Un martes de agosto de 1975 todas las ciudades del país amanecieron con cadáveres de ave en sus parques, tejados y avenidas. No podía verse un solo pájaro en el cielo.
El año anterior por esas mismas fechas las ventas del Silenter se disparaban. Por entonces mi esposa, Jane, estaba a un par de meses de dar a luz y yo trabajaba doce horas diarias en el taller de casa, donde había montado mi propio aserradero. Estaba hasta arriba de pedidos porque muchos vecinos se preparaban para construir sus graneros. Jane y yo hablábamos de que mis máquinas harían demasiado ruido para el bebé. A pesar del esfuerzo económico que me supuso equipar el taller y del elevado precio del Silenter, el rumor de la efectividad del electrodoméstico me animó a adquirirlo poco después del feliz nacimiento de Edgar.
Aún hoy vivimos en las afueras de Muteslope, un pequeño pueblo de Nevada que no aparece en ningún mapa. Según le han contado al alcalde Larry, el cartógrafo que se encargó de elaborar los mapas del país después de la segunda gran guerra no pasó a este lado de la montaña, y como estos planos se copian de unos a otros, para la cartografía mundial nuestra villa no existe. Muchos se han marchado. Han pasado cosas terribles aquí.
Una mañana telefoneé a la compañía y esa misma tarde un tipo trajeado se presentó en casa junto a dos negros que introdujeron el Silenter en mi taller y lo instalaron en apenas un par de horas. El tipo era rubio y recuerdo que no dejó de sonreír ni un solo momento. Estuvo hablando durante casi una hora de lo maravilloso que era el invento. Nos hizo firmar una decena de papeles con mucha letra pequeña en los que nos comprometíamos a no permitir el uso de la máquina a menores de edad.
El Silenter servía para imponer el silencio alrededor en un perímetro circular de hasta treinta metros. Técnicamente el aparato realizaba un registro de todas las frecuencias sonoras del entorno, captaba la más potente y emitía esa misma señal pero en valor negativo, muy por debajo de la percepción auditiva humana, de tal suerte que ambos sonidos se anulaban y, con ellos, todos los que quedaran en frecuencias intermedias. Creaba una especie de burbuja transparente donde reinaba el silencio. No importaba que hubiera objetos o muros, cualquier sonido que estuviera dentro del diámetro desaparecía.
Sólo había un inconveniente: durante una fracción mínima de tiempo un pitido muy agudo, como lejano, se te clavaba en el cerebro. En el manual de instrucciones leí que el impacto era similar al del efecto de la presión en los despegues de avión.
La primera vez que lo puse en marcha Edgar ya tenía tres semanas. El aparato era muy parecido a una lavadora: un cubo metálico de un metro de alto por otro de ancho, con una especie de altavoz justo donde se encuentra el tambor para introducir la ropa. En la parte trasera había una palanquita con tres posiciones numeradas: la primera para ruidos muy potentes como maquinaria y estridencias industriales y la segunda para voces y música, mientras la tercera impedía al sonido externo atravesar la barrera de protección.
Aunque la máquina calculaba automáticamente la potencia necesaria en función de la intensidad del sonido, la superficie señalada y la posición de la palanca, era posible especificar la franja de espacio a silenciar. Se entiende que las personas que se encontraran dentro de esa franja no podían emitir sonido alguno con sus cuerdas vocales. Yo tenía el aserradero en la parte posterior de mi casa, así que había que atravesar un pequeño jardincito para acceder a él. De modo que coloqué el aparato dentro del taller y medí las distancias: estaba exactamente a once metros de la cocina y a nueve del salón, estancias en las que mi mujer pasaba la mayor parte del tiempo. El cuarto de Edgar, en la planta de arriba, distaba doce metros del Silenter. Como la dimensión de mi pequeño taller era de siete metros cuadrados, silenciaba todo el perímetro de la casa excepto el espacio entre los siete y los nueve metros. De esta manera, cuando mi mujer quería hablarme se asomaba al taller y me hacía un signo, entonces salíamos al jardín y allí charlábamos tranquilamente cuando era necesario. Bueno, más que necesario, lo hacíamos sólo cuando era imprescindible, porque al salir de la zona silenciada y entrar en la acústica era necesario sufrir una nueva descarga.
