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Figueroa, Mario Héctor (Malu)

Lola y el Fútbol



Esta carta señores que tengo acá en mis manos es,  para mí el símbolo del amor. Les cuento:

Hace 30 años, cuando tenía siete, me enamoré de Lola, una compañera de primer grado que no sabía que yo la quería, pero creo que fue mi primer amor. No, no creo... estoy seguro, fue mi primer amor, lo puedo afirmar sin rodeos.

Mirando la vida para atrás y ahora que soy grande, recuerdo varias cosas que me embobaban de Lola.

Antes que nada: el nombre, para una época en las que abundaban las Agustinas, Carolinas y Catalinas, llamarse Lola tenía para mí un encanto especial. Sonaba lindo, tenía personalidad.

Otra cosa que me gustaba era su forma tan tranquila de hablar, nunca se apuraba, hablaba lo justo y necesario y siempre, en el aula, esperaba su turno.

Por eso todos los compañeros la votaron como la mejor compañera de aquel primer grado.

Mi amor por Lola nació cuando empezamos jardín y recorrió sin cambios toda la primaria.

Claro que una chica tan linda y tan especial era el amor de varios de mis compañeros y lo fue de muchos más a medida que pasábamos de grado.

Éramos varios los que en aquellos tiempos  nos disputábamos su compañía en los recreos: Matías, Franco y Marcos siempre tenían algún gesto a mano para Lola, aunque ella no se diera por enterada.

Pero fue en primer grado, cuando estuve bien cerca de ella y casi a punto de saber si  me quería.

Ustedes saben que a esa edad los chicos solemos ser bastantes tímidos. Por lo menos para hablar con las chicas. Porque para otras cosas como la pelota por ejemplo, somos muy  payasos, pero cuando llega la hora de hablar de chicas, se nos suben todos los colores a la cara y nos quedamos pateando en el aire como bobos.

Bueno lo cierto es que Lola nunca me demostró abiertamente nada.

Era muy raro que ella me hablara. Nunca sentí mi nombre en su boca. Apenas si me reconocía dentro del grado y en raras ocasiones mi mirada se cruzó con la ella. Quizás porque era demasiado tímida o quizás porque en verdad yo le parecía un paparulo.

Pero así como somos de bobos, somos de obstinados los varones., con lo cual la indiferencia de Lola, no me importaba.

Saliendo de la escuela, mi vida era sólo fútbol. Podía pasar horas frente a la tele mirando algún partido viejo, o los noticieros con la actualidad de los clubes. Cuando mi mamá me dejaba me iba al patio y jugaba sólo imaginando un partido en el que yo era la figura. Me pegaban patadas descalificadotas, sufría golpes desleales y abundaban los penales que yo me encargaba de cambiar por goles.

Les aseguro que todo en mi vida, giraba alrededor del fútbol. En mi placard, había algunos pantalones, menos zapatillas pero muchas remeras rotas y viejas de Banfield, de Argentina, de San Lorenzo, de Cipolletti, de Brown de Adrogué.

De vez en cuando, algún recuerdo me llevaba a Lola de vuelta y ahí me quedaba acostado en el patio, con la mente y los pajaritos volando sin parar.

Cuando ese año en el que yo iba a primer grado se terminaba, pasó lo que nunca pensé que podía pasar.

Una tarde de domingo, mi papá me llevó al Parque Meteorológico donde había mucho  verde, juegos y una pista de bicicletas. La verdad es que la idea no me había gustado mucho porque ahí no había canchita y los partidos se improvisaban entre arbustos, señoras que caminaban y perros que dormían la siesta. Pero al final me entusiasmé porque el parque estaba justo enfrente de la casa de Lola y quizás si la suerte estaba de mi lado, por ahí la veía.

Cuando llegamos alcancé a ver con tristeza que las ventanas de la casa estaban cerradas así que las chances de verla  se esfumaban. Traté de disimular mi fastidio de los ojos de mi papá para que no sospechara. Pero el viejo estaba concentrado en la revista que se había traído.

Opté entonces por no amargarme y meterme en algún partido.

La cosa estaba mejor de lo que yo había pensado porque en uno de los costados del parque, cerca del arenero, se había armado un picado grande, con más de 8 chicos por cada equipo. Como siempre se improvisaban los arcos con buzos, gorras y botellas.

No me costó mucho entrar a jugar porque el dueño de la pelota era Damián, compañero de la escuela, así que antes de darme cuenta ya estaba del lado de los que jugaban sin remera.

Lo cierto es que de tanto en tanto miraba la ventana para ver alguna señal, pero  nada. Pasaban las horas y la casa parecía vacía.

En una de esas despistadas, me gritaron  MANUEL!!!! Porque la pelota había quedado picando en la línea, con nuestro arquero en el piso y una banda de contrarios que se me venían encima.

Rápido, le pegué de puntín para arriba despejando y la pelota fue directamente a quedarse en lo más alto de un árbol. El enojo creció en los del equipo contrario pero también en mis compañeros que me reclamaban mi ausencia en el partido.

Todos aprovecharon para sentarse a descansar mientras yo buscaba la manera de bajar la pelota y soportaba las cargadas. Primero intente tirando algunas piedras para ver si lograba bajarla, pero cuando una piedra cayó cerquita del plazero que acomodaba los sapitos para empezar a regar, me di cuenta de que tenía que buscar otra alternativa.-

Lo cierto es que sin muchas ganas, me dispuse a trepar al árbol para ver si desde ahí lograba bajar la pelota. Lo miré con detenimiento y me pareció un árbol amigo,  con muchas ramas de todos los tamaños y  alto, muy alto.

La pelota había quedado enganchada entre dos que formaban una horqueta, de cara a la calle.

Con mucho esfuerzo alcancé a saltar y pararme en un extremo grueso, ante la mirada desconfiada de mi papá que había dejado de leer para seguir la situación sin moverse del banco, como evaluando mi destreza.

Cuando me sentí seguro apoyado entre las ramas, estiré las manos como intentando alcanzar la pelota, pero me faltaba un buen tramo para- aunque sea- tocarla.

Entonces, di un paso mas arriesgado que fue subir un peldaño, a una rama finita que estaba tapada de hojas.  Miré con cuidado la situación. Me creí confiado y con algo de nervios salté buscando afirmarme entre las ramas.

Fue ahí justo ahí cuando levanté la cabeza y a la altura de mis ojos, pero en la vereda de enfrente, se abrieron las ventanas de la casa de Lola y apareció ella con cara de dormida.

Me quedé paralizado,  sentí que el corazón empezaba a latirme  tan fuerte que podía escucharlo a pesar del ruido de la plaza.

El frío me erizó la piel y el asunto de la pelota se me olvidó de repente. Me afirmé absolutamente deslumbrado en una rama cualquiera y me concentré  en la forma majestuosa en la que Lola se cepillaba el pelo, pegadita a la ventana.

Ese día me convencí de que yo tenía que hablarle a Lola de lo que sentía.

El Lunes siguiente,  en el grado, cuando la seño nos despidió, me acerqué a Lola  y le entregué esta carta que más tarde me devolvería, pero que ahora quiero compartir con ustedes:

Hola Lola, soy Manuel.

Quería invitarte a Tomar un Helado el domingo a la Tarde.

No me digas nada.

Si podés y te dejan te espero en la heladería  el domingo a las cuatro. Si no podés no importa. Chau. Manu

Ese domingo, mi mamá que siempre fue mi cómplice y mi compinche, me preparó y me  llevó a la heladería un rato antes,  a esperarla. Tantos eran mis nervios mientras esperaba que se hiciera la hora que no me di ni cuenta cuando la vi bajar del auto acompañada de su mamá, que era amiga de la mía.

Esa tarde, Lola me pareció mas linda que nunca, llevaba un moño en el pelo haciendo juego con las zapatillas.

