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Tejeiro Trompeta, Joaquín (Aloysius H.)

Gabino y la oscuridad



 

Todas las noches veo a Gabino paseando a su perro. Cuando el animal se detiene en un árbol y levanta una pata, Gabino le atiza una patada en el culo y le dice algo. Yo sé bien que lo que más le gustaría hacer a Gabino en ese momento es estar encerrado en su cuarto, pensando en el cuello de Jimena o estudiando la estructura de la Ilíada o repasando a Kant, pero está ahí, esquivando las farolas y los cubos de basura, con un abrigo que le cubre hasta los tobillos, obligado tal vez por su padre, o por el propio perro, a pasear durante media hora. A veces levanta la mano y me saluda. A veces se acerca, abro la ventana y charlamos un rato. Yo creo que es durante estos paseos cuando se le ocurren estas cosas que me cuenta.                                               _________________________

 

A mí Jimena no me parece para tanto. Si por Gabino fuera, estaría todo el día mirándola, sin comer, sin mover las piernas, sólo observándola hasta marearse. Me dice que jamás había visto a una bibliotecaria tan guapa. Yo le digo que exagera y que, además, no sabe si se llama Jimena y que puede que tenga veinticinco, ¿qué ibas a hacer con una de veinticinco?, le digo. Él dice que desde la primera vez que la vio la puso Jimena.Y creo, le digo, que tiene novio. Pero él no dice nada. Yo le digo que nadie puede estudiar sin mirar el libro. Él dice, sin apartar la vista del cuello de Jimena, que está estudiando Geografía.

De todas formas, haga lo que haga, las notas de Gabino son inmejorables, sobre todo comparadas con las mías. A veces tengo la sensación de que algunos profesores le tienen miedo. A veces pienso que no está enamorado de Jimena y que en realidad a Gabino le basta con lo que sabe y que está en este país como podía estar en otro y que es un bacilón.

 

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El señor Manolo es carnicero y su esposa es ama de casa. El mes pasado Gabino dijo al señor Manolo que jamás trabajaría de carnicero. El señor Manolo le pegó una paliza, pero Gabino insistió en que, una vez acabado el instituto, él sólo iba a dedicarse a leer y, en ocasiones, a viajar.

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Gabino no tiene muchos amigos. Nadie quiere estar con el empollón, pero todos buscan sus apuntes de letra minúscula en la sala de fotocopias. A él no le importa. Es amable y extraño. El primer día que llegó al instituto se sentó en la última fila. En un cambio de clase los demás rodearon su mesa y le estudiaron durante unos segundos, hasta que Gabino dijo, en perfecto español: me llamo Gabino, tengo 17 años, soy de Qingtian, provincia de Zhejiang, China, llevo en España diez meses, mi padre tenía dos carnicerías en mi país pero se arruinó, estamos aquí, según él, para empezar de nuevo, soy hijo único, ¿queréis saber algo más? Algunos se miraron. Otros se rieron. Luego salieron todos de la clase. Yo me quedé.

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El señor Manolo lleva una semana durmiendo en la carnicería. Los demás comerciantes del barrio llevan una semana acusándole de rebajar los precios hasta límites intolerables. Han tenido varias reuniones, el señor Manolo ha sacado té y sandía. Pero no ha habido acuerdo. Si no se atiene a las costumbres del barrio amenazan con quemar el negocio. Además le han reprochado que nadie en su sano juicio pondría un nombre como ése a una carnicería: Buda Ibérico. Así que todas las mañanas, antes de ir al instituto, Gabino yo pasamos por allí  y dejamos el desayuno al señor Manolo, que a esas horas ya está haciendo tai-chi en la despensa. Mientras su padre no deja de hablar Gabino mira de soslayo la cámara frigorífica, saca una libreta de un cajón y comprueba las tareas del día. Vuelve a mirar a la cámara. Después abre otro cajón y saca una carpeta con papeles. Todo esto dura un rato, yo me retiro y espero sentado en un banco del establecimiento, escuchando el corazón mecánico de la vitrina.