Muteslope sirve como ejemplo de la fiebre consumista que multiplicó la compra del electrodoméstico. En dos meses todos los habitantes de la villa, a excepción del párroco Janson y Steff el sordo, poseían un Silenter. La relación utilidad-precio era muy rentable y los medios de comunicación alababan sin parar su éxito y garantizaban su efectividad.
A los pocos meses el gobierno nacionalizó la producción del Silenter y contrató a los científicos que lo patentaron. Después desarrolló prototipos de neutralización sonora de mayor alcance y los impuso obligatoriamente en todas las industrias, aeropuertos y estaciones de ferrocarril. Todas las fábricas del país con maquinaria ruidosa contaban con varios. Algunos, del tamaño de una camioneta, eran capaces de enmudecer extensiones inmensas. Yo comprendía perfectamente a los operarios cuando declaraban que el aparato aumentaba su calidad de vida en el trabajo, porque se evitaban el escándalo metálico de la maquinaria. Un instante de molestia garantizaba una jornada sin jaquecas, y además les impedía conversar en horas laborables, lo que agradaba al empresario. Me fascinaba ver mis máquinas cortar, cantear y dar forma a los maderos en el más absoluto sigilo, mientras el generador vibraba produciendo menos ruido que el que haría un tembloroso pedazo de gelatina.
No recuerdo noches más tranquilas que las de los meses previos a que el Silenter fuera prohibido. Podía trabajar a cualquier hora del día en el taller sin molestar a Jane ni al niño. Los ladridos nocturnos del perro de nuestro vecino desaparecieron; Jane pudo por fin olvidarse de mis ronquidos; los domingos por la mañana dejábamos la máquina conectada y así no nos despertaban las inútiles campanadas de la iglesia; podíamos mantener nuestras relaciones sin temor a despertar a Edgar con nuestros gemidos, como tampoco nos molestaban sus llantos incomprensibles; yo gritaba y eructaba viendo el béisbol en la televisión mientras, un metro detrás, Jane leía el magazine o acunaba al pequeño... Realmente era útil y práctico.
Los bares y restaurantes y las iglesias eran los únicos espacios que tenían terminantemente prohibido hacer uso del artilugio. Se sabía que el párroco Janson relacionaba al aparato con el diablo, mientras sus feligreses se arrepentían cabizbajos por tener un Silenter presidiendo sus pasillos o salones. El alcalde Larry dejó en manos de las comunidades de vecinos la decisión acerca de su empleo en los parques. Así, si se decidía en asamblea, las zonas verdes podían aislarse del ruido de los motores. A lo largo de manzanas enteras, las calles eran silenciosas como cementerios en la madrugada.
Ante la popularidad del Silenter en prácticamente todos los estados del país, un grupo liberal que se hacía llamar New Pronaturalist Movement se opuso a la normalización del invento. Guiados por Abraham Paine, el grupúsculo protagonizó algunos altercados de escasa repercusión en los medios de masas. Entraban en los hogares y destrozaban los «devorarruidos», como ellos llamaban a los Silenters. La existencia del grupo se hizo pública tras la muerte de uno de ellos durante el asalto a una vivienda. Simplemente cayó desplomado. Fuentes oficiales aseguraron que se trató de un infarto cerebral. Tras este hecho se sucedieron unas cuarenta detenciones, lo que llevó al grupo a las primeras páginas de los mass media. Las protestas del N. M. P. fueron secundadas por miles de jóvenes a lo largo y ancho del territorio nacional.
Poco después ocurrió lo de los pájaros. Las especulaciones acerca de qué había provocado su muerte eran diversas. La versión más extendida por los ornitólogos atribuía la catástrofe a la creciente contaminación con el desarrollo industrial del país; por otro lado, muchos científicos acusaban de la epidemia aviar a las radiaciones derivadas de experimentos que los soviéticos llevaban a cabo en las capas más altas de la atmósfera. Más tarde se supo que esos ciudadanos pertenecían al gobierno.