Estuve muy caballero en preguntarle que gustos quería y saqué un reluciente billete de diez pesos que me había dado mi papá para pagar los dos helados. No cruzamos palabras mientras tomábamos el helado sentados en las sillas de la vereda.

--y vos Manuel?- se animó a preguntarme después de un rato- ¿que querés ser cuando termines la escuela?.-

Se me atragantó el pedazo de chocolate que me había puesto en la boca y tardé en recuperar la respiración. Pensé en la respuesta más inteligente y se me ocurrió que debía mentir. A pesar de que tenía definido mi futuro como jugador de fútbol desde que  tenía uso de razón, pensé que sería un error hablar de eso.

A las chicas les parecen pesados los chicos que solo hablan de fútbol, que transpiran, que se ponen tontos atrás de una pelota, así que opté por mentir. Traicioné mis convicciones y  en cambio me hice el raro.

- No sé, podría ser tantas cosas… de lo que estoy seguro es que no quiero ser jugador de fútbol. Me parecen tan tontos esos chicos que corren como locos atrás de una pelota, eso de ser hincha fanático de un club, esa estupidez de ver todo el día partidos viejos. El fútbol me parece un juego de tontos, Todos corriendo atrás de una pelota. Que locos, no?  Lo tengo muy claro. Cuando sea grande voy a  escribir noticias en un diario; como mi papá.

A Lola se le transformó la cara. Se puso muy seria y apuró el helado como sintiéndose incómoda.

Ni siquiera me devolvió la gentileza cuando le pregunté que quería ser ella. Era como si la hubiera ofendido. Como si hubiera dicho ó hecho algo fuera de lugar.  Me sentí descolocado.

Muy rápido Lola le pidió a su mamá que la llevara a su casa porque se sentía mal y cuando pasó por al lado mío ni siquiera me dijo chau.

Cuando volví a verla la mañana siguiente en la escuela, me sentía tan mal que ni siquiera aguante a que terminara la clase, me le acerqué en la fila y le pregunté muy angustiado que le había pasado, que había hecho mal. Pero Lola  apenas si abrió la boca para decirme –nada. Aunque ceo que se dio cuenta de mi tristeza en ese segundo en que pasó su mirada por mis ojos.

Pero apenas dos minutos mas tarde me daría cuenta de todo. Me daría cuenta de lo grave que había sido haber mentir aquella  tarde.

Volví a preguntarle a Lola si quería ir a andar en bicicleta con los chicos el sábado a la mañana. Pero Lola muy ofuscada me cortó el diálogo y el amor diciéndome: -El sábado no puedo. Nunca puedo los sábados. Juego en los cebollitas de San Martín. En el equipo de mujeres de fútbol. El fútbol es todo para mí. El mundo se me desarmó en ese segundo.-

Lleno de vergüenza estaba volviendo a mi lugar, cuando Lola me hizo un gesto con el dedo para que vuelva. Me acerqué mientras ella sacaba de su bolsillo esta carta que yo le había dado y que hoy encontré para compartir con ustedes.

Achicharrado retrocedí hasta encontrar mi lugar en la fila, sin poder creer lo que había escuchado. Enseguida empecé a sentirme mal y ya no pude mirarla más.

Ese día le pedí a la seño que llamara a mi mamá para que me viniera a buscar porque no me sentía bien.

Cuando me estaba yendo pasé por al lado de Lola que justo sacaba el cuaderno de actividades y  de reojo alcancé a ver en la contratapa del cuaderno un escudo que decía

El Fútbol es vida…El resto son sólo detalles.-                                                                                 

Huevo salvador



Sentí, Cuqui; sentí lo que te cuento. No lo vas a poder creer.

- Si, te hablo en serio,  fue el nene y de cabeza te lo juro. Vení Vení, que te cuento!

-ay!! cuando escuches lo que hizo el nene!!

-Sentí, sentí lo que te cuento.

- Viste lo del problema del nene?, lo de la cabeza...el huevo?. Viste.

-bueno fue de cabeza con el huevo aunque no lo creas.

El nene ni se acordó que el doctor le había prohibido cabecear. Le ganamos a esos salames de Villarino.Y encima con un gol del Nene.- Que me decís Caqui?.

Es ó no es un fenómeno el nene!!!

-¡Con lo justo, en el final y de cabeza!. Que lo parió!!! Me lo podés creer? Es que el mismo partido lo fue llevando a levantar temperatura.

Yo también, como vos, en ese momento, cuando el nene despegó los pies del piso volando hacia adelante bajito, de palomita...me preocupé y mucho. Como no me iba a preocupar si pensé lo peor!.

Me acordé de lo que nos había dicho el doctor unos años atrás, te acordás?

Parece que fue ayer cuando el doctor  Alcides  nos dijo que el nene nunca iba a poder hacer deportes. Te acordás Cuqui??

Parece que fue ayer que nos sentó en el consultorio. Que vos llorabas como una Magdalena con la cabeza entre las piernas y el nene te miraba como entendiendo todo.

Te tuve que pedir que dejaras de llorar para que el doctor pudiera hablar.

Recién ahí cuando agarraste el pañuelo y te calmaste un poco el doctor nos pudo explicar que esa deformación que tenía en la cabeza, esa hinchazón, esa  especie de huevo de pascuas gigante que le sobresalía de la frente, le iba quedar para siempre, para toda la vida.

Vos no parabas de temblar y  ni que hablar cuando nos dijo que tenía poca expectativa de vida. Que con suerte iba a vivir hasta los 8 ó hasta los 10.

Pero la polenta del nene pudo mas que cualquier cosa. ó no Cuqui?

Te acordás que nos hablaron de eso de la insuficiencia neurológica y de una protuberancia genética ó algo así, de las capacidades limitadas, de los riesgos de hacer deportes, de los golpes en la cabeza.

Si hasta se te ocurrió ponerle ese almohadón en la cabeza durante cuanto tiempo- Te acordás ó no?

Parecía un Talibán el nene, con esa cosa en la cabeza.

a pesar de todo salimos adelante, ó no?

Nunca pudimos frenar las ganas de jugar a la pelota del nene. Si era lo único que le importaba. Era normal para un chico de esa edad.

Bueno, no hace falta que te cuento todo en detalle no?, no hace falta que te recuerde que llegamos al partido con pocas chances porque a  Villarino le alcanzaba con el empate. Que nunca nos había ido bien con los de la Villa, que encima jugábamos de local. Que íbamos de punto. que estábamos condenados.

Pero no me vas a creer, nos reventaron a pelotazos.

Ni siquiera la lluvia fue lo peor. Mirá que en un ratito se armó un barrial que la pelota se enterraba y no se movía.

No dimos pié con bola en toda la tarde. Y el nene en el banco. Como siempre. Aunque ese día, la lluvia había espantado a muchos y ni siquiera teníamos recambio. el nene y el arquero estaban sentados en el banco. Nada Más. 

Creo que no nos metieron cinco de pura causalidad, porque se jugaba en el arco nuestro nomás.-

Yo desde la tribuna mucho no podía decir. Sabés por que?.

Porque tenía que agradecer que al nene lo metían en el plantel. Nunca lo habían hecho jugar, por miedo a que se lastimara. Además le evitaban las cargadas de los contrarios con ese huevo deforme en la cabeza.

Por eso me quedaba en el molde y no abría el pico.

Además el nene como no entiende mucho, le gustaba sentarse ahí en el banco y mirar el partido.

A veces se distraía con los gritos de la tribuna ó con cualquier cosa, pero participaba del circo y eso era lo importante.

Bueno lo cierto es que cuando el partido se iba, el chino Juárez decidió quemar las naves, mandó a los volantes arriba y dejó atrás a los dos centrales nada mas.

El tema fue cuando chocaron el pibe de Gorosito con el dos de ellos. Tan fiero fue el choque que el mismo Gorosito lo sacó de la cancha al nene, enojado con el arbitro porque dejaba que los chicos se golpearan-.

