentado solo, frente a una ventanilla donde una mujer con uniforme verde me observa, está el mismo letrero que inunda todas las calles de la ciudad (una forma no tan apropiada de describirlo, pero me da cierta calma ponerlo así): “Good night, sleep tight”. Y la mano de un niño cerca de su pequeña boca, con el índice extendido, imprimiendo un firme shhhhh para exagerar el efecto.            Llevo tres semanas con este problema. De esas, apenas tengo unos cuantos días sin usar el equipo porque no lo puedo controlar. Eso es lo peor, el temor de que dormir por la noche se puede convertir una vez más en la tragedia. Puntualmente nunca te lo explican cuando lo compras, quizás porque eso podría significar que alguien dejara inconclusa la transacción. ¿Yo la hubiera dejado sin piso? No lo creo probable, pese al desastre de ahora, de que por más que he intentado, mis sueños no llegan a tener la conclusión que yo he querido. Es como si estuviera viendo un programa de televisión y de repente la señal se interrumpiera y otro programa apareciera, diametralmente opuesto. Sé que ha habido personas que no han soportado ese cambio. Al menos eso pasó durante el primer año del producto en las calles. Todos lo sabemos. Fue noticia mundial. 10 muertos, uno de ellos en Costa Rica, el resto en países europeos. Imagino que la compañía debió gastar mucho dinero. En ese momento se iniciaron los estudios y las actividades de contingencia. Yo soy una de esas ahora. Por eso, con el parte médico de un doctor, vengo acá a que arreglen el equipo y que me provean del tratamiento. Seguridad Social privada. Fabuloso, ¿no? Hace mucho frío. Supongo que deben tener el aire acondicionado encendido. Aunque no veo ninguna señal de rejillas o ductos de aire en el techo. La mujer de la ventanilla no está con abrigo. Deberé pensar que es otro de esos síntomas del síndrome Craven.            ¿Se imaginan tener sobre uno la placidez de una playa calma, como si fuese de otro planeta, con colores alterados, más vivos, radiactivos? Esa era mi forma de dormir siempre. Desde que tengo el aparato, me levanto mejor al día siguiente. Todo es más tranquilo. Hasta el trabajo se vuelve algo manejable con ciertos accesos de paz. Creo que unos 30 en la oficina usamos el equipo. Y eso se ha traducido en mejoras sustanciales, no solo en nuestra actitud. Las ventas de la empresa han aumentado en un 30% por lo que nuestras utilidades pasadas fueron realmente fabulosas. Con Karen decidimos irnos de viaje. Ella con su dinero extra y yo con el mío. La playa estuvo bien, cuatro días con ella, con esos colores que no son precisamente los que uno espera de un lugar considerado paraíso. Durante las noches hacíamos el amor y yo regulaba el equipo para estar con ella en la playa, sobre esa arena que suponía estar por debajo de una supernova y adquirió una tonalidad rojiza. Yo encima de ella, con ojos cerrados y sintiendo toda la fascinación por revivir ese instante cada noche.            Tampoco es que pasa siempre, pero me he dado formas para que al menos una vez por semana incluir en el software ese sueño repetitivo. Eso fue lo que se transformó en la pesadilla. El rostro de Karen se convirtió en algo distinto, sin yo siquiera tener control de esa situación que el equipo decidió. En ese momento empezó el miedo, el pavor, la sensación de desamparo. Si hubiera sabido la historia del filipino, me habría puesto a llorar en el sueño, quizás mientras permanecía en la cama, imposibilitado de levantarme. Ese es el problema, el equipo tiene un momento de inicio y un momento de fin, completamente desligado de cualquier otra manifestación de tiempo. Comienzo, nueve horas de sueño, y listo, despertarse con el sonido del despertador que el mismo equipo posee. Nunca hay un sueño sin final, todos consiguen tener su desarrollo perfecto. Al final siempre salgo triunfador. Bueno, eso es completamente falso en este segundo.

El primer síntoma del Craven llegó inmediatamente, luego de ser testigo de esa metamorfosis de Karen, que terminó transformando todo en un inmenso coliseo, lleno de gente en los alrededores, gritando, pidiendo con desesperación que todo se convirtiera en una batalla. No podía entender lo que decían, pero sabía lo que querían decir. Las luces caían desde gigantes reflectores sobre el centro del escenario, en el que había un cuadrilátero en el que yo estaba, y de pie Karen frente a mí, cambiando de rostro, revelándome ese proceso de llevarla desde esa desnudez exquisita a una imagen repulsiva de un tipo de altura mediana, un poco gordo y calvo, que me miraba con extrañeza. El primer síntoma: la confusión. Cuando desperté, era claro que ese no iba a ser mi mejor día, por lo que decidí quedarme en casa.

Fui al doctor al día siguiente. En la empresa todos notaban mi rostro. Tener esa pesadilla me había transformado en otro tipo de ser. Descuidado, no podía hablar bien, nada de lo que pensaba era claro. La vigilia no era más que un juego de artificio. Alguien estaba jugando conmigo con total libertad. Alguien me estaba manejando más allá de mi capacidad de comprensión. No podía salir de eso, del maldito equipo defectuoso.  Era un pequeño bicho incapaz de sostenerse en las paredes, el hombre que sabía que no podía entrar ni salir a ningún lado. Tuvieron que llamar a los paramédicos, atarme a la camilla e inyectarme un tranquilizante. Había gritado, no sé qué cosa. Los pasillos del piso en el que trabajo se convirtieron  en masas gelatinosas que de derramaban de un lado al otro, sin problema. La paranoia es un estado que va de lo sólido a lo líquido.