A la semana del extraño suceso me encontraba en el sofá viendo la televisión. Habíamos silenciado la parte central del salón y Jane se encontraba al otro lado, en la hamaca y con Edgar en los brazos. Paine iba a ser entrevistado en un conocido programa de televisión llamado El show de Wilson Scott. Me levanté, desconecté el Silenter y llamé a Jane para que se sentara a ver la entrevista a mi lado. Después de refunfuñar algo, accedió. Lo primero que dijo Paine ante las cámaras fue que el causante de la epidemia de aves era el Silenter. Scott le pidió que explicara en qué basaba esa acusación, y el joven recordó la muerte de su compañero durante las jornadas de acción del N. M. P., y añadió que se encontraba en perfecto estado de salud y que simplemente, se desplomó inerte, como un gorrión sobre un tendido eléctrico. Jane y yo cruzamos nuestras miradas un instante y volvimos a clavar nuestros ojos en la pantalla sin mediar palabra, acostumbrados ya al silencio. El presentador anunció que antes de profundizar en la entrevista se abrirían las líneas telefónicas, pues estaban al borde del colapso. Sólo una decena de personas tuvo la ocasión de narrar sus experiencias. Un psiquiatra se puso de lado de Paine y denunció varios casos de pacientes que habían perdido su caudal de vocabulario, limitándolo a una decena de construcciones simples en sus conversaciones. Varios padres llamaron aquella noche asegurando que sus hijos adolescentes habían caído en crisis autistas. Otros declararon que sus mascotas se golpeaban la cabeza contra las paredes e incluso que, en dos casos, habían saltado por las ventanas. Una mujer aseguraba que no le era posible desconectar el aparato desde el día anterior, y que, aun desenchufándolo de la corriente, el silencio permanecía. Llamaba desde la casa de un vecino, donde estaba viendo el programa.
Pero fue la última llamada la que causó una conmoción irreparable en la sociedad. Una voz tan joven que era difícil distinguir su género irrumpió en el aire entre sollozos. Su voz entrecortada intentaba explicar algo, pero los llantos desgarradores se lo impedían. Lo intentaba una y otra vez, pero no se le podía entender nada. Las palabras de calma de Scott y del invitado fueron logrando poco a poco el efecto deseado. Lo que se pudo entender era que, según parece, sus padres y su hermano mayor habían estado discutiendo a gritos en el salón, como cada noche. Él, harto de esas peleas, había conectado el Silenter. El resultado era que los miembros de su familia estaban vivos pero no se movían, no parpadeaban y, por supuesto, no hablaban. Wilson Scott trataba de mantener al muchacho en línea, alentado por todo el equipo del programa, que le advertía del crecimiento del share. Primero le preguntó desde dónde llamaba y el muchacho le dijo que desde la cabina que había en la puerta de su casa. Scott continuó interpelando al adolescente: si había utilizado la máquina con anterioridad, en qué posición estaba la palanca, a qué se dedicaba su padre, pero el niño sólo acertaba a decir “no lo sé” y “tengo miedo”. Recuerdo que una sensación de pánico se me clavó en la sien y corrí para comprobar que el Silenter estaba desconectado. Cuando volví al sofá Paine aparecía en primer plano en la pantalla, muy enfadado, y gritó al muchacho que corriera a casa de algún vecino y llamara a la policía. El muchacho permanecía gimoteando en el auricular, pero su llanto fue disminuyendo de intensidad como si le estuvieran bajando el volumen. Su voz se convirtió en un grito cada vez más lejano de angustia. Antes de que la dicción humana se disipara, un pitido comenzó a ascender modulándose, asemejándose a una risa mecánica. Parecía que llegase a toda velocidad desde un origen remoto y alcanzó tal potencia que la llamada tuvo que ser interrumpida por los técnicos del programa ante el riesgo de que los equipos resultaran dañados. Ahí terminó todo. Apagué la televisión, monté el Silenter en el maletero del coche y conduje hasta el río. Durante el trayecto creí que me estaba volviendo loco. Por momentos me parecía como si el motor del Chevrolet no rugiera, pero no podría asegurarlo. No me atreví a encender la radio, ni a pulsar el claxon en todo el trayecto. Las manos me temblaban mientras aquella monstruosa caja cuadrada se sumergía rodeada de un silencio estremecedor.
Durante toda la semana siguiente el Gobierno dispuso un servicio gratuito de recogida del Silenter.
Jane y yo aún esperamos la compensación económica del Gobierno para los gastos del tratamiento auditivo de Edgar seis años después. El de autismo no lo cubren. Hará dos semanas un diario sensacionalista difundía la noticia de que el Gobierno vendió todos los Silenter a un país extranjero. Esta mañana en la televisión Jane y yo hemos escuchado que una especie de pájaros está emigrando a nuestro país procedente del sureste asiático.