Mas allá de la sorpresa, ni te cuento el lío que se armó cuando hubo que hacer el cambio y el único que quedaba era el nene.

Yo de golpe me asusté, porque el partido estaba bravo. Entonces me acerqué al alambrado y escuché  que el chino Juarez le decía al nene mientras lo abrazaba:

- Quedate cerquita del área, no corras, no te desgastes, que no te vayan a golpear querido, si?

El susto que tenía el nene no te lo puedo contar, te lo dejo para que te lo imagines, Cuqui.-

Si es cierto que escuché algunas risas en la tribuna, pero no les presté atención. No sé, será que mi cabeza estaba en otro lado. No se que fue. pero no les presté atención. Y vos sabés que esas cosas me ponen mal. En otra situación, los hubiera reventado, pero no les dí bolilla.

me concentré en lo que pasaba adentro de la cancha.

Y fijáte que solidarios que son los nenes... los propios compañeros se acercaban a decirle.

- Vamos Huevo, metéle que  tenemos que ganarlo! y el nene estático, como congelado.

Igual, faltaban  3 ó 4 minutos. No más que eso. Por eso los de Villarino ya estaban largando los primeros petardos, las señoras cantaban y los viejos se acomodaban la gorra.

Ahí fue, justo ahí Cuqui, cuando volví la cabeza de la tribuna y en el medio de la lluvia que no paraba ni un cachito lo ví al gordo Manossi que la revoleó para adelante tan fuerte que todos creyeron que la pelota se iba afuera. Pero por esas cosas del destino la pelota quedó frenada en el barrio a medio metro de la línea del corner. Para cuando los defensores reaccionaron, el Ardilla ya estaba a un metro de la pelota y sin saber quien estaba en el área mando un centro débil, sin fuerza al primer palo.

- Escuchá Cuqui, escuchá!!

El nene, no se como hizo. Imaginate que nadie esperaba nada de él.

Dio tres pasos desde donde estaba parado y se tiró en una palomita tremenda, adelante del dos.

Todos quedaron paralizados, se paró el tiempo. Es como si se hubiera congelado todo.-

Entonces Cuqui, sentí! Sentí! lo que te cuento.

El nene cabeceó la pelota, en plena palomita, con los ojos bien abiertos, los brazos como alas, la cabeceó justo con el huevo.

La pelota hizo una cosa rara en el aire, pero tan rara que cuando parecía que iba a las manos del arquero se le levantó y le vino a caer justo detrás de la cabeza.

-Ay Cuqui, Ay Cuqui no te puedo explicar.

- La pelota, el gol, la hinchada,  la gente.

Cuando reaccioné y me di cuenta de lo que pasaba, lo busqué con la mirada al nene, pero estaba abajo de la montaña de chicos que se le habían tirado encima.

Después no hubo tiempo ni ganas para nada más. Nadie lo podía creer, por eso creo que no escucharon cuando el árbitro marcó el final del partido.

Ya habían entrado todos  a la cancha. Yo no pude frenar el lagrimeo. Me abrazaron de todos lados y me empujaron con ellos a dar la vuelta en la mismísima cancha de Villarino, que me decís Cuqui?

- No, al nene lo perdí de vista. Recién lo pude ver cuando lo levantaron en andas y lo pasearon por toda la cancha.

Yo me acordé tanto de vos, pero tanto Cuqui, porque vos tenías que ser parte de esa alegría, de ese momento en la vida del nene,  vos fuiste la que siempre le diste todos los gustos, la que siempre lo quisiste un poco mas de lo normal. Cuantas noches pasaste al lado de él cuando le dolía la cabeza, la que esperaba desde la madrugada horas y horas para sacar un turno en el hospital.

Por eso me escapé de la cancha y me vine a buscarte, para contarte y para que sepas que el nene está felíz y que se fue con los chicos en la caravana por el barrio.

dale Cuqui, dejá de llorar y metele a ver si los alcanzamos..



Nestitor



Néstor había pintado para crack desde chico. La primera sorpresa se produjo cuando a poco de haber empezado a caminar corría con perfecto equilibrio detrás de cualquier cosa redonda que se dejara en el piso. Es más;  hay quienes aseguran que fue esa necesidad visceral de entrar en contacto con la redonda, lo que precipitó el inicio de su precoz desarrollo motriz.

Claro, siempre están los fatales biologicistas que aseguran reconocer un instinto especial en chicos como Néstor. "eso viene en los genes" decía Don Genaro.  "eso no se aprende, mire como corre ese chico", agregaba Don Iglesias ignorando el componente social al que este tipo de personas están sometidos y Néstor no era la excepción. Nestitor había estado expuesto a una cantidad grande de estímulos que provenían de su círculo más cercano.  

Su historia familiar más que de un árbol bien podría sacarse de un arco genealógico: abuelos, tíos y padrinos tenían su propio recorrido por el fútbol regional. Viejos Gringos inmigrantes que trajeron de Europa su amor por el juego.     

Lo cierto es que Néstor asombraba a propios y extraños con la capacidad que tenía para el dominio de la pelota.

Me acuerdo que fue una tarde fría de  abril del 84,  en la vereda de la casa del Barrio San Pablo en la que vivíamos cuando escuché que el abuelo Manuel le gritaba: "¡Nunca con la punta!" mientras  corría con esfuerzo a Nestitor  que le daba empujones con el pie a una pelota del tamaño de un Pomelo.

También recuerdo un año antes,  aquella insoportable tarde de Enero en la que hasta los perros buscaban esquivarle al sol cuando se escuchaban los gritos  "¡Péguele con las dos, nene!. Era el Tío Antonio que lo corría a Néstor mientras le tiraba la pelota de goma a la pierna izquierda y por supuesto Nestitor, lleno de baba y sin haber cumplido todavía los 9 meses, corría hipnotizado detrás de la pelota.

Así de a poco, con el correr de los años, mi hermano fue desarrollando un particular talento para el fútbol.

Los vecinos de la cuadra corrían la cortina, haciéndose los distraídos, para verlo saltar entre los charcos de agua corriendo de un lado para otro haciendo jueguitos y malabares con la pelota.

Las viejas chismosas volvían con las bolsas del almacén y se quedaban charlando en las veredas sólo para espiarlo a Néstor dejar la pelota picando en la cabeza  durante un rato largo sin que se le cayera.

Mientras tanto, puertas adentro, Nestitor era un pibe normal. Bah, normal es una forma de decir, como para encuadrarlo dentro de algún género, porque si me pongo a recordar bien, era un bicho un poco raro. El nene no tomaba leche, no miraba tele, se levantaba y hacía su cama, era inusualmente disciplinado, casi rozando lo aburrido. Ya para cuando empezó primer grado, Néstor estaba como para jugar en la reserva de Boca. Todos  en la escuela se juntaban en los recreos a ver los partidos que se armaban de tercero contra primero. Pero quien piense que Nestitor era la figura, se equivoca, porque por sobre todas las cosas el pibe era generoso, tenía el corazón mas grande que la cabeza.

Hacía jugar  a sus compañeros y a pesar de que ya se perfilaba como un nueve clásico, no le costaba nada retrasarse algunos metros y pivotear. Había que verlo al pitufo, era chiquito pero bajaba la pelota con el pecho y la ponía contra el piso con una facilidad que daba envidia a los propios profesores que se codeaban en el recreo. Llevaba la pelota en los pies sin mirar el suelo y esquivaba a los rivales con tanta facilidad que se podía meter en el arco siete u ocho veces por partido ó por recreo.

Tanto llamaba la atención su capacidad y destreza, que les juro que no exagero si les digo que cuando Nestitor cumplió los 8 años, se presentó en mi casa un señor pelado, de bigotitos bien finitos, un traje marrón algo gastado y un bolso con papeles. Según parece venía a ofrecerle a mi papá casa y trabajo en Río Gallegos para llevar al nene a las inferiores de Sporting.

Mi viejo que era un tipo muy despierto, se avivó que corría peligro su matrimonio porque mamá lo mataba si se enganchaba en semejante locura.

