PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Volver

Ayala, Ernesto (András Vajda)

Atardece en una playa en invierno



Atardece en una playa en invierno

Por András Vajda

Atardece en una playa en invierno. El sol toma la pálida forma de cierta luz que llega desde el horizonte, a través de nubes que se aclaran desde muy atrás, en forma irregular, gris, sin nunca iluminar de lleno al trío que camina por la playa. No hay casi viento y está húmedo y la marea ha dejado restos de cochayuyos, pedazos de madera y algunas botellas de plástico gastadas a lo largo de la orilla. El mar está inusualmente en calma, lo que dota a la playa de un extraño silencio, solo interrumpido por las voces del trío. El hombre, el niño y la niña se detienen después de caminar unos doscientos o trescientos metros por la orilla de la playa. Todos llevan chaquetas y las cabezas cubiertas con gorros hasta las orejas. Cada niño tiene su balde y comienza a hacer conos de arena sobre la arena húmeda. Para que el cono se desmonte del balde a veces un niño se sube sobre el balde y salta con entusiasmo, lo que visto de lejos resulta una imagen cómica por la desproporción entre el tamaño del niño y el tamaño del balde. El hombre está sentado sobre la arena y mira. Luego se recuesta. Luego se levanta, se sacude un poco la arena y camina algunos pasos hacia el orilla y llama por el teléfono.

–Hola.



–¿Es qué estas?

….

–¿Dormiste algo?



–En la playa, con los niños. Salimos a caminar un rato.



–Exquisito. Veo unos barcos pesqueros, la isla, el sol que se está poniendo sin mucho escándalo. A veces alcanza a aclarar unas nubes al fondo y después se pierde.



–No hay colores naranjos todavía, pero capaz que los hayan más rato.



–Cebiche de vieja, que hice yo.



–Es un pescado de roca. Un poco duro, pero rico. ¿Tú? ¿Qué tal? ¿Qué hiciste anoche?



–Noche de brujas. Qué susto.



–¿Salí entero de ahí?



–Ah, no hablaron de mí.



–Qué decepción.



­

–Yo todavía no me repongo de nuestra conversación del viernes.



–Tengo miles de preguntas que hacerte.



–No, no ahora. Pero todavía no me repongo de la impresión.



–Me quedé un poco preocupado.



–No es la idea, pero no puedo evitarlo.



–Tengo ganas de verte. ¿Cómo va a esta semana?



–¿Sí? ¿Y es tan urgente?



–La mía es un horror, pero encontraré un espacio por ahí.

El niño se acerca corriendo al hombre.

–Papá, papá, la Emilia me quiere pegar con el balde.

Emilia llega corriendo detrás, con el balde en alto.

–Te tengo que cortar. Tengo a los monstruos peleando.



–Un beso.

El niño sale corriendo. El hombre corre detrás de su hija y toma el balde.

–¿Se puede saber qué pasa?

–Él me comenzó a romper mis moldes.

–Rompí uno sin querer.

–Fueron dos.

–El otro se cayó sólo.

–No se cayó solo.

–Se cayó sólo. Yo no lo toqué.

–No se cayó solo. Le pusiste una dedo encima.

–Un dedo no hace nada.

–¿Ah, no? ¿Ah, no? ¿Y cómo se rompió entonces?

–Estamos en la playa –dice el hombres–, pasándolo bien. ¿No podemos estar sin pelear?

–El rompió mis moldes.

Joaquín grita:

–Fue sin querer.

–Fue a propósito.

–¿A ver cuántos moldes llevan?

El hombre camina hasta donde los conos incompletos.

–¡Pero que hartos! Hay muchos.

–Estos son los míos –dice Emilia.

–Estos son los míos. Llevo diecinueve.

–¿Y tú, mi vida?

–No lo sé.

–Contémoslos.

El hombre y su hija cuenta los conos truncados que ella le muestra.

–Dieciocho. Son muchos. ¿Los hiciste tu sola?

–Sí.

–Yo también los hice solo.

–¿También? –dice el hombre con exageración–. ¡No puedo creerlo!

Joaquín sonríe.

–Me estás haciendo un broma, ¿no?

–¿Yo?

El hombre le revuelve el pelo a su hijo.

