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García Martínez, Soraya (Arabella)

Ginebra la bruja



Todo comenzó aquel día de verano. La tarde era calurosa y un silencio sepulcral lo inundaba todo. De repente todas las cigarras comenzaron a chirriar como si un impulso mágico se lo hubiese ordenado. Era obra de Ginebra, ahora que ya no había silencio podría pensar tranquilamente.

Necesitaba cambiar de aires, la aburría aquel pueblucho en el que nunca ocurría nada.

Al principio aquel lugar la había parecido maravilloso, era un sitio perfecto en el que desarrollar sus dotes mágicas, pero pronto se había cansado de convertir gallinas en regaderas o caballos en ratones. Necesitaba salir de allí y buscar aventuras, tal vez volviese de nuevo una vez que...

De repente Ginebra se sorprendió al ver que un búho se acercaba a ella, traía algo en el pico, era una carta.

Ginebra la cogió y la miró incrédula, luego miró al búho y conjuró un ratón para él, mientras el animal comía ella leyó el remite.

La carta provenía de la prisión de Grandmar.

La abrió temerosa, pues ese nombre era temido por toda la comunidad mágica. Cuán fue su sorpresa y desanimo cuando leyó que su amigo Fark estaba encarcelado acusado de un grabe delito. Su amigo la pedía ayuda y repetía una y otra vez que él era inocente. Estaba asustado, pues no sabía lo que pensaban hacer con él. Ginebra no se extrañó de ello, al contrario, si las historias que se contaban sobre aquella prisión eran ciertas, su amigo tenia motivos para estar asustado y mucho más.

Ginebra creía firmemente en la palabra de Fark, si él decía que era inocente es que lo era, debía buscar el modo de sacarle de allí. Había llegado el momento de salir de aquel tranquilo pueblo, pero no esperaba que fuese a salir de allí debido a una noticia tan mala. Definitivamente su deseo de correr aventuras no había llegado hasta ese punto, pero aún así había que reconocer que aquella mala noticia llegaba en el momento oportuno, de otro modo la hubiese costado más marcharse de aquel pueblo alejado de todo y de todos. 

Tras pensar unos minutos Ginebra decidió contestar la carta de su amigo, era mejor avisarle de que iría a ayudarle, de esa forma él se tranquilizaría un poco, lo suficiente como para poder pensar con claridad.

Conjuró el material que necesitaba para escribir la carta y una vez escrita se la puso al búho en el pico dándole las instrucciones oportunas para que la carta le llegase directamente a Fark. Inmediatamente el animal salió volando y desapareció en una suerte de neblina dorada dejando sola a Ginebra, esta observó al pájaro hasta que la neblina se disipó por completo, luego se dirigió a su pequeña cabaña para recoger algunas cosas que necesitaría en su misión de rescate y una vez hubo preparado su pequeño equipaje salió de la pequeñísima cabaña en la que vivía dispuesta a marcharse.

Observó el pequeño edificio durante unos minutos, la verdad es que añoraría esa pequeña casita algo alejada del pueblo, pero había sido ella la que había decidido irse, con esta decisión su vida iba a cambiar radicalmente, aunque aún no lo sabía.

Ginebra se dirigió a un árbol cercano, se escondió tras él y tras asegurarse de que nadie la observaba se esfumó  dejando en el aire un sutil humo violeta que desapareció enseguida.

Casi en el mismo momento en que el humo se extinguía por completo ella llegaba a Grandmar, ahora sólo tenía que llamar a la puerta e idear una buena defensa para su amigo. Claro, que para esto último primero necesitaba saber cuál era el gravísimo delito del que Fark había sido acusado. Y para esto último tendría que hablar con uno de los guardianes de la prisión, lo que no era muy alentador.