La historia nunca trascendió demasiado, pero lo cierto es que el tipo volvió a aparecer un par de años mas tarde hasta que entendió quién llevaba los pantalones en casa. 

Apenas cumplió los 10 años el viejo lo llevó a Néstor a las inferiores de San Pablo para que empezara a rozarse con la alta competencia, a pesar de que San Pablo no pasaba de ser un típico club de barrio del interior: participaba de la liga Confluencia: cancha de tierra sin tribunas, amenazadas por tamariscos que crecían desde todos los rincones, 24 socios activos incluído el presidente, club social y salón de fiestas.-

Sin embargo las ilusiones de padre no reconocen altares. Por eso Nestitor se midió con el fútbol en serio y obviamente, no desentonó.

Recorrió sin escala las inferiores con tanta displicencia que a los 14 años alternaba entre quinta y reserva. Los domingos venían de pueblos vecinos a verlo a San Pablo.

Ni siquiera la prematura fractura del antebrazo en un partido en la escuela, lo detuvo en su ascendente carrera.

Muchos recuerdan la noche del Premundialito cuando, en la Visera de Cemento, y frente a Cipolletti entró faltando 10 minutos, se elevó entre los enormes centrales y conectó de cabeza un centro que se estrelló en el travesaño. Cuando todo indicaba que el partido se terminaba empatado, Nestitor, que llevaba un yeso todavía fresco en su brazo, recibió la pelota como número diez y acercándose al área, con un rápido movimiento de piernas pateó sutil al segundo palo del arquero. El efecto que le había dado a la pelota la hizo alejar de las manos del arquero hasta colgarse del ángulo.

Ahora que sé como pasaron las cosas, creo que ni siquiera el propio Néstor se daba cuenta de su talento, su cabeza estaba en otro lado. Siempre tuvo un aire misterioso que lo convertía en un ser especial, más especial. A pesar de que todo el mundo quería que el fútbol fuera su mundo, él no le daba tanta importancia. Lo hacía por inercia y porque le costaba muy poco jugar como jugaba.

Su cabeza andaba (yo lo supe  mas tarde) en cuestiones mucho mas profundas.

Nestitor Tenía un extraño sentimiento de amor por el amor. Si así como les digo. Ustedes se preguntarán de qué estoy hablando. A Néstor  lo movilizaba demasiado ese amor inmenso que había en cada padre por su hijo, de cada abuelo por su nieto, de cada tía con su sobrina.  Ese amor generacional que no reconoce escuelas, técnicas ó formas y que sólo se deja ver entre consejo y consejo, en cada mano arrugada que se pasa por el pelo de un chico, en cada palabra de aliento que escuchaba.

Por eso él sentía un compromiso humano con todos los que lo querían. No le importaba demasiado el fútbol, quizás hubiera podido ser así con cualquier otra cosa, pero lo que a Néstor realmente lo empujaba a complacer a todos era el miedo a no saber demostrar ese afecto, a no poder devolverles de alguna manera esa ternura y ese cariño con el que había sido tratado siempre.

-¿sabes una cosa? me dijo una tarde mientras volvíamos a casa.-   Es tan difícil explicar el amor. Por algo estamos tan jodidos. Si al  menos pudiéramos leer el gesto justo, la palabra que revela, la mirada tierna, el afecto condensado en un abrazo, cambiarían tantas cosas.

-De que me hablás Néstor? le pregunté intentando descifrar a mi hermano, mientras me ataba los cordones.

- De la gente. No te das cuenta que la gente no se entiende; que una palabra dice mucho mas de lo que aparenta. Un abrazo demasiado fuerte o demasiado flojo también te dice algo. Y que me decís de una mirada?. En esas cosas insignificantes se esconde el amor, creo.-Me dijo mientras su tono se volvía llamativamente poético.

Fue ahí donde terminé (ó mejor dicho empecé) a entender que  mi hermano había pasado todos esos años intentando complacer a los que le demostraban amor. Lo enternecía tanto la expectativa que había en sus abuelos, en sus tíos, en mis viejos, en los vecinos;  que Néstor se fue viendo en la obligación de recompensar esos gestos. Claro; el tema es que después la historia se fue haciendo más grande y su obsesión por devolver las muestras de afecto tocaron un techo cuando el barrio entero, la ciudad lo cuidaba como el hijo pródigo. Eso lo llevó al borde de la locura y desencadenó lo que vendría.

Después de un tiempo yo me independicé y ya me alejé un poco del mito viviente en el que se había convertido mi hermano.

Para cuando pasó lo del partido; yo ya no vivía con él. Me había casado y el trabajo de viajante me había llevado a radicarme en Clemente Onelli. Lo veía muy de vez en cuando, pero siempre tenía conmigo una afinidad y una complicidad única.

Por eso cuando cumplió los 15 y su debut en la primera de San Pablo era inminente, pasó lo que nadie (salvo yo) imaginaba. 

Fue el Domingo 22 de octubre, partidazo de partidazos. San Pablo- San Martín, final de campeonato, partido de vuelta. Esas eran las coordenadas. El dato: debut de Néstor Figueroa en San Pablo. "El chico que deslumbró a todos desde la cuna" decía en rojo el título del diario La mañana de Cipolletti de ese día. 

Según me comentó el pucho Piñeiro, que lo vivió de cerca... la historia fue más o menos así:

El plantel estaba citado para las 10 de la mañana (el partido era a las 12.) Pero sorpresivamente para todos cuando todo el equipo estuvo reunido, sólo faltaba Néstor.

El primer pedido del técnico José Parra fue mandarlo a buscar a la casa, creyendo que se había quedado dormido, pero para sorpresa de todos la casa de la calle Piedrabuena estaba cerrada y ni rastros de los viejos.-

Todos pensaron que Nestitor se habría ido al club, directamente, aunque era raro porque el nene era muy respetuoso de las normas y sabía que el juntarse y viajar todos juntos era algo muy importante para la mística.-

Sin embargo, cuando el colectivo llegó al club, y los jugadores se metieron en el vestuario, se dieron cuenta de que algo raro pasaba.

- "Acá hay algo mal que no está bien", dijo el técnico con esa claridad que lo caracterizaba. Dónde está Figueroa?

Como ya se había venido la hora encima los jugadores empezaron a cambiarse y la cancha lentamente fue tomando color y clima de clásico.

La noticia no tardó mucho en llegar a la tribuna y de ahí se propagó como el fuego.

No faltaron los que aseguraban haberlo visto en la misa de la mañana, los que decían que había entrado en pánico ó los que pensaban que le quedaba grande la primera. Hasta hubo quienes improvisaron carteles que colgaron del alambrado, cargando a San Pablo por la renuncia de sus jugadores y anticipando una caída segura esa tarde.

Mientras tanto puertas adentro, los vestuarios de locales y visitantes estaba enfrentados, así que para cuando llegó la hora de saltar a la cancha, el vestuario del local desbordaba de arengas y gritos de aliento, mientras que en el de San Pablo el desconcierto y la amargura se respiraban más que el aceite verde.

Cuando el silbato del árbitro sonó llamando a los equipos y los capitanes asomaban de los vestuarios, ocurrió lo impensado.

El tano Benvenuto, que era el carpintero del barrio, llegó corriendo de la calle,  tiró la bicicleta en la puerta y corrió hasta donde estaba el técnico de San Pablo para entregarle un sobre. Era una carta arrugada que Parra abrió desesperadamente mientras escuchaba al Tano que le decía: vengo de la casa de Nestitor, me dijeron los viejos que desde el jueves que no está, que se fue de viaje al Uruguay.-

-¿Que? dijo Parra sin entender nada.

El árbitro volvió a llamar a los equipos, que no tuvieron mas remedio que entrar a la cancha y disponerse a jugar el clásico, ante la explosión de las tribunas.