Luego, a la vuelta del instituto, Gabino vuelve a entrar en la carnicería, come algo, ordena los documentos y recibe al primer compatriota. Nos vemos en la biblio, me dice. Pero normalmente me quedo con él. De tres a siete de la tarde pueden pasar por la puerta de atrás de Buda Ibérico cerca de setenta ciudadanos chinos en busca de información para tramitar el carné de conducir, regularizar su residencia, solicitar una licencia de apertura o una subvención o empadronarse. La señora Susana vigila para que no se arremolinen en la puerta. Gabino habla con ellos sin descanso, sentado en una caja de cartón, luego lee los documentos que traen, consulta un callejero y escribe algo en papeles minúsculos que sus paisanos guardan con celo en algún lugar de su cuerpo, sin dejar de sonreír. Uno de ellos, un señor muy mayor llamado Niao Zhong, que en chino significa pájaro herido, viene por aquí dos veces por semana. Cuando Gabino le entrega su papel el señor le da un golpe en el hombro, sonríe y, volviéndose hacia mi, dice: Gabino Buda Ibérico.                                               ________________________

 

Gabino se ha vuelto loco. Quiere que atraquemos una frutería antes de una semana. No quiere el dinero, sino tres kilos de melocotones brillantes. Los mejores, me dice. Es el regalo que va a hacerle a Jimena. Primero los meterá en agua helada durante diez minutos, para que suelten la luz. En mi país, me dice, el melocotón es el fruto de la inmortalidad. Yo le digo que tres kilos de melocotones podemos comprarlos, pero él me dice que así no vale, Jimena se merece los mejores, sólo los mejores.

No.

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Hoy le he dicho a Gabino que llevo un cuaderno donde apunto todo lo que ocurre.

¿Qué quieres decir con todo lo que ocurre?

Todo lo que nos ocurre a nosotros.

En mi país, me ha dicho, los poetas escriben en el suelo de los parques los sueños que tienen. Con agua, no con tinta. Y con unos pinceles enormes. Después se quedan mirando cómo el sol se lleva las palabras.

Yo le he dicho que no llevo un orden, que sólo escribo si tengo ganas.

Bueno, me ha dicho él.

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Lo más difícil empezó con el equipaje. El señor Manolo y su familia estuvieron discutiendo tres días sobré qué cosas iban a llevarse con ellos y qué cosas iban a dejar allí para siempre. La señora Susana no paraba de llorar. Tocaba los muebles, las flores, y estallaba. Gabino dijo que sólo necesitaba sus libros.

Si quieres los libros los tendrás que llevar tú, le dijo su padre.

De acuerdo.

Gabino llenó dos sacos y los cargó a la espalda.

En el aeropuerto la policía le metió en una sala y le hizo sacar todos los libros.

Tenga cuidado, por favor, dijo Gabino al policía.

Ten cuidado tú, le respondió el agente.

Nada más llegar a España, en una habitación alquilada que olía a vinagre, el padre de Gabino sacó un papel de su bolsillo, lo extendió sobre el suelo y pidió a su familia que cada uno escogiera un nombre en español. La señora Lin Xiuxiu escogió Susana. El señor Hong Lie eligió Manolo. Gracias a una película española que vio en su país, Yuang eligió Gabino, como el actor protagonista. 

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El perro del señor Manolo es un Shiba Inu de color ámbar, del tamaño de una caja de zapatos. Lleva con la familia desde que era un cachorro. Es el perro más bestia que he visto en mi vida. Si he dejado de ir a casa de Gabino es por el perro. Fui una vez y salí aterrorizado. Me concedí una segunda oportunidad y salí convencido. Ahora Gabino yo nos vemos siempre en la biblioteca. El primer día, supuestamente, Gabino y yo íbamos a estudiar juntos en su casa, pero nada más llegar el perro vino corriendo por el pasillo, se tiró a mi pierna izquierda y me arrancó un trozo de pantalón de una tajada. Gabino apareció sobresaltado, me pidió disculpas y luego lanzó una pelota al perrito, supongo que para distraerle, y el Shiba Inu, pues no tiene otro nombre, salvo Shiba Inu, alcanzó la pelota y la destrozó delante de nuestros ojos. Después volvió hacia mí, pero Gabino se interpuso y le pegó una patada.

Es un perro japonés. Sólo se calma si sale a la calle, me dijo.