Se armó de valor, respiró hondo y se acercó a la enorme puerta negra, dudó un momento, pero finalmente golpeó con el puño sobre su superficie uniforme. No tuvo que esperar mucho rato para que la abriesen, cuando lo hicieron un escalofrío recorrió la espalda de Ginebra al ver al enorme Crawn que apareció frente a ella. Sin poder evitarlo se puso a temblar, se contaban cosas terribles sobre los guardianes de la prisión y su aspecto era aterrador.

El cuerpo de los Crawn era similar al humano, pero tenían cabeza de buitre y largas garras en las manos, este en particular iba vestido con una amplia capa negra con capucha que apenas dejaba ver sus rasgos. Ginebra imaginó que todos los Crawn iban vestidos de igual modo.

–¿Qué quieres? – siseó el Crawn.

Ginebra sintió otro escalofrío, aquella voz parecía la de la mismísima muerte, a demás, el aliento de la criatura olía a carne putrefacta, lo que la hizo recordar que los Crawn se alimentaban de la carne de los presos que iban muriendo en aquel terrible lugar. Ginebra se dio cuenta de que aún no había dejado de temblar desde que el Crawn se había presentado frente a ella y supuso que después de todo, los que decían que aquellas criaturas emanaban constantemente una sensación de terror porque se regocijan en el miedo de los seres humanos, tenían razón.

–Tengo... –consiguió articular–. Tengo un amigo encerrado aquí injustamente –dijo llena de valor nuevamente, de repente ya no sentía miedo del Crawn.

–Pasa –ordenó el Crawn con su siseante voz, abrió la puerta del todo y se hizo a un lado.

La prisión por dentro era un lugar deprimente y el olor era nauseabundo, apenas había luz y las escasas ventanas deslumbraban a todo aquel que estuviese acostumbrado a aquella oscuridad.

Por el momento Ginebra cerró los ojos y pestañeó un par de veces hasta poder distinguir al Crawn, luego este se puso en camino y ella lo siguió.

Pasaron por un largo corredor con celdas a ambos lados, pero en ellas no había nada a excepción de algún que otro hueso humano, finalmente el Crawn se paró frente a otra puerta y buscó algo en el interior de su capa, sacó unas llaves y la abrió, era su despacho, el lugar donde se guardaban los archivos de toda la cárcel, allí se guardaba el documento oficial de la encarcelación de su amigo y en él pondría la causa.

El Crawn revolvió entre unos papeles y luego tomo asiento indicando a Ginebra que se sentara también.

–¿Cómo se llama tu amigo? –siseó el guardián con su inmunda voz.

–Fark –contestó ella rápidamente.

El Crawn abrió un cajón del armario que había a su espalda, revolvió entre los papeles que allí había y finalmente la miró bajo su oscura capucha.

–Debes equivocarte –pareció reír el Crawn –, aquí no hay ningún Fark.

Ginebra se quedó paralizada. ¿Cómo? Miró al Crawn, volvió a ponerse nerviosa y comenzó a temblar de nuevo.

Pensó unos instantes y finalmente recobró la tranquilidad.

¡Claro que no había ningún Fark allí! ¡Fark sólo era un diminutivo!

–Pruebe a buscar por Farket, por favor –dijo solícita.

El Crawn volvió a mirar entre los papeles y en unos minutos extendió un papel sobre la mesa.

–Dices que es inocente –dijo el Crawn–, pero aquí pone todo lo contrario –rió con voz espectral.

–¿De qué se le acusa? –quiso saber Ginebra.

–Ha congelado la ciudad de Destrech –comentó el Crawn como si eso ocurriese todos los días.

Ginebra se quedó atónita. ¿Cómo le habían acusado de algo así si no tenía poderes?

Aun así, debía salvarle, aquel lugar era horrible, nadie merecía estar allí, por muy cruel que fuese lo que había hecho.

–Mi amigo es inocente –expuso–, él no puede haber hecho eso por la sencilla razón de que no posee ningún poder mágico.

–Demuéstralo –dijo el Crawn seriamente con su voz salida de las profundidades.