–¿Vieron de qué color se están poniendo las nubes?

–Naranjas –dice Emilia.

–¿Naranjas o rosadas?

–Medio naranjo, medio rosado –dice Joaquín.

–Para mí son naranjas, blancas y grises –dice Emilia.

–Va empezar a oscurecer. Vamos a tener que volver a la casa.

–No, todavía no –grita Joaquín.

–No –grita Emilia.

–Vamos caminando de a poco –el hombre toma los baldes botados en la arena–. A lo mejor encontramos una jaiba de arena para la colección de la casa.

–Yo no vi ninguna cuando venimos para acá –dice Joaquín.

–Pero a lo mejor no viste bien.

–¿Y si se está oscureciendo cómo la vamos a ver?

–Por eso tenemos que mirar ahora. ¿Eso que está ahí no es una jaiba de arena?

Los dos niños corren.

–Es un cochayuyo –dice Emilia.

–A lo mejor camina.

–Papá… Los cochayuyos no caminan.

–¿Y éste?

El hombre toma un montón de güiros en un mano, lo agita, hace ruidos como si se tratara de un pequeño monstruo y se acerca corriendo a la niña. Ella arranca.

–Papá... –grita.

Luego va donde Joaquín, que también arranca. El hombre vota el montón de güiros y camina. Joaquín, más adelante, se agacha sobre la arena y trabaja con las manos. El hombre pasa a su lado y, poco después, Joaquín se levanta con una bomba de arena en las manos.

–Me voy a defender del monstruo de cochayuyo.

–No se te ocurra tirarme esa bomba.

–No es para ti. Es para el monstruo.

–¡Guerra de bombas! –grita Emilia.

Joaquín tira la bomba a la espalda de su padre.

–Ustedes lo quisieron . Sin llorar después.

El hombre entierra el canto de un balde en la arena y lo llena hasta donde alcanza el movimiento.

–Esto no es una bomba de arena, es una avalancha –grita.

Emilia, que ya tiene una bomba en la mano, la tira a su padre, pero falla. El hombre sale corriendo detrás de ella. Ella grita. La avalancha de arena pasa a su lado.

Joaquín ya tiene una nueva bomba en la mano y amenaza con tirarla pero sin decidirse. El hombre vuelve a llenar un balde.

–Vas a quedar con arena hasta en el poto –dice.

El niño se ríe. Luego le tira la bomba y pega en el pecho. El hombre sale corriendo detrás suyo. Joaquín grita. Emilia grita. El hombre arroja su arena, luego huye. Los niños vuelven a agacharse para hacer más bombas. El hombre vuelve a llenar el balde. Corren, gritan, se ríen, se quejan de la arena que les entra a la ropa, vuelven a reírse y vuelven a correr. Cuando llegan al comienzo de la playa, el hombre sube las escaleras corriendo.

–Por fin a salvo.

Joaquín y Emilia suben con bombas en las manos. El hombre huye y los niños lo persiguen y finalmente tiran las bombas: la de Emilia le pega en la espalda, la de Joaquín sigue de largo. Emilia se agacha para hacer una bomba con la conchuela con que está cubierto el suelo del paseo.

–No, eso es mugre –dice el hombre.

Emilia no hace caso.

–Emilia, eso no se lava con el agua del mar. Es puro polvo y mugre.

La niña se sacude las manos. Joaquín está caminando sobre una pequeña muralla de piedra que separa el paseo de las rocas. Emilia se le une detrás. Está casi oscuro y las líneas del mar han terminado por fundirse con las líneas del cielo y de las líneas de la tierra al otro lado de la bahía. Los dos barcos pesqueros, muy iluminados, continúan descargando, flotando en la oscuridad. Hay olor a guano de gaviota, las conchuelas crujen bajo las zapatillas del hombre.

–¿Qué vamos a hacer en la casa? –pregunta Joaquín.

–No lo sé. Comer, por ejemplo. Sacarnos la arena.

–¿Qué hay? –dice Emilia.

–Sí, ¿qué hay?

–No lo sé. La mamá sabe.

PRENSA .   QUIÉNES SOMOS .   CONTACTA .   AVISO LEGAL

Eñe recomienda:
Un proyecto de