Sin poder dar crédito de la situación; Parra quedó sentado en el vestuario, con la carta en las manos y en sordina, de fondo, los estruendos del partido que se iniciaba. ...."se que cuando esta carta llegue a ustedes me van a odiar y van a desear tenerme cerca para matarme a trompadas, pero la verdad...no me importa…”. Comenzó a leer el técnico. “…hace años que busco respuestas que no he podido encontrar en el mundo del fútbol. Por eso he decidido venir a Montevideo en busca de sosiego. Me dijeron que acá vivieron y viven los que inventaron el amor. Ya sé, quizás no haya elegido el mejor momento, pero me pareció que era justo para decidir mi vida. No quería llegar a primera sin conocer las raíces del amor...algún día me van a entender". Parra no podía dar crédito a lo que sus ojos iban  leyendo, y poco le importó que en la cancha el partido se jugara a todo o nada. "Ayer...(siguió leyendo el técnico)... mientras caminaba por una especie de feria persa, me quedé atraído por un libro que tenía aspecto de haber pasado por varias manos, se llamaba algo así como "las Venas abiertas.... de no me acuerdo qué "...empecé a hojearlo aprovechando que la dueña del puesto atendía en la otra punta cuando sentí de pronto que alguien me pasaba la mano por el pelo y me decía cariñosamente: "El amor es el de la gente de abajo, los nadies, compañero", búsquelo ahí. No alcancé a verlo de cerca porque la cantidad de gente me tapaba la visión, pero distinguí una cabeza semi-calva y con canas que se perdía en la multitud.

Desorientado caminé mas tarde por los callejones de la vieja ciudad durante varias horas. Cuando al cabo de un rato sentí que me perseguían, intenté desorientar  al desconocido pero no pude, así caminamos demasiado, hasta que en la esquina del Correo Nacional me detuve en seco y esperé a mi agresor. No bien lo ví doblar la esquina, quise agredirlo pero no pude, era un caballero de sombrero y lentes grandes, que ahora caminaba muy despacito, se me acercó y apoyándose en mi hombro me dijo: "El amor es tristeza en estado puro mi amigo", mientras ponía entre mis manos un libro viejo de hojas amarillas, al que le faltaba la tapa y tuve que pasar varias hojas hasta dar con el título: "El Astillero".-

Apenas unos segundos tardé en reaccionar pero cuando me dí vuelta la figura de aquel hombre había desaparecido.

Finalmente y mas desorientado aún llegué al departamento de un tal Benedetti, del que me habían dado grandes referencias y un único dato posible.

Toqué el timbre sin muchas esperanzas de que me abriera, pero cuando quise darme cuenta ya estaba adentro. El cuarto sombrío, la humildad desbordante, la penumbra y el silencio eran indicios de una pérdida reciente.

Lo saludé con admiración al octogenario hombre, bajito y con una expresión en el rostro de una bondad absoluta,  pero con la mirada perdida.

El tal Benedetti sólo atinó a decirme:

“Mi táctica es hablarte y escucharte…

construir con palabras un puente indestructible”… 

Desesperado ante la falta de conexión que este señor tenía con la realidad me apuré a hablarle "¿quiero preguntarle acerca del amor, señor?" a lo que el hombre respondió casi sin intervalos:

“Con esta soledad alevosa, tranquila
con esta soledad de sagradas goteras, de lejanos aullidos
de monstruoso silencio, de recuerdos al firme
de luna congelada, de noche para otros
de ojos bien abiertos.         
Con esta soledad
inservible, vacía,

se puede algunas veces
entender el amor.”

Dicho esto se encerró en su habitación y ya no volvió a abrirme por más que yo insistiera en querer conversar con él aunque sea unos minutos más. Sólo salió cerca de las nueve de la noche, para abrirme la puerta de calle. 

Ya sin esperanzas, le dije gracias por todo y me miró con sus ojos tristes al tiempo que  balbuceó algo más o menos así:

Pero si pese a todo
no puedes evitarlo
y te quedas inmóvil al borde del camino
y te salvas
 entonces no te quedes conmigo.- Ésa es parte de la historia, amigos.

Aunque no he logrado del todo lo que busco, sé que estoy en el buen camino.

Por eso queridos y recordados compañeros… por ahora no voy a volver; no me esperen. Un abrazo enorme. Néstor”.

Así es que mi hermano se perdió en una búsqueda desenfrenada. Saltó de Montevideo a Buenos Aires donde se esforzó en los rastros de Storni, Pizarnik y Haroldo Conti. Preguntó en Adrogué por un tal Borges y lo confundieron hablándole de laberintos y  espejos. Impulsado por no se que círculo de  escritores llegó a la Isla Negra, en Chile, en busca de una casa que halló vacía, azotada por el frío viento del Pacífico pero donde un enorme cartel rezaba "puedo escribir los versos mas  tristes esta noche...

yo la quise y a veces ella me quiso".

Decidido a no abandonar nunca más su insólita empresa, Néstor recorrió toda América en busca de cierta verdad que nunca sabremos si encontró. Lentamente se fue olvidando del fútbol, de su barrio, de su gente y de todo su entorno.

Entre otras cosas, nunca supo que  aquella tarde, San Pablo perdió 2 a 0. Perdió el campeonato y dos temporadas mas tarde se fue al descenso. El club cerró y en menos de un año las instalaciones fueron demolidas para construir una ferretería.

Al poco tiempo se prohibió en las escuelas jugar al fútbol en los recreos

Desde entonces San Pablo se escondió en el tiempo como un caracol y nunca más se habló de Nestitor.-

No te enojes, mamá



- Creéme mamá! no te estoy mintiendo, por Dios te lo pido!.

Fue Marianito el de la idea, no fui yo. Por favor dejáme que te explique.- Dejá el cuaderno de comunicaciones  y dejáme que te explique lo de la nota que mandaron.

Si ya sé lo que me vas a decir y tenés razón. Si ya se. No te pongas así. Ya se que soy su mejor amigo y eso me hace sospechoso y responsable, pero esperá que te cuento.

Si vos sabés que yo no soy de portarme mal. Escuchá, escuchá como pasaron las cosas.

Resulta que cuando sonó el timbre para el recreo, el primero en salir corriendo fue Marianito. Él ya lo tenía todo armado.-

Como siempre salimos corriendo al patio a jugar a la mancha ó a la escondida. Vos sabés que nos habían prohibido jugar a la pelota hace como un mes  desde que el bestia de Santiago reventó el vidrio de la  Dirección con ese pelotazo. Si me acuerdo que te enojaste mucho porque de la escuela te llamaron  y te dijeron que  yo estaba en el medio de ese lío, pero que querés? lo tuvimos que cubrir entre todos. Como lo íbamos a dejar sólo? ésas no son cosas de amigos.

Pero ahora es distinto, creéme!. Éste fue un invento de Marianito. 

E·scuchá: -Cuando llegamos al patio todos empezamos a correr de un lado para otro decidiendo a que jugábamos, hasta que de pronto lo vimos a Mariano que se  escondía atrás del árbol para espiar a los chicos de cuarto que jugaban contra tercero. Ahí empezamos a ponernos nerviosos, raros, porque sabíamos que estaba armando algo.

Algunos como Mati ó Felipe se fueron enseguida, pero nosotros nos quedamos, que se yo quizás de curiosidad ó para ver nada más...pero qué nos íbamos a imaginar nosotros lo que iba a hacer?.

Siempre fue un loco, siempre  es el que tiene las ideas mas descocadas,  ¿no te acordás la vez aquella  que escondió una radio adentro de la cartera de la seño ¿y cuando le ató los cordones a Camila sin que se diera cuenta y la seño la hizo pasar al frente?. Pobre Camila, se pegó un golpazo tremendo, pero eso fue nada al lado de la vergüenza que le dió. Todo eso vaya y pase, pero hacerle eso a los pibes ayer, fue muy lejos... 