Ginebra pensó que el Crawn bromeaba, ¿cómo iba a demostrarlo? Los conjuros de rastreo de magia aún quedaban muy lejos de su alcance.

–Lo haré –dijo tan resueltamente que se sorprendió a si misma–, lléveme junto a él.

El Crawn se levantó  y abrió la puerta indicándola que saliera, la guió entre los laberínticos pasillos hasta llegar a una celda ocupada por dos personas sentadas en el suelo, un corpulento muchacho rubio de ojos verdes y un chico muy apuesto a pesar de encontrarse en aquel horrible lugar, estaba mas bien flaco debido a la mala alimentación de Grandmar, aunque sus músculos no habían reducido su tamaño debido al tormento que sin duda le habían infligido, su pelo era castaño claro, casi rubio y sus ojos marrones miraban al horizonte sin ver nada.

Ginebra no reconoció a ninguno de los dos muchachos en un primer momento, luego observó atentamente al último y advirtió que se trataba Fark, un Frak muy cambiado por los años.

Al ver que se acercaba alguien, ambos muchachos se levantaron al instante y al ver a la mujer Fark no pudo contener su asombró.

–¿Ginebra? –preguntó incrédulo–. Cuanto has...

–¿Te entregaron mi carta? –le interrumpió ella–. He venido a sacarte de aquí –continuó al ver que él negaba con la cabeza–. Sólo tengo que someterte a un conjuro de rastreo de magia.

–Pero... –comenzó a decir él.

–No hay tiempo –le espetó ella antes de lanzar un conjuro que no había usado nunca.

Las palabras “busca, rebusca, indaga, averigua, investiga, escudriña, examina si hay magia, haz que salga, surja, resurja, brote, emerja y salte en mi mano la prueba que llamo” inundaron la prisión concentrándose alrededor de la figura de Fark, finalmente el conjuro se introdujo en su cuerpo y un fogonazo saltó desde él hasta la mano extendida de Ginebra, ella la cerró y la oscuridad volvió a inundarlo todo, si al abrir la mano la palma de esta era verde, roja, azul o plata brillante significaba que Fark poseía magia elemental, la magia de los elementos, pero si la palma de su mano aparecía dorada, negra o morada significaba que su amigo poseía una magia muy poderosa, los cuatro elementos unidos bajo un mismo control e incluso poderes superiores como el de parar el tiempo. Ginebra abrió la mano y encontró un suave tono rosa claro que cambió a blanco y luego desapareció.

El Crawn rió con su voz espectral.

–No eres muy buena bruja –afirmó la criatura–. Pero aún puedes hacer algo por tu amigo, pagar la fianza.

Ginebra se quedó pasmada, lo cierto es que el Crawn podría haberlo dicho antes de provocar aquel ridículo tan espantoso. –¿Cuál es el precio? –preguntó temiendo que fuese demasiado alto como para pagarlo.

El Crawn sonrió tras su negra capucha.

–Sólo tendrás que entregarme una moneda hecha de cera.

–Pero... –comenzó a decir ella.

–Tranquila –la interrumpió el Crawn –tengo esa moneda guardada en mi despacho.

Ginebra dudó de aquello, ¿quería que le pagase con algo que ya era suyo? Pero pese a sus sospechas de que el Crawn  se traía algo entre manos, aceptó la tentadora oferta, sacar a Fark de allí era su deber.

Ante la atenta mirada de Ginebra el Crawn abrió la celda y sacó a los dos prisioneros, luego condució a los tres humanos hasta su despacho y allí sacó un pequeño cofre del armario.

Ginebra no entendía porqué el Crawn había llevado con ellos al muchacho rubio, pero la presencia de otro humano más a parte de ella y su amigo la tranquilizaba, era como si entre los tres pudiesen vencer al Crawn, lo que era absurdo debido a que sabía perfectamente que uno de los tres no tenía magia.

El Crawn dejó una llave sobre la mesa, al lado del cofre, luego se giró y se dirigió a Fark.