Después me pidió que lo acompañara hasta su cuarto.                                               ___________________________

 

Cada día está peor. Le he dicho que los paseos con Shiba Inu le están volviendo loco, que es ahí cuando se le ocurren estas cosas que me cuenta, pero él me dice que está seguro de que Jimena es Rata, y la Rata, en el horóscopo chino, es alguien imaginativo, encantador y generoso. Y que además él era Mono, y la Rata y el Mono son perfectamente compatibles. Yo le he dicho que a mí el horóscopo chino me importa una mierda, y que lo que quería es irme a casa porque estaba muerto de frío, pero él me ha dicho que una pulgada de tiempo es una pulgada de oro, y que siempre ha visto a Jimena sentada, nunca moviéndose para colocar libros o lo que sea, y que si la veía moverse sabría si es o no es Rata, por la forma de sus piernas, por la forma de andar y de torcer la cadera, así que hemos estado en los soportales hasta las once y media de la noche, momento en que Jimena ha apagado las luces, ha bajado por las escaleras y ha salido a la calle.

¿Y?

Es Rata. Seguro. Fíjate qué piernas. ¿Quién es ése?            Una moto de gran cilindrada se ha parado al lado de Jimena.            Es una moto falsa, ha dicho Gabino.            El hombre, sin quitarse el casco, ha pasado la mano por la cintura de Jimena. Ella ha reculado. El hombre ha aparcado la moto y ha empezado a hablar con Jimena. Ella estaba con los brazos cruzados, con el bolso sobre el pecho. El acercaba mucho la cara a la cara de Jimena, subía la mano, la bajaba y estiraba el cuello. Después ha intentado amarrarla del brazo pero Jimena le ha quitado y ha salido corriendo.                                                            ________________________

Estábamos en la biblioteca, al fondo. Todas las mesas estaban ocupadas. Bandadas de críos que no dejaban de gritar. Entró el tipo del casco. Jimena dejó lo que estaba haciendo y se puso de pie. El hombre dejó el casco en una mesa, se acercó a Jimena y se pusieron a hablar. De vez en cuando ella le cogía del brazo y le invitaba a salir, pero él estiraba un dedo, lo acercaba a la cara de Jimena y decía algo apretando los dientes. Después comenzaron a gritarse, él la llamó puta, ella dijo algo que no entendí, luego le pidió que saliera de su vida de una vez. Entonces el tipo del casco la soltó un puñetazo y se marchó.                                                           _______________________

 

La cámara frigorífica del Buda Ibérico es una cámara normal, es decir es blanca y su capacidad es tal que la carne introducida en ella a dos grados alcaza una temperatura de por lo menos ocho grados bajo cero en no más de cuarenta y ocho horas, pero no tiene luz y está cubierta de espejos que multiplican los ganchos y las tripas violetas de las reses hasta el infinito. La bombilla se fundió hace tiempo y no ha sido repuesta. El señor Manolo entra allí con un candil de queroseno, saca lo que necesita y se va. Pero Gabino entró allí una vez y jamás, me dice apretando las mandíbulas, jamás volveré. Tocaba la carne en la oscuridad y era como tocar las tripas del hielo, ¿entiendes lo que te digo? Allí vi otra cosa. En los espejos. No sabría decirte qué, me dice Gabino sin mirarme, pero otra cosa, no de este mundo.

Yo le digo que no me lo creo.

Tú eres tonto, me dice.

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Esta mañana Jimena apareció por otra esquina. Antes de que me diera cuenta Gabino salió en su busca. Pero sólo dio dos pasos y reculó. Cuando Jimena estuvo a nuestra altura Gabino carraspeó, avanzó un poco y dijo señorita, disculpe, mi nombre es Gabino, estaba el otro día en la biblioteca y quería decirle que no debe permitir ese tipo de comportamiento. Jimena sonrió y le pasó la mano por el pelo. Pero qué dices, chaval. Después sacó un poco la lengua y se marchó.                                               _________________________