Yo espero que me creas. No  importa si después me sacás el permiso para ir al club por un mes, no importa si me tengo que comer la siesta de acá hasta la eternidad, ó lo que es peor no me importa si querés tirarme las fotos y los recortes de Bergessio te lo juro, no me importa, pero  quiero que entiendas que tu hijo no te mintió.-

Escuchá, escuchá lo que te cuento.

Marianito se quedó unos cinco minutos atrás del árbol, pero no miraba el partido, estudiaba el partido. Seguía cada pase, cada movimiento, por momentos se quedaba siguiendo la pelota cuando se iba afuera.

Ni siquiera dijo nada cuando ahí cerquita de dónde estaba escondido, el Colo le metió una patada re fuerte a Seba y lo revolcó  por medio patio.

Ni siquiera salió de su escondite cuando Martín entró con pelota dominada al ladito del arco y  estuvo a punto de hacer el gol, Mariano ni siquiera se animó a hacer un gesto. Se quedó quietito atrás del árbol como calculando el momento justo...vaya uno a saber para que. Entonces fue ahí cuando nosotros nos pusimos uno al lado del otro, desde la otra punta del patio, donde están los juegos y nos concentramos para ver lo que pasaba.

Vas a ver ahora cuando te cuente, como me vas a perdonar, esperá, sentaté acá y escuchá.

Resulta que cuando quedaban pocos minutos para que tocara el timbre para entrar, la pelota se le escapó a Gerónimo y fue a parar al árbol donde estaba Marianito. Por esas cosas, la pelota llegó mansita justito al lado del árbol.  Como ahí está lleno de yuyos y de arbustos, Mariano agarró la pelota y se la puso abajo de la remera como si fuera una mamá embarazada y se tiró de cabeza adentro del canal, que aunque está vacío es peligroso. Por ahí se fue gateando en cuatro patas, cruzó todo el parque del colegio, mientras los de cuarto y los de tercero buscaban la pelota desesperadamente.

Ahí lo perdimos de vista, te lo juro!. No lo vimos más. Al principio nos preocupamos porque la parte de atrás de la escuela no la limpian nunca, es peligroso y hay desde ratas hasta serpientes, por eso la seño no nos deja acercárnos por ahí.

Pero la verdad es que nos causó tanta gracia como los veinte chicos buscaban la pelota y se echaban culpas, que ni nos dimos cuenta de que sonó el timbre.

Si no hubiera sido por Agustina que nos gritó - Chicos adentro!. capaz que todavía estábamos ahí. Cuando llegamos al grado y vimos que Marianito no entraba nos pusimos mal. Pasó un rato largo hasta que la seño se dió cuenta de que había un lugar vacío y nos largó la pregunta que nadie quería escuchar.

-¿Dónde está Mariano?

Nosotros nos hicimos los tontos y dijimos algo así como-  debe estar tomando agua, seño!

-No, no ,no!!  tienen todo el recreo para tomar agua. Acá pasa algo y mejor que ustedes no tengan nada que ver porque sino armo una reunión con todos sus papás.

Ya mismo voy a Dirección y ustedes se quedan copiando ésto en el pizarrón.

Te juro mami que en ese ratito no voló una mosca mientras tratábamos de escribir las cuentas que había dejado.

La seño se fue y volvió mucho después con la directora Gladys.

Ahí; justo ahí fue cuando de verdad yo empecé a preocuparme. No por lo que podía pasarme, porque como te digo no tenía nada que ver. Pero me asusté por Marianito.

Yo sabía que él a los de cuarto no los quería porque nunca nos dejaban jugar con ellos a la pelota, pero hacerles ésto me parecía como mucho. Gladys nos amenzó a todos con no dejarnos salir al recreo en todo el año y ahí vino lo de pedirnos el cuaderno para ponernos una nota y nos preguntó como diez veces si sabíamos donde estaba Mariano.

Santiago fue el único que le dijo lo que habíamos visto y por eso salió lo de que éramos cómplices. Ahí se le ocurrió esa idea a la seño, pero te juro que no tuvimos nada que ver. Cuando llegó la hora de irnos y me subí al transporte que siempre nos espera estacionado en  la parte de atrás, lloré...si mami lloré porque creí que a Marianito se le había ido la mano, que si hubiera querido una pelota yo le hubiera regalado la mía. Pero me asusté por lo que le podía haber pasado.

Y te juro que lloré tanto, me senté en el último asiento y me tapé la cara con la mochila para que los demás no se dieran cuenta de que estaba llorando, porque no está bien que un hombrecito llore, lo tengo claro pero no podía para las lágrimas. Y sabés una cosa? Sólo me calmé cuando a las dos cuadras levanté la cara y así desconsolado como estaba, miré  por la ventanilla y alcancé a ver los rulos inconfundibles de Marianito en la vereda de la casa de Lucas, te acordás de Lucas? el compañerito nuestro que tuvo que dejar la escuela porque se enfermó, te acordás que los doctores le dijeron que no podía agitarse, ni jugar a la pelota, ni siquiera podía hacer gimnasia, te acordás mami? Era el nene que estuvo muchos días internado y estuvo re grave.

Bueno, ahí lo vi a Mariano, estaba hablando en la vereda con la mamá  y  antes de que el transporte doblara en la esquina alcancé también a ver como Marianito sacaba la pelota escondida en la remera y se la entregaba a la mamá, como un regalo.

Te juro mami recién ahí me calmé un poco y me sequé las lágrimas.

Así que no importa que te enojes conmigo, yo sé que estuvo mal. Pero quería que sepas la verdad.

No llores mami, no llores. 

Me voy a la cama.

Semblanza de un Nadie

Aparecí por el mundo en Enero,  cuando declinaba la década del 70. Ya habían dejado de ser novedad Los Beatles y los Hippies y hacíamos equilibrio en un país amedrentado, mutilado, mostrando lo peor de lo peor.

Era la antesala del mundial de Fútbol que venía a ocultar el avasallamiento atroz contra miles y miles de otros como nosotros. 

Reniego de la época en la que nací, porque olía mas a muerte que a vida. La vida valía bastante poco en aquellos años, en los que se desplegaba la intolerancia macabra.

Crecí en una sociedad difícil de definir. A la distancia con un pasado ominoso. Patética en lo que se empeñaba en mostrar, pero dulce en sus expresiones mas genuinas hacia el interior del país.

Como para ubicarnos nomás, aparecía por primera vez en escena el  Falcon, al tiempo que moría ese Enero Torre Nilson, se acuerdan? aquel que llevara al cine maravillas como El santo de la Espada , Martin Fierro, la Guerra del Cerdo y Boquitas Pintadas.

También se le daba por irse al Papa Juan Pablo primero, de algún modo revolucionario en la recreación del catolicismo. Justo cuando del Vaticano nos visitaba un enviado para calmar las congeladas aguas de la pelea que teníamos con Chile por el Canal de Beagle, al sur...bien al sur. A punto estuvimos de agarrar las armas, ésas armas que algunos dejaron a mano para levantarlas torpemente cuatro años mas tarde y empujar a la muerte a cuantos de nuestros chicos.

Nací y me crié en el interior, en Cipolletti. Un pueblo modesto del norte de Río Negro, provincia con no muchas figuras de trascendencia, salvo por el inmenso Rodolfo Walsh, pero con pocas figuras para anotar. Muy poco.   

Mi familia fue siempre una familia de barrio, como la gran mayoría en aquellos años. Digo, como referencia, que no abundaban para entonces los countries y los barrios cerrados. Eso, más bien fue un producto de los noventa, con el famoso estigma de la inseguridad y las ganas de separarnos de todos aquellos que no se nos parecían.

En Aquellos años 70 las diferencias se hacían visibles porque andábamos más mezclados Y el espacio público era un espacio de luchas y de imaginarios.

Entonces San Pablo, mi barrio, era a grandes rasgos propiedad de muchos: calles de tierra, casas bajas, pocas tejas y muchas chapas; Barrio de siestas comprometidas y resistidas. Vecinas que barrían la vereda con ruleros y espantaban a los imprudentes e improvisados partidos callejeros.