–Supongo que querrás cumplir la promesa que le hiciste a tu amigo, el precio es el mismo, tendrás que sacar una moneda de este cofre y entregármela, ¿aceptas?

Fark miró al chico que tenía al lado y luego asintió con la cabeza.

–Te di mi palabra –le dijo al muchacho–, ahora debo cumplirla.

Ginebra se preguntó de qué se conocían los dos chicos, pues era evidente que Fark le había prometido al otro liberarle si le era posible.

Fark se acercó a la mesa e introdujo la llave en la cerradura del cofre, lo abrió y observó el contenido de este. Una única moneda de cera, más parecida a un sello que a una moneda propiamente dicha, esperaba a ser entregada al Crawn. Fark la cogió y se la dio a la criatura, que tenía una de sus garras extendidas en espera del pago, luego cerró el cofre y dejó la llave en su lugar.

El Crawn estrujó la moneda de cera en su garra hasta que quedó convertida en polvo, luego soltó los restos sobre la mesa haciendo un pequeño montón.

–Ahora la bruja –siseó el Crawn como si de repente le urgiera que Ginebra le entregase otra moneda.

–Pero en el cofre sólo había una moneda –objetó Fark.

–Ahora la bruja –insistió el Crawn lanzando una mirada de advertencia a Fark.

Ginebra se acercó al cofre sin saber muy bien lo que debía hacer, pues como había dicho Fark, en el cofre sólo había una moneda.

Tomó la llave en sus manos y abrió el cofre, al tiempo que lo hacía una visión acudió a su encuentro. Vio un anillo, una luz cegadora y luego dos mujeres idénticas salvo porque una tenía los ojos azul intenso, las mujeres luchaban entre ellas y de repente sólo había una. Luego se vio a si misma perdida en el mar, agarrada a un trozo de madera. También vio una ciudad cuyos habitantes estaban congelados, parados en el tiempo. Finalmente la visión mostró un caos y una destrucción que sólo alguien tremendamente poderoso podía ocasionar. Luego la visión acabó y volvió a ver el cofre, tenía ante ella una moneda igual a la que había sacado Fark, hizo ademán de cogerla, pero el recuerdo de la visión la detuvo, finalmente el deseo de liberar a Fark se sobrepuso y tomó la moneda del cofre cerrándolo después.

–¡Escúchame! –pidió el Crawn agarrándola súbitamente del brazo, la habitación pareció oscurecerse aún más si esto era posible–. Hay algo que no todos lo humanos saben: los Crawns tenemos el poder de la clarividencia, por eso guardamos esta prisión, sabemos cuándo alguien es culpable y cuándo no. Pero no sólo sabemos eso, también visionamos el posible futuro de una persona y tenemos el poder de hacerlo realidad si conseguimos que esa persona selle su destino. ¿Sabes lo que has hecho al entregarme esa moneda? Has sellado tu destino, Ginebra la bruja. A partir de hoy todo lo que tenga que ocurrir ocurrirá y tu no podrás cambiarlo porque me habrás entregado la opción de elegir tu destino y esa opción desaparece al romper yo este Sello.

Diciendo esto, el Crawn redujo a polvo la moneda y unió el resultado a la montañita de cera que ya había sobre la mesa mezclando ambos Sellos para siempre.

Ginebra se desasió del Crawn y corrió hasta la salida seguida de Fark y el muchacho rubio, nadie intentó detenerlos.

El Crawn en su despacho cogió el montón de cera que había sobre su mesa y lo introdujo en el cofre, automáticamente apareció una moneda nueva, más grande, hecha a partir de los restos de las dos anteriores, de este modo se aseguraba que la bruja y el chico cumplían con su destino sin la más mínima oportunidad de separase. Observó la moneda y la cogió con cuidado, luego, la llevó a otro lugar de la prisión, una habitación llena de monedas de cera, y la unió a otra moneda que había en su colección de Sellos del Destino, tres de los cuatro ya estaban unidos.

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