Ahora no sólo esperamos a que Jimena salga de la biblioteca sino que además nos preocupamos de si entra a primera hora. Siempre nos saltamos la primera clase. Gabino dice que vino aquí a empezar una nueva vida y que va a dar el paso. ¿El paso?, le digo yo, pero él sigue mirando el camión de la basura. Voy a invitarla a un café, me dice, y luego empieza a contarme que la señora Susana estuvo sin hablar desde los 16 hasta los 20 años. La señora Susana era de Xidi, donde todo el mundo, niños incluidos, era campesino o no era nada. Aquel día la señora Susana estaba sola en casa. Tenía 16 años. Un hombre llamó a la puerta y le entregó una carta. La señora Susana se la entregó luego a su padre, pero ni él ni su mujer ni la señora Susana sabían leer. Diez días después unos oficiales llamaron a su puerta y les dijeron que sus tierras habían sido expropiadas por el gobierno y que tenían cinco días para recoger sus cosas y marcharse. La familia se marchó a la capital. A partir de ese momento la señora Susana hizo una promesa a Wenchangdi, emperador del estudio y la cultura: no hablaría hasta que aprendiera a leer. En Pekín vendió frutas y pescado en un puesto callejero durantes diez horas al día. La mitad de lo que ganaba lo invertía en tomar clases nocturnas de gramática. Dos años después, para celebrar el otoño, la señora Susana compró papel de seda, un pincel y un bote de tinta. Escribió su nombre lentamente, como si fuera la última vez que lo hacía. Después se lo mostró a sus padres y la familia estuvo llorando el resto de la tarde. Por lo visto, a partir de ese momento la señora Susana empezó a gastarse el sueldo entero en libros. Compró y leyó con frenesí el Libro de los Cantos, leyó con la misma atención a Confucio y a Lao Tse, devoró Primavera en Otoño, de Ba Jin, tenía una edición especial de un libro llamado Jinpinmei, o como se escriba, un libro donde había grabados de hombres y mujeres follando en los sótanos oscuros de los palacios imperiales. El padre de la señora Susana empezó a recriminarla por comprar tantos libros, al principio lo toleraba, pero cuando la señora Susana llenó su cuarto de tomos y tomos el señor Ba Liu empezó a decir que en la casa sólo había polvo e ideas absurdas que no hacían más que ocupar espacio. Todos esos libros, más los cuentos completos de Poe, que según Gabino es un maestro, y los diarios o el diario de Cristóbal Colón conforman el tesoro de Gabino.

¿Qué te parece mi madre?, me dice sin quitar los ojos de la fachada de la biblioteca. Yo le digo que todo me parece un cuento y que no me lo creo.

Tú eres tonto, me dice.                                               ____________________

Gabino miraba el camión de la basura. No había nadie en la plaza. Puede que fuera el único momento de descuido. El resto del tiempo no quitaba ojo de la fachada de la biblioteca. Yo estaba sentado mordiéndome las uñas. Al principio no sé si dijo mira o tira o vida. Después me pegó un codazo y dijo, bien alto: mira, sale humo, de la biblioteca. Cuando alcé la vista las llamas ya salían por la ventana. Gabino se levantó de un salto y quiso correr. Le cogí de la manga, pero se soltó. Salí tras él y al doblar la esquina una moto pasó rozándome. Gabino se cayó, hijo de puta, dijo. Si entras ahí no saldrás jamás, le dije, amarrándole bien fuerte de la camiseta. Aparecieron vecinos en bata. Había niños en pijama y ancianos muy abrigados, como si vivieran en las montañas. Un barrendero se acercó y nos preguntó qué había pasado. Hay una chica dentro, dijimos. El barrendero tiró los bártulos y corrió hacia la puerta, pero no entró. Llegó la policía. Gabino se acercó a un agente y dijo que lo había visto todo, dijo que sabía quién había quemado la biblioteca y que había una chica dentro. El policía le apartó de un manotazo y comenzó a gritar a la gente que se apartara de allí y que se fuera a sus casas.                                                           _____________________

Esta noche he salido con Gabino a dar un paseo. No pareció importarle a Shiba Inu. Olisqueaba el musgo que crece en la vieja pared de la iglesia y seguía con la mirada impasible a las primeras golondrinas. Durante un buen rato sólo escuché la respiración pausada del perro y las zapatillas de Gabino aplastando el asfalto.

¿Quieres que hagamos juntos la colección de insectos?, le pregunté, sin esperanza.

¿Qué colección?

Caracuero ha dicho que puede hacerse en grupo. Y que cuenta para la nota final.

Gabino no dijo nada. Shiba Inu se detuvo en un árbol y levantó una pata. Gabino miró el cielo y yo me mordí las uñas.

Otra perla arrojada a la oscuridad, me dijo.

Luego nos fuimos a casa.                                                              

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