Mi casa  tenía una ubicación privilegiada a mitad de camino entre lo rural y lo urbano.

Caminando tres cuadras se llegaba al centro de la ciudad y haciendo dos para el lado contrario se pisaba suelo chacarero.

Ahí nos esperaban los canales en el verano, cuando abrían las compuertas del riego, para recorrerlos de punta a punta - en malón- y alejarnos de la tan odiosa siesta.

A pesar de la precariedad de nuestras economías, teníamos una especie de playa privada en la parte del canal que daba a la ruta. Habíamos  desmontado un pasaje del acceso al canal, para dar mayor claridad a las zambullidas y desde allí  seguíamos de cerca el barrio que descansaba en silencio, chamuscado por el calor de las cuatro de la tarde.

Espacios como los del canal, se defendían con poca diplomacia y mucha barbarie.

Me muerdo los labios, o la mano por no dejar testimonio de la corazonada que me asiste. Sin ánimo de convertirme en un detractor de la tecnología, dudo que sobrevivan al interior de algunos barrios, juegos que para nosotros fueron una parte central de nuestra infancia y de nuestras vidas. La payana, la rayuela, la mancha, la escondida, el quemado, el 25, las figuritas, la bolitas, el barrilete, el trompo. Que me dicen? Una apuesta fuerte ó no? Tengo mis dudas señores. Digan que no tengo tiempo como para recorrer algún boliche y preguntar si quedan algunos de estos vetustos artefactos.

Será  carne de otra comida. Aunque con un hermano que no alcancé a conocer porque se fue antes de lo previsto, mi destino se abrojó a mis dos hermanos y a mis viejos-

Una infancia que pasó sin grandes sobresaltos, para la desilusión de los que tenían alguna expectativa, no hubo acciones épicas ni hechos memorables que merezcan algún párrafo en esta semblanza.

Por eso se escribe de corrido y los recuerdos se organizan uno detrás de otro como en una procesión.

Fue por el 86 cuando no había llegado todavía a los 9 años que ciertos vientos adversos en la salud de mi abuela nos llevaron,  con una breve escala en la ventosa Comodoro Rivadavia, a la fría Río Gallegos, imagen fiel de una Patagonia Rebelde.

Allá nos esperaban una casa limpia, una escuela extraña, una abuela excéntrica y un tío guitarrero. Todos juntos éramos dignos de otros Cien Años de Soledad. Allá nos quedamos descongelando el hielo uno ó dos años, el tiempo que duró recuperar a mi abuela y la paciencia de mi viejo.

Cuando la cosa no dio para más nos volvimos, armamos los bolsos entre lágrimas y abrazos metimos en los bolsillos el viento helado, la ría, la pelota de independiente, el amor a la guitarra y al folclore y las postales de los viejos conocidos.

También nosotros dejamos cosas, claro. Dejamos algo que nos  uniría para siempre y que mucho después volveríamos a buscar.

De vuelta de ese viaje- que se repetiría durante varios veranos en la adolescencia- me regocijaba la aparición repentina del valle en la entrada a la zona de chacras. Esa puesta en escena única en el verano con los árboles florecidos estallando el verde sin anuncios.

Creo que si hago el esfuerzo de cerrar los ojos y concentrarme puedo volver a sentir, el olor dulce de los álamos y los manzanos que desbordan las chacras.

En el barrio, como siempre, me esperaban mis amigos sentados en el cordón de la vereda, con las rodillas descascaradas, la cara sucia y la pelota recién engrasada para  retomar el juego y la vida donde la habíamos dejado.

Como para seguir dando crédito a la idea de que la patria es el barrio, es el afecto de los nuestros, es la comunión en las cosas compartidas, es la liturgia de las cosas simples, el mantel, la mano, la pava como soñaba Lima Quintana.

Mi viejo trabajaba por entonces en una empresa de colectivos que cruzaba de Río Negro a Neuquén sobre el ríoLimay.

A veces, mi papá que nunca había abandonado del todo su estado de niñez, se aparecía en la cuadra con un colectivo que literalmente ocupaba ambos lados de la calle. Nos subíamos todos y nos  llevaba a jugar un partido a cualquier punto del pueblo.

A propósito de jugar, nobleza obliga, me acerco a mirar por la ventana, aunque sea un cachito,  a la vieja, nuestra, querida canchita. A dos cuadras de mi casa, alguien o algunos anteriores a nosotros la había levantado en un terreno descampado justo en una esquina. Si pudiera calcular con precisión, seguro que pasé mas de la mitad de las horas de mi infancia en ese pedazo de tierra corriendo.

Intersección de San Martín e Independencia, jugaba de la mañana a la noche. Era el paso obligado para ir a la escuela. Era el atajo perfecto para  ir al otro lado del barrio. Pero además se quedaron ahí dormidos para siempre los viejos sueños futboleros. Como en algún cuento de Sacheri volveremos algún día a levantar el piso de una casa, para guardarnos un pedazo de esa tierra que fue nuestra.  

Algunos años mas tarde, una de las tantas infinitas circunstancias de la vida me encontró  una mañana brillante saltando abrazado a mi hermano y a una vecina festejando un gol a Brasil en el  primer mundial del que tengo un recuerdo seguro. Un mundial que nos dejó la sonrisa pícara de Caniggia,  la primera sorpresa de los africanos, la única canción que se recuerda de una copa del Mundo  y el robo de Codesal.

Como se imaginarán, una intensa niñez recoge innumerable actos minúsculos que  se convierten en recuerdos, pero traerlos a todos a esta tertulia, sería una exageración.-

Sólo me permitiré una mención más, ya en terreno fangoso. Como indicador de ese paso con límites  siempre borrosos, de niño a adulto, las lecturas en solitario del Relato de un Náufrago y Escuela de Robinsones, fueron la bienvenida fascinante a un mundo que se abría.

Al margen de toda especulación política espeluznante, debo a Verne y García Márquez, éstos dispares  escritores, un sentido agradecimiento porque como fuera que pasó, me invitaron al amor inmenso a la literatura y a la vida.

La adolescencia y las inquietudes de este nadie hicieron que la infancia se empezara a despedir quizás antes de lo debido, Sin embargo cuando llegaron nuevos aires  y tuve que enfrentar otras olas me di cuenta de que ya no podría cambiar. La infancia me había perfumado con su olor para siempre. Ya estaba a esa altura  tan impregnado de sensaciones, de vivencias, de esa forma de entender la vida, que no pude cambiar.

Se los digo ahora que las responsabilidades viajan conmigo, mientras me subo las medias caídas y  corro a más no poder con los brazos abiertos y llorando  a abrazarme con mi pasado.

Piedra libre para todos mis compañeros.-

Sueño maldito



Uno nunca juega como cuando sueña, no caben dudas. En el limbo onírico salen todas. Las paredes vuelven redondas, los caños pasan más limpios, los rivales son fornidos y rústicos y siempre son lentos. Eso se demuestra en el hecho de que jamás llegan a tiempo a los cruces.

Ah!;  pero por sobre todas las cosas los goles…sobre todo los goles son siempre especiales.

Eternas corridas driblando rivales, quebrando cinturas, saltando milimétricamente piernas y cuerpos para puntear la pelota al palo mas lejano de un arquero pálido, estático, sin respuestas…..los sueños nos devuelven la imagen perfecta.

Esa mañana la lista en palabras del Técnico Gabino sonó como un empujón del destino. “Gonzalo Rojas” titular, con el número 11,  así casi cayéndose de la lista estaba convocado para jugar  aquel partido decisivo que -a dos fechas del final- podía darle el campeonato.-. No era una posibilidad menor para cualquier jugador que se preciara de querer saltar de aquellos puebluchos de mala muerte.

Al fin después de tanto tiempo llegaba la noticia que había esperado.