Lo gracioso a esa altura era que con un sedante, luego de esa desesperación laboral producto de dos días de haber dormido mal (y que se tradujo en reclamos a Karen, que terminó por golpearme frente al resto de compañeros, lo que habría dado por inicio mi breve paso por la locura: destruí mi escritorio y lancé un par de monitores por la ventana) pude experimentar en algo la sensación de desamparo del filipino. No existe nadie en el mundo que pueda comprender el atómico terror de tener las terminaciones nerviosas en estado de alerta todo el tiempo, esperando lo peor. El hombre perseguido por todos, el burócrata preso de sus números, el escape con puerta cerrada. La tragedia del filipino se dio porque sin duda resultó ser el primero de los sacrificados. Yo soy uno de los 32 mil en el mundo, uno de los escogidos.

-No se preocupe. El síndrome se cura con facilidad. Dígame, ¿ha tomado Boild?

-Sí, doctor… pero no siempre, no esperé que esto pasara.

-Hombre, el miedo va a desaparecer. Es un asunto neuronal, nada más. Se va a tomar tres hoy por la noche, no use el equipo y mañana a lo que se levante tomará tres más. Con esta receta le podrán dar las pastillas sin problema. Llévela siempre con usted.

-Listo, doctor.

-Ahora, va a llamar a este número y pedirá una cita con el encargado de atención al cliente. Le lleva este registro y que él se encargue de su tratamiento continuo. Va a demorar un poco, pero la cura es 100% segura.

-¿Me podría decir qué me pasó, doctor?

-¿En pocas palabras? Un simple y llano problema de conexión. Es como si usted llamara por teléfono a alguien y de repente empezara a escuchar una conversación ajena.

-¿Cables cruzados?            -Algo así. Ya sabe cómo es esto, conexiones on line para actualizar el software, pues estas cosas traen sus dificultades. Pocas, pero las traen. No se preocupe es muy normal.            -Trataré de no preocuparme.            -Por favor, llame a ese número que de seguro le darán la cita en dos semanas y no mezcle, escuche bien, no mezcle con Fergs o Mells, ¿si? Eso podría resultar peligroso.            -Entendido doctor, muchas gracias.

Seguí al pie de la letra sus indicaciones. El parte médico funcionó a la perfección. En la oficina no me reclamaron nada y Karen me pidió disculpas al día siguiente. Dormir es un martirio a veces. Cuando volví a usar el equipo, la placidez regresó de inmediato. La medicina había hecho su efecto y pude soñar con la tranquilidad que una actividad así permite. Pero eso fue otra mentira. Sé que el equipo no funciona bien, por eso estoy acá sentado en esta sala de espera, haciendo una cosa que no sea más que esperar. Alguien entra con un brazo colgando de un cabestrillo y habla con la mujer en la ventanilla. No me mira. Ni yo lo miro. El sueño una vez más cambió de forma y lo que era una escena de tierno amor, sobre la arena, entre Karen y yo, se transformó nuevamente en un ring, en el centro de un coliseo rabioso, atestado de gente que como cucarachas gritaban por algo que suponían les pertenecía. Así debe ser más fácil. Gritaba en el sueño, pero nadie podía dibujarse un gesto que reflejara un básico nivel de comunicación. Nadie me podía entender. El hombre frente a mí, el gordo y calvo, el que había sido Karen, golpeó mis puños y empezó a moverse por todo el cuadrilátero. Debió sonar la campana y no la escuché. Tampoco escuché cómo el espacio que nos separaba se rompía y se abría el camino para un jab poderoso, que pude ver cómo encontraba el camino hacia mi rostro. Me hice para atrás, tanto por el golpe como por la forma en que estaba parado, con los pies muy juntos. Luego de trastabillar recuperé el equilibrio y me acerqué lo que más pude hacia mi contrincante y lancé golpes de diestra y siniestra sobre su cuerpo. No soy un peleador, no me interesa serlo, pero he visto muchas peleas de box. Algo debo saber. De ese torrente de golpes, rápidos y sin reparo, acerté en su quijada un uppercut y lo hice tambalear, las cucarachas gritaron con más fuerza y pude ver con detenimiento cómo el boxeador lanzaba su cabeza hacia atrás y los ojos se permitían hacer la vuelta completa, quedándose en blanco. Mientras iba cayendo le lancé un par de golpes que le hicieron daño e inmediatamente la máquina se detuvo y desperté.

Estoy acá porque llamé por la mañana. En la oficina me dieron permiso y vine. Este aparato necesita ser revisado ya. El hombre que recién llegó se sienta a tres puestos de donde yo estoy. Me mira y se sorprende. Yo también. Es gordo, de mediana estatura y calvo. Los dos esperamos la misma atención, somos contrincantes. El sueño del que espera. El filipino y Freddy Krueger de nuevo, en la misma sala. La gran puta. Me quedo quieto, inmóvil, no sé qué pensar. Lo miro con la misma atención. Su rostro está a punto de explotar por la hinchazón. Le sonrío y me devuelve el gesto. Quisiera acercarme y pedirle disculpas, pero eso es ridículo. Pienso que le digo: “Parece que salimos sorteados con los equipos, ¿no?”, y me río, después de imaginar que lo decía. Pero enseguida me despierto y el hombre está ahí, cansado y adolorido, moviendo sus labios como si estuviera lanzando una oración y sólo se pudiera reconocer un “carajo” en medio de sus labios hinchados, que debieron soportar tantos golpes desesperados.

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