Atrás quedaban los años frustrados en Colonia Valentina; las repetidas lesiones en esa rodilla indomable, las madrugadas oscuras cruzando el barrio Mercantiles para llegar a la parada del colectivo, para seguir durmiendo un poquito mas en las dos horas que duraba el viaje hasta la ciudad deportiva donde entrenaba San Pablo.

Atrás también quedaban las noches de té con las Desayuno que le preparaba la vieja a falta de cena y la compañía siempre del viejo en alguna changa que salvara el pan del día.

La miseria conciente en la humilde casa de barrio que lo había visto crecer, las calles de tierra y barro en invierno, la salud quebrantada de los hermanitos, las bicicletas entrando y saliendo, el olor a pan casero y la imagen de la canchita del barrio, con arcos de madera se le apilaban ahora como  postales superpuestas, que lentamente forjaron el sueño de la primera.

Se le abalanzaba la mirada vencida de la madre golpeada por la vida y la paciencia del padre expresada en el gesto severo, pero amigable.

Su nombre en la lista era mucho más que eso, un nombre. Lo que para el utilero que a un costado del viejo vestuario doblaba las camisetas recién lavadas, sonaban como palabras huecas, en Gonzalo tenían un significado demasiado especial.

Tantas veces había repasado esta escena en su cabeza, la esperanza del viernes a la tarde en la práctica, cuando el técnico alzaba la carpeta para dar el equipo, para llenarlo de esperanza por unos minutos, para que los ojos se iluminaran sentado desde el pasto, para finalmente no escuchar su apellido entre los once. El hartazgo de sentir siempre la misma bronca, de volver a casa a desandar un fin de semana cruzado, de perros, al desgano de levantarse el domingo sabiendo que no iba a jugar ni diez minutos. Porque lo conocía a Gabino, el técnico, pero más conocía al colorado Papuso, un lungo número 9 que había sacado tres veces consecutivas campeón a San Pablo a fuerza de goles. Papuso no era un jugador vistoso, pero tenía la pequeña virtud de sacudir las  redes en cancha donde jugaba.  Bastaba ponerle la pelota delante de los pies para que cualquier jugada terminara en gol-

Con un delantero así, su debut estaba condenado.

Para colmo el bicho Rodríguez,  el puntero izquierdo (su otra posición natural) era tan rápido como él, habilidoso y cumplidor. Poco espacio le bastaba para cambiar de ritmo y desactivar cualquier intento de los defensores, el desborde era su especialidad.

Mas de una vez visitó a Gonzalo la idea de algún daño, alguna maldad para hacer desbarrancar la regularidad de los dos delanteros. Un llamado anunciando una desgracia lejana, un falso aviso de suspensión del partido ó algo así.

Pero la bondad y la humildad de Gonzalo eran materia prima que no se enajenaba. No se sentía capaz de tamaña canallada.  

Esa noche, mezclados los nervios y la llamada a destiempo de Victoria, cayó en un insomnio inoportuno. Daba vueltas en la cama sin poder lograr que las pupilas se relajaran, el olor a humedad de una pieza sucia y vieja, desvencijada, derruida, casi sin muebles salvo por la mesita de luz que le regaló la viejita cuando llegó al club, con tantos sueños a cuestas. Así de rápido pasa la vida cuando llega el día.

Ahora Gonzalo ya no puede frenar esa mente que se empeña en traerle todos los recuerdos juntos,  sin lograr que los músculos se  adormezcan, que la cabeza despeje una a una las imágenes de  un pasado añejo.

El deseo nervioso buscando el sueño; la  sensación de anestesia en el cuerpo, la escapada de la conciencia  a cambio del olor a aceite verde que se filtra por la nariz.

La cabeza entre los brazos en la camilla, boca abajo, repasando ese primer tiempo duro, ríspido, cortado, que no rompía el esquema de cómo se juegan las finales en este país.

Cuerpo a cuerpo, pelota a pelota, era un partido cerrado, nadie se animaba a arriesgar demasiado porque un error a esa altura se pagaba demasiado caro. Y no digo sólo dentro de la cancha, se pagaba caro también afuera, porque si existía una remota posibilidad de salir del club, de ser visto por otro más grande, se esfumaba en un equipo derrotado, en una final perdida

Todos los sabían… los de San Pablo pero también los de Villa Farrel.

por eso el primer tiempo se fue rápido, demasiado estudiado, con poco fútbol. En un escenario tan especulador, no había lugar para que luciera un 11 clásico, pegado a la raya, zurdo crónico, incorregible. No, no había lugar para un muchacho que apenas había jugado tres partidos en primera, en instancias  irrelevantes. Quiero decir nadie esperaba nada de él, menos una jugada épica, que salvara el equipo con un cabezazo certero, ó un zapatazo de 20 metros.

Sin embargo para él, la tarde se guardaba algo, como una premonición, como un adelanto del destino.

Ya con el segundo tiempo encima  y el partido en un pozo;  el desgano crecía conforme la tarde se esfumaba.

Los defensores la tiraban espantados y los delanteros perdían de arriba cada pelota con los gigantes centrales de Villa Farrel.

El correr de lo minutos hacía estragos en propios y ajenos que no se contentaban con un final cerrado.

Pero entonces, de repente la aparición del destino con forma de jugador, como para seguir dándole sentido a ese juego tan extraño como es el fútbol.

La pelota corre cortando la última línea de jugadores, de derecha a izquierda para el pique ciego de un Gonzalo que se encuentra de frente con la vida…. porque en esos momentos, y  a esa altura del partido… ésa es la vida….  No hay otra.

El cambio de velocidad, el pique para llegar medio segundo antes que el defensor que vuela  a cortar todo lo que pase cerca. La pelota larga con el último defensor caído y el tiempo justo como para mirar atrás, como una postal, como una imagen congelada, la cara de propios y ajenos que se saben ya fuera de alcance, que corren pero como en cámara lenta. De fondo, muy de fondo el ruido casi sordo de una tribuna que se agolpa sobre el alambrado esperando un desenlace incierto….

La cabeza busca ahora el horizonte con un arquero que intenta achicar, saliendo lejos del arco a buscar a Gonzalo que en el momento justo, ni antes ni después…. entierra el botín debajo de una pelota que se suelta y se libera a viajar por el cielo oscuro, gris, cargado, para detener los corazones de los miles de hinchas, para pasar casi risueña sobre la cabeza de Gastaldi que ni siquiera atina a saltar porque ha quedado vencido, a mitad de camino, mientras la redonda cae despacio, tranquila, con ganas de picar sólo una vez antes de morir en la costura de una red gastada.

Gonzalo que no deja de correr, siguiendo el camino acertado de aquella pelota, dándole gracias  por dentro, rezando en un segundo, los ojos abiertos, el corazón vivo, gooool las piernas con la fuerza justa como para trepar el alambrado……. gooooooool;  .-

La transpiración le ciega los ojos, en lo más alto,  cara a cara con el hincha que trepa como él para gritarse mano a mano el gol….GOOOOL, los ojos desencajados GOOOOOOOL, el calor lo agobia, el sol lo obliga a cerrar los ojos….el griterío…..las manos de los compañeros tratando de agarrarlo de los pies para abrazarlo.

Los ojos cerrados, y el silencio de la gloria, el olor a humedad, el puño cerrado en lo mas alto baja de pronto y golpea  sin querer el velador en la mesita de luz que le regaló la vieja. Al fondo como en sordina la voz de  su hermano Mariano:- Gon!!! Gon!!!!!!Gon!!!!!!

El cuerpo de Gonzalo confundido, aturdido, sin entendimiento se revuelca en la cama.

-Gonzalo! despertáte, te quedaste dormido, nene. Son las siete, que te pasó?

Gonzalo transpirado y  vencido se acomoda en la cama, mira el reloj tratando de volver a la realidad pero apenas lo logra y sólo atina a decir….

-         dejáme dormir- me siento mal.-          

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